Chapter 19 of 22 · 3983 words · ~20 min read

Part 19

Era difícil, sin verlo, suponer la miseria de aquellos pueblos, su vida estrecha y de tan poca sustancia.

El tiempo no le sobraba al profesor; aún estaban lejos, y tuvieron que apresurarse y marchar en línea recta a Teruel, montados en sus caballerías. Como en la célebre estampa del gran Durero, en donde va el caballero tranquilo, cercado por la muerte y el diablo, así marchaba Alvarito, pensando vagamente en la vida dejada atrás, en su familia y en su dama.

VII

LOS ORIGINALES DE TERUEL

—Como ve usted, Teruel —dijo el profesor Golfín— es una ciudad colocada en la meseta de una colina y casi rodeada de barrancos. La superficie de la muela en que se asienta la urbe es irregular y ofrece su punto más alto en la plaza de la Judería.

En tiempo de la guerra carlista tenía Teruel todavía murallas, con sus aspilleras correspondientes; explanadas y garitas en los ángulos; las puertas, en número de siete, estaban guardadas por la milicia nacional. El señor Golfín y Alvarito necesitaron dar explicaciones a los milicianos para entrar en la ciudad.

Alvarito fue a hospedarse a una fonda de la calle de los Ricos Hombres.

Teruel es una ciudad en donde la meseta hispánica se va asomando a Levante; es un punto en el cual la tierra, seca, áspera y ruda, se acerca a la huerta fértil y bien regada. El Turia pasa por cerca del cerro, en donde se encuentra la población.

Alvarito suponía que Teruel sería un poblacho sin carácter; pero se quedó un poco sorprendido al ver la plaza de la Catedral, las varias torres airosas y ornamentadas, la Plaza Mayor con sus tiendas y el Acueducto con los arcos, con cierta grandeza, como obra de romanos.

El señor Golfín le habló del arquitecto o maestro de obras francés que supo levantar la torre mudéjar de San Martín cuando se caía, porque se le desgastaban los cimientos, y apuntalarla con vigas y reparar su base.

El señor Golfín le invitó a comer, en su casa, a Álvaro, y conoció a su familia y a una muchacha turolense, amiga de la hija del profesor, rubia, pequeña, un poco desdeñosa, muy redicha y muy perfilada.

Con la hija del señor Golfín y con su amiga paseó Alvarito por los arcos de la Plaza Mayor, produciendo la curiosidad del público, formado por militares y por estudiantes.

El señor Golfín tenía amigos, compañeros del profesorado; pero no estaba muy satisfecho de ellos porque no consideraban la ciencia con la seriedad necesaria. Uno, profesor de Física, hombre de unos sesenta años, encorvado, con la cara arrugada, curtida, de mal color, los ojos pálidos y el bigote blanco, amarillento, caído, contaba este rasgo de humorismo suyo, que lo repetía a todos los conocidos, y que producía la estupefacción del señor Golfín.

—Antes —dijo el profesor de Física a Alvarito—, nuestra ciudad se estaba poniendo en ridículo. Llegaba el verano, venían las temperaturas máximas de toda España y se leía en el periódico: Máxima, en Teruel, cuarenta grados a la sombra. Entraba el invierno, se cogía el periódico y se leía: Mínima, en Teruel, doce grados bajo cero. Desde que yo estoy ocupado de las observaciones meteorológicas, ya no pasa esto; ni el termómetro sube ni baja tanto y Teruel no se pone en ridículo.

Otro de los amigos de Golfín era el señor González Carrascosa, el arqueólogo. El señor Carrascosa estudiaba los monumentos de la provincia de Teruel, pero solo los de la provincia; los demás no le interesaban nada. Alguna vez que había estado algún arqueólogo en Teruel, el señor Carrascosa, como hombre amable, le acompañaba por todas partes y le servía de cicerone, hasta dejarle, como decía él, en los límites de la provincia. Más allá de los límites de la provincia, el mundo no le interesaba.

