Part 28
Y yo, que tomaba á mi hogar por un presidio, particularmente desde mi última entrevista con Clara, no pasaba en él sino el tiempo indispensable para comer de prisa, desganado y en silencio, y dormir algunas horas entre el horror de mis pesadillas infernales. El resto del día y de la noche le invertía entre mis amigos en la redacción, en orear mis penas al aire libre en algún solitario paseo, y en la placentera compañía de Carmen, cuyos quebrantos de salud iban imposibilitándola para el trabajo, precisamente cuando más necesitaba de él para vivir. La fortuna se complacía en cobrarme, hasta con réditos usurarios, los favores de que me había colmado poco antes.
Un día, ó porque el peso de mis dolores morales llegó á vencer las fuerzas de mi cuerpo, ó porque la ley de mi destino se cumpliera así, sentíme enfermo; y á media tarde dejé mis tareas de redacción. Como la peor de todas las enfermedades me parecía mi propio hogar, intenté curar el repentino acceso con la distracción y el aire fresco de la calle. Me engañó el pensamiento. Mis piernas se negaban á sostenerme, y las sienes me latían; la luz ofendía á mis ojos, y mis manos abrasaban. Tenía fiebre; y la necesidad, más fuerte que mis repugnancias, llevóme á mi casa. Llamé, y abrióme la puerta la doncella de mi mujer, no el criado, como de costumbre. Verdad que yo no la tenía de entrar á aquellas horas.
--No hay nadie,--me dijo al verme.
¿Y qué más me daba que hubiera alguien ó no, si á mí nadie me echaba allí en falta jamás, ni por nadie preguntaba yo, porque todos me estorbaban lo mismo? Pero noté que la sirviente tosía muy seco, y muy á menudo y muy fuerte, y que no estaba enteramente serena cuando me hacía una advertencia tan inusitada. Y con esto, y con ver en la percha en que fuí á colgar mi sombrero otro muy reluciente, con las alas muy reviradas, que no era mío ni de Manolo, y una ráfaga, como soplo de Lucifer, que pasó instantáneamente por mi cerebro excitado, adelantéme de un salto á la doncella, que ya me precedía en el camino que yo intentaba seguir; y en otros dos llegué al gabinete de mi mujer. La puerta estaba cerrada por dentro. Descargué sobre ella todo el peso de mi cuerpo; saltó la cerradura, y abriéronse de par en par las débiles y charoladas hojas... ¡hojas de un libro inmundo en que vi estampada la última afrenta que podía echar sobre mí aquella infernal criatura!
La fiebre que me devoraba ya, y que en aquel instante debió llegar á su grado máximo, dióme las fuerzas de un león. Pues aún me parecieron pocas en medio del frenesí con que agarraba cuanto hallé al alcance de mis trémulas manos, y lo arrojaba á ciegas sobre el ladrón, por no tener un puñal que clavarle en el pecho, mientras la infame huía por una puerta excusada... No quiero detenerme en pintar los detalles de aquella lucha bárbara en la angostura de un aposento que retemblaba á los golpes de los muebles hechos astillas, y al eco de mis maldiciones. Acabóse antes, mucho antes de lo que yo deseaba, porque el crimen hace cobardes á los hombres más fuertes; y _él_ supo aprovechar mi primer descuido para huir por la misma puerta por donde había entrado yo.
Cuando salí en busca de su cómplice, ésta no se hallaba ya en casa. Me alegré de ello. ¿De qué me hubiera servido tenerla delante, si había de atarme las manos la misma hidalga reflexión que me impidió matarla en su aposento?...
Sin perder un instante, me dirigí al mío. Reuní cuanto á mano pude hallar de mi equipaje y otras menudencias de mi particularísima propiedad; y en un mísero baúl, no mucho más lucido que el de un estudiante, mandé que me lo bajaran al portal. Hacíanseme siglos los momentos que tardaba en salir de aquella aborrecida casa, cuyos techos parecían desplomarse sobre mí al peso de tanta ignominia.
