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Part 20

Una de las veces, al entrar en la casa, Alvarito encontró a la muchacha con un chico pequeño de la vecindad en los brazos, que sin duda tenía fiebre.

—¿Tienes frío? —le preguntaba ella.

—Sí —contestaba el niño, acurrucándose en el regazo de la muchacha.

IX

LOS JEFES

A pesar de la pobreza y de la miseria del pueblo, a Alvarito no le daban las gentes una impresión paralela de sequedad y de estupidez. Quizá eran menos brutos de lo que hubieran sido en una aldea de Francia, de Inglaterra o de Alemania. Ciertamente había algunos tipos como encanijados, resecados, con un color terroso, tan mezquinos, que, por no tener, no tenían ni nariz, y que para mirar abrían la boca como los tontos.

A los tres o cuatro días llamó a Álvaro el gobernador de la plaza de Cañete, don Heliodoro Gil, para interrogarle. En el interrogatorio Alvarito estuvo muy hábil. Dijo que, prisionero de los liberales en Pamplona, al volver a Bayona le dieron los carlistas una misión confidencial. Después de realizada pensaba presentarse a sus jefes.

Al visitar al gobernador, este se hallaba en compañía de un ayudante joven, el capitán Barrientos.

Don Heliodoro hizo muchas preguntas a Álvaro. Se notaba que creía que las cosas marchaban mal. Luego los dos militares le acompañaron a ver las defensas del pueblo. Cabrera había fortificado Cañete un año antes, al volver de su expedición a las provincias de Cuenca y Guadalajara. En aquel mismo año salió una columna carlista al mando del cabecilla Chambonet, saqueó los pueblos de las orillas del Tajo y volvió con muchos alcaldes presos y con cientos de cabezas de ganado. Cabrera dio la orden de perseguir con severidad a las autoridades de los pueblos que festejasen el convenio de Vergara.

La guarnición de Cañete tenía siete compañías del batallón del Cid y dos del segundo de Cataluña, y víveres para una larga defensa. La fortaleza del castillo contaba con varios cañones de a cuatro, quizá no muy buenos.

A pesar de sus soldados, de sus murallas y de sus cañones, el gobernador de la plaza no estaba muy tranquilo. Veía que los liberales iban rodeando la comarca y no tenía mucha confianza en su gente.

Al terminar la visita, Alvarito se despidió del gobernador y se fue a su casa. Le contó a su tío Jerónimo cómo había recorrido el castillo y la muralla.

—¿Así, que has visto las defensas de Cañete? —dijo don Jerónimo—. Son formidables. Además, tenemos todo el terreno minado. Ríete tú de Numancia y de Sagunto. Aquí acabaremos todos o venceremos.

Por la tarde el capitán Barrientos fue a buscar a Alvarito y le invitó a cenar en su compañía. Álvaro aceptó y marcharon los dos al alojamiento del capitán. De sobremesa hablaron largamente.

—¿Qué hay de eso de que el terreno de Cañete está minado? —le preguntó Álvaro.

—Nada. Es una fantasía. ¿Quién le ha dicho a usted esa bola?

—Mi tío Jerónimo.

—¡Don Jerónimo! Está loco.

—¿Cree usted de verdad?

—Sí, hombre, sí; completamente loco. ¿Usted ha visto su observatorio?

—Sí.

—¿Y duda usted de que esté loco?

—A veces, ¿quién sabe?, hay gente que parece loca y no lo está.

—Pues ese sí lo está.

Hablaron de don Jerónimo; pero al capitán no le interesaba mucho este asunto y pasó a otra cosa.

Barrientos quería enterarse de la opinión de Alvarito sobre la guerra y le hizo mil preguntas acerca de lo que se pensaba en Bayona del porvenir del carlismo. Álvaro al principio habló con precaución, pero viendo que el capitán Barrientos no se recataba con él en decir francamente sus ideas expuso también sus opiniones con libertad. Él creía que el carlismo marchaba mal y que después del convenio de Vergara no podría esperarse más sino que le hicieran unos buenos funerales.

—Yo creo lo mismo —repitió varias veces Barrientos.

