Chapter 18 of 22 · 3984 words · ~20 min read

Part 18

Pararon en una posada de las afueras, y Álvaro se lanzó a subir por la principal calle de Albarracín, y se encontró, con sorpresa, con un pueblo vacío. Era día de fiesta, Jueves Santo; no se veía un alma por ninguna parte.

Pensó si la gente se hallaría en la iglesia; pero, no; en la ancha nave habría quince o veinte personas en conjunto; entre ellas un vendedor de carracas, con una especie de percha en la mano izquierda y en la derecha una carraca grande.

Llegó a la parte alta de la ciudad, donde se terminaban las casas. Aquel pueblo trágico, fantasmático, erguido en un cerro con aire de ciudad importante, con catedral y sin gente ni en las calles, ni en las ventanas, ni en las puertas, le produjo enorme sorpresa.

Bajó de nuevo por la misma cuesta, contemplando algunos miradores en las aristas de los edificios y las rejas con sus adornos y sus clavos. Dos o tres mujeres, vestidas de fiesta, con pañoletas de color, y tres o cuatro hombres, formaban en conjunto toda la población vista por él en Albarracín.

Marchó a la posada, comió y, en compañía del Peinado, fue después a un café pequeño, en donde se reunían docena y media de personas.

Estaban el boticario, hombre ya viejo, de aire cansado y burlón, con un gorro griego en la cabeza, y el maestro de escuela, tipo famélico y mal vestido, que parecía representar el pedagogo descrito por Villegas burlonamente en un epigrama:

Aquel que con tanta gloria anda enseñando el Francés, la Gramática y la Historia, y los dedos de los pies.

El Peinado conocía a todos y presentó a Álvaro en la reunión.

Entre ellos charlaba un hombrecillo flaco, chato, tostado por el sol, con calañés en la cabeza, de mal aspecto, con los ojos torcidos, que parecía un chino. Este hombrecillo sorbía de cuando en cuando un poco de aguardiente de una copa.

El hombre aquel hablaba muy bien. El Peinado dijo que era de oficio tejedor. Le llamaban el Epístola. Había vagabundeado por España y vivido y trabajado en Lyon.

Quizá por cierto aristocratismo estético, después de todo natural, Alvarito se figuraba que un tipo pequeño, feo y negro no podía ser tan inteligente como el bien hecho, guapo y rubio.

Cometía el Epístola, al hablar, faltas no raras en hombre sin cultura. Decía, como el Peinado, _diferiencia_ y _ojecto_, y pronunciaba muy a menudo _Ingalaterra_.

En la conversación, el tejedor se confesó sansimoniano, cosa para Alvarito poco recomendable. Álvaro concebía todos los sansimonianos como Palassou, el zapatero melenudo, vecino suyo, de la calle de los Vascos; es decir, como un tipo ridículo y extraño.

El Epístola explicó cómo las desigualdades humanas venían de la desigualdad económica, y cómo el ideal de la justicia distributiva sería la realización del programa sansimoniano, encerrado en esta frase: «A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras».

—Todos creemos —le replicó Alvarito un poco rudamente— que la fortuna no nos da lo que merecemos; ¿quién va a calcular nuestros merecimientos y nuestras obras?

—Tiene usted razón, caballero —dijo el Epístola—; pero es el ideal.

Aquel hombre, aquel obrero, era un metafísico amigo de divagar, de disertar sobre las cosas de la vida. A pesar de que en ciertas cuestiones no estaba bien enterado, se veía que discurría como persona muy inteligente y que valía la pena de oírle.

Según el Epístola, uno debía vivir para todos y todos para uno. El individualismo constituía la muerte de la sociedad. La sociedad, cuanto más viva, era más colectiva y sentía más su cuerpo como algo único.

Alvarito se quedó asombrado al oír a aquel hombre explicarse tan bien.

El tejedor indicó cómo creía él iba a transformarse la agricultura y la industria en España.

El boticario del pueblo dijo repetidas veces al Epístola:

—Aquí todos somos perezosos, descendientes de los moros, y tú no nos convencerás de que debemos trabajar ni pensar.

