Part 14
Almazán, con sus murallas, al lado del Duero, con su hermosa plaza con soportales, sus puertas, sus cubos y torreones, presentaba agradable aspecto. Vio las iglesias, el palacio de la plaza, de sillería roja; anduvo por la parte alta del pueblo, metiéndose por las callejuelas. Contempló las casas de adobes, torcidas y derrengadas, de color arcilloso las tapias de los corrales, con bardas de ramas revocadas con manteo de barro y paja.
Luego salió por una puerta al puente, cruzó el río y se alejó un poco para contemplar la ciudad en conjunto.
Enfrente aparecía el pueblo con varios campanarios puntiagudos, la parte de atrás de un gran palacio de piedra amarilla y la muralla dorada. Desde el muro bajaba un talud verde hasta el río y se veía una alameda, de follaje nuevo, brillando al sol. Por el puente pasaban algunos carromatos y recuas de mulas y de caballos que llevaban los chicos a beber al río.
Un viejo de anguarina parda le pidió limosna. Alvarito le dio una moneda de cobre y le hizo algunas preguntas. El viejo, idiota o escamón, no quiso contestar, y Alvarito volvió al pueblo y entró en casa del señor Blas.
El mantero no sabía nada de la ciudad. No le interesaban, ni las iglesias, ni lo arqueológico.
—Y en ese hermoso palacio de la plaza, ¿quién vive? —preguntó Álvaro.
—Ahora, no vive nadie —le contestó el mantero.
—Pero, ¿de quién es?
—No sé; aquí le llaman únicamente el palacio.
En la calle preguntó a dos o tres, y nadie lo sabía ni tenía la menor curiosidad por ello.
Alvarito sacó en consecuencia que en la mayoría de los pueblos de España no quedaba aristocracia, o que, si quedaba, nadie se cuidaba de ella. Realmente los pueblos vivían como si la aristocracia no existiera.
Notó el señor Blas, el mantero, que Alvarito no era recibido en su casa amablemente, y le dijo, sin duda como compensación, que le llevaría al convento de Santa Clara para presentarle a su sobrina.
—Le gustará a usted —añadió.
—¿Pero, cómo, es una monja?
—Sí.
—¿Y quiere usted que me guste?
—Hay que entender; no digo que le guste para que le haga usted el amor, sino para hablar con ella.
El convento de religiosas de Santa Clara, en Almazán, no muy grande, estaba muy bien situado y tenía una hermosa huerta y balcones y galerías que daban al río.
El señor Blas y Alvarito entraron en el convento, pasaron a un patio empedrado con losas y un corredor blanco.
Al entrar en el locutorio, sonó la esquila y cuatro o cinco religiosas salieron escapadas por una puerta, con un ruido de faldas que daba la impresión de una fuga de fantasmas.
—¡Qué brujas! —dijo el señor Blas, y murmuró después:
Aleluya, aleluya, padre vicario, que se suben las monjas al campanario.
Luego, sentándose en un sillón antiguo e indicándole otro a Alvarito, añadió:
—Siéntese usted; las monjas se escapan, pero están deseando que se venga a visitarlas. Algunas son muy alegres.
A Alvarito no le dieron semejante impresión. Las caras que vislumbró tenían un aire de estupor petrificado, duro e inexpresivo; como si la vida, retirándose de aquellos rostros, solo dejara una máscara helada. No había en conjunto en la casa más que siete u ocho monjas.
En el locutorio, grande y blanqueado, con tres ventanas altas y enrejadas, colgaban en las paredes cuadros negros y, en medio de un testero, un crucifijo. Alrededor había varios sillones fraileros y sillas de cuerda de esparto; en el suelo, ruedos blancos. Olía allí a húmedo, a cerrado.
De pronto se abrió la puerta y apareció la superiora, Sor María de los Ángeles, con la sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, todavía novicia.
La superiora vestía hábito gris oscuro, toca blanca, un cordón también blanco en la cintura, velo negro en la cabeza, sandalias y un escudo de la Concepción en el pecho. Era gruesa, de cara que parecía de cera, los ojos negros y una sombra de bigote sobre el labio.
La sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, llevaba velo blanco alrededor de la cabeza, sin duda distintivo de su noviciado. La hermana Visitación era agraciada y gentil. Se adivinaba tras de su hábito un cuerpecito esbelto y bien formado.
El señor Blas contó a su sobrina las peripecias de su viaje con Alvarito y le instó a este para que explicara sus impresiones de la guerra.
Alvarito relató sus aventuras con sencillez, narró lo visto por él, recalcando los detalles crudos. La novicia hizo reflexiones acerca de la barbarie, de la sensualidad y de las pasiones de la gente, entregada al mundo, al demonio y a la carne. Se oía con gusto su voz dulce, suave, y si a veces se le podía reprochar cierta tendencia a la petulancia y a la pedantería, quedaba como velada por su gracia natural.
Luego, incitada por la madre superiora, mujer un poco absurda, que deseaba se luciese su novicia, la chica recitó de memoria capítulos enteros de _Los Desengaños Místicos_, del padre Arbiol.
Toda aquella sabiduría amanerada, de confesor, en estilo académico y florido, en boca de una muchachita aldeana, en aquel convento triste, tenía aire tan absurdo y antinatural, que Alvarito contempló a la vieja superiora y a la novicia, pensando si a alguna de las dos, o a las dos, se les aparecerían de repente los cascabeles de la Dama Locura de La Nave de los Locos. Se despidieron de las monjas.
El señor Blas condujo a Álvaro a casa de un arriero para que le llevara a Medinaceli y le recomendó a un comerciante de este pueblo.
Al día siguiente, por la mañana, el joven Sánchez de Mendoza paseó, contemplando el mirador del convento y pensando en la gentil novicia y en su mística sabiduría. Fue luego a despedir al señor Blas, quien le apretó efusivamente la mano y emprendió su camino.
VI
PUEBLOS Y CAMPOS DE CASTILLA
Hay en España tierras sin más variedad que la variedad de color de las estaciones y de la luz del cielo; no hay en ellas dibujo, no hay accidentes; son como el mar, como el desierto; sugieren ideas de misticismo, de unidad, de monoteísmo. En primavera verde claras, en el verano verde más oscuras, son en el otoño doradas y en la época del barbecho negruzcas o rojas.
Sobre su extensión monótona vierte el cielo unas veces la luz de un azul uniforme, otras el resplandor de sus nubes blancas y la claridad cernida del horizonte encapotado. Toda su variedad proviene del contraste entre el color del suelo y el color del aire.
La tierra recorrida por Alvarito no era igual, ni monótona ni uniforme; no semejaba a un mar de distintas entonaciones, según la luz; era una región convulsa, violenta, con dibujo caprichoso y siempre distinto; un terreno vario de forma y de color, verde y gris y con las entrañas teñidas de ocre.
El fondo del horizonte lo cerraba con frecuencia una línea de montes bajos, largos, grises; una ola de piedra en la juventud del planeta, que limitó después seguramente la hondonada de algún gran lago.
Al marchar en su camino, el viajero veía sucederse valles de tierra fértil, montes con matorrales y con encinas, cerros grises, áridos, plomizos, con vetas amarillas y bermejas y laderas blancas y yesosas.
Tras de la aridez, tras de los terrenos con aire estéril, como sembrados de sal por alguna maldición bíblica, tras de las ramblas con juncales y los descampados llenos de piedras y de espejuelos, con algunos pobres cardos secos, venía la tierra cultivada y el olivar triste y dramático; tras de los montes erosionados en cárcavas profundas, las huertas a orillas de un arroyo; tras de los cerros secos e infecundos, los campos cuadriculados, los rectángulos, de un verde luminoso, del trigo y de la cebada.
Alvarito recogía con cariño las impresiones de aquella tierra áspera, violenta y cambiante.
Por la mañana, al levantarse y al prepararse para salir de la aldea, cantaban los gallos en los corrales, sonaba la campana de la primera misa, corría vientecillo frío y sutil y el sol doraba las piedras del cerro próximo, como si las pusiera candentes.
