Part 8
Siguieron por el camino que serpenteaba por las estribaciones de la sierra de Andía y cruzaron varias posiciones ocupadas por fuerzas carlistas, entre las cuales figuraban cuerpos extranjeros, de alemanes, ingleses, franceses, austriacos y polacos.
En las proximidades de Lezáun se encontraron con tropas del Requeté. Preguntaron a unos soldados harapientos por el oficial francés René Lacour.
—Sí, hombre, sí —contestó uno—. ¡Lacour!, ¿quién no le conoce? Aquí le llaman papá Lacour. ¿Es vuestro padre?
—No.
—¡Como dicen que tiene tantos hijos naturales!
—¿Y tu madre, cuántos hijos naturales tiene? —preguntó Ollarra al soldado.
La pregunta hubiera producido una riña a no ser porque muchos la tomaron a broma.
—Si buscáis a papá Lacour —dijo un cabo—, preguntad cerca de Abárzuza y allá os darán razón.
Efectivamente, antes de llegar a Abárzuza se encontraron con un grupo de carlistas, entre los que andaba un fraile gordo y pesado, con los ojos brillantes, que pretendía sacar dinero a aquellos soldados harapientos.
Preguntaron a un oficial por Lacour.
—Ahora voy a verle. ¿Qué hay que decirle? —indicó.
—Dígale usted —contestó Álvaro— que aquí hay un pariente suyo francés.
—Muy bien; se lo diré.
Media hora más tarde apareció un militar grueso, rojo, canoso, de cabeza gorda, con bigote y perilla y uniforme remendado de capitán. Era papá Lacour. Lacour preguntó con voz ronca:
—¿Quién me llama? ¿Quién es ese pariente mío que pregunta por mí?
Alvarito saludó al militar y le explicó cómo Chipiteguy había desaparecido, cómo se creía que un hermano del teniente Bertache le tenía secuestrado y cómo él, con el nieto de Chipiteguy, iba buscándole, para ver de rescatar al viejo.
—¿Pero dice usted nieto? —exclamó Lacour—. Chipiteguy no tiene nieto; tiene una nieta, por cierto una chica muy mona y muy simpática.
Alvarito se acercó a papá Lacour, y como le pareció un buen hombre, hablándole en francés, dijo:
—Este muchachito que viene conmigo es la nieta de Chipiteguy.
—¿De verdad? ¿Manón?
—La misma. Viene disfrazada de chico. Creo que no conviene que esta gente lo sepa.
—No, no lo sabrá. Vayan ustedes a Abárzuza y pregunten por el alojamiento del capitán Lacour. Yo ahora no les puedo acompañar, porque tengo que hacer.
Siguieron las indicaciones del militar. Se acercaron al pueblo y llegaron a una casa muy limpia y muy arreglada. Una mujer salió a preguntarles qué deseaban, y al saber que buscaban a Lacour, les hizo pasar y sentarse.
Ollarra dejó en la cuadra las caballerías. Hubo un ligero conflicto, porque Chorua, que seguía a Ollarra, se vio amenazado por un perro de lanas muy feo, que le ladró hasta ahuyentarlo.
—Basta, Flin Flan, basta —dijo la mujer—. Sin duda el perro de la casa se llamaba así y estaba indignado al ver la intromisión de un extraño.
Poco después vino papá Lacour, que abrazó a Manón con entusiasmo.
—Eh, Dominica —gritó luego el militar, dirigiéndose a la mujer que había recibido a Manón y a Alvarito—, ven.
La mujer que vivía con papá Lacour era una paleta castellana que el francés había conocido en un pueblo de Guadalajara cuando la Expedición Real a Madrid. Era una matrona gruesa, de cara ancha y juanetuda, ojos azules y voz un poco chillona, de tónica muy alta.
—Esta es mi mujer, y esta es mi sobrina; abrazaos.
Las dos se abrazaron.
—Ahora, Dominica, en la calle no hay que decir a nadie que este muchacho es una muchacha.
—No diré nada, Lacour; no tengas cuidado —contestó ella.
—No dirá nada —advirtió papá Lacour en confianza a Alvarito—; es una mujer que vale lo que pesa y pesa bastante.
Papá Lacour estaba entusiasmado con su Dominica, y, efectivamente, a pesar de que la primera impresión era de mujer ordinaria y basta, se veía en ella, además de muy buen fondo, gran delicadeza de sentimientos.
