Chapter 6 of 29 · 3943 words · ~20 min read

Part 6

--Le aseguro á usted, señor don Pedro--me dijo Balduque con toda la solemnidad que cabía en él,--que no tiene vergüenza el hombre que, con salud y mediano entendimiento, se echa hoy en España por ese camino. Cuando vuelvo los ojos atrás y cuento los años que llevo sirviendo al Estado; la burla que sus gobernantes han hecho de mí; los apuros, los ahogos en que estas burlas me han puesto tantas veces; las privaciones á que me he sometido; la fe... hasta el entusiasmo con que he trabajado en los múltiples cargos que se me han cometido; la edad que tengo, lo atrasado que estoy en la carrera; lo que será de esa infeliz (y miraba conmovido á su hija, no muy serena), si Dios me quita la vida á la hora menos pensada, me asombro del buen humor que tengo, de no deber un céntimo á nadie... y de lo honrado que soy... De lo honrado que soy, sí; porque conmigo se ha hecho todo lo posible para que no lo fuera. ¡Cuántas veces mi pobre mujer... (de resultas de un forzado viaje penoso por el puerto de Pajares, en el corazón del invierno, la perdí), cuántas veces me aconsejó que abandonara la carrera, sólo en desdichas fecunda para la familia, por cualquiera de las ocupaciones que, á Dios gracias, he tenido siempre en Madrid durante mis cesantías!... La verdad es que á remendón de portal que me hubiera dedicado cuando tuve el mal acierto de aceptar el primer destino que me ofrecieron, tendría á la presente fecha mejor pelaje del que tengo, y, sobre todo, hogar y reposo... Dicen que reina cierto malestar en el mundo político y que se temen acontecimientos graves... Bien sabe Dios que no soy hombre de matices ni de pasiones de ese género; pero les aseguro á ustedes que, hoy por hoy, me creo capaz de echarme á la calle con el moro Muza, si el moro Muza lo fuera de exterminar á garrotazo seco la pillería que medra con todos los partidos, y manda y dispone y es causa de mis desventuras, y de otras mucho mayores, que también me duelen porque las llora la patria.

¡Pobre don Serafín! ¡Qué lástima me daba de él en estos casos, y cuando, quizá por no tener con qué pagar las comidas y las cenas, le veía yo, mientras los demás pasajeros de todos los departamentos de la diligencia nos regodeábamos con los vulgares, pero abundantes y calientes condumios de la mesa de los paradores, comprar, medio á escondidas, un poco de pan para volver á comerlo en la diligencia, en compañía de Carmen y de Quica, con los míseros fiambres que éstas sacaban cuidadosamente de un saquito de alfombra que llevaban sujeto entre las correas del techo! ¡Á qué tristes consideraciones me arrastraba el ejemplo de aquella desdichada familia, cada vez que pensaba yo con alguna serenidad en los propósitos que me habían sacado de mi lugar!

En una ocasión, y no sé á cuento de qué, cité yo el nombre de don Augusto Valenzuela. Preguntóme don Serafín si le conocía; respondíle muy hueco que tenía la honra de ser gran amigo suyo por haberle tratado mucho aquel verano en mi lugar; díjome si pensaba visitarle en Madrid; contesté que tan pronto como llegara, aunque me guardé mucho de decirle el por qué de la visita; y desde aquel instante don Serafín, Carmen y hasta la misma Quica, no supieron ya dónde ponerme, ni cómo contemplarme; y al oir á don Serafín ponderar el influjo del orondo manchego en la política dominante, y el valor de una amistad como la suya, verdaderamente me acusaba la conciencia de haberme dejado arrastrar con exceso del demonio de la vanidad al hablar de mis intimidades con el personaje; pero sirva como atenuación de mi pecado el cordial propósito que hice de emplear en beneficio de don Serafín, tanto como en el mío propio, cuanta estimación hubiera conquistado yo hasta aquella fecha, y pudiera conquistar en adelante, en el corazón del influyente manchego. No se lo oculté á don Serafín, y esto acabó de darme una importancia colosal á los ojos de aquella apreciable familia, con la cual departía yo á todas horas con la más patriarcal franqueza, especialmente desde que, habiéndose quedado el gordo caldista en Olmedo, y no estorbándonos para nada el imberbe estudiantillo, vivíamos los cinco en el interior de la diligencia como en el propio hogar. Á los demás viajeros sólo los veíamos á las horas de comer. Conocíamonos todos de vista, y nos tratábamos con la cortesía de vecinos de una misma escalera, pero nada más. Y no es de tachar la comparación, pues los mismos puntillos de etiqueta que entre las familias de una misma vecindad, se observaban entre nosotros: quiero decir, que los pasajeros de la berlina nos miraban con cierto desdén á los del interior, al paso que éstos, es decir, nosotros, nos creíamos un tantico más entonados que los de la rotonda, y mucho más que los del cupé.

