Part 6
—Yo te ayudaré a libertar a tu abuelo; y si lo tiene secuestrado Martín Trampa, mi futuro cuñado, le obligaré a que lo suelte.
—En Oyarzun nos han dicho que Martín esta en Echarri Aranaz.
—Es muy posible.
Al día siguiente salieron muy temprano, en compañía de Gabriela la Roncalesa; pasaron por Yanci y Aranaz, y por caminos de cabras, cubiertos de nieve, abordaron al caer de la tarde a la Venta Quemada, del puerto de Velate.
En el puerto y en los montes de alrededor, completamente nevados, las grandes hayas parecían forradas de plumones blancos.
Manón y Alvarito, no habituados a aquel ajetreo, llegaron a la venta rendidos, y decidieron, de común acuerdo, descansar todo el día siguiente. Gabriela, sin duda, acostumbrada a largas marchas, determinó salir por la mañana temprano, camino de Pamplona.
Alvarito se metió en la cama tan destrozado, que no pudo dormir en casi toda la noche. Le dolían los ojos del resplandor de la nieve. Al amanecer logró conciliar el sueño, un sueño pesado y profundo...
De pronto se encontró en un cuarto misterioso, rojo, con cortinones y unos espejos, en cuyo fondo, por arte de magia, corrían abismos acuáticos y se veían paisajes nevados llenos de árboles.
Se había despertado en una alcoba lujosa, sobre una cama mullida, llena de almohadones. Al mirar al balcón vio una sombra negra; luego que alguien rompía un cristal, abría y entraba dentro con una linterna sorda. ¿En dónde estaba? ¿Qué le había pasado?
De pronto notó el ruido de una respiración próxima, y, al mirar al suelo, vio una gran serpiente, que se enroscaba en sí misma, de una manera lenta. La serpiente, grande, pesada, estúpida, con barbas y ojos tristes, más que miedo le producía asco y ganas de matarla a puntapiés.
Alvarito se tiró de la cama y arrancó un barrote con gran facilidad y lo levantó en el aire. La serpiente, al verlo, tomó aire compungido: se puso en dos pies, se inclinó humildemente, abrió la puerta de la alcoba y desapareció...
Alvarito, entonces, se despertó de verdad; vio el cuarto encalado y pobre de la venta del Puerto de Velate; la luz del día, nevado, entraba por la rendija de las contraventanas.
A Alvarito le costó bastante trabajo convencerse de que había soñado.
—Aquí no hay sillones, ni espejos, ni serpientes con barbas. ¿Quién podrá ser esta gran serpiente ridícula? —se preguntó después—. ¿A quién podía representar? Quizá a Sagaset, el sátiro de Sara; quizá a Malhombre o a Frechón. Al último no pudo presumir a quién podría simbolizar aquel gran ofidio cómico y lacrimoso.
SEGUNDA PARTE
MANIOBRAS DE AVIRANETA
I
NOTICIAS POLÍTICAS
Mientras Alvarito y Manón trotaban por los caminos de Navarra, don Eugenio de Aviraneta seguía en sus intrigas políticas.
En la primavera de 1839 supo don Eugenio que un comisionado del general Maroto en París, el coronel Madrazo, se hallaba en Burdeos. Madrazo, de acuerdo con Apponyi y los demás representantes de las potencias del Norte, se dirigía al Cuartel Real, con instrucciones de la Junta marotista del extranjero.
Aviraneta, sospechando la importancia del viaje de Madrazo, puso en movimiento a sus confidentes para averiguar la trama de los partidarios de Maroto.
Los marotistas pensaban exigir a don Carlos la abdicación a favor de su hijo mayor. Después de la abdicación propondrían el matrimonio del hijo de don Carlos con la hija de la reina Cristina, y si la reina o el pretendiente no aceptaban la combinación, amenazarían con proclamar la independencia de las cuatro provincias vascongadas, con un régimen fuerista-republicano-clerical, nombrando a Maroto presidente de la república de Vasconia, y haciendo ministros y consejeros a obispos y a curas y expulsando a don Carlos y a su familia del territorio Vasco Navarro.
Todo esto de acuerdo con Francia e Inglaterra, para lo cual se pedía el beneplácito de Luis Felipe y el de lord John Hay.
