Chapter 12 of 22 · 3994 words · ~20 min read

Part 12

Aquello podía considerarse como la Caja de Pandora o el Arca de Noé. Había una mujer con un gato en una cesta, un cazador con dos perros, una niña con un canario, un aldeano con hortalizas, una señora con un tiesto, dos frailes que, según dijeron, vivían en comunidad privada, a pesar de que legalmente no existían ya en España conventos; un cura y otras varias gentes de tipo y de carácter mal definidos. Los hombres, como si se hubieran puesto de acuerdo, tosían, fumaban y escupían.

Alvarito estaba cansado, rendido ya del viaje.

—En Vitoria voy a bajar —pensó.

No tenía mucho interés por Vitoria. Ya conocía en parte el país vasco. Ansiaba conocer Castilla, la tierra suya y la tierra de sus ascendientes.

Su billete servía hasta Vitoria y decidió quedarse allí.

Por consejo del empleado de la diligencia, no sacó de la estación de parada todo su equipaje, sino un maletín pequeño.

Le chocó la serie de dificultades que le puso la policía para entrar en la ciudad; pero con paciencia y algunas pequeñas propinas salió del paso.

Fue a hospedarse a la fonda Nueva. Se lavó, se arregló un poco y después salió a la calle.

Era domingo de Carnaval. Hacía un tiempo espléndido y había máscaras. La gente, después de los años tristes de la guerra, sentía sin duda ganas de divertirse.

En el paseo de la Florida, después de misa mayor, paseaban muchas chicas bonitas, de aire vivo y decidido, tocadas con mantillas negras; había máscaras elegantes y zarrapastrosas, jóvenes peripuestos y oficiales muy petulantes.

Por la tarde el paseo estuvo más animado y Alvarito se divirtió de lo lindo, cruzando las miradas con las chicas guapas, viendo a la cocinera disfrazada de hombre con sus poderosas caderas, contemplando las zanganadas del oso que se tiraba al suelo o del hombre del _alhiguí_.

Al anochecer, antes de sonar el Ángelus, en esa hora dionisiaca del crepúsculo de Carnaval, Alvarito marchaba trastornado detrás de una modista vitoriana que le magnetizaba con sus miradas.

Hubiese podido, si hubiera sabido alemán, recordar las estrofas que el poeta revolucionario Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg escribió en un ejemplar de La Nave de los Locos, que guardaba Chipiteguy y que decían así:

«¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres de las pocas cosas transcendentales legadas por el pasado. Junto a ti las fiestas religiosas, las académicas y las patrióticas no son más que pobres farsas insustanciales. El sacerdote revestido con sus hábitos, el académico con su frac, el militar con su uniforme, el diplomático con su espadín, parecen más serios que las máscaras con su careta, y no lo son, no lo han sido nunca.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres antiguo como el hombre. Tus raíces se hunden en la animalidad del troglodita ardiente y fiero, llegan al rojo gorila o al moreno chimpancé. Cuando el simiandro vivía en la selva había ya organizado tu culto: se disfrazaba unas veces de animal y otras de hombre. Lo tienes todo: la risa, el arte, el disimulo, el miedo, lo inseguro, la inquietud, la perfidia humana, los sentimientos ancestrales...

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los imbéciles, cada vez en mayor número, te odian; los pedantes abominan de tus fiestas. Creen que en ellas hay un bajo histrionismo, cuando en ti es todo naturaleza.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los pintados y los teñidos y los encorsetados, los graves puritanos y los sesudos moralistas temen tus gritos y tus actitudes pánicas. Tus farsas desenmascaran las farsas solemnes que ellos quieren conservar; tus risas descomponen la seriedad estólida del funcionario lógico y petulante.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! A tu lado, las religiones y sus templos son de ayer, las academias son de ayer, los títulos son de ayer, la ciencia y el arte son de ayer, y en cambio tú, en una forma o en otra, eres eterno».

En el momento de más entusiasmo y de más excitación en que Alvarito comenzaba a sentirse dionisíaco y elocuente, casi tanto como Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg, sonaron las campanas de la queda, los alguaciles obligaron a quitar la careta a todos y la fiesta se acabó tristemente.