Y andando andando, es decir, rodando rodando, concluyéronse las llanuras, y comenzó la subida del áspero y largo Guadarrama. Á la bajada de él me dijo don Serafín, echándome una mano sobre el hombro derecho y señalando con la izquierda hacia el horizonte del Sur:

--¡Allí le tiene usted!... La cúpula de San Francisco el Grande, la torre de Santa Cruz, la mole de Palacio...

Miré con ansiedad hacia donde me señalaba el dedo de don Serafín, y, en efecto, vi cuanto el cesante me iba nombrando, alzándose sobre un cerro amarillento y pelado, y recortándose sus perfiles en el azul purísimo de un cielo incomparable.

--Aquello es Madrid--añadió mirando hacia allá asido con las dos manos al marco de la ventanilla, y bamboleando el encorvado cuerpecillo, según lo pedían los tumbos y vaivenes que daba la diligencia en su rápido y estruendoso descenso.--¡Ah! ¡si yo tuviera poder para tanto!... Un recadito secreto á las gentes honradas para que escurrieran el bulto; luego una lluvia espesa de pólvora fina; en seguida otra lluvia de rescoldo... y como en la gloria todos los españoles.

Hízome reir y dióme qué pensar esta ocurrencia, y ya no se habló más que de Madrid en todo lo restante de la jornada. El estudiantillo metió la cuchara en la conversación muchas veces, y aun se me antojó más versado en las cosas de Madrid que en los códigos de Justiniano. Oyóme decir que me gustaría vivir en la corte entre paisanos, y me recomendó cierta posada de estudiantes montañeses, mozos de buen humor, en la calle del Caballero de Gracia. Tomé nota de ello en mi cartera, y tomóla también don Serafín, porque pensaba visitarme á menudo, tanto como se lo permitieran sus ocupaciones en la corte, entre cuyos laberintos y encrucijadas quería servirme de piloto. Dióme en justa correspondencia las señas de la casa donde él iba á parar (Olmo, 42 duplicado, cuarto 4.º interior de la derecha); y en éstas y otras tales, al rayar el mediodía, sin un árbol, ni un sembrado, ni un detalle de los mil que anuncian en toda tierra de cristianos la proximidad á una gran población, llegamos á la puerta de San Vicente, y veinte minutos después, á la calle de Alcalá, parador de las _Peninsulares_, en cuyo patio nos apeamos entumecidos, polvorientos y desgreñados. Hubo allí, tras el registro de ordenanza, las acostumbradas despedidas entre los viajeros de cada departamento: me dolió de veras la que hice de la hermosa Carmen, en cuyos ojos leí un vivísimo deseo de que volviéramos á vernos pronto; prometíselo con otra mirada no menos elocuente, mientras estrechaba en mi diestra la suya blanquísima, suave y menuda; y encomendando mi baúl á las espaldas de un forzudo mozo de cordel, seguíle á la posada, cuyas señas le di, tropezando con el espeso oleaje de transeuntes de la calle de la Montera, ensordecido con el estruendo que producía el rodar de los coches y el hablar de tantas gentes, y deslumbrado y borracho por la novedad del sitio, del movimiento y de los colores; extraño mar en que yo me zambullía de repente, desde el fondo de un cajón con ruedas, venido de las agrestes soledades de mi lugar atravesando interminables arideces, tristes como las estepas de Rusia.

