Part 3
--¿Y sinó?... ¡Mirá quién!... Como pa dormirse estaba la cosa... ¡Natural! ¡éramos los que bailábamos!... A las tarantelas ¿sabés? les pegábamos con carrerita y medio tirando a mazurca y las viejas le daban a uso e su tierra, con unos paisanos suyos que cantaban medio apretaos de gañote pero fuerte ¿sabés? y bastante entonaos... Pero eso no fué nada comparao con lo de la iglesia... ¡Hermanito!... Si hasta se me saltó la presilla del pantalón, de ráirme. Figuráte que estábamos junto al altar, los del casorio, la gente e la chacra, todos, menos el gringo viejo que se había quedao en la calle quemando cuetes chicos a riejo de hacer disparar los carros en que habíamos venido, y salió el cura, un italiano gordo, con unos ojos chiquitos, y comenzó a meterle en latín, ligerito no más...
--Ya sé... ¡Como pa pobre!... En una ocasión vi casarse a un mozo amigo... ¡Hombre!... Vos lo has de conocer... Es un tal Tomás que supo ser cabo de bomberos y que aura tiene a su cargo una manguera e las aguas corrientes, allá pasao el Once ¿sabé? cerca e lo doña Ramona, la madrina e Canuto... ¡Si vieras qué trote!... El cura s'iba no más en bicicleta y en cuanto quisimos toser y medio se sosegó la conversación y nos acomodamos... ¡ya estuvo!
--¡Eso es!... Y un redepente llegó a lo lindo: “Fulano ¿querés a Fulana por esposa y mujer?...”. Y lo veo a Mauro que se estira, medio se cuadra y pestañiando ligerísimo, dice en lugar de “sí, padre” y con tonito como de largar un discurso... “No sólo la quiero, padre, y la amo, sino tamién que la idolatro!...”. ¡Hermano!... ¡Si creo que hasta los santos s'están riendo toavía!
CUARTELERA
--¡No, mi cabo Machuca, no!... Hay que distinguir... ¡No me confunda fajina con alto el fuego!... En un tiempo, el soldao y el perro corrían carreras... ¡Acuérdese!... ¡no se olvide de las cepiadas y del plantón y del famoso ¡“hacé lomo” pa el planchao de las costillas!
--¿No me confunda?... Mirá charaboncito ni aunque me dieras diez pesos, te confundía las cosas di antes con las di aura..., Si ustedes ya no son milicos, m'hijito... ¡milicos di aquí, se entiende! ¿Las cepiadas, el plantón y la leña en las costillas?... ¡Gran cosa!... ¡Salíamos de una y ya estábamos en otra!... ¡Los milicos teníamos cuero, che!... ¿Vos te crés, qui aura, cuando yo miro un soldao con pantalón de bombilla y blusa cortada por modista como bata e mujer, mi acuerdo siquiera, e los compañeros que dejaron la osamenta en las cuchillas de Entre Ríos u en los médanos de la frontera? ¡Bah! Más bien mi acuerdo e los particulares de la preveduría u de los amigos del máistro de banda...
--¿Y qué quiere... Que andemos desnudos pa que usté se acuerde e los veteranos?... Mire, cabo Machuca, aura tamién se es soldado aunque uno ande con chaquetilla y en vez de tirar con fusil de chispa tire con máuser... Cada uno tiene su entripao y pasa sus malos ratos... y sus buenos... ¿Compriende?
--¡Música!... ¡Los milicos criollos se acabaron m'hijito, como los pasteles del sargento Ledesma--una china vieja que se crió en la frontera y que la hicieron clase porque una vez pelió a los indios en un fortín y salvó la caballada y qui amasaba en las caronas mejor que cualquier panadero! ¡Si queda alguno, anda como yo, dando güeltas alrededor de los cuarteles, muerto di hambre y hecho un andrajo, esperando que le tiren un güeso... si hay por casualidá, porque hasta los güesos se están acabando! Ustedes, no tienen ni juerza pa mascar la carne, che... Un churrasco o un puchero de aujas les da indigestión con sólo verlos, cuantimás una picana de avestruz medio chamuscada o un costillar de mula... En las cocinas de los cuarteles ya no se toma olor a comida sino a botica... ¿Me vas a decir que es rancho lo que le dan a ustedes?... ¡No embromés, hombre!...
