Chapter 15 of 22 · 3980 words · ~20 min read

Part 15

Era curiosa la idea de los carlistas sobre María Cristina. La llamaban la calderera, la piojosa, la zarrapastrosa, y probablemente, gente de buena fe, creía que, en su tierra de Nápoles, María Cristina anduvo con algún oso o con algún mono tocando la pandereta.

A don Carlos lo consideraban como un héroe; los liberales eran, naturalmente, todos masones y vendidos al diablo; los extranjeros, hambrientos y miserables, que no conocían el pan blanco. Creían también que ellos engrandecerían a España restableciendo la Inquisición y las fiestas religiosas, terapéutica sencilla y fácil de llevar a la práctica.

Ciertamente se comprendían algunas de sus ideas; por ejemplo, su mala opinión acerca de María Cristina. Aquellos buenos españoles, acostumbrados a ver desde lejos en el rey una persona respetable y casi santa, se encontraban de pronto gobernados por una extranjera, que se enredaba además con un guardia de corps, hijo de un estanquero.

Cierto que tales contubernios no eran nada raro en los Borbones para el que vivía cerca de ellos. Estos buenos Borbones siempre se distinguieron por su rijosidad y parte por su estupidez y su mala fe, a pesar de lo cual produjeron siempre, sobre todo en los franceses, un gran entusiasmo. Había que reconocer que nunca se había llegado hasta entroncar públicamente con el estanco como en la época de María Cristina.

El viejo contó cómo en el invierno de 1812 Espoz y Mina venció en Sigüenza a los franceses, mandados por el general Abbé, y cómo un mes después, en el Rebollar, fue sorprendido el Empecinado por los franceses del general Guy, que llevaban como jefe de Estado Mayor a don Saturnino Abuín, el Manco, antiguo segundo del Empecinado, pasado a los franceses. Don Saturnino derrotó a su antiguo jefe y le hizo perder mil doscientos hombres.

El Empecinado estuvo a punto de caer prisionero y se salvó echándose a rodar por un barranco.

Alvarito pudo notar que para los carlistas intransigentes, como para el Feotón, los héroes de la guerra de la Independencia no eran simpáticos, porque para ellos el mérito máximo consistía en defender, no España, sino el trono y el altar, sobre todo el altar.

Alvarito se acostó cerca de la media noche y se despertó tarde. Una chica cantaba a voz en grito y unos burros rebuznaban escandalosamente. Se vistió y fue a la calle. En la plaza había mucha gente.

Quedaban todavía restos de la feria, y entre los puestos de pucheros y de baratijas un hombre sostenía un cuadro o estandarte con figuras y otro las explicaba con un puntero. El estandarte o cartel sostenido en el palo, por un lado llevaba pintada la Fiera Corrupia o la llegada al mundo de la gran bestia del Apocalipsis, y por el otro, las escenas de la vida de Candelas, el ladrón célebre, subdivididas en muchos cuadros, desde su primer robo hasta que le agarrotaron en el Campo de Guardias, de Madrid.

El del puntero vendía papeles verdes y rojos y explicaba las escenas del cartel. En la llegada de la Fiera Corrupia al mundo se amontonaban muchas de las tonterías y absurdos del Apocalipsis, con mil y un presagios para el porvenir, a cual más ridículos.

En la vida de Candelas había menos necedades.

El del puntero comenzaba su relación dirigiéndose a los padres _que tenían hijos_, poniéndoles el ejemplo de Candelas, de adonde conducen la mala conducta y las malas compañías. Al final, señalando la última escena pintada, el hombre recitaba estos versos con una voz mortecina y triste:

Ya lo sacan de la cárcel, lo llevan por la carrera, hasta llegar a la plaza, donde turbado se queda.

A Alvarito le recordaban aquellas pinturas horribles las figuras de cera de Chipiteguy y las contempló largo rato. Después estuvo oyendo las explicaciones de un charlatán que vendía todo a real y medio la pieza. Era, indudablemente, un hombre listo. Mientras tenía en la mano una cosa cualquiera le daba un aire de ser buena y al ir a otras manos, como por arte de magia, se convertía en algo sin valor. Los aldeanos, a pesar de su cazurrería y de su desconfianza, se quedaban maravillados, como pensando en qué consistiría este sortilegio.

