Chapter 11 of 22 · 3942 words · ~20 min read

Part 11

Alvarito se enteró entonces por primera vez de que una hermana de Chipiteguy, bastante más joven que él, servía desde hacía muchos años de ama de llaves en una familia aristocrática parisiense. Al parecer, la señorita Dollfus tenía gran ascendiente en la casa. Alvarito no sabía sus señas. De saberlo hubiera escrito a Manón, por si acaso vivía allí.

Chipiteguy pasaba horas y horas en sus almacenes, en donde aún quedaba mucho género. A veces, aunque pocas, pedía a Alvarito que le ayudase.

Mientras el viejo revolvía todas sus antiguallas, se dedicaba al soliloquio. Alvarito le escuchaba con gran interés. Muchas veces el viejo le daba la impresión de un sonámbulo o de un loco.

Un día le encontró sentado registrando unos cajones y con un gran cesto delante.

—Haremos liquidación de todo —mascullaba el viejo—: cruces..., insignias de estos miserables, Orleans y Borbones que son capaces de vender a su pueblo y a su madre... al cesto... ¡Hem! ¡Hem! paparruchas teatrales de Bonaparte y compañía... al cesto... Uniformes, espadines, tricornios y bonetes de cura..., al cesto. Es lo que debía hacer la sociedad, coger los trastos de la religión y de la Monarquía y echarlos a la basura. ¡Hem! ¡Hem! Es donde debían de estar... pero esto haría la sociedad si tuviera sentido común... ¿y cuándo la sociedad y el hombre han tenido sentido común? Nunca, ¿y cuándo la tendrán? En el mismo tiempo. Es decir, nunca jamás. Es como yo. Igual que yo. ¡Hem! ¡Hem! ¿Quién anda ahí? ¿Anda ahí alguien?

El viejo se levantó, miró por los rincones del almacén, se asomó a la puerta y volvió a sentarse.

—Parece que no hay nadie —murmuró medio gruñendo—. Sí, la sociedad es como yo. Yo le he dicho a mi nieta: Manón, no me escribas, no te ocupes de mí. Tienes que vivir en una sociedad estúpida, que si sabe que eres la nieta de un trapero, te lo echará en cara y te despreciará. Pues bien, que no lo sepan esos miserables. No te ocupes de mí, olvídame. ¡Hem! ¡Hem! ¿Y ella que ha hecho? Ella ha tomado al pie de la letra la recomendación y no se acuerda de mí que la quiero con toda mi alma y no me escribe. Ah, ¡viejo imbécil! ¿De qué te ha servido la experiencia? ¡Hem! ¡Hem! ¿No sabías que las mujeres son así, crueles, indiferentes, duras para los débiles y humildes para los fuertes? ¿Es que creías que tu nieta iba a ser una excepción a la regla? Lo que te pasa es justo castigo a tu imbecilidad. ¡Hem! ¡Hem! Podías haber pensado en ti antes que en ella y entonces ella te hubiera contemplado, te hubiese mirado como a un viejo amable, con quien hay que ser cariñoso. Se hubiera casado con algún buen muchacho, como Alvarito y hubiéramos sido todos felices. Pero las ambiciones nos han perdido. Yo las tenía por ella y para ella. Me he permitido la estupidez de ser generoso, de no pensar más que en ella. ¡Hem! ¡Hem! Ahora sí creo que anda alguien. ¿Qué diablos me quieren? ¿Quién me busca? No, pues no hay nadie, será alguno en la calle que grita o algún carro que pasa.

El viejo escuchó atentamente. No se oía nada.

—Tengo alucinaciones —exclamó con tristeza—. ¡Qué le vamos a hacer!, ya no me queda más que un resto de vida, que es como un harapo sucio y roto. ¡Hem! ¡Hem! Si aún tuviera fuerza, saldría, con el saco al hombro, a gritar: ¡Atera! ¡Atera! por las calles, y alguno al verme diría: Ese trapero tiene una nieta que es una princesa; pero no tengo fuerza, soy tan viejo y tan estropeado como estas antiguallas que me rodean y a mí me tendrán que echar el primero al cesto de la basura. ¡Hem! ¡Hem!