Según el tejedor, la guerra carlista era en el fondo la lucha del campo contra la ciudad.

—La ciudad quiere cambiar, agitarse y hacer ensayos —dijo—; el campo es siempre partidario de la inmovilidad, y lo viejo, por ser viejo, le parece respetable y adorable.

—¿Y no es así? —preguntó socarronamente el boticario.

—Para mí, no; lo nuevo, solo por ser nuevo, es siempre mejor.

La guerra había venido muy bien, según el Epístola a los locos impulsivos, aventureros y sanguinarios, que no tenían ya Américas que explotar. Todos estos tipos de españoles a la antigua seguían una línea de ambición individual. Espartero, Zurbano, Narváez, León, los carlistas convenidos en Vergara, y aun los no convenidos, como Cabrera, en seis o siete años lograban convertirse en personajes.

La guerra carlista había sido una sangría; todo el elemento activo de España se lanzó al campo, a prosperar ellos y a destruir el país.

—Se ha matado lo que se ha podido —siguió diciendo el Epístola—; se ha quemado igualmente con profusión; ahora España no tiene ganas de trabajar, ni ideal ninguno; ¿qué quiere usted que hagan estos guerrilleros?; si pudieran, inventarían otra guerra por un quítame allá esas pajas, y el hijo del carlista aparecería como republicano o como cualquier cosa; la cuestión, naturalmente, sería pelear, no quedarse en un sitio, andar de una parte a otra y probar la suerte.

—¿Usted no cree mucho en las ideas? —preguntó Alvarito.

—Las ideas han sido un pretexto: la legitimidad, la religión, cierta tendencia de separación en las pequeñas naciones abortadas, como Vasconia y Cataluña; pero en el fondo, barbarie. Después de estos fulgores de locura y de fanatismo, como un cuerpo enfermo después de la fiebre, España ha quedado casi muerta, y el individualismo se ha ensanchado de tal manera que no se nota la sociedad. Desde que la Iglesia ha perdido su asentimiento universal todo el mundo tira a Robinsón en esta tierra. El pobre se muere en un rincón sin ayuda ninguna, el rico se encierra en su propiedad a tragarse lo que tiene sin ser visto, el obispo ahorra su sueldo para la familia y el cura recoge las migajas del suelo. De tragadores ahítos y de lameplatos hambrientos sin placer y sin gusto, de esta clase de gente se compone hoy España. Nuestra tierra es un organismo desangrado y anémico, no por esta guerra, sino por trescientos años de aventuras y de empresas políticas. Es, además, país pobre, sin ríos navegables, sin lluvia suficiente. Es lo primero que debía reconocer España ante el mundo, que es un pueblo pobre, zarrapastroso, que se zafa de todos los compromisos y que quiere vivir para él solo. Nuestra casa es una casa mísera que ha gastado mucho y tiene que vivir ahora en la máxima estrechez. Además, no conocemos nuestra tierra. Ahora vamos sabiendo un poco de Geografía de la nación.

El Epístola bebió un sorbo de aguardiente y siguió diciendo:

—¿Qué ha pasado para que haya este vacío en la aldea y en la pequeña ciudad española? En estos pueblos, si se ha fijado usted, no hay sociedad, no hay jardines, no hay libros, no hay religión, no hay amores, no hay complicaciones, no se come ni se bebe bien. España no tiene cabeza. Madrid no se nota apenas en las provincias y las provincias no notan Madrid más que cuando hay asonadas o pronunciamientos. Se ve que nuestro país es un cuerpo débil, con la cabeza débil.

—Es la guerra.