Al día siguiente, por la mañana, el capitán se presentó de nuevo a Alvarito y hablaron. Barrientos confesó que estaba buscando una ocasión para escaparse de Cañete. La guerra que se hacía allí le asqueaba.

El capitán no tenía condiciones de militar y menos de guerrillero. Le gustaba leer y tenía libros de historia y de literatura. Hablaron Alvarito y Barrientos mucho de la guerra.

—En las provincias Vascongadas y Navarra —dijo el capitán—, la guerra ha sido bárbara; en Castilla la Vieja, Merino y Balmaseda le han dado un carácter más fiero; en Cataluña más cruel aún y al acercarse a Valencia y a la Mancha ha sido lo peor de lo peor. Aquí ya no se respeta la palabra, todo se hace con una saña repugnante. Esta es una guerra de moros, se desnuda a los prisioneros para matarlos a lanzadas, se desnuda a las mujeres para apalearlas y violarlas, se fusila a los chicos. Esto es, sencillamente, una porquería.

—Es la escuela de Cabrera.

—Sí, Cabrera, con sus lugartenientes catalanes, valencianos y manchegos, han deshonrado la guerra y el país. Aquí es corriente cebarse en los cadáveres, mutilándolos y sacándoles los ojos.

—¡Qué horror!

—¡Es un asco; como le digo a usted, es una guerra de moros!

—Pero parece que en todas partes la guerra es poco más o menos lo mismo —dijo Alvarito.

—No; allá, en el Norte, la guerra ha sido una guerra de fanatismo, inspirada por los curas; esta es una guerra de ignorancia, de crueldad y de botín.

El capitán Barrientos estuvo largo tiempo contemplando el suelo; luego, dijo:

—La vista de la sangre derramada es una de las cosas más desmoralizadoras para el pueblo. Todas las tradiciones de dulzura y de piedad, formadas por el tiempo y por la razón, se rebasan como el agua rebasa el obstáculo de una presa y en seguida aparece el hombre tal como es, con toda su barbarie y su crueldad nativa.

—¿A usted le parece un fenómeno general?

—Sí. Creo que si a todos los hombres se les sometiera a esa prueba de la sangre, se quedaría uno asombrado de ver tanta gente feroz y sanguinaria.

—¿Cree usted?

—Sí. Se ve que la mayoría de los hombres tienen un instinto homicida y fiero que les hace recrearse en las convulsiones y en la agonía de los demás.

—Es horrible.

—Y a medida que la crueldad y el instinto sanguinario se excitan —siguió diciendo Barrientos—, crece con ellos también la lubricidad. En toda esta gente, la crueldad y la sensualidad marchan a la par. Las mujeres han tenido y tienen aquí, durante la guerra, mucho miedo a salir al campo; cuando las han cogido no se han contentado con violarlas, sino que han concluido por matarlas.

—Es extraño, no parece que la gente sea uno a uno tan salvaje.

—Es el contagio. Basta que a uno se le ocurra un acto cruel para que los demás lo repitan y se desarrolle ese fondo de brutalidad innato en el hombre.

—Una guerra así es peor que una peste.

—Mucho peor. Sobre esta desdichada España se han lanzado en estos últimos años los asesinos, los ladrones, los aventureros y todos los detritus que han venido del mundo.

—Y usted, ¿cómo ha podido soportar esto? —preguntó Alvarito.

—Yo entré engañado —repuso Barrientos—. Tenía en la cabeza una idea caballeresca y ridícula; creía que la guerra sería para los héroes, pero vi claramente que era para los asesinos y para los ladrones, para los que ansían matar y robar sin peligro. Es el ladrón y el asesino listo, que ven la impunidad de asesinar y de robar, el que se encuentra en la guerra a su gusto. Es también el hombre mediocre el que puede prosperar en épocas así.

Por toda España, según el capitán Barrientos, se veía cómo habían fermentado los gérmenes del robo y del asesinato. Ya perdida la guerra por los carlistas, la gente levantisca se resistía a la paz y a la vida normal. Solo los soldados del ejército organizado, los de Maroto, Villareal, etc., querían la paz, pero los cabecillas de las partidas pequeñas no la querían.

