Part 25
--Bien está--le dije,--por lo que hace á la cosa política de mi negocio; pero ¿y la otra?
--¿Cuál?--me preguntó.
--La más esencial quizá: la administrativa.
--Esa--me dijo al punto,--corre de mi cuenta mientras usted se va acostumbrando al oficio poco á poco. He pasado lo mejor de la vida entre expedientes gubernativos, y respondo de que en ese particular hemos de hacer grandes cosas.
Al mismo tiempo colmaba de atenciones á mi mujer; intimaba con mi suegra y con Manolo; servíales á punto y bien en los menesteres más extraños á su destino, y todos se complacían en mi casa en mimarle, considerándole como un valiosísimo estuche de _cosas_ y de habilidades.
Y, sin embargo, á mí no me entraba. Aun sin la advertencia del ministro, hubiérame bastado verle para desconfiar de él.
Las dificultades de mayor embarazo para mí, recién llegado á aquel gobierno, nacían, precisamente, de las condiciones más salientes de mi propia personalidad.
Para los díscolos de la oposición avanzada, gentes que nunca se ven hartas de motín, quizá porque siempre llegan tarde al regodeo que sigue al triunfo, y toman á pecado de prevaricación hasta el sacudirse el polvo de la batalla y ponerse camisa limpia, era yo un enemigo, á pesar de mis hazañas populacheras, por el solo hecho de representar allí la fuerza de la autoridad, cobrar un sueldo del Estado y vivir como los _opulentos reaccionarios_... Pues ¡cómo me mirarían sus ojos, teniendo sobre mi conciencia, además de estos pecados de necesidad, el crimen particularísimo de estar casado con la hija del «latromagnate» más aborrecido, del polaco más odioso de todos los polacos fugitivos?... Hasta para el otro bando, para el del orden dentro de la situación imperante, era motivo de desconfianza el contrapeso de mi mujer. Además me tachaba de joven y de inexperto, porque temía que con estas dos condiciones me faltaran el tino y el carácter necesarios para meter en cintura á los díscolos que habían hecho imposible el gobierno de mi predecesor. Tampoco el elemento mercantil, que todo lo fía al sosiego y á la tranquilidad, me miraba de buen ojo, por los mismos defectos de juventud é inexperiencia; y en cuanto á las aristocracias de los pergaminos y del dinero, ¿cómo habían de simpatizar con un matón de barricada, convertido en personaje político de la noche á la mañana? En cambio, estas dos importantes porciones de aquella sociedad heterogénea, eran muy partidarias de mi mujer, por lo mismo que ésta llevaba, como su madre, pintado en la cara el asco que le producían gentes y cosas del nuevo orden; lo cual era, entre los liberales crudos, otro pecado notorio que pesaba sobre mí.
Pues todas éstas y aquellas dificultades que representaban un estorbo y una traba á cada paso mío en la senda de mi flamante cargo, fueron dominadas con asombrosa facilidad, merced á los atinados consejos de mi secretario y á la entereza inquebrantable con que yo los puse en ejecución tan pronto como comprendí lo mucho que valían. Hasta me atreví á meter la hoz en la Milicia, que era un elemento perturbador por obra de los exaltados que la mangoneaban; y en cuanto éstos se penetraron de que era yo muy capaz de cumplir la amenaza que les hice de domarlos á la fuerza, si por la razón no se daban á partido, trocáronse en mansos y dóciles corderos. Con este rasgo de energía, que era de mi exclusiva propiedad, me capté el beneplácito de todos mis gobernados, para quienes era un constante motivo de alarma y de sobresaltos la actitud de aquella facciosa minoría. ¡Gran resultado me dió en aquellos conflictos mi elocuencia de relumbrón!
Encauzóse, pues, la gobernación de mi ínsula, en lo tocante á la política y orden público, y llegó el caso de pensar en _hacer administración_, como se dice en la jerga del oficio; lo cual acontecía á poco más de medio verano. Entonces abdiqué por completo en mi secretario, tanto por consejo suyo como por imperio de la necesidad, que también me lo exigía, para descansar un poco de las recientes batallas, volviendo á ser hombre de familia.
