Part 7
Entre los papeles de Montgaillard el juez encontró documentos importantes del príncipe de Lichnowsky y sus amigos, y a consecuencia de esto, decidió enviar al francés preso al castillo de la Mota, de San Sebastián.
Al día siguiente, Aviraneta convidó a comer a Ganisch y a los dos chapelgorris, sus ayudantes en el asunto del caserío Chapartiena, en una taberna de Irún de la calle de Larrechipi. Luego tomó la diligencia, y, al pasar por Behovia, el comisario de policía francés le saludó, inclinándose ceremoniosamente.
Al llegar a Bayona, don Eugenio fue al Consulado a contar cómo había realizado su expedición, y se encontró a Nenín y a Gamboa. Ninguno de los dos podía ocultar su malhumor y su despecho.
Gamboa, días antes, al saber que Lezama, por instigación de Aviraneta, tenía a Nenín en la cárcel, envió un propio al Gobernador Militar de Irún pidiéndole que le soltara, y así lo hizo.
Las diversas fases de la intriga transcendieron algo entre los carlistas de Bayona, y se dijo que Aviraneta había preparado una emboscada al joven caballero de Montgaillard hasta conseguir hundirlo en una prisión.
Aviraneta, además de los anónimos que le enviaban habitualmente, comenzó a recibir otros amenazadores de los amigos de Sonia Volkonsky.
Desde que el caballero de Montgaillard fue preso, a Sonia se la veía poco en la calle; no iba a ninguna reunión y, por lo que se decía, frecuentaba mucho la iglesia.
TERCERA PARTE
CALAMIDADES DE LA GUERRA
I
EL TÍO TOMÁS Y EL ESQUELETO
Tras del sueño pesado y profundo en el cuarto de la Venta Quemada, Alvarito se levantó todavía molido del viaje y salió al camino.
Se hallaba la venta en medio del puerto de Velate, dominando un gran panorama de montañas y de barrancos. Enormes hayedos, entonces sin hojas, daban al paisaje noble gravedad. A un lado y a otro se abrían profundas hondonadas. Todo se hallaba cubierto de nieve: montes, árboles y piedras; únicamente dominaba lo blanco y lo negro.
Después de asomarse a contemplar el campo, Alvarito volvió a la venta y vio a Manón, que estaba ya preparada.
—¿Has descansado de tanta fatiga? —le dijo.
—Sí. ¿Y tú?
—Yo, parte de la noche, he dormido muy mal; pero por la madrugada he quedado como un tronco.
Por la tarde permanecieron en la venta, al lado del fuego. El viejo de la casa contó cómo años antes anduvo con los realistas de Juanito de la Rochapea. Álvaro le dijo que ellos iban al campo carlista.
—¿Adónde vais?
—A Echarri Aranaz.
—¿Sabéis el camino?
—Pensamos ir por Villava.
—Vais a tener que meteros entre los negros. Más cuenta os tendría ir a Larrainzar; ahora que tiene el inconveniente de que no encontraríais el camino.
—Entonces iremos por Villava.
—No, os acompañaré yo.
Salieron al día siguiente muy de mañana. La niebla espesa cubría las hondonadas y barrancos, como un mar gris; sobre este mar, los picos de los montes, con sus árboles, parecían islas.
Alvarito, Manón y Ollarra montaron a caballo; el viejo de la venta se dispuso a caminar a pie, para mostrar, sin duda, su resistencia, a pesar de sus años.
Marcharon un par de horas.
—¿Ha habido aquí alguna batalla en esta guerra? —preguntó Alvarito.
—Aquí se pegaron de firme hace pocos años el tío Tomás y el Esqueleto —contestó el viejo.
—¿El tío Tomás? —exclamó Álvaro con asombro.
—Sí, el tío Tomás o el tío Tomasito; era el mote que daban los carlistas a Zumalacárregui.
—¿Y el Esqueleto?
—El Esqueleto era don Francisco Espoz y Mina.
—¿Y usted tomó parte en la batalla?
—Yo ya era viejo para alistarme en la guerra.
—¿Y fue aquí?
—Sí, en estos barrancos que vamos cruzando.
—Pero en estos barrancos debe ser muy difícil que evolucionen las tropas —replicó Alvarito.
