Part 13
Y en esto apretaba más el paso, y yo no sabía ya si dejarla sola ó si acompañarla; si hablarla ó callarme la boca; en fin, cómo la servía mejor. Pero ¿por qué se mostraba Carmen tan escrupulosa en materia de temas de conversación, y tan rigorosa conmigo? La verdad es que meterse uno á protector de una desvalida y comenzar por galantearla, no concordaba gran cosa que digamos. De todas éstas y otras incongruencias tenía la culpa el fachendoso Valenzuela, cuyo recuerdo me crispaba los nervios; pero de este asunto no debía yo hablar con Carmen; y cabalmente era el único de que á la sazón me era posible hablar con oportunidad, abundancia y hasta brillantez. Tan repleto de él estaba.
Sin nuevas discrepancias, llegamos al fin de nuestra breve jornada. En el portal de la casa se detuvo Carmen; volvióse hacia mí, que no había pasado de los umbrales de la puerta, y me dijo:
--Muchas gracias; mil perdones por las reprimendas que le he echado á usted en el camino, y que no le sirvan éstas de excusa para dejar de visitarnos á menudo: ¡cuidado si se vende usted caro de un tiempo acá! ¡Ah! no cuente usted el suceso á mi padre.
Respondí lo que podrá verse en cualquier _tratado de urbanidad y buenas costumbres_, y, en señal de despedida, me tendió Carmen la mano. Tal se la apreté con la mía, que si la hija de don Serafín Balduque no vió en aquel momento las estrellas, no debió de faltarle el canto de una peseta.
Mientras caminaba hacia mi casa, se me agarraron al pensamiento el encuentro con Carmen, su soledad, su azoramiento mientras yo la acompañaba, sus remilgos en los temas de mi conversación con ella, su encargo de que no supiera su padre que había salido sola...
--Y si todo esto fuera una comedia--díjeme de pronto,--¿qué papel ha sido el mío?
Pero como el asunto no me llegaba muy adentro, volví á llenar la memoria con el señor de Valenzuela; y así llegué á casa.
Después de comer poco y de hacer la oposición más tenaz en cuantas conversaciones se apuntaron en la mesa, volvíme á la calle solo y resuelto á pasar la noche á mi gusto. No había que pensar en las dulces y ordenadas emociones del arte escénico: me faltaba hasta la paciencia necesaria para estar sentado media hora seguida entre gentes de buena educación. Aun el salón de Capellanes que, en su género, era de lo más ordenado y bien regido, me pareció insoportable; por lo cual me fuí á Paul, donde me pasé cuatro horas largas bailando como una bestia, y dando codazos y pisotones á diestro y siniestro.
Acostéme rendido á la una, y me dormí soñando que desde la peña más saliente de la costa vecina á mi lugar, arrojaba de un puntapié á los abismos del mar al señor de Valenzuela y á toda su distinguida familia.
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XVIII
Me abrumaba la carga de tristes presentimientos, y era harto crítica mi situación en aquellos días para no sentir, con la necesidad de un consejo desapasionado, la más apremiante de un desahogo de pesadumbres.
La casualidad me presentó una coyuntura favorable, y la aproveché. Hallándome á solas con Matica, le pregunté en crudo:
--¿Qué juicio le merece á usted el señor don Augusto Valenzuela?
--Téngole--me respondió al punto,--por un grandísimo bribón.
--¿Así como suena?--repuse.
--Así como suena,--insistió.
--Por supuesto--añadí sin maldito el propósito de disculpar al personaje manchego,--usted se refiere al estadista, al político, no al...
--¡Qué estadista ni qué niño muerto!--atajóme Matica con su natural desenfado;--me refiero al hombre: yo no admito esos distingos que han inventado los retóricos al uso para legitimar el socorrido oficio de vivir sobre el país. El que hace una pillada política, es un pillo como todos los pillos; quien no es honrado en su vida pública, tampoco puede serlo en su vida privada. ¡Ni que fuera la honra prenda de dos caras, ó mueble de varios usos! Mas aunque admitiéramos como excusa de buena ley para todos los crímenes _oficiales_ esa peregrina distinción, insisto en el calificativo por lo que respecta al encopetado manchego de que tratamos. El señor de Valenzuela es un caballero que si el Código Civil rigiera en España por igual para todos los españoles, estaría años hace arrastrando treinta libras de cadena en un presidio, con otros muchos personajes que también gastan coche á expensas del Estado.