Dábame la provincia casa y coche, por razón de mi alto empleo. La casa era grande, casi un palacio, y palacio le llamaban; y el ajuar se me antojaba de perlas. Hubiera yo, de buen acomodar, por naturaleza un tanto espartana, vivido allí como un patriarca. Pero á Pilita le parecía todo muy otra cosa; y como la apoyaba Manolo, y Clara no la contradecía y el secretario también le daba la razón, tuve que convenir con ella en que, tal cual estaba la casa, no podía habitarla la familia de un gobernador que se estimara en algo. Había muros desconchados, otros con lamparones, muebles perniquebrados, tapicerías resobadas, alfombras en esqueleto, colchones medio podridos, sábanas de telaraña por lo molidas y tenues, vidrieras mal avenidas... y «¡horror de indecencias!» como decía mi suegra pasando minuciosa revista á todos y á cada uno de los aposentos del gubernamental palacio, tan pronto como nos alojaron en él. Con el coche acontecía lo propio: era viejo y destartalado; tan viejo y destartalado como el tronco que le arrastraba y el cochero que le conducía. Felizmente la Diputación provincial era _de casa_; y previas unas enérgicas excitaciones de mi secretario, votóse inmediatamente un crédito supletorio para todos aquellos menesteres; y en pocos días quedó el palacio vestido de nuevo, y el coche reemplazado por otro más lucido. Pero aún echaba de menos mi familia una multitud de cosas _indispensables_; y como el crédito estaba consumido hasta su último maravedí, tuve yo que pagarlas de mi peculio, con el doble dolor del quebranto que ocasionaba á mi extenuado bolsillo, y de saber que las había iguales y holgando en nuestra casa de Madrid.
La prensa reaccionaria habló bastante mal de este despilfarro de la Diputación en obsequio á un funcionario del Estado, precisamente á raíz de una revolución hecha contra los malversadores de los caudales públicos. Lo mismo dijeron los periódicos avanzados, y no me defendieron gran cosa los ministeriales, pues de todos había en la localidad. Nada de ello me sorprendió, porque lo esperaba.
Por entonces comenzaba yo la campaña de conciliación, tan felizmente terminada poco después; mi familia se preparaba, con la meditación y el reposo necesarios, para lucir en hora conveniente los relumbrones del empleo con la apetecida solemnidad, y no se daba á luz sino las menos veces posibles, y _de incógnito_, como los príncipes viajando.
De puertas adentro, mi mujer y su madre eran tremendas con las personas del elemento oficial que por cortesía las visitaban. Teníanlas por gentezuelas de poco más ó menos, y las aburrían en el vestíbulo antes de dispensarles el honor de admitirlas á su presencia, para confundirlas con dos sonrisas contrahechas y media docena escasa de palabras sin substancia. Con estas altiveces me llevaba á mí el demonio, porque eran otras tantas causas de resentimientos que me ayudaban muy poco á triunfar en la empresa en que me hallaba empeñado. Trataba de hacerlo comprender; pero no había enmienda en el pecado: antes reincidían en él, con la mayor frescura, las vanidosas mujeres, porque tenían el vicio en la masa de la sangre. Las deferencias, las atenciones y la afectada cortesanía, se reservaban para los particulares que las visitaban oficiosamente ó por recomendación de nuestros amigos de Madrid; y aun en estos casos intentaba Pilita guardar las distancias que ella suponía existentes entre una dama de su procedencia y una señora ó personaje cualquiera _de provincias_, por encopetados que fueran. Nada digo de mi mujer, porque, contrariada ó complacida, en casos tales siempre era la misma Clara, de actitud marmórea y de mirar terrible.