En el primer coche que pasó desalquilado por la calle, me fuí á la posada de Matica, cuyas señas no di al cochero hasta verme lejos de la casa que abandonaba. No quería dejar en ella el menor rastro de mi paradero. Aquella noche deposité, entre lágrimas amargas, en el alma de mi amigo, el bochornoso secreto de la mía. ¡Me ahogaba ya la plenitud de tanta desventura! Sus atinados pareceres, sazonados con el jugo de su fraternal cariño, me consolaron; pero cuando más tarde me sepulté, calenturiento y dolorido, bajo las coberturas del lecho, el sueño me negó el beneficio de sus halagos, y pasé la noche desmenuzando en la ardorosa mente el terrible suceso, saboreando planes de venganza. Tres días estuve sin salir á la calle.
El demonio quiso que, al poner los pies en ella, nos tropezáramos, cara á cara, Barrientos y yo: aún llevaba en la suya más de una señal de mis golpes. Recrudeciéronse mis odios de repente, y le añadí otra nueva con mi mano. Separónos la gente; dióme él, airado, las señas de su casa; y cayendo yo en la cuenta de lo que iba á suceder, le di, no las de la mía, sino las de la redacción de _El Clarín_. Previne á Matica, y afeó mi conducta que ponía mi vida á merced de la destreza de mi adversario. Fuimos de la misma opinión; pero ya no había remedio, amén de que, aun á riesgo de morir, yo no me vería jamás harto de habérmelas con un hombre tan aborrecido... Y, sin embargo, ni aun con matarle quedaría yo satisfecho; porque no era él el verdadero delincuente, sino ella... ¡ella era quien, en buena justicia, debía morir entre mis manos!
Dos elegantones apadrinaron á Barrientos; Matica y Redondo me apadrinaron á mí. Hubo pocos trámites, porque la cosa iba de veras, y yo no impuse á mis amigos otra exigencia que la elección de armas contundentes, si era posible. Matar de un tiro, me parecía cosa por demás insípida, puesto que yo no trataba de probar mi serenidad con una certera puntería, sino de desahogar mis iras moliendo á golpes ó á cuchilladas.
Se eligió el sable, porque á mi adversario todo le era lo mismo; y á la madrugada siguiente, en la Alameda de Osuna, tras unos preliminares que me parecieron solemnemente ridículos, nos pusimos frente á frente los dos, desnudos de medio arriba. Á la primera señal me lancé como una furia sobre mi contendiente, creyendo, incauto, que todo el éxito dependía de la fuerza. Sin embargo, en mi furor impetuoso, llegué á desconcertarle de tal modo, acaso porque su corazón no correspondía á su destreza, que la necesitó toda para defenderse de mis golpes incesantes; pero al cabo se hizo dueño de mí; y tras de darme una paliza á su gusto, pudiendo matarme sin gran esfuerzo, se contentó con arrancar el arma de mi mano, descoyuntándome la muñeca.
Dióse con esto el lance por terminado, y yo me volví á casa acompañado de mis amigos, tan afrentado como había salido de ella, más con la vergüenza de haber sido apaleado por el mismo que me afrentó. ¡Y estos lances los han discurrido los hombres cultos para lavar manchas del honor! ¡Mentecatos!
La prensa habló al otro día de este encuentro, sin citar nombres; pero con tales señas, que los más torpes nos conocieron; y conociéndonos, se trató del motivo en todas partes, y con ello se hizo público en pocas horas lo que, con saberlo yo solo, me ponía rojo de vergüenza. ¡Y Barrientos creció dos palmos en la opinión de las gentes, así por la _conquista_ como por su hazaña en el lance que motivó!... ¡Y mientras el ladrón se pavoneaba recibiendo los honores del triunfo por las calles, el robado no se atrevía á salir á la luz del sol temiendo los silbidos del mundo! ¡Ésa es la justicia que se usa entre los que tanto se pagan de él!