—Claro, es la guerra. Todo el elemento vivo y enérgico se ha empleado en estos últimos años en la guerra. No se sabía lo que iba a pasar; pero había ilusiones que se han desvanecido. Los compradores de bienes nacionales, aunque por un lado desean que no haya frailes, por otro los quieren, y esto va a terminar por favorecer nuevas comunidades, probablemente a los jesuitas, que por otra parte no tienen derecho a recuperar nada. Hoy, los conventos están vacíos; los exclaustrados piden limosna y nadie los atiende; si va usted por los pueblos de España verá usted que todos los conventos están convertidos en cárceles y cuarteles. Aquí, a este pueblo, corresponden un obispo, ocho canónigos y quince beneficiados. Casi todas las plazas están vacantes. ¿Esto quiere decir que no hay religión? Yo creo que estamos como los enfermos débiles, que han perdido mucha sangre. No tenemos idea clara de lo que queremos.

—Indudablemente, la despoblación de España influye mucho en este marasmo —dijo Alvarito.

—¿Pero esto es un efecto o es una causa? —preguntó el boticario.

—No lo sabemos —contestó el Epístola—. Dos pueblos, a tres o cuatro leguas, están tan aislados el uno del otro, que no tienen apenas relaciones. Únicamente los carreteros y los guerrilleros conocen un poco el país; los que vivimos en los pueblos, a más de tres leguas a la redonda, ya no sabemos cómo es nuestra tierra. Con esta escasez de asuntos en la vida, el español actual está irritado. Las enemistades de los pueblos tienen los motivos más nimios. Un chico que haya tirado una piedra a un perro, un hombre que no haya saludado a otro, una mujer que haya cedido en la iglesia la silla a una vecina y no a otra, es motivo suficiente para enemistades que duran años. El que lee un periódico ya es un hombre ocupado.

—Es lo que me parece terrible de las aldeas españolas —dijo Alvarito—. No hay nada que hacer; es el vacío.

—Hay gente que vive una vida tan pobre, tan mísera, que no tiene huerta, ni libros; se pasa la vida haciendo solitarios o matando moscas. Ni comer ni beber —agregó el Epístola.

—¿Aquí se come poco también?

—Poco y se guisa menos. Alguien ha dicho que el hombre es el animal que guisa. Nosotros, los de estas regiones, debemos ser poco hombres porque guisamos poco.

—Pero yo creo que aquí no faltarán cocinas.

—No, claro es, pero guisoteamos poco; se hacen cosas fritas en una sartén, se comen verduras y ensaladas y se acabó. El único placer es el de la fruta, cuando la hay. Para gente que vive así, naturalmente, una ocasión de guerra es algo admirable.

El Epístola siguió hablando, divagando, siempre con originalidad. Alvarito le miraba a veces asombrado: que aquel hambre chato, feo, moreno, con aire de chino, sin cultura, que no había leído más que unos cuantos periódicos en toda su vida, se explicara de una manera original, le parecía un fenómeno maravilloso, algo como un milagro.

V

LA CASA DEL GENERAL

Al día siguiente de llegar a Albarracín, el boticario invitó a Alvarito a ir a la casa mejor del pueblo, la del general Navarro. Era una visita casi oficial para los forasteros distinguidos. La casa de Navarro, en la calle mayor, daba por la parte de atrás a la muralla y dominaba las rocas del río sobre el barranco del Guadalaviar.

Era una casona grande, con habitaciones inmensas, blanqueadas, con zócalos azules y vigas del mismo color en el techo, con los suelos de ladrillo rojo y algunos de tierra mezclada con cal. Tenía patios, corrales, escaleras estrechas, un pozo y una porción de rincones y de cobertizos. La cocina de la casa, inmensa, con el suelo de tierra apisonada y una chimenea enorme, estaba cimentada sobre una piedra de la antigua muralla del pueblo.

Ocupaban el primer piso varias salas, y entre ellas una grande, medio biblioteca, con huecos de balcones a una galería. En la barandilla de hierro de esta, el padre de Navarro había hecho muescas con números y letreros para indicar hasta donde llegaba el sol en diferentes épocas del año y a distintas horas.

En este salón biblioteca, el general Navarro tenía algunos libros de Geografía y de Historia de América, varias obras que trataban de la guerra de la Independencia española y distintos mapas en las paredes con cruces pintadas, rojas y azules, indicadoras de la marcha de los ejércitos y de las batallas.

El general pretendía haber sido hombre importante y guardaba todos los documentos de bandos y órdenes firmados por él en su vida pública en varias carpetas.

