Chapter 14 of 29 · 3796 words · ~19 min read

Part 14

Oyendo esto, di media vuelta sobre la silla, solté las chinelas de dos pernadas vigorosas, y comencé á calzarme las botas, que estaban al alcance de mi mano. Matica se sonreía y me dejaba hacer. Después cogí la capa, luego el sombrero, y, por último, rasgué la carta que había empezado á escribir á mi padre.

--Estoy á las órdenes de usted,--dije á Matica, conmovido y acelerado.

Celebró el tal con grandes risotadas el desconcierto en que me veía; y yo exclamé, temiendo que se burlara de mí en todo cuanto me había referido:

--¿No dice usted que hay que aprovechar los instantes?

--Sí que lo dije; pero no hemos de tomar los dichos tan al pie de la letra. ¡Estos caballeros rurales tienen una virginidad de impresiones!... Considere usted, amigo Sánchez, que el periódico es matutino, por lo cual sus redactores velan hasta muy tarde, y es posible que, á la hora presente, no encontremos todavía con quien entendernos en aquella casa. Demos, pues, tiempo al tiempo, y entre tanto, hablemos un poco del asunto. Todavía no sabe usted de qué periódico se trata.

--Cierto--respondí.--Pero ¿qué más da?

--Creo haberle oído á usted manifestar cierta ranciedad de ideas en política.

--La impresión de la lectura del periódico de mi padre--dije, con escaso respeto á las tradiciones de familia.--Pero, de todas maneras, yo no he de predicar allí en ningún sentido.

--Es verdad--replicó Matica;--pero como en esto de malas ideas, en opinión de ustedes los apegados á lo de antaño, tanto peca el que tiene la oveja como el que la desuella, yo quiero descargar mi conciencia de toda responsabilidad, advirtiéndole que el periódico de que tratamos es batallador, irreconciliable, por sistema, con todo lo actual y cuanto pueda venir á su semejanza, alarmista, reñidor; en fin, revolucionario.

--Que lo sea.

--Puede haber palos allí alguna vez...

--Que los haya...

--Pues ante tan heroica resolución, no tengo más que decirle sino que el periódico se titula _El Clarín de la Patria_.

--Le conozco.

--Periódico muy arraigado--continuó Matica,--de gran circulación y de mucha autoridad en la política revolucionaria. Paga bien y á tiempo... ¡cosa rara! Buenas gentes las que le redactan... demasiado levantiscas quizá.

--Y no está mal escrito, en lo que yo recuerdo.

--Todo lo bien que puede escribirse al son del himno de Riego, que no es gran cosa. En lo puramente literario, está mejor vestido: suena mucho su aplauso y es muy codiciado de las gentes literatas. Sus sátiras tienen justa fama, y el Gobierno las teme de lumbre... En fin, que tiene grandes elementos de vida, y no hay temor de que fenezca con ella, de la noche á la mañana, el cargo de administrador.

--¡Aunque no me dure una semana!---dije lleno de convicción:--esa tregua iré ganando; después, Dios dirá.