—Bueno; ahora, querida sobrina, cuenta con detalles lo que ha pasado en tu casa.
Manón contó lo ocurrido con su abuelo.
Papá Lacour escuchó con atención, llamando de cuando en cuando a la muchacha mi pequeño amor, mi encanto y otras frases galantes por el estilo.
—Así son las chicas de mi país —dijo con entusiasmo Lacour—. Capaces de todo: de meterse en la guerra disfrazadas de hombres, de enamorarse y de mandarle a cualquiera a paseo.
Papá Lacour era todo un tipo; su cara parecía incendiada por el sol y el aire, los bigotes erizados como los de un gato, la perilla larga, rubia y entrecana. En su mano velluda aparecía un tatuaje complicado.
Lacour, gran charlatán, gran espadachín y gran borracho, había peleado con Zumalacárregui y con Iturralde al principio de la guerra, y fue él quien preparó la mina que hizo saltar las defensas de Echarri Aranaz, construidas por los liberales. Esta empresa le dio en el campo carlista fama de buen ingeniero. Se dijo después que trató de pasarse a los argelinos liberales del coronel Bernelle, por lo cual no ascendía en las filas de don Carlos.
Papá Lacour hablaba el castellano como un francés con giros vascos.
—Preguntaremos en Estella por el hermano del subteniente Bertache —dijo Lacour a Manón—, y si está en el pueblo nos entenderemos con él.
Después de hablar largo rato, la mujer de papá Lacour preparó la cena y cenaron todos.
Luego, la Dominica llevó a Manón al mejor cuarto de la casa.
—Si no le importa a usted —dijo la muchacha—, yo preferiría que durmiera en este cuarto el joven que me acompaña, que está enfermo. Yo dormiré en cualquier otro lado.
—¿Es el novio de usted? —preguntó la Dominica.
—No; solo es pretendiente.
—¿No le importará a usted dormir en el suelo?
—A mí, nada.
—Pues sacaré el colchón de mi cama al suelo y dormiremos en el mismo cuarto; hoy Lacour está de guardia.
—Muy bien.
Se arreglaron todos para pasar la noche en buena armonía, y hasta Flin Flan y Chorua llegaron a hacer amistades.
A la mañana siguiente se levantó Manón y ayudó en sus quehaceres de la casa a la Dominica. Alvarito estaba un poco mejor de su catarro.
A media mañana se presentó papá Lacour de vuelta de la guardia. Vestía chaqueta gris, pantalón del mismo color, alpargatas, gorra de cuartel vieja, el sable y una bota.
Papá Lacour tenía dos asistentes: el uno francés, a quien llamaban Chandarma, y el otro navarro, Anthica. El oficial y sus ordenanzas eran amigos y se presentaban los tres al frente del enemigo llevando cada uno una bota grande llena de morapio de Navarra o de la Rioja, a la que llamaban el biberón.
Anthica y Chandarma iban todos los días a casa de Lacour a recibir órdenes de la Dominica. Los tres discutían cuestiones de cocina y pensaban la manera de surtir, fuese por la compra o por el robo, la casa del capitán francés.
Alvarito dijo a la mujer de papá Lacour que ellos tenían que participar en el gasto de la casa. La Dominica rechazó la idea, se negó repetidas veces; pero a lo último se arreglaron.
A los pocos días de vivir en Abárzuza, papá Lacour dijo a Alvarito:
—Adviertan ustedes a ese muchacho que han traído de criado que no haga tonterías; le van a tomar por un espía o por un merodeador y le van a fusilar.
Lacour se refería a Ollarra.
—¿Qué ha hecho Ollarra?
—Pues, nada; que como no encontraba pienso para las mulas, no se le ha ocurrido otra cosa que ir a un cobertizo que está de aquí más de dos leguas y ha cargado con un saco de cebada y dos fardos de paja y se los ha traído.
—¿Y no le han visto?
—Sí; le han visto y le han hecho fuego, primero los carlistas y luego los liberales.
—Sí, es un bárbaro.
—Pues adviértanle ustedes lo que le va a pasar.
—Es inútil. No hace caso. Cree que la guerra es una broma.
—¡Qué tipo! Ese sí que haría un buen guerrillero.