—Son bandidos; lo mismo les da una cosa que otra —concluyó diciendo Barrientos.

—Pero aquí forman ustedes parte del ejército regular —repuso Álvaro.

—A medias. Ha habido una época en que sí; teníamos el carácter de una guarnición, pero lo vamos perdiendo. Las partidas van mandando y el Gobernador, por debilidad, deja hacer crueldades inútiles y a medida que esto lo notan los de las partidas se hacen más fuertes.

—¿Pero hay aquí partidas?

—Sí; sobre todo hay una que nos da mucho que hacer —contestó el capitán—. A unas cuantas leguas de aquí hay un pueblo que se llama Beteta, en el partido de Priego. Está en terreno muy quebrado, muy abrupto y fácil de defender, y Cabrera lo fortificó el año pasado. En Beteta se ha formado una partida de verdaderos bandidos que aterrorizan a las gentes de los alrededores. Los manda el Cantarero, que tiene como lugartenientes al Adelantado, de Cañete, y a Navarrito, de Albarracín.

—¿Al nieto del general?

—Al mismo. ¿Conoce usted al general?

—Sí, he estado en su casa.

—Es un fantoche.

—Completo.

—El Cantarero de Beteta es un hombre ya viejo que no piensa más que en reunir dinero; el Navarrito es hombre muy violento y que mató a su hermano; el Adelantado se caracteriza por ser muy mujeriego y andar siempre de zambra en zambra. Los demás guerrilleros son gentes dignas de estos jefes; ladrones, asesinos; algunos muy conocidos por sus fechorías. Entre ellos están el Pastor, el Veneno, el Bizco, Caparrota, la Rosa, el Baulero, el Aperador, el Garboso, Chispilla y algunos más.

—Gente distinguida.

—Son todos ellos de una violencia y de una crueldad terrible; dignos del patio de un presidio. El Garboso, el Pastor y el Veneno llevaron, no hace mucho, a un pobre viejo nacional, pegándole y pinchándole en la plaza de un pueblo y le hicieron arrodillarse y poner el cuello en un tajo. El viejo era valiente y gritó: ¡Viva la nación! ¡Viva la libertad! El Garboso le cortó la cabeza a hachazos.

—¡Qué barbaridad!

—Fue un espectáculo repugnante. En esta partida del Cantarero, que tiene su punto de refugio en Beteta, hay varias mujeres, cosa no muy común en esta guerra.

—Sí, es verdad; no se ha hablado de guerrilleras.

—En cambio, como sabe usted seguramente, las mujeres tomaron parte muy importante en la guerra de la Independencia.

—¿Y usted cree que ha sido una ventaja grande?

—Grandísima, porque de haber intervenido ellas, la guerra hubiera tomado aún mayor ferocidad. Hay varias mujeres en la partida del Cantarero, entre ellas Juana la Pintada, Vicenta Serra y la principal, la que las capitanea a todas, la Rubia de Masegosa. La Rubia es la querida del Adelantado. Esta Rubia tiene una idea romancesca y le gusta montar a caballo y tomar aires de amazona. Es una mujer que no es fea, tiene la tez blanca, la boca pequeña, los ojos de almendra y el pelo negro. Yo la he visto. Cuando se enfurece se le crispa el labio y muestra un colmillo blanco, con una fiereza de animal rabioso. Llama cobardes a todos y quiere ver derramar sangre. Cuando el Garboso y el Pastor decapitaron al viejo nacional, se sortearon entre todos para ser verdugos y, al parecer, la Rubia entró en el sorteo, porque se consideraba con fuerza bastante para cortar la cabeza de un hombre con un hacha.

—¡Qué bestia!

—La Rubia de Masegosa vio también cómo violaron a una muchacha, que se había burlado de ella, y luego la mataron clavándola una estaca en el vientre.

—¡Cuánta brutalidad!

