Part 7
--¡Mire!... Crealé a un hombre que sabe... Quand'un negro se pesca aura una morena o alguna parda, le lleva el apunte... ¡hay que desconfiarle, che!... Los negros tomamos borra y ni olemos el café... Me conchavé vez pasaba en casa de unos franceses y les caí a la cuenta en gracia porque m'empezaron a'cer colita pa que formara familia... ¡Si viese cómo busqué fogón en que churrasquiar!... Allá, pa'quellos laos de la Recoleta m'indicaron una morena que buscaba un pior es nada y me le fuí con coraje... ¡La gran perra!... ¡Hast'aura me duelen los garrones de la sentada que pegué!... ¡Vea! con ese disfraz l'único que v'a sacar es la lengua... ¡de tanto trotiar al ñudo!
CUENTOS DE CAZA
Como en ese momento una nube de humo amenazara ahogarlo, mi tío Martín se echó para atrás a fin de dejarla pasar, luego de dar vuelta sobre las brasas el pedazo de carne que chamuscaba, dijo con firmeza:
--¡Miren, che... yo me he criado en los pajonales y sé lo que son tigres. Bueno sería que hubiese estado esperando, para aprenderlo, a que ustedes vinieran del pueblo!
--¡Yo no le digo eso!... Lo que le he dicho es que ni el tigre, ni el perro cimarrón, ni ningún animal salvaje ataca al hombre si éste no lo ataca a él. El instinto de la fiera es huir.
--¿Ve?... Eso es lo que en buen criollo se llama macana.
Y como nosotros insistiéramos en negar a las fieras un espíritu agresivo, deseosos de oirle contar algunas de sus aventuras,--que era bastante reacio para referir,--él, para probarnos su tesis, desplegó ante nuestros ojos los cuadros de la vida salvaje en que había actuado, y la verdad es que, impresionados por su relato o sugestionados por las circunstancias que nos rodeaban, comenzamos a mirar con respeto el pajonal que atravesábamos creyendo ver a la muerte que avanzaba hacia el campamento, ya en forma de una serpiente de cascabel que desarrollaba sus anillos brillantes al pie de un algodonillo florecido, ya de una yarará que dormitaba sobre las ramas de un ceibo, acechando la vuelta de la torcaz propietaria que andaba por las cuchillas lamentando sus penas, o de un yacaré que emergía de entre las aguas fangosas y nos miraba con sus ojos sin párpados, o de una nube de cimarrones que nos seguían hambrientos y nos asaltaban furiosos, o de tigres sentados al borde de los arroyos, entretenidos en echar espumarajos sobre las aguas, a fin de atraer peces para sacarlos con un manotón certero y que al vernos se ponían de pie y batiendo los flancos con sus colas inquietas bramaban enfurecidos.
Y, no sé si serían iguales a las mías las impresiones de todos los que rodeábamos el modesto fogón campero donde preparábamos nuestra comida y que poco a poco se había ido apagando, pero en esos momentos envidiaba a las bandadas de siriríes que pasaban por sobre nosotros en viaje hacia la costa del bañado.
--Sí, che, con el tigre no se juega, sobre todo cuando es cebado. Entonces es feroz y más audaz que el mismo yacaré, que es capaz de venirse sobre uno hasta fuera del agua, buscando llevarle aunque sea una mano. Siempre me acordaré de un suceso que me impresionó en cierta excursión que hice al Mocoretá, como quien dice a la patria de los guazuviráes y de los ciervos. Almorzaba en el rancho de una familia correntina, cuando de repente oigo unos quejidos y unos sollozos que me alarmaron.
--¿Qué es eso?
--No te asustés, que no es nada--me dijo una de las muchachas, con esa familiaridad guaraní que no conoce el usted y con esa tonadita que da a la frase suavidades de terciopelo.
--¿Cómo que no es nada...?
--Es un gringo que está llorando a su compañero... Eran dos que pidieron hacer noche en la ramada y vino un tigre cebado y se llevó a uno...
