Chapter 8 of 18 · 3995 words · ~20 min read

Part 8

--Ya t'he dicho que no hagás caso... Es un refrán de mi tiempo ¿sabés?... como aquél del mate de las Morales que nunca llegó a cebarse... ¿No sabés quiénes eran las de Miguens?... Cuando lo sepás te v'a gustar el cuentito... ya que te gusta hasta el aire que te viene desde ella... Las de Miguens eran las tías del tesoro con que soñás... unas muchachas que tenían talón de fierro y llegaron a ser famosas por su afán de divertirse. Ya se sabía en Buenos Aires, che, que no había velorio, casamiento, bautizo, comida, entierro, misa ni el diablo... en que no estuvieran las de Miguens... ¡Era una cosa bárbara! ¿Había un enfermo en una casa?... Las de Miguens iban de visita a indagar cómo se hallaba. ¿Había una misa en el sur y otra en el norte y un baile en el oeste y una comida en el puerto, a bordo de algún barco y un bautismo en Flores?... Pues, hijito... las de Miguens se hallaban en todas partes alegres, contentas, comiendo bombones y sándwiches a dos carrillos, tomando chocolate y comiendo naranjas o sandías o tomando leche... Jamás ni nunca se supo que a ellas les hiciese daño nada, ni les doliera alguna cosa, ni discutieran un menú, ni tuviesen una pena y de repente nació entre la gente, así, de sopetón, como te ha nacido a vos ese amor por la sobrina, el refrancito embromador... ¡Qué suerte pa las de Miguens! Quería decir qué motivos para jaleo, qué ocasión para salir a la calle, para jarana o para lloriqueo o para almuerzo o para baile o para rezo... Y corrió tanto, que una tarde estaba yo en la mercería alemana y derrepente se le cay'una pieza de puntilla a la dependienta y el dueño, al ver que l'abarajaba antes de tocar el suelo, dijo con su media lengua: “qué suerte pa las de Miguens” significando qu'el hecho podía ser motivo para que vinieran a la tienda... ¿Y quién te dice, hijito, qu'en eso las veo entrar a Panchita y a Celestina--qu'eran las mayores--con aquel aire de inocencia que tenían?...

--¡Bueno! El cuentito es lindo, mi tía, como todo lo de usted... pero yo no he venido a visitarla para que me enseñe historia--para eso me hubiese ido a lo de don Bartolo o a lo de don Vicente López,--sino pa pedirle que me ayude'n esta empresa en que se juega mi vida... Invitelás a comer cualquiera d'estos...

--¿A quién? ¿A las de Miguens?... ¡Pues no faltaba más! ¡Mirá si lo sabe tu mama!... ¿Cómo te imaginás, Pituco, que yo pueda contribuir a qu'entrés en el refrán, vos... el hijo, nada menos que de mi hermana, que--¡Dios me perdone si m'equivoco!--hasta creo que fué la inventora del refrán?...

--¿Y qué tiene?... Yo, que soy el hijo y usted qu'es mi tía, le agregaremos la cola y la cosa quedará en familia... La vieja podrá decir con justísima razón: “!Qué suerte pa las de Miguens... y para mh'ijo Pituco!”

SIEMPRE AMIGO

Haz a otros lo que desees que los otros hagan contigo.

Nos conocimos en Ranchos, antes de que este pueblo se modernizara cambiando su nombre, lo que equivale a decir que, por lo menos, una decena de años nos separa del tiempo aquél en que yo, que solía visitar a unos parientes avencindados frente a la plaza, y él, modesto perro del cura, simpatizamos cambiando nuestro primer saludo.

Era la casa de mis parientes, un viejo edificio, de dos departamentos que se abrían a un patio común. El de la derecha lo ocupaban éstos, y el de la izquierda, un viejo sastre con su esposa.

--¿Por qué tienen cerrada la puerta, de calle, comadre? Esto huele a convento...

--Es por unos días no más, compadre... Los vecinos tienen una perrita que adoran, como que es monísima y muy fina, y temen que se les vaya a la plaza de enfrente, a _mataperriar_ con el perro del cura, que es de lo más bandido que hay en el pueblo...

--Ave María Purísima, mujer... Y por eso...

--¡Qué querés, che!... ¡Son tan buenos los vecinos, que con placer le hacemos el gusto, a'nque nos importe un sacrificio!

