Part 13
--Cruzaba una tardecita por esas sierras de Córdoba, que son com'una pintura, en derecera a los llanos... Iba'apurao y llevaba como escolta un escuadrón de puntanos qu'eran todos como cuadro... Ya casi al anochecer caímos en un rancho serrano, d'esos que ya parece que van a venirse al suelo, pero que se aguantan, dejando pasar los huracanes como si no fuera nada. No hallamos a la llegada más que dos chinas viejas y una chinita obsequiosa, que me convidó con mate y qu'encontré tan donosa, así, a la luz del fogón... Parecía que las llamitas l'alumbraban con cariño, como queriendo besarla... ¡La gran perra!... Era linda con usura y tenía unos ojitos y un modito pa sonreír, que hacían como cosquillas y después era graciosita en el andar... y picarita... Ni sé cómo ni por qué, se me metió en la cabeza que había d'estar resfriada y comencé a recordar una famosa receta que me dieron una vez para curar los resfríos... era una palabra en turco que había que decirle a l'óido a la persona atacada, sin que lo oyera ni el aire...
--¿Ust'está resfriada, hijita?
--No, señor...
--Que no, hijita... si eso se le ve en los ojos... Tal vez usté no lo sepa... viviendo aquí, tan solita...
--Tal vez, señor...
--¿No quiere que yo la cure?...
Y como me mirase sonriendo y me pareciera verle así con una expresión de travesura infinita en sus ojitos tan lindos y hast'en unos dos pocitos que se le hacían en la cara, me saqué un pañuelo'e seda que llevaba en el pescuezo y se lo puse en el d'ella, que me agradeció el regalo... sin decirme ni palabra, pero con más elocuencia que si hubiese hablao en verso...
--¿Y adónde duermes, hijita, en esta casa tan chica?...
--Aquí no más, señor... Allí, en aquel rincón, tienden mi madre y mi tía y yo en aquel otro... en que hay un catre'e guasca...
Y me señaló pa un rincón que quedaba allá en lo oscuro... y que yo vi'luminao como la plaza Vitoria... En ese momento, che, me llegaba de la sierra como a modo de un vientito con fragancia a flor del aire mesturada con poleo, con menta y con piquillín...
--Va a estar fresquita la noche... señor coronel, me dijo la madre de la muchacha que venía a cocinar y empezó a'tizar el fuego...
--¡Así parece, hija!... Y ustedes, cómo viven tan solitas aquí... sin hombres!... ¿No tienen miedo?
--¡Si hay hombres, señor! Lo que tiene es que fueron a meliar... pero tal vez caigan pa la salid'el lucero... Es mi marido, un hijo d'él y tres sobrinos... gente buena, señor... mejorando lo presente.
Comimos como se com'en los ranchos, medio en l'oscuro y yo hice trair mi catr'e campaña. Las viejas me tendieron una cama qu'estaba llamando al sueño con sus sábanas de bramante, almidonadas al estilo'el pago...
--¿Y ya no le llegaba el olorcito a la menta mesturao con flor del aire?...
--¡Qué sé yo, che, si estaba durmiéndome como cuzco en la ceniza!... Derrepente me despertaron las viejas que soplaban a compás y hasta me pareció que la chinita tosía... ¡Claro!... Me acordé de la promesa y quise salir del catre... ¡La perra con las sabanitas!... Empezaron a'cer ruido como si fuesen papeles y como para el remedio tenía que no ser sentido, me comencé a refalar y en eso que fuí a pararme, oigo balar un chivito y siento que me topaba las piernas, mientras una de las viejas le decía a media voz:
--¡Sosegate capitán... que lo vas a despertar al señor coronel!
En la vida le han echao maldiciones más tremendas a ningún chivito guacho, que las que l'eché yo al condenao... ¡Tres veces tenté bajarme y tres veces el chivito me dispertaba a la vieja, mientras oía a la chinita que hacía crujir su catr'entre dormida y dispierta!
--¿Y por qué no se levantaba no más? ¡P'cha qu'era mulita!
--¿No ve?... ¡Así son las cosas!... ¿Y el respeto, amigo, que se tiene que tener por la madr'e las enfermas, cuand'uno anda'ciendo'e médico sin estar autorizao?... De repente se oy'un tropel y cayeron al rancho los meliadores, cargaos de carne y con unas fachas de forajidos... ¡Claro! Eran cuatreros mestizos de saltiadores.