Los labradores salían con arados y yuntas; algunos burros, con sus serones, atados a las rejas, miraban con ojo observador; recuas de mulas aguardaban a la puerta del mesón, y la diligencia, desmantelada y polvorienta, esperaba en la plazoleta o en la rinconada a que un mozo le quitara el barro, echándola cubos de agua.
En las calles del pueblo sorprendía el aroma de la retama y de la jara, salido de los hornos de cocer el pan, y el olor de orujo de las alquitaras.
Luego, al comenzar a marchar por la carretera, si se quería echar una última mirada al pueblo, se le veía dorado al sol, con la torre de la iglesia triunfadora; los tejados, las azoteas y las guardillas, brillantes e incendiadas...
Avanzaba la mañana; se cruzaba con galeras y con recuas por el camino polvoriento; rebaños de ovejas blancas y negras se esparcían por el campo.
Al mediodía, el sol, en el cénit, brillaba con todo su esplendor. Era difícil encontrar una sombra para descansar. Se comía, se tendía un momento a mirar al cielo y se experimentaba como la embriaguez del abismo azul. Se sentía sed de beber el espacio, envidia de las águilas, viajeras solemnes de las alturas.
Cuando el calor apretaba, el aire parecía vibrar en los contornos de los montes y de los árboles. Los cuervos pasaban graznando y las urracas volaban y saltaban, agitando su larga cola.
Por la tarde, el dorado del campo se acentuaba y las sombras comenzaban a alargarse. El castillo, en la punta del cerro, amarilleaba; la silueta borrosa del pueblo, en la falda de una colina, con su espadaña, se esfumaba en la vibración de oro, tembladora de la luz. Los arroyos de agua medio estancada, blanco verdosa, brillaban en alguna presa, y los chopos, unos con aire de plumeros erizados, otros torcidos y sin ramas, como grandes látigos, bordeaban sus orillas.
Avanzaba el día y el sol iba declinando. El campo, en los cerros pedregosos, parecía de corcho; la tierra mostraba sus entrañas más sangrientas a la luz de la tarde. La línea de los montes lejanos, bajos, largos, grises; la ola de piedra de la antigua hondonada, límite de un lago, en otro tiempo, iba quedando azul.
Los pastores, harapientos, con sus anguarinas y sus mantas pardas y negras y sus cayados blancos, aparecían en actitudes inmóviles y reposadas.
Las lomas grises, pedregosas y áridas, tomaban color de cobre, y sobre el cobre y el oro viejo de las colinas se destacaban los riscos como castillos ciclópeos, amarillos y rojos, formados por calizas coloreadas.
El río, como un espejo, reflejaba el cielo, entre cerros parduscos, y volvía a aparecer después en la amarillez del campo.
Al caer de la tarde, el labrador, arando con sus mulas o con sus bueyes en la soledad, tomaba aire solemne, y al destacarse a contra luz se le veía, como a las yuntas, gigantesco.
Los pastores llevaban a beber a sus rebaños a los arroyos, y mientras las ovejas se desparramaban en la barrancada del río, el pastor y el zagal las vigilaban inmóviles, en su actitud triste y misteriosa.
Luego venía el alargarse las sombras y la fantasmagoría de los crepúsculos; venía el horizonte de naranja y de grana; las nubes, incendiadas, como islas de metal fundido; los archipiélagos de fuego, los peces grises, las ballenas y los dragones.
La luna llena aparecía sin color en un cielo pálido, azul, con alguna nubecilla opalescente; otras veces salía enorme por encima de una loma, como una cara inyectada, y otras se presentaba de improviso en lo alto con aspecto de piedra helada y rota.
Las humaredas tenues brotaban de las chimeneas de los pueblos, metidos en las hondonadas, y estas humaredas flotaban en el aire, se complicaban con la frialdad y con la negrura de la noche y se convertían en nubes.