Y la bondadosa de mi comadre, que era tronco de una numerosísima familia, se fué a sus quehaceres y yo quedeme holgando en el ancho patio, hasta que las sombras de la noche me llamaron al descanso. La primera claridad del día hallóme ya despierto, como todos dormían aún, me encaminé a la puerta de calle para recrearme con el espectáculo curioso del despertar de una población, que es agradable contemplar cuando uno no tiene otra cosa con qué matar el tiempo.

Las calles comenzaron a animarse. Allá a lo lejos, cruzaba algún carrito de chacarero que con el chirrido de sus ruedas desengrasadas despertaba los ecos, o la jardinera del panadero, deslustrada por las lluvias y de repente, como emergiendo de la llanura verde en que a no mucha distancia de mí se perdía la calle, vi aparecer un perro de lindo porte y buena talla, que con la cola en alto y trotando ágil, aunque reposado, se dirigía hacia mí.

--Ése ha de ser el perro del cura que tanto los preocupa a mis parientes y a sus vecinos, pensé; y seguí mirando, distraído, su aire de calavera, que contrastaba singularmente con el que debía tener si era él quien yo creía.

El perro continuaba avanzando y veía ya las manchas de su cuero, el brillo de sus ojos que me miraban maliciosos y hasta me pareció escucharle los comentarios que rezongaba:--¿Qué hará ése, nada menos que en casa de mi novia?... ¡Ah! ¡Es gente nueva!...

Me fué simpático. Cuando llegó a unos veinte pasos se bajó prudentemente de la vereda, como para evitar una sorpresa de parte de sus enemigos o de mí, a quien lógicamente me suponía un aliado de ellos, por lo menos, y tomando el medio de la calle con disimulada serenidad, siguió su camino, mirándome de soslayo.

--¡Pichicho!... ¡Pichicho!...

Le pareció una burla y se hizo el desentendido, aun cuando yo le había sorprendido una tiernísima mirada hacia el interior de la casa en el momento de enfrentar a ella.

--¡Seguramente! ¡Éste es el perro del cura... el famoso perro del cura... esa miradita lo traiciona... ¡Pichicho!

Se detuvo asombrado como diciendo:

--¿Pichicho a mí? ¿De la casa de mi novia?... ¡Hum!... ¿Se tratará de un loco, de alguna alma compasiva o de un traidor?

--¡Pichicho!... ¡Pichicho!

Me miró a la cara y comprendió con su finísimo instinto, que yo, aunque era de la familia de mis parientes y vecino de los viejitos, patrones de su novia, era un hombre honrado, que no me metía a contrariar los amores de nadie.

--¡Pichicho!... ¡Pichicho!...

Lamió mis manos con zalamería, me golpeó las piernas con la cola y metiendo el hocico por la rendija de la puerta aspiró con fruición el aire que le llegaba del interior de la casa y le traía quizá el aliento de su amada.

Conmovido por su ternura, abrí la hoja de la puerta, invitándole a entrar. No podía creer en dicha semejante y me miraba como preguntándomé si aquello no era un sueño o una infame traición. Me acarició, me observó bien y cuando se cercioró de mis buenas intenciones a su respecto, se coló con presteza, lanzándome una última mirada en que leí clarito:

--Por su madre, compañero... ¡no me vaya a reventar!... ¡Mire que la aventura es peligrosa!

No habían transcurrido dos minutos, cuando oí un tropel en el interior de la casa y al viejito que gritaba:

--¡El perro del cura! ¿Pero quién diablos le ha abierto la puerta?

Como un relámpago pasó por delante de mis ojos el galán audaz, seguido por su amada, que haciéndose la temerosa se encaminaba con él hacia el alto yuyal de la plaza:

--¡Corré, mi vida, que el viejito es muy bruto y nos va a pegar!... Yo, entre que me pegue él y pegués vos... aunque sea un mordiscón que me sepa a beso... ¡te elijo a vos!

Y en la carrera se perdieron entre el tupido pastizal, mientras el viejito y la viejita, a medio vestir, llegaron a la puerta azorados y encontránse conmigo, exclamaron como en un sollozo:

--¿No vió?... El perro se llevó la perrita...

--¡Ah!... ¡Sí!... ¡Ahí en esa plaza los vi perderse!...

