Chapter 5 of 22 · 3994 words · ~20 min read

Part 5

Distinguía muy bien los pájaros en el aire, por la manera de volar, y conocía los huevos encontrados entre las matas y sabía a qué ave pertenecían. Con la colaboración de Chorua, hasta marchando por el camino en el carricoche hallaba ocasión de cazar o de coger algo.

Ollarra compendiaba en su cabeza una serie de ideas falsas sobre las costumbres y los instintos de los animales, una historia natural fantástica.

La geografía suya era también reducida hasta lo absurdo. En el mundo había, principalmente, vascos, para él los hombres normales; gascones, tipos ridículos, capaces de comer hierbas del campo en ensalada; luego españoles, que casi todos eran curas o soldados; franceses tripudos, con bigotes amarillos, e ingleses, que todos eran serios; luego había América, una tierra rica que se disputaban ingleses, franceses y españoles.

Ollarra era de una independencia salvaje. Al oírle daba la impresión de que se había propuesto llevar la contraria a todo el mundo; lo que a la mayoría parecían virtudes a él se le antojaban defectos.

—Es un cochino —decía de alguno—; no hace más que trabajar a todas horas.

De otro indicaba:

—No sé qué le encuentra a su padre para tenerle ese cariño.

Esos lazos naturales de padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas le parecían debilidades y necedades. También debía considerar como cosa ridícula el sentir amor por la tierra. Oyéndole, parecía que lo natural en el hombre era odiar al prójimo cordialmente.

—Yo no soy ni español ni francés —decía—. De donde se viva mejor —añadía riendo con cierta cólera, y traducía su frase unas veces al francés y otras al castellano.

—¿Tú no sabes leer? —le preguntó Álvaro.

—Yo, no; ¿para qué? Eso no sirve para nada.

—¿Cómo que no sirve?

—Yo, al menos, no he tenido nunca necesidad de leer.

—¿Así que no has aprendido nada?

Ollarra se encogió de hombros con desprecio.

—¿No sabes la doctrina?

—¿Qué es la doctrina? ¿Ese libro pequeño que llevan los chicos a la escuela?

—Sí; ¿no te la han enseñado?

—No; ¿eso para qué sirve?

—Enseña a amar a Dios y al prójimo.

—¡Bah!, esas son tonterías —masculló Ollarra con cólera, azotando con el látigo al caballo.

Durante algún tiempo Ollarra había vivido en Francia, muy adentro del país, en tierra de gascones, donde no se hablaba vascuence, dedicado a pescar en un río, cuyo nombre ignoraba, y a cazar cuervos y cornejas.

Cazaba los cuervos, según contaba, con cucuruchos de papel llenos de liga, en los que metía cebo. También los cogía con anzuelo o poniendo carne de caballo o de mulo, envenenada con nuez vómica.

Ollarra, huérfano de madre desde muy niño, fue protegido durante su infancia por un brujo y una bruja de Oleta, con quienes vivía.

Ollarra contó, con su acento mixto de cólera y de ironía, las mentiras y socaliñas empleadas por el brujo de Oleta para engañar a los incautos, en las cuales el muchacho tomaba parte muy importante, pues antes de entrar a ver al brujo, se obligaba a esperar a los clientes en un cuarto del caserío, y entre la vieja y Ollarra, haciéndose los tontos, sonsacaban a los crédulos sus intimidades y sus preocupaciones y luego se las contaban al brujo. A casa del hombre de Oleta solía ir gente distinguida para que les dieran hechizos.

—¿Y tu padre? —preguntó Alvarito a Ollarra.

—Es desertor francés y contrabandista. Ahora está enredado con una gitana. Es un puerco.

—¿Cuántos años tienes?

—No sé. Diecisiete o dieciocho. Lo mismo da uno más que uno menos.

—¿Y no tienes novia? —le preguntó Manón.

—Sí; ahí tengo una chica en Oleta. Ya le he dicho que me casaré con ella cuando sea mayor y tenga algún dinero; pero siempre me viene con tonterías y arrumacos, y que si la olvido o no la olvido.

—A las novias hay que mimarlas —dijo Manón.

—Tú qué sabes —replicó Ollarra con violencia—. Eres demasiado chico para enterarte de esas cosas. Todas las mujeres son así: embusteras y amigas de mimos y de engaños. Bien tonto será quien haga caso de ellas.