Miraban lo que habían comprado atentamente; a veces hacían un gesto de desagrado o de resignación. Quizá algunos no protestaban para no pasar por tontos y otros dejaban con malicia que el compañero cayese en el mismo lazo que ellos.

Alvarito oyó muy entretenido al hombre del baratillo.

Al volver a la posada preguntó al viejo, padre de la posadera, cómo iría más seguro y mejor a Molina de Aragón.

—Aquí para —le dijo el viejo— un arriero, a quien llaman por mal nombre Malos Ajos, porque es bastante mal hablado, y mañana por la mañana va a Molina.

—¿Es buena persona?

El viejo se encogió de hombros.

—Creo que sí; no sé que haya robado a nadie. Al menos con trabuco. Quedarse con algo, si ha podido, me figuro que se habrá quedado. Va también con él ese estudiante de cura que estaba ayer aquí que se llama Tiburcio Lesmes. Ese sí es un buen peje; un granuja de marca mayor. Suele llevar siempre barajas marcadas e invita a jugar y le saca los cuartos a cualquiera; pero otras fechorías no hará, porque es cobarde como una liebre.

Habló Alvarito a Malos Ajos, quedó con él de acuerdo y por la mañana entró en su carro para ir a Molina en compañía del arriero y de Tiburcio el estudiante.

A la salida del pueblo se encontraron con un lañador, con su taladro y sus alicates, sus alambres, un berbiquí y un saco. Era hombre muy desharrapado, muy sucio, con una manta destrozada y calañés en la cabeza. Sus ojos claros y su tez oscura le daban aire de gitano. Era de los que gritan: A componer tinajas y artesones, barreños, platos y fuentes.

El lañador, conocido de Malos Ajos, pretendió entrar en el carro.

Alvarito notó que olía muy mal y se lo dijo, lo que produjo la cólera y el refunfuñamiento del gitano.

El tío Malos Ajos era un pedante. La enfermedad de la pedantería es frecuente en Castilla, y además, incurable.

El tío Malos Ajos había tañado a Alvarito, considerándolo un infeliz, a quien podría explotar, y como mala persona se decidió a ello sin escrúpulo.

—Hace usted bien —dijo el arriero a Alvarito— en ir con gente de confianza, porque este camino es poco seguro. Aquí, no muy lejos de Sigüenza, cerca de la Venta del Puñal, entre Grajanejos y Almadrones, mataron hace un mes a un amigo mío.

—Por esa misma época —dijo el estudiante Tiburcio—, un grupo de vagabundos y de ladrones desvalijaron una casa de aquí cerca.

Al poco rato, Malos Ajos añadió, señalando un recodo:

—Ahí mismo mataron a un viejo que volvía de la feria.

—¿Ahí? —preguntó Álvaro con indiferencia.

—Ahí mismo. Un poco más lejos le robaron a un recluta que volvía al pueblo.

—Y en aquel cerrillo, según dicen —agregó el estudiante—, se le apareció un fantasma a un ermitaño.

Alvarito notó la intención de asustarle y se puso en guardia.

—¡Bah! —dijo de pronto—. Yo no tengo miedo a los ladrones, al revés; estoy tan desesperado, que me alegraría que salieran para matarme con alguien. No me pueden robar, no llevo un cuarto en el bolsillo.

—¿Y cómo sale usted de casa sin dinero? —preguntó el estudiante.

—El dinero lo tengo que recoger en Molina. No llevo un cuarto; en cambio tengo unas pistolas que hay que verlas.

El arriero, el estudiante y el gitano se miraron uno a otro con sorpresa.

Comieron en el camino. Dos o tres horas antes de llegar a Maranchón el cielo comenzó a ponerse negro como la tinta y empezó a relampaguear y a tronar. La tormenta fue de gran violencia.