Luego comenzaban a brillar las estrellas. Al acercarse al pueblo en donde se había de dormir, se amontonaban en confusión los carros y las recuas, los labradores montados en burros y las mujeres jornaleras; en los caminos, llenos de barrizales. El viajero sentía la angustia y el temor de entrar en la posada.
—¿Qué me deparará la suerte? —se preguntaba.
Dentro del pueblo, el viento, frío, comenzaba a soplar por las encrucijadas.
En la calle pedregosa pasaban las mujeres, llevando cántaros en la cabeza, riendo y hablando en alta voz.
La posada aparecía como un zaguán negro y prolongado por un pasillo también negro.
Los arrieros iban y venían, llevando el pienso a sus mulas, alumbrándose con un candil.
Los domingos, esta llegada al anochecer al pueblo desconocido era más triste aún. Algunas muchachas, ataviadas de día de fiesta, aparecían en la carretera; en los corrales jugaba la gente a las cartas; grupos de hombres se amontonaban a las puertas de las tabernas; algunas parejas paseaban en la plaza; había rumores de guitarras, gritos en las callejuelas y retumbaban las campanas a cada paso.
Luego, fuese día de labor o de fiesta, la noche era grave, triste y silenciosa. Corría un vientecillo helado y de tiempo en tiempo se repetía el canto melancólico de los serenos.
VII
FERIA EN SIGÜENZA
El arriero con quien fue Alvarito de Almazán a Medinaceli no era hombre amable y jovial como el señor Blas, sino, por el contrario, malhumorado y antipático. Quiso explotar al viajero, cobrándole más de lo justo; pero Álvaro se resistió con energía y con tranquilidad, y, a pesar de las amenazas embozadas del hombre, no pagó más que lo ajustado.
Vio Alvarito claramente que el consejo del señor Blas de no ir nunca a ninguna parte sin amistades era bueno y comprendió cómo no le convenía marchar solo por aquellos pueblos. Valía más ir despacio que no exponerse a ser engañado o robado.
La persona a quien le recomendó el señor Blas en Medinaceli era un botero. Al ir a visitarlo, Alvarito no lo encontró, y en la botería le dirigieron a un hombre, dueño de una tiendecilla con baratijas, estampas, marcos y objetos de escritorio.
El comerciante le recibió con estúpida e injustificada suspicacia, como si no quisiera dar las palabras de balde, cosa que tan poco vale en España, y lo único útil que le dijo fue que el camino estaba seguro, que podía marchar en un carro hasta Sigüenza, pues iban a esta ciudad arrieros, sobre todo los miércoles y sábados, que eran días de mercado.
Alvarito dio un paseo por el pueblo antes de retirarse a la posada.
Medinaceli le pareció pueblo frío, de alrededores pelados, con montes a lo lejos, de extrañas siluetas.
Hacía día de viento seco y polvoriento.
Álvaro vio el arco romano, que la gente llama el Portillo; la torre de la parroquia, convertida en baluarte, y en el cementerio, resto de una fortaleza, con grandes muros exteriores y matacanes, contempló las maniobras de una rata, sin duda antropófaga, que corría por entre las tumbas abandonadas.
Luego pasó por delante del Humilladero y recorrió el paseo de la Luneta contemplando el paisaje. El cielo se presentaba gris, el horizonte turbio, las nubles blancas y pesadas. Aquella tierra le pareció a Alvarito más triste y más desolada bajo la atmósfera sin transparencia y la polvareda que venía en el aire.
A lo lejos se oían los tañidos de una campana, melancólicos y angustiosos.
Después de separarse del señor Blas, Álvaro se sentía más solo y más triste.
Pensó que su espíritu se mostraba en aquel momento con un color parecido al del ambiente; gris, descolorido. En este cuadro gris oía sonar en sus oídos la voz de la monjita novicia de Almazán, tan graciosa y de tan infantil pedantería. Se sentó en un banco y sintió frío.
Las ráfagas de viento le traspasaban el cuerpo. Se dirigió a la posada a calentarse al lado del fuego.
