Chapter 16 of 22 · 3955 words · ~20 min read

Part 16

El clérigo tenía la costumbre de inclinarse en la silla cuando estaba en el comedor, de balancearse y apoyar la cabeza en la pared, con lo cual había dejado una mancha oscura y grasienta en el papel.

El abogado le gastó varias bromas estólidas sobre un poema que al parecer escribía el cura, cantando las hazañas de Cabrera.

Don Juan, con gran ingenio y con muchos textos, defendió la tesis de que los príncipes debían de ser ignorantes para ser buenos, y los grandes capitanes, bárbaros y crueles. Aquella paradoja le permitió hacer gala de memoria y de erudición.

El abogado le llevaba la contraria sin ninguna gracia y le recordó que no sabía multiplicar. El cura se jactó de ello. Al parecer don Juan, en vez de multiplicar, sumaba repetidas veces.

Dijo luego el cura que los escritores defensores de causas justas y sensatas se hacen aburridos a la larga, porque al cabo de algún tiempo sus doctrinas se convierten en lugares comunes.

La afirmación le pareció un enorme sofisma a Alvarito, pero no dijo nada en contra.

En vista de que no hablaba, don Juan Juvenal interpeló a Alvarito de una manera un tanto grosera e insolente y Álvaro contestó con discreción y prudencia.

Como el abogadillo balzaquiano se marchó a una tertulia, don Juan familiarmente invitó a Alvarito a ir a su cuarto a charlar y a fumar un cigarro.

En el cuarto del cura, un cuarto de bohemio, se veían los hábitos colgados en clavos, y entre ellos una guitarra. Amueblaban la habitación una mesa, un sillón frailero, una estantería llena de libros y muchos legajos de papeles y cartas sobre una consola, sobre el sofá, sobre las sillas, entre botas, cajas de puros, peines y botellas de tinta vacías.

En el suelo se amontonaban las colillas y los periódicos. La confusión y el polvo indicaban que el cura era hombre descuidado y poco limpio. Hablaron, o, mejor dicho, habló don Juan. Una mezcla de familiaridad, de candidez y de grosería, que al principio de tratarle no era muy agradable, demostraban lo muy plebeyo de su carácter.

Al cabo de cierto tiempo se llenó el cuarto de tal manera de humo de tabaco, que comenzaron a picarle a Alvarito los ojos.

Mientras tanto, el clérigo hablaba sin parar. Había pensado componer un poema con la vida de Cabrera, pero no sabía cuándo lo comenzaría. Sentía gran entusiasmo por el caudillo tortosino y a todos los actos del cabecilla quería darles aire mesiánico y simbólico.

Don Juan Juvenal se explicaba, sin duda, con mucho ingenio, citaba con frecuencia en latín y tenía una gran admiración embozada por el gongorismo, admiración que disimulaba como si le produjera risa. Era un retórico y un dialéctico, lleno de argucias y de malicia conceptuosa.

Le gustaba llamar a la Virgen, sacro asombro, animado y epítome de Dios; a las nubes, cándidas holandas del ambiente; a los ángeles, océanos cerúleos del Empíreo, y a los apóstoles, participios del verbo que se perora.

Todas las ingeniosidades y frases felices de Góngora, de Argensola, de Quevedo, citadas en la _Agudeza y arte de ingenio_, del padre Gracián, le encantaban.

Le hubiera gustado escribir un libro y llamarlo: Silva de varia lección.

Se veía que el clérigo era hombre asombrado de tener ingenio, como quien encuentra un filón que no sospecha. Naturalmente, abusaba de su ingeniosidad. Ya se sabe que el mendigo a caballo lo hace galopar hasta la muerte.

—Todo el mundo tiene cualidades y defectos —dijo don Juan—; los defectos son muchas veces como las conteras de las cualidades. Ahora, que en muchos hombres todas son conteras.

Envolviéndolo en frases de retórica conceptuosa, hizo un gran elogio de Cabrera.

El cura explicaba el que muchos carlistas no comprendieran la superioridad de Cabrera por torpeza de meollo del vulgo.