El salón tenía un aire oficinesco y burocrático; los sillones, las sillas, el sofá, las mesas y dos armarios, todo era negro.

Desde la galería de esta sala se veía muy abajo el álveo del Guadalaviar, como un barranco con calizas de ocre amarillento; el río, verde en el fondo, con un color gelatinoso, y las orillas con muchas huertas.

Don Joaquín Navarro, hombre viejo, derecho, estirado, con peluca, con el bigote y la perilla teñidos, vestido de negro, había llegado a mariscal de campo. Militó en la guerra de la Independencia a las órdenes del conde de España, y después, en América, con Canterac.

El general estuvo largo tiempo separado de su mujer y después reñido con su hija, por haberse casado esta con un pobre hombre sin recursos.

Don Joaquín Navarro se sintió artista al volver a su casa, retirado, y pintó en las paredes muchos frescos sin maestría, pero con cierta gracia.

Representó varios paisajes con molinos y puertos y una batalla naval entre ingleses y españoles. Se retrató también él mismo en uno de sus frescos en actitud amanerada, como la mayoría de los héroes de la guerra de la Independencia, jinete en un caballo encabritado al lado del puente levadizo de una fortaleza española en América. Todas aquellas pinturas produjeron gran admiración en el pueblo.

Otras originalidades caracterizaban al general. Arregló en la casa un teatro y una capilla.

Como don Joaquín tenía ideas propias, mandó construir una especie de canal de albañilería entre la capilla y su alcoba para oír misa desde su cuarto y quizá desde su cama. El general oía misa canalizada.

Don Joaquín Navarro se sentía un sátrapa, un bajá.

A veces daba funciones de teatro en su casa, sintiéndose gran señor, y recibía a las damas y a los caballeros con una cortesía pomposa de virrey español en América.

El general Navarro, absolutista acérrimo, no sentía simpatía por el carlismo. Los desórdenes producidos por los carlistas le irritaban y la genialidad de Cabrera le ponía fuera de sí. Un gobierno burocrático, despótico, de palo, hubiera encantado a Navarro. Para él, la ordenanza, la disciplina, era lo principal.

Dos años antes, cuando Espartero estuvo en Albarracín, quiso albergarlo en su casa, pero el caudillo liberal pasó de largo. Desde entonces Navarro fue enemigo de Espartero. Cabrera y Espartero le parecían lobos de la misma camada. El general, como el hombre de más significación de Albarracín, a pesar de no tener ningún cargo, creía que su categoría en la milicia le daba autoridad y que debía ejercerla.

En el pueblo vivía un compañero de armas de Navarro, militar retirado de América y Filipinas: el comandante Cañizo, hombre viejo, solitario y silencioso.

El comandante, viudo, con una hija, muchacha muy bonita, vivía en el barrio alto.

Cañizo, hombre de sonrisa triste y tez amarillenta, era partidario decidido de la renunciación.

—¡Pse! Lo mismo da, todo es igual —decía—. Para lo que va a vivir uno.

Solía ir por las tardes a casa de Navarro, pasaba al despacho, leía algún periódico, contemplaba el Guadalaviar horas y horas y las huertas próximas al río.

Cuando oía al general Navarro hacer alguna descripción enfática de las batallas de América, Cañizo se burlaba y se encogía de hombros.

—Allí no ha habido más que política —murmuraba—. Todo lo que se ha hecho como estrategia o táctica militar no ha valido nada.

El general, impulsado por su egoísmo, vivía alejado de todos los cuidados familiares y caseros. Algunos le reprocharon su indiferencia y le echaron en cara el mal fin de sus nietos.

Fue un verdadero drama la vida de los nietos de Navarro, hijos de la hija del general y de un pobre hombre oscuro, secretario del Ayuntamiento de un pueblo de la provincia de Cuenca. Los nietos eran dos, Antón y Pedro. Uniendo el apellido del padre y de la madre se llamaban Gómez Navarro.