Ollarra siguió hablando en el mismo tono. Era el ímpetu, la imaginación sin freno, el orgullo desatado. Sentía pasión infantil por la aventura, no acompañada de la menor reflexión; creía que con valor y energía todo debía salir bien. Su credulidad y confianza en sus recursos, ilimitada, sin contrastar con los demás, le daban ideas no muy claras sobre los hombres. En parte les temía y en parte les despreciaba.

Manón pretendía amistarse a toda costa con Ollarra; pero este la miraba con desdén, la consideraba como a un chico y como a un chico afeminado.

Alvarito iba conociendo a Manón. Comprendía cómo a ella, acostumbrada a dominar y a subyugar fácilmente, le extrañaba y mortificaba que el joven salvaje no la tomara en cuenta.

Alvarito sentía cierta admiración por Ollarra; pero sospechaba de él, por su carácter inquieto, soberbio y malhumorado; le creía misterioso, poco seguro y capaz de cualquier barbaridad o de cualquier traición. Ollarra, en cambio, tenía gran curiosidad y cierta simpatía por Alvarito, toda la simpatía de que él era capaz. Se reía mucho viéndole tan torpe para las cosas materiales. Sin duda, su nuevo amo se le representaba como el tipo de la ciudad: del hombre inútil, que sustituye la falta de energía con dinero.

Ollarra disfrutaba de su nueva posición con delicia. Se pavoneaba, se dedicaba a comentarios mortificantes, hacía restallar el látigo en el aire y el carricoche iba al vuelo.

El día mismo que salieron de Vera, la primera parada fue en la venta de Yanci. Durante el almuerzo, Manón y Alvarito se rieron, viendo al perro, a Chorua, que se echaba sobre su amo, jugaba con él y le lamía la cara. El muchacho y el perro vivían identificados: una mirada de Ollarra o un silbido bastaban para que el perro le entendiera.

VII

LOS BERTACHES

Después de comer en la venta de Yanci, puestos de nuevo en camino, en el carricoche, se acercaron a Sumbilla, pasaron a la vista de su juego de pelota, entraron en su única calle estrecha y una hora más tarde cruzaron por delante del puente de Santesteban, hacia Mugaire. El viento frío traía lluvia mezclada con nieve.

Al caer de la tarde entraron en la venta de Mugaire a calentarse y a merendar. Poco después siguieron el camino.

Ya de noche, llegaron a Almandoz. Una patrulla carlista les detuvo y les pidió pasaportes. Los soldados les indicaron la posada de la calle por donde corría la carretera.

En el camino que sube desde Mugaire, a orillas del Bidasoa, hasta el puerto de Velate, se encuentra Almandoz. El pueblo se halla a la mitad de la cuesta.

En aquella hora todo estaba oscuro y desierto en la aldea, las casas cerradas, no se veía una luz. Se comenzaba a sentir la guerra; en la posada, ningún viajero; únicamente los amos de la casa, dos viejos, padres del dueño; una mujer joven y un muchacho. El posadero, al parecer, se encontraba en el campo carlista.

Prepararon la cena para Manón, Alvarito y Ollarra; se sentaron los tres delante de la chimenea al amor de la lumbre. Manón, con su instinto, creyó adivinar gente de buenos sentimientos en los viejos de la posada y les contó a lo que iban y sus propósitos de buscar al abuelo.

—¿Ustedes conocen a los Bertaches? —les preguntó Alvarito.

—¿Quién no los conoce aquí? —exclamó el viejo.

—¿Son dos?

—Sí; uno se llama Luis y es subteniente en el 5.º de Navarra; al otro le dicen Martín Trampa.

—¿Qué clase de gente son?

—Son unos bandidos, que tienen aterrorizado al pueblo.

—No sé para qué hablas así —exclamó la vieja en vascuence—; si lo saben, te puede pasar algo malo.

—Que lo sepan; me tiene sin cuidado —murmuró el viejo.

—Y vosotros, ¿por qué queréis saber quienes son esos Bertaches? —preguntó la vieja a Manón—. ¿Tienen algo que ver con el secuestro de vuestro abuelo?

—Sí; y sospechamos que lo tengan preso aquí mismo, en Almandoz.

—Mañana se lo preguntaréis al sargento Iribarren, que es amigo de casa, y él os lo dirá.

