Part 27
--Me parece á mí que deberíamos olvidar eso de esta mañana. ¿No te parece á ti lo mismo? Hijo, yo tengo un corazón que no sirve para guardar rencores... Soy así, ¡qué quieres!... Y no me pesa de ello... Yo reconozco que estuve atroz, ¡vamos, atroz de todo! y que te dije cosas algo duras, bastante duras, ¡muy duras!... Pero también es verdad, hijo, que tenías tú un aire... ¡y una cara!... Luego, ¡dices las cosas de un modo!... y con lo nerviosa que yo soy, y lo... en fin, que me pongo atroz en seguida, y ya no reparo... y ¡puf! allá va. Por otra parte, el punto que tocabas nos sorprendió tanto, nos admiró tanto, ¡nos asombró tanto!... Eso no quita que, á tu manera, estés cargado de razón; porque donde no lo hay, ¿qué le vamos á hacer?... Pero ¡esto de meterse una en un covacho, en un tabuco, en un dedal roñoso, de la noche á la mañana, con tantas relaciones como tiene una en la buena sociedad!... Y no lo digo por mí tanto como por tu mujer, hecha, desde que nació, á vivir como una princesa en su palacio... ¡Cómo había de esperar ella caer desde tan alto sin más ni más?... Y no vayas á creerte por eso que somos tan fatuas que no pensáramos nunca en que la suerte cambia á lo mejor. ¡Vaya si lo pensamos, hijo!... Como que lo estamos viendo todos los días; y bien á menudo ha pasado por nosotras... Sólo que nadie nos lo ha conocido... y si te dijera que ni nosotras mismas, puede que no te engañara. Cómo se hace esto, hijo, por demás veo que no se le alcanza á un sencillote mozo recién llegado de su aldea, como tú... ni á mí tampoco; pero se hace, y aquí lo hace todo el mundo que se halla en nuestro caso; salvo el coche y, á lo más, algún _gastillo_ que otro por el estilo, la misma vida con empleo que sin él, ¡la misma, hijo, la misma! Pregunta á tu mujer si en nuestra casa se han conocido nunca las cesantías de su padre por haber suprimido ni un garbanzo en el puchero... y pregunta en las casas de todos los altos empleados, y te responderán lo mismo... Y en lo que toca á la nuestra, no será eso por los caudales que tenga en conserva mi marido. ¡Ay, si los tuviera, otro gallo nos cantara hoy á todos!... Cierto que tú puedes preguntarme: «y ¿por qué ese hombre no hace ahora los milagros que hacía otras veces? ¿Por qué en otras cesantías levantaba tantas cargas á un tiempo, y ahora ni siquiera echa una mano á ésta que me está quebrantando á mí?...». Bien preguntado se lo tengo yo á él también, hijo; bien preguntado... ¡muy preguntado! Y ¿sabes lo que me responde? Que, fuera de Madrid, fuera de España, es hombre perdido, hombre nulo, hombre incapaz; y que esta caída no se parece á otras. En las otras, puede decirse que nunca caía por entero; siempre quedaba agarrado con algo á lo que venía tras él: siquiera con la esperanza de volver á levantarse... y, sobre todo, quedaba en su casa, en su terreno, en su filón; y á tientas, á ojos cerrados, ponía él la mano sobre la tajada. Pero esto no ha sido caída; esto ha sido desnucarse, hijo, desnucarse... Ya ves: expatriado casi á puntapiés; tan lejos de su finquita (que así llamaba el ángel de Dios á Madrid) y difamado además, ¿qué ha de hacer, el pobre, por mucha