Ollarra, siempre independiente y salvaje, con su humor extraño y vagabundo, andaba de un lado a otro cazando y merodeando, y volvía de noche a casa a dormir, como un perro.
Ollarra se iba manifestando borracho y jugador, atrevido y pendenciero. Todo le parecía lícito; si no robaba a Alvarito y a Manón, era porque le gustaba ir con ellos y les profesaba afecto. Además, la confianza que tenían en él, y el dejarle el cuidado de los caballos, le halagaba mucho.
Manón se asustaba de los aspectos peligrosos que iba tomando el carácter de Ollarra.
Encontraba en Ollarra su tipo, o, por lo menos, uno de sus tipos. Aquel joven salvaje, guapo, fuerte, valiente, decidido, sin miedo a nada y a nadie, a quien cualquier empresa le parecía posible, le atraía. Le veía además desdeñoso para todo cuanto fuese sentimentalismo.
Ollarra sentía gran odio por lo establecido. Lo establecido le parecía que se hallaba vigente en contra de él.
Bueno para los animales y para los chicos, a los hombres, y principalmente a los viejos, les profesaba un odio profundo; para él, los viejos usurpaban un lugar en la tierra que no les pertenecía.
Ollarra no sabía nada de nada; pero tenía una idea de severidad y de rigidez curiosa. Todo lo que fuera algo así como inquietud, blandura, sentimentalismo o miedo, era despreciable. De ahí, sin duda, el nombre que había puesto a su perro Chorua (el loco), como reproche a su nerviosidad y a su afecto.
Ollarra tenía un aire paradójico y de doblez, como todo el que es puramente instintivo, no de la doblez maquiavélica pensada, sino de la doblez espontánea. Tan pronto parecía querer como odiar. Nunca se había tomado el trabajo de contrastar sus sentimientos ni de armonizarlos o de ver si alguno dominaba sobre los demás. Se entregaba a la pasión que sentía en el momento, sin pensar en un posible cambio de opinión.
Tipo voluntarioso y arrebatado, quería hacer siempre lo que le daba la gana. Cuando se encontraba con algún obstáculo, enrojecía de cólera, y si lo llegaba a vencer, le brillaban los ojos con aire de orgullo.
Ollarra no tenía ningún sentido social. Quitar el dinero al que lo posee. ¿Por qué no? Llevarse la hija de este o del otro. ¿Si se puede?, decía él. En último término, robar al vecino o destriparle le parecía también lícito. Vivía fuera de toda idea social y de consideración al prójimo, como un perfecto salvaje.
A Manón, en el fondo, le maravillaba. Era una naturaleza indisciplinada y rebelde como la suya, más pura en su salvajismo, menos contaminada por la civilización.
Ciertamente, por días iba tomando cariño a Alvarito, caballeresco y generoso, pero le quería como a un hermano pequeño; en cambio, a Ollarra le admiraba.
IV
LOS EXTRANJEROS
La sociedad de papá Lacour y su mujer era bastante mixta y turbulenta. Solían ir a su casa con frecuencia varios oficiales extranjeros a hablar, a beber una copa y a jugar a las cartas.
En Abárzuza y en las proximidades de Estella había por entonces, al mismo tiempo que compañías del Requeté, gentes extranjeras: austriacos, franceses, alemanes y polacos.
Más que legiones extranjeras, como los liberales, los carlistas tenían cuerpos de soldados de diversos países en sus batallones; de ahí que se reuniera en el Norte una extraña mescolanza de tipos de todas partes.
La mayoría de los soldados de otros países, principalmente los oficiales y sargentos, iban acompañados de mujeres, que les seguían. La suerte de estas no era siempre muy buena: algunas se vieron obligadas a pasar, del campamento liberal, al carlista, y viceversa; otras, consideradas como botín de guerra, fueron adjudicadas al mejor postor.
Entre los amigos del capitán Lacour había uno, un teniente inglés, procedente del cuerpo liberal de Lacy-Evans, hombre amable, hecho prisionero en la batalla de Oriamendi; otro era un polaco muy mentiroso, y el tercero, un sargento francés, a quien llamaban Gamelle, especialista en cazar gatos, guisarlos y comerlos.