En todos sus soliloquios que repetía con frecuencia, el viejo Chipiteguy, se mostraba siempre así, misántropo, hipocondriaco, más anticlerical y más antimonárquico que nunca.

II

LO QUE HACÍA AVIRANETA

Alvarito fue a visitar a don Eugenio al Hotel de Francia con la esperanza de que el conspirador supiese algo de Manón, pero Aviraneta se encontraba preocupado con los acontecimientos políticos y no se enteró de lo que le contó Álvaro de Chipiteguy y de Manón.

—Vivimos en plena intriga —le dijo don Eugenio—. Hace unos días ha venido a visitarme Valdés el de los gatos en compañía de Pedro Martínez López el del folleto contra María Cristina. ¿Sabe usted lo que me proponían?

—¿Qué?

—Trabajar en favor del infante don Francisco, para hacerle a este señor, regente. Me negué a ello. Valdés en la conversación quería convencerme de que los dos éramos compadres y de la misma escuela, pero yo puse los puntos sobre las íes. Valdés me oyó con una sonrisa amable, Martínez López estaba malhumorado porque yo no le hacía caso. Valdés quiso demostrarme que había sido liberal toda su vida. «Habrá sido en secreto», le dije yo. «¿Así que no puede usted trabajar por el Infante don Francisco?», me preguntó. «No». «¿No quiere usted tampoco trabajar con el marqués de Miraflores en la Embajada de París?». «¿Va a la Embajada Manuel Salvador?». «Sí». «Pues donde vaya él no iré yo, porque es el hombre que más odio». Y ahí tiene usted al marqués de Miraflores, nuestro Embajador en París, llenando la Embajada de antiliberales y de carlistas, de gentes como Valdés que trabajan por el Infante don Francisco y de otros como Salvador que siguen siendo carlistas y que será muy difícil saber a quién sirven y a quién traicionan.

Alvarito escuchó a Aviraneta un poco cariacontecido. ¡Estaba tan lejos el mundo del enamorado del mundo del político!

—¿Qué le importará que sea regente el uno o el otro? —pensó Alvarito— probablemente todo ha de seguir igual. ¡Cuánto más importante sería que me diera noticias de Manón!

Álvaro se despidió de don Eugenio, desilusionado.

En aquellos días se encontraba Aviraneta en plena actividad, en el dominio de todos los hechos necesarios y de todas sus facultades; las disposiciones que daba a sus agentes eran claras y precisas, sin vaguedades ni confusiones.

Conocía el tablero en que tenía que jugar la partida, conocía a los enemigos y a los suyos; sabía sus cualidades y defectos, sabía excitar su vanidad e insinuar sus propias ideas a los demás.

Pocos días después de la marcha de Roquet, cuando Aviraneta suponía ya inoculado el virus de la rebelión entre los carlistas y marotistas en Navarra a consecuencia del Simancas, don Eugenio comunicó sus instrucciones a los comisionados de la línea de Andoáin para que allí se hiciera campaña a favor de Maroto, desacreditando a don Carlos y ganando el espíritu de los sargentos a favor de la paz.

Por entonces se volvió a presentar de nuevo Gabriela la Roncalesa en Bayona y fue a casa de don Eugenio a darle noticias y a pedirle instrucciones.

Aviraneta preguntó dónde estaba Bertache. Ella le dijo que en aquel momento debía encontrarse en Elizondo.

—Entonces lo mejor sería que fueras a verle.

—¿Qué le digo?

—Dile que siga haciendo propaganda en contra de Maroto y de los demás generales castellanos y que cuando el coronel Aguirre, que está en San Juan de Pie del Puerto, dé el aviso, intente arrastrar a todos los sargentos y soldados de influencia del 5.º de Navarra para que se subleven. Iturri el posadero será el encargado de enviar a Bertache el dinero que se necesite.

—Bueno —dijo Gabriela—. Pasado mañana estoy aquí.

Al mismo tiempo que a Bertache se envió dinero a García Orejón, a Zabala y a otros para que provocaran la insubordinación de los batallones navarros.

A los tres días Gabriela volvió. Se había visto con Bertache en Elizondo y este necesitaba instrucciones, porque según él los acontecimientos se precipitaban.