Alvarito se fue a la fonda, cenó, y como no tenía ganas de acostarse, decidió ir al teatro. Representaban _Treinta años, o la vida de un jugador_, melodrama truculento y lacrimoso, traducido del francés, no muy propio de un Domingo de Carnaval. La sala estaba elegante y vistosa, muy bien iluminada con candilejas y quinqués de petróleo.

En los palcos y plateas se lucía la aristocracia del pueblo: chicas bonitas, mamás gruesas llenas de joyas, señores viejos y jóvenes civiles y militares.

Tocó la orquesta y comenzó la función.

Al melodrama, terrible y de sentimentalismo absurdo y enfático, la manera de representarlo le hacía más grotesco. El jugador, héroe del melodrama, hombre bajito, disimulaba la pequeñez de su estatura con zapatos de tacón muy alto; estaba pintarrajeado como una careta, llevaba barba rubia postiza que le temblaba al hablar con su voz de falsete y miraba con una insistencia cómica al apuntador. La mujer del primer galán, legítima al parecer en la realidad y en el drama, embarazada de ocho meses, declamaba lloriqueando con hipo angustioso. El padre del jugador parecía un energúmeno, daba miedo y hacía reír al mismo tiempo, y únicamente el traidor era gracioso y resultaba simpático, a pesar de su maldad melodramática.

Alvarito ya comprendía que el melodrama era malo y que no lo representaban bien; pero le hacía efecto y muchas veces le daba ganas de llorar. En los palcos veía algunas mujeres que se secaban disimuladamente los ojos con el pañuelo.

En la butaca, al lado de Alvarito, un hombre con aire mixto de ciudadano y de lugareño hizo algunas observaciones muy atinadas y muy sensatas acerca de la comedia y de los cómicos, y Alvarito le dio la razón.

Salió el muchacho del teatro y al entrar en la fonda se encontró con el vecino de la butaca.

—¿Se aloja usted aquí? —le preguntó.

—Sí, señor.

—¿Parece que somos vecinos en el teatro y en la fonda?

—Así parece —contestó Alvarito.

—Bueno, pues adiós. Buenas noches, que duerma usted bien.

—Adiós.

Al día siguiente, al levantarse de la cama y al ir a desayunar, se encontró Alvarito de nuevo con el vecino de la butaca. Era hombre ancho, de cara redonda, picada de viruelas, con ojos claros y expresión un poco ruda de ingenuidad y de franqueza.

Le parecía a Alvarito que aquel tipo mixto de ciudadano y lugareño respiraba lealtad y buena fe.

Charlaron los dos largamente. El vecino dijo que era comerciante en Almazán. Le llamaban el señor Blas el mantero. En los últimos años realizó un buen negocio de mantas con el ejército y comerciaba también en lanas. Probablemente aquel sería su último viaje, porque pensaba retirarse.

A la hora de comer se encontraron de nuevo en la mesa Alvarito y el señor Blas. El mantero produjo al joven Sánchez de Mendoza bastante confianza para contarle su vida, sus amores y sus proyectos.

Al oírle el señor Blas, dijo a Alvarito:

—Perdone usted, joven, que le haga una observación.

—Usted dirá.

—Creo que lo que piensa usted hacer es algo peligroso. Usted piensa ir a Madrid, de Madrid a Cuenca y de Cuenca a Cañete, ¿no es eso?

—Sí.

—Pues no creo que sea prudente. Hasta Madrid, y quizá hasta Cuenca, no le pasará a usted nada; pero de Cuenca a Cañete puede ser otra cosa. Por la parte de Castilla la Nueva y de la Mancha, por tierras donde ande todavía la guerra, no vaya usted, a no ser que tenga usted algún conocido, y si lo tiene, avísele usted con anticipación.

—¿Cree usted que sea peligroso?

—Sí; la guerra todo lo estropea y lo echa a perder, y para el que no es del país, andar en parajes extraños con guerra es mal negocio.

—¿Usted qué cree que debía hacer?

—Yo le voy a proponer a usted una cosa. Que venga usted conmigo a Almazán y de Almazán vaya usted a Cañete.

—¡Hombre!

—Si desconfía usted, no venga.