--Por lo demás--continuó mi amigo,--el empleo es cómodo y llevadero. No es la oficina que le hubiera ofrecido Valenzuela, con su papel de barbas, sus legajos polvorientos, su uniformidad de mesas, de gorros de terciopelo y de manguitos de percalina. Verdad que no son poéticos los casilleros, el talonario de bonos, la lista de suscriptores, el libro de caja y tantos otros útiles que pondrán bajo la inmediata responsabilidad de usted en esa administración; pero sobre no haber que temblar por los cambios súbitos de situación, las veleidades de un superior jerárquico, las traslaciones forzosas de residencia, etc., para las aficiones de usted, educación patriarcal y prendas de carácter, no puede hallarse empleo más á propósito en las circunstancias que actualmente le rodean. No va usted á esgrimir la pluma en el agitado campo de la literatura y de la política; pero sí á vivir en sus fronteras, á contemplar sus horizontes, á conocer sus gentes y su modo de ser, á presenciar sus batallas, á oir sus gritos de combate y admirar sus bríos indomables, sus fervorosas y apasionadas luchas sin hora de descanso. El incesante gemir de las prensas vomitando proyectiles de ideas, arrullará sus oídos, y el tufillo diabólico de la pringosa tinta que ha transformado el mundo, producirán en usted misteriosos, invencibles cosquilleos que pondrán en loca ebullición su sosegada mente, y harán que en su diestra se agite la pluma y corran sus puntos sobre el papel, solicitados de una fuerza que no estará seguramente en los encasillados del libro Mayor. No nacerán allí, porque es campo revuelto y agitado, los frutos intelectuales que necesitan, para su gestación y desarrollo, largas meditaciones y ardorosa inspiración; pero, puerto franco y abierto, llegará á él la riqueza de todos sus similares, muestra peregrina de la varia actividad del pensamiento humano en esta castiza tierra de los garbanzos y de los motines. El folleto insulso, con aires de diatriba venenosa contra el ministro del ramo ó el partido político que cometieron la injusticia de desoir y desatender al autor; el tomito de versos, en variedad de tonos y para todos los gustos; la lujosa _Memoria_ repleta de guarismos, en la cual la Gerencia manifiesta á los señores socios que en el ejercicio próximo aquello será un platal, si dejan que los recursos naturales y legítimos de la sociedad se desenvuelvan dentro de la esfera del crédito, á faltas de moneda de mejor ley; el drama tremebundo, impreso en justo desagravio de la silba con que le recibió un público alevoso; la obra del erudito, fárrago interminable enderezado á fijar la naturaleza de la argamasa invertida en la construcción de la _Cloaca Máxima_, llamada por Catón _Cloacale flumen_; el _Ramillete oloroso de advertencias morales_, «que una madre piadosa dedica á la educación de la tierna infancia»; _Las pesquisiciones históricas á través de los siglos más remotos_, opúsculo de un dómine rural, que entretiene así sus largos ocios... y su hambre; _El despertador de la modorra del pueblo_, centón de máximas políticas, glosadas por un patriota, mártir de la santa causa de la libertad; el _Tratado de partos_; la novela de costumbres, la histórica, la científica, la teológica, la marítima; el _Prontuario de cambios_; el _Canto épico_, modesto ensayo de un joven alumno de veterinaria; el _Manuale rusticorum_, fechoría de un humanista empedernido... hasta el ejemplar de la nueva edición del _Breviario_, ó del _Misal_; en fin, de todo lo imaginable habrá sobre aquellas mesas, y debajo de aquellas mesas, y sobre las sillas, y debajo de las sillas, y en el pasadizo, y en los rincones, y detrás de los armarios, y en los cestos, y en el montón de la basura; y cada cosa habrá ido allí por el correo, ó á la mano, con el autógrafo correspondiente en la anteportada, recomendándose humildemente á la indulgencia del periódico, pero con el propósito de que éste ponga la obra sobre los mismos cuernos de la luna... Pues ¿qué le diré á usted del entrar y salir de gentes de tan varios temperamentos y cataduras como los asuntos que les mueven, y las conversaciones que entablan, y las porfías que suscitan, y los planes que exponen, y las sospechas que apuntan ó las noticias que dan? ¿Qué de los donaires de este redactor; de las _cosas_ del otro; de las aprensiones de aquél; de los resabios del de más allá; de los alientos, de las esperanzas ó del desánimo de todos, según corran los aires de la política, y los _suyos_ se aproximen ó se alejen?

Pero no quiero quitarle á usted el interés de la sorpresa, anticipándole informes que han de ser sabroso cebo de su curiosidad... Hágame usted el favor de darme un aplauso por este parrafejo, que, para soltado de pronto, no me ha salido del todo mal; y... el señor Sánchez tiene la palabra.

No un aplauso, sino un abrazo muy estrecho fué lo que yo di entonces al agudo extremeño: la mejor moneda con que podía pagarle allí el cariño que me demostraba y el grandísimo favor que me había hecho.

Y hablando, hablando, pasó una hora más, y juntos y charlando todavía, salimos á la calle.

[Ilustración]

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XX

Era el tal empleo una verdadera ganga, si no por el estipendio, que no pecaba de pingüe, aunque á mí me lo parecía, por lo llevadero del trabajo, lo cómodo de las horas y la índole de las gentes á quienes servía yo. Algo me costó convencer á mi padre de que tanto daba estar empleado allí como en otra parte, porque el buen señor, aun sin la instintiva repugnancia que sentía hacia un periódico de las ideas de _El Clarín de la Patria_, hubiera preferido mi vuelta á la aldea mientras la nueva tortilla ministerial se volcaba, y tornaba á estar en candelero Valenzuela, de cuya paternal solicitud por mí esperaba torres y montones; pero al fin se convenció, y creo que de buena fe, y con ello me descargué del único pesar que entonces me afligía.