—Cuando una fruta empieza a madurar o se halla del todo madura —dijo—, el inteligente afirma: Ya está; pero el público no la encuentra madura hasta que no empieza a pudrirse.

Esto le ocurría a Cabrera, según él. Pasados veinte o treinta años, todo el mundo le admiraría.

Cabrera tenía algo de azote de Dios; su paso se hallaba señalado en muchos versículos del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¿Que se le atribuían crueldades? Eran ciertas; las mismas que los escritores latinos y griegos atribuían a los bárbaros del norte que iban a regenerar el mundo.

Don Juan Juvenal variaba fácilmente de opinión; tan pronto se manifestaba partidario de los bárbaros como de los romanos de la decadencia. En su astucia oponía, como dice Gracián, frase que a don Juan debía parecer admirable, a juzgar por las veces que la repetía, la milicia a la malicia.

Cabrera poseía, según el cura, el don de la adivinación; la víspera de la batalla de Maella había dicho: Mañana morirán Pardiñas (que era el jefe de la fuerza enemiga) y uno de los que están aquí, y así sucedió.

El clérigo contó algunas ocurrencias de Cabrera, que Alvarito se atrevió a calificar de fantochadas.

—¡Ah, claro! —replicó don Juan—; así tiene que ser. _Totus mundus exercet histrionem_, ha dicho o le han hecho decir a Petronio, frase que no hay necesidad de traducir porque se entiende. Un buen político, un buen caudillo, ¿qué necesita ser? Un buen histrión. Es lo primero, lo transcendental.

Alvarito se sentía un poco mareado de oír exponer teorías tan contrarias al buen sentido de un Chipiteguy.

El cura siguió diciendo que allí mismo don Juan Palarea, el médico, el guerrillero de la guerra de la Independencia, infringió un golpe terrible a Cabrera en los alrededores de Molina, haciéndole más de quinientos muertos, otros tantos heridos y rescatando trescientos prisioneros que los carlistas cogieron en Terrer; pero esto no era nada para el gran campeón de Tortosa. Las desgracias hacían crecer al adalid del trono y del altar, al gran Macabeo que cruzaba el fuego sin peligro como las salamandras.

Don Juan habló de las hazañas de Cabrera y, entre ellas, de sus fusilamientos, como si también fueran hazañas.

En Nogueruelas, en Alcotas, en Ulldecona, en el Hornajo había fusilado soldados y nacionales a cientos; en algunos lados obligándoles antes a cavar su sepultura. En otra parte, después de mandar desnudar a cincuenta soldados, había mandado que los persiguieran a sablazos y a lanzadas.

Había cometido otras fechorías del mismo orden. En Codoñera fusiló a dos niños; en Valderrobles, a tres mujeres; en Gandesa, a Joaquina Foz de Beceite, embarazada, por tener un hermano liberal; en Maella sacó cuarenta heridos del hospital para fusilarlos en la plaza; en Villahermosa mandó matar a siete niños menores de diez años. Cuando abandonó Cantavieja, ordenó pegar fuego a los hospitales, llenos de heridos cristinos, y al retirarse hacia Francia y pasar el Ebro, echó al río algunos nacionales que llevaba prisioneros.

El cura contó otro rasgo de humorismo de Cabrera. Habían sido cogidos y llevados a Morella un joven oficial cristino y veinticinco soldados para ser fusilados sobre la marcha. Cabrera fumaba, apoyado en un balcón de su alojamiento que daba a la plaza. La hija del dueño de la casa se acercó a Cabrera y pidió a don Ramón que no fusilara al oficial cristino, a quien conocía.

—Está bien; no se le fusilará —dijo Cabrera secamente.

Los veinticinco hombres fueron fusilados y el oficial no. Al día siguiente Cabrera llamó al oficial y luego a la muchacha.

—Matadlo a bayonetazos —dijo a sus soldados, mostrándoles el oficial, y volviéndose a la muchacha, añadió irónicamente—: Ya ve usted que he cumplido mi promesa de no fusilarlo.

El cura afirmó que la guerra había que hacerla así: con crueldad, aterrorizando al pueblo.