Gabriela dio nuevos informes a don Eugenio. Bertache y la mayoría de los oficiales y sargentos del 5.º de Navarra estaban repuestos del espanto producido por las primeras medidas de Maroto. Se hallaban dispuestos a entablar la lucha contra el general francamente.

Respecto a García Orejón, perseguido por Maroto, se había refugiado en el pueblo de Gabriela en el Roncal.

—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó don Eugenio a la Roncalesa.

—Voy a volver.

—Bueno, pues diles a Bertache y a los demás que se sabe positivamente que Maroto está ya en tratos con los cristinos.

—¿Sí?

—Sí, su plan consiste en entregar a don Carlos y a la familia real al general Espartero que fue compañero suyo.

—Mejor sería que escribiese usted todo eso.

Aviraneta lo escribió. Les inducía a los oficiales a desacreditar a Maroto por todos los medios y a trabajar en ganar los sargentos y en ponerse a la defensiva. Aviraneta explicaba lo ocurrido y lo que iba a ocurrir y como los antiguos avisos suyos se cumplieron, los nuevos se consideraron como indudables. Al parecer, los oficiales y sargentos, al saber las noticias, manifestaron gran indignación contra Maroto y se prepararon a defenderse.

Gabriela volvió del campo carlista rápidamente con recado verbal de Bertache. El oficial del 5.º de Navarra pensaba que don Eugenio había adivinado desde hacía tiempo los planes ocultos de Maroto: todos los jefes y oficiales de los batallones navarros ya alarmados por los fusilamientos de Estella y la expulsión de los personajes del Cuartel Real, se veían amenazados por un desastre y estaban dispuestos a intentar algo contra Maroto, más les faltaba dirección y jefe.

Bertache esperaba que Aviraneta le indicase inmediatamente qué debían hacer. Unos días después Aviraneta tuvo una conferencia en Bayona con Duffeau, el secretario de Maroto, y por él supo que Espartero y Maroto estaban en negociaciones para hacer la paz.

¿En qué condiciones? ¿Sobre qué bases? Eso es lo que no pudo adivinar.

Duffeau era un jefe de batallón francés. En otoño de 1838 se presentó en el cuartel general de Maroto, a donde llegó sin recomendaciones y sin dinero.

Maroto, brusco con los extranjeros, se negó varias veces a verle; pero al fin le vio, conferenció con él y le hizo su secretario particular.

Duffeau se puso en relación con el intendente Arizaga, hombre listo, corrido y cínico y entre los dos empujaron a Maroto hacia el convenio.

III

ROSA, DOLORES Y MANÓN

Alvarito fue a visitar a Rosa y a Madama Lissagaray, y les preguntó por Manón. Le contestaron ellas con indiferencia. Estaba en París, escribía muy poco a su abuelo, y, por lo que se decía, frecuentaba la alta sociedad. ¿Sus señas? No las sabían o no las querían decir.

Si refiriéndose a Manón se mostraron madre e hija indiferentes, en cambio con Álvaro estuvieron muy amables. Todos los arrumacos, todas las amabilidades de Rosa y de su madre no podían conseguir que Alvarito olvidase a la nieta de Chipiteguy.

Rosa se ruborizó con mucha frecuencia al hablar con el muchacho. No parecía sino que había pasado algo entre los dos desde que no se veían.

Dolores llamó la atención a su hermano sobre ello.

—Rosa está muy interesada por ti —le dijo.

Alvarito oyó la observación con indiferencia.

Otros días fue Álvaro a visitar a Rosa y a Madama Lissagaray con la esperanza de encontrar noticias de la parisiense.

Dolores intervenía con habilidad impidiendo que se mentara a Manón y al mismo tiempo intentaba que su hermano tomara actitud más apasionada con Rosa.

Unos días después, Dolores dijo que entre Madama Lissagaray y ella habían pensado si Alvarito podría ir de dependiente o de encargado al bazar El Paraíso Terrenal. Álvaro no tenía ocupación en casa de Chipiteguy.

Álvaro contestó que lo consultaría con el trapero. Al viejo le pareció la idea muy bien.

—Trabaja si quieres en el bazar —le dijo—, pero ven a comer y a cenar conmigo. El cuarto seguirá también siendo tuyo en esta casa.