Gruñía la tempestad, silbaba el viento y los rayos iluminaban el campo con sus zigzags cárdenos. Con redoble de lluvia y de granizo llegaron a un parador solitario, se acogieron corriendo a él y se metieron en la cocina.

Alvarito observó que tanto el tío Malos Ajos como Tiburcio Lesmes y el lañador gitano eran muy cobardes; temblaban cuando tronaba fuerte. Alvarito se acurrucó en un rincón y notó poco después que el estudiante intentaba investigar en sus bolsillos. Comprendiendo que la mansedumbre resultaría peor que la violencia, a la segunda investigación se levantó y pegó un puntapié al estudiante, que comenzó a chillar. Luego se abrochó bien la chaqueta y se dispuso a hacer como que dormía.

Poco después el estudiante le dio una palmada en el hombro.

—¡Eh! Usted, joven —le dijo—, ¿quiere usted echar una partida? —y sacó unos naipes.

—No —contestó Alvarito.

—¿Y por qué no?

—Porque no me da la gana y porque estoy cansado.

El tío Malos Ajos, sorprendido de la entereza de Alvarito, le miraba con asombro.

Jugaron Malos Ajos, dos arrieros y Tiburcio a las cartas, y al final del juego se acusaban unos a otros de tramposos y de jugadores de ventaja.

Después de cenar, el ventero dijo que disponía de pocas habitaciones. Tiburcio tendría que dormir en el mismo cuarto que Álvaro. Álvaro aseguró que prefería dormir en el pajar.

El ventero le mostró el pajar a Alvarito y este entró sin luz y se tendió en el suelo.

Había un agujero en la pared por donde entraba el viento helado.

—¡Qué frío hace aquí! —exclamó Álvaro.

—Esta es la venta del Mal Abrigo —dijo un arriero que estaba tendido en el suelo, con la cabeza liada en una manta.

Alvarito se deslizó hasta un rincón y se dispuso a pasar la noche sentado.

A poca distancia de él cuchicheaban dos personas en murmullo apenas perceptible, como el de un chorro de agua lejano.

¿Quiénes podían ser?

Alvarito aguzó el oído. Le parecieron las voces de Malos Ajos y del gitano. Uno de ellos decía que Alvarito era un tonto, que iba a cobrar unos dineros en Molina y que lo debían de coger y meterlo en cualquier lado y mandar a alguien a cobrar.

Alvarito, inmediatamente de oír esto, salió despacio al corral, se acercó al carro de Malos Ajos, cogió su maletín, abrió la puerta y salió al camino.

Realmente, aquella era la Venta del Mal Abrigo, como decía el arriero, si es que no era el puerto de Arrebata Capas.

Valía más ir por la carretera.

Tronaba, pero no llovía; las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo. El aire venía cargado de olores aromáticos.

—Adelante —se dijo—. Cuanto más lejos, mejor; adelante.

Fue marchando de prisa por un páramo estéril y pedregoso, muy contento, hasta llegar a un pueblo: Maranchón.

Entró en una posada; junto a un hermoso fuego se calentó y se fue a la cama.

Durmió de un tirón hasta muy entrada la mañana.

En Maranchón, pueblo de vendedores de caballos y de cerdos, se tiritaba de frío.

Quedaban también allí recuerdos de Balmaseda. En 1836, el cabecilla, después de sorprender a la guarnición liberal del pueblo, se dedicó a una terrible matanza.

A la mañana siguiente, el arriero Malos Ajos y Tiburcio se presentaron a Alvarito en Maranchón y le preguntaron por qué causa se marchó, dejándolos.

—Nada; tenía ganas de andar.

—¿Vendrá usted con nosotros?

—No; voy a seguir solo.

—¿Por qué? ¿Tiene usted miedo?

—No tengo que dar explicaciones.

La insistencia de los dos le convenció de su imprevisión de fiarse de gente desconocida. Alvarito se fue a ver al alcalde del pueblo, chalán que había estado en Bayona, quien le dijo que cortara toda relación con los dos tunantes y que unos días después podría seguir su viaje con un arriero de confianza.