Después de este suceso, érame imposible la residencia en Madrid; su luz, su aire, sus ruidos, todo cuanto me rodeaba allí me decía una misma cosa, sonaba á una misma cosa, me hería de la misma manera: todo me parecía un pregón escandaloso de mi ignominia. Pero ¿adónde ir? ¿Á esconderme en las soledades de mi tierra? ¡Qué hijo pundonoroso se atreve á enjugar en el regazo de su madre el llanto de pesadumbres como la mía?
Era preciso huir lejos, ¡muy lejos!... Adonde no hubiera llegado la funesta resonancia de mi nombre; adonde no me conociera nadie; donde yo pudiera cambiar radicalmente las costumbres de mi vida y trabajar de otra manera, y ya que no perder por completo la memoria, refundir mi naturaleza al influjo de otros climas, de otros hábitos y de otras gentes.
Y la idea de abandonar á Carmen cuando más necesitaba de mí, me asaltó al punto, como un obstáculo insuperable puesto delante de mis propósitos. Y entonces, en medio de la exaltación que me robaba la serenidad, quise conjurar el conflicto con una nueva locura: con la de llevarme á la honrada huérfana conmigo... porque la amaba y me amaba... ¡qué enormidad! Precisamente la razón de más peso que yo debí tener presente para respetar su buena fama. Y hasta cometí la torpeza de proponérselo; y sólo caí en la cuenta de mi insensatez, cuando el asombro se pintó en su mirada y el rubor en sus mejillas. Pero yo no podía resignarme á abandonarla á los azares de su mala fortuna, ni renunciar á mis propósitos de alejarme de España, quizá para siempre.
Dando tortura á mi imaginación, concebí un plan que sometí al juicio de Matica, no fiándome ya del mío. Le aplaudió, y era éste: mi amigo velaría por ella con el mismo celo que yo; y en un caso extremo, ó porque las fuerzas la faltaran, ó llegara á quedarse sola, ó fuera la suerte tan implacable conmigo que me negara el consuelo de ampararla desde lejos, se la enviaría á mi padre, á cuyo lado hallaría cordial y placentera hospitalidad. En previsión de este suceso, habléle algo de él al escribirle aquel mismo día, noticiándole mi propósito de alejarme de mi patria, donde la fortuna me era bien adversa; pero cuidando mucho de que no trasluciera el noble y honrado viejo en mis palabras, de intento risueñas y animosas, la amargura de mi espíritu, ni el más leve vestigio de la tempestad levantada en mi vida conyugal. ¡Cómo me costaba dejar la pluma de la mano, no creyendo nunca bastante bien cumplidos los dos propósitos que me guiaban al escribir al pobre hidalgo!
Sin dar tiempo á que más frías reflexiones pudieran entibiar algo mi última resolución, reduje á dinero todas mis alhajas, que no eran muchas; entregué á Quica una buena parte de ello, porque Carmen no hubiera querido recibírmelo; hablé á ésta del plan acordado con Matica; vió en él la señal de lo largo de mi ausencia; lloró... lloramos todos; estampé en su frente casta un beso que no la empañó con la más leve mancha de impureza; abracé á Quica también, y huí, con el corazón oprimido, de aquellos afectos que enervaban los bríos que me hacían falta para lanzarme á la empresa en que me había empeñado la dura ley de la necesidad.
Pasé con mi amigo el resto del día; y al siguiente, muy temprano, salí de Madrid por el camino de Andalucía, agobiado el ánimo bajo la tiranía de la memoria, que no se cansaba de ponerme delante de los ojos las más risueñas ilusiones enfrente de todos los errores y desencantos de mi vida.
Y por único consuelo en esta cruda batalla de contrapuestas ideas, el misterio de mi porvenir hacia el cual iba sin rumbo ni derrotero, como inerte masa lanzada al espacio por la fuerza brutal de mi desdicha... ¡Adónde iría á caer? ¡Qué sería de mí?