Era un proyecto parecido al que el senador Garat expuso a Napoleón, proponiéndole la independencia de las provincias vascongadas de más acá y de más allá de los Pirineos, denominando a toda Vasconia, Nueva Fenicia; a los departamentos franceses, Nueva Tiro, y a los españoles, Nueva Sidón. En aquel tiempo, sin duda, los vascos eran fenicios, como luego fueron celtas, iberos, ligures, berberiscos y mongoles, según el viento que corría en la etnografía y en la lingüística.
En el proyecto separatista de los amigos de Maroto andaban mezclados varios jefes importantes, vascongados; entre ellos, Cástor Andéchaga, Simón de la Torre, Alzaá, Bernardo Iturriaga, Iturbe y otros.
Las noticias alarmaron a don Eugenio. Algunos oficiales vasconavarros del incipiente partido separatista se presentaron a Maroto en Orozco, indicándole la separación, como la mejor solución para el país. Había que dar, según ellos, un puntapié definitivo al carlismo.
Naturalmente, a Maroto, la proposición no le hizo mucha gracia, no siendo vasco y sintiéndose patriota. No tenía, además, la seguridad de conservar su poder pasando de general en jefe a presidente.
Aviraneta pensó aprovecharse del momento para hacer abortar la tentativa separatista de los vascos, que él consideraba peligrosa, impidiendo que arraigara y tomara cuerpo.
Entre los carlistas se pensaba también formar un tercer grupo transaccionista con Marcó del Pont, el vizconde de Mataflorida, residente en París, y otros, partidarios de atraer a Cabrera a su bando. Andaba en la combinación Zea Bermúdez, que de absolutista ilustrado había pasado a carlista y enemigo furioso de Maroto; pero la idea no alcanzaba el menor éxito.
Por su cuenta, y con otros planes más o menos fantásticos, maniobraban los carlistas extranjeros, internacionales, como Mitchell, Lichnowsky, el marqués de Lalande, el joven caballero de Montgaillard y otros.
La mayoría de las diversas maquinaciones e intrigas se fraguaban en Bayona, y con ellas comenzaron a mezclarse las maniobras del infante don Francisco, que pretendía la Regencia de España en la minoría de Isabel II.
El infante don Francisco, Dracón en la masonería, Bragón y Bragazas le apellidaban sus enemigos en broma, tenía muchos adictos entre carlistas y cristinos. Los empleados de la Embajada de España en París y otros clasificados entre los carlistas, como Valdés el de los gatos y el libelista Martínez López, trabajaban por él.
Es posible que el infante contara entre los suyos al abate Miñano, y que el abate, además de cristino, carlista y protestante, fuera también franciscano. Indudablemente, el abate era un hombre pintoresco y de convicciones elásticas.
En los campos se notaba ya el cansancio de la guerra. El país y las tropas comenzaban a inclinarse decididamente por la paz, cuando el cuartel general de la Reina dio la orden extraña de talar las mieses e incendiar los campos. ¿Por qué una medida tan absurda? ¿Era pura estupidez militar o había otra intención en ello?
No parecía sino que alguien del Gobierno tenía interés en que no se acabara la guerra rápidamente. Aquellas disposiciones vandálicas fueron una inyección de vida para el partido carlista, que comenzó a perder su aire mortecino y lánguido y a sentirse de nuevo agresivo y lleno de exaltación.
Los alaveses y los navarros pensaban segar en plena paz, e irritados por la pérdida de las cosechas, comenzaron a exasperarse. Fue aquella medida rara e incomprensible, de tipo bastante frecuente en las cosas de España. No se sabía a qué atribuir disposición tan desdichada: a la rutina, a la brutalidad, al rencor o a la falta de inteligencia en el mando.
Se supuso a los jefes liberales irritados con la idea de un convenio con los carlistas; se decía si tendrían la ilusión de que la campaña se hallaba próxima a solventarse por las armas; pero esto no pasaba de ser una esperanza quimérica, porque la tibieza de los carlistas en la guerra dependía, en gran parte, de la idea de que se acercaban a una transacción.
El caso fue que la medida incendiaria produjo gran encono. El general Elío pudo inflamar el ardor de sus voluntarios, que llegaron a infringir un gran descalabro a don Diego León cerca de Cirauqui.
La cólera latente hizo que poco después los batallones navarros y alaveses no quisieran adherirse al Convenio de Vergara.