Después de cenar se colocaron todos al lado del fuego, alrededor de la chimenea, y la vieja, que ya había adquirido confianza con los viajeros, les contó cómo unos meses antes Martín Trampa y su criado Malhombre entraron en la posada de noche a robar.

—Yo estaba sola en casa —dijo la vieja—, y oí desde la cama cómo abrían la puerta. Luego, nuestro perro empezó a ladrar; pero, sin duda, le echaron algo de comer y se calló. Yo no me atrevía a levantarme y a bajar, porque pensé que si me presentaba, entre Martín Trampa y Malhombre me hubiesen acogotado.

—¿Y por qué no me llamó usted a mí, abuela? —preguntó el muchacho enfermo.

—Porque te hubieran matado a ti también.

—Ya lo hubiéramos visto.

—Tonto, más que tonto. ¿Qué hubieras hecho tú solo contra ellos?

—Estos Bertaches están ya aislados y todo el mundo los odia —dijo el viejo—; ya no les queda mucho tiempo para mandar.

—¿Y es de aquí un tal Echenique? —preguntó Alvarito.

—Ese Echenique es el criado de Martín Trampa, a quien llaman Malhombre. Malhombre roba y lo dice, y hasta ahora nadie se ha atrevido con él.

—¿Tan terrible es? —preguntó Ollarra malhumorado.

—Sí, es muy malo.

—No quisiera más que encontrarme con él.

—¿Para qué? —preguntó Alvarito.

—Para darle una paliza que le quitara las ganas de atropellar a los demás.

A Ollarra, sin duda, la idea de que hubiese un matón que no fuera él le ponía frenético.

Después de cenar, Chorua se presentó a comer los restos de la comida, y Ollarra le hizo lucirse y hacer varias habilidades. Luego el viejo trajo una botella de aguardiente. Alvarito probó el licor, que le pareció fuerte, y Ollarra bebió muchas copas.

—Vamos a tomar otra copa —decía—, ¡la segunda!, y se echaba a reír. Tenía que decir la segunda, aunque fuera la sexta o la séptima, y celebraba su chiste con carcajadas. Era una gracia que imitaba del herrador del pueblo.

La vieja se llevó la botella.

Se marcharon todos a sus respectivos cuartos. Alvarito pensó estar oyendo a cada momento los ladridos del perro de la posada denunciando a los ladrones, como había contado la vieja.

Al día siguiente, al levantarse Alvarito, salió de casa y se presentó al sargento Iribarren, amigo de la gente de la posada. Al preguntarle por Martín Trampa, el sargento le dijo que creía que no estaba en el pueblo.

Iribarren recordaba que Martín y Malhombre tuvieron guardado a un viejo en casa del sacristán, según decían, por liberal.

—¿Y Martín, dónde vive? —preguntó Álvaro.

—Ahí, en una plazoleta. Esta niña le enseñará a usted la casa.

—¿Tiene familia aquí?

—Sí; me figuro que estarán su madre, su mujer y su hermana.

La niña llevó a Alvarito delante de la casa de Martín Trampa, y como si tuviera miedo, antes de llegar a ella, echó a correr y desapareció. La casa de los Bertaches era grande, cuadrada, de cuatro aleros, con un escudo pintado, en donde había esculpidas una cabeza de chino y las armas de la familia Arreche: un árbol con dos osos.

Alvarito llamó, y salieron a la puerta una vieja flaca, acartonada y dura, con mantón negro y toquilla arrollada a la cabeza, y poco después, una muchacha de aire seco y suspicaz. Eran la madre y la hermana de Martín Trampa. Alvarito explicó que deseaba hablar con Martín para un asunto importante, y las dos mujeres contestaron en tono áspero que el amo no estaba en Almandoz, que había ido hacía días a Oyarzun.

—¿No saben ustedes cuándo vendrá?

—No, señor; no lo sabemos, ni nos importa tampoco —contestó la joven, y cerró la puerta.

Alvarito volvió a la posada y contó a Manón cómo había visto a la madre y a la hermana de Martín Trampa, y cómo le habían dicho que este se hallaba en Oyarzun.

—Bueno, pues vamos a Oyarzun.

Discutieron si sería mejor volver de nuevo por el mismo camino y marchar por Lesaca, o ir por Goizueta; pero como por Goizueta el camino era peor, decidieron ir a Lesaca.