que sea su habilidad?... Y bien la barruntaba, y bien me lo pronosticó... Cuando echó la barredera á lo poco que había á sus alcances, por lo que pudiera tronar, y tronó bien pronto, mandó la mitad al extranjero y nos dió la otra mitad á nosotras... Pues con esto vivimos, hijo del alma, desde que él se marchó hasta que tú viniste; y con algo de ello te ayudamos después, sin que tú lo supieras; pero se acabó, porque no era mucho, y en Madrid se va el dinero por los aires... Y este temor era el mayor clavo que llevaba consigo el infeliz. ¿Qué sería de nosotros sin su amparo? ¡Así él se apuraba; así él gemía al despedirse! ¡Ay, si le hubieras oído entonces; sobre todo, mientras abrazaba á la que hoy es tu mujer!... «No contéis, en los apuros, con los amigos»--decía,--«porque en seguida se cansan de dar dinero; y como vosotras no servís para pobres, lo mejor será, hija mía, que te humanices un poco con los hombres... hasta que des con uno que cargue con el peso que desde hoy no podré yo llevar sobre mí, por alejarme de vosotros quizá para siempre... Y no te descuides ni pidas gollerías, que la necesidad es grande y el tiempo corto...». ¡Y mira qué casualidad!... aquel mismo día, como quien dice, pareciste tú por casa... ¡Ah, tu suegro!... ¡qué hombre, hijo, qué hombre! ¡qué hormiguita! ¡qué fábrica de monedas si le hubieran dejado á la vera del filón!...
Dígote todo esto, hijo mío, no para que te ingenies y hagas otro tanto, que, por lo de hoy y lo de más atrás, bien veo lo sencillote que eres y la poca agua en que te ahogas; sino para que te pongas en la razón y no creas que lo de esta mañana fué sólo por el gusto de llevarte la contraria... Tú crees que no tiene una los sentidos puestos en todo, y que vive á tontas y á locas... Hijo, ¡qué chasco te llevas si tal crees!... Se calcula todo, se piensa en todo y se apura una por todo; y si no fuera así, no tomara una ciertas cosas tan á pechos cuando los cálculos fallan, por lo mismo que estaban á mazo y martillo y no podían fallar, como el que hicimos Clara y yo cuando tú te casaste. Hablándote en verdad, no eras el mejor de los acomodos para una mujer del rumbo de mi hija, porque, por muy alto que subieras entre la chusma de tu partido, á lo mejor ¡cataplum!... porque hay cosas tan malas, tan atroces de por sí, que no pueden durar de pie mucho tiempo; pero á esto que á mí se me ocurría, y también á Clara, decíame ésta: «Cuando caiga mi marido, subirá mi padre; y, de este modo, siempre estaremos en candelero...». Y por eso te... es decir, por eso sólo no, porque algo habría de cariño, supongo yo... Pero á lo que voy. ¿Quién había de pensar que este indecente Gobierno había de tener á menos traer á su lado á un hombre como Valenzuela?... ¡Grandísimos tunantes!... Hijo, creo que me pongo nerviosa otra vez...
Aquí hizo un alto mi suegra, porque le faltó el resuello y se le saltaron las lágrimas de coraje; y yo no quise interrumpirla hasta saber adónde iba á parar con aquella sarta de bachillerías, entre las cuales no dejaba de haber algo que excitara mi curiosidad. En determinados casos, de las sinceridades de los niños y de los mentecatos se saca mucho partido.
