Part 17
—Yo al menos he vivido con entusiasmo ideas nobles, que serán las del porvenir; he peleado con el Empecinado, que valía más que usted, al menos como hombre, porque tenía más corazón y más alma. Sí, he peleado con el Empecinado a quien asesinaron los amigos de usted de una manera miserable, he acompañado a Lord Byron en Grecia. Ahora peleo por la libertad.
—¡Gran mérito!
—Para mí, grandísimo.
—Como militar has fracasado, Eugenio.
—Sí; es verdad. Entre nosotros los liberales y entre ustedes ha habido siempre un ambiente de intrigas y de zancadillas, en el cual una persona digna no podía vivir ni prosperar.
—En otro país hubieras avanzado más.
—Seguramente.
—¿Ves? Eres enemigo de España.
—No.
—Sí, eres enemigo de España, indisciplinado y soberbio. Todos los vascos os creéis que no necesitáis para nada de los demás. Os bastan vuestros fueros, no queréis ni rey ni Roque.
—Se puede vivir con república.
—No me importa que seas republicano, lo que no acepto es tu antiespañolismo.
—¿Yo antiespañol?
—Sí. Recuerda en la guerra de la Independencia. Tú querías hacer la guerra de distinta manera que los campesinos: querías lucirte, hacer el faraute, tener conferencias con los franceses. Yo, no; yo quería lo que quería el pueblo, porque soy más demócrata que tú.
—En ese sentido no digo que no.
—En todos.
Los dos hombres estuvieron un momento callados, contemplándose atentamente. Sánchez Mendoza los miraba desde su escondrijo presa del mayor asombro. Las palabras de Aviraneta le tenían trastornado.
—Has de reconocer que en la guerra he marchado más lejos que tú —dijo Merino.
—No lo dudo. Ha sido usted un buen militar; el grado de general se lo ha ganado usted con sus puños.
—¿Lo reconoces?
—¿Cómo no reconocerlo? Pero ha puesto usted todas sus condiciones en una mala causa. Dentro de cien años, España será liberal, todo lo liberal que pueda ser España. Quedará lejanamente el nombre de Mina, del Empecinado, de Espartero, de Zurbano..., del cura Merino, ¿quién se acordará? Nadie.
—Es verdad. Nadie se acuerda de los vencidos.
—De algunos, sí.
—Somos enemigos irreconciliables, Eugenio, y, sin embargo...
—Ese mismo sin embargo digo yo.
—¡Adiós, Eugenio!
—¡Adiós, don Jerónimo!
Ninguno de los dos se alargó la mano, pero los dos se pusieron de pie, rígidos, duros, implacables. Aquellos dos pajarracos siniestros se contemplaron un momento pensativos. Don Francisco Xavier los miraba con una estupefacción creciente. Alvarito quizá hubiera pensado que tanto el uno como el otro eran muy dignas figuras de aparecer en la Nave de los Locos. Después de un momento de silencio Merino tomó la palabra.
—Ya, probablemente, no nos volveremos a ver; le queda a uno poco que vivir.
—Todavía está usted bien.
—No. Esto va para abajo. No tengo miedo a la muerte.
—Ya lo sé.
—¡Adiós!
—¡Adiós!
El cura Merino salió del comedor; Aviraneta dio un paseo cabizbajo y se marchó a su habitación.
Sánchez Mendoza se levantó e hizo delante de un espejo varios gestos de asombro.
El cura Merino salía al día siguiente de Bayona hacia su destierro de Alenzón, donde murió tres años después.
Todas aquellas historias le interesaban a Alvarito; pero, naturalmente, le hubiera interesado mucho más que le proporcionaran algunas noticias de Manón. Ni Dolores ni Rosa en sus cartas mentaban a la nieta de Chipiteguy. Parecía como si hubiera desaparecido del planeta.
SÉPTIMA PARTE
LOCOS Y CUERDOS
I
EL PEINADO
La dueña de la fonda de Molina y don Juan Juvenal, el cura, le recomendaron a un arriero. El arriero iba a Albarracín. Se llamaba Antonio Gómez, el Peinado.