--Cambie el paso, mi cabo, y dígame qué culpa tenemos nosotros que nos alimenten con mixto e fósforo en vez de darnos comida... ¿Cre que nos han consultao acaso?... ¿Los consultaban a ustedes en la frontera cuando les secaban los caracuces de frío o los hacían crujir en las estacas porque un alfayate se había levantado con la luna o se le había dormido al porrón?...
--A nosotros no nos consultaban che... ¡pero marcaban el paso los de arriba...! ¡Pucha... Ti apuesto a qui a nosotros no nos enfundaban en esos quepises de aura, que les dan a los milicos ese aire de abombaos o de pasaos de las doce... ¡Mirá...! Nosotros usábamos unos quepisitos petizones, que les quebrábamos la visera con el barbijo ¿sabés? y que nos quedaban como pintaus y después con la bombacha y las polainas y la paradita criolla, che... Eso era tropa... ¡Créme!... ¡Cada criollo lo que se sentía entre el uniforme, crecía y se ponía orgulloso!... ¡Mirá!... Ustedes no le tienen ni amor al número!... ¡lo mismo son del tres que del once!... Antes, ¡hum! El número, che, era el soldao. Vos decías yo soy del seis, ¿sabés? y el alma te temblaba e gusto y lo mismo era con las clases y los oficiales y los jefes y hasta con las chinas del batallón... ¡El cuerpo era tan sagrau como la bandera!
--¡Y aura es lo mismo!... ¡Lo qui hay es que no cacariamos!
--¡Di ande!... Si aura ni chinas tienen... ¡Habías de verlas en aquel tiempo! Cuando se nos venían los indios, las echábamos al medio el cuadro y mientras le metíamos fierro, ellas servían p'alcanzar la munición o pa'uxiliar los heridos... ¿Las di aura pa qué sirven?... ¡Si andan de pamelita y ya de puro finas ni mate toman... ¡Mirá charabón, a mí no me vengás con dianas, porque m'he criao de tambor!
¿Y A MÍ, QUIÉN ME AGARRA?
El sol--aquel sol de mi tierra, cuyo recuerdo guardo con cariño--filtrándose por entre la hojarasca de la parra que sombreaba el patio, echaba su tapiz de lunarcitos brillantes y movibles sobre el suelo recién regado.
Los morados racimos, cayendo aquí y allá--ora sostenidos por el tronquito nudoso y retorcido, ora cabalgando sobre un gajo rugoso y sirviendo de reparo a las vistosas arañas diminutas, que tienden de hoja en hoja los plateados hilos de su tela--traen saliva a la boca y se llevan tras de sí los ojos de los muchachos, tres rapaces desaliñados, que jugando al trompo espían con disimulo un descuido de la madre--guardián celoso de la fruta codiciada, que entra y sale, ocupada en las faenas de la casa--para dar un malón que les desquite de aquella prohibición que sólo sirve para aguijonear los deseos contenidos.
Zumbaban los trompos a concierto--para llevar a botes a la “troya” al viejo “servidor” que, sin cabeza y luciendo las cicatrices de las púas, estaba por ahí, a medio camino mientras las mariposas voltejeando, se perseguían por el jardín y las abejas y mangangaes parecían imitar el zumbido de los trompos, ya parándose en la corola de una rosa fragante, ya descendiendo a las profundidades de un lirio perfumado o ya deteniéndose, como en éxtasis, ante una mata de resedá, sobre el tallo carnoso de una azucena o esmaltando con su color tornasolado la nieve nítida de las flores del naranjo protector de violetas y de alhelíes y tutor de madreselvas y glicinas.