Alvarito estaba encariñado con la casa del Reducto. Le parecía suya, por guardar para él los más bellos recuerdos de su vida.

El despacho de El Paraíso Terrenal, a donde fue a trabajar días después, era mucho más limpio y arreglado que el de Chipiteguy.

Alvarito desconocía la teneduría de libros, pero según Madama de Lissagaray esto no importaba gran cosa. Ellas necesitaban principalmente un hombre de confianza.

Mientras trabajaba llevando las cuentas en El Paraíso Terrenal, Álvaro soñaba con Manón, su compañera de aventuras. El viaje hecho a través de Navarra, tomaba en su imaginación proporciones de algo lejano admirable y maravilloso. Aquella estancia en Abárzuza, papá Lacour con su mujer, la Prudenschi, Ollarra, el Ratón. ¡Qué tipos!

Muchas veces Rosa le estudiaba con mirada fija y al verle absorto, dedicado al trabajo maquinal y con el alma ausente, hacía una mueca de tristeza.

Por entonces Dolores recibió dinero de París. Se lo enviaba, según decía en la carta, una señora española para que pusiera un taller por su cuenta. Alvarito pensó si sería Manón.

Dolores alquiló una tienda pequeña en la calle Mayou y para adornarla Alvarito pidió a Chipiteguy dos bustos de cera, el de la Española y el de la Dama Bonita, que colocaron cubiertos de bordados, en el escaparate.

Algún tiempo después, Alvarito, con el corazón destrozado, supo que Manón se iba a casar en París con el vizconde de Saint Paul.

La andre Mari le dijo que debía olvidar a su sobrina.

—Manón se casa por ser vizcondesa y por figurar. Olvídala.

—No es eso siempre fácil.

—Pues haz un esfuerzo. Manón es una mujer sin sentimientos. Tú debías casarte con Rosa.

El viejo Chipiteguy decía lo mismo.

—Tú debías de casarte con Rosita.

Álvaro le oía siempre con tristeza.

En su pequeño círculo todo el mundo iba viviendo bien y mejorando un poco, menos Chipiteguy y Alvarito, los dos unidos por su entusiasmo por Manón.

El viejo a fuerza de cariño por su nieta no había querido que viniera a Bayona antes de su boda y pensaba satisfecho que brillaba en París, aunque el tenerla lejos le entristecía.

Alvarito se encontraba siempre mal.

Algunas veces que el viejo habló de Manón él le preguntó:

—¿Dónde está ahora?

—¿Para qué quieres saberlo? Nos ha olvidado, olvidémosle nosotros a ella.

—¿Por qué se queja usted? —le preguntó una vez con rudeza Alvarito—. ¿No ha sido usted mismo el que la ha mandado que no se acuerde de usted y que no le escriba?

—Yo le he recomendado eso, es verdad, porque era su conveniencia —contestó humildemente Chipiteguy—. ¿Pero tú hubieras hecho eso aunque te lo recomendaran? No; yo por su bien he cortado nuestras relaciones para que no le reprochen sus nuevos amigos que es la nieta de un trapero. En ella estaba no seguir el consejo tan al pie de la letra. ¡Qué se va hacer! Es ingrata. Es dura de corazón.

—Pero, usted, la llamará alguna vez.

—No, no la llamaré, aunque me esté muriendo en mi rincón. No la llamaré. Le he dado todo, pero no quiero nada de ella. Todas son así, Alvarito, igualmente egoístas, vanidosas y volubles. No tienen corazón. Frialdad, orgullo, coquetería, deseo de lucir y triunfar. Nada más. Ha sido para ti una suerte no casarte con ella. Te hubiera hecho desgraciado.

—Triste suerte —pensaba Alvarito.

Una noche soñó que se hallaba en el entresuelo de El Paraíso Terrenal, en la parte del bazar llena de juguetes. Estaba arreglando las muñecas con sus ojos azules, metidas muy alegres en sus ataúdes de cartón; los polichinelas, con sus trajes multicolores y sus platillos; los conejos blancos, que tocan el tambor; los caballos fogosos, con sus crines de estopa y sus ojos brillantes; los soldados de plomo y las arcas de Noé, cuando de pronto un barco de marfil que colgaba del techo se movió y comenzó a navegar por el aire. En el barco iban unas muñequitas de porcelana, muy bonitas y adornadas. Manón, Rosa, Morguy y su hermana. Todas, al pasar, le saludaban amablemente; pero en una de las vueltas, al deslizarse el barco por delante de su ojos, Manón había desaparecido. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había ocultado? Entonces a él no se le ocurría más que recitar el romance del marqués de Mantua:

¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa o desleal.