Llegó la hora de salir al escenario, que era la de _cumplir_ con las gentes que nos habían visitado; y de esta delicada empresa se trató tan pronto como yo triunfé en la ya mencionada mía, y me entregué á un relativo descanso. Mi suegra sostenía que con las _señoras_ (y subrayaba mucho la palabra con la voz y con el gesto) de la _nómina progresista_, harto cumplidos estábamos siempre, pues éramos sus superiores jerárquicos; y sus visitas, por ser de obligación, no tenían vuelta.
--Nosotros--concluyó,--somos... nosotros; y ellos... son ellos.
--Justamente--repliqué;--y por eso mismo no soy del parecer de usted. Cuanto más alta es la jerarquía de una persona, más la obligan las leyes de la buena educación... Aparte de que esas señoras no están en el deber, como usted cree, de visitarlas á ustedes.
--Pues entonces han hecho muy mal en venir á vernos; y no deben esperar nuestra visita en pago, si no son unas descomedidas ambiciosas.
--Después de todo, señora--dije aquí á mi suegra, harto ya de sus insensateces,--no es usted quien debe resolver este punto.
--¡Hola!--me replicó muy retorcida,--¿ya me echas de casa?
--Esas visitas--continué, fingiendo no reparar en la nueva sandez de mi suegra,--no han sido á usted, sino á la gobernadora; y sobre ésta y no sobre usted han de caer las censuras que merezcan las groserías que cometamos. Con Clara, pues, y conmigo, va exclusivamente ese particular, y espero que mi mujer ha de pensar de muy distinta manera que su madre.
Di cierto aire de mandato á estas palabras, por lo mismo que se hallaba presente Clara. La cual, después de mirarme con una dureza tan fría que picaba en sañuda, díjome con voz un tanto enronquecida:
--Se hará todo lo que tú _dispongas_; pero creo que debemos comenzar por los notables de la población, que nos han visitado sin tener obligación alguna de hacerlo.
--Convenido,--respondí, convenciéndome de que en todo lo que fuera cuestión de absurdas vanidades, se ponían al mismo nivel la simplicidad de la madre y el talento de la hija.
¡Y al otro día fué ella! ¡Cuando se lanzaron á la calle con todos los requilorios encima, y en pleno y soberano dominio de su papel! Á pie salieron, porque les convenía salir así para sus intentos de lucirse mejor. No les cabía en la acera; y yo, que las acompañaba, iba por el arroyo. Crujía la seda de sus vestidos ostentosos, y varas de ella arrastraban por detrás alzando nubes de polvo. El andar de Clara no se parecía á ningún andar de mujer europea: era algo al modo de reina egipcia; como hubiera andado Cleopatra siendo gobernadora de una provincia de España, sin dejar de ser la ostentosa y soberbia hermosura que cautivó á Marco Antonio. Los transeuntes nos cedían el paso desde lejos, y luego se paraban á contemplarla con cierto asombro mezclado de codicia; y yo, que lo observaba, complacíame en ello, porque, al cabo, Clara era mi mujer, y por ende, cosa mía; y los hombres somos así. ¡Era de ver con qué imperiosa y gallarda frialdad respondía á los saludos que nos hacían las gentes, por ser yo quien era! Pilita hacía á maravilla su papel de reina madre. Dos polizontes nos precedían á cierta distancia, y otros dos nos seguían. Uno de ellos se adelantaba; y cuando llegábamos al portal de la casa adonde nos dirigíamos, ya sabía si habían salido ó no las personas que íbamos á visitar. En el primer caso, subía nuestras tarjetas; en el segundo, subíamos nosotros.
Al día siguiente lo mismo; pero con diferentes ornamentos. Las menos veces fueron en coche. Éste le reservaban para ir á paseo. Llevábanle abierto; y entonces se las veía tendidas contra el respaldo y como flotantes sobre las encrespadas faldas de sus vestidos fantásticos, que llenaban todo el hueco de la carretela, dejando apenas el indispensable, hacia el vidrio, para destacar sobre la nube, y pegado á la _tolosa_, el busto lacio é indigesto de Manolo. ¡Reventaban de vanidad!
