Chapter 10 of 22 · 3996 words · ~20 min read

Part 10

Manón intimó con las monjas, una valenciana y otra malagueña; se ganó sus simpatías y consiguió que Alvarito pudiese descansar de la caminata, sentándose a veces en el carro.

Como, al parecer, entre Ciriza, Echauri e Ibero aparecían grandes núcleos carlistas, decidieron los cristinos llevar los heridos y prisioneros a Pamplona por Puente la Reina, retrocediendo algo en el camino.

Alvarito tuvo que caminar a pie en un grupo de carlistas, vigilado por soldados. Con la recomendación de los oficiales le permitían acercarse al carro de Manón.

—¿Vas bien? ¿Tienes calor? ¿Tienes sed? —preguntaba.

Manón contestaba:

—Todo va perfectamente. Siéntate un poco.

Para no escandalizar a las monjitas le recomendaba que se colocara junto al carretero. Álvaro entabló conversación con este. Por la conversación del soldado conductor del carro pudo comprender que para él las batallas o las acciones no tenían gran importancia. Lo principal consistía en trasladar aquella impedimenta pesada: los carros cargados con patatas, habichuelas, heno y paja. Algunos carros iban llenos de heridos.

En el camino, al principio, se vieron muertos sin enterrar y el cuerpo de un merodeador, ahorcado, en la rama de un árbol, por los liberales. Era una visión de Danza Macabra.

El carretero mostró las bandadas de cuervos que revoloteaban en derredor.

—¿Sabe usted lo que esperan? —le preguntó a Álvaro.

—No.

—Pues esperan que alguno de los heridos muera y lo entierren con poca tierra para caer sobre él.

Los soldados, al marchar, entonaban canciones liberales, alternando con el himno de Riego. Una de las que cantaron era esta:

De las diez ciudades de Navarra bella, Tudela y Corella el ejemplo dan.

De aquí pasaban al himno que llamaban de Valladolid:

A la lid, a la lid, nacionales valientes.

También se cantó la tonada semigrotesca, que decía así:

Antiguamente, a los chiquillos se les vestía de monaguillos; pero ahora, los liberales a todos visten de nacionales. ¡Alegría, ciudadanos! ¡Viva la Constitución!, que los tiranos que nos mandaban, ya no nos mandan, no, no, no.

No parecía que para los soldados ocurriera nada grave ni serio.

Álvaro, al ver este largo convoy, con sus furgones, sus ganados, sus prisioneros y la tropa, pensó también en las estampas de la Nave de los Locos. Así estaban representados en aquellos viejos grabados los hombres y las mujeres, en sus carros toscos, tirados por caballos percherones, que iban al país de la locura.

Así marchaban ellos, aunque no al país de la locura, porque ya estaban en él, a un destino desconocido, presenciando a cada paso escenas dignas de una Danza Macabra y de una Nave de los Locos.

Comieron en medio del camino, y por la noche, al llegar a Puente la Reina, llevaron a los carlistas, entre ellos a Alvarito, a dormir a la iglesia. A los prisioneros carlistas harapientos no faltó quien les cantara la canción del Requeté:

Vamos andando; tápate, que te se ve el Requeté.

El sacristán, compadecido, probablemente carlista, proporcionó a los prisioneros algunas alfombras, sobrepellices y capas de los curas, para emplearlas como almohadas.

Al ir a dormir Alvarito, se le acercó Ollarra a proponerle la fuga.

—¿Pero y la muchacha? ¿Manón?

—Dejarla.

—Yo no la puedo dejar —replicó Alvarito—. Además, ¿para qué nos vamos a escapar? Nos van a llevar a Pamplona y allí nos pondrán en libertad.

—Yo no quiero estar con estos militares ni un momento —aseguró Ollarra con aire sombrío—; ni con los unos, ni con los otros.

Alvarito se encogió de hombros.

Durmieron en el suelo, y al día siguiente, por la mañana, les sacaron a todos de la iglesia. Alvarito fue a ver a Manón. Había dormido en el carro muy bien.

Se formó otra vez la comitiva, se agregaron nuevos prisioneros y más carros y comenzaron a marchar todos camino de Pamplona.

Al llegar cerca de Legarda, hacia la sierra del Perdón, se hizo alto, y poco después corrió la voz de que cuatro prisioneros se habían escapado, entre ellos Ollarra.