Almorzaron en Almandoz, salieron de prisa en el carricoche, llegaron al anochecer a Lesaca, pararon en la posada de Gorringo, enviaron el coche a Vera con Ollarra y alquilaron tres caballerías.

Al día siguiente, con una mañana de escarcha, subieron por el monte a la ermita de San Antón; comieron allá y contemplaron una gran ferrería abandonada al pie de la enorme pared de la peña de Aya.

—¿Te gustaría vivir aquí? —preguntó Alvarito a su compañera.

—¡A mí, no; qué horror! —dijo Manón—. Es uno de los sitios más tristes que he visto.

—¡Bah! Todos los sitios son lo mismo —replicó Ollarra—. Habiendo qué comer, lo mismo da.

—¿Así te parece a ti? —preguntó Manón.

—Naturalmente. Solo a señoritas estúpidas y remilgadas se le pueden ocurrir esas tonterías.

—¡Bah! ¿Tú que sabes cómo son las señoritas?

—Ya sé que son tontas y caprichosas y que hay imbéciles que les hacen caso. No sería yo de esos.

Manón pensó que quizá Ollarra sospechaba que era mujer. No quiso decirle nada. Ollarra parecía tener mal humor y fue por el camino solo.

Cruzaron por delante de los caseríos de Arichulegui y comenzaron a bajar hacia Oyarzun.

Manón y Alvarito entretuvieron el aburrimiento del camino hablando de sus amistades de Bayona, de la tertulia de Madama Lissagaray y de la extraña situación en que se encontraban.

—Si salvas al abuelo, te voy a querer mucho, Alvarito —le dijo Manón.

Alvarito volvió la cabeza melancólicamente en señal de duda.

—¿No lo crees? —preguntó ella.

—No.

—¿Por qué no lo crees? —volvió a preguntar Manón con coquetería.

Alvarito se encogió de hombros y se puso a pensar en el carácter de aquella muchacha, que tanto lugar ocupaba en su vida.

¿Manón le quería o no le quería? Álvaro notaba que ella le iba tomando afecto; pero le faltaba conquistarla del todo. Quedaba siempre en Manón como un último baluarte irreductible, independiente y caprichoso.

Tan pronto favorable, tan pronto adversa, así la veía a Manón. Quizá ella, con respecto a Alvarito, había decidido algo: quererle o no quererle; quizá no había decidido nada, y dejaba pasar el tiempo por si alguien llegaba a interesarle más, a arrastrarle por completo, rindiendo aquel último baluarte inexpugnable, siempre decidido a no rendirse.

VIII

FRECHÓN Y MALHOMBRE

Al llegar a Oyarzun y entrar en la plaza, Alvarito se encontró con Frechón en medio de un grupo carlista. Se miraron los dos, sin manifestar que se conocían, y Alvarito siguió adelante.

Llevaba una recomendación para uno de los jefes carlistas guipuzcoanos y se presentó a él; explicó su objeto y habló de Frechón, a quien había visto en el pueblo, diciéndole qué clase de hombre era y acusándole de secuestrador de Chipiteguy.

El jefe carlista respondió que él no podía intervenir en aquella cuestión y que Alvarito anduviera con cuidado por su cuenta. Cuando el muchacho le preguntó por Martín Trampa, el jefe le respondió que creía que ya no estaba en Oyarzun, sino que había marchado a Echarri Aranaz para sus negocios de tratante.

Al volver a la posada, la posadera indicó a Álvaro y a Manón que al quedarse en la casa, llena de huéspedes, tendrían que ir a dormir al desván.

—¡Bah! Ya ha dormido uno en peores sitios —dijo Ollarra burlonamente.

—¿Sí, eh? —le preguntó Álvaro.

—¡Uf! Ya lo creo. En cuevas y en medio del campo y con lluvia. Ahora, a vosotros quizá os parezca malo el desván, sobre todo a este —y Ollarra señaló a Manón con desdén.

—Ya nos arreglaremos —contestó Álvaro.

Ollarra estaba acostumbrado a los desvanes. A Manón le hacía gracia la idea y a Alvarito no le molestaba.

Después de cenar subieron los tres por una escalera muy estrecha hasta una guardilla grande, de suelo combado y torcido. Un entrecruzamiento de pies derechos y vigas de madera sostenía el techo. Veíanse en los rincones montones de heno seco, ristras de ajos y cebollas, y en el suelo, habichuelas extendidas, puestas a secar; grandes calabazas y mazorcas de maíz. Por entre los intersticios de las tejas se advertía la claridad de la noche y algunas estrellas.