Alvarito se retiró a su cuarto mareado; le parecía que el vaho de la sangre llegaba hasta él. ¿Qué país era el suyo? ¿Era un país o el patio de un manicomio? Se sintió avergonzado de ser español; creyó que si le hubieran dicho que era de un pueblo de antropófagos no le hubiera producido esto más repugnancia.

Era cierto que en la guerra de la Vendée y de la Chuaneria los franceses habían hecho cosas tan horribles; pero esto no era ningún consuelo.

Le empezaba a parecer su país un pueblo de locos, de energúmenos, de gente absurda.

No era la Dama Locura fina, sonriente y burlona de una Nave de los Locos, amable, la que se había paseado por España, sino una mujerona repugnante y bestial, con instintos fieros, una diosa caníbal, adornada con las calaveras de los enemigos.

Al entrar Alvarito en la cama se sintió turbado; soñó varias cosas, y entre los sueños se le apareció la Fiera Corrupia del cartel de la feria de Sigüenza. Era un gran dragón, de una tela impalpable, con tres cabezas, alas y uñas afiladas. Se movía a impulsos del viento. Sus ojos tomaban alternativamente una expresión feroz y sardónica, como los ojos del cura. El viento, cada vez más fuerte, producía tal temblor en el dragón, que Alvarito temía que lo envolviera a él por completo.

Al fin el viento llevó el cartel de la feria por el aire y Álvaro se encontró en el paseo de la Luneta de Medinaceli...

El día siguiente compró en una papelería un librito que el año anterior acababa de publicarse en Valencia y que se titulaba: _Vida y hechos de Ramón Cabrera_.

En este libro se acusaba a Cabrera de fatuo, de presuntuoso y de ignorante, y se insistía mucho sobre sus crueldades.

Un día después volvió a la misma tienda a preguntar si había algún libro más sobre Cabrera. No lo encontró y habló con el dueño de la papelería. Este le dijo que la gente de Molina no participaba del entusiasmo del cura Juvenal por Cabrera. A la mayoría de los mismos carlistas les parecía su crueldad horrible, aunque algunos la legitimaban por el fusilamiento de su madre. Otros muchos carlistas no tenían gran entusiasmo por Cabrera porque no era del país; algunos creían que su segundo o su tercero valían más que él.

Esa opinión que incita a pensar que los segundos deben ser los primeros es muy frecuente tratándose de todas las personas que figuran. Quizá en el fondo, tal simpatía por los segundones procede de un sentimiento de justicia, quizá solo de envidia y de rencor.

SEXTA PARTE

NOTICIAS DE FRANCIA

I

GONZÁLEZ MORENO

Alvarito escribió a su familia, a Rosa y a sus amigos desde distintos puntos del camino, y en Molina de Aragón recibió varias cartas y periódicos. Le contestaron Rosa, su hermana Dolores y D’Arthez. Le contaban todos las mismas historias, aunque con distintos detalles. D’Arthez le daba más pormenores sobre el convenio de Vergara y el fin de la guerra en el Norte.

Uno de los empleados del almacén de vinos de su padre, según le decía, había presenciado la muerte del general González Moreno.

Fue el empleado a ver de cobrar varias facturas a Urdax; se hallaba en un caserío cuando oyó gritos y, temiendo la llegada de los liberales, se subió a la guardilla. Desde un agujero vio el alboroto de los soldados del 11 batallón de Navarra, que empezaron a amotinarse. Se hablaba en contra del general González Moreno; se decía que quería escaparse a Francia con las maletas llenas de oro. El empleado vio al general con su levitón negro y su cara larga, siniestra y cetrina, una cara de cuervo, entrar y salir en la casa del gobernador de Urdax, Iribarren, con su mujer y otras señoras.

Se decía que el general había pedido pasaporte y escolta y que el comisario de la frontera ponía dificultades.

Poco a poco comenzaron a reunirse, delante de la casa del gobernador, grupos de soldados, furiosos.

—Ahora se van con el dinero —decía uno.

—Dinero de la traición —añadió otro.

—Ya se llevan todas nuestras pagas.

—Sí; ellos, ahora, vivirán bien en Francia y nosotros nos moriremos de hambre.

—¡Canallas! Todos son iguales.

