Chapter 4 of 18 · 3815 words · ~19 min read

Part 4

--A propósito de los que vienen de París, hijita, te voy a contar lo que me sucedió el otro día en lo de Mariquita, mi sobrina, que como sabrás, recién ha venido... ¡Voy a visitarla y si vieras qué comedia!... Llego a la casa y lo primero con que me topo, es un francés todo afeitado y vestido de fraque que no entendía ni jota; de balde le decía, desgañitandomé: “Vaya, digalé que está su tía Feliciana”... ¡Nada!... Al fin busco en la cartera y le doy una tarjeta, pero en vez de darle una mía, con el apuro y la agitación, hijita, le doy una de Pepita Aguirre, que tenía guardada y lo oigo que gritaba desde la puerta cancel a otro sirviente que estaba en el descanso de la escalera... ¡Madame Vassilicós!... ¡y oigo que el otro repetía la cosa y que el grito seguía!... Entonces me subo ligerita para decirles a aquellos condenados mi equivocación y tomo para el lado del comedor, donde siempre acostumbraba a recibirme Mariquita; pero me ataja el sirviente y me mete a la sala, que a las tres de la tarde estaba ya con luz encendida y con todas las ventanas cerradas... ¿Creerás?... Tuve miedo del cú de charol, che, y estaba pensando en escaparme de algún modo, cuando se aparece Mariquita en una de las puertas, de gran cola y me hace una cortesía a uso de minué... ¡Claro!... Corrí a abrazarla diciéndole: “si soy yo, m'hijita”, pero ella con una sonrisa seria en que solamente me mostraba el colmillo de un lado, me estiró la mano en silencio y con una frialdad que me heló, che, a pesar del calor... Nos sentamos y naturalmente le pregunté por su esposo, por González, que era, como sabrás, antes de sacarse la lotería que se sacó, uno de los escribientes del ministerio que nombró tatita... Apenas me dijo que estaba bien preguntandomé de paso por Mamerto... ¡Si vieras la cara que puso cuando le dije que todavía seguía con sus pobres pies y que lo atendía Federico, tu esposo!... Y después de esto, se estiró bien en el sofá y no me habló una palabra más...

--Así es la moda de ahora, Feliciana de mi alma... ¿Que no ves los bailes que se usan?... ¿Acaso son como aquéllos de nuestros tiempos en que las muchachas y los mozos podían bailar y conversar?... Ahora para bailar se necesita ser casi un ingeniero para estar contando los pasitos y golpecitos con el pie...

--Mirá, m'hijita, ¿sabés una cosa?... Yo no creo que en París la gente sea como ésta que va y vuelve... ¿Qué querés?... A mí me parece que éstos toman por franceses a los manequís de alguna tienda... ¡Mirá!... ¡En esto ha de estar sucediendo alguna gran barbaridá!

COMO VÍBORA QUE HA PERDIDO LA PONZOÑA

Zumbaban las chicharras en el talar vecino y pasaban hacia el monte, silenciosas, las bandadas de cardenales y jilgueros, que el sol ahuyentaba de la llanura, cuando la vieja guaycurú, que decía recordar al cacique Picairué--el primer indio de su tribu que vió un hombre blanco, razón por la cual los entendidos en edad de indígena le atribuían por lo menos siglo y cuarto--comenzó el extraño relato que me tuvo encantado hasta la hora en que las sombras vinieron con su cortejo de jejenes y de mosquitos.

--Yo no entiendo el lenguaje de los animales, pero la finada mamita lo entendía y me enseñó muchas cosas que no he olvidado nunca. Los pájaros y los bichos del campo conversaban como nosotros según ella, y se contaban las cosas que les sucedían, por lo general tan extraordinarias como divertidas.

--¡Soy curioso, viejita!... Cuénteme algo de lo que sepa.