Y como en ese momento se oyera un ruido sordo, que venía del pajonal, mi tío se interrumpió y exclamó con toda naturalidad, tanta quizás como la de la joven correntina de su relato:
--Es una banda de chanchos del monte que marcha en retirada... Seguro que atrás viene algún tigre cebado... ¿Quieren que lo veamos?
Confieso que en mi vida me he puesto de pie con mayor celeridad ni con más gusto.
NOTAS DE VIAJE
EN MI PUEBLO
Recostados en la borda del vapor mirábamos las barrancas de Fray Bentos, y el ilustrado conferencista italiano, que era mi compañero de viaje y que conmigo volvía del Alto Uruguay entusiasmado con los cuadros inimitables con que la naturaleza había deslumbrado nuestros ojos, ensayaba por la quinta vez una conversación que no prosperaba:
--¿Qué mira?...
--Nada... ¿ve, allá lejos, adonde parece que se juntan aquellas dos líneas oscuras que cierran el horizonte?... ¡Bueno!... Pues sabrá que esas líneas no se juntan y que ahí, frente a ese gran manchón de luz que reverbera sobre el agua, peleando con la sombra costanera, se abre cancha entre ceibos y espinillos, festoneado de juncos y de achiras, un arroyo pintoresco y que a orillas de él en un recodo precioso celebrado por prosadores como Sarmiento y poetas como Andrade y Gervasio Méndez, se halla el pueblo donde nací...
Y el ilustrado extranjero, templándose en mi tono, repuso:
--¡Hombre!... Yo nunca he pasado cerca de mi aldea sin emocionarme... La veo chiquita, con su caserío despintado y con sus calles tortuosas y polvorientas, pero me parece tan grande y tan linda... A uno le sucede con la aldea como con la novia... ¿Cómo se llama su pueblo?
--Gualeguaychú...
--¡Salute!... ¿Y es grande?
--¡Tante grazie!... Un puñadito de casas, pero los de allí creemos que son un puñado y cuando fechamos una carta en el pueblo ponemos solamente _Gchú_, que es una abreviatura del nombre, pues sabiendo que es una ciudad importante nos parece que no debe haber nadie que no la conozca... Mi pueblo es un pueblo raro, che, y hasta podría decirle que es una curiosidad. Las casas parece que brotaran del bañado que lo circunda, pero no brotan; el arroyo es caudaloso y parece que fuera navegable, pero no lo es, porque un banco de arena le cierra la boca con gran desesperación del vecindario; los habitantes parece que fueran serios y graves, pero la risa les hace cosquillas, y el espíritu bromista que les anima lo encontrará usted traducido en las enseñas del comercio, que son verdaderas joyas de contrasentido, y en las veletas que coronan las casas, pues hay tantas, que constituyen otra peculiaridad, llegando a hacer creer que es allí preocupación del público saber todos los días de qué lado sopla el viento... ¡Vea! Allí hasta el nombre chasquea; acabo de pronunciarlo y usted creyó que le había atado un estornudo a la cola...
--Pero... qué, ¿no estornudó?
--¡No me embrome, che! Yo no sé jugar con las cosas de mi pueblo...
--¡Gua-le-guay-chú!... Parece un rompecabezas el nombre.
--¡Parece... pero no lo es! Su paisano Mantegazza cita a mi pueblo en su _Fisiología del Amor_, diciendo que en sus alrededores observó una escena entre dos caranchos, que lo conmovió por su ternura y sepa, sin embargo, que esos pájaros son el símbolo de la crueldad y del egoísmo, y que son golosos de los ojos lindos y que en Gualeguaychú abundan éstos como las aromas y las mosquetas... Pero, no toquemos este asunto porque “es pa pior”, como decía Jesucristo, según el cuento salteño.
Y allá nos fuimos ambos río arriba y cuando nos encontramos en mi caserío nativo, el día nos fué corto--a él, para comprobar mis aserciones por propia observación, y a mí para rememorar la lejana niñez y evocar aquélla mi vida de muchacho callejero y mataperros, o de adolescente soñador y pretencioso.