Por encarecimientos y recomendaciones de Matica, que era niño mimado en aquella redacción, fuí considerado en ella desde el primer día bastante más que como un simple empleado de la casa; pero recientes escarmientos me habían enseñado los riesgos de salirme de mis quicios, y me guardé mucho de abusar de estas ventajas, lo cual se tradujo allí en rasgo de modestia, y con ello me afirmé un tantico más en la estimación de todos los redactores.

Eran éstos, los que podían llamarse _de plantilla_, cinco con el director, porque los colaboradores, _amigos_ y aficionados de todas especies, no tenían número. El director, á quien daré el nombre, por no dejarle sin alguno, para mayor facilidad del relato, de Redondo, tenía toda la fe, todo el entusiasmo y todo el tesón de un verdadero sectario. Era de la Rioja, patria de los grandes progresistas, y rico. Olózaga era su Minerva, Espartero su Marte, la Milicia nacional el sustentáculo del Olimpo, y la Constitución del 37, con las liberales reformas reclamadas por las necesidades de los tiempos que corrían, su libro santo. Á esta empresa había consagrado, con heróico desinterés, cuatro años hacía, fundando aquel periódico, su caudal, su poco talento, su reposo y aun el de toda su casta. Jurara yo que no cabían en aquel hombre otras aspiraciones que las de arrojar de España «la tiranía», descargar el presupuesto nacional del «ominoso renglón del _culto y clero_», y restablecer, por ende, el imperio de la libertad al son del himno de Riego y al amparo del Duque de la Victoria. Á lo sumo, á lo sumo, la de sentarse en los escaños del Congreso, proclamado el sufragio universal, por el voto libre de un distrito de su provincia; y no por míseras vanidades ni con lucrativas intenciones, sino por velar así más de cerca contra las asechanzas de «la mano oculta de la reacción».

Era vehemente, nervioso; y con esto y la fe que tenía en sus principios políticos, la práctica de tratar de ellos á todas horas y en todas partes, lo saturado que estaba de _la idea_, y el horror que sentía por todo gobierno reaccionario, y periódico, libro ó folleto que los amparase, era una verdadera máquina de escribir artículos de fondo; pero muy al caso y buenos: al caso, porque al entusiasta riojano no le dolían prendas, y siempre peleaba en terreno firme, aunque con la escasa libertad de movimientos á que le sujetaban los preceptos de la ley; buenos, porque por tales se reputaban los que, como aquéllos, abundaban en hinchazones rimbombantes y en ese fraseo pomposo y descomunal de lugares comunes y vocablos hechos; brillo de talco y estruendo de hojarasca, que han venido siendo (y no digo que son aún, porque algo nos hemos enmendado los españoles en ese resabio, de entonces acá) el ritmo de las batallas periodísticas, en las cuales pagaba siempre los vidrios rotos, y, á las veces, los paga todavía, saliendo descalabrada y maltrecha, la inocente lengua castellana. En este género de faenas era todo una especialidad el progresista Redondo; y, en virtud de ello, excusado es decir que se le reputaba por uno de los más valientes, _ilustrados_, hábiles y temibles periodistas de aquel entonces.

Pero ¡qué vida la suya! Me estremecía su actividad incansable, siempre con el mismo tema y enderezada á un solo fin. Lo de menos era, con ser mucho y penoso, el trabajo que tenía en la redacción. Fuera de ella no sosegaba un punto: el salón de Conferencias y los pasillos del Congreso; el café de _La Iberia_; la visita á algún prohombre del partido; la cita con el emisario del círculo patriótico de aquí; la respuesta al _mensaje_ de los liberales de allí; el asedio al ministro de la Gobernación por el zapatero preso ó el _excedente_ perseguido... ¡y qué sé yo! Todo lo recorría, y en todas partes estaba empujado por la misma fuerza, hablando del mismo asunto y sirviendo á la misma causa. Su mujer y sus hijos eran los que menos le veían. Llegaba tarde á las horas de comer; comía poco y de prisa, y vuelta á la calle. Trasnochaba; y al buscar en el lecho algún descanso, asaltábanle las pesadillas en cuanto le rendía el sueño. Á todo esto, esperando cada hora que el Gobierno le enviara á Cádiz, y desde allí, bajo partida de registro, á comer el amargo pan de la emigración á los quintos infiernos. ¡Y tan satisfecho!

No tenía cincuenta años, y era bastante bien parecido; y aunque se preciaba de esmerado en el ornamento y atavío de su persona, atrasaba mucho, pero mucho, en el reló de la moda imperante. Achaque era éste muy común en los hombres de sus mismas ideas. ¡Y si atrasaran sólo en el vestir y el afeitarse!... Pero no es de extrañar: ocupados en predicar el progreso, se olvidan de practicarle.