Entonces aparté la consideración del mísero polvo de la tierra; y, con los ojos inmortales del alma, á la luz que guardé siempre con amor de cristiano en el sagrario de mi fe, vi la Providencia de Dios que no abandona ni á los pájaros del aire, y me entregué, confiado, á sus designios.
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XXXV
Veinticinco años han pasado desde entonces. En tan largo tiempo, ¡cuántos afanes! ¡cuántos trabajos! ¡qué pocos goces y cuán breves!
¿Adónde quiso Dios que me arrastraran los huracanes contra mí desencadenados? ¿Qué hice allí? ¿Con qué nuevas adversidades luché? ¿Por qué derroteros me encaminó el azar?... Sería larga, muy larga, la tarea de referirlo, y ya se fatigan mi mano de escribir y mi memoria de recordar. Quiero poner fin á estos apuntes, y voy á hacerlo añadiéndoles solamente algunos brevísimos del segundo período de mi vida aventurera, por lo que se relacionan con lo que pudiera llamarse cabos sueltos del anterior relato.
Valenzuela murió en la emigración tres años después de mi salida de Madrid. Para entonces ya se habían cansado Barrientos y otros dos sucesores suyos de _proteger_ á su familia; la cual, sin más amparo que el mezquino sueldo del destino que al cabo obtuvo Manolo (porque la duquesa se guardó muy bien de echarse toda la carga encima, y la herencia del emigrado era exigua y duró poco), tuvo que tragar por la fuerza de la necesidad lo que no pude yo conseguir que aceptara por la del convencimiento. Quiero decir, que dió con todo su necio orgullo en un miserable chiribitil. Allí se las arreglaba como Dios quería, vistiendo de lo de antaño, descolorido y _volteado_, y comiendo de pegote en tantas mesas como días tiene la semana. Pilita no arrastró su cruz muy largo tiempo, y fué enterrada de limosna. Clara, desesperada, comenzó á languidecer y á marchitarse en su miserable soledad. Recogióla entonces la duquesa del Pico; y en su casa murió impenitente, fría y altanera, como una pagana.
Viéndose su hermano solo y libre, _robó_ á una bolera de cuarta fila, del teatro de la Cruz, y se casó con ella. Casarse y ponérsele cobrizas las escrófulas, y brotarle fuentes del corrosivo humor por garganta, labios y narices, fué todo uno. No duró seis meses el pobre chico. Verdad que lo que hicieron las escrófulas, á falta de ellas lo hubiera hecho su apreciable suegro, que tenía el peor de los aguardientes, y en cargándose un poco de _bebida_, le sacaba la navaja si no le colmaba de monedas el extenuado bolsillo; y así le daba cada disgusto que le aturdía.
Todos estos sucesos, con los más prolijos pormenores, me los participaba Matica; y tan escrupuloso y previsor era, que cuando me escribió para decirme que me había quedado viudo, me incluyó en la carta la fe de defunción de mi mujer. ¡Cómo alabé á Dios en el memorable instante en que me enteré de un suceso de tan grande transcendencia para mí! Porque rompía las cadenas de mi esclavitud, me devolvía la libertad, y con ella el único remedio que yo conocía para cicatrizar las dolorosas heridas de mi corazón. Las densas nubes en que mis recuerdos me envolvían, se rasgaron; un rayo de sol penetró por ellas; y mientras su calor vivificaba mi alma aterida, su luz me descubría sendas hasta entonces obstruidas por obstáculos amontonados por la mano de mi mala suerte, libres, francas y abiertas á mi paso. ¡Por allí se iba en busca de Carmen, cuyo dulce recuerdo me alentaba para trabajar sin descanso; de Carmen, con quien compartía el fruto de mi trabajo; de Carmen, cuyo amor no era ya un delito ante las leyes del mundo, y podía publicarse á voces, como el intenso, tranquilo y consolador que yo sentía por ella!