--Mire, señor... no tenga curiosidad y será feliz. Esto se lo repite siempre la tijereta a su prima la golondrina, que hasta se mete en los ranchos para averiguar lo que no le importa... pero es sermón perdido, porque en esta vida cada uno hace lo que el cuerpo le pide y no lo que debe hacer.

Y luego entró a relatarme el extraño poema indígena de que es apenas una estrofa la presente narración.

Hallándose una siesta con su mamita, ocultas entre las ramas flexibles de un sarandí que se mojaba en el arroyo, esperando el paso de alguna tararira dormilona que llevara remolcando la corriente, vino un ocó a posarse en un albardón, al lado de una garza mora que miraba el agua como encantada.

--Mire, hija, dijo la madre, ¿ve ese ocó?... ¡Bueno! Atienda cómo habla con su amiga la garza--porque ha de saber que esos dos pájaros aborrecen a la víbora, que habita entre el malezal costero y que viajando de mata en mata devora las nidadas de las aves del agua y que el odio liga tanto como el cariño... ¿Oye los rezongos del ocó?... Le reprocha a la garza que esté con el buche vacío habiendo a mano tanto caracolito lindo, y ella le responde que las penas que le afligen le quitan el apetito.

Además del conocido y comentado robo de su fortuna por el martín-pescador y el biguá, escondida, según su opinión, debajo del agua, motivo por lo cual ella recorre las orillas de los arroyos y lagunas, tratando de recuperarla, una víbora le ha comido la nidada defraudando todas sus esperanzas.

--¿Quién sabe si habrá sido la víbora, comadre? La otra tarde al irme para casa, hallé dos zorros jovencitos que venían saltando de albardón en albardón y como usted anda siempre como dormida, tal vez anidó en lo seco y la han aprovechado...

--Vea, amigo ocó, yo seré todo lo que quiera, pero como buena madre no le tengo envidia a nadie... Mi nido está casi boyando y además los zorros rompen los huevos para comerlos, mientras que esa canalla deja las cáscaras enteras y apenas picaditas.

--¡Chit!... ¡Silencio!... Siento un ruidito sospechoso... ¿no oye?... Mire, allí está junto a aquella mata de rama negra y se está aprontando para bañarse... ¡Es un coral, comadre!... Vea. ¡En cuanto deje el veneno, yo se la asusto y si cae al agua usted la levanta!

Y a poco vimos nosotras una hermosa víbora, manchada de rojo y blanco que, envolviéndose de rama en rama, avanzaba cautelosamente hacia el agua, alzando de vez en cuando su cabeza chata como una plancha vista de punta.

La garza se alzó penosamente en el aire y luego que sus alas vencieron la pereza orgánica lanzó el ocó su grito de guerra,--que hace encerrar a los caracoles en su casas movibles y temblar a las mojarras huyendo seguida de su muchachada inquieta hacia las aguas profundas--y simultáneamente oímos el chicotazo de la víbora al caer al arroyo.

La garza, luego de divisar a su enemiga, que haciendo un zig zag con su cuerpo flexible, intentaba ocultarse diligente en un remanso donde se amacaban nenúfares y achiras, describió un gran círculo y, rápida como el pensamiento, cayó sobre ella haciendo presa en el fino cuello tornasolado, inmovilizando la cabeza agresiva y tendió el vuelo majestuoso llevando en el pico acerado, como un trofeo, al mísero reptil, que se retorcía impotente y envolvía entre sus anillos multicolores, que brillaban como si fueran de fuego, el largo pescuezo del ave cazadora.

Y no quedó mata de paja, albardón ni arbolito de donde no asomaran cabezas azoradas a contemplar la lucha interesante y, hasta los ratones y los sapos, asomados a las puertas de sus cuevas, siguieron emocionados las peripecias de la larga agonía del ofidio, que, luego de asfixiado, pasó al buche del implacable vencedor.

--Y diga mamita, ¿no la picará a la pobre garza?