—Ahora hay otra cosa. Esta partida del Cantarero de Beteta está en contra de nosotros. Nos tienen por tibios. Ellos, probablemente, si los pescan los liberales serán fusilados, porque son todos bandidos; en cambio, nosotros, no; somos militares y seríamos tratados como militares. Aquí, en Cañete, el representante de la partida del Cantarero es el Tronera, que quiere que la guarnición cometa toda clase de brutalidades para ponerse como fuera de la ley y entonces hacerse solidaria de la partida del Cantarero. Don Heliodoro no comprende esto, y, como no lo comprende, yo voy a buscar la salvación por mi cuenta.

—Hace usted bien.

—No se lo diga usted a nadie.

—No tenga usted cuidado.

Cómo el capitán iba a buscar su salvación no se lo indicó claramente a Alvarito.

X

ESCAPATORIA

Conversaron otras veces el capitán Barrientos y Alvarito y quedaron de acuerdo en que debían marcharse juntos de Cañete; Alvarito volvería a Bayona; Barrientos quería dejar el pueblo y las filas carlistas.

Alvarito le habló a su tío:

—Si tiene usted que darme algo de la herencia para mi madre, démelo usted.

Don Jerónimo, refunfuñando, le entregó dos mil pesetas. Según él era todo lo que le correspondía a cada hermano.

Alvarito habló en casa de que se marchaba.

—¿Se va usted? —le preguntó la Dámasa.

—Sí.

—Yo también quisiera irme.

—¿Por qué?

—Mi madre me trata muy mal y la vida se me está haciendo muy triste.

—¿Pero tiene usted sitio donde ir?

—Tengo tíos en San Clemente y ellos me recogerían.

—Bueno, pues nada; veremos la manera de salir de aquí.

Alvarito contó a Barrientos cómo la Dámasa quería marcharse también de Cañete.

—Hará bien —dijo el capitán—. La tratan de muy mala manera. Su madre es una bestia como hay pocas.

Decidieron los tres escaparse del pueblo. Barrientos dijo que unos días más tarde podría él contar con caballos. Los apostarían cerca de la puerta de la Virgen, montarían y marcharían a Pajaroncillo.

La Bruna y el Tronera, enterados de que don Jerónimo había dado dinero a Alvarito, pensaron arrebatárselo.

La Bruna le propuso llevarle a una de las casas vecinas con una muchacha muy guapa que ella conocía; el Tronera le quiso acompañar a un cafetucho donde se jugaba una partida fuerte al monte.

Alvarito aplazó el ir a un lado y a otro y preparó la fuga. Dispusieron entre el capitán, la Dámasa y Álvaro que el domingo siguiente un muchacho estuviera con los caballos cerca del río, esperándoles a ellos, que saldrían como a pasear.

No dijeron nada de sus planes; pero el Tronera olfateó la maniobra y comenzó a espiarles.

El domingo por la mañana, el capitán Barrientos mandó a su asistente con los caballos a beber al arroyo. El asistente quería también marcharse.

La Dámasa y Alvarito salieron por la puerta de la Virgen, tomaron por el camino de Boniches, cruzaron el río por un puente pequeño y fueron marchando a cierta distancia del río hasta otro puente. Allá estaban los caballos.

Poco después apareció el capitán Barrientos.

Montaron los cuatro a caballo, llegaron hasta una venta y se encontraron con una patrulla que les pidió explicaciones. El capitán se impuso y lograron pasar. Algún tiempo después notaron que les perseguían. El Tronera y otros cinco o seis hombres a caballo se les acercaban.

—Aquí no hay más solución que salvarse a uña de caballo —dijo Barrientos—. Si la Dámasa no sabe montar yo la llevaré en brazos.

La Dámasa sabía montar y marchó valientemente al galope. El que no sabía montar y anduvo con grandes dificultades, siempre expuesto a caerse, fue Alvarito. Aquella carrera le pareció una eternidad.

Oyeron repetidas veces silbar las balas por encima de su cabeza. Afortunadamente los caballos traídos por Barrientos eran muy buenos y antes de la hora de comer estaban en Pajaroncillo, sanos y salvos.

En aquel pueblo había guarnición liberal, y Barrientos, con su asistente y Alvarito, se presentaron en ella. El jefe de la guarnición, después de oírles, los dejó en libertad y recomendó a Barrientos siguiera hasta Cuenca para presentarse a las autoridades. El asistente se quedó en Pajaroncillo, pues era de una aldea próxima.