--¿Quitamos de esa pintura siquiera los toques _de estilo_ del pintor?
--Hombre, puede usted borrar el cuadro entero, si tal como ha salido le disgusta por conexiones que pueda haber entre usted y el original...
--Ninguna que valga dos cominos.
--Pues lo dicho, dicho, señor Sánchez... Pero ¿dónde mil demonios ha estado usted metido para que le suenen á nuevas estas cosas que yo le digo ahora de ese famoso personaje?
--No le extrañe á usted esta ignorancia mía--respondí con entera ingenuidad:--la política me interesa muy poco; y es tan frecuente el hablar mal de los gobernantes, que todas las maldiciones me suenan ya lo mismo, y por un oído me entran y por otro me salen. Pero ahora es distinto el caso... Conque siga usted, amigo Mata, y dígame por qué debía estar en presidio el señor de Valenzuela.
--Por muchas razones. En primer lugar, por ladrón.
--¡Ave María Purísima!
--Y lo pruebo. Los gastos visibles de ese personaje, sus trenes, sus fiestas, sus lujosos aposentos, sus palcos en los principales teatros, sus viajes de recreo, su ostentación escandalosa, los vicios de su hijo, los caprichos de su mujer y cuanto de estos dispendios se sigue y se completa, no me comprometería á pagarlos yo con diez mil duros al año... Pues no pasa de sesenta mil reales lo que vale su destino. ¿De dónde sale lo demás?
--Del caudal que habrá ido acumulando,--dije por decir algo.
--¡Acumulando!--exclamó Matica imperturbable.--¿Sobre qué? Desde que es personaje gasta lo mismo, aun ganando menos que hoy: luego no ha habido ahorros; luego hay manos sucias, agios, escamoteos... porque no hemos de creer que á ese señor, por raro y singular privilegio, todos le sirven y todo se le da de balde.
--Estaría bien por su casa, y vivirá de sus rentas,--añadí todavía.
--Conozco al dedillo la historia de Valenzuela desde que salió de la Mancha--replicó Matica.--Su padre era secretario de ayuntamiento en un pueblecillo cercano á Ciudad Real. Á su lado aprendió á leer y á escribir, y probablemente los rudimentos del oficio en que después se ha ejercitado con singular disposición y notorio aprovechamiento. Imberbe aún, por manejos de su padre consiguió una plaza de escribiente, dotada con cuatro mil reales, en el gobierno de aquella provincia. Años andando, fué nombrado auxiliar de no sé qué, en una aduana de Andalucía. Allí se casó con Pilita, que, por entonces, según reza la fama, era un manojito de gracias, aun entre las de su tierra. Supuesta esta verdad, hay que convenir en que ha variado mucho la hija del desbravador Pedro Jigos (que ésta es la alcurnia de la indigesta consorte de nuestro personaje). Otro que lo era ya entonces y ha continuado siéndolo hasta hoy en la política española, aunque con la varia suerte de todos los de su calaña, hombre famoso por sus despilfarros, y más aún por su insaciable afición á las hijas y mujeres del vecino, conoció á Valenzuela recién casado, y se le trajo á Madrid con un morrocotudo empleo. De aquella fecha datan las grandezas y pomposidades del insigne manchego; las lujosas exhibiciones de su mujer en teatros y paseos; sus lejanas excursiones de verano...
--Pues ahí tiene usted explicado el misterio--dije interrumpiendo á Matica.--Tales pueden ser las larguezas de ese protector, que ellas solas basten á satisfacer las necesidades de la casa de Valenzuela.