--No, hija, dijo la madre: la víbora nunca entra al agua llevando su veneno que es una bolsita blanca que tiene entre los colmillos. Cuando se va a bañar busca una alguna hoja de camalote o alguna flor de paja y la cuelga en ella. Los guerreros buscan esas bolsitas y mojan en una agüita que tienen, las puntas de sus flechas de combate. Cuando la víbora sale del agua, comienza a buscar su veneno y al no encontrarlo corre de un lado para otro desesperada y al fin se mata a golpes al verse inerme. Por esto es que se dice de la persona que anda inquieta y atribulada, ¡que parece víbora que ha perdido la ponzoña!

ESCUELA DE CAMPAÑA

--Velay, señor máistro, le traigo m'hijo, como quien dice pa qu'estudée y no pa que me le haga perder tiempo en macaneo de puesía y de güeltas a la derecha y a la izquierda. A los pobres inorantes, como un servidor de usté, que vivimos de la cuarta al pértigo y sudando el naco, maldita la gracia que nos hace que los muchachos se pasen el día aprendiendo puánde sale el sol y puánde se pone y cómo se llaman los pastos, sin que naides enseñe la letura ni de poner su nombre u de sacar las cuentas más necesarias... ¿sabe?... Yo no quiero qu'el muchacho aprienda pa cura ni pa dotor, sino pa trabajar con más alivio que su padre y que sepa defenderse de los ladrones ni anqu'inore cómo se nombra el gobierno. Ya lo aprenderá cuando vea que los manates se pasan el mate entr'ellos, sin esperar a que se lo brinden!... Eso no sirve pa los pobres que tienen que romper tierra con el arau y cuidar vacas y trasquilar ovejas... Los otros días agarré el muchacho y lo llevé a la escuela de esa moza rubia que está pasando la pulpería e Menegildo y fí y le dije a la moza esto mesmo que le digo a usté, ¡Si viera!... La rubia se me alzó como leche hervida y me dijo que yo era un atrasao y un indino hasta de ser padre...

--Ta bien, niña, le dije, almiro su cencia, pero me llevo el muchacho pa otra escuela... Con floreos y con puesías no vamos a comprar alpargatas ni él ni yo... Y es por esto, señor máistro, que vengo a trairle el muchacho pa dejarselo, si es que usté, que parece hombre de juicio, se compromete a enseñármelo a ler en libro y a pintar la firma aunque no sea muy derecho...

--Pero vea, señor... nosotros tenemos que enseñar como manda la ley... El concejo ordena...

--Ya le digo, señor máistro que la lay dirá todo lo que quieran que digan... yo no me opongo... pero no cejo en cuanto al muchacho... ¡Eso sí que no!... Un hijo e Liberio Pacheco ha e saber cosas e hombre... ¡y nada más!... ¡Vea!... La cencia ésa que andan enseñando aura, yo no l'hallo conveniente!... M'hijo no ha de ser gobierno sino estanciero como su padre y cuando tenga que dar un baile, pongo por caso, él no tendrá necesidá e tocar la música, sino que buscará algún pianisto que esté dando güelta a la manija y lambiéndosé por hacer lo qu'están haciendo los que pagan...

--Bien, mi amigo: yo haré lo que pueda... pero le prevengo que estoy obligado a enseñarle lo mismo que la señorita... Hay un programa...

--¿Y también le va a enseñar la costura como en la escuela de la rubia?

--Si señor... ¡El reglamento lo manda!

--Lo mandará... pero yo no dejo el muchacho... ¡Mirá con auja y dedal nada menos que un hijo e Liborio Pacheco!... ¡Pues no faltaba más... ¡Dejemé que me raiga, ni aunque se me añude una tripa!... Aura ya no faltaba más sino que a las muchachas les enseñen a que muenten a caballo y salgan hechas varón a boliar avestruces, mientras los machos planchan, cosen y crían la cachorrada... Tendría que ver a un criollo con tamañas barbas dándoles de comer a los muchachos o zurciéndoles los calzones. ¿Y qué hace la mujer en el inter, vamos a ver? ¡No señor! Yo estoy porque mis hijos se críen como me crió mi madre a mí, que apriendan a trabajar y a cumplir con su deber creyendo en Dios y que se dejen de macaneos... ¡La gran perra con la gente istruida!... ¿Qué quiere, señor máistro? prefiero que m'hijo ¿sabe? ¡el hijo e Liborio Pacheco, sea tan bruto como su padre, pero que siquiera sea hombre!... ¡Qué se ráigan d'él por bárbaro, pero no por mujerengo...