La Dámasa quería ir a San Clemente, donde tenía unos tíos.

De Pajaroncillo tomaron los tres hacia Minglanilla y Alvarito aprovechó la ocasión para acercarse a Graja de Iniesta, el pueblo de su padre.

Al llegar a la aldea, se quedó maravillado. Se encontraba ante un grupo de casas míseras, de color amarillento y gris, con los tejados inclinados al suelo, una iglesia pequeña y varios corrales con las tapias de adobes.

El campo era una llanura parda, rojiza, sin árboles, con un molino de viento fantástico en lo alto de una loma. A la entrada de la aldea había un parador y a la puerta de este un carro. Se veía una calle desierta y dos o tres cerdos que husmeaban en los rincones.

Aquel pueblo achaparrado, con sus paredones amarillentos, le pareció terrible y no le dio ninguna gana de entrar en él, ni de preguntar por sus parientes. ¿Se habría equivocado? ¿Dónde estaban los palacios, los escudos, las huertas a que se refería su padre? No lo quiso averiguar, porque iba teniendo más que la sospecha de que su padre mentía con una tranquilidad absoluta.

Era el anochecer; el cielo se llenaba de luces rojas y le daba al campo una gran melancolía.

Volvió a Minglanilla, y al día siguiente la Dámasa, Barrientos y Alvarito marcharon en una tartana desvencijada camino de San Clemente. Se detuvieron de noche a dormir en un pueblo del camino, en un gran parador con pretensiones de fonda. A Alvarito le dieron un cuarto grande, pintado, con molduras en las paredes y en el techo, y una cama, también grande y alta, con una sábana almidonada.

Al poco tiempo de estar en la cama oyó algo que caía sobre la sábana almidonada y hacía un ligero ruido.

—¿Qué demonio caerá aquí? —se preguntó.

Encendió un fósforo y vio sobre la manta varias pulgas.

—Qué pulgas más gruesas —se dijo.

Al coger una se le aplastó entre los dedos. Eran chinches.

—Qué cosa más repugnante —pensó—. En su casa, a pesar de la pobreza, no había visto chinches; su madre tenía en esto mucho cuidado.

Sacó un colchón de la cama, lo llevó a otro extremo del cuarto, se tendió y, a pesar de su preocupación, se durmió.

Soñó que se hallaba en una habitación llena de animales terribles, todos pesados y adormecidos; una boa grande dejaba un rastro de humedad en los ladrillos del suelo; una serpiente cascabel se escondía tímida entre unas piedras; un cocodrilo bostezaba con la boca abierta. De pronto, alguien le decía: ¡Afuera! Empieza la función. Salió del cuarto seguido de dos tigres que saltaban y jugueteaban como gatos, y en seguida, por una ventana de cristal vio todos aquellos animales; la boa, el cocodrilo y los demás, agitándose de una manera furiosa.

Se despertó, volvió a dormirse y soñó de nuevo. Ahora se encontraba en la barraca de las figuras de cera que estaban todas muy graves y muy serias, cuando de un agujero del techo apareció una chinche monstruosa, con los ojos rojos y amenazadores, y después una segunda y otra tercera.

Las chinches aquellas se ponían a hablar gravemente y después de maduras reflexiones comenzaban a subirse por las piernas de las figuras de cera y allí, donde mordían, salía una mancha roja.

Al despertarse Alvarito comprendió que las chinches, aunque sin hablar y sin dialogar, le estaban devorando.

Al levantarse de la cama se lavó en la fuente con cuidado, y después de almorzar con el capitán Barrientos y con la Dámasa tomaron en un coche destartalado el camino de San Clemente.

En el pueblo, preguntando aquí y allá, dieron con la casa de los parientes de la chica y fueron a verlos. Los tíos de la Dámasa eran de la familia de Sor Patrocinio, la monja milagrera, amiga de los reyes y con gran influencia en Palacio. Sus parientes del pueblo la consideraban como una tunanta y que se hacía ella misma las llagas.

La familia aceptó con gusto el que la Dámasa fuera a vivir con ella. La muchacha se despidió de Alvarito y del capitán Barrientos y estos marcharon a Cuenca.