Al aparecer González Moreno en la calle, el grupo de soldados comenzó a gritar:

—¡Mueran los traidores! ¡Muera Moreno! ¡Muera Maroto! ¡Viva Elío!

Moreno quiso interpelar a los que le increpaban y levantó el bastón en el aire; un soldado se lo arrancó de la mano, otro se atrasó, le apuntó y le disparó un tiro.

El viejo general cayó; los carlistas le remataron a bayonetazos y a culatazos y le arrastraron por el suelo.

D’Arthez contaba las distintas versiones que circulaban acerca de los instigadores de la muerte de González Moreno; quiénes decían que la instigación había partido de Maroto; otros, de los absolutistas puros. Se aseguraba también que el intendente Arizaga, que estaba en Añoa cuando mataron a Moreno en Urdax, fue el inductor de la muerte del que los liberales llamaban el Verdugo de Málaga. El intendente Arizaga pasó la frontera, en compañía de dos hijos de Maroto, y declaró en la aduana de Behovia que llevaba una maleta llena de onzas de oro.

A González Moreno le mataron los carlistas sin instigación misteriosa alguna. Al menos, así lo pensaba D’Arthez.

González Moreno, según decía D’Arthez, era un general sin genialidad ninguna y sin simpatía, muy enemigo de las tropas de voluntarios y de los guerrilleros.

Viejo antipático, misántropo, gruñón, andaluz a quien molestaba oír hablar vascuence, se manifestaba muy déspota.

Los vascos y los navarros le tenían mucho odio porque les trataba con desdén.

Era González Moreno como la representación del burócrata, palaciego y ordenancista, en medio de aldeanos irritados y furiosos.

Pedro D’Arthez hacía reflexiones sobre la terminación de la guerra carlista. Creía que España, ya libre de la teocracia y de la cuestión de la legitimidad, se orientaría en pocos años hacia la República.

A Alvarito le chocó mucho el que alguien pensara en la República, con relación a España. En su viaje no había oído hablar a nadie de ello.

II

LAS MUJERES Y AVIRANETA

Por aquellos días, a juzgar por las noticias que le mandaban, tuvieron los bayoneses el espectáculo de ver pasar por la ciudad a los jefes carlistas, que algunos gozaban por entonces de cierta fama en Francia; quién le había visto a Merino, y reconocido por los grabados, muy flaco, muy arrugado, con cara de vieja, vestido con levita, pantalón azul y sombrero de copa; otro había identificado a Villarreal, con su aire de enfermo; al barón de los Valles, muy rozagante; a Elío, al duque de Granada, a Valdespina o al príncipe de Lichnowsky. Se hablaba mucho de todos, con detalles; sabían sus condiciones personales, si tenían o no talento, y en Bayona se les conocía tanto como en España.

Un domingo de septiembre Bayona se transformó en un campamento carlista. A las once y media de la mañana, dos compañías francesas llegaron, batiendo marcha, conduciendo a la Subprefectura al séquito del Pretendiente. A la cabeza de las compañías iban varios oficiales montados a caballo.

Se vio al infante don Sebastián, con aire sombrío y huraño, vestido de uniforme y con la espada al cinto; al parecer se opuso a entregar sus armas al jefe de Policía francesa, quien no insistió, al ver la negativa, por comprender que el desarme del infante era una pura fórmula.

A la misma hora entraban en el parque del castillo de Marracq de tres a cuatro mil carlistas desarmados, escoltados por la tropa francesa. Se fueron todos tendiendo en la hierba, cansados e indiferentes. Los hombres y las mujeres de Bayona acudieron a verlos con curiosidad.

—No son tan negros —decían las francesas.

—Ni tan feos.

—Algunos están muy bien —añadían otras.

—Ya han acabado ustedes la guerra —les dijo un señor francés, viejo, hablando en castellano.

—Sí, afortunadamente —contestó un navarro.

—Mucho traidor hemos tenido y gente falsa —añadió un vasco.

—Déjate de eso, que ya ha pasado —replicó un castellano—. La cuestión es que nos den de comer.

—¿Nos darán de comer? —preguntó otro.

—Sí, sí —les contestó una dama española, probablemente carlista—. ¿Qué, tienen ustedes mucha hambre?