Y ambos miraban el alto yuyal, que en ese momento iluminaban los rayos del sol naciente y agitaba mansamente la brisa matutina, con ojos de verdadera angustia.

Solíamos después hallarnos en las calles del pueblo con el perro del cura y jamás pasaba por mi lado sin detenerse a mirarme, meneando el rabo:

--¡El buen amigo!... ¡Qué dicha volverlo a ver!... ¿Y qué tal? ¿Cómo andan las cosas por allá... por la sastrería?

Y ayer me ha reconocido, aquí en las calles, malgrado las injurias de los años, cuando yo ya no le conocía y había hasta olvidado la galante empresa en que le ayudara, arrastrado por la clarividencia del futuro condensada en la máxima que me sirve de epígrafe.

¡Pobre perro agradecido!... Quizá ni la perrita, que tanto amó, existe ya más ni en su memoria, y, sin embargo, persiste todavía el recuerdo del amigo, conocido al pasar, pero siempre querido e inolvidable!

¡EL POBRE AMIGO!

I

--¡Pobre Comaleras,--dijo el rubio González;--muere con él la espuma de los jugadores del truco del barrio de la Concepción, y los que vamos acompañándole, podemos decir con orgullo que llevamos a enterrar, no solamente al mejor de los comisarios jubilados de la policía antigua, sino también a un hombre que jamás le disparó a un real envido, teniendo las treinta y tres de mano!

--¡Hum!... No solamente era toro Comaleras--exclamó un viejito que iba acurrucado en un rincón del coche y a quien no conocíamos ni de vista ninguno de los otros tres acompañantes, que éramos, además del rubio González, el tuerto Cabira y yo,--¡sino un gran corazón! Gustavo S. Bordenave, servidor de ustedes, no ha concurrido ni concurrirá jamás a otro entierro con un gusto mayor que el que experimenta en estos momentos. ¡Pobre Comaleras!

--¿Me permite, señor Bordenave?...--replicó Cabira, sonriendo de la extraña manera que le permite hacerlo la parálisis facial que lo caracteriza, pero con un tono que no dejaba dudas respecto a su intención de protestar con toda formalidad.

--¡Ahórrese los reproches, señor... Mis palabras hacen justicia a las virtudes de nuestro amigo, aun cuando se presten tal vez a una interpretación aparentemente desfavorable...

--¡No!... Es que con gusto no se concurre al entierro de nadie...

--Así es, señor mío... generalmente; pero en el caso sub-júdice de Gustavo S. Bordenave, concurren circunstancias que lo hacen excepcional, como lo verán ustedes.

II

Aunque les parezca extraño, dados los rasgos de mi personalidad actual, yo he sido un funcionario municipal de cierta categoría, a los efectos del sueldo, condición única que puede establecer diferencias entre los empleados públicos. En ese entonces tuve la suerte de conocer a fondo a mi amigo Comaleras y la desgracia de que apareciese en mí el asma que me acompaña, ayudándome a formar la molesta entidad del Gustavo S. Bordenave de la actualidad. Los médicos ni yo, la conocimos al principio, y se creyó que era una notificación de la muerte, que me dijera con tan extraño lenguaje: “Gustavo S. Bordenave, a usted me lo llevaré tironeándole del corazón”. Una tarde pasaba de mi despacho a la tesorería, cuando me topé de manos a boca con Nicanor.

--¡Hola!... ¿Tú, por acá?...

--Sí, mi querido amigo. Acabo de ser jubilado en la policía, y como no puedo acumular dos sueldos nacionales y he menester de aumentar mis entradas porque me he quedado viudo y sin hijos y mis necesidades han crecido por consiguiente, tenderé mis líneas aquí, en la municipalidad... El intedente, que es amigo, correligionario y pariente, me quiere ayudar... ¿No sabes de alguna vacante a producirse o que sea fácil producir?... Con placer sería tu compañero.

--No lo serías por mucho tiempo... exclamé imprudentemente.

--¿Por qué?

--¿Pero, qué, no ves?... ¡Si me estoy muriendo del corazón! Los médicos ya me han sentenciado, che!

--¿Qué me dices?... ¡Pero si parece mentira! ¿Y tienes buen sueldo?

--¡Cómo no!