De repente cesa el zumbido de los trompos coincidiendo con ello el alejamiento momentáneo de la madre afanosa: el parral está librado al deseo de sus enemigos.
Una piedra vuela y estrella un racimo que se desmenuza en gotas brillantes que los muchachos, de rodillas, persiguen en el suelo con diligencia, pero no con tanta que hayan desaparecido todas antes que el celoso vigilante esté de vuelta.
Se oye el grito preventivo. Como movidos por un resorte los del malón están de pie, dispersándose a la carrera. La madre hesita, busca al culpable, a aquel que fuga hacia la calle impulsado por su fechoría y como con alas en los talones.
Le sigue hasta el umbral del ancho portón ruinoso y allí se detiene, temerosa del escándalo que provocará en el barrio y de asustar demasiado a su muchacho, que parado en media calle se come una a una las uvas recogidas, reponiéndose poco a poco de la agitación de la carrera.
Es un cínico el pillete: la madre se indigna; busca con los ojos un auxiliar que ponga entre sus manos el pequeño bandido, y, con placer, ve por sobre el cerco de la casa vecina a otro bandolero que ella cree juicioso “porque no es de esa bandada que le saca canas verdes”.
Ahí está, cerca del brocal del pozo, parado con aire de acechar algo, que será su salvación.
--¡Pchit!... ¡Pchit!... ¡Fulanito!... ¿ Quieres agarrarme ese pillo que se me ha escapado?
--¿Sí?... ¿Y a mí quién me agarra?
Y tras la frase, aparece la madre del juicioso, que le persigue de cerca hace media hora, afanada por vengar algo que ya pasa de castaño obscuro: un robo de dulce, hecho con efracción y con violencia.
Y mientras las madres, de casa en casa, se comunican sus rabietas y desazones, aun cuando teniendo en el corazón todo un tesoro de cariño por “esos bandidos”, éstos se reúnen, allá, en el fleco de sombra que da una pared medio ruinosa, a cambiar el producto de su rapiña y a espiar a las inquietas tacuaritas, que vuelan de palo en palo, llevando en el pico las pajas con que harán su nido, ayer deshecho por la mano impía de los piratas de la calle.
INSTANTÁNEA
--¡Mire que es terca y caprichuda usté!...
--Ma... dícame un poco... ¿Cosa li parece in amuramientos tras ina lavandiera e in bombero?... E anche... tra ina cringa comé me e ono criollo comi osté... que e propio in chino...
--Vea con la que salimos aura... ¡No digo...! ¡La gran perra con las mujeres para pensar fiero!... ¿Y qué tiene de raro?--¡vamos a ver!--que un bombero como yo, achinado, ¿sabe? guste de una mujer com'usté, que lo anda tentando dende que vivían juntos en la calle e Mateo, aura dos meses?... ¡Vamos a ver! Y qué va a sacar usté con querer a alguno de sus paisanos... tal vez con mujer en Uropa como le pasó a una conocida mía... ¡ucha que se va a armar!... Ésos no quieren más que la guadañanza y le van a hacer echar los bofes trabajando, mientras que yo ¡qué diablos! seré bombero y pobre y todo lo que se le antoje, pero con la manguera en la mano soy un tigre y en eso que le comienzo a tomar gusto al juego mi hago ver y nunca falta un danificao que me largue un vainte y yo no me llamo plata ni ninguno e mi familia... Mire: ¡pienseló! Yo soy mozo e juicio y ya he dejao de pasiar--le pongo por testigo al coronel Calaza que me tiene fe y siempre dice: “el día que se nos vaya el chino Perayra se acabaron los bomberos”--y la quiero a usté como no he sabido querer a naides... Vea: la noche estaba en uno de esos incendios de floriarse y me tocó de tener el macho ¿sabe?... la manguera gruesa... ¡bueno!... y había puesto el chorro derechito y le estaba pegando cuando un redepente se me viene usté a la memoria y me dentra a temblar la mano... ¿Ve?... Causa de eso lo sacaron medio chamuscao al cabo García y yo me chupé un plantón... Mire, creamé lo que le digo... su crueldá conmigo les va a costar cara a más de cuatro... si no hace por mí, hagaló por ellos siquiera...