Con el señor Carrascosa, Alvarito contempló la iglesia donde se encuentran el amante y la amanta, como se dice en el pueblo; la torre de San Martín, con sus mosaicos, sus arabescos y fayenzas, y el arco ojival, una de las entradas del pueblo; vio también el antiguo colegio de jesuitas, entonces convertido en cuartel, y su iglesia magnífica, de gusto barroco, con unos decorativos miradores y el cuadro de _Las once mil Vírgenes_, de Antonio Bisquert, en la catedral.

En una de aquellas visitas, el señor Carrascosa le presentó a un pintor bajo, moreno, de color bronceado, pelo y barba negrísimos y muy velludo. Este pintor, de origen valenciano, se llamaba Fuster. Fuster trabajaba en un desván grande del colegio de jesuitas, donde tenía su estudio. Vivía pintando algunos estandartes para las iglesias de los alrededores, quemadas durante la guerra. Al conocerle a Alvarito le invitó a ir a verlo.

Alvarito fue al estudio, y Fuster le enseñó sus estandartes y algunos retratos que pintaba, de colores muy violentos, que le sorprendieron.

Estando allí apareció un señor alto, al parecer extranjero, aunque conocía muy bien el castellano, que se puso a hablar con el pintor. Este señor era hombre de edad indefinible, muy esbelto, ojos claros y grises, la nariz bien hecha, la cara larga, la mandíbula grande, la mano fina y aristocrática. Habló con gran elegancia y Alvarito quedó muy sorprendido por las ideas, que a él le parecían nuevas, que tenía sobre la guerra y sobre el arte.

Cuando el señor se marchó, Alvarito le preguntó al pintor:

—¿Quién es este hombre?

—No sé; es un señor recién llegado, que quiere comprarme un cuadro.

Fuster tenía aire de salvaje, era hombre violento, expresivo y tan velludo, que, según él mismo contaba, una muchacha le había dicho una vez: «_Chiquío_, por poco no naces burro». Fuster sentía gran entusiasmo por su arte y momentos de desilusión y de tristeza.

Alvarito intimó rápidamente con él y le vio pintar sus santos y sus retratos.

Alvarito quedaba muy sorprendido al ver los colores que empleaba Fuster. Él no veía aquellos verdes ni aquellos amarillos que ponía el pintor velludo en las caras de las personas.

—Yo me figuro lo que es pintar —decía Fuster—; pero no pintaré nunca.

—¿No se empeñará usted en poner colores que no hay? Yo no veo ese verde en las caras —indicó Alvarito.

—Usted dice que no ve ese verde en la caras; pues lo hay. ¡Qué desesperación!; la gente no ve las cosas como uno las ve. A mí me gustaría buscar el carácter de las figuras; pero ahora no puede usted pintar a una mujer, ni siquiera a un hombre, tal como es, sin que crean que le han afeado y le han puesto más viejo. ¿Usted ha visto la familia de Carlos IV, pintada por Goya en Madrid?

—No; no he estado en Madrid.

—Pues allí están pintadas gentes de la familia real, con sus narices, con sus colores, con el parche en la sien de una vieja fea con aire de lechuza. Ahora, no; ahora no puede usted pintar así. La hija del zapatero tiene que ser una ninfa, el mondonguero debe aparecer como un prócer, el carnicero quiere que le retraten de levita.

El pintor le acompañó a Alvarito a ver la antigua techumbre de la catedral, con artesonados y pinturas ocultas desde hace tiempo por una bóveda moderna.

Fuster llevaba una vela, la encendió. Vieron las pinturas con su luz. Estaban representados todos los oficios, hasta la ramera y el verdugo.

Después de contemplar con atención aquellas tablas pintadas, el pintor y Alvarito salieron al tejado de la catedral. El pintor llevaba un poco de pan y queso y una botella de vino para merendar.

—Lo que me atormenta —dijo Fuster— es la idea de que la pintura no tiene objeto; nadie cree que haya en ella problemas. Yo viviría a gusto en un convento, estudiando a los maestros y viendo si podía añadir algo a su obra. ¿Pero para qué? Cabrera sí tiene objeto, y Mendizábal también; pero la vida de un pintor no se comprende, es una estupidez; lo mejor sería tirarse desde aquí a la calle y acabar de una vez.