—Muy difícil es, claro está.
—No se encontrarían los enemigos.
—Cierto; como que las dos columnas, la carlista y la de los negros, tardaron mucho en darse la cara. El tiempo estaba como el de hoy; el campo, lleno de nieve. Por fin, los enemigos se encontraron, no podía menos, y comenzó la acción y se batió bien el cobre.
—¿Quién salió mejor librado?
—El tío Tomás tenía más cabeza; el Esqueleto era valiente, como pocos. Lucharon como perros rabiosos el guipuzcoano y el navarro, en medio de la nieve. Allí no se daba cuartel; al que caía lo atravesaban a bayonetazos.
—¿Y usted vio a Mina y a Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.
—Sí.
—¿Cómo eran?
—Mina era un viejo escuálido, con patillas grises y cara de muerto; por eso le llamaban el Esqueleto. Iba con levita larga, capote y sombrero de copa, forrado de hule, encima de un pañuelo de colores liado a la cabeza. Montaba en una mula.
—¿Y Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.
—Zumalacárregui —contestó el viejo— era hombre triste, flaco, de aire enfermo y de mal color, también con patillas y vestido de negro.
—¡Cuánto mejor hubiera sido que esos dos viejos arrugados hubieran estado en la cama que no matándose en estos vericuetos! —dijo Manón.
—Hay que defender las ideas —replicó Alvarito.
—¡Las ideas! ¡A cualquier tontería llaman los hombres ideas! —repuso Manón.
—¿Y cuánto duró la batalla? —preguntó el muchacho al viejo.
—Casi todo el día. Se batían con rabia. Los negros tenían buenos jefes: Narváez, Ros, y sobre todo Oráa, el Lobo Cano, un navarro de por aquí, duro como la piedra.
—¿Y los carlistas?
—¿Los carlistas? Tenían también buena gente: uno de ellos era José Miguel Sagastibelza, coronel del quinto batallón de Navarra, nacido en Dona María. La noche anterior a la batalla durmió en nuestra venta.
—¿Y qué tipo era?
—Así, pequeño de talla, esbelto y muy fuerte. Hablaba el vascuence bajo, con suavidad y con amabilidad; pero cuando gritaba en castellano para dar órdenes sacaba una voz como de metal. Era hombre guapo, de cara viva y muy morena, por el sol y el aire. Llevaba levitón azul, boina blanca y una cruz en el pecho.
—¿Vive aún?
—No; lo mató un inglés, un casaca gorri (casaca roja) de los de Lacy Evans, delante de San Sebastián.
—¿Y quién había más de los carlistas?
—Estaba también Guibelalde.
—¿Otro navarro?
—No; don Bartolomé de Guibelalde era guipuzcoano, de Lizarza, y había comenzado a pelear en la guerra de la Independencia con Mina. Tenía facha de buen hombre, tipo de militar, usaba bigote y perilla y hablaba muy bien el vasco.
Esto, sin duda, para el dueño de la venta debía tener mucha importancia.
—¿Y cómo acabó la batalla?
—El tío Tomás iba comiéndose a los negros, pero dejaba para lo último lo principal.
—¿Y qué era lo principal?
—¿Lo principal? Que tenía la columna de Elío preparada para cortar la retirada a las tropas de Mina. Si llega a conseguirlo, no queda un negro para contarlo.
—¿Y usted se hubiera alegrado? —preguntó Manón.
—Ahora... ya... no sé —dijo el viejo, encogiéndose de hombros.
—¿Y no pudo cortar la retirada a Mina? —preguntó Alvarito.
—No, porque el Esqueleto era un viejo lleno de marrullerías, y al saber que Elío se le acercaba a retaguardia, le escribió un despacho falsificado, como si fuera de Zumalacárregui, mandándole que inmediatamente dejara el camino de Pamplona al Baztán y se acercara a Larrainzar. Elío obedeció, dejando libre el paso del Baztán, y el Esqueleto se corrió por allí, llevándose sus heridos, que eran más de doscientos.
—Si no llega a pasar eso hay una catástrofe.
—Hubieran muerto todos los liberales. Mina perdió su tienda de campaña y dos burras de leche que le seguían. Tenía, según decían, una tos fuerte, y los médicos le habían recomendado ese remedio.