--Pero ¿en qué la fundan?--pensaba yo.--No será en mis merecimientos personales, cuando tan pocas consideraciones me guardan de puertas adentro; ni en los blasones que no tienen, ni en el caudal que les falta, ni en el nombre que llevan, infamado por el rumor público. ¿En que ésta es una capital de provincia, y ellas son damas de la _buena sociedad_ madrileña, y _la familia del gobernador_?
Pues nada más que en eso. Pilita ya me había anunciado esos deleites de la vanidad al ponderarme en Madrid las ventajas que llevaba este destino al que yo desempeñaba en el ministerio de la Gobernación, y Clara era soberbia y altiva por educación y por naturaleza; pero nunca pensé que llegara á tal extremo el vicio capital de mi nueva familia.
Con la entrada del otoño comenzaron los espectáculos nocturnos; y con este motivo, para lucirse en primera fila, allá van vestidos y perifollos y tocados; y como las damas de la ciudad iban tomando á Clara por modelo en el vestir y en el andar, ella se complacía en lucir en cada exhibición una cosa nueva, y su madre otra mejor; y hasta el imbécil de mi cuñado se emperejilaba á su manera, esperando formar escuela de mozos distinguidos. La condesa del Rábano recibía los miércoles, y los señores de Cerneduras los viernes; y como aquellas reuniones eran verdaderos certámenes de lujo, y Clara concurría á ellas y era la más mirada y atendida por ser en el pueblo la mujer _de moda_, ¿cómo no había de dar en cada caso la necesaria novedad á su elegante atavío? Y en cuanto á Pilita, que la acompañaba siempre, ¿cómo había de presentarse en más vulgar arreo que su hija?
Y aconteció muy pronto lo que yo venía temiendo por ciertos síntomas que notaba en mi casa; y fué que, para corresponder á los elegantes miércoles de la condesa del Rábano y á los espléndidos viernes de los ricos señores de Cerneduras, hubo necesidad de establecer los _lunes del Gobernador_. Y heme aquí, porque los salones eran «de poco más ó menos», y ciertas paredes estaban desnudas, y tal aposento sin alfombrar, y el comedor en _ropas menores_, contemplando estremecido cómo invadían el palacio los tapiceros, y sin cuenta ni razón le llenaban otra vez de muebles, telas y garambainas que maldita la falta me hacían. ¡Y si hubiera sido este solo el disgusto que me costaron aquellas memorables fiestas! Pero no se habían inaugurado todavía, cuando ya me procuraron otro terrible; y fué con ocasión de tratarse, en familia, de las invitaciones que debían hacerse para el primer lunes. Clara, porque entonces era ella, desgraciadamente, y no su madre, quien llevaba la palabra; Clara, repito, pretendía que no se invitase á ciertas personas que yo había puesto en lista, porque no las conceptuaba de bastante _tono_ para _alternar_ en su casa con el encopetado señorío de su predilección. Volvió á relucir lo de la _nómina progresista_, en son de mofa, y tuve que recordar á mi mujer que de esa nómina salían los lunes de su marido.
--¡Pues no vendrán!--me dijo altanera.
--¡Pues no habrá lunes!--repliqué en el mismo tono.
¡Qué cara me puso! y de qué manera me dijo, un momento después de haberme oído:
--Que vengan enhorabuena; pero yo te prometo tratarlas de modo que no vuelvan á poner aquí los pies.
--¡Muy bien dicho!--exclamó Pilita, nerviosa de entusiasmo.
--Y yo te prometo á mi vez--respondí á Clara sin hacer caso de la impertinencia de su madre,--reparar una por una todas tus descortesías; y si esto no alcanzara á mi propósito, cerrar á las gentes de tu devoción las puertas por donde salgan las de la mía. ¡No lo olvides!