Alvarito lo sintió mucho, porque, no conociendo el país, era muy difícil que Ollarra pudiera escapar.

Salieron a perseguir a los fugitivos varios pelotones de caballería y a las pocas horas los traían atados.

Traían tres de los fugitivos: Ollarra; un tipo de vagabundo, hirsuto, peregrino o ermitaño, a juzgar por su balandrán pardo, lleno de cruces y medallas, y el sombrero grande, con una concha, y un soldado carlista, flaco, moreno y mal encarado. El cuarto, sin duda, había conseguido escabullirse entre los carrascales.

A los tres presos los iban a juzgar en consejo de guerra. Al parecer, los tres se habían resistido y herido gravemente a un soldado.

Ollarra, además, para empeorar su situación, al llevarlo delante de los oficiales, le quisieron registrar; no lo permitió y pegó un puñetazo al teniente en el morrión y se lo tiró al suelo.

En el consejo de guerra sumarísimo condenaron a los tres fugitivos a ser fusilados al amanecer.

Cuando Alvarito se lo dijo a Manón, esta quiso hablar con los oficiales conocidos y con el jefe de la columna, viejo malhumorado, que ni siquiera la recibió.

—Vete a verle —dijo Manón a Alvarito, con voz llena de sollozos.

Alvarito pretendió ver a Ollarra; pero le dijeron que dormía sobre la paja de su calabozo tranquilamente.

La noche fue horrible para Alvarito y Manón. Al amanecer sacaron a los tres presos y los llevaron escoltados hasta un corral, próximo al pueblo.

Era un día precioso, de sol claro y alegre; una mañana espléndida.

Al formar el cuadro, Ollarra reía con inconsciencia extraña; el ermitaño, de mal aspecto, conservaba un aire amenazador y sombrío; el soldado carlista, sostenido por un cura, marchaba cayéndose.

Ollarra estaba tranquilo; saludó, como si no pasara nada, a Alvarito y a Manón, y se puso donde le dijeron, delante de una tapia, silbando y mirando al cielo.

El ermitaño era un tipo repugnante, chato, con barbas negras, espesas, el labio belfo y los dientes puntiagudos.

Estaba atontado.

Al ermitaño le mandaron acercarse a Ollarra, y lo hizo con su aire siniestro; el soldado carlista tuvo que apoyarse sobre la tapia, desfallecido.

Comenzó a tocar un tambor, y un pelotón de doce hombres, con un oficial, se destacó de la tropa y al paso se colocó delante de los presos.

Entonces Ollarra empezó a cantar su canción absurda:

Six sous costaren, six sous costaren les esclós.

Había, sin duda, en su canción, desprecio y burla. Como los antiguos cántabros en la cruz, el muchacho desafiaba la muerte con su actitud orgullosa. Alvarito sintió frío en todo el cuerpo.

—¡Es un valiente! —dijo uno de los soldados, riendo.

—¡Lástima! Guapo mozo —murmuró otro.

El pelotón se colocó a cinco o seis pasos.

—Apunten —gritó el teniente.

Luego levantó la espada y al bajarla disparó todo el pelotón. Ollarra cayó como herido por un rayo. Alvarito dio un salto; le pareció que estallaba una mina a sus pies.

El carlista, que se había acercado a la tapia, quedó un momento de pie y un sargento le remató de un tiro en la sien.

Manón sollozó y bajó el rostro, rendido por el dolor, y lo levantó bañado en lágrimas.

Luego desfiló la media compañía, tocando el tambor por delante de los tres cadáveres.

—Le recogeremos para enterrarlo —dijo Manón.

Cuando quisieron acercarse al lugar del fusilamiento, unos cuantos merodeadores se habían echado sobre los muertos a quitarles la ropa y alguien ordenó llevar los cadáveres lejos y enterrarlos.

El perro de Ollarra, Chorua, no aparecía; probablemente lo habrían matado también.

VIII

LA CÁRCEL

Al llegar a Pamplona, Alvarito y Manón marcharon cada uno por su lado y se separaron con lágrimas en los ojos. Desde el fusilamiento de Ollarra, Manón estaba quebrantada y tenía tendencia a llorar. Manón se hospedó en una fonda de la plaza del Castillo.