En cambio, para Vizcaya y Guipúzcoa se celebró un pacto en Mandázuri, entre el comandante don Miguel Araoz y el de la línea enemiga, don Bernardo Iturriaga, lo que ayudó después a que la obra de reconciliación de los dos partidos enemigos fuera más fácil.
Por muchos de estos motivos, Aviraneta consideró oportuno el intentar lo antes posible la escisión entre don Carlos y Maroto, y se dispuso a introducir los documentos del Simancas en el Real de don Carlos, con lo cual pensaba además socavar el prestigio de Maroto en la tropa para que no pudiese el general maniobrar por su cuenta.
II
LA ACTITUD DE GAMBOA
Por aquellos días, Gabriela la Roncalesa se presentó en Bayona. Citó a don Eugenio en la posada de Iturri.
—¿Qué dice tu novio y sus amigos? —le preguntó don Eugenio.
—Están indignados con la traición que prepara Maroto.
—¿Se han convencido?
—Sí; todo el mundo dice que Maroto es masón y republicano, y que tiene cautivo a don Carlos.
—¿Y qué piensa hacer Bertache?
—Por ahora esperar las instrucciones de usted. Cree él y los demás que usted les irá diciendo lo que tienen que hacer.
Aviraneta recomendó a la muchacha que se presentara al cura Echeverría o al obispo de León, para explicarles con detalles el estado de espíritu de las tropas, y como ella no se atrevía a ir sola, don Eugenio mandó en su compañía a Iturri, el posadero, en calidad de carlista fingido, que luego podría darle noticias.
El obispo, inconsolable como Calipso, porque habían prendido a su amigo y confidente fray Antonio de Casares, fraile inquieto y turbulento, no quiso hablar nada ni manifestar sus opiniones. Se entregaba a los cuidados de su querida amiga doña Jacinta Soñanes, alias la Obispa.
Respecto a Echeverría, muy farruco, dijo a Gabriela que avisara a los navarros del 5.º Batallón y a su coronel, Aguirre, su inmediata llegada al campo, pues pronto se pondría él a la cabeza de todos ellos, para acabar de una vez con el traidor Maroto.
El canónigo Echeverría profesaba a Maroto odio frenético, uno de esos odios de cura reconcentrados e implacables.
Aviraneta, al oír a Iturri, que le contó lo hablado en las visitas, se dio cuenta clara de que el eclesiástico, impulsado por el odio, provocaría la rebelión de los navarros. Al marchar a su hotel, don Eugenio comenzó a tomar las disposiciones necesarias para dar el golpe ya meditado desde febrero.
Era tal su confianza en el plan, que escribió al ministro Pita Pizarro estas palabras:
«Ha llegado el momento crítico; la mina reventará y puede usted asegurar a Su Majestad la Reina que, tal como están atados los cabos del Simancas, el estampido va a ser tremendo; los carlistas se degollarán unos a otros, y daremos fin a la rebelión».
En aquella época, y por orden venida de Madrid, Aviraneta se vio obligado a dar cuenta de sus gestiones al cónsul Gamboa, refiriéndole con detalles el estado de sus maniobras con relación al Simancas. Aviraneta explicó sus proyectos y añadió los planes que, según su criterio, podían realizarse, cómo Espartero debía cerrar la frontera para coger a don Carlos y a dónde se debía internar después al Pretendiente.
Gamboa escuchaba a Aviraneta siempre un poco asustado del maquiavelismo del conspirador.
—He de enviar de nuevo un confidente al campo carlista —concluyó diciendo don Eugenio—; pero como temo que la policía francesa sorprenda al emisario y le quite los papeles, quisiera que usted indique al subprefecto que no molesten a mi enviado.
—Muy bien; yo le prometo a usted que así lo haré.
A pesar de la promesa, Gamboa, por envidia o por celos, hizo todo lo contrario de lo prometido y, pocos días después, Roquet fue preso en San Juan de Luz por los gendarmes y registrado minuciosamente.
El cónsul no se salió con la suya. Aviraneta y Roquet habían pensado realizar aquel primer viaje como mero ensayo. Al francés le encontraron papeles sin importancia. Estos papeles los recogió la policía y se los llevaron al comisario, el comisario los envió al subprefecto, el subprefecto al cónsul y el cónsul se los presentó a Aviraneta, sin duda para demostrarle su omnipotencia.