—El Peinado no es hombre simpático —advirtió el cura a Alvarito—; es un manchego muy pagado de sí mismo, pero hombre de confianza. Eso sí, muy pedante. Le dirá a usted que la _diferiencia_ que hay entre una cosa y otra es grande y si usted le dice que sí, que efectivamente, que la diferencia es grande, él le corregirá y volverá a decir _diferiencia_, para que usted se fije bien y tome nota. Le dirá también aptitud por actitud, ojepto por objeto, etcétera, etc.
A Alvarito esto no le importaba gran cosa; no iba a tratar con un arriero de asuntos gramaticales.
Llamaron al Peinado, Alvarito se entendió con él respecto al precio y al día siguiente salieron juntos.
El Peinado, hombre pequeño, moreno, de cara juanetuda, pelo negro entrecano, frente estrecha y color oscuro, usaba bigote grueso y patillas cortas. Muy sabihondo, muy redicho, de gran sentido práctico sanchopancesco y de gran seriedad, no reía nunca.
El Peinado se manifestaba muy puntilloso, con una idea de la honra exageradísima, muy mala opinión de las mujeres y no muy buena de los hombres. Tipo con alma de seminarista o de leguleyo, para él el refrán a tiempo o el juego de palabras oportuno, constituía una victoria. Los triunfos en la conversación envanecían al Peinado y los consideraba de gran importancia.
Era también el arriero el hombre de los distingos.
—¿Esto es así o no? —le preguntaban.
—Puede que sí y puede que no —contestaba él puntualizando y echándoselas de ingenioso.
—¿Pero es bueno o es malo?
—Según. Es bueno y malo. Es bueno en tal caso y malo en tal otro.
Todos aquellos distingos y sutilezas impacientaban e irritaban a Alvarito, que recordaba el buen sentido tranquilo de Chipiteguy.
El Peinado, muy partidario de los refranes, como el señor Blas, recordaba sobre todo con fruición los mal intencionados y crueles.
Al comenzar el viaje, hablaron Álvaro y el arriero manchego de la fonda de Molina, y el Peinado contó que la dueña estaba reñida con su hijo, y para explicar las disensiones de la familia, añadió:
—Ya se sabe que humo, gotera y mujer vocinglera, echan al hombre de su casa fuera.
El Peinado siempre hacía el comentario malévolo. Poco después de salir de Molina, al pasar por una encrucijada del camino, en el puente del río Gallo, al parecer lugar de mala fama, dijo con intención aviesa:
—Aquí, desde tiempo inmemorial, se asegura que suelen apostarse los ladrones.
—¡Bah!, no tengo miedo a los ladrones —saltó Alvarito—. Lo que me choca es que los arrieros que andan por estos caminos tengan siempre tanto miedo.
El Peinado protestó y dijo que él no conocía el miedo.
—Pues yo creía que estaba usted asustado —le replicó con sorna Alvarito.
—Se lo advertía a usted.
—¿Para qué? si se presentan ladrones en ese sitio es inútil advertirlo de antemano, a no ser que quisiera uno renunciar al viaje, y yo no pienso en ello.
El Peinado contempló a su compañero con sorpresa.
Alvarito, acostumbrado a viajar sin premura, se iba olvidando de todos sus asuntos y preocupaciones; ya apenas recordaba nada; Manón se le presentaba como una imagen borrosa; lo próximo era la jornada del día, el comer, el cenar, el dormir...
Hablaron mucho el Peinado y Álvaro. El arriero, además de su tendencia conceptuosa, manifestó un espíritu agresivo en coplas contra los pueblos. Al hablar de las mujeres de Molina, el Peinado cantó:
Carlistas las de Molina, las de Sigüenza valientes, bonitas las de Brihuega, y p... las de Cifuentes.
Estas chicas de Cifuentes, aunque probablemente sin más culpa que las de otros pueblos, tenían mala fama y en otra relación del Peinado, Alvarito le oyó decir:
No compres mula en Tendilla, ni en Brihuega compres paño, ni te cases en Cifuentes, ni amistes en Marchamalo. La mula te saldrá falsa, el paño te saldrá malo, la mujer te saldrá p... y hasta el amigo contrario.
El Peinado advirtió con malicia que los de Cifuentes, en vez de decir: Ni te cases en Cifuentes, decían: Ni te cases en Sigüenza.
Verdaderamente, la hidalguía castellana andaba muy por los suelos en estos dichos.