--¿Y se quedó sin decirle a la chinita aquella palabra en turco?
--¿Y sinó? Ya nos levantamos todos y empezó la churrasquiada, pero cuando al aclarar les quise decir adiós, me dijo el dueño'e la casa:
--¿Por qué no se lleva un asao, señor?
--¿Pa qué?... Hemos de hallar poblaciones...
En eso miré p'al rancho y vi al maldito chivito qu'estaba pelando un maíz, brotao por casualidá junto a un cardón medio seco:
--Más bien me llevo ese chivo.
Y antes que me arrepintiera ya'stuvo atao a los tientos y en camino pa los llanos... ¿Ven?... ¡Ésta es la única vez que yo hice derramar sangre... y... caray! ¡creo que fué con razón si se me juzga como hombre!
EL HIJO DE DOÑ'AMALIA
Alertearon los chajáes y los teros, cuando aparecimos en la orilla del baño y a medida que su voz rodaba de mata en mata, perdiéndose en la lejanía velada por las sombras de la noche, tendieron el vuelo rumoroso las gallaretas y los patos, seguidos por la turba anónima, habitadora perenne del pajonal, y por las garzas silenciosas, que se alzaban como con pereza, recogiendo, ceremoniosas y coquetas, sus largas zancas, despedidas por el gruñido de los carpinchos y de las nutrias al azotarse en alarma.
El bañado entero pareció levantarse hacia las nubes, volando desmenuzado, y las víboras y los sapos amedrentados, suspendieron sus monótonos dúos y miraron con sus ojos inquietos el revolar insólito,--signo evidente de próximo peligro.
Y guiados por ese instinto peculiar de los hombres de campo para tomar su rumbo, que mi compañero poseía en alto grado, alcanzamos al rancho entrevisto desde la linde del monte y en el cual pensábamos encontrar quien nos indicara el camino para salir al llano.
--Ave María Purísima...
--¡Sin pecado!... Dentren... que no hay perros.
--¡Mil gracias...! Más miedo les tenemos a las pulgas... refunfuñó mi compañero, mientras yo, estirando el pescuezo por la rendija que servía de puerta a la miserable vivienda, descubría una china vieja que, sentada en cuclillas al lado del fogón, revolvía lentamente una olla vocinglera.
--Ustedes perdonarán... pero estoy friyendo una grasita y no la puedo dejar...
--Siga no más, señora... Esperaremos aquí afuera...
--¡Como gusten...! Los bancos están junto al moginete u sinó aquí, del lao de adentro, cerca e la puerta.
Luego que nos sentamos y encendimos nuestro cigarro, dejando que el espíritu y el cuerpo armonizaran con la quietud apacible que, nos rodeaba, exclamó mi compañero:
--Diga, señora... ¿Nos podría dar un matecito?
--¡Cómo no, señor!... Aura, lo que venga doñ'Amalia, los convidaré, si es que trai yerba.
--¿La cosa no es segura, entonces?
--¡Y qué va a ser, señor!... ¡Si el pulpero de la cuchilla le da un fiao que fué a pedirle a cuenta de una pajita que tenemos cortada, haberá conque y sinó, no!
La declaración no podía ser más categórica y guardamos silencio hasta que, terminada la fritura, salió del rancho, limpiándose las manos en la pollera, nuestra desconocida informante, que luego de saludarnos comenzó a armar un fogoncito en el patio, confesándonos de paso que el pulguerío del rancho era una cosa bárbara y que daba miedo, sobre todo a la nochecita.
--¿Y tardará mucho su compañera con la yerba...?
--No ha de... Ahí siento el escarceo del petizo... Es un patrio viejísimo que mandó hace como cinco años el hijo de doñ'Amalia... el mayor González, que le llaman Conejito por mal nombre...
--¿Qué me dice?... ¿Aquí vive la madre de Conejito...? dijo mi compañero con acento de asombro.
--¡Sí, señor! Aquí vive y es mi compañera... ¿Quién lo diría, no? ¡Un hombre así, que tenga a su mama d'este modo!
Y mi compañero, mirándome de soslayo, agregó como por vía de explicación endilgada a mí:
--Es el caudillo del pueblo y... candidato para el Congreso...