En una callejuela suburbana, frente a un viejo cicutal que rodeaba dos higueras arruinadas,--un tiempo mi gimnasio y hoy seguramente el de otros desarrapados de mi estofa,--esperaba la hora de su derrumbe la azotea centenaria donde estaba la escuela.
Y sin quererlo me colé por la puerta desvencijada y eché la vista adentro.
Allí estaba el maestro con su cara grave y seria como la de un personaje con proyecciones en la historia, con el brazo armado con la tiza, y más allá, la muchachada desgreñada, descalza y cara sucia, como en mi tiempo, con los calzones a medio sostener por un tirante y con la bolsa de cotín suspendida a un flanco y que a la vez que arma de guerra era continente de cuadernos borroneados, de gramáticas y catecismos desencuadernados y de pizarras de bordes carcomidos por las contingencias de la vida.
En ese momento repetía su eterno problema: “Diez cajones de velas, a un peso cada cajón, ¿cuánto importan?”. Y arrastrado por mis recuerdos escolares, contesté maquinalmente como en mi tiempo lo hacía, y hasta con el tonito conque deben contestarse esas preguntas: “Diez cajones de velas, a un peso cada cajón, importan diez pesos...”. Oigo todavía la risa de la muchachada y veo la cara de asombro del viejo maestro, que no reconociéndome como a uno de los calculistas de su fabricación, me tomó por un bromista callejero y me señaló la puerta con ademán colérico, mientras llamaba al orden a sus discípulos dando palmadas sobre la mesa.
Al pasar por un rancho sin revocar, flanqueando por el cerco de palo a pique, cuyos intersticios rellenaban jazmines y mosquetas, y ver la ruinosa ventana del mojinete, que aún luchaba por no abandonar el muro agrietado, algo como una brisa perfumada me acarició: y allí estaba mi novia de los quince años, y la veía en la alta noche luminosa mirándome por el postigo entreabierto, mientras yo, pisando en un ladrillo saliente, que aún persiste, pulsaba mi guitarra decidor. Busqué con las vista a la chinita que tan cruel fuera conmigo y con ella misma y la encontré, como siempre, sentada bajo el naranjo secular que sombrea su patio, rodeada de claveles y alelíes que desbordaban de los mohosos tiestos alineados; pero no era ya aquel botón de rosa que tanto codicié... Jugaba distraída con su pichicho favorito y me miró, al pasar, indiferente... la pobre china gorda y olvidadiza.
Caía la tarde--la poética tarde de mi pueblo, que nunca he de olvidar--y fuí a visitar en su despacho al señor jefe político, y como es natural, no lo encontré.
Sentéme en un viejo sillón de damasco punzó, que conocía desde la infancia como perteneciente a un mueblaje regalado por Urquiza en tiempos casi históricos, y lo hallé a él y a sus coetáneos, que adornaban la sala, gozando de salud precaria, pero viviendo todavía. Por la ventana entreabierta miré hacia la plaza y vi en su lugar aquellos bancos tan viejos como el pueblo, el paisaje y las casas que la rodeaban: todo parecía petrificado. Mi imaginación retrocedió treinta años y evocó la figura de los vecinos más respetables. Ninguno faltó a la lista y todos estaban en sus asientos preferidos, hasta sin cambiar de ropas. De repente, una música que parecía venir desde muy lejos llegó hasta mis oídos, y al mirar por la ventana, vi alineada en la vereda tocando la retreta, aquella banda que hizo mis delicias durante las serenatas callejeras: allí estaba el negro Lechuza con su redoblante legendario, el bombardín Pascualetti, el pistón Andresito y los cobres abollados que gemían de memoria el “Sueño de un Jazmín”, mestizado con algo de “La Ganga”... Y sentí frío ante aquellos vecinos y aquellos músicos que, según mis cuentas, debían ser difuntos, y, sin esperar al funcionario policial--que temí fuera otro trasgo,--me encaminé al hotel en busca de mi compañero.