—¡Buen palacio! Para las ratas —dijo Ollarra con ironía.

Luego puso el farol que le dio la posadera encima de una caja y después cogió brazados de hierba seca, preparó una cama y le invitó a echarse en ella a Alvarito. A Manón le empezaba a mirar con sorna.

Álvaro dijo a Manón que se tendiera y ella se acurrucó en aquel nido de hierba como un gato pequeño. Ollarra apagó el farol, subió sobre un gran montón de heno y el perro tras él. Al poco tiempo, los dos dormían. Alvarito quedó sentado y despierto.

Manón se durmió pronto; al respirar se oía su aliento suave. Ollarra roncaba.

Alvarito velaba muy satisfecho por proteger a la dama de sus pensamientos. Aunque sentía sueño, no quería dormirse.

Se acordó de Don Quijote cuando velaba sus armas en la venta y pensó que él debía sentirse feliz, porque el objeto de sus cuidados no era ilusión vaga, sino una mujer tan seductora como Manón.

Iba Alvarito a dormirse cuando Chorua empezó a gruñir; se oyó crujir la escalera y poco después se vio aparecer en el desván una sombra a la luz vaga, que entraba por los intersticios de las tejas. Era Frechón, que se acercaba. Frechón abrió la tapa de una linterna sorda y se acercó hasta ellos. Alvarito se levantó en el acto.

—Aquí, en este rincón, no hay sitio para dormir —dijo—; estamos nosotros.

—¡Ah, eres tú! —exclamó el francés; y sin más dio tal puñetazo en el hombro al joven, que le derribó al suelo.

Alvarito cayó sobre la hierba, sin lastimarse. Chorua se puso a ladrar con furia a Frechón; este le pegó un puntapié y el perro comenzó a chillar de un modo lastimero. Manón se despertó y, cogiendo un palo, se acercó valientemente a Frechón.

—¡Canalla! —gritó.

Entonces Ollarra, deslizándose desde el montón de heno, furioso porque le habían pegado a su perro, murmurando y blasfemando, se acercó a Frechón y, agarrándose a él, le dio una serie de puñetazos en la cabeza y en el pecho, que sonaron como redoble de tambor. Cuando ya lo tenía en el suelo, y casi sin sentido, lo dejó.

—Váyase usted —le dijo Alvarito al francés.

—¡Socorro! ¡Socorro! —exclamó Frechón.

—¿Pero qué pasa ahí? —gritó la posadera desde abajo.

—¡Que me matan! —contestó el francés.

La posadera subió a la guardilla y Manón y Alvarito le contaron lo que había ocurrido.

—¡Hala, hala! —le dijo la mujer a Frechón—. Baje usted de aquí. Al momento.

El francés se resignó a salir de la guardilla y bajó la escalera como pudo. Luego la posadera, sin piedad, lo echó de la casa.

Al subir de nuevo a la guardilla, entre Ollarra y Álvaro cerraron la puerta con una tranca. Manón había preparado una cama de heno al lado de la suya. Alvarito se tendió y quedó sumido en un sueño profundo.

Al día siguiente, y en vista de que no daban con Chipiteguy, decidieron volver por el monte, camino de Lesaca. Hacía frío y compraron unas mantas. Estaba nevando; los montes comenzaban a aparecer blancos y en el aire gris danzaban los copos de nieve como grandes mariposas.

Al salir de Oyarzun se les acercó un hombre viejo, flaco y aguileño. Era Malhombre. No se dio a conocer.

—¿Van ustedes a Lesaca? —les preguntó con aire sonriente.

—Sí —contestó Alvarito.

—Yo también voy. Si no les molesto, ya iremos juntos.

—Molestar, ¿por qué?

—Yo conozco bien el camino.

—¿Es usted de Oyarzun?

—No; soy de cerca de Mugaire y me dedico a comprar y a vender ganado.

—¿Es usted tratante?

—Sí.

—Tratante y de Mugaire. Quizá conozca usted a uno que llaman Martín Trampa, de Almandoz.

—Mucho.

—¿Le ha visto usted en Oyarzun estos días?

—Sí; creo que tenía un negocio entre manos con un viejo y un francés.