—No; ¿por qué voy a desconfiar? Pero me parece que se pierde mucho tiempo haciendo ese viaje por ahí.

—¡Ah! Si tiene usted prisa, no le digo nada.

—No, prisa no tengo.

—De aquí a Almazán tardaremos una semana. De Almazán a Cañete, por Teruel, puede usted ir en un par de días; pero quizá le pueda acompañar algún conocido de confianza. Yo le ofrezco a usted una mula que tengo libre, usted paga sus gastos y yo los míos. Usted se preguntará, pensando en mí: ¿Qué puede salir ganando este hombre con ir conmigo? Nada; tener un compañero de viaje amable.

—¡Muchas gracias!

—Ya se sabe lo que dice el refrán: «Compañía de dos, compañía de Dios». Conque piénselo usted. Yo mañana me voy.

—Le agradezco a usted mucho el ofrecimiento.

—Nada, nada. Usted esta noche me dice sí o no y tan amigos.

—El caso es que traigo equipaje bastante grande, una maleta y un maletín, que no creo que serán fáciles de llevar en un mulo.

—Pues si me quiere usted hacer caso a mí, no lleve usted más que el maletín. Una muda o dos y basta.

—¿Y qué hago con la maleta?

—La devuelve usted a su casa. Usted no sabe lo molesto que es llevar equipaje; que aquí la aduana, que allá los consumos... el policía que necesita ver si lleva usted papeles sospechosos. Es un martirio. En cambio, con el maletín va usted mejor, lo puede usted llevar en la mano. ¿Que se le estropea a usted una cosa? La compra usted en el camino y adelante.

—Sí, creo que tiene usted razón.

—En fin, usted piénselo.

II

EL SEÑOR BLAS, EL MANTERO

Alvarito pensó en el ofrecimiento del señor Blas y consultó su mapa. Era indispensable dar un rodeo bastante grande para seguir el itinerario del mantero; él no tenía prisa. El señor Blas parecía buena persona y hombre perfectamente enterado. Por otra parte, el viaje en diligencia se le antojaba incómodo y de una estupidez extraordinaria.

Alvarito se decidió por seguir el itinerario del señor Blas; envió su maleta grande a Bayona, se quedó con su maletín y por la mañana siguiente salía en su mula camino de Miranda de Ebro.

El señor Blas, gran compañero de viaje, servicial, amable y decidor, no se impacientaba. Conocía muy bien todos los pueblos del trayecto y de todos sabía un gran montón de historias y anécdotas.

Fuera de la carretera principal, por donde rodaban las diligencias, los demás caminos de herradura estaban imposibles, descuidados, deshechos, llenos de baches, con relejes profundos y en parte borrados por las matas y las hierbas parásitas.

En leguas enteras, sobre aquellos caminos formados por cantos de río, los caballos y los mulos apenas podían andar. En algunas partes, los arroyos cruzaban las carreteras. No se pisaba más que lodo o polvo, lodo donde se hundían los caballos hasta los corvejones y polvo que se levantaba en nubes espesas.

Alvarito se sorprendió de este abandono.

—Es la guerra —dijo el señor Blas—. Cuando vaya usted por el mediodía verá que allí los caminos son todavía peores. Toda la parte de Castilla que vamos a cruzar se puede recorrer con relativa seguridad, porque ya no hay carlistas, aunque quedan malhechores sueltos que pretenden dar a sus fechorías de bandidos un aire político. En todo queda el rastro de la guerra, miseria, hambre, desorden, peste; pero no hay gran peligro de ser acometido.

Alvarito vio que en casi todos los pueblos un poco granados por donde pasaron, el mantero visitaba a sus corresponsales para preguntarles si deseaban algo.

—Veo que cultiva usted su clientela —observó Alvarito.

—Amigo, ya se sabe —contestó el señor Blas sentenciosamente, y añadió—: En esta vida caduca, el que no trabaja no manduca.

El señor Blas se manifestaba como hombre alegre, expansivo y bien avenido con la vida.

En todas las posadas y paradores de los pueblos castellanos viejos donde se detuvieron, entre Miranda y Burgos, oyeron relatar hazañas del cura Merino, de Balmaseda y del Empecinado.