Después de cobrar alientos, de secarse los ojos y de darse aire con el abanico, prosiguió mi suegra de este modo:
--Dirás tú que á qué cuento vienen todas estas cosas... Pues, hijo, á que las consideres bien, si quieres hacernos ese favor; y después, á que, por la Virgen María y por todos los santos del cielo, nos des un respiro antes de matarnos de melancolía y de vergüenza en esa cárcel en que nos quieres encerrar... Mira, yo tengo un plan: á ver qué te parece... Tu suegro tiene para pasarlo regularmente, nada más que regularmente, donde está; pero puede dar un pellizco á sus recursos sin llegar á verse en los apuros que nosotros; y le dará, porque es su obligación, y sé yo que le dará en cuanto reciba la carta que le escribí después que tú te marchaste esta mañana. Nosotras dos, aunque la estación nos coge desnudas, enteramente desnudas, porque desde que llegamos á Madrid no nos hemos hecho una triste hilacha, nos arreglaremos con lo del invierno pasado... Ya ves que esto es una economía. Chuncha es mujer que tiene hoy buenos asideros entre las gentes del Gobierno: yo sé que si pide algo á ciertos hombres, no han de negárselo; y pienso hablarla para que saque un destinillo á Manolo... ¡Pobre hijo mío! ¡verse precisado á trabajar como un cualquiera!... ¡él, tan distinguido, tan mimado y tan tiernecito!... Pues ya tienes aquí otro recurso de qué echar mano; porque yo te prometo que lo que gane Manolo y lo que dé su padre, ha de ser para cubrir los gastos de primera necesidad que tanto te apuran... Ya sé que vas á decirme: y si Manolo no halla destino y su padre no nos da un cuarto, ¿de qué sirven esos planes?... De nada, hijo, de nada... de maldita de Dios la cosa... Pero mientras se ve si sirven ó no, danos un respiro... no te pido mucho, dos meses... ¡un mes siquiera! vamos, me parece que no es mucho un mes... ¡un mes para ir haciendo fuerza de voluntad!... Mira, te lo pido por Dios... ya que no lo hagas por nosotros; y de rodillas, si crees que no me humillo bastante...
Y trataba de hacerlo como lo decía, la desdichada mujer; y lloraba con toda su alma, y me cogía las manos entre las suyas; y me daba compasión, no su desdicha, sino su poco fuste, que era la principal causa de ella y del exagerado desconcierto en que la veía. Costóme algún trabajo conseguir que se tranquilizara. Después la pregunté:
--¿Y qué piensa Clara de todo esto que usted acaba de decirme?
--Pues, hijo, lo mismo que yo.
--¿Y por qué me lo calla?
--Como estáis de morros... Pero la llamaré, si te parece.
--¡No haga usted tal cosa!...
--Hijo... como quieras... Y á todo esto, ¿en qué quedamos de?...
Después de dudar unos instantes, respondí:
--En que concedo dos meses para que desenvuelva usted sus planes...
No me dejó concluir; pues en oyendo esto, salió de mi cuarto dando brincos, como una chiquilla resabiada.
Con aquella concesión que yo hacía en bien de la paz doméstica (y entiendo aquí por paz la cesación de la guerra encarnizada, no el sosiego ni el bienestar de toda casa bien regida), quedéme en un relativo descanso de espíritu, como fatigado viandante que arroja la carga mientras refresca los labios y repara sus fuerzas, tendido á la sombra junto á la fuente... ¡Pero la carga está allí, á su lado, y el camino también; y hay que volver á echar la una sobre las espaldas, y emprender el otro!...
[Ilustración]
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XXXIII
Siguieron á este suceso días tristes, muy tristes para mí. Después que pasa la fiebre que enardece las ideas y finge bríos al cuerpo, es cuando el paciente, con el ánimo en reposo, conoce la importancia de la enfermedad que le postra. Por rigor de la misma ley, nunca tuvo mi espíritu una fuerza de visión tan potente como en aquellas horas de relativa calma; creo que era la primera vez que yo lograba estudiar con lucidez perfecta, juicio reposado y á su verdadera luz, el cuadro de mis desventuras, en el cual acababa de estampar la mano de la desgracia que me perseguía, un nuevo detalle. El Gobierno suspendió las pensiones concedidas por el anterior en virtud de merecimientos excesivamente revolucionarios, y Carmen se vió sin la suya cuando más falta le hacía, porque su salud empezaba á quebrantarse. Súpelo por Quica, que me lo dijo muchos días después del suceso que su ama me ocultaba, sin duda por no añadir ese disgusto más á los muchos que la confiaba yo en aquellos días. Porque cuando me vi henchido de penas y sentí la necesidad de abrir las válvulas del pecho dolorido, los amigos me daban miedo, y sólo en ella me atreví á depositar los secretos de mi corazón; y acabé por confiárselos todos, todos, aun aquéllos que, en mis tristes meditaciones, me resistía á declarar á mi propia conciencia. Y es que, al confiar mis desventuras matrimoniales á la indulgente y cariñosa amiga, sentía yo, con el placer del alivio de un peso formidable, algo como la satisfacción que nace de un penoso deber cumplido. Sospeché que así lo entendía ella también; y de esta mutua inteligencia resultaba un nuevo interés en nuestras conversaciones, mal contenidas á veces en los términos que nos trazaban consideraciones y respetos menos fuertes que la secreta intención que á ambos nos movía.