Y le declaré todas las peculiaridades de mi empleo, confiándole hasta ciertas facilidades que tenía para aumentar mis entraditas, con sólo crear pequeñas dificultades en las tramitaciones. ¡Pobre Nicanor!... ¡Cuánto y cómo se contristó y hasta dónde llevó su interés por el viejo amigo que les habla en estos momentos verdaderamente solemnes! Dos días después, el intendente se dignó llamarme a su despacho y con esa seguridad envidiable que da la superioridad jerárquica, me dijo, casi tuteándome:

--Vea, Bordenave... Me han dicho que usted está muy enfermo del corazón y deseo conocer la verdad... Tengo un amigo a quien quisiera servir y no me gustaría defraudar sus esperanzas, prometiéndole algo que no le cumpliera... Se trata de un amigo suyo... de Nicanor Comaleras, ¿sabe?... Me ha informado de que usted es casi un cadáver y me ha pedido que en caso de quedar vacante su empleo, él desearía que se lo acordara y como el pobre es tan bueno y tan amigo, quiero servirlo... Vamos a ver, ¿qué le han dicho los médicos?

--Dicen, señor, que parece haber algo cardíaco y me han recomendado resignación...

--¡Ah, bueno!... ¡Entonces no hay vuelta, Bordenave! ¡Mire! Voy a decirle a Nicanor que espere el desenlace y que esté seguro... ¿no le parece?... Así conciliamos todo...

Y con esa oficiosidad que tan bien sienta en un subalterno, sea cual sea el ítem del presupuesto que llene con su modesto nombre, le pedí disculpara si obstaculizaba en cierta manera sus deseos.

Desde ese día, Nicanor concurría asiduamente a mi despacho y yo conocía en su voz y en su actitud el interés que le inspiraba mi salud, apresurándome a informarle sobre ella, sin exagerar su gravedad, como podría pensarse que pudiera hacerlo, a haber temido que el candidato, viendo que la muerte no se apresuraba a coadyuvar a sus fines, hiciera fuerza para que su pariente y correligionario lo auxiliase por uno cualquiera de los tantos medios a su alcance.

Tuve que ser muy discreto para no hacerme sospechoso a sus ojos de amigo celoso, y recién cuando su pariente y correligionario dejó de ser mi superior, me atreví a irle informando poco a poco de mi mejoría, así como también de que los médicos habían descubierto que yo no era un cardíaco sino un asmático.

--Es igual, ahora... me contestó con aquel tonito dulce que era una de sus peculiaridades, ¡es igual!... El nuevo intendente que ha entrado es mi adversario.

No le volví a ver sino de tarde en tarde, pues se ocupó en otra clase de asuntos y poco a poco fuimos dejando hasta de saludarnos, a medida que yo iba recuperándome...

Ha muerto, el pobre, sin que yo pueda saber, a ciencia cierta, si allá, en el fondo de su espíritu, floreció alguna vez alguna sospecha respecto a mi sinceridad cuando le informaba sobre mi salud y poder vindicarme a sus ojos y es por ello que he venido con gusto a su entierro, buscando la oportunidad de declarar, como declaro ante sus amigos, ya que no puedo hacerlo ante él, que Gustavo S. Bordenave fué leal y honrado en sus informaciones y que por ser cristiano y acatar la voluntad de Dios, no lamenta haber defraudado las esperanzas que él abrigara a su respecto...

--Agradecemos, señor, dijo Cabira, sus amables y espontáneas declaraciones, y yo, le manifiesto, sin temor de ser desmentido, que reconocemos en el procedimiento que usted nos ha descripto la caballerosidad y delicadeza de aquél que ya no es más ¡sino un recuerdo!

ENTRE DOS COPAS

--¿Y me van a mandar nada más que por ebriedad... ¡Bueno!... ¡Perfetamente! ¡No m'importa!... Yo no soy el primer criollo que se mama el veinticinco y tampoco'e ser el último y no tengo vergüenza de haber solenisao el día de la patria, no señor, no la tengo... porque gracia's'a Dios no soy hijo e gringo y me acuerdo de qu'esta tierra es la mía...

--Mirá, che, bajá la prima... y si no es otra cosa lo que tenés que decir, podés ir aprontando tu linyera... ¡Estás despachao!