IV

LAS PREOCUPACIONES DE CHIPITEGUY

El viejo Chipiteguy iba sintiendo remordimientos de no haber tenido en cuenta el entusiasmo de Alvarito por su nieta y quería sincerarse con él, repetirle que con Manón hubiera sido desgraciado, porque era ingrata, voluble y olvidadiza.

Álvaro la mayoría de las veces no contestaba pensando en sí mismo y en su vida aniquilada. Comprendía que no había esperanza para él. Quizá hombres de naturaleza más exuberante podían poseer almas más propicias para el entusiasmo amoroso y después de uno, vivir con otro; pero él comprendía que toda su fuerza espiritual, toda su capacidad de ilusión, la había puesto en la nieta de Chipiteguy y que ya no volvería a sentir otro entusiasmo parecido.

¿Qué iba hacer él ya, en la vida? No tenía esperanza alguna. Ya no podía aspirar más que a la tranquilidad, al reposo, a vivir sin angustia.

La melancolía ahogaba el resentimiento en Alvarito, la tristeza le impedía tener rencor, no así en el viejo que uniendo odio y cariño por Manón, insistentemente se mortificaba y ensanchaba su herida; deseaba hablar de su nieta, tan pronto bien y tan pronto mal.

Cuando Chipiteguy no hablaba de Manón, volvía a sus manías que por momentos iban aumentando.

Decía a cada paso que la gente sospechosa rondaba la casa del Reducto.

Una noche, Alvarito creyó ver a Frechón muy tapado, con gabán y bufanda en el puente de barcas del Adour y luego en la plaza del Reducto mirando la casa de Chipiteguy como si la estudiara.

—¿Estás seguro de que era él? —preguntó el viejo, cuando contó Álvaro lo que había visto.

—No del todo seguro, porque era de noche. Si otra vez le veo, ¿qué hago? ¿Le denuncio?

—No, aumentaremos la vigilancia.

Chipiteguy mandó poner barras de hierro en puertas y ventanas y dio nuevas instrucciones a Quintín y a Castegnaux.

Unos días después les despertó, por la mañana, un gran alboroto.

—¿Qué hay, qué pasa? —gritó Chipiteguy espantado.

No pasaba nada. Era Abadejo, el loco de la vecindad, que, después de reunir todas las latas y botes de conservas encontrados en la calle y de atarlos con cuerdas, corría gritando furiosamente, haciéndose la ilusión de que llevaba un tropel de caballos.

Otra vez el susto se lo dieron a Chipiteguy varios chiquillos de la vecindad, que pasaron al anochecer dando aldabonazos en las casas.

V

PROYECTO DE NUEVO VIAJE

Alvarito pasó así, triste, ensimismado y deprimido, varios meses. Su malhumor habitual, su aburrimiento le impedían el gusto por todo.

A medida que se mostraba menos amable, los demás le trataban mejor. Tenía una tristeza melancólica, inquieta y sin calma. Lo único agradable para él era leer. Pedro D’Arthez le prestaba libros y él se los tragaba. La literatura, y sobre todo la historia, le entretenían mucho.

Sus ideas iban cambiando y comprendía que las absolutas verdades de antes podían muy bien no ser ciertas o llegar a lo más a verdades pasajeras. El carlismo suyo, herencia de su padre, descompuesto y evaporado, le parecía una de tantas cosas con mucha fachada y por dentro vacías.

Al comienzo de la primavera, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza recibió una carta de España. Acababa de morir el padre de su mujer, abuelo materno de Alvarito, en Cañete. Debía haber dejado alguna herencia. ¿Cuánto? No se sabía.

—¿No te parece que sería conveniente que Álvaro fuese allá? —preguntó don Francisco a su mujer.

—Sí, sí; pero aquello debe estar muy mal y no creo que tenga que cobrarse gran cosa.