Los soldados extranjeros no valían más que los españoles, ni por su cultura, ni por su energía, ni por su moralidad. Realmente, el hombre, acostumbrado a mandar y a obedecer, como soldado, tiene ya para toda su vida una tara mental. Será siempre un hombre inferior y sin recursos. Ningún filósofo ha salido del cuartel, casi tampoco ningún aventurero.
Del cuartel no pueden salir más que burócratas, estúpidos, de cerebro rapado. El soldado, cuanto más se acerca al militar burocrático, es más mezquino, menos inteligente, más ordenancista y más fantoche.
Cuando el soldado es guerrillero, o franco tirador u hombre de partida, entonces puede llegar a héroe y a hombre completo. El soldado moderno no pasa de militar y burócrata; de aquí su inferioridad y su carácter mediocre.
Los _argelinos_, que con la legión inglesa formaban los tercios extranjeros liberales, en la guerra carlista, eran grandes soldados, pero muy bárbaros y muy ladrones. Se les fusilaba por cualquier cosa. Les mandaba un francés, el coronel Bernelle, que marchaba a caballo en primera fila, con el sable desenvainado, cargando contra los carlistas, y que a veces le acompañaba su mujer, también a caballo, y con un látigo en la mano.
Los extranjeros de las filas carlistas, en su mayoría, no pasaban de ser gentuza de mala índole. Los franceses y los ingleses eran borrachos y pendencieros; los italianos, ladrones y traidores; los alemanes, bárbaros y crueles. Casi todos ellos, y principalmente los alemanes, desertaban con facilidad; la cuestión religiosa y dinástica que se debatía en España no la sentían.
Mostraban los alemanes, con frecuencia, un furor bestial; destructores sistemáticos, si entraban en una casa, en pocas horas la dejaban hecha polvo.
Tenía la suya los caracteres de una brutalidad cósmica, sin objetivo, de algo como una plaga o una peste, muy diferente a la crueldad bien definida y concreta del latino. No era fácil saber cuál de las dos formas de crueldad podía considerarse más repugnante y más odiosa.
Los alemanes se burlaban de la religión de los españoles; cantaban con frecuencia, en su lengua, canciones anticatólicas y sucias, que aseguraban ser sus himnos nacionales.
La gente de los pueblos odiaba a los oficiales extranjeros, y más que nada, a los polacos, orgullosos, fanfarrones, llenos de petulancia, y muy crueles cuando venía el caso.
La crueldad y la maldad de los polacos era proverbial. Así habían sido también en la guerra de la Independencia, cuando vinieron con Napoleón, y entonces, el nombre de polaco, producía horror en las aldeas españolas.
Alvarito y Manón conocieron a los oficiales amigos de papá Lacour. En el alojamiento del francés aparecían muchos tipos de soldados extranjeros, con uniforme raro, cubiertos de tricornios, quepis y chacós; de cara y nariz colorada, con la pipa en la boca. Algunos estaban medio inválidos; otros, enfermos de calenturas, de enteritis, de sífilis y de sarna.
En aquellas reuniones todos rivalizaban en contar mentiras y heroicidades de la guerra. Si no se elogiaban directamente a sí mismos, alababan al Cuerpo donde servían y a sus jefes.
Álvaro y Manón oyeron discutir entre ellos, varias veces, cuál sería el mejor general de don Carlos. Unos, la mayoría, decían que Zumalacárregui; otros, que Cabrera; quiénes afirmaban que Gómez; pero algunos refutaban esta opinión diciendo que la expedición de Gómez había salido relativamente bien por casualidad; también había partidarios de Maroto y de Villarreal. Nadie sabía una palabra de geografía del país en donde se operaba, ni se manejaba un mapa mediano.
Algunos de los extranjeros habían practicado la guerra en otros países, y, por lo que contaban, tenía los mismos caracteres de brutalidad y de maldad que en España.
Uno de los oficiales, aristócrata francés, guapo, bien vestido, de la familia de Brancas, joven realista, hacía la campaña como un vendeano, con la sonriente y amable estupidez del Antiguo Régimen. Brancas sonreía y saludaba como si estuviera en la corte de Luis XIV. Leía a Chateaubriand —este jorobado solemne, el más petulante de los grandes hombres de la época—, y parecía haberse amamantado con el _Qu’il mourût_, de Corneille.