Pedro, el mayor, se caracterizó por su prudencia y por su genio apacible; el menor, Antón, se mostró siempre decidido y violento, partidario de exageraciones y de locuras.

Al morir el padre de estos niños, los dos, con su madre, marcharon a Albarracín a la casa del general y poco tiempo después, cuando contaban el uno doce y el otro quince años, quedaron huérfanos. El general les puso para su cuidado una criada vieja.

Desde la infancia existió rivalidad entre Antón y Pedro.

La hija del general, madre de los niños, aseguró un día, estando enferma, que en un sueño se le reveló que su hijo mayor, Pedro, iba a ser obispo y santo. Por este sueño se envió a Teruel a estudiar en el seminario al hijo mayor.

Pedro pasó en el seminario dos años y al comenzar la guerra volvió a Albarracín sin deseo ninguno de seguir la carrera de cura.

Antón, mientras tanto, muchacho de gustos violentos, jugó en la casa a los soldados, hizo pistolas y cañones con llaves viejas y con saúcos y llegó a ganar la simpatía del abuelo, toda la simpatía posible en un viejo egoísta que detestaba a los chicos.

Cuando Pedro volvió del seminario, después de muerta su madre, se manifestó tranquilo y con deseos de establecer algún pequeño comercio. Antón seguía siendo bárbaro y arrebatado y quería en todas ocasiones mandar.

El general no se ocupaba de sus nietos, nadie les atendía, el pueblo marchaba a la ruina y la época era detestable para intentar ninguna empresa.

La vida de los dos mozos en aquella época fue casi salvaje; iban a cazar a las tierras de los madereros, se pasaban los días en el campo y reñían a todas horas.

Por aquel tiempo, Pedro y Antón fueron rivales. La hija del comandante Cañizo, entonces un poco más joven que ellos, era muy bonita y los dos hermanos se enamoraron de la muchacha.

Pedro tuvo éxito, se casó con la chica y se la llevó a Teruel, donde consiguió un pequeño destino.

Quedó en el pueblo Antón exasperado, humillado, sin saber qué resolución tomar. La guerra estaba terminando. Algunos jóvenes se alistaban en la partida de Vicente Herrero, el Organista, natural de Gea de Albarracín, cabecilla latro-faccioso, muy relajado de costumbres. En esta partida abundaban los granujas.

Antón se decidió, supo que Herrero se hallaba en Cañete, se presentó a él y le hicieron teniente.

Seguía el odio de los dos hermanos. Pedro, alistado en la milicia nacional turolense, se distinguía por su entusiasmo liberal. Antón alardeaba de su carlismo.

Un día, Antón supo que Pedro había ido a Albarracín a ver al abuelo a comunicarle que tenía un hijo. Inmediatamente el oficial carlista salió de Cañete con ocho de los suyos, esperó a su hermano en una de las hoces del río, lo cogió y lo fusiló con los que le acompañaban.

VI

EL CAMPO

Por entonces, en casa del general Navarro, Alvarito conoció a un profesor del Instituto de Teruel. El profesor pasaba en Albarracín las vacaciones de Semana Santa. Era botánico, cazador, bibliófilo y principalmente hombre de gran curiosidad por todo cuanto fuese del dominio de las ciencias naturales.

El señor Golfín, hombre moreno, atezado, de barba negra y anteojos, se hallaba curtido por el sol y el aire. Conocía la flora y la fauna del país admirablemente, aunque según su opinión no la conocía bastante bien.

El señor Golfín le invitó a Alvarito a hacer excursiones en su compañía. Cuando finalizara la Semana Santa marcharían los dos a Teruel.

Con el profesor, Álvaro visitó los alrededores. Estos aledaños de Albarracín eran despoblados, desnudos, de una terrible soledad.

El profesor le mostró a Alvarito las murallas de la ciudad antigua y juntos recorrieron las colinas de peña caliza por donde pasa el Guadalaviar desde las sierras Idúbedas.