Mis negocios iban en buena marcha; y con mi atención constante sobre ellos, en muy pocos años lograría clavar yo la rueda de la fortuna; quiero decir, poseer lo bastante para vivir en mi patria en una desahogada medianía. Pero estos _pocos años_ eran siglos cuando pensaba en aplazar, hasta que se perdieran en los abismos del tiempo, el cumplimiento de mis ardentísimos afanes. Anticipar éste alejándome yo de los negocios, era hacerlos retroceder en su próspera marcha, y exponer demasiado el comprobado éxito de mis cálculos. Entre estos dos extremos había un medio que lo arreglaba todo: que Carmen se decidiera á ir á mi lado desde luego. Escribíla sobre el caso, y escribí á Matica también: las razones eran de peso; ella estaba animada de los mismos deseos que yo; los medios de comunicación eran frecuentes y no penosos...
Y fué. Y nos casamos. Y Dios, que me había hecho el inapreciable beneficio de que no diera fruto mi primera unión, otorgómele en la segunda. La alegría, el amor, el sosiego, reinaban al fin en mi casa. Sabía de mi padre con la posible frecuencia; y del contexto de sus cartas deducía, con lícita vanidad, que la abundancia en que vivía por obra de mis prodigalidades con él, hacíanle muy llevadera la vejez. Poco, muy poco me faltaba ya para considerarme en el colmo de la felicidad: volver al lado del pobre viejo con mi nueva familia, y alegrar con las caricias de sus nietezuelos (porque yo contaba que no sería uno solo) los últimos días de su vida. En menos de dos años podían verse realizados estos planes.
Pues todos me los desbarató la suerte, ó Dios que quiso someter mi resignación á otra prueba más; todos se destruyeron como castillo de naipes al primer soplo del viento. Carmen, nuestro hijo, Quica: los tres desaparecieron del mundo en pocas semanas, víctimas del recrudecimiento de una enfermedad endémica allí. En mi amarga aflicción, acordéme de mi padre, como el único refugio para mi alma tan rudamente combatida... ¡y también la muerte se atravesó en este camino!
Busqué entonces, no la distracción, sino el aturdimiento, en el tráfago de los negocios; y no sé cuántos años pasé así, amontonando un caudal que parecía burla de la suerte, por dármelo cuando ya no le necesitaba.
Los únicos afectos que sobrevivían en las ruinas de mi corazón, se habían reconcentrado en Matica, cuyas cartas me consolaban mucho, y me enteraban de lo poco que podía interesarme en el mundo. Así llegué á saber la muerte de la duquesa del Pico, y que Barrientos había dado con un mozo que, sin gozar fama de espadachín, le había hundido en el pecho media vara de florete con todas las reglas del arte.
Matica había concluido, al fin, su carrera; pero no la ejercía, porque su delicada complexión se lo vedaba. En cambio, se había entregado con gran fervor al cultivo de las bellas letras; y tenía dos comedias terminadas y, como quien dice, en turno para ser puestas en escena en el primer teatro de Madrid. Le afligía bastante un pertinaz catarro, desde el invierno anterior; pero esperaba curarle con las brisas de mayo. Esto me decía en febrero. Pues en abril, con la inesperada noticia de su muerte, hundió Redondo, que me la transmitía, el último clavo doloroso en mi corazón.
Después viajé mucho, ¡mucho! apenas recuerdo por dónde; porque ya no buscaba en mis viajes el placer de las impresiones adquiridas en la contemplación y el estudio, sino el ruido, el movimiento, la variedad, el vértigo... Hasta que el cansancio me rindió, y comencé á pensar, viéndome envejecer, encanecido y sin designio que cumplir en la tierra, en qué rincón de ella arrojaría la pesada é inútil carga de mis huesos. Sentí entonces dentro de mí, en lo más hondo y obscuro, la santa voz de la patria que me llamaba á su maternal regazo; y vine á mi tierra nativa resuelto á exhalar el último suspiro donde vieron mis ojos el primer rayo de luz.