VIII

REFLEXIONES SOBRE LAS FONDAS MODERNAS Y ASÉPTICAS

En el prólogo de este libro hemos fantaseado, con más o menos ingenio, sobre la pintura, la novela y la filosofía aséptica, y ahora divagaremos un poco acerca de las fondas españolas, donde la asepsia tiene indudablemente más objeto que en los bodegones pintados y en la literatura.

Los franceses, con su habitual petulancia, nos han hablado de la pobreza y miseria de las posadas españolas y de las ventas; pobreza y miseria indudablemente cierta, aunque quizá sin los colores que les han dado ellos, llevados por la visión amanerada, que es peculiar y característica de nuestros vecinos.

La verdad es que todos los pueblos meridionales han sido natural y espontáneamente sucios, quizá por el clima, quizá por la raza, quizá por profesar la verdadera religión, que es, como se sabe, el catolicismo. Sea por lo que sea, es lo cierto que los hábitos de limpieza en Europa han venido del Norte, de Inglaterra, de Holanda y de Escandinavia.

Cuenta un escritor francés que en el libro de viajeros de una fonda española un cura escribió esta sentencia: «Piensa que muerto serás comido por los gusanos»; y el escritor añadió: «Y vivo, por las pulgas».

Nadie duda de la exactitud de los hechos. Los gusanos y las pulgas, y otros parásitos aun más desagradables, son una realidad en todos los países latinos y católicos. Sin embargo, es posible que esta anécdota sea tan verdadera como la otra del que llegaba a una mísera venta española y decía:

—Yo quisiera tomar algo.

Y el ventero le contestaba:

—Pues tome usted asiento.

Los dos chascarrillos pueden servir de contribución al conocimiento de la España pintoresca.

A pesar de las pulgas, de los demás parásitos y del tome usted asiento de las ventas y mesones de nuestro país, hay que convenir que son casi más odiosas las fondas españolas modernas, con sus pretensiones de asepsia y de desinfección, que las antiguas.

Esta fonda moderna española aséptica, con su aire anglo jesuítico, es de una antipatía perfecta. Todo en ella es rapado, mezquino y desagradable.

Algunas poseen el aire de clínica económica. Parece que, en vez de llevar el manjar sangriento al comedor, lo van a llevar a uno al quirófano a abrirle en canal.

Todo se acerca a estar bien en nuestras modernas fondas asépticas; pero nada está bien del todo.

El comedor, en sitio oscuro y mal ventilado, con luz de acuario; el mantel, medio húmedo y de blancura gris; las alcobas, en los sitios más sombríos, a veces con ventanas a patios o a pasillos, como si el viajero fuera un plato de carne que se puede meter en una fresquera. El retrete no huele mucho, pero huele bastante para que se note su existencia; las criadas son malhumoradas; el amo o el ama, adustos, como si temieran que los huéspedes se fuesen sin pagar. Todo es aséptico, de economía y sordidez que dejan frío.

Los españoles actuales que frecuentamos estas fondas nos sentimos con el corazón tan aséptico como ellas.

Es extraña la pedantería que se desarrolla en una fonda española moderna. Todo el mundo aparece afectado, engolado, desdeñoso, de una manera tan absurda, que se siente vergüenza de pertenecer a una especie zoológica tan ridícula como la del viajero.

El mérito parece que está en decir: Yo desdeño a los demás y los demás no me desdeñan a mí. Esa es la gran preocupación. El que puede fruncir los labios con más desprecio; el que puede demostrar que cuando escribe una carta no se ha enterado de que existe otro ciudadano a su lado; el que prueba de una manera palmaria e irrefutable su majadería, es el que bate el _record_.

Alguien dirá: ¿Es que en los hoteles de otros países la humanidad es más amable o más simpática? No. Indudablemente, en todas partes el género es el mismo; el matiz es lo que varía. Se puede asegurar que todos los hoteles y fondas nacionales son aburridos y monótonos.

Solo cuando el hotel es internacional empieza a ser divertido, porque se convierte en algo como una fiesta de circo o una jaula de monos.