—¿Y no quedaron heridos en el monte?
—Muchos.
—¿Y los recogieron?
—¿Quién iba a recogerlos? La mayoría murieron.
—¡Qué barbaridad!
—Al terminar la tarde, por toda la extensión de campo que se extendía ante los ojos se vio un gran número de hombres muertos y de caballos y regueros negros como caminos en todas direcciones, hechos por el paso de los soldados. De noche se oyeron lamentos y gritos en medio del campo. ¿Pero quién se aventuraba entre los barrancos, llenos de nieve? Al día siguiente volvió a nevar y no se vio ni se oyó nada.
—¡Qué asco de guerra! —murmuró Manón—. ¡Parece mentira que los hombres sean tan brutos!
Indudablemente pensó Alvarito era cosa brutal de animal carnicero morir y matar así sin piedad en medio de la naturaleza inclemente; pero también tenía su belleza el acabar con entusiasmo por una idea más o menos abstracta. Al menos, en el campo de batalla, el ambiente era limpio; no había la peste de la ciudad, formada por todas las vilezas del vivir amontonado de las gentes sedentarias.
Había salido el sol. Su claridad iluminaba las cimas de los montes y el fondo de los barrancos, llenos de nieve. En aquellas laderas de blancura inmaculada, la luz se descomponía en colores de arco iris. Las sombras de las nubes parecían como encajes negros dibujados en lo blanco. Las sombras azuladas de las personas y de los caballos se extendían largas con el sol bajo del crepúsculo. Los árboles y las chozas parecían negros.
Alvarito podía darse cuenta clara del terreno donde se había desarrollado la batalla entre Larrainzar, Ilarregui y las Ventas de Ulzama.
El viejo les mostró la piedra donde antes de comenzar la acción se celebró la misa y el sitio en donde el tío Tomás estuvo arrodillado oyéndola.
Al llegar a Ilarregui, el viejo de Venta Quemada se despidió, para volverse a su casa.
Álvaro y Manón decidieron descansar un momento. Desde aquellos altos se veía la llanura de Pamplona, verde, a la que bajaban caminos y senderos. Como marco a los campos de sembradura, ya brotados, aparecían los montes blancos, cubiertos de nieve. Alvarito comenzaba a tener la cabeza pesada y los ojos hinchados.
—¿Te has acatarrado? —le dijo Manón.
—Sí; creo que sí.
—Es la nieve —advirtió Ollarra—; no haciendo caso de esos catarros, se pasan en seguida.
Manón recomendó a Álvaro que montara a caballo, envuelto en dos mantas.
Siguieron el camino, pasaron por una aldea y se encontraron con un pelotón de lanceros cristinos, que abrevaban sus caballos. En las ventanas de algunas casas se asomaban los soldados con gorras de cuartel. Un cabo les salió al encuentro y les preguntó adónde iban.
—A Irurzun —respondieron, y les dejaron pasar.
Ya comenzaban a tomar el aire de la gente del país, envueltos en sus mantas, jinetes en sus caballejos.
Llegaron por la tarde a Irurzun. Preguntaron, al entrar en el pueblo, por la posada a un herrador y él mismo les acompañó. El herrador, hombre enorme, redondo, sonriente, con sonrisa cómicamente maliciosa, en medio del ir y venir de carlistas y de liberales, y en la lucha de los unos con los otros, vivía tranquilo, sin preocuparse de lo que pasaba fuera de su casa, dándole al martillo y encogiéndose de hombros ante los acontecimientos.
En la posada no había más que una cama libre y Manón decidió que se acostara en ella Alvarito. Este no quiso y protestó; pero a lo último se acomodó a ello.
El muchacho pasó la noche febril estornudando y tosiendo. A cada instante tenía un sueño, que a penas le duraba un minuto, y en este tiempo imaginaba una serie de cosas confusas entre montes cubiertos de nieve y trozos de hielo.
Cuando despertaba comenzaba a pensar en la batalla contada por el viejo de la Venta Quemada. No podía apartar de su imaginación a los heridos y moribundos, gritando de noche, en medio de la nieve, y recordó varias veces la frase de Chipiteguy de que la guerra era una suciedad abominable. Y todo aquello, ¿para qué?