Todavía el Peinado recitó otra relación desacreditadora, que decía así:
En Sayatón, en cada casa un ladrón; en casa del alcalde, los hijos y el padre; en casa del alguacil, hasta el candil.
Musa, tan fríamente agresiva, no era muy del gusto de Alvarito, quien ante todo deseaba el sentimiento poético y popular o si no la alegría un poco loca y estruendosa.
II
LOS GUERRILLEROS DE PALILLOS
Orihuela del Tremedal es un pueblo blanco, con aire andaluz o valenciano, con bastantes calles y la plaza con una fuente en medio.
En un cerro próximo se alza un famoso santuario, quemado por los franceses en tiempo de la guerra de la Independencia. Los tremedales o tembladeras son lugares cenagosos de turbas que tiemblan y engañan, pues parecen firmes y en ellos puede desaparecer a veces hasta un hombre a caballo.
Poco antes de llegar a Orihuela, Alvarito y el Peinado vieron en el camino un hombre y una mujer, los dos de negro; él, andando a pie con una guitarra cruzada en la espalda, y ella, montada en un borrico. Tenían un poco el aspecto de las figuras clásicas de la huida a Egipto.
En vez de niño, la vieja llevaba un saco negro en los brazos.
Al acercarse a ellos, Alvarito y el Peinado, el hombre les pidió una limosna. Era ciego, de aire trágico y terrible, la cara llena de cicatrices, el aspecto enfermizo y un pañuelo atado con cuatro nudos a la cabeza.
La vieja, vestida de negro, arrugada y seca como un sarmiento, miraba con sus ojos brillantes como dos azabaches.
Alvarito dio al ciego una moneda de cobre, siguieron marchando y llegaron a Orihuela. La posada de Orihuela era grande, encalada, con zaguán ancho, seguido de un pasillo y puertas azules. El Peinado conocía a la posadera; la encargó la comida y se fue a dar de comer a sus mulas a la cuadra. Entre tanto, Alvarito anduvo por la posada y bajó al zaguán.
Al poco rato apareció el ciego del camino con la vieja. Llevó ella el borrico a la cuadra, el hombre dejó la guitarra en un rincón, se sentó en un arca del zaguán e hizo rápidamente su tocado. Se quitó el pañuelo de la cabeza, se puso chaqueta nueva, se caló un sombrero de zaranda, alto, ya destrozado y comenzó a picar tabaco con un cuchillo.
Alvarito le observó: era hombre flaco, esquelético, amojamado, la cara atezada, negruzca, un ojo turbio y el otro como una cicatriz; patillas entrecanas; el pelo gris, fuerte y lustroso. Hablaba de manera muy insinuante, vestía traje negro, raído, pantalones cortos y alpargatas.
Emanaba algo extraño aquel tipo y Alvarito preguntó a la posadera:
—¿Quién es este hombre?
—Es un hombre que canta y toca la guitarra. Además es saludador.
—¿Saludador? No sé lo que es eso.
—Los saludadores curan las enfermedades de las caballerías y de las personas con oraciones y con ensalmos.
—No lo sabía. Es un tipo raro.
—Antes ha sido guerrillero con Orejita y Palillos.
Alvarito contempló al saludador carlista con gran curiosidad. Se acercó a él y le dijo:
—Eh, buen amigo, ¿quiere usted tomar algo?
—Si me convida usted...
—Sí, le convido; ¿qué quiere usted tomar?
—Tomaré pan y vino y un poco de queso.
—Muy bien. Me han dicho que es usted saludador.
—Eso dicen; ¿y usted es de aquí?
—No, señor; yo vengo de camino.
—¿De dónde viene usted, si se puede saber?
—Vengo de Francia.
—De Francia; ¡qué lejos!
—Sí; ¿usted ha sido guerrillero?
—Sí, señor; yo he sido soldado de Palillos.
—¿Palillos, dice usted? —exclamó Alvarito—. No he oído hablar nunca de él.
—¿No ha oído hablar de Palillos?
—No.
El ciego saludador comenzó a comer el queso y el pan que le trajo la posadera, cortándolos con una navaja en pedazos pequeños.
—Pues Palillos ha sido muy famoso —dijo el ciego—. Palillos padre, don Vicente Rugero, era un viejo muy ladino; tenía una partida muy bien organizada y muy militar. Ya lo creo. Y no piense usted que era fácil entrar en ella.