Pero ¡qué breves eran estas horas, por lo mismo que pasaban sobre mis tristezas como ráfaga de aire por herida de fuego! Después volvían los negros pensamientos, la realidad de las cosas, el hecho brutal... y ¡qué horas tan largas y tan distintas!... Sobre todo, la del retorno á mi hogar... ¿Á qué? ¡Dios mío! Se puede vivir pobre y enfermo y perseguido; se puede vivir en una cárcel y atado á una cadena, sin aire y sin sol; pero no como yo vivía con mi propia mujer. Son frecuentes, quizá de necesidad, las rencillas y desavenencias en los matrimonios. Duran un día, una semana, un mes... un año; pero las sostiene un motivo casual, más ó menos grave, que al fin se ventila y se olvida; y vuelve la paz á reinar en la casa, porque nunca faltó el amor en los corazones; pero en mí no cabía esta esperanza, porque Clara, que nunca me amó, había roto el único lazo afectuoso que nos unía, al primer choque de su impetuosa altivez ofendida con mi tesón de marido desencantado. El mármol que se animó un instante, porque el infierno lo quiso, amasando cálculos de interés con una epopeya bestial en una mente bravía, volvió á ser dura peña tan pronto como los cálculos fallaron y no quedó del héroe de un momento más que el hombre prosaico con unas cuantas virtudes de pacotilla. Por ajustar á sus leyes mi conducta, el frío llegó á ser alejamiento, y el alejamiento, mortal antipatía. Yo sabía esto, no porque Clara me lo hubiera dicho, sino porque lo leí en ella como en un libro abierto, en cuanto se apagó en mí la última pavesa del fuego de la carnal pasión que me condujo, ciego, á echar sobre mí la cadena de la más horrible de las esclavitudes. Cabalmente era la falta de disimulo la única virtud de mi mujer. Pero yo no la aborrecía; y aun hubiera llegado á convertirse en verdadero amor mi desatinado deseo, si en ella hubiera podido más la idea de sus deberes que la insana vanidad de los placeres ostentosos; si hubiera sido capaz siquiera de pagarme en falsa consideración los riesgos que afronté gustoso por ella, y de no olvidarse tan pronto de aquellos apasionados arrebatos de los primeros días.
Pues con este infierno de consideraciones en la cabeza entraba siempre en mi casa, donde me aguardaba la yerta é implacable impasibilidad de mi mujer por único consuelo. Y así un día y todos los días; y esto al comienzo de nuestro matrimonio; y yo muy joven aún, y ella más joven todavía. ¡Cuántos años por delante! ¡Qué camino tan largo, tan obscuro y escabroso! ¡Qué agonía tan espantosa, sin la esperanza de la muerte! Muchas veces pensé en ella con criminal delectación; y bien sabe Dios que no fueron respetos humanos lo que me impidió cometer entonces el mayor de los desatinos.