--¡Non dico di no, dun Perayra... ma prima bisoña...! ¡Cueste cose non si danno com'il savone... cosí, cosí e cosí!...
--¿Y será capaz de decirme que tuavía no ha pensao en mí, después de dos meses que me tiene sin saliva?... ¿Ya no si acuerda e lo que me dijo la noche que nos conocimos en el velorio de don Miguelín, ánima bendita?... ¡Parece mentira que haya en el mundo una lavandera, capaz de jugar con un bombero acreditao, como lo hace usté conmigo!... ¿Digamé ¿usted no cre en Dios?... ¿No tiene miedo que la castigue por cruel y la deje sin lavaos?
--Ma, dum Perayra... ¡pense que si te dago del sí... osté haberá una donna pobre... pobre!
--¿Pobre?... La gran perra, que había sido avarienta!... ¿Y tuavía querés ser más rica de lo que sos, mi vida?... ¡Pucha!... ¡si al pensar que me vi'a juntar con vos, me parece que me junto con el Banco e Londres!...
ENTRE EL RECADO Y LA SILLA
¡Sí, con ustedes che, no se puede...! Son refractarios a todo progreso y viven casi como los indios. Vos, por ejemplo, que sos uno de los menos atrasadones, de criador no tenés más que las vacas y las ovejas en el campo, pero se t'importa tanto de la calidá ni las condiciones del ganao como a mí del primer cigarrillo que pité... ¿Pa qué ocuparse de mejorar los pastos, ni de hacer aguadas sanas, ni de refinar las crías, si todo eso no es más que charla e los gringos?... ¡Y mirá, convencete, hoy el que quiera vender bien tiene que producir bueno y... no hay vuelta...! ¿Vos te crés qu'en Uropa andan preguntando los compradores de qu'estancia es el producto que compran y si el dueño es criollo viejo o si es picao de viruelas?... ¡No, m'hijito! ¡Se compra lo mejor y nada más!
--¿Vea, no?... ¡Qué novedá!... ¿Ves? Esto es lo que me revient'a mí... ¡Un criollo como vos, inorante como cualquiera e nosotros, pero medio chiflao, que oye cantar el gallo y ya comienza a creerse de la familia...! ¡Te distes una vueltita por París hablando por señas como los mudos y te volvistes aburrido aunque vestido e francés y ya te crés un sabio, un'especie d'estanciero fenómeno que no cre que sean criadores sino los que tienen importaos de tres mil pesos y chalés y molino p'al agua...! No m'embromés, che, con tus inovaciones... ¡Demasiao sé lo qu'es un'estancia de los progresistas de tu laya!
--¿No ve?... El maldito espíritu aldiano los mata a ustedes y la envidia no le deja ni rascarse... Bien me decía Curcuá, el célebre bacteriólogo...
--¿Envidia?... ¿Y de qué, che, querés decirme?... ¡Mirá! Yo soy estanciero a l'antigua, ¿sabés?, de los que recorren su campito a caballo y conocen sus pastitos mata por mata, y sus animalitos, y que no necesitan capataces de polaina y tenedores de libro con saquito e seda, pero que tienen novillitos gordos todo el año y una lana que no la esquila la sarna...
--¡Claro!... Y serás de los que se cuentan por tarja en la vaina del cuchillo y duermen sobre'l recao, comiendo en la cocina con los piones...
--¡Justamente!... Pero no soy de los que tienen pionada que se levanta con el sol alto, ni de los que hacen telegramas al mayordomo, diciéndoles “mañana voy, espéreme en la estación”, dando la señal pa qu'el jardinero salga con l'azada a medio carpir apurao, alrededor de las casas y a cada quisque le comience a sacudir a su tarea pa que la estancia no parezca tapera y vaya a notar el patrón que los pesebres de los finos de tres mil pesos no se lavan sino cuando él viene, o que los tales finos han estado durmiendo a la intemperie como cualquier mortal y a veces ataos al palo veinticuatro horas, sin comer ni beber y eso cuando no les han sacao la frisa en la vecindá...