El francés, petulante, hablando en falsete; el alemán, sin cogote, con la cara lustrosa, como untada con tocino; el inglés, con aire de perro; el yanqui, amojamado; el español, inoportuno y exigente; el sudamericano, triste y amulatado; el judío, aguileño; las mujeres de los diversos tipos, pintadas, con pieles, gasas, joyas, todo esto es un espectáculo ameno y contradictorio.

Pero nuestros hoteles y nuestras fondas no son espectaculares, sino sombríos, siniestros, de una gravedad y de una seriedad funerarias. Se sube, se baja, se entra en el cuarto, como si se fuera a acompañar un entierro.

Si hay ascensor, no se puede prescindir de él. El subir unos escalones se considera, no solo como un trabajo ímprobo, sino como una ofensa.

En los comedores de estas fondas triunfa el comisionista, que emplea el palillo desdeñosamente, como si fuera algo que nos regocijara a los demás; el ver que se saca piltrafas de carne de los agujeros de los dientes. Al lado del comisionista, triunfante con su palillo, como una hiena sentada en un cementerio, está el que toma píldoras, o polvos, o bicarbonato. En las alcobas vemos las etiquetas pegadas a las paredes por los viajantes que han pasado por allí, muchas anunciando específicos para la tuberculosis, para la tiña o para la sarna; siempre cosas alegres.

Los americanos, sobre todo, son gentes que, cuando vienen a España, nos reprochan nuestro provincialismo y nuestro abandono.

Yo he llegado a pensar que actualmente tenemos demasiados escaparates lujosos, baños, inodoros, asfaltos y ascensores; en cambio, no nos distinguimos gran cosa por nuestro ingenio. Al extranjero le interesa, naturalmente, más nuestra higiene que nuestro ingenio; pero a nosotros nos puede interesar más nuestro ingenio que nuestra higiene.

España es pueblo proletario y algo zarrapastroso, que a veces tiene simpatía e intuiciones geniales. Los extranjeros quieren que dejemos nuestra intuición y nuestra simpatía a un lado y que seamos españoles asépticos.

Es un plan que indudablemente nos seduce poco. Eso de no poder pasar de ser guardas de monumentos, porteros de nuestras catedrales o de las baratijas de yeso de la Alhambra, es un poco triste. Yo creo que es preferible ser séptico e infeccioso y divertirse lo más posible.

A mí, al menos, la asepsia no me entusiasma del todo; creo que prefiero la infección. En el género fonda me gustan más que estos hoteles asépticos y funerarios aquellas fondas clásicas, grandes, sucias, con el suelo torcido, las sillas rotas, las cortinas llenas de polvo, el sofá desvencijado, con durezas terribles; las estampas de santos y las cómodas ventrudas, con un Niño Jesús con su bola de plata en la mano.

En una fonda aséptica actual sabemos que encontraremos comida más o menos auténtica, un cuarto, café con achicoria y sociedad distinguida de viajantes de comercio o de millonarios, que no se diferencian nada de los viajantes.

En la fonda española clásica, séptica e infecciosa, había sorpresas. Se buscaba una comida regular, y se encontraba una aventura política; se iba detrás de un guiso de carnero, y se salía enamorado de la criada; se oían gritos en el cuarto de al lado, y se averiguaba que había un loco furioso; se miraba por un agujero de la pared, y se veía una mujer muy guapa; salía uno al balcón, y se encontraba uno con un loro o con un mono de algún indiano venido a España, en compañía de una negra.

Un poco de suciedad, con simpatía y gracia, es más agradable que esta tiesura de ahora, con su asepsia y su pedantería correspondiente; y no es que defienda uno lo antiguo por amor al turismo y a la chatarra de lo pintoresco. No.

Sin duda no podemos ser cuidadosos, minuciosos, meticulosos. No lo seamos. ¿Qué importa? ¿Que el extranjero nos denigra un poco? ¿Que el rasta americano se crea superior a nosotros, porque la porcelana de sus comunes es superior a la nuestra? Nada de eso nos debe preocupar.