--No hay tal protección, pues ésta concluyó mucho antes que empezaran á marchitarse las gracias de la andaluza, y se notaba la falta del filón en las cesantías de Valenzuela, no obstante los grandes ascensos que había tenido en su carrera; lo cual prueba que el verdadero platal de ese hombre está en la entraña del destino que desempeña. Luego de los diez ó doce mil duros en que yo presupongo el gasto anual de esa familia cuando está en candelero, siete ó nueve mil son mal adquiridos; es decir, estafados á la Hacienda pública, ó á los particulares que se dejan robar por ignorancia... ó por malicia.
--Suponiendo--repuse,--que esas conclusiones de usted sean el puro Evangelio, sabemos de dónde sale el dinero que gasta y malgasta nuestro hombre; pero ¿y su importancia?... porque ésta no se roba ni se presta.
--Cierto--dijo Matica;--pero este caso le probará á usted que se puede ser hombre importante sin chispa de entendimiento. Basta con ser mal inclinado y tener poca vergüenza; añada usted, si quiere, cierta travesura, buena fachada, mucho énfasis, algo de abnegación, criminal, por supuesto, y hete á Valenzuela. El único talento que posee este hombre es el de saber para qué sirve, sin querer pasar de allí. Sabe que nació para raposo, y prefiere serlo de verdad á representar falsos papeles de lobo. Trabajando á la sombra en segunda ó tercera fila, la misma obscuridad ampara sus asechanzas y estimula su escaso valor. Si le miraran los ojos de las gentes, era hombre perdido. Como no repara en medios, _las arma_ pronto y muy gordas; y una vez armadas y con el jugo ya entre los dientes, le importa un bledo que el mundo se le venga encima. «Échenme á mí la culpa», dice al ministro. Y he aquí por qué, apenas se descubre un gatuperio gordo en las regiones gubernamentales, Valenzuela es el yunque sobre el cual descargan los golpes de sus iras las oposiciones del Congreso, la prensa de todos los matices y los maldicientes de todos los corrillos. El ministro del ramo no le defiende, aunque remeda intentarlo, y los periódicos ministeriales le abandonan, como si dijéramos, en medio de la vía pública... Y Valenzuela impávido y calladito, porque contaba con ello; y, además, sabe que en España no hay escándalo que interese más de ocho días, ni criminal de copete que no se imponga «al país» que se lo llama, con una salida á tiempo, humos de gran señor y cara sin rastro de vergüenza. Hombres de tal temple y de tal abnegación, no tienen precio para los gobernantes en estos gloriosos días en que el poder es un campo de batalla donde no hay hora de reposo ni instante seguro para la vida... Pero (y usted perdone la pregunta si la juzga impertinente), ¿de dónde nace su repentino deseo de conocer la casta de ese pajarraco?
Aquí, venciendo el último de mis pueriles escrúpulos, se lo conté todo á Matica. Me miró con cara de lástima, y me dijo, después de oirme:
--Pero, hombre, ¡es posible que, con su buen entendimiento, no haya conocido usted hasta ahora que fiar su porvenir de un hombre como ese, es punto peor que tirarse al estanque del Retiro con un canto al pescuezo? ¿En dónde está la proverbial malicia montañesa?
Por aquí siguió Matica despachándose á su gusto; y entre ponerme á mí de inocente y majadero, y al otro de pillo y de ladrón, se pasó un buen rato, hasta que le dije:
--¿Y qué hago yo en este conflicto?
--Una de dos cosas--respondió Matica inmediatamente:--buscárselas por otra parte, ó volverse á su lugar.
Aquí me fué necesaria otra declaración aún más penosa que la anterior. No tenía en el mundo otro valedor que Valenzuela; y para adquirirlos por mi propia virtud, necesitaba continuar viviendo en Madrid; para vivir en Madrid era indispensable el dinero, y mis reservas estaban á punto de acabarse, porque las había malgastado en la confianza de que el farsante manchego me libraría de apuros dándome lo prometido.