Una de las veces, al francés se le ocurrió decir a Alvarito que en la guerra no se tenía miedo; papá Lacour, que oyó la frase, replicó vivamente, diciendo:
—Todo el mundo tiene miedo. No he conocido a nadie que no lo tenga, más que a los locos.
—¿Siempre se tiene miedo? —preguntó Alvarito.
—Siempre. Hay momentos en que se pierde el miedo: se distrae, se enfurece uno y se olvida; pero al oír silbar las balas otra vez, se tiene miedo, aunque se disimule.
—Y entonces, ¿cómo se tiene afición a ser militar?
—Ahí está, pues —contestó papá Lacour, con esta frase de vasco, que no quería decir nada—; a pesar del miedo, esto tiene atractivo.
En las reuniones de su casa, papá Lacour bebía con exceso, y después de beber, se dedicaba a cantar, porque creía poseer hermosa voz.
Lo mismo le daban a Lacour las canciones francesas legitimistas, que las republicanas. Cantaba igualmente _Partant pour la Syrie_ que la Carmañola. Naturalmente; no hubiese cantado La Marsellesa porque la hubieran conocido los compañeros.
Este eclecticismo lo extendía a las canciones españolas y a las vascas.
Le gustaba cantar cuando estaba alegre, lo que le ocurría a menudo, el _Ay, ay, mutillá_; y si pasaba de la alegría corriente a un grado más alto de excitación, entonaba la marcha del Requeté. Como los soldados de aquel batallón iban materialmente cubiertos de harapos, la canción tenía este estribillo:
Vamos andando; tápate, que te se ve el Requeté.
Para los momentos que le parecían solemnes entonaba una canción de la Dama Blanca, que empezaba diciendo:
Chantez, chantez, joyeux menestrel; chantez refrain d’amour et de guerre.
Por la noche, mientras se hablaba, se bebía y se cantaba entre aquella gente, alegre, brutal y presuntuosa; Alvarito solía mirar desde la ventana el cielo estrellado del invierno y las hogueras de los vivacs.
V
PAREJAS DE SOLDADOS
Papá Lacour proporcionó la ocasión de ir a Estella con unos oficiales carlistas. Fue Alvarito solo y estuvo dos días. Preguntó en todas partes por Martín Trampa y encontró un posadero que le conocía. Este posadero le dijo que el tratante había dicho, al marcharse, que probablemente volvería a la siguiente semana. El posadero quedó de acuerdo con Álvaro en avisarle a Abárzuza si llegaba Martín.
Sin objeto en Estella, Álvaro volvió a casa de papá Lacour a esperar allí unos días.
Aunque, en general, las visitas de Lacour eran casi siempre de extranjeros, solían ir también oficiales carlistas, algunos casados, o, por lo menos, enredados con una mujer.
Alvarito y Manón conocieron a varios de estos.
Los oficiales no coincidían en sus opiniones con papá Lacour, por lo cual el francés los despreciaba. Los carlistas creían que el ejército liberal no valía nada. El _soldau scharra_ (el soldado viejo), que decían con desdén los vascos, era torpe, sin acometividad y sin brío. Los liberales, según ellos, habían ganado algunas batallas por casualidad o por traición.
A Lacour le parecía ridículo denigrar al enemigo, cuando el enemigo le pegaba a uno. Hasta entonces, el ejército liberal, salvo excepciones de tropas escogidas, parecía superior al carlista, y precisamente, cuando el entusiasmo decrecía entre los carlistas, empezaban a organizarse con regularidad algunos servicios en las tropas de don Carlos.
Papá Lacour, además de su manía musical, tenía la de la estrategia. Cuando no cantaba, hablaba de estrategia. Sus ideas, en arte militar, se condensaban en estas frases:
—Nadie ha inventado nada en la guerra. En la guerra, todo es posible y todo es imposible.
A pesar de que con la mayoría de los oficiales españoles carlistas papá Lacour no se entendía bien, distinguía por su amistad a algunos.
Uno de ellos era un riojano, subteniente, pequeño, vivo, hombre bastante bruto, alegre, aficionado a jugar, a quien llamaban de mote, por sus ojos brillantes y negros, el Ratón. El Ratón llevaba una pelliza de algún oficial extranjero, de pelos largos, aunque calva en muchas partes. Le bromeaban preguntándole si era aquella su propia piel.