Si la fonda aséptica se generaliza y aumenta aún más en antipatía, en aspecto funerario y en pedantería, nuestro grito va a llegar a ser este: ¡Viva la fonda séptica y la novela séptica e infecciosa, donde se encuentran cosas inesperadas, y vaya al diablo la teoría microbiana!

IX

EL CURA ADMIRADOR DE CABRERA

Molina de Aragón es un pueblo de cierto empaque aristocrático, con casas hermosas, calles bastante anchas y una gran fortaleza que volaron los franceses en la guerra de la Independencia, dejando de ella solamente varios torreones, altos y dramáticos.

Llegó Alvarito a Molina y fue a parar a una fonda de la plaza, en donde le destinaron una alcoba y un gabinete de papel rameado, con un loro charlatán en el balcón y una jaula dentro con dos canarios.

En medio del cuarto había un velador, y sobre él, algunos números encuadernados del _Semanario Pintoresco Español_, de _El Museo de las Familias_ y de _El Panorama_.

Alvarito habló largo tiempo con la dueña de la casa y con sus hijas y logró inspirarlas confianza. La dueña, muy charlatana, le contó antiguas historias del año 1823, cuando estuvo en Molina el conde de España y mandó fusilar al general Bessieres.

Alvarito empezaba a saber tratar a la gente. Sabía ser amable y cortés, sin presentarse como el forastero que va a pedir o a sacar algo.

En general, quien visita los pueblos, tiene que dar la impresión de que va a algo concreto, y a poder ser, con un fin interesado y egoísta, porque eso se comprende bien por todo el mundo, y hasta presta cierta respetabilidad.

Si en una aldea a una persona se le ocurre decir que no lleva más objeto que ver el paisaje o la silueta de una montaña, se expone a que le tomen, por lo menos, por asesino.

Alvarito consultó el mapa para ver si podía ir directamente desde Molina a Cañete en dos o tres jornadas, por el monte; pero el camino era frecuentado y recorrido por restos de partidas carlistas. La dueña de la fonda le recomendó fuese a Teruel con algún arriero, y de allí, por la carretera, a Cañete. Debía esperar, por lo menos, dos días.

En el comedor de la fonda de Molina, Alvarito conoció a un abogado, joven y melenudo, a quien no le interesaba nada de cuanto pasaba a su alrededor, y que vivía soñando en Madrid, y sobre todo en París.

El abogadito creía ver la ciencia completa del mundo en Balzac, de quien tenía muchas novelas. Trastornado por aquella literatura aristocrática quería imitar a los personajes favoritos de sus libros y se dedicaba a vestirse elegante, a cuidar de sus melenas y a llevar siempre las manos enguantadas. Era afectado y repipiado hasta más no poder. Gesticulaba con ademanes de madama y a cada paso se miraba a sus manos, que sin duda por algún motivo especial le encantaban. En la fonda, y al parecer también en el pueblo, se reían de sus levitas, de sus melenas y de sus guantes.

Un prestigio de la casa, y también de la ciudad, era el cura don Juan Juvenal. En la hora de comer Alvarito no vio a este cura, porque había ido a un pueblo próximo a echar un sermón. De don Juan Juvenal se hablaba con gran entusiasmo. De noche Álvaro encontró a don Juan en el comedor de la fonda.

Era el clérigo un hombrecillo moreno, feo, de ojos negros muy brillantes como el azabache, las cejas cerdosas, salientes, la tez pajiza, de hombre enfermo, el labio belfo y los dientes amarillentos y ennegrecidos; una fisonomía atormentada, pero de gran expresión.

El cura, sin duda malo del estómago, comió muy poco, tomó bicarbonato, después café y habló por los codos con voz chillona. Se expresaba con facilidad y elocuencia, pero siempre había en sus palabras un deje de pedantería de seminario.

Se puso a hablar ante los huéspedes, y entre ellos el abogado balzaquiano, un poco ex cátedra, observando el efecto producido por sus palabras en un forastero como Álvaro.