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IX

Hallé cuarto en la posada aquélla, aunque obscuro y angosto; y por él y la comida, ajustéme en siete reales diarios. Por de pronto me sirvieron un tente en pie; á las tres de la tarde, después de escribir á mi padre, me metí en la cama, y del primer tirón dormí hasta las ocho de la mañana siguiente. Tal necesidad tenía yo de dar descanso y mullida á mis huesos machacados.

Á las diez me llamó la patrona para almorzar; y la misma mujer, ajamonada y no fea ni sucia, me condujo al comedor á través de un tortuoso, nada claro y estrecho pasadizo. Estaba la mesa preparada para ocho personas, en una estancia reducidísima, con luces á un patio.

--Siéntese usted--me dijo,--que en seguida vendrán los demás; todos chicos cariñosos y paisanos de usted.

Sentéme en la silla indicada por la patrona, y marchóse ésta. Momentos después comenzaron á llegar «los demás». ¡Sorpresa jamás olvidada por mí! Primeramente llegó un joven repolludo, blancote y de afeminadas facciones, en calzoncillos de punto, con botas de charol de altas cañas de tafilete encarnado; una levitilla corta puesta del revés; una tohalla por corbata, y gorrita de jockey: cabalgaba sobre el lomo de una silla de paja, y con ella entre piernas caracoleaba y daba brincos y hasta botes de carnero; castigábala á menudo con un latiguillo, y no sin grandes fatigas consiguió arrimar á la mesa la contrahecha cabalgadura. Apeóse de ella, enderezóla, me saludó muy fino, volvióse junto á la puerta, y allí se cuadró. Apareció en seguida en el hueco de ella un mozo moreno, de rizada melena negra, altísimo sombrero de copa, tirillas de papel, á la inglesa, corbata blanca, ceñido frac azul con botones dorados, pantalón negro, tan raído y maltrecho como el frac, guantes blancos de algodón y zapatillas de badana. Andaba este personaje á paso trágico, y miraba con altivo gesto. Inclinóse el lacayo delante de él; y después de recibir de sus manos el sombrero y los guantes, preparóle una silla junto á la mesa. Sentóse el caballero grave y solemne; saludóme también muy fino, y se acomodó á su lado el fingido jockey después de arrojar debajo de la mesa los guantes y el sombrero de su señor. Tras éste llegó un mozo de negra barba, tipo árabe, con un viejo albornoz sobre los hombros, boina blanca en la cabeza, un diccionario de la Lengua debajo del brazo y una guitarra en la mano; al cual mozo acompañaba un cuarto personaje, asaz largo y macilento, despechugado, mal ceñido de calzones y peor trajeado de cintura arriba; pero muy armado de espadín de veras al costado, y con un sombrero de tres picos, de lo más superior y neto, sobre la cabeza. Casi al mismo tiempo que estos dos comensales, vinieron otros tres: el uno rehecho, musculoso, chispeante de mirada, muy crespo de bigote, envueltos el cuello y las quijadas en una bufanda de veinticinco colores, y sobre el occipucio una montera asturiana; el otro cubría el suyo con un raído bonete de doctor, cuya amarilla borla, grasienta y deshilada, parecía un ataque de ictericia mortal: no recuerdo al pormenor lo demás de su vestido, aunque puedo jurar que todo ello no valía tres pesetas. Acaso no valiera tanto lo que llevaba encima el último estudiante que entró en el comedor, y cuya especialidad digna de mención era el ir tocado con una papalina.