Gamboa dijo a don Eugenio cómo él mismo había indicado a la policía la conveniencia de registrar a Roquet, sospechándole portador de cartas del obispo de León al Cuartel Real. Este subterfugio hizo sonreír al conspirador con sarcasmo, pues bien sabía Gamboa, por sus confidentes, que Roquet trabajaba por entonces al servicio de Aviraneta.
Dos días después, Gamboa, con sonrisa que quería ser amistosa y cordial, dijo a don Eugenio:
—Por ahora no conviene que figure su nombre en las comunicaciones oficiales referentes al asunto del Simancas. Más adelante diré al Gobierno quién es el autor y el director de la empresa.
Don Eugenio, con todo su orgullo puesto en sus proyectos, pensó que el cónsul pretendía anularle; dio su conformidad aparentemente, decidiendo en su fuero interno tomar otras disposiciones.
Siguió Aviraneta comunicando con Pita Pizarro por el consulado inglés, lo cual sospechaba Gamboa y le sacaba de quicio.
Como no tenía más remedio que enterar al cónsul de sus tramas, Aviraneta le advirtió que iba a enviar de nuevo a Roquet con un paquete de documentos a España.
Gamboa dijo:
—Creo, la verdad, lo más acertado que usted mismo, Aviraneta, los lleve hasta Irún.
Para dar a la comisión carácter oficial, estampó el sello del consulado al paquete que contenía el Simancas y lo envolvió en un papel con las señas del gobernador militar de Irún.
Aviraneta dio orden a Roquet de ir dos días después al caserío llamado Chapartiena de Azquen Portu, entre Irún y Behovia, donde un señor Orbegozo le entregaría los documentos del Simancas, a las nueve y media de la mañana.
Al mismo tiempo escribió a Orbegozo para que le esperara un día antes en Irún, en la fonda de Echeandía.
III
A ORILLAS DEL BIDASOA
El día indicado, Aviraneta salió de Bayona de madrugada. Llevaba por todo equipaje un maletín de mano. En el coche se encontró con el caballero de Montgaillard, a quien saludó ligeramente. Al llegar a San Juan de Luz entró en la misma diligencia, y fue hasta Behovia, don Prudencio Nenín. Sospechaba Aviraneta que Nenín le espiaba por orden de Gamboa.
El comisario de policía francés de la frontera, sin duda sobre aviso, al examinar los pasaportes de los viajeros de la diligencia, mandó que don Eugenio fuera detenido.
—¿Por qué me prenden? —preguntó don Eugenio.
—No está usted preso; solo detenido.
—¿Y por qué?
—Usted no es Ibargoyen, como dice el pase del subprefecto, sino Aviraneta —aseguró el comisario.
—Cierto —contestó don Eugenio—; el cónsul de España y el subprefecto de Bayona han decidido extender mi pase así.
—Pues no puede usted salir de Francia.
—Llevo una misión del Gobierno, señor comisario.
—No importa; si quiere usted pasar, tiene usted que dejar aquí todos sus documentos.
—No traigo documentos.
—Abra usted la maleta.
Don Eugenio, a regañadientes, abrió el maletín.
—Venga ese paquete —dijo el comisario.
Aviraneta se lo dio.
—Ahora puede usted pasar —añadió el comisario, dándole una palmadita en el hombro a don Eugenio.
Aviraneta, con aire enfadado, cogió su maletín y avanzó por el puente, y al llegar a la orilla española, se echó a reír. Había entregado al comisario francés un paquete de periódicos viejos, cuidadosamente atados y sellados, pero no los documentos del Simancas.
Al llegar a Behovia española, Aviraneta se detuvo un momento en la taberna de su antiguo amigo Juan Larrumbide (Ganisch); charló un rato con él, le pidió que le proporcionara un carricoche y en él marchó a Irún, a la fonda de su camarada de la infancia Ramón Echeandía.
—Guárdame estos papeles —dijo a su antiguo amigo.
Echeandía los guardó en su caja de caudales.
Poco después aparecieron en la fonda de Echeandía don Domingo Orbegozo, y más tarde, don Prudencio Nenín, acompañado del caballero de Montgaillard.