De las marchas y contramarchas, de las emboscadas y asechanzas, de los muertos en los rincones, de los gritos de los fusilados, de los incendios, de los planes de los generales, no había quedado nada. ¡Nada! Cosa terrible.
Sí; la guerra era una porquería abominable y una de las más grandes locuras de la humanidad, la más digna de figurar en La Nave de los Locos... pero aun así, a él le producía una gran curiosidad y una gran admiración.
II
EL VALLE DE ARAQUIL
Al tomar al día siguiente la carretera de Irurzun a Echarri Aranaz, el aire de país devastado se fue acentuando. La impresión de los pueblos era triste: no brotaba humo por las chimeneas de las casas, no se asomaba gente a las ventanas y portales, nadie trabajaba en las huertas.
Para Alvarito, que iba marchando febril, montado en su caballejo, con la cabeza pesada y dolorida, el campo y los pueblos tomaban las más extrañas perspectivas.
Muchas casas de aquellas aldeas se veían quemadas, los techos hundidos, las paredes sucias y negras, algunas ventanas cerradas, otras tapiadas con maderas, con ladrillos o hierba. Al asomarse al interior se advertían las cocinas ahumadas, sin blanquear; si quedaba en ellas alguna mesa o banco, salvados del incendio, aparecía negro de grasa o de vetustez.
En los campos no se araba con bueyes, y los aldeanos labraban la tierra con el azadón o la laya, mirando siempre hacia el camino, con recelo, por si aparecía alguna columna, que carlista o cristina era siempre enemiga. Los árboles se hallaban destrozados y desmochados; a cada paso se abrían zanjas y se cruzaban parapetos.
En todas partes era el mismo espectáculo: las calles sucias, las iglesias cerradas, los cementerios abandonados, llenos de zarzas y de cardos; en ninguna parte gente, todo silencioso, sombrío. Solo se oían de cuando en cuando las campanadas del reloj de la torre y los sonidos de los tambores y de las cornetas.
A mitad del camino de Echarri Aranaz se detuvieron Alvarito y Manón en una aldea, pueblecillo por donde había pasado toda la barbarie y toda la estupidez de la guerra. No era solo la necesidad estratégica de ataque o de defensa la que produjo el montón desordenado y confuso de tejados abiertos, paredes agujereadas, ventanas desvencijadas y caídas, con los cristales rotos; era más bien aquello la consecuencia de la brutalidad, del rencor y de los malos instintos de la fiera humana.
Entre el agrupamiento de construcciones derruidas encontraron una casa convertida en venta, en donde entraron a comer. La casa, grande, con señales de incendio, tenía paredes de ladrillo negras, muy altas, sostenidas por extraño equilibrio.
Por dentro, la venta era un gran hueco; desde la cuadra se veía el tejado. En un ángulo de aquel anchurón ruinoso, vacío como la nave de una iglesia, había una cocina grande, negra por el humo; la chimenea ocupaba casi la mitad de la cocina con su gran hogar; en medio colgaba un caldero por una cadena y alrededor hervían varios pucheros de barro.
Entraron Alvarito, Manón y Ollarra y se instalaron junto al fuego. El posadero se lamentó de que se marchara una media compañía de soldados de la aldea. Ya muchos de aquellos pueblos se hallaban en situación tan miserable que veían al soldado, no como a gente rapaz y dañina, sino como alguien a quien podían explotar.
La posadera preparó la comida a nuestros viajeros. Álvaro, con su catarro, tenía poco apetito.
Mientras comían entró un sargento, que les preguntó si tenían papeles. Se los mostraron.
—¿Adónde vais? —les preguntó luego.
—A Echarri Aranaz.
El sargento Zamarra, así se llamaba el recién llegado, era hombre todavía joven, con los ojos brillantes, la tez muy morena y los dientes de gran blancura. Zamarra hablaba con acento aragonés, aunque dijo había nacido en un pueblo navarro próximo a Tudela.
Alvarito le convidó a tomar con ellos un bocado; el sargento aceptó y se sentó a la mesa. El sargento formaba en el 5.º Batallón de Navarra, que se encontraba entonces entre Irurzun y Echarri Aranaz.