—¿No?
—No. Para entrar en la partida se necesitaban muchas condiciones. Había que tener menos de treinta años, ser fuerte, buen caballista, estar acostumbrado a la vida del campo y no tener parientes ni amigos entre los cristinos.
—¿Y usted, qué edad tiene?
—Yo, treinta y siete. Parezco más viejo, ¿verdad?
—Sí.
—Las desgracias.
—¿Y los jefes también tenían que ser tan jóvenes?
—No; los jefes podían ser más viejos. Al que entraba en la partida se le hacían muchas preguntas y luego se iba a comprobar lo que había dicho, y si algo no resultaba cierto, no se le admitía.
—¿Y tenían ustedes paga?
—Sí.
—¿Llevaban ustedes uniforme?
—Todos íbamos igual. Se llevaba calañés alto, de pana o de terciopelo negro, adornado con algunas carreras de botones; medallas, cintas rizadas y un plumerito negro. La mayor parte usaba patillas. Se vestía marsellés corto, guarnecido de cinco botonaduras de monedas de plata, pesetas o reales columnarios. Algunos jefes lucían doblillas de oro y, en vez del calañés, boina blanca o sombrero redondo con funda de hule. Se gastaba calzón corto, de pana o de terciopelo negro; ancha faja para el puñal y los cachorrillos; polainas de cuero y zapatos de una pieza. En el arzón del caballo se ponían las pistolas y el trabuco.
El saludador explicó a Alvarito las acciones en que tomó parte, casi todas ellas en la Mancha. Ninguna pasaba de ser una requisa como de carabineros. Si encontraban un enemigo fuerte para medirse con ellos, huían rápidamente.
—Cuando Palillos se proponía sacar contribuciones en una comarca, dividía su caballería en partidas de treinta a cuarenta hombres —siguió diciendo el ciego—; ocupaban todos los lugares en un espacio de seis a ocho leguas cuadradas. Cada paisano debía suministrar todo lo necesario para un jinete y un caballo. Los pueblos se veían obligados a entregar a Palillos la misma contribución que pagaban al gobierno de la Reina. Entrábamos nosotros en un lugar, y lo primero, para que nadie tocase a rebato y diera señal de alarma, nos apoderábamos de la torre de la iglesia y poníamos en el campanario un centinela. El centinela observaba cuanto pasaba a larga distancia y si veía algo tocaba la campana, y según las campanadas nos entendíamos. Era como la línea de telégrafo de señales del Gobierno. Así, don Vicente Rugero sabía con rapidez si aparecía el enemigo y por dónde. La mayoría de las partidas tenían jefes propios, que no se ponían de acuerdo más que para cobrar las contribuciones.
—¿Y eran famosos estos jefes?
—Entre nosotros, sí; a todos ellos los conocíamos por sus apodos. Teníamos a Palillos, Orejita, Parra, La Diosa, Chaleco, El Rubio, El Presentado, Cipriano, El Veneno, El Arcipreste, Matalauva, Escarpizo, Peco, El Perfecto, Manolo el Pare Pare, El Apañado, El Feo de Buendía, Perdiz, Cuentacuentos, El Curita de Bujalance, El Mantequilla, El Barba, Cuatrocuartos, Calero, El Bombi, Sin Penas y otros. Se vivía sobre el país, y cuando una comarca no podía dar lo suficiente para alimentarnos, íbamos a otra.
—¿Y estaban ustedes bien avenidos unos con otros?
—No. Yo solo tenía un poco de confianza en el Manquillo, que estaba conmigo a las órdenes del capitán Calero, porque el Manquillo era un hombre que, como yo, hacía su agosto por si venían los tiempos malos.
—¿Así que no había muchas amistades entre los guerrilleros?
—Pocas. Abundaban los granujas y los perdularios, que hacían daño sin aprovecharse nada. El Manquillo, no.
—¿Ese, era algún manco?
—Sí. Al Manquillo le faltaba la mano derecha y tenía para sustituirla un gancho de acero en la muñeca cortada, que parecía un colmillo de jabalí y que lo manejaba con gran habilidad. El Manquillo era capaz de saquear una casa en cinco minutos.
—¿Y qué le pasó a usted para quedarse como está? ¿Fue en alguna batalla?