Le contaron en la cocina cómo Cabrera, a mediados de la guerra, penetró en el pueblo; cómo fingió prender al obispo de Pamplona, confinado allí por el Gobierno de la Reina por sospechoso, y le mandó con escolta a la corte de don Carlos.
Nuestro viajero se levantó muy temprano, y en un carro comenzó a bajar la cuesta del cerro de Medinaceli. Llegó a Sigüenza antes del mediodía.
Le acompañaba un prestidigitador y su criado, que iba a dar funciones en el pueblo.
El prestidigitador, llamado en los carteles Merlín, hombre de unos cincuenta años, moreno, de ojos brillantes, el pelo negro y rizado y la cara roja de borracho, hablaba por los codos. El criado Severo, a quien su amo llamaba Severísimo en broma, era flaco hasta transparentarse, afilado y narigudo.
Las relaciones entre amo y criado tenían un carácter extraño; por el motivo más fútil reñían y se insultaban.
Sigüenza, a lo lejos, con su caserío extenso, las dos torres grandes, almenadas, como de castillo, de la catedral, y su fortaleza en lo alto, le produjo a Alvarito gran efecto.
El arriero llevó al prestidigitador, a su criado y a Álvaro a una posada de la calle Travesaña Baja, donde él paraba. La posada, medio derruida, ostentaba este letrero, escrito con letras negras en la pared:
SE GISA A LA PERFEZIÓN
A Alvarito le llevaron a un cuarto grande y destartalado, frío como el Polo Norte, con telas de araña en el techo.
En las proximidades de la catedral, en la Plaza Mayor, en la calle de Guadalajara había gran mercado y muchos puestos de todas clases: herramientas para el campo, pucheros, cazuelas, ropas, mantas, alforjas de colores muy vivos, loza basta y bujerías. Con estos baratillos alternaban verduleras con hermosas coliflores, cardos y alcachofas y muchos aldeanos con corderos y ristras de ajos al hombro.
Pasaban los hombres con calzón corto, pañuelo en la cabeza o zorongo, y otros con grandes capas pardas, sombrero de pico, abarcas y un cayado blanco de espino en la mano.
Alvarito creía que solo en Aragón llevaban los hombres este zorongo, resto del turbante; pero, sin duda, la morería en España ocupó una zona de acción más extensa de lo que él pensaba.
Las mujeres traían varios refajos de campana, hechos con bayetas rojas y amarillas, y algunas se echaban uno por encima de la cabeza.
En las puertas de las posadas se agrupaban burros blanquecinos, con aire de viejos sabios, cubiertos con sus albardas. Subían hacia el pueblo arrieros, con recuas de seis o siete mulas, de aire cansado. Entre la multitud correteaban, muy vivos y animados, los estudiantes de cura, con su hábito y su tricornio.
Álvaro entró en la catedral; le pareció enorme, majestuosa. Le produjo verdadero asombro. En un reborde de poca altura, a todo lo largo de la nave lateral y del triforio, había una fila de sillas y de reclinatorios, verdes y rojos. Algunas pocas viejas rezaban, arrodilladas, bisbiseando.
En el fondo de una capilla se veía una puerta abierta, con dos escalones para subir. La capilla parecía llena de misterio. En el altar había abierto un libro rojo. Vio también Álvaro, en otra capilla, la estatua funeraria de un doncel leyendo un libro.
Era del sepulcro de un comendador de Santiago, muerto por los moros en la vega de Granada.
Álvaro oyó un sermón sorprendente. El predicador, cura joven, se esforzaba en exponer un tema de teología oscuro, propio de Seminario. Para aclarar sus conceptos, que ninguno de los fieles, la mayoría pobres aldeanos, entendían, soltaba de cuando en cuando frases en latín de algún padre de la Iglesia.
Con un poco de malicia se podía pensar que el predicador se burlaba de la gente. A Alvarito le vino la idea de que por encima de la tonsura del sacerdote iban a aparecer los cascabeles de la Dama Locura.