XI

LA TERRAZA DE LA CATEDRAL

El capitán Barrientos conocía gente en Cuenca, era de la provincia y tenía un tío canónigo. Barrientos llevó a Alvarito a una casa de la plaza y él comenzó a arreglar sus asuntos.

—Yo creo que voy a entrar en el ejército cristino —le dijo a Álvaro al día siguiente—. ¿Usted qué piensa hacer?

—Yo tendría que ir a Bayona; pero la verdad es que no tengo ninguna prisa.

—¿Se encuentra usted bien aquí?

—Sí; este es un pueblo agradable.

El capitán Barrientos presentó a Alvarito a su tío don Tomás, el canónigo.

Don Tomás, alto, corpulento, había sido capitán de voluntarios realistas, con los _feotas_. Era muy charlatán, no decía cosa de provecho y no sabía nada de nada. Por ironía del destino se llamaba García Liberal. A pesar de su ignorancia y de su necedad, hablaba mal de todos sus compañeros. Del Obispo decía que era tan bruto que no distinguía cuando subía y cuando bajaba las cuestas; lo que para un ex guerrillero tenía que significar mayor brutalidad que no entender a los padres de la Iglesia.

Con el canónigo, Alvarito pudo ver la catedral en todos sus rincones, subir a las torres y meterse en los desvanes, donde se hallaban amontonadas figuras rotas de los altares y de los pasos de Semana Santa.

Como le dejaron entrar y salir, escogió para pasar el tiempo un patio de la catedral, al borde de la muralla que caía sobre la hoz del Huécar.

Desde allá se oía a los niños de coro en una casa cercana ensayando los cánticos de las fiestas próximas. Aquel patio de la catedral, como una terraza colgada sobre la hoz del río, tenía una porción de santos de piedra, arrumbados y desnarigados.

Muchas veces Alvarito iba a aquella terraza, después de pasar el claustro abandonado, y se quedaba allí, en el pretil, contemplando muy abajo las aguas verdes del río y las piedras y los árboles de la hoz.

Desde aquella azotea, ante el sol claro, en aquel pueblo al cual no le unía nada, ni recuerdos, ni amistades, Alvarito pensó muchas veces en su vida. Le sorprendía el pensamiento de la inanidad de la existencia. ¿Qué sería de él?, ¿qué sería la vida?, ¿habría otra vida?, ¿no habría nada y la muerte sería el sueño eterno? Si no había nada detrás, ¿tendría objeto el ser bueno? La bondad, el honor, la patria, ¿eran algo o no eran más que ilusiones? ¿Por qué allí le sorprendían estas ideas y no en otra parte?

Estos pueblos, como Cuenca, en alto, tienen algo de atalayas, de miradores, y parece que al mismo tiempo que se puede extender la mirada por un paisaje físico, se puede también, por paralelismo, extenderla por un paisaje moral.

El porqué de las cosas, el porqué de la vida no se le hubiera puesto como problema en un pueblo de poca altitud, como Bayona; allí, en cambio, sobre la alta azotea de la catedral, se le planteaba casi constantemente.

Se le figuró que en aquella España, seca y sin árboles, veía la vida con mucha más claridad que mientras había estado en Bayona; le parecían los horizontes vitales como clarificados y desprovistos de bruma; pero tristes, llenos de desolación. Algunos días en el pórtico de la catedral contemplaba la multitud de mendigos arremolinados allí.

A Alvarito le extrañaba que en una capital pequeña hubiera tal número de mendigos. Era un pequeño ejército, una tropa numerosa de lisiados, tullidos, ciegos, mudos y paralíticos. ¿Cómo vivían? ¿Quién los alimentaba? No podía comprenderlo.

Al convertir en oficio la exhibición de su miseria, aquellas gentes le daban un aspecto de pura decoración.

Había algunos mendigos de aire medieval, pedigüeños con retahílas clásicas y antiguas. Entre todos se distinguían un militar, que decía haber estado en la guerra de la Independencia, en la batalla de Bailén, y un exclaustrado, vestido con un traje harapiento y un sombrero de copa destrozado.