NI CON CUARTA

--No me tire con la tapa e la tinaja... y la vaya a ver el cabo González... Ya sabe qu'el hombre a'nque sea suertudo, no aguanta pulgas... ¡La gran perra!... Y cómo anda por'él todo el mucamerío del barrio... ¡ni que juera caramelo el cabo!... ¡And'él se para, no hay que hacerle!... Hasta los cuartiadores somos gusanos... ¡Vea!... No es por contarle ¿sabe? sino pa que sepa cómo le codicean su prenda... si es de usté. Las otras tardes estaba yo parau allí en l'esquina y el cabo venía al tranquito por junto a la vedera, haciéndose el distraido, cuando un derrepente aparece en el balcón la rubiecita de allí e los altos...

--¿Cuál?... ¿Una pecosa, más seca que mango e cacerola?

--¡Justo! Y diánde va y saca un ramito e flores que tenía en el pecho y se lo tira al cabo, que ahí no más lo abarajó y lo metió entre el kepís... ¡Claro! Yo me quedé lambiendo, porque al fin aunque uno sea cuartiador, si ve comer masitas y que no lo convidan, se le hace agua la boca como a cualisquiera, y cuando pasó por mi lao me la rai y le cerré un ojo, haciendolé seña pa su casa...

--¿Y él que hizo?

--¿Y qu'iba hacer?... se riyó no más y medio s'encogió de hombros como diciendo: “!...que sos sonso pa rumbiar, che!” Y en cuanto volvió de la recorrida me le acerqué y recostandomé en el caballo, como aura'estoy, le dije redepente que usté había pasao del centro y que venía paquetísima... ¡Ni s'encogió siquiera!

--¡Claro!... ¿Y qué s'iba a encoger, si ha de andar como pichicho por la garra ésa e los altos?

--No digo tanto... ¡pero el hombre anda por cáir!... ¡Así le dije yo!... ¿Y qué pensará de su conduta cabo, la cocinerita de allí e la cuadra? ¡Cuidao, me dijo, no me vayás a desvelar!... Será la cuarenta y cuatro, pues... y nada más... ¡Lo que son éstos de la policía ¿no?... Porque tienen pito ya se cren dueños del mundo... ¡Habían de ser curtidores, pa ver si eran tan entonaos cuando viesen que aunque quisieran como quiero yo por ejemplo, a una que a mí ni me mira, los condenara la suerte a andarse guasquiando solos!

--El cabo es un canalla e patente... pero conmigo la torta le ha e salir pan... ¡pierda cuidado!

--¿No ha de?... ¿No oye que él ya le llama la cuarenta y cuatro?... No solamente la desprecea, sino que hasta le pone la marca y la larga pa que corra.

--Permita Dios que reviente el muy trompeta a'nque sea sin confisión... ¡Bah!... pa lo que a mí se m'importa... ¡Vea!... Luego lo espero pa que demos una vueltita...

--¡Cómo no, mi vida!...

--Hasta luego...

--...¡Juna perra!... ¡Qué tipiada m'está viniendo encima!... Hasta ví'a tener que pedir relevo en la parada... ¡Pero... la verdá es que la hembra vale!... ¡Juna perra!... ¡Y lo que es d'ésta el cabo González peludea!... ¡No lo sacan ni con cuarta!

CONFIDENCIAS

--Si vos no parás en los conchavos, che... Parecés zapato cambiao... ¡No hay pata en que calcés bien!