Todo aquel campo tenía un aire desolado como pocos, era una tierra de anarquismo cósmico, bronca y maravillosa; un paisaje para aventuras de caballeros andantes; despoblado, desierto, sin aldeas, con barrancos dramáticos llenos de árboles, con cuevas sugeridoras de monstruos y endriagos. La tierra de las proximidades de Albarracín, según dijo el profesor, se iba haciendo cada vez más fría, sin saber por qué, y la viña desaparecía paulatinamente de los contornos. Unos días después, el señor Golfín y Álvaro se alejaron de la ciudad, hacia el país de los madereros. Allí no se notaba la guerra, ni la guerra ni la paz, porque aquello parecía un lugar desierto y abandonado.

Alvarito vio cómo los madereros arreglaban los riachuelos para conducir la madera cortada y cómo los descargaban en carros especiales para llevar árboles enteros.

Pasados unos días de excursiones el profesor y Alvarito, en dos caballejos, se dirigieron camino de Teruel.

Charlaron de muchas cosas. El profesor no tenía la genialidad del Epístola ni su facundia, y lo que sabía, lo sabía a fuerza de estudio.

El señor Golfín le habló de su familia, procedente de Cáceres; de los Golfines, dueños, en la parte vieja de la ciudad extremeña, de un gran palacio. Según el profesor, el apellido Golfín procedía, probablemente, del alemán Wolf (lobo) o de Wölfin (loba).

El señor Golfín llevaba en el bolsillo un libro, sacado de alguna casa albarracinense, que se titulaba _Gobierno general, moral y político, hallado en las fieras y animales silvestres_, por el padre Fray Andrés Ferrer de Valdecebro, natural de Albarracín. El profesor leía, a veces, trozos de este libro, impreso en Barcelona, a final del siglo XVII, y le parecía tan disparatado, que se quedaba atónito.

El señor Golfín indicaba a Álvaro los árboles y las plantas con sus nombres científicos. Alvarito no tenía memoria para recordar tanto dato; quizá no sentía tampoco mucha afición por estos conocimientos.

En el campo veían las sabinas como árboles, el junípero, el boj, el cantueso, el romero, el tomillo. Nubes de cuervos y de chovas revoloteaban por el aire, y a veces pasaba el quebrantahuesos blanco, la abubilla y la oropéndola.

El señor Golfín daba grandes explicaciones a Alvarito sobre la geografía y la constitución de los terrenos.

Era el profesor un poco aficionado a las fantasías geográficas. Así, muchas veces, Alvarito le oía decir: «Si los Pirineos estuvieran de Norte a Sur, toda la vida española sería distinta».

Otra vez decía: «Si en España tuviéramos una región con lagos, nuestra psicología, probablemente, no sería la misma».

El profesor y Alvarito se hicieron muy amigos; durmieron en la paja de los desvanes y comieron en el campo, sentados sobre la manta, extendida, mientras tenían ante los ojos una de las decoraciones más extraordinarias de la vieja España.

Para comer al mediodía, como el sol apretaba ya mucho, solían buscar la barrancada de algún río, y allí, en el prado con yezgos y lechetreznas, o en el juncal, con matas redondas se detenían, contemplaban las rocas, altas, amarillas y rojas, algunas llenas de cuevas.

Veían las peñas con aire de murallas quebradas, con altísimos escarpes, llenos de pinos y de robles; las hoces, con recodos misteriosos, y los resaltos, en donde nacían confundidos el espliego, la jara, la retama y el tomillo. Después de comer, el señor Golfín se dedicaba a las explicaciones científicas.

A veces subían por una calzada de piedras, detrás de alguna recua de mulas con sus arrieros, y se oían las campanillas de las colleras y los cascos de las caballerías, que echaban chispas.

El ver los pueblos al amanecer y al anochecer, el salir de la aldea cuando los campesinos vuelven a sus hogares cantando, el entrar por la calle del pueblo cuando van los labriegos a sus faenas, todo ello es, sin duda, materia propicia para filosofar sobre la vida y sus horizontes.

Los campesinos, por lo que notó Alvarito, estaban ya hartos de no poder coger sus cosechas; muchos, al principio, quizá habían deseado la guerra, pero ya ansiaban la paz de cualquier manera que fuese.