--¡Che... che... qu'imaginación!... ¡La gran perra!... ¡Cualquiera crería qu'esos palos son pa casa!
--No... ¡si han de ser pa la del papa!
--Eso sería antes, che. Aura va todas las semanas Enrique, m'hijo...
--¡Otra!... ¿Y te crés que tu hijo v'a ver nada, o te has olvidao en Francia de qu'en el campo no v'el que quiere sino el que sabe?... Mirá qué tigre el que les vas a echar... Tu hijo hará como todos los hijos de los estancieros de tu laya... Llegará al chalé medio ahogao por la poca tierra del camino y renegando porque no es adoquinao de madera como l'Avenida, oirá el crujido de los herrajes del molino p'al agua y después agarrará el campo con los amigos que lo han acompañao, a desocar mancarrones, a gastar balas en tirarles a los terneros pa probar la puntería o a refistoliar las muchachas de los puestos... Atendéme che y créme, los estancieros de tu laya no sirven, sino pa daño... y p'andar sonsiando en coche... ¿sabés?... porque p'andar a caballo son demasiado jailai y pa jailai no les da el cuero...
EN FAMILIA
--¡Pero, Eleuterio, ya con Susanita va a ser la quinta de tus hijas que casas y todavía andás con cosquillas!... ¡Bendito sea Dios!... ¡Y cuidado que a terco y a disconforme no te va a ganar cualquiera!... Habías de estar en lugar de García, que no ha podido salir de ninguna de las muchachas y veríamos... ¿Qué más querés todavía?
--¿Cómo qué más querés, Ramona, por Dios?... ¿Y crés que yo, más criollo que la Conceción, vi'astar conforme con que las muchachas se m'estén casando así?... ¡Caramba!... Ya mi casa, che, no es casa... más parece coche e trangüay o pasadizo de hotel... ¡Mirá!... Por esta cruz, ¿ves?... yo cada vez que tengo que hablar con alguno e mis yernos, le juego señas no más y pura arrugada e cara, pa que vean que no estoy enojao... pero no les entiendo ni un pito... No, che, ¡convencete!... lo'pior que le puede pasar a una familia, es lo que nos pasa a nosotros... La primera que comenzó fué Tulia con su alemancito, y de áhi siguieron no más como lienzo de alambrao. Petrona con su italiano. Antonia con su portugués. Eulogia con su inglesito y aura se nos viene Susana con un francés... ¡No, che, no... a no embromar vamos!... ¡No faltaba más!
--Tené entendido para tu gobierno, que la otra tarde, en lo de Martinita, que aura recibe los jueves porque María le ha tomado los miércoles por causa de las lecciones de la Chona, estuvieron ponderando la suerte de Susanita y diciendo que el francesito era una gran cosa y de lo más educado.
--¡Que gran cosa ni qué demonios!... ¡Un chuchumeco e media pulgada de alto, con el pelo echadito para adelante y una carita de asustao o de hombre que buscase algo que hubiera perdido!... ¡Y con un modito e dar la mano que parece sacao del codo!... ¡Che, mirá, el hombre será todo lo que quieran pero a mí no m'entra!... ¡Amigo, con la Susanita, que había sido lerda!... ¡Mire que dejarlo escapar al Chicho, el hijo de Juanita, un muchacho que da gusto por lo juicioso y aprovechadito...!
--¡Salí, Eleuterio... no seás infeliz...! ¿Qué no sabés que el Chicho es un pajuate... un verdadero hijo e vieja...? ¡Así me decía Susanita una vez que hablábamos d'eso: “Mire, mi tía, el Chicho sabe demasiado catecismo para poder ser mi novio...!”.