—Mucha.

En la Plaza de Armas, cuando la gente veía pasar los restos del malparado ejército carlista, el señor Sánchez de Mendoza, padre de Alvarito, que estaba acompañando a Dolores y a Rosa, conoció entre el público a don Eugenio de Aviraneta.

Se le acercaron tres mujeres: María Luisa de Taboada, la señora de Vargas, que había conocido a don Eugenio en tiempo de la guerra de la Independencia, y Sonia Volkonsky. Las tres miraban furiosamente a Aviraneta. María, de pronto, se destacó, se acercó a él, dio una palmada en el hombro al conspirador y le dijo con voz sorda:

—¡Infame, traidor! Esa es tu obra.

El señor Sánchez de Mendoza, cuyo espíritu estaba siempre en Babia, se quedó asombrado.

Después de decir esto, la señorita de Taboada se reunía con Sonia y con la señora de Vargas, y las tres se metían en un grupo de carlistas.

Unas semanas después se dijo, con relación a la señorita de Taboada, que iba a entrar en un convento de Carmelitas, de Bayona. Se había hablado antes de que María iba a casarse con el general don Bruno Villarreal. Se suponía que Villarreal aceptaría el convenio de Vergara; pero no lo aceptó y se quedó sin ningún destino.

Villarreal estaba tísico y tenía vómitos de sangre, lo que no le impidió vivir bastante tiempo.

María de Taboada no quería un marido enfermo y se metía monja.

El odio de las tres mujeres contra Aviraneta sirvió de pasto a la conversación en casa de Madama Lissagaray. Se sabía que María Luisa había colaborado con Aviraneta en sus intrigas y se suponía que estaba descontenta. De Sonia Volkonsky se sospechaba que su hostilidad provenía del asunto del caballero de Montgaillard, que seguía preso, y con relación a la señora de Vargas, se pensaba que la causa del odio debía ser muy antigua.

III

AVIRANETA Y MERINO

El señor Sánchez de Mendoza, que tuvo por la mañana la sorpresa de oír el exabrupto de María de Taboada a Aviraneta, escuchó por la noche una conversación en la fonda de Francia, que le sumió en el colmo del estupor.

Había ido Sánchez de Mendoza por la tarde a visitar al ex ministro carlista Cabañas, su antiguo jefe en las oficinas del Real, quien le convidó a cenar. Don Francisco Xavier escuchó las opiniones del ex ministro con gran atención y recogió sus confidencias en su pecho como en un vaso sagrado.

Al terminar la cena, Cabañas dijo a Sánchez de Mendoza:

—Yo estoy un poco cansado y me voy a la cama. ¿Usted podría en un momento repasar unas cuentas?

—Sí, señor; ya lo creo, con mucho gusto.

—Entonces, yo me marcho. Pida usted algo, si quiere, aquí.

—Muy bien; pediré un café.

Se marchó el ex ministro Cabañas y el señor Sánchez de Mendoza quedó en un rincón del comedor, medio oculto por un gran armario, haciendo números.

No había nadie en la sala más que Aviraneta, que estaba cenando de espaldas a él. Sánchez de Mendoza pensó en acercarse a don Eugenio; pero la frase de infame traidor que había oído por la mañana, dirigida a Aviraneta, le contuvo. No sabía qué fondo podía tener aquello; pero de todas maneras no le pareció oportuno acercarse a él.

En esto se abrió la puerta de cristales del comedor de la fonda y apareció un viejo pequeño, vestido de negro, muy atezado, con levita larga y sombrero redondo.

El viejo se sentó a una mesa y llamó imperiosamente, dando con un cuchillo en el plato.

Era un viejo flaco, calvo, con un pañuelo negro en la cabeza y algunos pelos grises en las sienes; los ojos hundidos en las órbitas, la expresión dura y sardónica y la boca de labios finos.

Aviraneta, al ver entrar al viejo, debió de mirarlo, y el viejo se acercó a él.

—¿Eres tú, Eugenio? —le preguntó con sorpresa.

—Yo soy, don Jerónimo.