Entre frase y frase desesperada, el pintor daba un tiento a la botella.

En España todo tenía que ser así, pensó Alvarito: todo roto, desgarrado y triste.

Mientras hablaba el pintor, Alvarito contemplaba los tejados del pueblo, y la luz del sol en las torres de ladrillo. Al mismo tiempo ponía en claro las sensaciones que se experimentan en el tejado de una catedral.

Quizá Alvarito había soñado alguna vez en sentarse sobre una roca negra en el Atlántico, junto al cabo Norte; en cruzar un canal de Venecia oyendo a un gondolero cantar una barcarola; en pasar en una gabarra por uno de los canales de Rotterdam o de Hamburgo; en mirar desde una villa napolitana los pinos que se destacan en el Mediterráneo azul. Quizá soñó en cruzar el mar de los Sargazos o el cabo de Hornos en un velero, o en ver bailar a las cortesanas de la reina Pomaré, púdicamente desnudas; lo que sin duda no había soñado nunca era en merendar en el tejado de la catedral de Teruel una tarde de primavera.

VIII

CAÑETE

Desde Teruel Alvarito escribió a su tío Jerónimo, preguntándole cuándo y cómo podría ir a Cañete.

El tío le contestó diciéndole que se acercase a Salvacañete, a donde él enviaría un amigo que le acompañaría a su casa.

Alvarito se concertó con un arriero para hacer el viaje. Desde aquella parte del Bajo Aragón, la meseta hispánica se lanza con avidez a buscar el mar y el clima del Mediterráneo. A las pocas horas de salir de Teruel se está en plena huerta de aire valenciano. Alvarito pasó por Villel, el pueblo ilustrado por el nacimiento de Calomarde; cruzó el rincón de Ademuz, y dejando las tierras fértiles y templadas, por Vallanca fue a Salvacañete.

Salvacañete se encuentra en un alto, en un terreno quebrado, poblado de pinos, robles y encinas. Salvacañete era por entonces la frontera del liberalismo en la provincia de Cuenca. Unos años antes, en marzo de 1836, se batieron allí los liberales con los carlistas al mando de Forcadell, quien, después de seis horas de acción, tuvo que retirarse. Unos y otros dejaron en el campo muchísimos muertos.

A pesar de su guarnición, la mayoría de la gente de Salvacañete era carlista; los movilizados liberales de las aldeas inmediatas, reunidos en el pueblo, hacían que las fuerzas cristinas tuviesen allí un núcleo considerable. El boticario, miliciano y geólogo, era de los jefes de los movilizados. Las patrullas liberales iban cogiendo por los campos a los carlistas y curas escapados y operaban en combinación con la partida móvil del marquesado de Moya. Entre ellas prendieron al cabecilla Potaje, uno de los últimos que campeaban por allí y lo metieron en la cárcel.

Alvarito fue a parar en Salvacañete a la posada de un tío Blas, hombre que en 1836 había estado a punto de ser fusilado, y a quien le quedó del miedo un tic nervioso.

Alvarito esperó la llegada del enviado de su tío, viejo grueso y alegre, llamado por mal nombre el Lechuzo o el Chuzo. En compañía del Lechuzo, y a caballo, tomó Álvaro el camino de Cañete, por sendas y vericuetos, y llegó dos días después.

Cañete, como muchos de los pueblos españoles, no tenía más que nombre. En gran parte de nuestras cosas hay esto solo: nombre, etiqueta, a veces muy sonora; debajo, nada o casi nada. Es un fenómeno característico de todos los pueblos viejos.

Alvarito creía que iba a encontrarse con una hermosa ciudad y se halló sorprendido al ver un pueblo mísero, con casas amarillentas, derruidas, con calles como barrancos, pedregosas y sin aceras. Álvaro en su casa había oído hablar a su madre de Cañete como de una Babilonia, llena de complicaciones y de atractivos. Alvarito sintió ganas de reír, pero al mismo tiempo le dio tristeza. Pensó en la extraña ilusión de su madre, en el espejismo raro de recordar como un pueblo espléndido aquel pueblo pobre, destartalado y derruido.