—Tú has dicho muchas veces que tu hermano Jerónimo estaba rico y hasta que había encontrado un tesoro.

—Sí, eso se contaba en el pueblo; pero yo no sé la verdad que hay en ello.

—Decías también que había alquilado un castillo.

—Sí, sí, todo eso es cierto; pero yo no sé si esa fortuna de Jerónimo es de verdad o es pura fantasía.

—Algo habrá, cuando se habla de ello.

—Es posible; pero yo no quiero que Alvarito se exponga inútilmente y pierda el empleo que tiene en casa de Madama Lissagaray. Todo aquel país debe de estar muy mal con la guerra.

—¡Bah, por allí no ocurre nada! Cree que más peligros que los que ha pasado en Navarra no se le presentarán.

—Sí, es cierto; pero no siempre se sale bien de los peligros.

Sánchez de Mendoza preguntó a su hijo qué le parecía el proyecto de ir a Cañete.

—Bien, muy bien —contestó con indiferencia Álvaro.

Al muchacho no le disgustaba la perspectiva de otro viaje aventurero. Sin datos fehacientes no creía gran cosa en la fortuna de su tío Jerónimo. Le había nacido cierta desconfianza por las grandezas de la familia.

Don Francisco Xavier habló a Madama Lissagaray y ella dijo que esperaría a Álvaro el tiempo necesario y le reservaría el empleo.

Madama Lissagaray notaba que su hija, muy interesada con Alvarito, no era correspondida; que este seguía pensando constantemente en Manón. Un viaje largo, y hasta un tanto peligroso, convenía a Alvarito y también a su hija.

Que el muchacho volvía con la misma pasión, o que no volvía, ella haría lo posible para que Rosa olvidara sus amores con la ausencia. Si volvía curado, la cuestión se hallaba resuelta.

Chipiteguy dijo a don Francisco Xavier que a Alvarito le convendría un viaje largo, pues le creía enamorado como un loco de su nieta Manón, que los había trastornado a todos.

Chipiteguy dio a Alvarito mil pesetas para el viaje; Álvaro comenzó sus preparativos; su madre le hizo grandes recomendaciones para que no se expusiera y para cuando viera en Cañete a su hermano Jerónimo. Su padre le dijo que debía acercarse a su casa de Iniesta, cerca de Minglanilla.

—No es una gran casa —advirtió el hidalgo—, quizá a ti no te guste, pero yo tengo la idea de que no está mal. Es una casa de pueblo, naturalmente.

El buen hidalgo, ensalzador de los esplendores de su casa solariega, cuando nadie podía verla, en el momento que su hijo pensaba visitarla, iba quitando hierro y encontrándola sin grandes méritos.

Alvarito compró el mapa de España en una librería y días después se dispuso a salir.

Comprendió por instinto que el andar, el deambular, el dejar de ver el sitio de sus amores, le curaría seguramente de sus penas. ¡Adelante y con valor!, se dijo a sí mismo.

¡Vengan lluvias, nieves, tormentas y temporales! ¡Venga un buen catarro o una buena fiebre! ¡Venga el peligro de una emboscada! Eso me curará definitivamente de mis melancolías.

¡A digerir la tristeza, a seguir el camino más largo!

Esta idea no le impacientaba, sino que le agradaba.

QUINTA PARTE

RASTROS DE LA GUERRA

I

UN DOMINGO DE CARNAVAL EN VITORIA

El mayoral iba gritando:

—¡Coronela! ¡Coronela!... ¡Ya, ya!...

La diligencia, con su cochero y sus zagales, marchaba por las llanuras de Álava, arrastrada por siete mulas, con sus cascabeles correspondientes. Alvarito contemplaba desde la ventanilla la tierra alavesa, con sus montañas grises y redondas y sus valles anchos, con su aire hidalguesco y guerrero. Aquellas explanadas le parecían un escenario natural para batallas. Al contemplar el país pensaba si en esta cañada o en aquel barranco habría tropas en acecho.

Así como Álava es tierra clásica para la guerra de batallas campales, la Navarra de la montaña es más para la guerrilla, para el corso, y Guipúzcoa para la partida.

La diligencia marchaba llena de bote en bote.