Parecíame á mí que los dos redactores que le ayudaban en la parte puramente política del periódico, no tomaban el asunto tan á pechos como él; y eso que rayaban más alto en _ideales_, palabreja que ya comenzaba á sonar entre los atisbos democráticos que centelleaban á ratos al choque de las ideas. El uno era madrileño; andaluz el otro; jóvenes ambos y muy duchos ya en el oficio, al cual, en sus lucubraciones periodísticas, llamaban _sacerdocio_. El cuarto redactor tenía á su cargo la gacetilla y otras menudencias. Parecía de pronto lo más insignificante de la casa; y, sin embargo, de aquel rinconcito salían los tiros más certeros, los proyectiles más envenenados, los golpes más contundentes, lo que daba, en fin, verdadero interés al periódico; porque á nadie le disgusta ver crucificado á un ministro en un soneto, ó narrada la vida de otro en unas aleluyas chispeantes, ó achicharradas las flaquezas del lucero del alba en una letrilla de rescoldo; y todo eso lo hacía á maravilla aquel endiablado mozo, que me recordaba á Matica, cuando Matica se conformaba con ser mordaz sin ser obsceno.

Me consta que algunas veces le ayudó éste con gran éxito en su «misión» corrosiva y demoledora.

Las revistas literarias semanales estaban encomendadas á un colaborador que se firmaba _Segismundo_, y que, como este famoso personaje, no se mordía la lengua para cantar las verdades al más guapo, ni se olvidaba de que tenía en su desfachatez fuerzas bastantes para arrojarle por el balcón al mar de todos los oprobios, si llegaba el caso, como llegaba á menudo, porque lo malo abunda, desgraciadamente.

Estos hombres, más otro inofensivo redactor de tijera, á cuyo cargo estaban las noticias de provincia y del extranjero, con tal cual insulso y ñoño comentario, eran los que de ordinario alimentaban de materia legible á _El Clarín de la Patria_; pues las correspondencias de medio mundo que se publicaban en él eran escritas, casi siempre, en la misma redacción.

Ocupaba ésta lo mejor del piso bajo de la casa en que estaban instaladas todas las oficinas. La mía se hallaba cerca de la puerta de entrada, y tenía otra de escape que comunicaba con la redacción, espaciosa sala con un gabinetito _de respeto_ donde se recibía á los visitantes muy esperados, y se trataban los asuntos de mayor cuantía. El resto de la casa le ocupaba la imprenta. Todos los sirvientes, de redacción abajo, estaban á mis órdenes, dos de los cuales me ayudaban en la oficina de mi cargo; y como eran antiguos en ella y muy duchos en aquellas incumbencias, no solamente me aliviaban de una gran parte de mi trabajo, sino que en pocos días me pusieron al corriente en todo cuanto abarcaba mi jurisdicción administrativa. Entonces pude ver, con mucho gusto mío, que _El Clarín de la Patria_ tenía grandísima suscripción y comenzaba á ganar no poco dinero.

Cuantas noticias me había anticipado Matica referentes á aquella casa, eran la pura verdad: los libros y los folletos andaban en ella por los suelos; y de periódicos nada se diga, porque cambiaban con _El Clarín_ casi todos los de España y muchos extranjeros; así es que me faltaba tiempo para engullir fárrago y más fárrago; pues es de notarse que mi voracidad era tanto más insaciable, cuanto mayor era el acopio en que se cebaba. Solamente uno de mis subalternos de oficina, poseía cerca de treinta novelas recortadas por él de folletines: pues todas me las leí en semana y media; y como la redacción tenía butaca gratis, cuando no dos, en cada teatro, siempre había alguna de sobra, de la cual disponía yo por especial obsequio del director, que conocía mis aficiones. De manera que en estos dos vicios, que tanto dinero me habían costado antes, podía hasta encenagarme sin gastar un maravedí; lo cual representaba un sobresueldo de mucha consideración. Aprendí un poquillo de francés con un perdulario que entraba mucho en la redacción á título de agente de los liberales de _allá_, y me daba una lección diaria por treinta reales al mes. Bastante más le sacaba al inocente director, á quien tenía sorbido el seso trazándole planes y encajándole estupendas bolas sobre «socorros mutuos de progresismo internacional», como decía Matica cuando el candoroso Redondo le contaba los milagros que podían obrarse por mediación de aquel sin vergüenza, que apestaba á _cognac_ desde el vestíbulo.