Sánchez de Mendoza comprendió, al oír el nombre, que aquel viejo era el cura Merino, el célebre guerrillero, el paladín esforzado del trono y del altar.

—No creí que te vería ya —dijo Merino.

—Yo tampoco a usted —replicó Aviraneta.

—Ya hace treinta y tantos años que nos conocimos.

—Es verdad. ¿Va usted a cenar?

—Sí. Tomaré un par de huevos. ¿Tú quieres cenar?

—He cenado ya. Gracias. Tomaré otro café.

Merino encargó su cena. Echó los huevos a un vaso y se puso a tomarlos con un poco de pan. Después comió una manzana, bebió un vaso de agua, encendió un cigarro y comenzó a fumar. Sus ojos brillaban como los de un aguilucho bajo las cejas espesas y cerdosas; los pocos dientes, amarillos, de su boca mascaban el cigarro.

—¿Qué haces aquí, si se puede saber? —preguntó don Jerónimo.

—Veo lo que pasa.

—¿Y qué te parece?

—¡Qué me va a parecer! Bien. ¿Y a usted?

—A mí, mal. ¿Sigues siendo revolucionario?

—Sí. ¿Usted sigue siendo servil?

—¡Servil! Nunca lo he sido.

—Cierto; fue usted liberal en algún tiempo.

—No es verdad.

—A mí me habló usted en Madrid, hace veinticinco años, de trabajar por la Constitución.

—Siempre he aborrecido la canalla.

—No sé a qué llama usted la canalla.

—A los liberales, a los cristinos, a los que quieren cambiar la religión y la forma de un país porque sí —repuso Merino con cólera.

—Yo llamo canalla a ese pobre imbécil de don Carlos —replicó Aviraneta—; llamo también canalla a esos aristócratas grotescos, con los cuales usted se mezcla; usted, el cura de Villoviado, guerrillero y pastor; usted, plebeyo, unido con esa gente ridícula, como un perro de ganado con perrillos falderos; llamo también canalla a esa tropa de curas y de frailes que quieren jugar a los grandes generales...

—¡Con qué gusto te fusilaría! —exclamó Merino, pegando un puñetazo en la mesa.

—Yo también le hubiera fusilado a usted cuando le cogí preso en Tordueles. Si no lo hice no fue por falta de ganas. Ahora, ya no. ¿Para qué? Ya no es usted nadie.

—¿Y tú?

—Yo nadie tampoco, pero veo la realidad.

—Crees verla.

—No; la veo y unas veces me río y otras siento tristeza. Pensar que gran parte de esta guerra se ha hecho por la legitimidad, ¡la legitimidad de don Carlos!, del hijo de una mujer como María Luisa que reconoció en Roma que ninguno de sus hijos era de su marido.

—¿Y eso qué importa?

—Nada; a mí, nada; pero me da risa y tristeza.

—Todo eso está en la significación —arguyó Merino—. ¿A mí qué me importa de quién es hijo Carlos V? ¿Es que hay alguna diferencia entre una bandera roja, una negra y otra blanca, que la que le da el teñido? El pedazo de algodón o de hilo es igual y, sin embargo, los unos nos agrupamos alrededor de una y morimos por ella, y los otros también. Esa bandera es la idea. Me extraña que no lo comprendas.

—Sí, lo comprendo, lo comprendo. Una cosa tan estúpida y tan bestia como esta guerra tiene que tener una razón.

—¿A ti te parece estúpida y bestia?

—Completamente.

—¿Solo por nuestra parte?

—No, por las dos partes. Los unos y los otros han hecho mil bestialidades y mil torpezas.

—Los liberales las han hecho mayores.

—Y ustedes también.

—Yo he hecho lo que han hecho todos.

—¡Bah! ¿Qué ha hecho usted? Asesinar, matar para mayor gloria de Dios. Si se mira usted las manos las tiene usted que ver llenas de sangre.

—¿Y tú?

—Yo no soy cura. Yo no predico que todos somos hermanos. Además, he predicado más noblemente que usted. Usted ha sabido escaparse como un conejo cuando le perseguían, ha defendido usted a un pobre mentecato en su derecho al trono. Poco haber para pasar a la historia.

—¿El tuyo es mayor?