A Alvarito, por primera providencia, lo metieron en una cuadra o calabozo inmundo de la Ciudadela. Tenía como compañeros varios carlistas aldeanos, y entre ellos un hombre sombrío, torvo, que parecía vivir en un sueño triste, hipocondriaco y amargo. Su risa sardónica cuadraba bien con su figura de cuervo, melancólica y siniestra.

Otro de los prisioneros, loco, pasaba el tiempo bailando, riendo y cantando.

—¿No hace daño este hombre? —preguntó Alvarito.

—A veces se echa sobre alguno de nosotros y hay que separarle a puntapiés —contestó el misántropo.

La especialidad del loco consistía en cantar la letra que los soldados habían puesto a los toques de corneta, parecida a los monstruos que los libretistas ponen a la música de las canciones antes de las palabras definitivas.

Sonaba un toque y en seguida el loco gritaba:

Para ti, para ti las patatas.

Cuando pasaba la guardia, el loco, llevando con el cuerpo el compás, solía cantar:

Rancho patancho de la catedral el señor obispo no nos quiere dar.

Al cabo de algún tiempo se oía otro son y el loco entonaba:

No comerás cordero; no, no, no, no. No comerás cordero; no, no, no, no.

El repertorio no era bastante divertido para amenizar las horas de la prisión. Aquel calabozo oscuro y siniestro de la Ciudadela, con el demente, era también un buen escenario para otra estampa de La Nave de los Locos.

A primera hora de la noche llevaron a la cuadra el rancho y tuvieron que prepararse para dormir. A Alvarito le entregaron un colchón viejo y se tendió en él en un rincón.

Al despertarse sintió que le picaba todo el cuerpo.

—¿Qué demonio tiene uno aquí? No hace uno más que rascarse —se preguntó en voz alta.

—Son los piojos —dijo el misántropo—. A eso también se acostumbra uno —añadió con terrible filosofía.

Aquello achicó la moral de Alvarito y pensó en la vida horrible que le esperaba en la mazmorra. Por fortuna para él, el encierro no fue muy largo.

Al mediodía, a Alvarito le sacaron de la cuadra y le llevaron a declarar. Le acusaban de ser confidente de los carlistas.

Un comandante comenzó a interrogar al muchacho; cuando Álvaro respondía, el oficial hablaba con un sargento de asuntos del servicio y no se enteraba de cuanto decía Alvarito.

Álvaro explicó por qué había entrado en España desde Bayona. Pudo comprobar, con cierta sorpresa, que su padre era desconocido como carlista, pues si no, su apellido hubiera bastado de indicio a su filiación política. Después de declarar le metieron en la cuadra otra vez. Alvarito, horrorizado, pensaba en la noche que le esperaba, cuando le sacaron de nuevo del calabozo, y se encontró con Manón, una señora y el teniente Robles, uno de los oficiales de Belascoáin.

Manón había conseguido que a Álvaro le llevaran a un pabellón, donde viviría con la familia del sargento guardaalmacén.

Le traía ropa nueva para mudarse y agua de colonia; lo mejor que le podía traer después de aquella noche horrible en el calabozo.

Al despedirse, Manón, triste y pensativa, dijo afectuosamente:

—Adiós, hasta mañana; mañana vendré sin falta.

Alvarito fue a la fuente a lavarse, y después a mudarse; la sospecha de mantener en el cuerpo aquella población parásita, cogida en la cuadra, le duró mucho tiempo.

El segundo día de arresto y los siguientes fueron muy agradables para Alvarito. Le permitían pasear por la Ciudadela, y, sobre todo, esperaba y pensaba en Manón. Llegaba ella y hablaban largo tiempo. Su melancolía hacía a la muchacha más amable y encantadora. Manón había mandado un propio a Bayona y aguardaba la contestación.

Una semana después, Manón se presentó en la Ciudadela con la andre Mari. Traían buenas noticias de Chipiteguy; Gabriela la Roncalesa lo había encontrado en Urdax y en un mulo le condujo al Roncal, porque la frontera estaba, por el lado de Urdax, muy vigilada. Chipiteguy volvería pronto a su casa.

—Ahora irás a Bayona —preguntó Álvaro a Manón.

—Sí; tú también saldrás pronto de aquí —dijo ella.

—Sí; creo que sí.

—Ya es hora de que todos volvamos a nuestra vida normal —añadió la andre Mari.

Alvarito se despidió de la andre Mari y de Manón. Ella le ofreció la mejilla y él la besó muy conmovido. Alvarito quedó triste, esperando con ansia la primera carta. Paseaba melancólico por la plaza de la Ciudadela, se acercaba a los baluartes y miraba al cielo con angustia creciente.

Cuando pasó una semana y no recibió carta, Alvarito se desesperó.

Mientras vivía inquieto y desesperado, alguien le miraba con placer, alguien que se consideraba gravemente ofendido por él.

Había un muchacho joven en la Ciudadela, hijo del carcelero, con muy mala sangre, que siempre buscaba la manera de molestar a los prisioneros carlistas. Le llamaban Visera o Viserita.

Viserita era hijo de un sargento que hizo la campaña de Alaix contra Gómez. Alaix, años antes, había sido capitán general en Pamplona. Como al general Alaix los soldados le apodaban Visera, al sargento, que constantemente hablaba de él, le llamaron también así, y lo mismo a su hijo, aunque a este más frecuentemente le decían Viserita.

Una de las vejaciones habituales de Viserita consistía en entrar en los calabozos de los carlistas entonando el Himno de Riego o algún otro cántico odiado por ellos. Viserita tuteaba a los oficiales carlistas, aunque fueran viejos, y si alguno se molestaba, le amenazaba con denunciarle.

Según decían, Viserita guardaba las cartas de los presos de la Ciudadela; las leía y se divertía después dando bromas a los interesados sobre lo que les escribían sus mujeres o sus madres.

Alvarito había provocado la envidia del hijo del carcelero hablando en francés con Manón y después no haciéndole suficiente caso, y Viserita se vengó.

Las cartas que vinieron de Francia para Alvarito no llegaron a su poder. Ponían el nombre y debajo Ciudadela, Pamplona. Viserita, con malicia, borraba Pamplona y ponía Menorca, y la carta marchaba hacia el Mediterráneo.

El no recibir cartas de Manón puso a Alvarito en un estado de inquietud tal, que cayó enfermo.

Los dos oficiales conocidos en Belascoáin estuvieron a verle.

Poco después, el juez militar ordenó su libertad y el capitán Centurión y el teniente Robles se lo llevaron a su casa de huéspedes.

Alvarito hizo un esfuerzo y escribió una carta a su hermana, pidiéndole noticias de Manón y diciéndola fuera a verla.

Luego cayó en cama, febril, y su conciencia se perdió en el delirio.

IX

FANTASÍAS

Una enfermedad es como el viaje hecho por un mar de dolor, de angustia y de melancolía, con islas extrañas, canales misteriosos y acantilados cortados a pico. Un dolor se parece a veces a la nube ensombrecedora del horizonte; otro, al escollo peligroso por delante del cual se ha de pasar.

La enfermedad es también Nave de los Locos, con tripulaciones de sombras gesticulantes y disparatadas; es un carnaval del cerebro con bacanales furiosas y fantásticas zarabandas.

Cuando el espíritu pierde sus frenos, los colores, los sonidos y los dolores se convierten unos en otros, una punzada se transforma en imagen luminosa y desagradable, la pulsación de una arteria en rumor de catarata o en molino donde se muelen piedras sin ningún objeto.

¡Cuántas veces, al cerrar los ojos, a Alvarito se le convertía la retina en extraño caleidoscopio! ¡Cuántas veces le vino a la imaginación el río oscuro de Bayona y se sintió arrastrado por la corriente y envuelto en sus aguas negras y sombrías!

En ocasiones pensaba encontrarse en estado de lucidez extraordinaria, consecuencia única de la fiebre, y creía resolver y comprender muchas cosas hasta entonces para él completamente oscuras.

Una porción de sueños sombríos y espantosos le sobrecogieron en aquella temporada. Algunos de estos sueños se confundieron, se esfumaron y llegaron a borrarse; otros, no; quedaron grabados fuertemente en su espíritu, como la huella de un buril en el metal.

Uno de los sueños, sobre todo, tardó mucho tiempo en olvidar. En este sueño se encontraba preso en un calabozo inmundo, con hombres horribles y famélicos, astrosos, tristes y amarillos, como figuras de cera.

De pronto comprendía la posibilidad de escapar, y por una aspillera estrecha, metiendo el cuerpo con grandes dificultades y apuros, salía al glacis de la muralla y echaba a correr por un foso lleno de agua negra y fangosa.

Atravesaba arcos, galerías, corredores; miraba desde el parapeto de una torre parecida a la de la iglesia de Belascoáin y salía por una poterna estrecha a un pueblo misterioso, de calles angostas, análogas a las del barrio viejo de Bayona.

Marchaba por una calle igual a la de los Vascos, pero muy distinta en detalles, cuando de pronto veía a un hombre dentro de una tienda, un hombre gris, con gabán gris y anteojos.

¿Era el voceador del crimen de las figuras de cera o el señor Silhouette? No lo sabía y se empeñaba en averiguarlo. Debía de ser el señor Silhouette, porque en la tienda, y siguiendo las prácticas de su oficio de empresario de pompas fúnebres, tomaba las medidas de unos muertos colocados simétricamente sobre una mesa y veía si coincidían con las de unos ataúdes.

El hombre de pelo gris, gabán gris y anteojos, salía a la calle, y al ver a Alvarito manifestaba una gran repulsión e intentaba alejarse, escabullirse de su lado. Álvaro marchaba detrás de él con una rabia de sabueso de policía, irritado por producir tanto desprecio.

El hombre del gabán gris corría mucho, y cuando llevaba gran delantera, se paraba y espiaba desde una esquina. Álvaro iba decidido con cólera hacia él, y el hombre, entonces, le volvía la espalda y marchaba de prisa con un movimiento burlón e insultante.

Por fin, aquella figura gris entraba sin ruido en una casa negra.

Esta casa Alvarito la conocía muy bien, aunque no recordaba su nombre. Parecía la casa del Reducto; pero se diferenciaba de ella en ser más alta, más sombría y tener muchas más ventanas.

El hombre misterioso comenzaba a subir una escalera. Alvarito iba detrás. Eran unas escaleras interminables. Alvarito conocía muchísimo estas escaleras. No había visto otra cosa. Estaban llenas de puertas y se abrían en lucernas pálidas que parecían ojos. Se llegaba a un rellano y venía otro, y después otro...

De pronto, el hombre gris se detenía en un descansillo, abría una mampara verde con un óvalo de cristal, que daba a una sala con unas cortinas, unos espejos y una alfombra. En la sala misteriosa, un señor melancólico, de negro, con una carta en la mano, la metía rápidamente en una carpeta.

El hombre gris abría otra puerta; Álvaro le seguía y se encontraba con otro señor que repetía la misma operación: cogía una carta de encima de la mesa y la guardaba con cuidado.

Por último, el hombre gris abría una tercera puerta y por ella se veía un campo con un río y luego al joven Ollarra que caía desde lo alto de una tapia y se rompía en pedazos en el suelo.

La indignación de Alvarito, al ver estas fantasías, iba en aumento. Dispuesto a aplastar al hombre gris, se lanzaba sobre él y le cogía, y al agarrarle se encontraba con sorpresa que no tenía más que ropa.

Desesperado, le entraban ganas de llorar, y entonces veía al voceador con su traje gris, parecido al señor Silhouette, y a todas las figuras de cera alineadas en el almacén de Chipiteguy.

Alvarito sintió intenso deseo de tirarlas al suelo y de patearlas; pero notó que alguien le sujetaba los brazos y se despertó bañado en sudor.

CUARTA PARTE

VUELTA A BAYONA

I

NOTICIAS

Cuando Alvarito se encontró mejor, lo bastante bien para salir a la calle, se sintió muy melancólico.

Todas las ideas y preocupaciones tristes se agolparon en su imaginación. Lo visto y lo imaginado, la realidad y el sueño, le parecieron igualmente horribles pesadillas.

Alvarito recordó también las estampas de la Nave de los Locos, de casa de Chipiteguy, y pensó que considerar el mundo como absurdo y zarrapastroso carnaval no es una locura, pues lo visto por él en el viaje más parecía una serie de extravagancias carnavalescas que otra cosa.

La Dama Locura se paseaba por los rincones de España, asolados y destrozados por la guerra; pero la Dama Locura de los campos españoles no era mujer fina y sonriente, graciosa y amable, como la de las estampas de Holbein, sino una mujerona bestial, que negra de humo y de pólvora, borracha de maldad y de lujuria, iba quemando casas, fusilando gente, violando y matando.

Ya comenzaba Alvarito a encontrarse bien cuando recibió carta de su hermana Dolores y de su padre.

Su hermana le contaba las últimas noticias de Bayona. Manón le había escrito varias veces a la Ciudadela, sin recibir respuesta. Manón preguntó después en Pamplona por Álvaro y le contestaron que se encontraba bien. Manón, probablemente ofendida con Alvarito por su silencio, aceptando la proposición de su abuelo, se había marchado a un colegio a París.

Alvarito se desesperó. ¿Por qué causa no recibió las cartas? Pensó en averiguarlo; pero ya, ¿para qué? El mal estaba hecho. Alvarito se sentía fatalista y deprimido.

—Es el Destino —se dijo a sí mismo.

Al recuperar las fuerzas volvió a Bayona. En casa le encontraron muy flaco y muy triste.

Su hermana Dolores le contó cómo Manón, preocupada con su silencio, había llegado a creer, sin duda, que él tenía algún motivo contra ella y que por eso no la quería escribir.

Alvarito se desesperó.

—¡Qué se va a hacer! —se dijo—. Es el Destino adverso.

Días después, Álvaro recibió una de las cartas de Manón, que venía devuelta, y en cuyo sobre estaba borrado Pamplona y puesto Menorca. ¿Quién podía ser el autor de esta mala obra? ¿Qué causa podía tener de enemistad contra él? No lo comprendía.

Al día siguiente, Alvarito fue a la casa del Reducto y Chipiteguy le recibió conmovido y le abrazó llorando. El viejo parecía más débil, más impresionable y más sentimental que antes.

Se contaron sus respectivas aventuras.

Chipiteguy había andado tres meses en España de un lado para otro, maltratado por sus carceleros.

En Almandoz, el sacristán, que le vigilaba, le reprochaba a cada paso el sacrilegio de haber robado las cruces de las iglesias y le hablaba constantemente del infierno, que le esperaba muy próximo, porque le quedaba poco tiempo de vida. El se justificaba diciendo que le habían encargado de llevar las custodias a Francia, y aseguraba que sus enemigos no querían más que sacarle dinero. Cuando llegaba Malhombre, le amenazaba.

De Almandoz, Chipiteguy fue llevado a Zugarramurdi, y allí le tuvieron una semana metido en la cueva de las Lamias, en compañía de unos prisioneros liberales, la mayoría muchachos jóvenes.

De Zugarramurdi, trasladado a Urdax, vivió varias semanas, enfermo y muy miserablemente, en un granero, hasta que Gabriela la Roncalesa le montó en un mulo y lo llevó en distintas etapas hasta un pueblo del Roncal y desde allá pudo entrar en Francia.

Chipiteguy quiso que Alvarito volviera a su casa.

—Pero si ha cerrado usted la tienda y no hay nada que hacer —dijo Alvarito—. ¿Para qué quiere usted que esté aquí?

—No importa, ven; todavía tenemos que hacer. Además vivirás conmigo.

El viejo mandó a la andre Mari que pusiera el cuarto de Alvarito en el segundo piso, y como si estuviera más contento que de ordinario, entonó su canción de bravura, Atera, atera; pero la voz, cascada, temblaba al cantar.

Desde que el viejo Chipiteguy volvió de su cautiverio de Urdax se encontraba enfermo y malhumorado. La gota exacerbada le producía grandes y agudos dolores; sufría con los cálculos, le ahogaba la tos y se quejaba de todo.

Su suspicacia había aumentado de tal manera, que la menor cosa le producía desconfianza.

Chipiteguy adquirió carácter de viejo maniático.

A la andre Mari y a la Baschili las reñía a cada paso; únicamente trataba bien a Alvarito.

De Manón hablaba poco, y si algún extraño comenzaba a referirse a ella, cortaba en seguida la conversación. Unas veces daba a entender que la muchacha se hallaba en París en un colegio, otras que estaba en casa de unos parientes.