Como llegara doña Amalia y trajera en una pequeña maleta las provisiones esperadas y el agua estuviese hirviendo, nos colocamos al lado del fuego, que chisporroteaba alegre.
--¿Conque usted había sido la madre del mayor González?
--Sí, señor... para servirle.
La cara angulosa de la vieja china se transfiguró:
--¿Lo conocen a m'ijito?... ¡Pobre!... En el pueblo todos lo quieren y aurita no más me decía el bachicha de la pulpería que tal vez lo hagan gobierno...
--No ha tráido sal, doñ'Amalia, ¿sabe?... ¡Lindo vamos a estar!
--¿Y qué quiere ña Martina... El hombre no quiso dar...
--¡Mirá qué bolada...! Otra semana de guiso e bagre o de lagarto asao sin pisca e sabor...
--¿Comen lagarto ustedes?
--¿Y sinó...? Si es riquísimo según dice doñ'Amalia, y nosotras cuando agarramos alguno estamos de fiesta... Aquí la carne es como la sal... ¡Cosa e lujo!
--¿Y hace mucho que no lo ve al mayor González, señora?
--¡Cómo no!... ¡Mucho!... El pobre casi no se puede mover del pueblo, y yo, ya ve, acostumbrada a esta vida del bañao, tengo hasta pereza d'ir...
--Cómo no, doñ'Amalia, dijo ña Martina indignada... ¡Ust'es una mujer sonsaza con el muchacho ése...! S'está muriendo de hambre aquí, metida en l'agua pa cortar la paja y teniendo que vivir de bichos del bañao y él... ni se acuerda de su mama... ¡Y toavía viene a defenderlo!... ¡No diga!... ¡Ése no tiene perdón de Dios!... ¿Quieren creer que vez pasada la pic'un coral y que cuando vi que la contravíbora parecía que no hacía efeto, le mandé decir que se moría y ni siquiera contestó?
--Callesé, ña Martina, es mejor... dijo doñ'Amalia, irguiéndose enojada... ¡Cómo se conoce que no es madre!... Caramba con la compañera que tiene una lengua de rastrillo ¡Mirá decir que m'hijito no se acuerda de mí, cuando hasta me mandó el petizo ése que muento, qu'es una alhaja, señor!
* * * * *
Una noche, meses más tarde, nos hallábamos en la Ópera con el compañero de caza, y como me constaba que no conocía a nadie en el mundo brillante que nos rodeaba, y notara la insistencia conque fijaba el anteojo en uno de los palcos bajos, le dije:
--¿Halla'lgo aquí que le guste más que'lmonte, compañero?
--Ya lo creo... Pero aura miraba'l Conejito, qu'es el nuevo diputado de nuestra provincia y qu'está allí en un palco con varios amigos... Es el hijo'e doñ'Amalia, ¿se acuerda?... Aquella china del bañao que nos sacó cuando nos perdimos...
Miré hacia el palco y vi, lustroso y rozagante, un tape de edad mediana que miraba como distraído la sala resplandeciente, y me acordé del modesto fogón campero a cuya orilla una pobre china vieja chamuscaba la carne de un lagarto que sazonaría, a falta de sal, con buena voluntad y con cariño de madre.
DESPUÉS DEL RECIBO...
--¡Dejam'hijita...! exclamaba doña Prudencia, de pie en los últimos peldaños de los treinta que forman la escalera de la casa de su sobrina.--¡No me hablés... que vengo con la garganta seca y n'oigo ni una palabra...! Dios me libr'y me guarde de volver a semejante visita... ¡Se fueron báules, che, y han vuelto petacas...! ¡Con eso te digo todo!
--¡Pero mi tía... si yo no sé ni de dónde viene...! Esperesé...! Saquesé la gorra...
--¡No, hijita, dejáme así no más...! Mirá... ¡Hacéme servir más bien una tacit'e caldo, si tenés a mano... o mejor un matecito, che!... ¡Qué cosa bárbara las tales Pitiguascas...! ¿Pa qué me habré metido a visitarlas...? ¡Aura, m'hijita, después de lo que me ha pasao, les hago una cruz a todas las que vuelven de Uropa, ni an'que les pongan noticias en los diarios y digan que han visitao a las reinas y a las princesas...! Querés crer que Ramona me acompañó hasta la puert'e la sala y allí m'hizo una reverencia como si yo fuese alguna condesa qu'iba a visitarla y me largó a pata... con este romatismo y sin decirme ni siquiera el trangüe que tenía que tomar...?