Cañete, lugar de señorío de don Álvaro de Luna, con su gran castillo antiguo, propiedad de los condes de Montijo, no era más que un montón de piedras y de casuchas miserables. Un año antes lo fortificaron los carlistas, considerándolo como una de sus principales fortalezas de la Mancha. Para ello, para restaurar la antigua muralla y construir baluartes nuevos, fueron más de dos mil soldados.

En Cañete se habían reunido muchas familias carlistas de los contornos, como en Moya se hallaban acogidas la mayoría de las familias liberales de la comarca.

Cañete se hallaba rodeado de una muralla de piedra muy sólida, de diez varas de altura y más de tres de grueso, con torreones de argamasa de trecho en trecho.

Había dos entradas principales en el pueblo: la puerta de la Virgen, próxima al camino de Boniches, y la de las Eras, que daba al camino de Ademuz y al de Tragacete.

Dominando el pueblo, se destacaba el fuerte de San Cristóbal, con unos cañones ya viejos.

Entraron en Cañete Alvarito y el Lechuzo, por el camino de Ademuz, y tuvieron que sufrir un interrogatorio muy minucioso en la puerta.

El Lechuzo, al llegar a Cañete, llevó a Alvarito a casa de su tío Jerónimo. El tío Jerónimo era un tipo raro, flaco, denegrido, de unos cincuenta a sesenta años, con los ojos claros y el bigote blanco, corto. Recibió a su sobrino con cierta suspicacia, y después de invitarle a lavarse y a desayunar, le sometió a un interrogatorio.

—¿Qué tal está tu madre? —le preguntó.

—Bien, muy bien.

—¿Y tu padre?

—Bien.

—¿Está empleado?

—No.

—¿Dónde vivís ahora?

—En Bayona.

—¿En Francia?

—Sí.

—Aquello es muy pobre, aunque la gente es muy trabajadora. ¡Si allí tuvieran este sol y esta tierra!

Alvarito pensó que cualquier barrio pobre de Bayona era más rico que todo Cañete y sus contornos; pero no dijo nada. La casa de don Jerónimo era fea, vieja, encalada, sin ninguna comodidad.

Alvarito no sabía que su tío estuviese casado. Poco después conoció a su mujer, la Bruna. La Bruna era alta, corpulenta, con los ojos negros rasgados, de facciones casi griegas, la boca pequeña, cuerpo grueso, fofo y grasiento. La Bruna tenía una hija, la Dámasa, muy bonita, morena, con los ojos como de azabache, la piel de color de limón y los brazos delgados y un poco negros. Alvarito, aunque comprendía la belleza de un tipo así, no le gustaba. Con la figura de Manón grabada en el alma, para él no existía belleza, sino rubia y sonrosada.

Alvarito averiguó al momento de llegar que la Bruna había sido antes la querida de su tío.

No tuvo don Jerónimo que discutir con el amor como en el _Diálogo entre el Amor y un Viejo_, de Rodrigo de Cota, pues más que nada vio en su matrimonio una cuestión de vanidad.

La Bruna, de viuda estaba enredada con don Jerónimo y al mismo tiempo con un contratista. La Bruna quería casarse y dio celos a los dos amantes, al uno con el otro, y don Jerónimo se adelantó y se casó con ella.

Alvarito quedó sorprendido los días siguientes de las conversaciones y de las ideas de su tío. Sospechó si andaría mal del caletre. El pobre hombre vivía en un constante delirio de grandezas, creía que el mundo entero le envidiaba. Todo lo próximo a él le parecía extraordinario.

Hablaba de los alrededores del pueblo y de las hoces del Cabriel como de algo único, maravilloso y desconocido.

Alvarito sentía gran interés por averiguar qué habría de cierto en el tesoro de su tío, y cuando este le dijo si quería ir a ver su museo, fue con mucha curiosidad.

Don Jerónimo tenía alquilada, cerca de su casa, otra grande, medio derruida, con una azotea, y allí se dedicaba a mil extravagancias.