Matica se atusaba la barba mientras iba yo desembuchando con grandes repugnancias estas cosas, y me dijo, tomando el discurso donde yo le dejé:
--Además, ya no estamos en los tiempos de Gil Blas de Santillana, ni los humos de usted le permitirían acomodarse á todos los servicios por donde fué pasando aquel famoso semiconterráneo suyo para hacer carrera, ni daría usted al remate de ella con un caballero que le regalara fincas en Valencia. Ya no se estila eso. Ahora, con buenos asideros, se toman _per saltum_ las grandes prebendas, ó se muere uno de hambre... lo probable es morirse de hambre, porque hay, hablando mal y pronto, quinientos burros para cada pesebre. Á veces suele soplar la fortuna por donde menos se espera, y sin contar con los casamientos ventajosos con que tanto sueñan los galanes pobres (y no aludo á ningún montañés en particular), hay huracanes de sucesos que arrollan al más descuidado, y de la noche á la mañana, me lo plantan en lo más alto de la rueda. Bien pudiera usted ser uno de estos venturosos mortales...
--Dejemos la broma, amigo Mata,--le dije, interrumpiéndole,--y hablemos en serio, que bien lo merece mi apurada situación.
--Pues qué, ¿piensa usted--me replicó el cáustico extremeño,--que no es serio lo que le digo porque no lo hago en el tono campanudo y pomposo de su amigo Valenzuela, prototipo y cuño de los hombres serios del día? Este error en que usted vive es otro resabio aldeano de que debe usted corregirse, si no está resuelto á volverse á su pueblo á esperar sosegadamente á que, andando los años, le den la administración de las fincas del Infantado y la secretaría del Ayuntamiento... ¿Qué tal?... ¡Mala cara pone el amigo Sánchez!... ¿Se cree usted todavía con virtud bastante para conformarse con eso sólo después de haber conocido lo grande que es el mundo y el ruido que hacen las gentes en él?
--¡No!--respondí sin titubear, por las razones que se le ocurrían á Matica y por otras muchas que me carcomían tanto como ellas, por lo mismo que eran miseriucas del amor propio.
--Pues he ahí por qué no le he aconsejado á usted en serio y en seco que se volviera á la Montaña; consejo que, de seguro, le hubieran dado, después de oirle á usted como yo le he oído, todos los _letrados_ que nunca se sonríen. Pero yo veo en usted algo más que un pobre secretario de ayuntamiento de aldea; y mientras no le crea repleto otra vez de esa vieja y patriarcal vocación, me guardaré muy bien de decirle «por ahí se va», aunque ese sea uno de los caminos que le mostré para huir del apremiante conflicto que me expuso.
--¿Y si el señor de Valenzuela llegara á cumplirme su palabra?--me atreví á apuntar.
--¡Inocente de Dios!--exclamó Matica mirándome con lástima.--¡Todavía tiene usted esperanzas!... Pero, aunque éstas se realizaran, ¿de qué le serviría á usted?... ¿Usted no sabe que los días de Valenzuela están contados, porque los gobernantes, á cuyo amparo vive y medra, se tambalean ya? ¿No tiene usted ojos ni oídos? ¿No lee usted periódicos? ¿No oye á las gentes? ¿No siente usted, por donde quiera que va, un rumor extraño y persistente, y no sabe que eso es el estertor de los gobiernos impopulares y aborrecidos? Y cuando Valenzuela caiga, ¿de qué le serviría á usted la credencial que deba á su munificencia, si caerá usted al mismo tiempo que él, como una de sus hechuras?
--Pues no hablemos más del asunto,--dije viéndome sin salida entre aquellas reflexiones, cuya fuerza consistía, precisamente, en ser idénticas á las que yo me había hecho más de una vez, por lo mismo que no era tan sordo ni tan ciego como Matica me juzgaba.
Y no se habló más.
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XIX
Pero el malhadado pleito no se apartaba un punto de mi imaginación; y en ella se multiplicaban con asombrosa fecundidad, como toda mala semilla, y crecían y se esponjaban, los sombríos pensamientos sin hora de verdadero reposo para mí.
Pasé de este modo una semana bien cumplida; y cuando ya comenzaba á acostumbrarme á la carga, y aun intentaba aligerarla un poco con el recurso de ciertas esperanzas que la triste necesidad me fingía en lo más obscuro de la mente, entró muy de mañana en mi cuarto el ínclito don Serafín Balduque, con el sombrero en la mano, chispeantes los ojuelos, torcido el corbatín, desabrochado medio chaleco y la capa arrastrando.
--¡Mueran los pillos!--gritó por todo saludo, mientras me tendía la mano.
Creí que se había vuelto loco, y le miré con asombro, sin decir una palabra.
--¡Choque usted, señor don Pedro!--continuó, oprimiendo mi diestra con la suya trémula y ardorosa:--¡la patria está de enhorabuena, y usted y yo también, y todos los españoles honrados!
--Pero ¿por qué, hombre de Dios?--le pregunté, lleno de curiosidad.
--Pues ¿por qué ha de ser sino porque cayeron los viles, los tiranos, los ladrones, los?...
--¿Quiénes son esos tiranos y esos?...
--¡El Gobierno, calabaza!
¡Yo sí que caí entonces despeñado en el más triste de los desalientos!
--Y no dirá usted--continuó el hombrecillo,--que el egoísmo enciende mi entusiasmo, pues allá se van en ideas los nuevos con los caídos, y nada espero de ellos; pero, al cabo, son otros hombres; no los infames que me quitaron á mí el pan y trataban de dar un puntapié á la Constitución... Porque ya sabrá usted que intentaba un golpe de Estado el _Ministerio de las economías_... Aquí está, calentito, _El Clarín de la Patria_, que lo reza punto por punto, con la lista de los nuevos ministros. Todos me parecen peores, y de ninguno de ellos espero cosa mayor; pero no importa: ya he dicho que no son _los otros_; los que me dejaron cesante y no han querido reponerme, ¡repillos!... ¡Y que esos hombres caigan en blando como las gentes honradas!... ¡Mueran los ladrones!... Pero, hombre, ¡qué cosas dice _El Clarín_ al dar cuenta del suceso! No sé cómo se lo consienten, porque, al fin y al cabo, todos son lobos de una misma camada... Verdad que lo dice á medias palabras y entre renglones. ¡Cuidado si es caliente de boca el tal periódico!... También trae la lista de los altos funcionarios que han presentado sus dimisiones al caer el ministerio. Excuso decir que el primerito está su amigote Valenzuela... Supongo que le tendrá á usted sin cuidado, ¿no es verdad? ¡Para el caso que le ha hecho á usted cuando me ha recomendado á él!... Por cierto que si no fueran ustedes tan íntimos, quizá me atreviera...
--¿Á decir algo malo de él?--pregunté al cesante interrumpiéndole nervioso.--Pues si es eso, diga cuanto guste, que más merece la muy serrana partida que me ha jugado.
--¿También á usted!... ¡Ah, tunante manchego!... Pues digo de él que es el capitán de la cuadrilla; y que me asombra que haya tardado usted tanto en oirlo y en conocerlo. Muchas y muy gordas ha hecho; mucho ha podido, y quizás pueda mañana más que ayer, porque en España somos así... pero, por de pronto, está boca abajo, nada le debo, y ¡mal rayo le parta!
Lo que don Serafín despotricó con este motivo, no cabe en papeles. Por conclusión me dijo:
--¿Usted no será hombre de echarse á la calle en seguida?
Excuséme con ocupaciones perentorias y con las poquísimas ganas que tenía de moverme de casa, en nada de lo cual mentía; y díjome Balduque calándose el sombrero:
--Pues yo, señor don Pedro, la corro hoy, aunque me cueste otra cesantía; necesito aire y movimiento, mucha noticia y mucho comentario; ¡sobre todo, los comentarios! ¡parece que me nutren y me regeneran! De paso, se informa uno; se inquiere, se indaga; y como por lo más obscuro amanece... Ya procuraré verle á usted para comunicarle las impresiones recibidas... Conque repito la enhorabuena, y... ¡hasta siempre, amigo mío!
Tendióme la mano, y salió de mi casa tan nervioso y desconcertado como había entrado en ella.
Entre tanto, desvanecidas del todo mis débiles esperanzas con la noticia que me trajo don Serafín, había formado yo una resolución irrevocable. Escribiría á mi padre sin pérdida de tiempo dándole cuenta del fracaso de nuestros proyectos, no por culpa de Valenzuela, pues esto equivaldría á una puñalada en el honrado corazón del pobre hombre, tan pagado de las hidalguías y larguezas del personaje, sino por razón del reciente cambio político que, por entonces, hacía inútiles los buenos deseos de mi generoso protector, y le anunciaría mi próxima vuelta á la Montaña á esperar tiempos mejores. Con el poco dinero que me quedara después de liquidar mis cuentas con la posadera, tomaría el rincón más barato de la diligencia; y si ni para esto me alcanzaban los sobrantes, haría el viaje en _galera acelerada_, ó séase carromato de cuatro ruedas, que tardaba diez ó doce días de Madrid á Santander. Una vez en mi casa, ya hallaría yo modo de ir informando á mi padre poco á poco de la verdad, y de explicarle, sin que le doliera mucho, la inversión de mis reservas á tanta costa adquiridas; armaríame de valor para sufrir la rechifla que me esperaba de los Garcías y de otros que no eran Garcías, al verme tornar con el moco lacio, pobre y desvalido, al mísero hogar del cual me vieron salir tres meses antes entre los resplandores de los prestados rayos del manchego sol que había deslumbrado á todo el pueblo; establecido ya en él, iría borrando de la memoria, con la fuerza de la necesidad, las golosinas del mundo que había catado, y tornaría á pretender la secretaría del ayuntamiento, y hasta sería capaz, si no me la daban, de labrar la tierra con mis propias manos, con tal que así lograra satisfacer las primeras necesidades de la vida y servir de amparo y de consuelo á la honrada vejez de mi padre.
Bajo estas impresiones me puse á escribirle; y escribiendo estaba todavía, cuando se me presentó delante Matica.
--¿Qué se hace?--me preguntó sin saludarme.
--Ya usted lo ve,--respondíle señalando á la carta.
--¿Para quién es?... y usted dispense la franqueza.
--Para mi padre.
--Lo suponía. Le dará usted cuenta de la caída del ministerio.
--Justamente.
--Y acaso, acaso, y con este motivo, le anuncie usted propósitos de volver á la tierra...
--Cabal. ¿En qué lo ha conocido usted?
--Después de lo que hablamos el otro día, eso es lo que procede en un hijo tan honradote y concienzudo como usted.
--Me falta media carilla, y no quisiera perder el correo. ¿Me da usted su permiso para concluirla?
--No, señor: antes le mando que suspenda la tarea; óigame, y continúela después si le parece.
Dejé la pluma, sentóse Matica, pusímonos frente á frente, y me habló así:
--¿Le conviene á usted un empleo en Madrid, con veinticinco duros mensuales, pagados á tocateja, duradero, de poco trabajo y no precisamente antipático?
Parecióme la oferta una canongía llovida del cielo de repente.
--¿Y si yo dijera que sí?
--Sería para usted.
--¿Desde luego?
--Desde hoy mismo.
--¡Demonio!--exclamé en el colmo de la sorpresa.--Hágame usted el favor de explicarme eso.
--Está vacante la administración de un periódico de importancia; lo he sabido anoche; hablé con el director (propietario á la vez), gran persona y amigo mío; le ofrecí un administrador de las condiciones y señas de usted, una por una... y un poquito más, por si acaso... siempre á reserva de que le convenga á usted la plaza, que yo creo que le conviene, y por eso me acordé de usted; aceptó la oferta el amigo, que me sirve siempre que puede, á reserva también de que usted le convenga á él; y como esto acontecía cuando ya era por filo la media noche, he madrugado hoy para enterarle del caso, ganando todo el tiempo posible, porque en Madrid abunda el hambre, los buenos bocados se huelen de lejos, y no hay que fiar demasiado en palabras de los hombres.