--Bueno, mi tía... pero usted ha hecho mal también en irse a meter de visita en lo de Misia Ramona...
--¿Mal?... ¿Y por qué...? ¿No las he visitao siempre hasta que se fueron pa Uropa y no me trataban antes como me correspondía no solamente por mis años sino por ser la viuda del hermano de su marido...? ¡Bastantes tortas de tape nos hemos comido con mate, sentadas frente a la puert'e la cocina!... ¿A'n'de se ha visto que porque haigan estao dos meses en París, ya se van a olvidar hast'e la parentela...? ¡Mirá que antes m'iba'a dejar salir Ramona sin darme siquiera p'al trangüe y sin convidarme a'n'que fuese con un matecito...! ¡Éstas de aura, son cosas de las muchachas, que l'han trastornao con sus lujos y con sus modas, che...! ¡Mocosas atrevidas...! La muert'el padre no les ha servido sino pa que agarren al destajo los pesitos que les juntó y todavía las he de ver arriand'ovejas en algún puesto e mala muerte, como la he visto tantas veces a su madre... porque Ramona, m'hijita, a'nque la veás aura con tanto ringorrango, montaba hecha hombre en cualquier mancarrón y se largaba por esos campos con la pollera como chiripá... ¡Y aura quien la ve metida a pelo colorao, cuando tiene las cerdas como cepillo... y con el pescuezo, qu'era una cola'sada por lo negro y por lo seco, pintao de blanco y hasta con venas azules...!
--¿Pero que le han hecho, mi tía... qu'está tan enojada?
--¡Enojada no, che...! Lo qu'estoy es resentida como argentina, con todas esas mamarrachas que siempre se han llenao la barriga con galleta y mate amargo... y eso cuando tenían... y que aura no toman sino té con bizcochitos de ala e mosca... ¡Fijate...! Llego a la casa y m'entro sin golpiar, como siempr'he tenido por costumbre, pero cuando subo, me topo arriba e la escalera con un gringuito todo afeitao, qu'estaba e centinela y que pela una bandejita de oro y me la mete por las narices pa qu'eche la tarjeta... ¡Mirá yo con tarjetas, che...! ¿An'de estaremos...? Le dije despacito, porque noté que había gent'en la sala y no quería hacer ruido, que yo ib'a pasar al comedor y que cuando saliese Ramona le avisara... ¡Si vieses la cara que puso y los ojos conque me miró...! ¡Parecía que le hubiese propuesto ir a robar el Cristo e la Catedral, che...! ¡En eso veo que se levantan dos paquetonas de las qu'estaban de visita y qu'eran nada menos que las hijas de don Pepín, aquel verdulero del mercao Comercio que m'hizo que le sacase un hijo e la pila, allá p'al tiempo en que mi marido era ispetor y que son unas gringuitas conocidísimas...! ¡Claro!... Quise saludarlas, pero no tuve tiempo porque parándose frente a la escalera, se hicieron unas cortesías con Ramona y las hijas, dando como unas sentaditas sobre los garrones y largandosé la cola pa lucirla, haciéndose las que la dejaban p'agarrarse de la baranda, salieron muy orondas... Ni me miraron, che, y pasaron por junto a mí embebidas en los trapos... La saludo a Ramona y a las muchachas, que me recibieron, no como antes, con aquellas esclamaciones y aquellos agasajos de la gente criolla, sino con una sonrisa con mostrada e colmillo y un apretón de manos con el brazo tieso como pa ensartarte si acaso querías besarlas... y ya me dió un sofocón, che... ¡No sabiendo qué decirles después de los saludos, me acordé de las gringuitas de don Pepín que aura andan tan alcotanas y que yo había conocido roñosas, comiendo los desperdicios del mercao... y no me contestaron ni una palabra, che!... Aquello no era visita sino baño helao y me salí ligerito no fuera que me agarrasen a escobazos...
--¡Hizo mal, mi tía, en ir a decirles esas cosas, también!... ¿Para que andar así... recordando la vida pasada...?