Para el Ratón, los asuntos de la guerra eran perfectamente aburridos y no le interesaban.
—Hay que comer, hay que vivir, y esto lo explica todo. Los liberales, ¡pse! —añadía—, a mí no me han hecho ningún daño.
Y a poco de decir esto, sacaba del bolsillo los naipes e invitaba a echar una partida a cualquier juego, pues todos los dominaba. A pesar de su habilidad, a lo último perdía. Siempre andaba derrotado y tenía la paga empeñada.
El Ratón vivía con una muchacha inglesa, rubia, muy guapa, aunque muy sosa: Betty. Betty había venido a España con su marido, según ella; otros decían con un amante, oficial de la Legión inglesa mandada por Lacy-Evans. En la batalla de Oriamendi, su amante, o marido, murió a manos de los carlistas. Entonces los de la Legión le obligaron a Betty a tomar otro amante, cirujano del ejército. El cirujano, un metodista riguroso, aburría y fastidiaba tan profundamente a Betty, que la inglesa se alegró de caer prisionera en manos de los carlistas.
Al mismo tiempo que ella quedaron prisioneros unos cuantos músicos, algunos soldados y tres mujeres. A unos los incorporaron a las filas carlistas, a otros los fusilaron, a los músicos los llevaron a formar parte de una banda y a las mujeres las subastaron entre los oficiales.
El Ratón tenía dinero y le gustaba la inglesa, y se quedó con ella. Los dos hicieron, con el tiempo, muy buenas migas.
—¡Qué bruto eres y qué feo! —decía la inglesa, mirando al Ratón con entusiasmo.
—Pero te gusto a ti, ¡recontra! —gritaba él.
—Es verdad; parece mentira —suspiraba ella.
Vivían en tan buena armonía, que cuando acabara la guerra habían pensado en casarse y establecerse en el campo, porque el Ratón poseía haciendas en Labastida y en San Vicente de la Sonsierra.
Con sus ojos azules, su cabello rubio y su aire distinguido, a Alvarito le pareció la inglesa completamente estúpida.
Otra pareja curiosa era la de un militar austriaco, alto, pálido, muy fino en sus modales, y una guipuzcoana blanca, rubia, alborotada, muy chillona, que había vivido la vida aventurera de la guerra, hoy con uno y mañana con otro. La Prudencia, o Prudenschi, era una mujer nacida para reír; nada tomaba en serio, no le importaba ni le preocupaba nada.
La Prudenschi ceceaba al hablar; pronunciaba algunas palabras con cierta dificultad y reía siempre. De ella se podía decir que su gracia consistía en no tenerla. Así como su amante se mostraba siempre muy atildado y ceremonioso, ella era todo lo contrario.
—Yo soy muy _zarpalla_ —exclamaba en su dialecto donostiarra, con lo que quería decir su afición a lo vulgar, a lo ordinario y a lo chabacano.
Su gracia favorita, muy oída y ramplona, era decir, refiriéndose a su amante:
—Este es barón. ¿Barón con b o varón con v? —le suelen preguntar—. Varón con todo —replicaba ella.
Tal simpleza bastaba a la Prudenschi para reír de manera tan escandalosa que a todos contagiaba.
La Prudenschi cantaba y bailaba muy ligera de ropa. Una de sus canciones predilectas era el _Ay, ay, ay, mutillá_, con esta letra:
Azpeitico nescachac camisan zuloa; andic aguerizayo labe zomorrua. Ay, ay, ay, mutillá, labe zomorrua.
(Las chicas de Azpeitia tienen un agujero en la camisa; desde allí se les ve la cucaracha. Ay, ay, muchacho, la cucaracha.)
Al cantar, danzaba moviendo el pecho y las caderas y riendo. A veces, a papá Lacour se le ocurría hacer la pareja con la Prudenschi, bailando el fandango, castañeteando los dedos, y lo hacía con cierta gracia francesa.
—¡Qué viejo loco! —decía Ollarra con algo de risa y admiración.
El amante de la Prudenschi, el austriaco, la contemplaba con el mayor asombro. Ella se crecía y se manifestaba más petulante y más estrepitosa. Entonces el Ratón lanzaba alguna de sus reflexiones de riojano chiquito y duro o sentenciaba algún refrán, como este, por ejemplo:
—La mujer y la gaviota, cuanto más vieja más loca.