En su cabeza, un poco confusa, Alvarito encontró lejano parecido a Zamarra con el tipo del Patibulario del grupo de los Asesinos, de las figuras de cera de Chipiteguy.
Alvarito y Zamarra hablaron largo rato de la campaña. Zamarra no hizo más que contar barbaridades de los liberales y de los carlistas.
—Ya no se _afusila_ —decía Zamarra, al parecer, con cierto sentimiento—. Al principio a todos los prisioneros los _afusilábamos_.
No solo se _afusilaba_, como decía el sargento, al principio, sino que se robaba, se violaba y se incendiaba. Esto era la guerra, la porquería abominable que decía Chipiteguy.
—¿Y los otros, los liberales —preguntó Alvarito—, fusilaban lo mismo que ustedes?
—Igual; quizá algo menos. Tenían más disciplina. Era el ejército regular. A nosotros no nos mandaba nadie. Hacíamos lo que queríamos.
En esto, sin motivo aparente, Ollarra se incomodó y dijo que le iba a dar dos bofetadas al sargento carlista, que le estaba molestando con su petulancia y su majadería. Afortunadamente, como no sabía bien el castellano, Ollarra se embrolló en sus explicaciones, y Manón intervino con tal habilidad, que el sargento no se enteró de las intenciones agresivas del joven salvaje.
Manón le dijo a Ollarra que el dueño de la venta le quería convidar a una copa y el muchacho se fue al mostrador.
Álvaro siguió hablando con el sargento. Le preguntó si en el 5.º de Navarra conocía al subteniente Bertache, y el sargento Zamarra le dijo que sí.
—Ese es de los más atravesados que hay en el 5.º Batallón.
—Sí, ¿eh?
—Mucho; tiene muy mala sangre.
—¿Dónde estará ahora?
—¿Bertache? Me figuro que estará en Echarri Aranaz. ¿Lo queréis ver?
—Sí; sobre todo, quisiéramos hablar con su hermano.
—A su hermano no le conozco. Si veis a Bertache, decidle que vais de parte del sargento Zamarra.
—Muy bien; ya se lo diremos.
Se marchó el sargento, y Manón, Alvarito y Ollarra tomaron por el camino de Echarri Aranaz, a donde llegaron al caer de la tarde.
Buscaron alojamiento, lo que les costó mucho tiempo, y al fin instalados, Álvaro y Manón marcharon en busca del subteniente Bertache y lo encontraron en la taberna de una cantinera, en el portal de una casa vieja, punto de reunión de la soldadesca carlista.
La taberna estaba atestada de soldados, la mayoría sucios, andrajosos y malolientes, con uniformes zurcidos, remendados con torpeza y con hilos de distintos colores y con las botas rotas, que dejaban salir los dedos de los pies. Algunos usaban alpargatas o abarcas. Muchos se componían la chaqueta o las medias con aguja e hilo, otros fumaban o jugaban a las cartas. Había dos muchachas entre los soldados, una de ellas claramente sifilítica, con granos en la cara y la nariz medio carcomida.
En un grupo se hablaba de la marcha de la guerra; se quejaban todos de que no se cobraban las pagas y se abominaba de los generales y de los hojalateros.
Bertache recibió muy ásperamente a Alvarito y a Manón, manifestando por su actitud su poca gana de charla; pero se humanizó cuando le convidaron a tomar café y una copa de aguardiente. Al olor del alcohol se desarrugó el ceño del oficial y mandó a la moza de la taberna que pusiera en la mesa una botella de caña.
Cuando le explicaron detalladamente a lo que iban y lo que buscaban, Bertache dijo que no sabía dónde estaba su hermano. Alvarito y Manón insistieron y Álvaro indicó que don Eugenio de Aviraneta le había recomendado a él.
Álvaro contó su viaje a Almandoz, su entrevista con la madre y la hermana de Bertache y cómo no pudo verse con Martín ni enterarse del paradero de Chipiteguy.
Ellos deseaban hablar con Martín y resolver la cuestión del rescate.
—¿Y vosotros lleváis ahí el dinero para el rescate? —preguntó Bertache con un resplandor en la mirada.
—Aquí, no —respondió Manón—; pero está depositado en Bayona.
—¿Cuánto es?