--¡De gusto...! ¡P'hacerlas rabiar y morderse la cola, por mamarrachas y por sonsas...! ¡Quisiera que levantase la cabeza mi cuñao, pa que viera en un recibo la familia'e su apellido... él qu'era tan criollazo...! Nunca me olvidaré del reto que le pegó a Ramona, una vez, por meterse a'ndar hablando con dicionario y queriéndolo'bligar a qu'hiciera lo mismo... Estábamos en rueda y él contaba que por no haber pagao un compadre suyo la sepultura e la mujer, cuando se le venció el plazo, echaron los güesos al osario... ¡Si vieras la cara e Ramona cuando le oyó decir osario con toda aquella boca que le había dao Dios al pobre... y la de él, cuando ella, con su vocesita e flauta, le dijo haciéndosé la fina: “No es osario, Miguel... sino Osorio...! ¡Tené cuidao... pa no pasar por lo que no sos...!”.
¡VIVA CHILE... Y SIGA EL BAILE!
--¡Pa chancha y pa puerca, che, la suerte mía...! ¡Mire qu'irsemé los chilenos nada menos que cuando se vienen los fríos y dejándomé a la intemperie...! ¡Si parece maldición, amigo...!
--¡Per'hombre...! ¡Esto si qu'es lindo...! ¿Si quedrás que los güéspedes se quedaran hast'el día'el juicio final?
--¿Y cómo no...? ¡Gente tan buena y tan simpática...! Yo ya'bía'prendido a decir “puj'hombre”, “al tiro” y “donde Concha”... como si fuese oriundo de las orillas del Mapocho y les había entrao, hast'el estremo de que Vergara me decía las otras noches “vengasé conmigo, cabaiero Rodríguez Ese”--pues yo para'chilenarme mejor me agregué la inicial de Salchicha, qu'es el apellido e mi madre--“Y haremos una visit'a la tierra”... ¡Es una verdadera lástima que nos hay'abandonao esta gente y no m'explico porque no se le ha pedido a la delegación que se quede siquiera un mes...! ¡Qué banquetones, che, todas las noches...! ¡Y después los habanos y los licores y la charla...! ¡Te aseguro que yo he'ngordao... y del ñato Tripita no te digo nada!
--¿Qué me contás...? Con razón me dijeron que no se te veía por el jujao hacía como diez días y que a tu cuarto ni pisabas...
--¡Pues hubies'estado lindo que me costeara hast'allá, teniend'un espléndido alojamiento en el Royal... hasta con ropa para mudarme! ¡Y después no nos daban alce los güéspedes, che!... ¿No ves que dragoniábamos de periodistas, d'estancieros, de rentistas y teníamos que andar por allí no más?
--¿Y ustedes de qué dragoniaban?
--Yo de chileno criao aquí y Tripita de redator político... pero había muchísimos otros...
--¿Y cómo fueron a colarse en la comitiva, che...? ¡La gran perra, si yo l'hubiese sabido...!
--¡Ahí tenés...! ¡Fuimos a la intendencia a pedir dos entradas p'al puerto el día de la receción y uno de los empliaos oyendo a Tripita qu'es medio gangoso p'hablar, lo tomó por chileno y le preguntó si éramos recién llegaos. ¡Fijate que bolada, che!... ¡Claro! ¡Ahí no más nos dieron un palco de honor haciendo arriar a la policía por mistificadores a dos chilenos verdaderos...! ¡Si era de perecer de risa, lo mismo que cuando en el baile del Jockey, el senador Cané, pa mostrarme su viveza e criollo diablo, hizo echar a la calle a un pobre reporter qu'iba con invitación de su diario a ganarse la vida y a mí me acompañó hast'el comedor, diciéndome con su vocesita e nervioso. ¡Mire, la facha del periodista... sin frac. ¡Es un escándalo lo que sucede con los colados, chileno amigo!”.
--¡Eso es invento tuyo, che!... ¿Cómo no v'ha saber Cané que los periodistas de verdá, los pobres bichos que honradamente cambian su salú por el mendrugo miserable, no tienen el aspecto rozagante y florecido de los que viven del cuento...? ¡Eso es macana!