Fuera de los asuntos cotidianos de comprar y de vender, era lo único que interesaba.

Al principio, la incomodidad del alojamiento hizo quejarse a Alvarito a solas; pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo, al frío de las posadas y mesones y a dormir casi siempre vestido.

En los primeros días el viaje fue monótono. La llegada a Burgos por la mañana y la vista de la ciudad, con su aire severo, las agujas caladas y grises de su catedral y sus casuchas pequeñas alrededor, produjeron a Álvaro gran impresión. Creía asomarse a la Edad Media.

El Arlanzón lo encontró muy pequeño. Acostumbrado a Bayona, con sus dos ríos, y a Burdeos, que también había visto, con el magnífico Gironda, los pueblos de España, con sus riachuelos, le daban la impresión de secos. No se veía agua por ningún lado, montes secos, tierra seca, todo seco.

En Burgos, el señor Blas y Álvaro fueron a una posada de la calle de la Calera, y después Álvaro cruzó el puente y se acercó a la catedral.

Tenía idea vaga del arte gótico, cogida en el _Magasin Pittoresque_ y en _Nuestra Señora de París_, de Víctor Hugo, idea no solo vaga, sino también oscura.

Entró en la catedral y se quedó maravillado. No sabía gran cosa de aquello y se fue acercando a un sacristán o pertiguero con la idea de hacerle algunas preguntas.

El pertiguero peroraba comentando una corrida de toros, en el centro de un grupo de mendigos y de granujas.

El taurófilo sacaperros, no contento con las explicaciones verbales, se puso a marcar las suertes de Paquiro Montes, con la capa en una mano y la pértiga en la otra, y después de agitar la capa, dijo convencido:

—Ni Jesucristo lo hace mejor.

Esta invocación de Jesucristo en una cuestión de tauromaquia le dejó a Alvarito asombrado y le quitó el deseo de hacer ninguna pregunta al pertiguero.

Al oírlo, pensó en Chipiteguy y supuso que al viejo seguramente le hubiera parecido que la Dama Locura, con su gorro de cascabeles, no andaba muy lejos de por allá.

Al salir por una de las puertas, Alvarito se vio acosado por una nube de mendigos pedigüeños y escapó, después de luchar a brazo partido con ellos.

Eran tipos de mendigos extraordinarios. Un ciego arrodillado, inmóvil como una estatua, con la cabeza hacia arriba y un platillo en la mano, exclamaba con voz dramática: ¡No hay prenda como la vista! ¡Santa Lucía bendita les conserve este precioso don! Otro, vendado, con úlceras en las piernas, andando con dos muletas, gritaba: Tengan lástima y compasión de este pobre baldado. Un tercero, sin duda mudo, aullaba y agitaba una campanilla y mostraba un plato para que echaran en él la limosna.

Aquella nube de mendigos desarrapados producía verdadero terror.

Alvarito, volviendo a la posada, creía observar que la gente tomaba el sol y hablaba mucho en los corros y trabajaba poco.

—Veo que aquí hay mucho vago —dijo al señor Blas.

—Esa es una planta que abunda más cuando más al mediodía se va. Quizá sea cuestión de clima.

Permanecieron en Burgos dos días y por la tarde del segundo salieron camino de Lerma. El señor Blas contó a Alvarito su vida y sus trabajos con grandes pormenores.

En Lerma se hospedaron en el Parador de las Diligencias; y aunque el señor Blas tenía un amigo, no quiso ir a su casa.

—¿Por qué no va usted? Si es por mí, no tenga usted escrúpulo. Yo iré al parador solo —dijo Alvarito.

—No; ya he estado en casa de ese señor varias veces y hay que seguir el refrán: «Al amigo y al caballo no hay que cansallo».

Fueron los dos compañeros al parador y el señor Blas a visitar a sus clientes.

A medida que andaba y trajinaba, Alvarito notaba dos efectos, muy importantes para él: soñaba poco y pensaba menos en sus penas. No era, naturalmente, la curación, pero sí el apaciguamiento, especie de insensibilidad en su herida, que se le producía al perder el espíritu su concentración; al esparcirse en la naturaleza y al preocuparse por los mil detalles del camino.