--¿Y qué quiere que haiga, mi tía, si me tocan unas?... ¡La gran perra!... ¡Vea la última que me cayó!... Mucho firulete y máistros de francés y de pintura pa las niñas, pero en punto a pago... ¡ninte!

--Eso no lo puedo crer, che, ni a'nque me lo jurés por tu mama... ¡Tu patrón es hombre rico!...

--¡Gran cosa el patrón!... Usté lo ve metido en su levitón y no sabe la clase e'liendre qu'es con ese aire de abombao... Vea; a mí me tomó pa mucamo'el escritorio; en cuanto me descuidé, era desd'eso hasta pión de patio y en los ratos desocupaos hasta niñero... Al fin del mes le cobré el sueldo y me salió con consejos y me peg'un reto diciendo que tóitos eramos ansí y que me juera'costumbrando al ahorro y... ¿sabe?... al segundo mes m'echó sin pagarme ni fósforos, a pretesto de que le quebré un plato e loza que dijo qu'era recuerdo e Garibalde... ¡La gran perra con el hombre, chancho!... ¿Y usté está tuavía en lo e doña Dolorcitas?

--¿Pero te has cáído de algún nido, Indalecio? ¿Qué no sabés lo que hubo con el patrón, por causa de un guiso e patitas con zanagorias? ¡Si fué tremenda y yo ya se la tenía anunciad'a la señora, qu'es terquísima! Figuráte qu'él le daba p'al mercao un diario regular, pero como a ella le gusta el tiatro, ahí tenés que sacaba d'eso pa las entradas, y las lunetas y el diablo... Y conforme se'iba'acabando la platita, ya empezab'ella con las recomendaciones de que trajiese patitas o mondongo pa guisar con zanagorias, y si él reclamaba, se le quejaba de que las cocineras la robaban y de que todo estaba carísimo y de qu'era un escándalo y que no sabía qué hacer y ahí me tenías a mí, mientras duraba la temporada e la Ópera, sindicada e ladrona y aguantándome cada reto'el patrón que daba miedo... ¡Claro!... ¡Tanto s'estiró la cuerda que un día se reventó...!

--Caramba, con la gente, ¿no?... Y quien diría al verlas tan paquetas, oyendo la ópera, que tienen la barriga chiflando...

--¡Y cualquiera que conozca el mundo m'hijo! Pior era tuavía en lo e las González, donde la señora en cuanto que veía llegar con la fuente e carbonada, ya decía arrastrando la lengua y con una vocesita e'caramelo: “Ya stá otra vez el obsequio e Magdalena a su patrón... ¿Cuándo se v'a cansar mujer de hacerl'el gusto a este rutinero...?” Y el pavo se lo craía, che, y se llenaba la panza sin chistar.

AL VUELO

--Vea, señor comisario, yo venía a verlo pa un asunto que talvez no sea de cosa e justicia ¿sabe?... pero qu'es de humanidá y así le dije a mi sobrina Paulita, la mujer de don Chicho, ese almacenero italiano qu'está aquí a la vuelta e la cuadra... “No, m'hijita... yo me vi'a ver ese comisario, que ha e ser cristiano a'nque sea e las provincias y recién haiga venido a la sesión”; y aquí me tiene, señor, que vengo a tráirle una consulta, sin conocerlo, confiada no más qu'en su buen corazón...

--Hizo bien, señora...

--Rosaura Pico, pa servirle, señor... De las Pico del Once, que han sido bastante mentadas en sus buenos tiempos, cuando vivía su tatita don Nemesio Pico, que tal vez habrá conocido... uno de esos criollos que ya se acabaron, señor, de los que cráian en don Bartolo como en Dios, y compadre e don Pedro Berné que sacó e la pila a uno e mis hermanos, ya finao...

--¡Perfectamente!... ¿Y qué deseaba, señora?