—No; la cosa es un poco larga de contar.
—Si no tiene usted nada que hacer, cuéntela usted. Mi compañero de viaje no viene y nuestra comida no debe estar arreglada.
—Bueno; entonces que me traigan otro poco de queso y de pan y un vaso de vino.
El saludador comenzó a comer despacio y a beber el vino a sorbos, y luego empezó así su narración:
—Como le he dicho a usted, he sido yo siempre muy arreglado y amigo del ahorro, y como comprendía que la guerra no había de durar siempre, guardaba mis dineros para la vejez. Tenía una casa en Pinarejo, en la Mancha, que me costaba muy poco, y había llevado allí a mi madre, a mi mujer y a una sobrina suya, moza muy guapa, la Teodora. Mi mujer estaba muy enferma, tísica, desde hacía algunos años, y el cirujano decía que no tenía cura. Los vecinos contaban que yo me entendía con la Teodora, mi sobrina; pero no era verdad. Ahora, si mi mujer se hubiera muerto, yo me hubiera casado con ella. ¿Usted no tendrá un cigarro?
Alvarito le dio un cigarro al ex guerrillero, quien lo encendió despacio, y, después de unas chupadas, siguió así:
—Yo no hablaba a nadie de la partida de mi casa de Pinarejo, ni de la gente de mi familia. No sé cómo, pero el Papaceite, Perdiz y el Cuentacuentos averiguaron dónde yo tenía la casa y hasta que guardaba dinero. Aquellos hombres me tenían a mí rencor porque veían que no gastaba locamente como ellos.
Estos contaron al capitán Calero, a quien llamábamos Calerito, lo que ocurría.
Calero empieza a rondar mi casa, habla con la Teodora, se entiende con ella y un día se lleva el saquito de monedas de oro, que yo había guardado a costa de tanto esfuerzo, y a la chica.
—¿Y se casó con ella? —preguntó Álvaro.
—No; el capitán Calero estaba casado; pero era hombre joven, buen mozo y la engañó y trastornó a la sobrina de mi mujer. Le dijo que yo era un avaro, un roñoso, que mientras los demás gastaban con los compañeros, yo ahorraba como un miserable, y la convenció para que entre los dos cogieran mis ahorros y se los gastaran alegremente.
Supe que hubo francachelas en que tiraron el dinero y después la Teodora y el capitán fueron a vivir a una casa de Santa María de los Llanos.
La primera vez que me encontré a solas con Calero, le dije:
—Devuelva usted ese dinero.
—Es tan tuyo como mío —me contestó él—; además, que ya nos lo hemos gastado alegremente.
—Devuélvame usted lo que queda, porque si no, lo vamos a pasar mal.
—Lo pasarás mal tú —contestó él.
Entonces yo le agarré del brazo y él se separó y me dio un golpe con el mango de la pistola en la cabeza. No le maté porque había gente delante.
Fui a mi casa de Pinarejo y le dije a mi mujer lo que pasaba. Ella, celosa, replicó que yo quería vengarme porque estaba enamorado de la Teodora. Le contesté que no. Ella me replicó que pasara la noche con ella.
Todas las horas de aquella noche las pasé desvelado y pensando.
Por la mañana, al despertar, miré a mi mujer; había tenido un vómito de sangre y estaba muerta.
Me levanté, cogí el trabuco y lo cargué con balas cortadas y con bolas de cera.
—¿Y con bolas de cera para qué? —preguntó Alvarito.
—Dicen que al que se le tira así, arde. Después arreglé mi caballo y salí camino de Santa María de los Llanos.
Busqué la casa del capitán Calero, llamé en ella y encontré a mi sobrina; la dije lo que tenía que decir y pregunté por el capitán.
—No está —me contestó ella.
—¡Bah!, me han dicho que sí. Dime dónde está, porque tengo que hablar con él.
—Registre usted la casa, si quiere, y verá usted cómo no está —replicó ella.
Recorrí toda la casa, con mi trabuco en la mano, hasta llegar a una alcoba, cerrada con una puerta ligera.
—¿No hay nadie aquí? —pregunté.
—No.
—¿Lo juras?
—Sí.
Cogí mi trabuco y disparé sobre la puerta. La puerta se abrió y apareció el capitán, malherido, echando sangre.