III

RECUERDOS DE MERINO Y DE BALMASEDA

Durante el viaje, Alvarito fue reflexionando y comparando. En el camino de Lerma comenzó a llover. Álvaro pensó que la lluvia parecía más fea en Castilla que en Vasconia. Aquellos días lluviosos, suaves, de los alrededores de Bayona; aquella lluvia mansa sobre los prados verdes no era la de los campos castellanos. En cambio, en Castilla encontraba el sol más dorado, más hermoso.

Al llegar a Lerma, Álvaro, a quien no le molestaba, después del ajetreo de los días anteriores, pasar unas horas quieto, se sentó en la chimenea de la cocina de la posada a oír hablar a los arrieros y tratantes, que iban y venían de pueblos lejanos.

La gente, a pesar de que debía de estar ya cansada de hablar de la guerra, seguía ocupándose de ella con apasionamiento. Se debía haber discutido mil veces las aventuras y los hechos de Merino y de Balmaseda. Era el Romancero de la época, sobre todo de los campos. En las ciudades, la literatura corriente estaba más influida por la política.

Los viejos de los pueblos, como para demostrar la superioridad de su tiempo, hablaban de la guerra de la Independencia, de la Francesada, como decían ellos; pero la guerra civil apasionaba más.

Acabada la tarea de Lerma, Alvarito y el señor Blas tomaron el camino de Aranda, camino largo, pesado, que recorrieron, en parte, a fuerza de hablar, de discutir y de contarse todas las historias que sabían. No pudieron llegar hasta Aranda porque en algunas partes el camino estaba infranqueable, por lo fangoso, y se detuvieron cerca de Gumiel de Izán en el mesón del Galgo.

Mientras esperaban la cena siguió Alvarito contando al señor Blas la vida de alguno de sus conocidos en Bayona, y entre ellos citó varias veces a don Eugenio de Aviraneta.

—¡Caramba, don _Ugenio_! —dijo un hombre que estaba en la cocina—. Yo le conozco mucho.

—¿Usted le conoce?

—Sí; aquí en Aranda estuvo de regidor y de jefe de la _melicia_ nacional hace más de quince años. Yo he sido _meliciano_ con él.

—¡Hombre! ¡Qué extraño!

—Sí. Algunas barbaridades hicimos juntos; pero también nos las dieron buenas.

—Es raro que encuentre uno aquí gentes que conocen a los amigos de Bayona —exclamó Alvarito.

—Este mundo es un pañuelo —dijo sentenciosamente el señor Blas.

—¿Y qué hace ahora don _Ugenio_? —preguntó el ex miliciano.

—Está en Bayona.

—Aquel siempre andará con sus intrigas y sus maquinaciones. Es _atravesao_, de la piel del diablo.

El ex miliciano habló con cierta ironía de la milicia nacional de su tiempo, de la campaña de Cataluña en 1823, a las órdenes de Mina, y del antiguo entusiasmo por la Constitución, cuando Miniussir, un italiano, teniente coronel del regimiento de Barbastro, preguntaba a su tropa: «Barbastro, ¿cuál será tu suerte?». Y los soldados contestaban a coro: «Constitución o muerte».

El antiguo miliciano se reía al recordar tales cosas.

Al día siguiente, Alvarito y el señor Blas fueron a Aranda, pueblo convertido en barrizal con la lluvia del día anterior. En la posada, con pretensiones de fonda, les sirvieron café con leche y pan, y Alvarito, creyéndose en casa de Chipiteguy, dijo al mozo:

—Deme usted también un poco de manteca de vaca.

—Aquí no se gasta eso —contestó el mozo con rudeza.

Y una vieja añadió:

—Esa es comida de protestantes.

—¿De protestantes? —exclamó Alvarito asombrado—. No veía la relación entre el protestantismo y la mantequilla; pero pensando en ello comprendió que, así como el catolicismo es fundamentalmente aceitoso, el protestantismo está más bien impregnado de manteca.

Alvarito comentó con el señor Blas la molestia que produce en la gente el tener costumbres que no son las suyas.

—¿Qué quiere usted? —dijo el mantero—. Costumbre buena o mala, el villano quiere que vala o que valga, que es igual.