¡Otro desencanto con el cual no contaba yo!
Por remate de mi larga y azarosa carrera, me vi casi extranjero y solo en mi patria; porque ser extranjero y estar solo, es vivir entre generaciones que se han formado lejos de nosotros, y han creado una sociedad que en nada se parece á aquélla en la cual nacimos y nos formamos después á su manera.
Al movimiento innovador y reformista iniciado ya con brío á mi salida de España, había sucedido la revolución política de 1868, harto más radical y demoledora que la del 54, en que tan activa parte había tomado yo. El primero transformó el aspecto exterior de los pueblos; la segunda influyó grandemente en el modo de pensar de los hombres; y al impulso de estos dos agentes poderosos, la sociedad salió de sus antiguos cauces, y entróse por otros nuevos; creóse la vida distintas necesidades, y se transformaron radicalmente las costumbres.
Hallé en mi humilde lugar hermosas casas de campo con sus correspondientes parques á la inglesa; una fonda en la playa; carreteras en todas direcciones; un _casino_ con periódicos y mesa de billar; dos confiterías; una taberna en cada esquina; tres _chalets_ con alamedas en la pradera cercana al mar, y seis casas de posada... Los Garcías... ¡qué Garcías ni qué niño muerto! No quedaba señal de ellos. Quien lo mandaba todo era un hijo de mi contemporáneo Toño Calambrios, que dejó la labranza y se hizo feriero; se metió después á demócrata posibilista, y hoy se cartea con Castelar, y es presidente del _comité_ de este pueblo, donde tiene cuarenta suscriptores el _Globo terráqueo_ y cerca de veinte _La Bocina Montañesa_, periódico posibilista madrileño el primero, y federal-conmutativo-bilateral de Santander el segundo...
En cuanto á la saya de bayeta fina con lorza y tira de terciopelo, y al justillo de pana, y al zapato bajo y la media con calados, y el pandero con cascabeles, ¡buenas y gordas! Aquí no gastan las mozas menos que vestidos de larga falda y chaquetas ceñidas, con adornos de pasamanería; el pelo en rodete, y _flequillo_ por delante, á uso de señoras; y á uso de señoras bailan los domingos agarradas á los mozos, por todo lo fino, al son de dos violines y una flauta que se pagan de fondos municipales.
Añádase á todo esto que los _chalets_ y casas de campo pertenecen á gentes forasteras que los habitan en verano; que forasteras son las que acuden á la fonda de la playa y á las posadas del lugar; que los viejos que yo dejé en él no existen hoy; que los mozos de entonces parecen viejos caducos ya; que los mozos de ahora no habían nacido todavía; y por último, y es lo más triste para mí, que de toda mi parentela, dispersa por las inmediaciones, no me quedan más que unos cuantos sobrinazos que me visitan de tarde en tarde, y eso porque soy rico y sin herederos forzosos; y diga el más nimio en esto de enmendar voquibles, si no me sobra la razón para considerarme solo y extranjero en mi lugar nativo.
Y no me pesa de ello después de bien considerado: así vivo más independiente y quedan menos huellas con que reverdecer mis, aunque penosos, amortiguados recuerdos. La única que, por llegar, me los ofreció muy amargos, fué el caserón donde conocí á la funesta familia, causa de todas mis desventuras. Siempre que miraba hacia él, veía la misma figura escuálida, ceñuda y silenciosa, errar por sus pasadizos. Su último poseedor le había destinado á fonda. Traté de comprarle, y pidiéronme triple de lo que valía. Paguélo gustoso; y á pretexto de reconstruirle, le demolí hasta sus cimientos. Y así permanece, hecho un montón de escombros. Pues ¡ni por esas! Cada vez que los miro, veo encaramada sobre ellos la aborrecible figura blanca, con el pelo desgreñado, el entrecejo fruncido y los ojos fulminantes. Es mi _gato negro_.