—Me has matado —dijo—; ¡toma! —y me disparó a boca de jarro su trabuco. Me llevaron al hospital de Quintanar de la Orden y allí pasé más de dos meses.
—¿Y Calero? —preguntó Alvarito.
—Se murió.
—¿Y de la sobrina, qué fue?
—No sé; escapó, anda haciendo mala vida por ahí. Ya ve usted; yo, que tenía la vejez asegurada. Es el sino de las personas.
No había en el ex guerrillero ni asomo de remordimiento ni idea de que podía haber obrado mal.
III
EL OFICIO DE SALUDADOR
El guerrillero, con un sentido práctico de manchego cuco, al salir del hospital, casi ciego, y no pudiendo practicar ningún oficio, se echó al camino a tocar la guitarra y luego se hizo saludador. Tenía varios ensalmos para sanar las vacas y el ganado. A las personas las curaba con agua; pero él no daba ni el agua siquiera, porque sabía que dando el agua los médicos podían denunciarle.
El saludador no creía absolutamente en nada de sus prácticas misteriosas; pero consideraba que, así como de guerrillero robó lo posible, como saludador debía engañar a toda persona cándida para creer en sus embustes.
Aquel hombre no sentía la tendencia natural y espontánea del campesino, de dar a las cosas una explicación sobrenatural y mística. El ex guerrillero consideraba todo en la vida natural justificado y determinado, y si engañaba a los demás, lo hacía a sabiendas.
—¿Pero usted cree que puede curar con sus oraciones? —le preguntó Alvarito.
—La fe es lo que salva —contestó aquel hombre que no creía en nada.
—¿Y cómo ha comprendido usted su virtud de saludador? —le volvió a preguntar Alvarito.
—Porque me lo han dicho.
—¿Y en qué lo han conocido?
—Me han asegurado que yo soy de los pocos que tienen la rueda de Santa Catalina en el paladar.
—¿Y qué es la rueda de Santa Catalina?
El ex guerrillero no contestó a este punto; luego dijo:
—Algunas gentes comprenden quienes son saludadores y quienes no.
—¿Cómo?
—No sé. Yo dicen que sirvo para saludador. Mi abuelo fue zahorí, y con la vara de avellano, terminada en una horquilla, indicaba dónde se debía cavar para encontrar agua, o minerales ricos, debajo de la tierra.
—¿Y cómo sabía eso?
—Porque las dos ramas de la horquilla se torcían cuando la vara se encontraba cerca del agua o del mineral.
—¿Y usted lo vio?
—Yo, no señor.
—¿Y usted no sirve para zahorí?
—Yo, no.
—¿Y, en cambio, sirve usted para saludador?
—Eso dicen: que tengo mucha virtud.
—¿Y qué hace usted? ¿Cómo cura usted el ganado?
—Unas veces, soplando; otras, recitando oraciones en latín.
—¿Usted las entiende?
—No; pero dicen que por eso no dejan de tener eficacia.
—¿Y usted cree que cura de verdad?
—Eso aseguran. ¿Usted dónde vive?
—Yo vivo en Francia, en Bayona.
—¡Hombre! ¡En Bayona! Yo he oído decir a uno de la partida que en Bayona se venden demonios familiares, metidos dentro de una caña, con los que se consigue lo que se quiere. ¿Será verdad?
—Yo no he oído nunca eso —contestó Alvarito.
—Yo lo he oído, pero no comprendo lo que pueda ser.
La madre del saludador se acercó a su hijo a decirle que le llamaban. La mujer no parecía mucho más vieja que él; era harapienta, escuálida, siniestra, de color amarillo oscuro. Sin duda colaboraba en los engaños de su hijo. ¡Qué par de figuras de cera y qué par de personajes para una Nave de los Locos!
Llegó el Peinado; Alvarito se separó del saludador y fue a comer al piso principal, en compañía del arriero, a un cuarto grande, blanqueado, con un friso de añil y vigas azules en el techo.
IV
EL TEJEDOR DE ALBARRACÍN
A la vuelta de un camino, Alvarito divisó Albarracín a lo lejos, sobre cerros blancos y amarillentos, en un cielo azul, tachonado de nubes como bloques de mármol.
Cuando Álvaro vio Albarracín desde larga distancia, le dio la impresión de que debía de ser ciudad importante y grande.