--¿Despachao?... ¡Perfetamente! Para eso tenemos patria, caray!... Pa que uno no pueda festejar los aniversarios gloriosos sin permiso'e la autoridá... Había e bajar San Martín a ver lo qu'están haciendo... ¡Junaperra!... Le quisiera ver la cara al viejo cuando dentrase a una comisaría--como yo aura, pinto el caso--y se topara con que ya ni siquiera se respeta al nieto e su asistente Martínez!...

--¡Loco lindo!... ¡Así me gusta un criollo!... ¡que muera borracho, pero cantando el himno nacional!... ¿Sabés qu'estoy por largarte?

--¿Largarte?... ¿No ve... En esa costubre'e tutiar a cualisquiera por desconocido que sea, s'está viendo que usté's de casta estranjera!... P'cha ¡qu'es confianzudo el gringo y entonao, másime si tiene mando, ¿no?... ¡Mire!... Así a'nde me ve a mí, así, medio mal pergeñao y hasta tirando p'al Veinticuatro'e Noviembre, por haber solenisao la fiesta'el veinticinco en mi patria, siendo como soy decendient'e prócer... sepasé que lo h'echo con la plata'e don Bartolo y que cuando él nos la dió para que tomáramos una copa era porque quería que los de La Diana'e la patria, l'hiciéramos un honor a la bandera!... ¿A que usté con ser quien es y hasta tutiarlo a Roca si se le pone a tiro, no ha tenido nunca semejante voz de mando ni lo han obedecido con mayor satisfacción!... ¡Convenzasé, señor, pa mandar como se debe... ¡Don Bartolo!

--¿Sabés, che, qu'en medio e tus locuras te dejás cair despacito, pero con cierta elegancia y que m'estás interesando?... ¿Y luego qué es eso La Diana'e la Patria?

--¿Qué, no sabe?... Es una sociedad que tenemos pa saludar a los patriotas de la seción. ¡Si hemos andao toda la mañana meniandolé al tambor y a los clarines!... Somos tres... Peraira, que cuenta cuentos pa los fonógrafos y se queda ronco de hablar sobre unos cilindros, imitando a Juan Moraira; el ñato Gutiérrez, más conocido que la ruda y yo, qu'he sido tambor del tres... Hoy, conforme aclaró, nos metimos en la casa e don Bartolo y l'echamos un redoble qu'era como pa bailarlo y áhi no más ya salió uno de adentro y alcanzandonós un diez nos dijo qu'el general nos lo mandaba pa la copa... ¡a la cuenta tomandonós por veteranos!... ¡Qué veinticinco ha sido éste, señor!... ¡Como pa que no l'olvidemos! De orgullo y de satifación me pasé de pato a ganso... ¡y aura tengo que pagarla!

--Pero, pa vos, che, todo el año es fiesta patria... ¿Sabés cuántas entradas tenés?...

--¿Y usté sabe, señor... cuántos días gloriosos tenemos los argentinos?... ¿Inora la historia d'esta patria?... ¡Hay que cumplir con los mártires y el entusiasmo arrastra, señor! Yo he sido empliao como guardián en el Museo Histórico, ¿sabe?... Allí, en Lezama... ¡Bueno!... ¡En ese oficio alquirí este vicio'e los festejos a los que murieron por nosotros, y ya ve ande me lleva la historia!

FLIRT

--¡Y así no más ha sido, pues!... ¡Te has chasqueado, prima, porque sos todavía inocente a pesar de ser tan viva... Mirá...

--¡No me digás, che!... ¡Si los hombres se han puesto muy canallas en esta ciudá y ya no respetan nada!... ¡No me digás!

--¡No creas!... Aquí, como en todas partes, los hombres respetan lo que deben respetar y nada más... ¡Mirá!... Las mujeres, a tu edad, pocas veces saben contener su coquetería en los justos límites de la prudencia. Descienden del trono en que son reinas, gustan arrastrar su vestido en la vereda plebeya y cuando ésta, que no es la impecable alfombra de tu sala, se los ensucia, se indignan... ¡Esto sí qu'es lindo, che!

--¿Te parece?

--¡La pregunta!... ¡O sos muy ingenua, prima, o me tomás por pipiolo... ¡a pesar de mis pesares!