--¡Hombre!... ¿Sabe que tenía razón?... Su pueblo es el pueblo más raro que he conocido. Me he encantado recorriendo las calles y mirando las enseñas del comercio y las veletas que adornan los edificios... Éste es el país de los simbolistas y de los contrastes estupendos, y cada una de esas figuras de lata que sirven de enseña es un poema humorístico de sabor original. Sobre una sombrerería hay una gran chancha pintada de azul y debajo, con letras amarillas, dice: “A la cotorra calavera. Se planchan sombreros de felpa y se achican”. Le pregunté a un señor que se detuvo a mirarme cuando yo copiaba el letrero y lo gozaba a mis anchas, el significado de la palabra “achicar” y me contestó con aire de asombro que quería decir “empequeñecer el diámetro de los sombreros de felpa”, para que pudieran usarlos los herederos cuando habían sido más grandes que su cabeza la de los causantes; y agregó, como por vía de ilustración, que “en Gualeguaychú se conservaban con respetuoso cuidado algunos sombreros de felpa que habían brillado con el sol que alumbró a los libertadores”. En frente de esta enseña se ve otra formada por un vasco fumando su pipa y calzado con alpargatas: señala una “Peluquería del Gran Napoleón” y mira a un indio en la actitud de disparar su flecha, a cuyos pies se lee: “En esta botica se despacha también de noche”. En una cajonería fúnebre hay un avestruz de lata que tiene una expresión risueña y, en un almacén de comestibles, un indio descansando en su maza y con las piernas cruzadas, contempla a una mujer que, soplando en un largo clarín, brota de! techo de una carbonería... He visto también un ciervo sobre una tienda titulada “La Joven Italia”, una tortuga roja sobre una empresa de mensajería llamada “La Rápida”, un gallo sobre un almacén de música y una estrella arriba de una zapatería, como diciendo que el que se calza allí ve la marca de fábrica en todas partes y a todas horas; y este hotel en que estamos se llama “del Vapor” y su enseña es un cazador disparando su escopeta y mirado con estupefacción por un perrito rengo... y por un puñado de angelitos que salen de entre una bota.
--Mire, amigo... este pueblo es un canto a la risa y sus hijos deben impedir que el espíritu modernista le quite su cómica expresión risueña... Vea el letrero que he copiado en el gran almacén de “El Pobre Diablo”: “Se venden clavos, tachuelas y otros comestibles”.
--Eso no es nada, che. Mire hacia el oeste, por esta calle en que nos hallamos ¿qué ve?
--Un paseo público... ¡Qué lindo efecto! Parece una decoración de teatro imitando un paisaje de montaña...
--Bueno. Otro chasco. Parece un paseo público, pero no es: ahí está el cementerio, donde debían descansar los habitantes muertos.
--¡Ah!... Que no lo usan...
--Sí... lo usan para enterrar a los niños que mueren o alguno que otro extranjero que no se ha aclimatado todavía... Mire. Usted lo creerá o no lo creerá, pero es cierto: persona que llega a cumplir cincuenta años en esta localidad no muere más. La gran curiosidad local es esa islita que hay frente al muelle: es el lugar obligado desde 1848 en que la estrenó Urquiza para celebrar los banquetes de resonancia, aquéllos raros que se dan a algún personaje de campanillas que llega y del cual esperan algún beneficio los del pueblo, aunque sepan que si el tal es conterráneo les prometerá el oro y el moro mientras come y después no les dará ni las gracias--y desde entonces es tradición en Gualeguaychú que el honor más grande que se puede discernir a un mortal en el mundo es darle “un banquete en la isla”.
--¿Y a usted le han dado alguno?
--¿A mí?... ¡No faltaba más! Ni siquiera me'han convidado para asistir a los pocos que se han dado desde que yo tengo memoria. ¿Qué cree usted, che, que son los banquetes en la isla?...
¿A MÍ?... ¡CON LA PIOLITA!
--¡La gran perra con el agente que había sido desvergonzao y ligero p'al cuchillo! ¡Caray! Se necesita ser corajudo pa'tajar así una sirvienta, en plena calle, haciéndola olvidar a la pobrecita de que tal vez su patrona l'haiga mandao apurada... u de que puede verla el patrón!... ¡Y mírenlén el modito a la indina y cómo le juega sonrisitas y parpadeos al vigilante! ¡P'cha con las mujeres, amigo, que s'están poniendo peligrosas pa los particulares! ¡Dentro e poco se me hace que va ser cosa e cerrar los ojos y ni mirar p'atrás, cada vez que una tentación comience a quitarle el sueño!... ¡Lo que es a mí no me han de agarrar ni a bola, cuantimás con miga e pan!... Sin dir más lejos y en buena hora lo digo, ¿no le tengo echao el ojo a una negrita d'esas que son com'una cosquilla y con ser que me lleva l'apunte, no le ando juyendo al calse, sin animarmelé?... ¿Y qué me le v'y animar con esto que uno está viendo?... ¿Ve?... ¡Si Roca fuera otr'hombre y entendiera su deber, se ocuparía de los pobres y no dejaría qu'estos locos, que por ser autoridá no respetan prenda'jena, metan pierna adonde quiera!... ¡Y vea a la sirvientita, cómo l'echa leña al fuego con esa paradita como de quien dice adiós, pero que se va quedando y con ese meneíto de las polleras y ese jueguito convidador!... ¿Pero quién diablos les enseñará a estas diantres a orejiar su naipe de semejante manera? ¿A'nde aprienden a frairle l'alma a un cristiano sin pedirle ni permiso?... Y el pobre vigilante, veanló cómo s'encoge y s'estira creyendosé hombre suertudo, mientras la chinita inocente lo maneja como quiere... ¡Juna perra que es sonso el hombre cuando uno lo ve de cerca!... ¡Y decir que todos somos ansina y que al más toro lo hace cabrestiar una mocosa cuando le muestra los dientes...! ¿Y a qué patiar contra el carro ni meterse a corcobiar, si todo a de ser pa pior y le han de ganar el lao? ¡Bah!... ¿Y pa qué ser vigilante, ni comisario, ni presidente, si a todos nos cabe el lazo y todos clavamos l'aspa, cuando nos llega el momento?... ¡No!... Lo qu'es a mí, con la piolita... y el que corte de mi asao que guarde muy bien la mano si la quiere conservar... ¡Yo seré un triste carrero, pero e'morir en mi lay!
DEL MISMO PELO
--¿Ves?... Eso es lo que a mí me revienta y así se lo dije a Julio el otro día: si no quieren que a este país se lo llev'el diablo, eviten las mescolanzas, che...
--¿A qué Julio?
--¿Cómo a qué Julio... A Roca... ¡Si hemos llegado al extremo, che, de que ya no se respeta nada aquí! Ya ni hay antecedentes, ni nombre, ni posición que no sirva d'estropajo a los advenedizos y hasta la misma crónica social de los diarios se ve invadida por el canallismo más depravado... Todo está hecho un revoltijo... Derrepente ponen de concurrente a una fiesta o al tiatro--¡en pleno mes de abril!--y te colocan entre unos apellidos que'están oliendo a cebolla o a liencillo, cuando no te dan como presente en unos casamientos o funerales vergonzosos.
--¡Qué me vas a decir d'eso, che!... Figuráte que aquí donde me ves, h'estado anoche, según los diarios, nada menos qu'en el casamiento de una hija de cierto inglés que nos compró la estancia l'año pasado... Un verdadero cualquiera que casi ni sé cómo se llama! Imaginate qu'es un hombre de andar en trangüay!...
--¿Qué me decís?... Esta jugada es como para juntarla con la que le hicieron a mi tía... Querés creer que la metieron entre las concurrentes al Politeama... ¡Figuráte el madrugón!
--¿Y vos todavía no te has hecho ver en el tiatro?
--¿Yo?... ¡No faltaba más!... Para mí las veladas comienzan con la Ópera, che, y soy fiel a la tradición... Yo no tranzo... ya saben todos que si no se me ve allí es porque no estoy...
--A mí me pasa igual... ¿Sabés qu'este año va'seguir la moda del pasado, tan cómoda y tan chic?... No será elegante entrar al tiatro sino en los entreactos...
--¡Es natural! La sala es para los músicos y la gente para la cual el espectáculo es una novedá... Yo, che, te lo digo con franqueza, no pienso abonarme... Buscaré algún amigo con quien turnarnos para la entrada, ¿sabés? y con mostrarse uno un poco y después estar para la salida... ¡se hace la noche!... ¡Quién se aguanta tres horas de función!
--¡Es una barbaridá!... Yo también ando buscando con quien hacer patota, y conforme'encuentre me ligo y con una soncera hago mi noche...
--¡Ésa es otra, che!... ¡Esta gente nos está desollando con los precios!
--¡Qué bárbaros, no!... ¡Y decir que a uno en su misma patria, como quien en su casa, lo están esquilmando!... ¿Ves? Eso le debías decir a Roca... ¡ya que sos tan amigo!...
--Si se lo he dicho mil veces, che!... Pero parece qu'el hombre vivies'en las nubes... ¿Vos te crés que hace caso de consejos?... ¡Preguntale a cualquiera e los ministros y verás!... ¿Y?... ¿Che?... ¿Nos asociamos p'al jueguito'e las entradas?
--¿Y si no?... ¡Pa qué somos de los que no nos cortamos, aunque nos acollaren con un pelo!
¡QUÉ SUERTE PA LAS DE MIGUENS!...
--No, mi tía... no juzgue así las cosas del corazón, ni califique de capricho pasajero el sentimiento que me domina... Mire qu'es cosa seria...
--No me hagás réir, Pituco... ¡que tengo el labio partido!... ¿Vos, con cosas serias?... ¿Pero sabés lo qu'estás diciendo?
--Haga el favor de atender, mi tía y dejemé que la hable al alma, ¿quiere?... ¿Nunca le han hablao al alma a usted?
--¡No, che!... Tu tío no habló jamás sino en criollo y esta lengua parece que no se presta...
--¿Qué no?... Vea... Ust'está diciendo a gritos que hast'ha óido hablar los mudos... Si aura mismo y con ser que soy su sobrino, l'estoy tomand'un olorcito que casi casi no es de tía sino de moza garrida.
--¿Sabés que sos adulón, Pituco, y que m'están dando ganas de crer que te se't'está quemando algo?... ¡Mirá si fuese verdad! ¡Qué suerte pa las de Miguens!
--¿Cómo pa las de Miguens, tan luego?... ¿Y por qué?...
--¡Es un refrán, hijito!... No hagás caso... ni creas qu'es por lavarte la cara!... Es un refrán de familia, ¿sabés?
--¡Bueno!... ¡Vea!... Yo sé que le ha llegao el run-run y no tengo por qué ocultarle qu'es cierto... Me tienen mal, mi tía, y es por eso que busco el calorcito'e la familia...
--¡Se conoce!... ¿Será por eso que has volado de tu casa?...
--¡Atienda!... Yo sé que me v'a dar la razón... ¿Sabe por qué me separ'é la familia y me salí a vivir solo, armando el bochinch'el siglo?... ¡Bueno!... Todo fué por esta cosa que me tiene trastornao. En casa me augaba, estando tan lejos d'ella... Piens'en lo qu'es la distancia, mi tía y tengamé lástima y no pegue de hacha... Me parecía que hast'el aire me faltaba en aquel barrio tan triste... como son todos los barrios que no son el barrio d'ella... y aquí me tiene buscando acercarmelé...
--Pero ésas son muchachadas, Pituco... ¡Eso no es amor!...
--¿Y cree que yo sé lo'qués, ni m'he puesto a'veriguar?... Yo lo que sé, mi tía, es que no vivo tranquilo cuando no la estoy mirando y que d'el lado qu'ella vive, hast'hallo más lindo el cielo y me parece qu'el aire que ha pasao por su casa tiene un cierto no sé qué... que no tienen otros aires... ¿Usted no ha querido nunca, mi tía?
--Mirá, Pituco... No seas atrevido...
--No me diga Pituco, ¿quiere?... Llamemé por mi nombre... Mire qu'estamos hablando de cosas serias... ¡No se olvide!...
--¿De cosas serias?... ¡Qué suerte pa las de Miguens!
--¿Pa las de Miguens?... ¿Y por qué?...