A esta casa la llamaba él, unas veces, su museo, y otras, su observatorio. Su azotea le parecía magnífica, extraordinaria, con unas vistas como no había otras en el mundo.

En la cerca de la azotea, don Jerónimo hizo con clavos varios relojes de sol y pintó después con pintura blanca y encarnada los signos del zodíaco. En los ángulos de la terraza sujetaba molinos de papel como los de los chicos y pretendía con ellos medir exactamente la velocidad del viento.

Tenía también unas veletas de cartón. Decía que él había inventado una veleta admirable. La novedad de la veleta de su invención consistía en que serviría para el interior de una casa, pues tendría un vástago giratorio que atravesaría el tejado y tendría otra flecha en el cuarto donde se estuviera. Así, desde la cama se podría saber si soplaba viento norte o sur.

Ahora, qué ventaja había en esto, él no lo decía.

Don Jerónimo tenía un higrómetro, formado con una palangana agujereada y una botella, y un anteojo corriente, muy malo, con el cual se veía todo envuelto en los colores del arco iris. Pretendía hacer con aquellos útiles observaciones astronómicas y meteorológicas. A este anteojo, sostenido por un trípode de cañas, le llamaba él su telescopio.

Don Jerónimo apuntaba sus observaciones diarias en un libro antiguo.

Día 25 de marzo: Viento flojo del NE. Buen tiempo.

Esto creía que en el porvenir tendría un gran interés.

El tío Jerónimo aseguró a Alvarito en serio que alguna vez publicaría él sus estudios astronómicos, su teoría acerca del universo y acerca de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos, para dar en la cabeza a ciertas gentes presumidas.

Aquellas frases de la electricidad celeste y los fluidos magnéticos le encantaban, le daban sin duda una impresión vaga, poética.

La electricidad celeste y los fluidos magnéticos eran, según él, la causa de muchas cosas inexplicables. Hablaba de la electricidad celeste y de los fluidos como de personas de la familia. La electricidad celeste subía; el fluido magnético bajaba, se combinaba con el oxígeno o con el nitrógeno de la atmósfera; lo mismo le daba. La tal electricidad y los tales fluidos tenían un extraño dramatismo, que don Jerónimo manifestaba con sus gestos y sus ademanes.

Él notaba la fuerza de los fluidos en todo: en las estrellas, en los relojes de sol, en las veletas de cartón y en los molinos de papel. De cuando en cuando, don Jerónimo echaba una cometa al aire y con esto adquiría nuevos datos para el estudio de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos.

—Hoy tiene mucha fuerza el fluido —decía seriamente.

—¿Y en qué lo nota usted? —le había preguntado alguno entre cándido y burlón.

—Lo noto en todo —contestaba él categóricamente.

Don Jerónimo creía que el mundo le envidiaba los tesoros encerrados en aquella casona derruida, y, como precaución, en la puerta puso un artificio con unos cañones de fusil que se disparaban si alguien pretendía entrar violentamente. No le bastaban, sin duda, los fluidos para defender la casa.

A pesar de esto, uno entró una vez forzando la puerta y no le pasó nada, porque no dispararon los cañones de fusil.

—¿Qué te parece esto? —le preguntó su tío a Álvaro, mostrándole su azotea—. ¡No habrás visto nunca una casa así!

—Sí, es extraño.

—Extraño. Algo más que extraño.

Un día el tío Jerónimo quiso mostrar a Alvarito su tesoro; le bajó a la cueva y le enseñó a la luz de un farol una caja llena de piritas de cobre. Álvaro conocía aquellos minerales, porque se los había mostrado idénticos varias veces el señor Golfín.

—¿No serán piritas de cobre? —preguntó Álvaro.

—¡Bah! Veo que no entiendes nada de esto —repuso don Jerónimo cerrando la caja con desdén.

—¿Usted ha mandado analizar esos minerales?

—Yo, no. ¿Para qué?

Indudablemente así no había decepciones.

Álvaro pensó que su tío era un hombre extraordinario que cambiaba la realidad a su gusto. Una palabra le bastaba para fantasear.