--Pues, a eso voy señor comisario, si me permite... Es el caso, que vez pasada, hará d'esto como tres años, hubo en casa una inquilina que se murió dejando un chiquito que apenas caminaba y que nosotros recogimos de lástima y criamos con nuestras pobrezas... y aura, señor, con estos tiempos tan malos que corren, nosotras vamos pa pior cada día y más con la muerte de algunas señoras de relación que solían favorecernos y que han dejao unas hijas que da vergüenza... Gentes d'esas que pesito que les sobra se lo echan en trapos y en gorras, como creyendo que el señorío y la categoría se alquieren en las tiendas... ¡Bueno!... Naturalmente, el chico, que al fin, no es de nuestra sangre, nos pesa y quedríamos aliviarnos, aunque buscandolé su felicidá, porque al fin nosotras no podemos olvidar que somos de las Picos del Once y que nos hemos criado en la calle Piedá, en unas casitas que había and'está el Pasaje, frente por frente con las de Vela... las cuñadas del capitán Amarillo, qu'es viudo de la finada Mariquita.

--Bueno, señora... ¿y yo en qué puedo servirla?...

--Usté puede ser nuestra salvación, comisario... En los tiempos de aura, lo que no puede la policía no lo puede nadies... Mire... Yo he andado más de un año por meterlo en los güérfanos, pero no he podido porque diz que no hay lugar... En cambio, vea lo que son las cosas... una señora conocida, ha conseguido meter dos de sus hijos, a pretesto que su marido, qu'es estanciero, vive en el campo y ella tiene qu'irse a acompañarlo... ¿Qué le parece?

--Que hace bien la señora en no dejar solo a su esposo... Le puede suceder cualquier cosa...

--¡Si no es eso!... Le preguntaba su parecer sobre el chico... Pa un güérfano verdadero no hay lugar y los falsificados caben en todas partes... Si así es nuestra tierra, señor... ¿Y qué le vamos a hacer?... Hay que armarse e paciencia y jugarle risa ¿no le parece?... Eso mismo le decía yo a mi hermana vez pasada por motivo e dos chinitas que había criao una amiga y qu'eran perseguidísimas por un mozo panadero que al fin se quedó con la más pior... ¡Pareció cosa del diablo, señor! ¡El condenao aquél se casó con la china más demonio y más indina que puede figurarse y dejó la otra que era una monada verdadera!...

--Bueno, señora... ¿y yo en qué puedo serle útil?

--A eso voy, comisario... Pues, mire usté, yo lo único que deseo es que me dé una nota p'al Asilo, diciendo que el chico es güérfano ¿sabe?, que lo han encontrao en la calle y que como la policía no tiene ande poner los güérfanos verdaderos, lo manda pa que lo pongan ande debe estar...

--Perfectamente, señora... pero yo no puedo mentir...

--Mire, comisario, hagaló por vida suya y no se ocupe de la verdá, que al fin ella no se ocupa de nosotros... Y vea, le voy a dar un consejo de amiga, pa su bien... ¡Si quiere hacer camino en esta tierra, mienta grande, y cuando halle la verdá en alguna parte, dele de hacha y no perdone... que de atrás vienen pegando!...

CONSPIRANDO

--¡Eh!... ¡So bene que la mochacha e linda... ma cuela furba di vequia e propio in cane...!

--¡Peru tú se la pidiste y te enojás porque te la negó!

--¡Corpo!... Ha fato in bechincho di la gran siete e ha deto tanti porqueríe... tanti bestialitá, come oggi la fatto co l'amico viquilante... ¡Ma! ¡Dico io!... ¿Cosa ha la mochacha, que tutti noialtri andiamo propio come lo pero...?

--¡No, che... pare el carro... y no igualemos!... A usté la vieja lo echó por roñoso y porque era gringo...

--¿E perque t'ha fato a té la medésima chanchería... vediamo?... ¿Cose t'ha detto...?

--¡Sí, hombre!... Cuéntanos lu que te pasó... ¡Entre amijos, comu decía Castelar, no debés tener verjuenza...!