Una vez en el paroxismo de mi desconsuelo, antojóseme que brillaba un punto luminoso en la densa obscuridad que me rodeaba. Entre Clara y yo no había mediado todavía un verdadero examen de las causas de nuestro mutuo alejamiento. Verdad que lo que salta á la vista no hay para qué desmenuzarlo en palabras; pero ¿no podíamos vivir equivocados los dos, ya que no en lo fundamental, en algo accesorio siquiera? Y aunque no lo estuviéramos, ¿debía darse por resuelto un asunto tan grave y transcendental, sin agotar todos los trámites del proceso? ¿Y no era el principal de todos ellos una serena y detenida explicación del punto litigioso? De todas maneras, así no se podía vivir; y en hablar no se perdía nada. Propúseme tener una entrevista con mi mujer; y resuelto á ello entré en mi casa á la hora de costumbre, precisamente en ocasión de salir Barrientos de ella. Éste era otro punto que comenzaba á preocuparme un poco. Busqué á Clara, y la hallé muy serena en su gabinete, en el cual acababa de encerrarse después de despedir á su amigo. Se extrañó de verme allí, y me lo dió á entender con una mirada de las suyas; yo la expuse en el acto mi propósito, después de sentarme á su lado. Esta escena me trajo á la memoria otra bien semejante á ella en sus detalles externos; pero ¡cuán distinta en la situación moral de los personajes! Por lo mismo, quise utilizar el recuerdo para poner á prueba la sensibilidad de mi mujer.
--También se trataba entonces--la dije,--de examinar el fondo de nuestros corazones; y tú te complacías en decirme lo que ibas leyendo en el mío, que cuidaba yo de ponerte delante de los ojos; y cuando llegó el caso de descubrir lo que había en el tuyo, ¡de qué modo, y en qué ocasión me lo mostraste, Clara! ¿Te acuerdas?...
Como si hubiera llamado con los nudillos en un muro de cal y canto. Se encogió de hombros, se apartó un poco de mí, y me preguntó secamente:
--¿Adónde quieres ir á parar con esas ñoñeces que traes ahora á colación?
Sentí la burla como una bofetada, y contesté:
--Á que, tratándose también ahora de descubrir el fondo de nuestras conciencias, muestres un poco del afán en que entonces me aventajabas, para saber en cuál de los dos reside el hielo que apagó la hoguera de aquella pasión que parecía consumirnos á entrambos; quién de nosotros es más culpable de este alejamiento en que vivimos; quién se complace en ello, ó quién lo deplora; cuál es el remedio que se necesita, ó si no queda ninguno para que cese esta situación insoportable.
--Te dije en otra ocasión--respondióme, fría y dura como una peña,--que éramos tú y yo incompatibles en muchas cosas. Hoy te lo vuelvo á repetir. La razón de esta incompatibilidad, se siente mejor que se explica... Nace de muchas pequeñeces y de algunos motivos graves que se van acumulando poco á poco, y al fin llegan á imponerse al corazón y al juicio, por su propio peso... y yo no sé mentir... Y ¿qué te extraña?... ¿No está sucediéndote á ti lo mismo?
--Sí--repliqué,--¡pero por cuán distintas causas!... ¿Quieres que las analicemos fría y desapasionadamente? ¿Te atreves á enumerar las condiciones que, en opinión tuya, me faltan para hacerte llevadera y grata la vida á mi lado, como me atrevo yo á decirte lo poco que necesito para creerme venturoso, aun en medio de la penuria en que vivimos por un azar de la suerte?
Se encogió de hombros al oirme, y me contestó con glacial aspereza:
--No quiero perder más tiempo en necias puerilidades.
--¡Lástima--exclamé entonces, sin poder contenerme,--que te falte el valor para cosa tan honrada y trivial, mientras te sobra para la inicua empresa en que estás empeñada conmigo! ¡Formarían un hermoso contraste los dos cuadros! En el uno, tu soberbia indómita; tu única religión, tu única fe: la adoración á ti misma; tu amor insaciable á la ostentación de todas las vanidades frívolas y mundanas; tus malogrados intentos de hallar en mí el complaciente marido que, _de cualquier modo_, colmara las ambiciones de tu alma empedernida. En el otro cuadro, mis vulgares virtudes de lugareño; mi corazón dispuesto á perdonarte, y aun á quererte, si registrando las frías soledades del tuyo, reconoces la razón con que me quejo y el derecho con que maldigo aquellos días en que, á la falsa luz de tu pasión de artificio, lograste que te creyera capaz de hacerme venturoso entregándote confiada á mí para correr juntos los riesgos más comunes de la vida... Mis efímeros triunfos, mis afortunadas locuras, cuanto he sido, cuanto valgo; mis pensamientos más íntimos, mis aspiraciones... todo te lo he sacrificado gustoso... todo ha sido para ti... ¿Y qué me has dado en cambio?... Unas horas de brutal embriaguez, mientras tus insanas ambiciones no hallaron el menor obstáculo que las resistiera; un infierno de torturas desde que te convenciste de que no me hallaba dispuesto á sacrificarte también la vergüenza y el honor, cuando lo necesitaras para pedestal de tus vanidades.
Todo esto le dije de un tirón, con voz vibrante y ademán enérgico, mirándola á la cara sin miedo á las saetas de sus ojos... Pues como si callara, ó se lo dijera á una estatua de granito.
La única señal que observé de que me había oído, fué el acentuar mucho el gesto altanero y despreciativo, habitual en ella, tiempo hacía, en cuanto me tenía delante. En seguida me dijo, en un tono y con una voz y una mirada verdaderamente dilacerantes:
--El alma de una mujer tiene misteriosos resortes, cuya acción produce muy contrapuestos sentimientos. En saber herir esos resortes consiste toda la ciencia de hacerse amar. Tú has tenido la desgracia de ser muy torpe en ese empeño conmigo.
--De poco acá--la interrumpí:--desde que contra esa torpeza no cabe el recurso de desistir del empeño. Cuando cabía, era yo bastante más diestro. ¡Qué casualidad!
--Pudo serlo, si quieres--replicóme impávida;--pero el hecho resulta, y yo le lamento tanto como tú, porque la misma cadena nos ata.
--Por eso, y porque no puede romperse, trato de hacerla más llevadera. Ayúdame en mi propósito.
--No veo la manera; porque, te lo repito, no sé fingir virtudes que no poseo.
--¡Cumple, al menos, con tus deberes!
--Hasta donde me obliguen las leyes humanas que me esclavizan á tus derechos notorios; pero jamás intentes pasar de aquí.
--Eso es una declaración de guerra á muerte.
--Entiéndelo como te plazca; á mí me tiene sin cuidado.
Y así acabamos, con esta terminante comprobación de que mi desventura no tenía humano remedio.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXXIV
Entre tanto, mi suegro había aflojado los cordones de su bolsa, no muy repleta, y su mujer cobraba con la necesaria puntualidad una suma que me entregaba después escrupulosamente, y era bastante para pagar el alquiler de la casa. Con esto sólo había desaparecido el peligro de que se renovaran las terribles peloteras de marras: había muy fundadas esperanzas de colocar á Manolo, y Chuncha se desvivía por atendernos y obsequiarnos. Hasta regalaba vestidos á mi mujer y á Pilita. Así me lo afirmó ésta al presentárseme un día con uno nuevo. Desde que estábamos caídos, el afecto de la duquesa á sus amigas parecía haberse doblado. Clara andaba algo retraída y salía poco de casa; pero su madre no se apartaba de Chuncha en todo el santo día de Dios. Jamás había visto yo tan separadas á la madre y á la hija; aunque esto no me extrañaba, porque Pilita, con las ocasiones de divertirse que le procuraba su amiga, no podía sujetarse al relativo apartamiento del mundo en que vivía Clara; la cual alegaba por razones de ello, ante su madre, sus disgustos domésticos, y ante el público, su deseo de amoldarse á mis costumbres. ¡Ejemplar esposa!