Para dar una idea de la actitud y el aspecto de mi mujer después de oirme hablar así, es necesario pensar en una leona domesticada, que, por obra de un grito lejano ó de un tufillo pasajero, se acuerda de pronto de la libertad de sus congéneres en la inmensidad del desierto africano. No me replicó una palabra; pero el centelleo de sus ojos y la palidez de su semblante, mientras crujía el abanico entre sus manos crispadas, decían demasiado. Jamás la había visto así. Verdad que nunca me había puesto hasta entonces en ocasión de despertar su adormecida braveza. Me daba miedo: no por aquel instante, sino por todos los de mi vida.
Horas después recibí carta de mi suegro. Gemía, como siempre, por sus propios quebrantos; por «la pobre España» en poder de los hombres ineptos que le habían expatriado á él; por las tristezas que consumían á su adorada Pilita, á su _dulce_ Clara y á su _angelical_ Manolo; y me rogaba que los arrancase de su obscura soledad y me desviviera por divertirlos. ¡Qué oportunidad de hombre!... ¡Y qué perspectiva para empezar á vivir!
Por borrarla un poco de mi imaginación, dediqué lo mejor del día á escribir á Carmen. Creo que se me fué algo la pluma y que la empapé demasiado en las nuevas amarguras de mi alma; nuevas, porque no era aquélla la primera vez que sentía en el corazón el frío mortal de los desencantos, y en mi imaginación el triste vacío de las ilusiones desvanecidas. Las respuestas de la pobre huérfana eran como suyas: cariñosas, pero sencillas y breves; ni una frase, ni una palabra que recordase nuestra franca y cordial amistad de otros tiempos. Y yo admiraba esta prudencia, y á la vez me lamentaba de ella; comprendía la razón de los miramientos de Carmen, y sentía que no fuera más confiada y expresiva conmigo. Y no era esto un contrasentido pueril, ni resabio de una imaginación dengosa y versátil, sino que yo vivía en perpetua equivocación, y el alma quería regirse por sus propias leyes, que no eran las que le imponía la fuerza brutal de los hechos consumados.
[Ilustración]
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XXXI
En esto veía acercarse, con el andar de un nublado tormentoso, el primer lunes de _los míos_... Y llegó, porque todo lo malo llega siempre que se anuncia, y aún peor de lo que se teme; y se inauguraron mis fiestas con el estruendo y el despilfarro que yo no me atreví á soñar, ni aun viendo los preparativos hechos bajo la dirección de mi mujer, aconsejada por su madre, que es todo cuanto podía verse. ¡Hasta la Guardia civil, no bastando la urbana, amén de nuestros propios criados, se empleó en aquellos menesteres de telón afuera! ¡Qué tal andaría lo de telón adentro! Deslumbraba el aparato y asustaba el lujo que se arrastraba por allí; pues las gentes aquéllas eran ricas y habían hecho de mis salones palenque en que lucir el poder de sus caudales. Engreíase mi mujer viéndose centro esplendoroso de astros tan resplandecientes, y correspondía á los honores que de esta manera se tributaba á su _buen tono_ excediendo en lujo á la más encopetada y vistosa, y disponiendo cada ambigú, que dejaba aturdidos á los mismos comensales que los devoraban. ¡Qué carnes se me pondrían á mí con todo ello! ¿Y cómo evitarlo ya, una vez hecho costumbre? ¿Y cómo sostenerlo sin poseer una mina de onzas acuñadas?
Pues así fuí tirando, hasta que lo arregló de otro modo algo que es más fuerte que todos los respetos humanos.