¡Qué bien hubiera ido en el carro naval, en La Nave de los Locos, con su manto negro, lleno de estrellas de plata, y su cucurucho en la cabeza, estudiando con un telescopio de cartón las diversas manifestaciones de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos!

La vida en la casa de don Jerónimo no fue agradable para Alvarito. La mujer de su tío, la Bruna, se mostraba siempre muy bestia, de mal genio y de malos instintos. Era una mujer de burdel, holgazana, caprichosa, rencorosa; tenía envidia y odio a su hija, al ver que esta iba llamando la atención al hacerse una muchacha bonita.

La Dámasa, al revés de su madre, se manifestaba como una chica modosa, sensata, muy discreta, con ese fondo de sabiduría de las razas viejas. Trabajaba durante todo el día, siempre dispuesta a hacer cuanto le mandaran, como la Cenicienta de la casa.

A veces el mal humor y la grosería de su madre le hacían saltar las lágrimas a los ojos. Esta muchachita, morena, con sus hermosos ojos negros y la tez trigueña, ya cerca de los veinte años, solía jugar como una niña con las chicas de la vecindad.

Alvarito solía hablar con ella; le preguntaba si no pensaba casarse.

—Mejor se vive de soltera que de casada —contestaba ella con cierta malicia amable—; más tranquila y más inocente.

En la vecindad de don Jerónimo, en varias casas blancas, bajas, vivían unas mujeres a las que llamaban en gitano las Chais. Allí acudían los soldados carlistas y solía haber grandes zambras. Uno de los puntos fuertes en el leno de las Chais era el Lechuzo, el acompañante de Alvarito desde Salvacañete. El Lechuzo, viejo truchimán libertino, alegre a su modo, parásito proveedor y contertulio de las Chais y jugador de ventaja, vivía en el lupanar como el pez en el agua.

La Bruna, muchas veces, cuando estaba incomodada, decía a su hija:

—A ti te voy a poner yo a servir en la casa de las Chais por melindrosa.

La Bruna sentía gran curiosidad por lo que ocurría en aquellas casas blancas, regentadas por la Celestina, la Pintada y la Saltacharcos.

Para ella, tal mezcla de soldadismo y de prostitución formaba un ambiente muy simpático. Se robaba en el campo, se gastaba el dinero con las mujeres; todo ello era una combinación lógica y perfecta en su género.

Al poco de llegar, Alvarito pudo comprender que la Bruna, su tía, estaba enredada con un joven sargento a quien llamaban el Tronera.

El Tronera era pequeño, menudo, de mal color, por las tercianas, de unos veinticinco años, la mirada clara, la sonrisa burlona, petulante y desdeñosa. Había sido mancebo de botica y se manifestaba siempre sañudo y de intenciones aviesas. No se le ocurría cosa buena; quería hacer su pacotilla para después de la guerra, y todos los procedimientos le parecían lícitos.

Álvaro sintió un profundo desprecio por la Bruna; le chocaba su maldad, su bajeza. El odio que tenía por su hija le hería a él profundamente. Realmente, la humanidad como espectáculo es algo poco grato —pensó Álvaro—; es más agradable contemplar los montes o el mar que el fondo encanallado de las pasiones del hombre.

El Tronera hizo amistades al principio con Alvarito y le llevó a distintos puntos donde se reunían los carlistas: cafés, cantinas y tabernas. Había en aquellos rincones un ambiente de matonería muy desagradable. El matón valiente es una cosa odiosa; el cobarde es uno de los personajes más ridículos y desagradables que se pueden topar.

Irritación, rabia, pedantería se encontraba únicamente en las reuniones de los carlistas. Parecía que representaban alguna comedia guiñolesca, con bravucones y matamoros: quién sacaba su puñal por cualquier cosa y quién se limpiaba las uñas con la punta de una navaja.

Entre su tío, loco y absurdo; la Bruna, perversa y malintencionada; y el Tronera, canallesco y matón, vivía la Dámasa oscuramente, trabajando, cuidando a veces de los niños de las casas cercanas y jugando con ellos.