Nenín y Montgaillard, en unión del comisario francés, habían examinado, llenos de curiosidad, los papeles cogidos por el comisario a Aviraneta y se encontraron chasqueados al ver el paquete formado únicamente por periódicos viejos.
Nenín recibió, sin duda, órdenes terminantes, porque al ver que no se incautaban de los papeles que deseaba, entró inmediatamente en España, preguntó en Behovia, en dos o tres casas, por Aviraneta y marchó decididamente a la fonda de Echeandía, donde almorzó, en compañía de Montgaillard.
Aviraneta advirtió el espionaje de Nenín y del joven francés.
Después de hablar don Eugenio con Orbegozo y de darle instrucciones para el día siguiente, Aviraneta celebró larga conferencia con el gobernador de la plaza de Irún, don Valentín de Lezama.
Le contó lo que pensaba hacer con el Simancas; dijo cómo aquella colección de documentos falsos iría a parar a manos del Pretendiente; cómo se produciría la ruptura de don Carlos y Maroto, y le advirtió, para su prevención, la conveniencia de comunicar al comandante general de Guipúzcoa que en el plazo de una semana, lo más tarde, se sublevaría la parte furibunda del partido carlista, en Navarra, contra Maroto y los suyos, lo que produciría sucesos extraordinarios transcendentales en la marcha de la guerra.
El gobernador de Irún escuchó con gran interés las palabras de Aviraneta, y no dudó de su importancia, y hasta pensó que sus planes podían ser decisivos para la solución de la guerra.
—Si algo necesita usted, dígamelo —le advirtió.
—Quisiera que me desembarazara usted de un espía que me ha puesto el cónsul de España en Bayona, que me sigue los pasos y me estorba.
—¿Pero el cónsul no es amigo de usted?
—Sí, es amigo, y hasta debía de ser colaborador y protector; pero tiene celos de mí y trata de deslucir todos mis proyectos.
—¡Qué absurdo!
—Completamente absurdo.
—¿Y quién es el espía?
—Es un tal Nenín, Prudencio Nenín. Le acompaña un joven francés, carlista, de Bayona, que no sé si será su ayudante o solo un amigo.
—¿Qué quiere usted que haga con ellos? —preguntó Lezama—: ¿prenderlos?
—Por lo menos a Nenín quisiera obligarle a que durante el día de mañana no saliera de su cuarto.
—¿Y al otro?
—Al otro, nada.
—¿Y dónde vive ese Nenín?
—Hoy ha comido en la fonda de Echeandía, lo mismo que yo; creo que allí parará.
—Muy bien; mañana mandaré dos de la policía para que no le dejen salir a la calle.
Aviraneta se despidió de Lezama, volvió a la fonda y se acostó.
Al día siguiente, Aviraneta se levantó a las ocho de la mañana, pidió el paquete de documentos guardado por Echeandía, lo empaquetó en un hule, llamó en el cuarto de don Domingo Orbegozo, que ya estaba preparado y vestido y le ordenó que fuera sigilosamente al caserío Chapartiena, de la orilla del Bidasoa, y lo entregara allí, a Roquet. Dio las señas del francés y dijo cómo este se presentaría a las nueve y media a recogerlo.
Salió Orbegozo, le vio Aviraneta marchar por la calle y no le siguió, para no llamar la atención. Como el asunto era para Aviraneta de gran importancia, pensó todas las probabilidades de éxito y de fracaso. Se le ocurrió pensar lo extraño de que Nenín, que tanto interés manifestaba el día anterior en espiarle, no apareciera por allí; volvió otra vez a avistarse con el amo de la fonda.
—Oye —le dijo.
—¿Qué hay?
—Ese Nenín, de Bayona, que comió ayer aquí, ¿ha quedado a dormir en casa?
—No.
Aviraneta se alarmó. El agente de Gamboa, como hombre activo, podía intentar todavía algo. Se vistió rápidamente, se puso una boina, metió dos pistolas en los bolsillos y marchó camino de Chapartiena. Al llegar frente al caserío, le chocó ver a la puerta dos tipos franceses, como de guardia. Eran indudablemente gendarmes, vestidos de paisano.
Muy inquieto, Aviraneta marchó a toda prisa a la taberna de Ganisch, le llamó, contó lo ocurrido y manifestó su mucho miedo de que la policía francesa pudiera registrar unos documentos de gran importancia traídos por él.