--¿Qué v'a saber hombre...? ¡Si él a fuerza de cernirs'en las nubes ya no se acuerda de lo qu'es la tierra! ¡Mirá...! ¡No hay bicho más cruel con sus semejantes qu'el hombre que l'ha calzao!... Nosotros éramos como treinta, que andábamos con fraques alquilados y si vieras cómo nos trataban nada más que por la colita e pato! Todos se desvivían por agasajarnos y a pesar de sospechar qu'éramos casi zanagorias, nos obsequiaban y convidaban a cuerpo e rey... Cuando entrábamos a una mesa e lunch hacíamos repeluz de lo que caía y si vieras como nos trataban los mozos y los capataces porque rompíamos copas con el apuro y tirábamos al suelo hasta las fuentes de masas... ¡Por poco no nos abrazaban de contentos lo que le agrandábamos las cuentas y les dábamos ocasión para salarlas!... ¡P'andar bien con ellos, hay que hacer eso y ni escupir en los restaurantes donde se banquetea en detalle... ¡Tan sonsos que son los empresarios!
--Y entonces toda esa gente que se veía en los teatros, siguiendo a los chilenos, ¿eran puritos com'ustedes?...
--Y si no... ¡Habí'algunos del sonsaje, que caían a visitarlos por curiosidá, pero no podían con nosotros que ya éramos de confianza... y los sacábamos peinando...! Una tarde llegaron unos cuantos periodistas de verdá y nosotros apenas los saludamos con la cabeza... así... como a inferiores. ¡Cuando se fueron Tripita tuvo la osadía de decirles a unos chilenos qu'eran pinches de los diarios que venían quizás a ver si les hacían algún regalito...! ¡Mirá, hermano! ¿Sabés que me he convencido de que aquí no hay nadie que pueda más de lo que puede un cola e pato? ¡Yo conforme tenga unos pesos, me le afirmo a uno de moda y dejo e ser ave negra...! ¡Quién sabe si todavía no me ves de personaje...!
--¡Sí, che...! Pero si lo lográs, no vayás a'cer conmigo alguna barbaridá porque me veás de saquito...
--¿Conque te gusta ser gente, no?... ¡Bueno! Entonces transformate, hermano... y seguí la corriente... Si no servís para otra cosa, servirás para comparsa... Comprate un frá y unos guantes y ponete en condiciones...
--Lo que dudo, che... es que vuel'va presentarse otra bolada como ésta...
--¡Ah! Tenelo por seguro... Ya como ésta, ni pintada... pero el asunto e la confraternitá es cosa que v'a durar. ¿No ves que el comercio y los empliaos ya le han tomao el gustito y an'que las otras naciones no se comparen con Chile, las tenemos que osequiar?... ¡Lo qu'es yo, v'y a'prender para oriental y un poco pa paraguayo y vas a ver qué papel cuando llegue la ocasión!
EL CAZADOR DE TIGRES
Me lo habían señalado como tipo digno de estudio, pero diversas circunstancias habían obstaculizado una entrevista durante el verano y al llegar el invierno se ausentó de la ciudad, quizás a alguna cacería de tigres, de aquéllas que formaban su especialidad. Una tarde me avisaron su regreso y fuí a buscarlo en la confitería que frecuentaba con regularidad casi cronométrica.
--Buenos días, amigo...
--Buenos... dijo el hombre, alzando la cabeza más cómicamente calva que he visto en mi vida, y mostrándome el chirlo rojo que le cruzaba la frente y del cual me había hablado mi informante, diciéndome que era el zarpazo de un felino.
--Me dijo mi amigo Gutiérrez que usted era cazador de tigres...
--¡Perfectamente!... ¿Y qué hay con eso?... Y se sonrió sin la menor vanidad por su belleza personal pues de haberla tenido, no hubiese exhibido con tanta franqueza una dentadura asaz maltratada por el uso.
--¡Nada!... ¡Quería conocerlo... hablar con usted!... ¿Quiere que tomemos alguna cosa?
--¡Permítame, señor!... ¿Usted se llama García?
--¿Yo? No, señor... a menos que no lo sepa... ¡Yo soy Pérez... el periodista Pérez!
Y nos sentamos en un rincón, echando al medio una botella de vermouth, pues el hombre, aunque cazador de tigres, era temeroso del cognac y de la ginebra. Supe de sus labios curiosísimos detalles a propósito de su especialidad y, entre otros, que las autoridades de la comarca que acababa de recorrer, le habían prohibido el ejercicio de su habilidad, porque no le había querido regalar al comisario de policía del partido el caballito que montaba.
--¿Pero eso no ha de ser así, amigo?...