Casi lo temió, un momento, pero se tranquilizó pronto; sin duda el cura no se daba cuenta de lo lejos que andaban sus tiquis miquis oratorios de la imaginación de los fieles, o si se daba cuenta, no le importaba gran cosa, y, en medio de sus disquisiciones metafísicas, no pensaba más que en la buena comida que iban a servirle en casa del deán.
Alvarito salió de la catedral. Fue a la posada, comió sin gran _perfezión_, el parador de la calle Travesaña no legitimaba su letrero, y salió a la calle. Estuvo contemplando la Plaza Mayor, con sus casas antiguas, algunas con las piedras carcomidas. El pueblo parecía poca cosa al lado de su iglesia y como si se hubiese construido solo para legitimar la catedral.
Callejeó y se alejó del centro hacia el castillo. Algunas viejas hilaban en los portales. La tarde estaba fría; el cielo, azul, con algunas nubes grises y blancas; el sol, muy amarillo, iluminaba las torres y los remates de las casas.
En todas las calles se veían edificios desplomados, que, sin duda, no se había tratado de restaurar. Volvió a la Plaza Mayor. Mendigos llenos de harapos, de calzón corto, con largas greñas y tufos por encima de las orejas, le importunaron. Uno de ellos, vagabundo, con aire amenazador, ennegrecido por el sol y la lluvia, le persiguió largo rato; otro, un viejo, con sombrero alto, cayado en la mano, abarcas, anguarina llena de remiendos y una alforja en el hombro, le agarró del abrigo.
Se deshizo como pudo de los pedigüeños y entró de nuevo en la catedral. Ahora cantaban vísperas. Alvarito no las había oído nunca. Era algo terrible y solemne, con ese aire de majestad y de venganza de los cultos romanos y semíticos. En aquella enorme iglesia, helada, aquellos cantos le dejaron sobrecogido. Salió al claustro y después a una gran terraza con una verja, con puertas de hierro monumentales.
Después bajó al paseo del pueblo, a la Alameda, y se sentó en un banco, al sol, cerca de una estatua de piedra de un hombre arrodillado.
Pasaron algunos estudiantes de cura en fila, con su manteo y su tricornio.
Unos chiquillos, que andaban jugando, comenzaron a gritar: ¡Cua!, ¡cua!, ¡cua!, imitando el graznido de los cuervos.
Alvarito quedó asombrado ante esta manifestación anticlerical de un pueblo de clerigalla, del que decía un cantar satírico que todos sus habitantes eran hijos de frailes y de curas.
—A veces parece que ya no va a haber religión en España —se dijo—; a veces parece todo lo contrario. Realmente, mi país es un tanto enigmático.
Comenzaron a doblar las campanas; al cesar estas en su sonido se oía el murmullo del arroyo. Alvarito veía a un lado y a otro lomas rojizas, sangrientas, y otras de color de ocre. El sol comenzó a ponerse sobre los árboles del paseo, coloreados por el fuerte verdor de las hojas nuevas.
Alvarito se dirigió al centro del pueblo, frío, helado, desierto, y después a la posada. Luego, buscando un sitio en donde charlar, se metió en la cocina.
Allí, además de un viejo, padre de la posadera; del prestidigitador Merlín y de su criado, se calentaban a la lumbre el sacristán y un estudiante de cura, con su tricornio destrozado y el manteo hecho jirones.
Alvarito preguntó por las ideas y costumbres del pueblo, y el sacristán, un hombre pequeño, le dijo:
—Aquí, todo el mundo, gracias a Dios, es carlista.
En Sigüenza habían entrado, al principio de la guerra, Balmaseda con su gente y después Cabrera y Quílez.
El sacristán carlista, a quien llamaban de apodo el Feotón, porque era de familia de _feotas_, tenía unas opiniones bastante raras para todo el mundo y hasta para un carlista de Sigüenza.
Habló de un pasquín, que él conceptuaba muy ocurrente, puesto hacía años contra María Cristina en la puerta de la catedral, que terminaba así:
«Fuera esa vil mujer y que se vaya a su país a soldar calderas».
El Feotón sabía quién redactó el pasquín; pero no quería decirlo.