La ordinaria concurrencia de extraños á la redacción, podía clasificarse en tres grupos: ociosos pegotones que iban á darse allí un hartazgo de periódicos de todos colores; liberales vehementes que, no contentos con lo poco que podía publicar la prensa y lo contradictorio de los rumores de café, buscaban con avidez noticias gordas en buenas fuentes, y amigos é _iniciados_ en los secretos del partido. Á los primeros de este grupo pertenecía Matica, que me visitaba muy á menudo; á los segundos «un honrado hijo del pueblo», carretero de oficio, con taller en la plaza de la Cebada, y que se llamaba Godos (a) _Bujes_; el cual Bujes era un hombre de «cierta edad», rehecho, bien aplomado y muy velludo; morenote, sereno de faz, algo cuadrada ésta y rigorosamente inscrita en un marco negro como el cisco, marco formado por las patillas, sin bigotes, unidas por delante de los oídos al pelo de la cabeza, recortado en medio punto á dos dedos escasos sobre las cejas hirsutas. Vestía pantalón y blusa corta de mahón azul muy obscuro, sobre burdo traje de paño, y gastaba en la cabeza barretina morada, caída hacia el hombro derecho. Hablaba poco y no mal, en voz reposada y muy sonora; y cuando se enardecía algo, era hasta un poquillo elocuente. Pues este Bujes tenía mucho influjo entre los hombres de su barrio, y era gran propagandista de las ideas de _El Clarín_. Había sido sargento 1.º de la 4.ª compañía del 1.º de Ligeros de la Milicia Nacional disuelta el 43; y estuvo muy metido en el ajo del 48, creyendo que sólo se trataba de restablecer aquella benemérita institución, por cuya vida estaba él siempre dispuesto á dar la suya y otras ciento que tuviera. Cuando advirtió la equivocación, era tarde para retirarse; y por un milagro de Dios, tras de haber expuesto la vida en el negro trance, se libró de ir ensartado á Filipinas. Esto de la Milicia Nacional era el eje sobre que giraba toda la máquina de las ideas políticas del buen Godos; y aun, apurando un poco la materia, no la Milicia como «institución salvadora de los sacrosantos intereses de la libertad», sino el 1.º de Ligeros, ó quizá, quizá, el empleo de sargento de la 4.ª compañía. Por supuesto que él no lo creía así, y antes se tenía, y lo era en rigor, por el más consecuente liberal de la Constitución del 37, sin restricciones ni reservas, de cuantos se paseaban por las calles de Madrid, y se paseaban de éstos á millares. Pero quiero yo decir (y sin ofensa de la honrada memoria de aquel benemérito progresista), que sin haber vestido los marciales arreos de miliciano ni conocido al general Espartero, tal vez no se hubiera consagrado con alma y vida, como lo estaba, al servicio de todas las cosas cuyo triunfo era de necesidad para que volviera Espartero, y se restableciera la Milicia Nacional, y, por consiguiente, la 4.ª compañía del 1.º de Ligeros. Después de todo, aun afirmando lo que pongo en duda con relación á Bujes, tampoco sería caso raro este ejemplar, como podían atestiguarlo, si fueran un poco dados á sutilizar conceptos y desenmarañar ideas mal digeridas, tantos y tantos honradísimos representantes del comercio de aquende y de allende, ejemplares y hasta heroicos padres de familia, incansables contribuyentes por lo urbano, y miles y miles de ciudadanos pudientes, sin mácula ni tilde, que fueron honra, esplendor y sustentáculo del partido en sus mejores tiempos... ¡Y es natural, qué diablo! El uniforme guerrero tiene mucho atractivo, no vistiéndole á la fuerza, y al más panzudo y estevado le cae á maravilla; y el centellear del acero desenvainado, y la carrillera del morrión entre los dientes, y el batir de las cajas y sonar de las trompetas en esta parada y en aquel desfile enfrente de la honrada esposa y de los pequeñuelos asombrados, ó delante de la novia emperejilada... Vamos, que es para que el más tibio arrime el hombro á cualquier pronunciamiento que lo traiga, por lo mismo que la «mano de la reacción» se lo lleva siempre que se le antoja.

Volviendo á Bujes, añado que era el agente preferido de Redondo, por activo, de confianza y valiente si los había. Podría ser inconsciente efecto de un escondido impulso de amor á la «benemérita»; pero ninguno servía á la causa entera y verdadera con mejor voluntad ni más abnegación que él. Esto lo sabían todos en aquella casa, y por ello era de todos muy cordialmente estimado.

Iba muy á menudo á hablar con el director, y casi siempre le recibía en el gabinete reservado, señal de que se trataba de asuntos de contrabando.