Es, pues, el caso, que no solamente descansé, sino que llegué á dormirme en la ciega confianza que me inspiraba mi secretario; confianza nacida más que de un profundo convencimiento de la capacidad de mi subalterno, de mi escasa afición al expedienteo; del gusto con que me agarraba á cualquier disculpa para alejarme de él, y de la necesidad en que me veía de fijarme con preferente atención en el negocio político, que no estaba para descuidado un punto. Antojábaseme, andando los días, que en lugar de afirmarse la paz, el orden y la confianza en torno mío, retoñaban las asperezas y los desacuerdos, y perdía su virtud mi celo conciliador, como si mi prestigio comenzara á andar de capa caída. Hombres que al principio me escuchaban como á un oráculo y hacían de mis palabras evangelios que predicaban luego á los demás, se me acercaban recelosos y descontentos; y me daba más que pensar lo mucho que parecían callarse, que lo poco y turbio que me decían. Sospechaba yo que en el partido que allí me apoyaba cundía la desconfianza; y con esta sospecha, desvivíame por mostrar á mis amigos los firmes y leales propósitos que seguían animándome, y suplicábales que me expusieran los motivos de sus embozadas quejas, para acudir á remediarlos, como antes lo había hecho; pero la misma vaguedad de las respuestas me sumía en nuevas inquietudes.
Mi secretario, con quien las consultaba á menudo, encogíase de hombros, ó me aseguraba que todo iba á maravilla, y que si había quejas lo serían de vicio.
Y todo esto acontecía precisamente cuando mi familia andaba en el colmo de sus dispendiosas exhibiciones; lo cual llegó á traerme á vueltas con las más extrañas y tumultuosas ideas; ideas que no me daban punto de reposo y me robaban el sueño, y hacían incompatible mi discurso con todo el negocio extraño al círculo de mi vida doméstica. Sólo dominado por una preocupación semejante, podía estar yo tan ciego y torpe que no viera lo que tenía delante de los ojos y palpaba con mis propias manos.
Ni mi mujer ni su madre me decían jamás lo que costaban sus lujosos atavíos ni sus espléndidos festines, ni me pedían un céntimo para pagarlos. Cierto que ellas continuaban siendo las administradoras de todo mi dinero, del único que tenía, del que cobraba mensualmente del Estado; pero ¿cómo daba aquel dinero para tanto? ¿Con qué se suplía lo que faltaba? ¿Contraían deudas en mi nombre? ¿Lloverían sobre mí, á la hora menos pensada, créditos que no podría recoger? Y por temor á esto y á sus horribles consecuencias, hablé á Clara un día.
--¿Cómo os las componéis--la pregunté,--para hacer esos gastos con tan poco dinero?
--No te apures--me respondió secamente,--que aún le tenemos de sobra.
--¡Imposible--repliqué,--si pagáis todo cuanto consume vuestra vida ostentosa!
--No se debe un cuarto á nadie,--afirmó volviéndome en seguida la espalda.
Quedé más aturdido de lo que estaba, porque me persuadí de que mi mujer no me decía la verdad. Por espontánea confesión suya, había sabido yo, poco después de nuestra salida de Madrid, que todos los ahorros de su padre apenas alcanzaban para vivir él modestamente fuera de su patria, y para que en un apuro «muy extremo», no se murieran de hambre en una buhardilla su mujer y su hijo. Luego no era el dinero de Valenzuela el que suplía las faltas del mío para cubrir los gastos de mi casa; y como éstos excedían en más de otro tanto al que cobraba yo con una mano y entregaba con la otra á mi mujer, evidente era que vivíamos de prestado, y que ésta me lo ocultaba. Entonces pensé muy seriamente en arreglar las cosas de otro modo; me armaría de carácter, porque era preciso que me armara; y haría, y acontecería...
Y nada hice al fin, porque es condición de nuestra flaca naturaleza dejarse caer en los peligros reales por huir de los imaginarios. Clara no me había perdonado aún el «atrevimiento» de contrariarla en el asunto de las invitaciones, y su madre no tenía atadero, y era capaz de todo lo que no se ajustara á las leyes del sentido común; resolverme á meter á las dos en cintura con un rasgo de autoridad, era producir un estruendo que de seguro transcendería fuera de mi casa... ¡y yo era el gobernador de la provincia, relacionado á la sazón con lo más granadito de la ciudad!... ¡y qué se diría!... ¡y mi prestigio!... ¡Y si tras el escándalo venían los acreedores alarmados!... ¡Qué horror! Y me aguanté _por entonces_.