--¡Pero si ha sido un atrevido conmigo el tal García, que parecía un hombre decente... un caballero!... Figuráte que salgo para casa de mamá y en cuanto doblo la esquina, se me pone al lado como si yo fuese una mucamita o una cocinera e intenta emprender conversación... Es un indigno, un changador, un cualquiera...

--Convenido... ¡Un cualquiera!... Ése es el término... ¿Y para qué lo mirabas cada vez que pasabas por delante de su tienda, desperdiciando en ese insignificante la incomparable luz de tus ojos?... ¿Es posible que halague tu vanidad de mujer linda y elegante la babosa admiración de un tenorio de trastienda? Vaya aprendiendo, prima, vaya aprendiendo... y sufra las decepciones consiguientes y aguante que el almacenero de la esquina, el lechero, el carbonero y tutti cuanti, crean que ella, la reina de las flores, es la consentida del tendero... y de envidia por la suerte de éste, pretendan deshojarla y repartirse entre todos sus despojos!... Y no te admire que hasta el mismo barrendero haya soñado alguna vez, mirándote al pasar, ¡que su escoba pudiera transformarse'n abanico!

--Decí todo lo que quieras, che... pero yo te aseguro que los hombres son muy cochinos... Bien decía la otra tarde mi tía Petrona: “!Querés crer, m'hijita, que hasta'mí me dicen cosas todavía...!”. “Al pasar una bocacalle, un pillastre me ha echado una miradita qu'era un chorro de agua caliente y me ha dicho que las flores más lindas eran las violetas... ¡que nacían solamente en el invierno!”.

--¡Otra que bien baila, nuestra, tía!... ¿Qué me contás? ¡Con que a pesar de su medio siglo y de su tos, todavía se queda en la cancha!... Oye, prima... ¡no seas mujer como las demás! Abrí tus ojos encantadores a esta hermosa luz de nuestra tierra, madre de mujeres tan lindas y tan... ¿cómo te diré?... tan criollamente orgullosas y tan suavemente picantes...

--Mirá, primo... ¡estoy hecha una tigra!... Este canalla de atrevido me ha puesto nerviosa y no sé por qué me parece que me ha ofendido... ¡Siento como una quemadura!... Me parece que me hubiesen rebajado y que fuera una de las enanas del San Martín, y tengo asco, y rabia... y hasta ganas de encerrarme y no pisar más la calle... El mundo, che, s'está poniendo como para dispararle!... Ya no se puede ni mirar sin que alguno se crea adorado...

--No te pasés, che, no te pasés y no des crédito al piropo que l'echaron a tu tía... la modesta flor fragante que la escarcha esmalta en el rincón olvidado del jardín... No pensés en la tumba ni el convento, por que un tendero enamorado tendió bajo tus pasos su capa de tenorio... Pisala y... adelante con los faroles y si t'he visto no me acuerdo... Abrí bien los ojos y mirá a tu alrededor y ve aprendiendo a conocer los instrumentos que suenan para ti la marcha triunfal de la vida... y no los confundas a unos con otros, tomándolos a todos por bombardines plebeyos...

--¡Qué mi primo... éste! Decime, che... ¿darán pronto en algún teatro el “Cyrano de Bergerac”?...

--Tal vez... ¡A mí no me interesa!...

--¿No?... ¿y por qué? ¡Es un drama tan lindo!...

--¡Qué me vas a decir lo qu'es Cyrano, prima? ¡Si casi lo he'scrito yo!

LOS TIEMPOS DE AURA

--Decime, che... ¿No tenés vergüenza de venir a tu casa a las diez de la mañana, después de haberte pasao la noche perdido quién sabe en dónde?

--Mirá, Diolinda... ¡tené cuidao, hijita!... Ya sabés que la lengua rompe güesos... Y aura, permitime que t'esplique en lo qu'he andao pa que veás que Juan Antonio Gutiérrez sabe lo qu'es matrimonio y respeta los mandamientos...

--Lo que sos vos no morís ahorcao si te dejan hablar... pero esta vez no me vas a venir con las mentiras de siempre... ¡Ya me tenés hasta los ojos!

--¡Diolinda! Oí la voz de tu marido y dejat'e macaniar... ¿Sabés en lo qu'he andao?... Es un secreto, ¿sabés?... Cosa e la política...

--¡Bueno!... ¿En qué has andao?... ¡Vamos a ver!