—Treinta mil francos.
—¡Demonio! Es buena cantidad. ¿Y la darían en seguida?
—Al momento.
—Es lástima; el caso es que yo no sé dónde está Martín.
Después Bertache se puso a hablar de los asuntos carlistas, que, según él, iban de mal en peor.
Bertache se manifestó irritado contra todo el mundo. El subteniente temía haber trabajado para otros; no sabía para quién, y esto le ponía frenético y fuera de tino. La idea de ser instrumento en manos ajenas le indignaba.
—Están jugando con nosotros —gritó varias veces con furor.
Por encima de su avidez de dinero, una sorda irritación contra la humanidad, un fondo de exasperación y de rabia le hacía desear a Bertache las mayores catástrofes. No sabía si odiaba más a los carlistas que a los liberales, a los españoles que a los franceses, a los vascos que a los castellanos. Se consideraba con motivo para desear el mal a todo el mundo. Hubiera querido ser una plaga, un azote, una calamidad pública.
Volviendo a la cuestión de Chipiteguy, Bertache suponía que su hermano y Malhombre habrían tomado muchas precauciones para que el viejo no se les escapara.
—Me parece que Martín debe estar en Estella —concluyó diciendo Bertache.
—¿Y cree usted que andará por allí también Chipiteguy?
—Me figuro que no. Supongo que al viejo, Martín lo habrá llevado hacia Elizondo o hacia Urdax y lo habrá metido en algún rincón seguro.
Se despidieron Alvarito y Manón de Bertache y al volver a la posada decidieron ir a Estella. Allí decían que se encontraba el Batallón del Requeté, en el que era oficial René Lacour, el pariente de Max Castegnaux.
Alvarito, que seguía febril, se acostó temprano. Durmió mal. Soñó que se hallaba en la cocina negra de una casa ruinosa. Se veían en ella, con toda clase de detalles, distintos utensilios de cobre, de hojadelata y de loza. La cocina se hallaba iluminada por una ventana y desde esta se veía batirse a soldados rígidos, como si fueran de plomo, que caían en largas filas y se desplomaban como muñecos.
Dentro de la cocina, unos aldeanos desharrapados e insinuantes indicaban a Alvarito que saliera al campo. Pero, ¿cómo salir? Custodiaba la puerta una guardia enemiga. Era indispensable presentar documentos para pasar y él no los tenía.
—Tome usted —decían los aldeanos—. Esto le servirá de documento. Y le daban un papel cualquiera, un pedazo de periódico viejo, lo que a Álvaro le indignaba profundamente.
De pronto, por la ventana comenzaba a penetrar una columna de humo denso e irritante que le hacía toser. Sentía necesidad de salir a respirar. Se presentaba a la guardia enemiga y pasaba por un arco como el de una puerta de las murallas de Pamplona.
Los centinelas le detenían y perezosamente le decían con voz suave y baja:
—No se puede avanzar. Hay esa orden.
Entonces él daba media vuelta, cruzaba un campo con árboles, agitados locamente por el viento sobre un fondo de montañas nevadas, veía una calle estrecha de ciudad y avanzaba por ella jadeante, hasta meterse en un portal. Luego comenzaba a subir unas escaleras que no terminaban nunca; hala, hala, y llegaba a la taberna de la cantinera, donde Bertache le miraba con aire amenazador.
Después Bertache, ayudado por el sargento Zamarra, con un hacha iba cortando la cabeza a unos cuantos muñecos...
III
PAPÁ LACOUR
Al día siguiente, Alvarito, tirando mal que bien de su cuerpo, Manón y Ollarra salieron de Echarri Aranaz por el túnel de Lizárraga y comenzaron a acercarse a los pueblos del valle de Yerri. Cruzaron varias veces una antigua calzada romana, sin comprender qué podrían ser aquellos trozos de caminos abandonados.
En todas las aldeas del paso, y a medida que avanzaban hacia Estella, la miseria producida por la guerra iba acentuándose. Había lugares quemados y saqueados repetidas veces por carlistas y liberales.
Era un peligro entrar dentro de las casas, estaban plagadas de chinches, pulgas y piojos; la tiña y la sarna, cuando no la viruela y el tifus, abundaban por allí que era una bendición de Dios.