Con estos tres huéspedes se llenó la mesa, y yo me vi entre todos ellos dudando si soñaba ó si era lo que delante tenía un anticipado carnaval... ó una burla que querían dedicar á mi rustiquez de lugareño aquellos endiablados montañeses. Esta sospecha me desconcertó un poquillo, por ser cosa muy distinta lo que yo me prometía al acomodarme en aquella posada, y no contar con paciencia bastante para tomar á risa zumbas de tal calibre y tan inmerecidas. Afortunadamente me convencí muy pronto de que las sospechas me engañaban, pues una vez arrimados á la mesa los estudiantes, mostráronse conmigo atentos conterráneos y corteses camaradas, sin ajustar, para maldita de Dios la cosa, su comportamiento al tono de sus raros disfraces, antes bien, olvidados de ellos como si ya no los llevaran encima, ó el llevarlos así fuera la cosa más natural del mundo; incongruencia que daba al cuadro el aire más cómico y pintoresco que puede imaginarse. En adelante observé que ni un solo día se sentaron á almorzar aquéllos mis compañeros de posada vestidos como Dios manda, y por eso cito el hecho; que de haber ocurrido una vez sola con aire de calaverada, no tendría gracia maldita.

Noté que las prendas más codiciadas de todos eran el espadín y el sombrero de tres picos, piezas correspondientes al uniforme que usaban entonces los alumnos de la Escuela de Ingenieros civiles, á la cual pertenecía el mozo de la bufanda pintoresca y de la montera asturiana, que jamás en casa quitaba de su cabeza. Algo más incomprensible era la tenaz afición del taciturno del albornoz y la cara moruna al diccionario de la Lengua y á la guitarra. No conocía dentro de casa otros entretenimientos que puntear la una y hojear el otro. Qué conexión misteriosa podía haber entre ambos _instrumentos_, nunca lo supimos, ni nos lo quiso decir entonces el aficionado á ellos, ni muchos años después me lo ha podido explicar, ni se explicará en los siglos de los siglos. Pero es un hecho que no negarán el interesado ni los testigos de él que aún viven y pueden dar fe de la exactitud de todos éstos y los otros mis asertos, en la confianza de que no he de sacar á relucir aquí otras menudencias de los mismos tiempos y del propio lugar, por respetos fáciles de presumir.

También este pasaje de mis apuntes es de los que habían de provocar desdeñosa sonrisa en los imberbes escolares al uso; y sin embargo, merece algún respeto como dato curioso para la historia de las costumbres; pues han de saber estos hombres precoces, que aquellos muchachos recalcitrantes no eran menos listos, ni más tontos, ni menos ingeniosos que ellos; pero les daba por las susodichas inocentadas, porque no era costumbre entonces entre los estudiantes fundar periódicos batalladores ni asaltar las cátedras del Ateneo y de las Academias para difundir la luz de la ciencia por todos los ámbitos de la patria; tarea peliaguda, cuyo _intento_ estaba, con mediana suerte, encomendado á unos cuantos hombres con canas y de reconocida autoridad.

Durante el almuerzo, supe de qué pueblo de la Montaña era cada uno de los estudiantes, y supieron ellos de dónde era yo. Recuerdo que el jockey (muerto pocos meses después, de una tisis galopante), su amo (médico de nota hoy) y el larguirucho del espadín (años ha desaparecido del mundo de los mortales), eran de la capital; el árabe de la guitarra y del diccionario, malogrado arquitecto entonces y hoy encanecido entre los azares de los negocios, trasmerano; el de la bufanda pintoresca y la montera asturiana (capaz de improvisar ahora un camino de hierro sobre dos hilos de araña), de Toranzo; el de la papalina, de Torrelavega, y el de la amarilla borla, pasiego.