Realmente, la costumbre antigua y rutinaria tiene indudablemente grandes ventajas y comodidades.

Por la noche, el señor Blas llevó a Alvarito a un café, con honores de casino, de la plaza. Se reunían allí arrieros, capataces de fincas y aperadores, unos carlistas y otros liberales. Estaba también un relojero, el señor Schültze, suizo, que conoció a Aviraneta en su época de regidor constitucional, y un farmacéutico, el señor Castrillo.

Se habló de la guerra, y principalmente de Merino y de Balmaseda. De Merino, Álvaro había oído a su padre y a los carlistas de Bayona relatar varias anécdotas, pero no de Balmaseda, cuya existencia ignoraba.

Uno de los contertulios de café, un arriero, contó rasgos de la vida de este cabecilla.

—Balmaseda es de Fuentecén —dijo—, pueblo que está en el camino entre Aranda y Nava de Roa. Yo soy de un lugar de al lado y he oído contar muchas historias de su vida.

—¿Qué tipo es? —le preguntaron.

—Es un tipo extraordinario; tiene una estatura de gigante, unas fuerzas de toro y la piel atezada y negra.

—¿Usted le ha conocido?

—¡Sí, le he conocido! Ya lo creo. Juan Manuel, así se llama Balmaseda, es un frenético, un loco. Siempre ha querido ser el primero a toda costa; por eso se puso contra don Basilio en la expedición que mandaba este, y luego, contra Maroto. En sus proclamas hablaba siempre de exterminar a los traidores, de destruir la infame canalla y de acabar con la anarquía. Si entraba en un pueblo, Balmaseda fusilaba a todo el mundo, aunque hubiera dado palabra de respetar la vida de los prisioneros. Dejaba a los soldados que saquearan libremente. Se robaba, se violaba a las mujeres y se acababa incendiando todo.

—¿Tan bruto era? —preguntó Alvarito.

—Sí; desde mozo fue así —dijo el arriero—. Una vez, siendo Juan Manuel muchacho, riñó con un tío de su pueblo, el tío Freilón, y le pegó un puñetazo en la cara que le saltó tres dientes. Antes de comenzar la guerra andaba escapado por sospechoso; cuando volvió a su pueblo se metió en casa de don Diego Gibaja, su enemigo; le cogió el mejor caballo y se lo llevó. Luego, en la guerra, cuando entró en el pueblo, fusiló a muchos de sus amigos porque no eran carlistas; les mató las mulas, los caballos y hasta los gatos, y les quemó las casas.

—Pero eso no es un hombre, sino una fiera, un animal salvaje —dijo Alvarito.

—Pues así era él —replicó el arriero—. Cuando entró en Fuentecén vio impasible cómo fusilaban a un amigo con quien antes de echarse al monte jugaba al tresillo; cómo mataron a un mozo que había estado de criado suyo y cómo violaron a una muchacha, amiga de su familia, y luego la mataron de un culatazo en la cabeza.

—Allí ya se sabía cuál era la _consinia_ —dijo un aldeano—: _afusilar_ a todo Cristo.

—Era un tío muy bragado —añadió un viejo.

—Sí; pero a pesar de eso —dijo Castrillo, el farmacéutico—, cuando vino el manco, don Saturnino...

—Otro que tal baila, que ha sido traidor a todos —saltó uno con aire de labrador.

—Bien, eso no tiene nada que ver; pero don Saturnino el Manco le dio una paliza a Balmaseda en Campisábalos que lo dejó turulato y por poco no le coge, y eso que llevaba menos gente que el otro.

Los carlistas no hicieron mucho caso de las palabras del farmacéutico.

—Juan Manuel es un hombre que no puede resistir la contradicción —indicó un aperador carlista.

—Entonces, ¿cómo obedecía a Merino? —preguntó el relojero suizo.

—Merino le tenía miedo.

—Merino siempre ha sido un pastelero —dijo el farmacéutico liberal—; con toda su apariencia de hombre terrible e intransigente, se ha acomodado a todo.

—Con Balmaseda estaba de acuerdo por su crueldad —replicó el suizo.

—¿Y qué hace Balmaseda ahora? —preguntó uno.

—Pues dicen que se va a Rusia.