--¡Y ponerte a hacerle caso vos a semejante macaneadora!... Si ha de ser mejor el francesito éste con su paradita de chingolo maniao... Mirá, Ramona, te juro que si yhu'biese siquiera sospechao lo que m'iba pasar en la familia, no soy yo el que crío las muchachas aquí... ¡No, che, me las dejo en la estancia no más y cuando mucho, allá pa semana santa o el veinticinco e mayo, las hacía dar una vueltita por el Pergamino, y después a casa!... ¡Se mi hubiesen casao con algunos muchachos del pago, ya que son tan buscaditas, y yo, siquiera, che... caramba!... ¡podría saber las fiestas de la familia y no como aura que un derrepente me mandan llamar de lo de Eulogia, voy... y ¡záz! fiesta... ¡santo e la reina Victoria!... Una noche me cuelo a lo de Antonia, así, de sopetón, y me encuentro la casa llena e portugueses bailando... festejaban no sé qué cosa de Portugal... Si ya casi ni hermanas son mis hijas, che... si todo es un titeo.
--Pero mirá que sos, Eleuterio... ¡Bendito sea Dios!... Y yo, fijate... mi gloria hubiese sido que mis dos hijas, las pobrecitas, se hubieran casado con extranjeros, che... ¡Gente tan fina, tan correcta!... Y después ¡ya ves!... hasta cuando se mueren los yernos es mejor, se sufre menos... A mí, cuando se murió Gómez, que era criollo y que, como sabés, fué un cachafaz, lo lloré que era una barbaridá, sin pensar ni en lo que la había hecho sufrir a m'hijita, y cuando se murió Tonelli, que había sido tan bueno con Ernestina y me la había hecho tan dichosa, apenas lo sentí, che... Tal vez, como el pobre era extranjero, me dolía menos...
--¡Bueno!... Yo... ¡eso sí!... no tengo de qué quejarme, los hombres son buenos, trabajadores y me tienen las muchachas en palmas de mano... pero, ¿qué querés? me revienta la mescolanza y el titeo e la familia, y lo que es más, no poderles entender su media lengua, che, y ni siquiera oirme llamar derecho viejo...! ¡Figuráte que al italiano todavía no le puedo hacer agarrar el paso... Me dice don Cementerio, y se queda muy suelto e cuerpo!
A LA HORA DEL TÉ
--¡No me digás, che!... Éstos de ahora ya no son mozos... ¡Los muchachos parece que nacieran viejos y de las muchachas no te digo nada!... ¡Vos las ves reunidas y es un cotorreo y una charla y una risas, que crés por lo menos está desfilando todo Buenos Aires ridículo por delante del grupo y te ponés a escuchar... ¡Hijita!... ¡Qué insulsez!... Tod'ese barullo es para hablar de baratillos y de pichincheo con las costureras o ponderaciones de lo tiradas, que eran en París, según les contó fulanita, las puntillas que aquí cuestan un sentido... Parece que fueran dependientes de tienda... ¡Mirá, cuando nosotras!... ¿Te acordás!... El día nos era corto para nuestras cosas y nuestros tijereteos... ¡Íbamos a perder el tiempo en discutir centavitos!... ¡cómo no!
--¿Qué me vas a decir, Feliciana, si ésa es mi guerra de todos los días? ¿Vos las ves a mis hijas que gastan un platal todos los días? Vos las ves a mis hijas que gastan un platal en monadas y en adornos y eso que no puedo acusarlas de que sean ahorradas... ¿Y para qué?... ¡Para irse en el coche como estatuas!... ¿Te crés que siquiera se dicen algo de la gente que ven?... Pues, no, che... ¡No faltaba más! ¡Van como si estuviesen en misa, porque no hay importancia sin formalidá!
--Pero si no se usa hablar, che... a lo menos en castilla... ¡Parece que es muy ordinario, muy guarango!...
--Vez pasada me dijo a mi una amiga que acababa de venir de Europa y que me vió en Palermo con Federico, charlando a más y mejor, que en París, che, cuando se veía en un paseo una señora y un caballero que iban conversando y riendosé, se podía asegurar que no eran casados... ¡Figuráte!