Diéronme por de pronto minuciosas señas de la calle del Príncipe, porque yo les dije que en ella vivía don Augusto Valenzuela, á quien necesitaba visitar; me explicaron cómo podría yo, recién llegado á Madrid, con algún dinero en el bolsillo, pasarlo regularmente entretenido, de día brujuleando por las calles, de noche con ellos, á primera hora en el café de _La Esmeralda_, en la calle de la Montera, y más tarde en Capellanes ó en el paraíso del Teatro Real, etc., etc.; y para matar las horas sobrantes dentro de la posada, brindáronme con una copiosa colección de novelas, cuyos títulos me cautivaron desde luego. No podían ofrecerme comidilla más de mi agrado: la novela era mi tentación... ¡y cuánta había en aquella casa, donde apenas existía un libro de texto!

Estando de sobremesa todavía, entró en el comedor un joven muy bien vestido, hasta elegante. Saludó breve y expresivamente á todos los comensales á la vez, y se dejó caer en el desvencijado sofá que estaba debajo de las vidrieras por donde pasaba la luz del patio. El tal mozo era pequeñito y flaco, blanco de tez, de mirar sutil y malicioso; barba corta, pero negra y espesa; el cabello ralo, y muy limpio y bien aliñado todo su traje. Recibiéronle muy regocijados mis siete compañeros de mesa, y tuvo para cada uno de ellos algún apóstrofe picaresco y bien adecuado al caso y á la persona. Continuando el tiroteo de frases, no siempre de color de rosa, acertó alguien á preguntarle por «el poema»; respondió que «así» le tenía aún; rogóle el estudiante del frac azul que les recitara otra vez la introducción, y no hubo necesidad de repetirle el ruego. Con reposado y solemne ademán, sonora voz y magistral acento, comenzó á soltar octavas reales por aquella boca. No he oído jamás cosas más indecentes, ni versos más gallardos, robustos y armoniosos. Quevedo no los hizo mejores. Terminada la introducción del poema, que á mí, pobre é inexperto provinciano, me puso colorado de vergüenza, comenzó el poeta á recitar epigramas de su cosecha contra todo lo existente y otro tanto más, graciosísimos, punzantes é ingeniosos. Yo estaba asombrado. Estrujando el chirumen en mi aldea y royéndome hasta las puntas de los dedos, había logrado escribir media resmilla de ternezas quejumbrosas, insulsas y descoloridas, ¡y aquel mozo tenía en la cabeza una fábrica de versos y otra de malicias y donaires!

El empecatado poeta era extremeño: se llamaba Mata; llamábanle Matica, y estudiaba medicina en el colegio de San Carlos, es decir, debía estudiarla, porque llevaba nueve años matriculándose en la facultad, y aún no había llegado á la mitad de la carrera. Conocía á todo Madrid, y tuteaba á la cuarta parte de él. Era mozo de verdadera chispa, pero sin señales de juicio, y muy capaz de poner en solfa la misma _Summa Theológica_. Había acometido muchas obras serias; recitaba comienzos magníficos, estrofas incomparables de composiciones épicas y místicas, trozos en los cuales parecía emular la entonación robusta de Herrera y la dulzura y suavidad de Fray Luis de León; pero de allí no pasaba jamás: destellos, chispazos de un fuego cubierto de frías y sucias cenizas: lo vulgar, lo grotesco, lo brutalmente carnal le solicitaba; desvanecíale la altura, el águila perdía sus bríos, y descendía rápida á manchar sus alas en los lodazales de la tierra. Frecuentaba las redacciones de los principales periódicos de Madrid, y en todas ellas se hubieran recibido con palmas las flores de su ingenio, si éste hubiera sido capaz de amoldarse á las condiciones _sanitarias_, digámoslo así, en que vivían los suscriptores y la ley de imprenta; se le tentó con halagos de todas especies, hasta con pingües sueldos... todo inútil: aquel pájaro no sabía cantar dentro de la jaula, ni podía sujetar los raudales de sus armonías á ninguna ley; necesitaba la libertad del monte para dar al viento toda la rica variedad de los registros de su numen, y así cantaba, como un salvaje.