—¿Y hacia dónde estará ese hombre?

—¿Qué hombre?

—Martín.

—Creo que ha ido a Echarri Aranaz.

Fueron los cuatro subiendo por el monte, camino de Lesaca. Malhombre les fue útil, porque conocía los mejores pasos. Al llegar cerca de Arichulegui les sorprendió una tempestad de rayos y de truenos y tuvieron que guarecerse en una borda de ganado hasta que pasara. Luego arreció la nevada.

Malhombre se comportó como persona alegre y jovial; sabía animar a todo el mundo. Ollarra rechazó varias veces sus servicios, no le necesitaba para nada.

Al llegar a la ermita de San Antón entraron en la venta próxima; comieron y se arrimaron a la lumbre, reconfortándose. Malhombre habló mucho y sonsacó a sus compañeros de viaje, con su habilidad de aldeano ladino, y averiguó quién era el principal de los tres y quién llevaba el dinero.

Al salir de la venta, ya oscurecido, Malhombre pidió un farol para ver bien por los senderos. Decidieron ir todos a pie, porque resultaba más peligroso marchar a caballo, y Ollarra fue el encargado de conducir las caballerías.

El paisaje montuoso, cubierto de nieve, con aquella luz crepuscular, era desolado y triste. Alvarito iba absorto, embebido en vagas imágenes, sin conciencia clara de que aquello fuera la realidad. Con poco más hubiese imaginado que se trataba de un sueño.

En una revuelta del camino, Malhombre, agarrando del brazo a Alvarito, susurró en tono amable e insinuante:

—Si quiere usted, atrasémonos un poco, tengo que hablar con usted; que no oigan lo que le voy a decir.

Alvarito, asombrado y sin darse cuenta clara, pensó que Malhombre tendría que comunicarle algo transcendental, algún peligro del camino, y se fue retrasando.

De pronto sintió una mano, como una tenaza que le oprimía el cuello.

—¡El dinero, o te mato!

Malhombre, con su zarpa de hierro, le apretaba el cuello, y con la otra mano le amenazaba con su rompecabezas. Alvarito, sofocado, murmuró:

—¡Déjeme usted! Espere usted. No me ahogue.

—El dinero.

—¿El dinero? Lo tengo en el bolsillo del pecho.

—¿En dónde?

—Aquí.

—Esto está cosido —murmuró Malhombre, agarrando la chaqueta de Álvaro e intentando registrarle.

—Sí.

—Y no es fácil descoserlo.

Durante este tiempo, Manón se había dado cuenta de que faltaba Alvarito; alarmada, al retroceder notó lo que ocurría y oxeó a Chorua. El perro, en dos saltos, se lanzó contra Malhombre y le trincó de los pantalones.

Malhombre se volvía; intentó defenderse con el rompecabezas. Alvarito, aún no repuesto de la sorpresa y del sofoco, se quedó amilanado, perplejo.

—¡Ollarra! ¡Ollarra! —gritó Manón.

Malhombre vio la partida perdida y se dispuso a escapar; pero el perro no le dejaba tranquilo. Ollarra, abandonando las caballerías, se le acercaba con el garrote enarbolado. Malhombre sacó una navaja y le esperó.

—Déjame —gritó—. Si no, te abro las tripas.

Ollarra, sin oírle, se echó sobre él, y le arreó tal garrotazo en la cabeza, que Malhombre, dando vueltas sobre sí mismo, cayó en la nieve. El palo saltó hecho astillas.

—¿Ahora, qué hacemos con este hombre? —preguntó Alvarito.

—Dejarlo ahí —contestó Ollarra—; si no se ha muerto, ya se morirá.

—¿Pero, hombre?

—¡Que se muera! ¡Qué importa! ¡Hala, hala, que nieva mucho!

Cogió Ollarra el farol con la mano izquierda, y hostigando a las mulas con la derecha, armada del látigo, siguió su marcha, precediendo a Álvaro y a Manón.

Caía la nieve sobre el monte.

IX

SUEÑOS

Al llegar de noche a Lesaca, y en la posada, se encontraron a una muchacha, Gabriela la Roncalesa.

Gabriela habló con Manón de sus amigos y conocidos de Bayona y la Roncalesa experimentó por la nieta de Chipiteguy, que le pareció un chiquillo, gran simpatía.

Manón le contó su asunto y la Roncalesa dijo: