Part 16
El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que comenzaba á volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como _El Marqués de Caravaca_, de Ventura de la Vega y Barbieri; _El Grumete_, de García Gutiérrez y Arrieta; _El Valle de Andorra_, de Olona y Gaztambide, y _El dominó azul_, de Camprodón y Arrieta.
Para juzgar de todas éstas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aureliano), que se firmaba _Pipí_, y Ochoa (don Eugenio), en _La España_; y en _El Heraldo_, Cañete.
Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que para mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión conservaba en la memoria, juntamente con lo atropado en periódicos, corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos latinajos de _cálamo currente_, muy usados en la prensa política, como _¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eris felix...; amicus Plato, sed magis amica véritas; fiat justicia et ruat cœlum; timeo Danaos et dona ferentes_... y otros tales. Sabía también, por habérselo oído á Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau que escribió un _Arte poética_, reflejo de otra de Horacio, conocida con el nombre de _Epístola á los Pisones_; la cual _Epístola_, á su vez, estaba inspirada en la _Poética_ de Aristóteles; sabía llamar _preceptiva_ á cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después mucho de _delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno, catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas_, y, sobre todo, _el conflicto, el problema, los ideales_. Estas palabrejas no las soltaba yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el _problema_?...». «¿Dónde está aquí el _conflicto_?...». «¿Qué _ideales_ se persiguen?...». Sabía algo sobre Molière: que algunas de sus mejores obras eran arreglos de otras de Plauto; y llamaba _Tartuffe_ á todo gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido á aquel insigne francés. También habían llegado á mis oídos, como modelos de arranque sublimemente enérgico, los famosos _Quos ego_, de Virgilio en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y _¡Qu'il morût!_ del viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas palabrotas!
Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y de muchas comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más á su semejanza, y un compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas, que compré para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo que es _peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis_ y _similicadencia_, y la escasa luz que podía darme aquél mi buen sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el vértigo de la altura en que me había puesto á predicar sobre lo que apenas sabía discernir, me lancé á la brecha.
Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura á la tarea; pero con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas á mi modo, por los cerros del arte, fuése templando el horno. Comencé entonces á barajar nombres y metafísicas y latinajos, y la política imperante y la moral de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y aquello era volar, porque el meollo me ardía; me devoraba la _fiebre estética_, que dijo un doctor de fama; y de mi pluma caían, entre mares de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales terminada con la explosión de una caja de cohetes.
Leíselo á mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después, y gustó á los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita desvergüenza, á tratar al arte de tú y á mirar por encima del hombro á poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, _sprit fort_, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y vi que era de necesidad aplicar á los escritores la _ley de razas_, tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera justicia que hizo fué en Fernán Caballero, con motivo de su flamante novela _Clemencia_. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista de ideas reaccionarias (lo cual iba con _El Clarín_ más que conmigo), y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo á sus libros, repletos de _charranadas_ andaluzas (y esto era de mi particular iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de _los de afuera_, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con esta sorna cargante me fuí sobre el libro; y, por si era poco y no me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las letras, adelantándome treinta años á los pedantes de ahora, le asesté estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el _argumento_? ¿Qué _problema_ se plantea en él? ¿Qué _conflicto_ se resuelve? ¿Qué _ideales_ se persiguen?... ¿No hay ideales? ¿No hay conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay novela». Y ya, puesto á matar, lancéme sobre Ochoa y Eguílaz, que acababan de publicar sendos artículos poniendo á _Clemencia_ en los cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna, nadie me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas á Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.
Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban muchos periodistas; y tanto llegué á inflarme, que esquivaba la compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné la tertulia del modesto café de _La Esmeralda_ y la sociedad de mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la _bohemia_ de la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición á la disputa, y llegué á distinguirme por una facilidad de palabra verdaderamente espantosa.
Á todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre--me escribía una vez:--no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, á quienes he hecho que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!».
En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados, á quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dió por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en estilo curial, que tenía que ver.
En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba, hallaba el camino sembrado de flores.
[Ilustración]
XXII
No me conformé con esto sólo: había otro campo en que espigar nuevos y muy sabrosos triunfos, y nadie en mejores condiciones que yo entonces para colarme en él. Este campo era _el mundo_, la _buena sociedad_. Quería seguir las huellas que me dejó trazadas mi predecesor; y cuando lo consiguiera, mis revistas tendrían doble atractivo, y mi imperio se dilataría en casi otro tanto por las regiones del _buen tono_. Ya no era yo el apocado y meticuloso provinciano recién llegado á Madrid á pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los transeuntes el modo de andar y de vestir á la moda, y, estrujando los bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría con ellas un contrahecho arreo con qué presentarme, tropezón y balbuciente, entre las gentes elegantes; ya no temía encontrarme con la familia Valenzuela, porque Clara respondía muy atenta á mis saludos, cuando de lejos se los hacía, y á los demás no quería saludarlos yo; vestía á la moda, porque mi sueldo, casi doblado desde que me había metido á crítico, daba para ello; era yo, en fin, un _publicista_ que tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por Madrid como por mi casa... ¿Quién, pues, como yo para entrar con planta firme en los empingorotados salones, y aspirar á ser el mimado cronista de sus fiestas y ornamentos?
Y entré, comenzando por aquéllos en que me había presentado Matica meses atrás. Pero me engañaba algo el pensamiento. Delante de los hombres me desenvolvía tal cual; mas delante de las damas desconocidas continuaba siendo un pobre babieca: me faltaba el pertrecho de ingeniosas frivolidades con que los _chicos_ de mundo improvisan un tiroteo de galantes agudezas con una mujer, tan pronto como se acercan á ella; pertrecho que, por lo común, no se adquiere comenzando á buscarle cuando se tiene ya la cara llena de barbas, y se ha pasado el tiempo que queda atrás en los jarales de una aldea. Por fortuna mía, estaba allí Clara aquella noche; y viéndome perplejo y desorientado, á Clara me acerqué, como de escala en puerto conocido. No me pesó de ello.
¡Singular naturaleza la de esta joven! Siempre me hacía el efecto de una estatua con voz y movimiento. Costábame trabajo persuadirme de que detrás de aquella piel tersa, mate, verdaderamente marmórea, hubiera nervios sensibles, y arterias con sangre caliente, y un corazón que palpitara como el mío, y un alma que se asomara á aquellos ojos duros, imperiosos, negros; tan negros, que tizne de su negrura parecían las cárdenas ojeras que los circundaban. ¡Qué labios aquéllos, aunque húmedos y finos, pálidos, y, en la apariencia, yertos; y aquellos dientes menudos, blancos, cual si fueran tallados en una pieza de porcelana, y no nacidos uno á uno... y la voz, cadenciosa y hombruna, que, por una fascinación ejercida por este conjunto de singularidades plásticas, más me parecía efecto inmediato de la luz de los ojos, que formada al modo de todas las voces humanas!...
Pero estatua ó no, la hija de don Augusto Valenzuela había llegado ya á un grado de morbidez tan simpático, que se estaba uno á su lado muy á gusto. Ni ¿cómo era posible que yo, que la había conocido un año antes tan angulosa y enfermiza en la Montaña, contemplara las ronchas que le hacían los guantes en las rollizas muñecas, la redondez de su cuello y turgencia de sus hombros, mal velados por la transparente gasa de su ondulante y parlero camisolín, sin un sentimiento, cuando menos, de lícita vanidad, por ser hijo de la _tierruca_ cuyos aires tales maravillas habían obrado en tan poco tiempo?
Creo que hablamos algo de ella, es decir, de mi tierra; pero ni una palabra de mis empresas literarias. Ó no las conocía Clara, ó las estimaba en poco: de todas maneras, no era la omisión para envanecerme. Después bailamos juntos; y cuando descansaba de la fatiga del wals apoyándose en mi brazo, un poquillo jadeante y con un amago de sonrisa y una mirada rápida me explicaba la razón de su lícito abandono, entrábanme como deseos de decirla: «cánsese usted más, señora, que aquí hay brazo para todo». Pero me conformaba con admirar otra vez, en conjunto y en detalle, mientras hablábamos de cosas bien distintas, la obra regeneradora y escultural de las brisas de mi pueblo.
Apenas se hubo sentado, llegóse el fachendoso Barrientos á saludarla, y yo me separé de ella.
Mis subsiguientes empresas, aunque no á todo mi gusto, como tanteo de bríos no me dejaron descontento. Al otro día, que lo era de revista para el periódico, escribí algo de aquella _soirée_. Me consta que la mención fué del gusto de las damas aludidas.
Me animó el éxito del ensayo y lancéme á otros salones: hízose en ellos ancho lugar el ruido de mis lisonjas; prestóme la osadía la travesura que me faltaba, y se colmaron mis ambiciones de ser el rey de la crítica literaria y el primer cronista del mundo elegante. ¡Poder de cuatro dones aparatosos de la madre naturaleza, y de una desfachatez imperturbable!
Entre tanto, el gobierno de los _polacos_ nos daba un disgusto cada día, y estaba poniendo en el disparadero la paciencia de la gente liberal. Hablábase de tropelías, de concusiones, de vandalismos; en fin, de todo linaje de desafueros cometidos por el poder; protestaba la prensa contra la opresión en que vivía, en un manifiesto al público, y eran encarcelados los repartidores y encausados y multados los firmantes; adheríanse á este manifiesto los periodistas y escritores de todas castas; uníanse estrechamente progresistas y moderados, y _manifestábanse_ también contra la tiranía del Gobierno...; hasta «la juventud» indignada lanzaba su protesta correspondiente, pidiendo de paso «espadas; y si no las había, chuzos; y si no, piedras».
O'Donnell andaba oculto, porque burló la vigilancia de la policía, mientras salían «de cuartel», á varios puntos del reino, Armero, Concha, Infante... y no sé cuántos generales más; y muchos personajes civiles, unos á la fuerza y otros por precaución, desaparecían de la noche á la mañana; y como se había declarado una guerra á muerte entre el poder y las oposiciones, la palabra «insurrección» se traslucía en la forzada insipidez de los periódicos; oíase clara y terminante en las conversaciones de todos los corrillos, en la calle, en las tertulias y en los cafés... hasta que estalló en Zaragoza en forma de pronunciamiento, en el cual perdió la vida el brigadier Hore que se había puesto al frente de él.
La política, pues, lo absorbía todo en aquellos días vecinos á la primavera; pero la política tumultuosa, candente, convulsiva, oliendo á pólvora y á motín. En esto apareció _El Murciélago_, hoja clandestina que, bajo sobre enlutado, se colaba en todos los bolsillos, y hasta en los regios aposentos de Palacio; en la cual hoja se estampaban en letras de molde cuantas desvergüenzas se murmuraban al oído en las conversaciones reservadas. Y aquello fué un volcán, uno de cuyos cráteres más activos era la redacción de _El Clarín de la Patria_, como órgano de la fracción más inquieta y avanzada del progresismo de entonces.
¡Válgame Dios, qué hervidero aquél! El bueno de Redondo daba compasión, con los ojos hundidos, los bigotes erizados, los dedos sucios de tinta; sin comer, sin dormir, sin afeitarse; tan pronto perorando en la mesa de la redacción, como cuchicheando en el gabinete á puertas cerradas, con emisarios y cómplices; á veces escondido, á veces escondiéndose, sobresaltado, nervioso, inapetente... Bujes no cesaba de ir y venir. ¡Y qué gentes solían acompañarle! ¡Y qué cosas referían, y á qué cosas se brindaban! Los redactores, mis subalternos de la administración, los repartidores, todo el mundo hacía algo, servía para algo allí; todo el mundo menos yo, que, en aquellas horas de vértigo, atolondrado y absorto, hasta me olvidaba de que había en el periódico una sección que estaba á mi exclusivo cargo. Pero, en cambio, tenía, como nadie, el don desdichado de apropiarme los gustos, las impresiones y hasta las majaderías de los demás; una propensión funesta á contagiarme de las pasiones que flotaran en el ambiente que yo respirase; y, al cabo, me contagié de aquella fiebre revolucionaria que consumía á mis compañeros.
Síntomas de ella fué la admiración que comencé á sentir por los hombres que de tal modo se sacrificaban por la libertad de su patria; y Brutos, Catones y Gracos me parecían hasta Bujes y el portero de la redacción. El éxito ruidoso de los manifiestos y periódicos secuestrados por la autoridad, me llenaban de noble envidia; y comparándome yo con los hombres que tales riesgos afrontaban, dábame vergüenza del chisporroteo de mis batallas á alfilerazos con poetas y comediantes, y de los afeminados perfiles que mi pluma consagraba á los fútiles pasatiempos del mundo elegante.
Comencé á discurrir que, no obstante la importancia que mi altísimo _ministerio_ (así llamaba yo al oficio) me prestaba entre editores, autores, empresarios, damas encopetadas y galanes á la moda; á pesar del pisto que yo me daba recibiendo, «en testimonio de consideración» y de otros sentimientos, ejemplares de cada libro, de cada comedia, de cada folleto, de cada copla que vomitaban las prensas de imprimir, la plaza de revistero prometía muy poco para en adelante; y el día en que la abandonara, nada me quedaría que la recordase sino la enemistad de los flagelados, el agradecimiento insulso y platónico de los pocos amigos á quienes había colmado de elogios, y el de las mujeres feas y de los hombres fatuos adulados por las lisonjas de mi pluma. Necesitaba yo, indudablemente, sin renunciar por entero á estos triunfos pacíficos, otros más resonantes y viriles; algo en que ejercitar las fuerzas que me prestaba la atmósfera que me envolvía, y más compatible con las aspiraciones de que me vi henchido de repente. Al logro de estas aspiraciones se caminaba por la sección de política palpitante de _El Clarín_. En busca de este camino enderecé resueltamente mis pasos.
Continuaba la prensa periódica más vigilada y opresa cada día; y, por lo mismo, más empeñados los periodistas en hablar de cuanto les estaba prohibido, que era mucho. De aquí el estudio y los esfuerzos de ingenio que se hacían para decirlo todo sin decir nada, y el hábito de afrontar riesgos muy graves á trueque de satisfacer las propias comezones y la curiosidad del publico, ávido de escándalos con qué entretener el desasosiego en que vivía.
Sin dar cuenta á nadie de mis proyectos; bien pertrechado de hojas sueltas y de algunos números de _El Murciélago_; tomando de las unas y de los otros hechos y nombres que yo desconocía, y procacidades y desvergüenzas calumniosas, cuya sola lectura me asustaba, convertílo todo en substancia y compuse con ello, en el silencio y la soledad de algunas noches, un _Cuento oriental_ que concluía empalando el pueblo al Visir, hombre infame y tirano que tenía secuestrado al Califa á quien hacía, con viles amaños, encubridor de sus torpes y descomedidas ambiciones. Morían también los eunucos del serrallo y no sé cuántos servidores del alcázar, por desleales á su señor y cómplices del gran Visir en todos sus crímenes abominables. Estaban los lances del cuento rigurosamente ajustados á los sucesos políticos evidentes y á los rumores calumniosos del día, y abundaban las reflexiones satíricas y maleantes y los comentarios insidiosos, para que se fuera leyendo entre renglones lo que no alcanzaran á explicar los hechos descarnados del asunto. Dicho sea sin vanidad, el cuento resultaba no mal perjeñado, bastante entretenido y, á pesar de su tremebundo desenlace, muy risueño. Se le leí á Matica antes que á nadie, y le ponderó muchísimo.
--Parece mentira--me dijo,--que esto lo haya escrito la misma pluma que tanto ha barbarizado haciendo revistas literarias. Hay que publicarle, suceda lo que suceda.
Después se leyó á claustro pleno en el gabinete de la redacción.
--Aunque me cueste un viaje á Filipinas--exclamó Redondo entusiasmado,--esto se publicará, y en la sección de fondo: mañana mismo. La hoguera necesita más leña, y este solo tizón es un incendio. ¡Á las cajas!
¡Cosa rara! El Argos de la censura previa, que no daba paz á sus cien ojos rebuscando en los impresos delitos que perseguir, fué ciego aquel día con _El Clarín de la Patria_; y sólo cayó en la malicia del cuento después que los repartidores se habían echado á la calle. Entonces comenzó el ojeo de la policía; y con los estruendosos alardes de costumbre, se secuestraron simultáneamente los ejemplares que quedaban en la redacción y los que se arrebataron de las manos de los repartidores. ¡Á buen tiempo! Una gran parte de la tirada se había distribuido ya en Madrid; y con el pretexto de que los suscriptores que no habían recibido el número supieran la causa, _El Clarín_ tuvo buen cuidado de referir en un suplemento el suceso, con el mayor número posible de pelos y señales.
Sucedió lo de siempre: el secuestro, y secuestro tan extemporáneo, avivó la curiosidad; buscáronse con avidez los ejemplares repartidos; leyóse el cuento pecaminoso; parecieron sus malicias de doble relieve del que les correspondía; cundió la fama de ellas; creció la curiosidad; y no bastando los ejemplares que existían en el dominio público, hízose copiosa edición clandestina del cuento; y de este modo no quedó casa ni café ni taberna ni bolsillo donde no anduviera mi obra, ni boca que no pronunciara el nombre del autor. Porque yo mismo le declaré, «en confianza», al primero que me preguntó por él, tan pronto como caí en la cuenta de que tanto ruido y matraqueo era un toque á gloria para mí, y lo confirmaron en todas partes, sabiendo que en ello me complacían, Matica y mis compañeros de redacción. Para que nada faltase á mi popularidad, Bujes, entusiasmado, y después de abrazarme conmovido, diómela en los barrios bajos repartiendo las hojas á docenas, descifrando los enigmas de la historia y ensalzando el talento y las cívicas virtudes del autor. Excitaba en la calle la curiosidad de los transeuntes, y me estrechaban la mano gentes que me eran desconocidas.
Yo estaba borracho de felicidad. Sin embargo, no dejaba de conocer que en circunstancias normales no hubiera producido el cuento tan extraordinario aplauso; que éste era obra de la persecución del Gobierno y del estado de los ánimos. En el embrollado mar de la política, no tienen otros méritos tantos y tantos escritos que después del mío se han hecho muy famosos.
Hasta tal extremo lo fué éste, que llegué á abrigar muy serios temores de que el Gobierno me disipara la embriaguez del triunfo con algún disgusto serio. Lo mismo opinaban mis compañeros y amigos.
En esto recibí una carta de Valenzuela, el cual me llamaba á su despacho para tratar de un asunto que me interesaba. La primera impresión que sentí fué de espanto. Después me tranquilicé considerando que para apoderarse el Gobierno de mí, no necesitaba tenderme un lazo, ni mucho menos valerse para ello de la mano de Valenzuela, en quien no podía concebirse tan ocioso alarde de maldad, por malo y pícaro que fuése.
Consulté el caso, y hubo tres pareceres: que acudiera á la cita; que no acudiera; que me ocultara. Opté resueltamente por lo primero.
¡Qué fino, qué cariñoso... y qué desmejorado hallé al rumboso manchego! Me tendió la mano y hasta me preguntó por mi padre.
--Quiero demostrarle á usted--me dijo,--que soy hombre de palabra, cumpliendo la que le empeñé aquí mismo, de avisarle tan pronto como pudiera ofrecerle algo que le conviniera.
--Siento muchísimo--respondí humildemente,--que ese testimonio de estimación con que Vuecencia me honra, llegue un poco tarde.
--¡Tarde!--exclamó Valenzuela:--¿por qué?