Es muy de notar que en su trato ordinario era culto, y revelaba sus instintos de artista de raza hasta en las cosas más nimias; su conversación era siempre amena, su imaginación fecundísima; su habilidad para trazar en cuatro rasgos la biografía de un personaje de los infinitos que él conocía en la política, en las artes y en las ciencias, tremenda; sacaban sangre sus trazos, y levantaba ampollas su colorido. Oyéndole pocas veces, se le creía capaz de las más altas empresas; frecuentando su trato, se caía bien pronto en la cuenta de que tenía dos enemigos invencibles: la sujeción y el método. Era un vagabundo incurable que derrochaba su ingenio á borbotones en las mesas de los cafés y entre estudiantes desenfadados. Estaba bien por su casa, y de eso vivía holgadamente en Madrid, pues no era vicioso ni gastador. Había sido condiscípulo de algunos de mis compañeros de posada, y por eso la visitaba de vez en cuando.

Todo esto me contaron de él, en seguida que se marchó, los que creían conocerle más á fondo. No tardé mucho en persuadirme de que el retrato moral, aunque parecido, no era exacto. Matica valía mucho más.

Deshecha la tertulia de sobremesa, vestíme con lo mejor del baúl, y lancéme á la calle, buscando, medio á tientas, la del Príncipe, donde vivía el Excmo. señor don Augusto Valenzuela, causa tentadora de mi presencia en Madrid, y faro, luz y guía de todas mis esperanzas.

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X

Con las indicaciones que llevaba yo bien impresas en la memoria, no me costó gran trabajo dar con la calle del Príncipe. Una vez en ella, pronto encontré la casa. El portal era grande, la escalera ancha y vieja, de ladrillo el suelo de los descansos, y acuarteronadas y sarpullidas de gruesos clavos las puertas de los pisos. Llamé á la del segundo, y me abrió un criado á quien yo conocía de haberle visto en mi lugar. Mostróseme un si es no es risueño, y díjome que el señor no estaba en casa; preguntéle por la familia, y me respondió que aguardara la respuesta. Fuése por aquellos pasillos adelante, y volvió luego para conducirme á la sala, en la cual me dejó encerrado y á media luz. La estancia aquélla era amplísima; tenía rica alfombra en el suelo, lujosos cortinones en las puertas, grandes espejos en las paredes; brillaban el oro y la seda en los sillones, y estaban mesas y veladores cubiertos de cachivaches y muñecos tan varios como artísticos. Jamás me había visto entre tanto lujo, ni le había soñado siquiera; me daba lástima pisar aquel finísimo vellón con mis botas de becerro, y no me atrevía á sentarme sobre el pulido raso de la sillería. La dudosa calidad de mi vestido, aunque flamante, realzaba su ordinariez y aspereza entre aquellas tintas brillantes y delicadas, y yo mismo, aunque de buen cutis y no mal perfilado, me veía en los espejos con un no sé qué de montaraz y palurdo, que me hacía sudar de congoja. Viéndome en tal guisa y tomándolo muy á pechos, sentí que también me iba embruteciendo por dentro, y temí que cuando llegara el caso de hablar en aquel aparatoso escenario, mis palabras y mi estilo, y hasta mis ideas, habían de disonar tanto como mi persona. ¡Tan pobre concepto había formado de mí mismo en presencia de aquellas inesperadas y desconocidas grandezas, testimonios deslumbrantes de la altísima importancia de las personas á quienes iba á molestar, recordándoles el mendrugo que me habían ofrecido en mi pueblo! Malo es el pecado de la petulancia y del atrevimiento desfachatado; pero el de la modestia que raya en sandez, como el que yo cometía entonces, creo que es mucho peor.

Cerca de media hora pasé sumido en aquel espanto; y ya me asaltaba también el de que me dejaran allí olvidado, lo cual hubiera tenido que ver, cuando reapareció el consabido sirviente; abrió las puertas que daban á un gabinete, alzó el pesado cortinaje, y apartando el cuerpo á un lado, me dijo, mostrándome con la zurda la despejada senda:

--Pase usted.