—No tiene nada de raro —saltó Ganisch—. Hace poco más de una hora que han pasado en barca el comisario francés y unos gendarmes.
—¡Qué cochina gente! ¿Qué tienen ellos que hacer en España?
—Así son; se quieren meter en todo.
—¿Tú puedes venir?
—Sí.
—¿No podrías traer más gente?
—Llevaré dos chapelgorris que están aquí de guardia cerca del puente.
—Pero ha de ser en seguida.
—En un momento.
Vinieron los dos chapelgorris, a quienes Aviraneta explicó en vascuence de qué se trataba. Los cuatro hombres se acercaron a Chapartiena, casa edificada entre el camino y el río.
—Por aquí —dijo Ganisch.
Saltaron la tapia, abrieron una puerta, recorrieron un pasillo y se encontraron en un cuarto, en donde el comisario de policía francés de la frontera, Nenín y Montgaillard, examinaban tranquilamente los documentos del Simancas, disponiéndose a copiarlos. Las tres personas, al ver a los chapelgorris con los sables desenvainados, a Ganisch y Aviraneta que les apuntaban con las pistolas, se entregaron sin protesta.
Aviraneta hizo registrar a los tres y se les quitaron armas y papeles.
—Nos han dado esta orden —dijo el comisario francés, excusándose.
—En España, usted no es nada —le contestó Aviraneta duramente—, y aquí no le pueden dar orden alguna.
Luego don Eugenio se sentó a la mesa y examinó los papeles del Simancas.
—Aquí falta un documento. A ver usted, señor comisario; quítese usted la chaqueta. Registraremos a todos hasta encontrar el documento.
El comisario se quitó la chaqueta. Había guardado el papel en el pecho.
—Bueno, señor comisario —le dijo Aviraneta—, usted está despachado; puede usted marcharse con sus gendarmes.
El comisario y los dos gendarmes cruzaron la huerta de la casa, desataron la barca y se fueron como perros azotados, la cola entre piernas, a la otra orilla.
—Usted, señor Nenín, y el caballero de Montgaillard, vendrán con nosotros a Irún, y allá nos explicarán sus atribuciones para registrar estos documentos y quién les había dado orden para ello...
—Hombre, Aviraneta, yo... —comenzó a decir Nenín.
—Nada, nada. Iremos a Irún.
Montgaillard permaneció callando largo rato; luego dijo:
—Señor Aviraneta.
—¿Qué hay?
—En mis papeles hay cartas de una mujer que creo que no tienen interés político ninguno. Desearía que me las devolviera.
—Se las devolveré en Irún.
De pronto, Aviraneta pensó en Orbegozo, a quien él había enviado desde la fonda al caserío con los documentos.
—¿Y Orbegozo? —preguntó—. ¿Qué han hecho ustedes de él?
—Lo hemos encerrado en un cuarto —dijo Nenín.
Efectivamente, se lo encontraron metido en un cuartucho.
Eran las nueve y media, hora de la cita con Roquet.
—¿Le habrá pasado algo a ese hombre? —se preguntó Aviraneta.
Un minuto después estaba Roquet en un carricoche a la puerta del caserío Chapartiena y tomaba el Simancas de manos de don Eugenio.
—¿Va usted seguro? —le preguntó Aviraneta.
—Sí; tengo escolta, que me espera poco después de Behovia; luego me acompañará el coronel Lanz desde Vera a Tolosa.
—Pero desde aquí hasta Behovia no tiene usted acompañamiento.
—No; pero no creo que en este camino tan corto me vaya a ocurrir nada.
—Sin embargo, haré que le acompañen a usted estos dos chapelgorris hasta pasar Behovia; de allí en adelante seguirá usted con la escolta carlista.
Montaron Roquet y los dos chapelgorris en el cochecito y se alejaron.
Ganisch buscó un carrucho en una casa cercana y don Eugenio llevó sus dos presos a Irún. El Gobernador Militar mandó meterlos en la cárcel.
Aviraneta vio los documentos de Nenín y de Montgaillard y pudo comprobar que Gamboa era su enemigo y que trabajaba en su contra. Luego examinó las cartas de Montgaillard, encontró algunas de Sonia Volkonsky, las apartó y se las envió al joven francés bajo sobre.