Part 3
Desde entonces huí de los bullicios y algaradas, y busqué los puntos donde la población estaba en reposo y en silencio, en sus hábitos de trabajo y con su cara de todos los días. Con este procedimiento conseguí dar descanso á mi imaginación, meter en sus quicios las dislocadas ideas y ver cada cosa á la luz que le pertenecía. Logré separar en el cuadro lo postizo y casual de lo permanente y necesario; y entonces fué cuando comencé á entretenerme con fruto observando lo que jamás había observado: en la aldea, por su natural obscuridad y la propia sencillez de mis ambiciones; en la ciudad, por un deslumbramiento de mis sentidos. Observé que con la sociedad acontece lo que con la naturaleza contemplada desde lejos: atraen la atención los altivos picachos, los agudos perfiles, las grandes moles; el resto del panorama es una masa descolorida, de triste aridez y penosa monotonía; júzgase inaccesible lo saliente, y no hay en lo vago y confuso nada que mueva la curiosidad; y á lo uno y á lo otro se va acostumbrando la vista sin el más leve escozor del deseo. Pero acércase el observador al cuadro; y en aquellos antes vagos y descoloridos términos, piérdese la consideración en un cúmulo de no soñadas maravillas: la pintoresca roca entre rozagantes arbustos, el aterciopelado suelo, el parlanchín arroyo, la sombría cañada, el silvestre rosal, el gigantesco roble... y el más insignificante de éstos y otros mil detalles, le seduce y atrae más que la admirada eminencia, que de cerca es triste por escabrosa y árida.
Contemplada la sociedad desde el agreste retiro, colúmbranse las figuras de primera magnitud; los monarcas, los guerreros de fortuna, los magnates, los atletas de la política, los héroes de la riqueza; nombres que la fama trae y lleva á su antojo. Todo lo restante es masa deforme que bulle y se agita á merced de aquellas irresistibles voluntades, como las aguas del mar á los caprichos del viento. Pero salga el observador de su retiro; métase entre el bullir de las gentes, y ¡cuán distinta de lo imaginado verá la realidad!
Cavilando yo sobre esto, después que, terminadas las fiestas, se quedó la ciudad como escenario de teatro cuando se retiran los actores y se apagan las candilejas; cavilando sobre esto, repito, de vuelta á mi lugar, caballero en el paterno rocín que hallé esperándome al apearme de la diligencia en la villa de los Calderetas, según lo convenido antes de salir de casa.
--¡Válgame Dios!--exclamaba para mis adentros:--sin ser rey, ni ministro, ni general, ni diputado á Cortes, ni gobernador de provincia, ni escritor de fama, ¡cuántas cosas puede ser un hombre además de secretario de Ayuntamiento y administrador de unas cuantas fincas de la casa del Infantado! ¡Cuántas posiciones existen en el mundo al alcance de la mano, con un poco de fortuna ó con mucha fuerza de voluntad!
Y exclamaba yo de esta manera, porque en aquel instante desfilaban en mi memoria los átomos y burbujitas de la masa deforme; los pintorescos detalles del término indeciso del consabido panorama; cuantos representantes había visto de las ciencias, de las artes, del comercio, de la industria, ya en la ostentosa comitiva, ya en medio de los afanes de sus respectivas ocupaciones; cuya manifestación palpable era aquella varia riqueza que yo admiraba cuando las muchedumbres desaparecían y quedaba el barrio entregado á sus propios y naturales elementos.
Pero no se deduzca de éste mi modo de discurrir, que al volver de la ciudad á mi casa paterna llevaba ya conmigo el roedor gusano de las desmedidas ambiciones. Nada más lejos de mí. Juro á Dios que me entregaba á aquellas meditaciones tan fresco y desimpresionado como si nada tuviera yo que ver con ellas; y que al llegar á mi casa, ni en lo más mínimo lastimó su pobreza ni conturbó la serenidad de mi espíritu el recuerdo que tan fresco traía de las pompas y relumbrones que durante tres días habían estado pasando en la ciudad por delante de mis ojos. Ni por esto que afirmo se me tenga por un admirador romántico de la paz y hermosura de mi aldea; téngaseme sencillamente, y se estará en lo cierto, por un mozo con las mejores condiciones de carácter para vivir muy á gusto en el elemento que me había tocado en suerte; siendo también de advertir que nada de ello era obra de enrevesadas filosofías, ni del esfuerzo de virtudes sobrehumanas, sino pura, simple y prosáicamente, porque de ese barro quiso hacerme Dios.
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IV
Pocos días después de ésta mi llegada al pueblo, aparecieron en él, en sendos caballos poderosos, desempedrando los callejones y excitando la curiosidad de todo el vecindario, el señor de Calderetas y otro personaje de gran estampa, con los correspondientes espoliques. Uno de éstos se adelantó, corriendo á más no poder, hasta la casa de los Garcías. Llamó recio con dos garrotazos á la puerta del estragal; salió el alcalde, oyó el recado, vistióse apresuradamente la chaqueta que tenía echada sobre los hombros, y siguió á buen andar al emisario; alcanzaron ambos á los caballeros al revolver de una calleja; saludóles muy fino y reverente el alcalde; contestáronle ellos lo menos que pudieron, y todos juntos, después de breves palabras enderezadas al García por el señor de Calderetas, echaron barrio arriba, sin parar hasta la casona solitaria.
Allí permanecieron largo rato, examinándola el desconocido personaje por afuera y por adentro, y el castañar contiguo y la huerta y el prado, desde cuya loma contempló después, con grandes aspavientos, el mar y la playa y cuanto desde aquel observatorio alcanzaba la vista en todas direcciones.
Tras esto y algunas preguntas sueltas dirigidas por el mismo personaje al alcalde, descendieron á la casona los señores, cabalgaron otra vez, y salieron del lugar entre las sombreradas del alcalde y el asombro de los vecinos.
¡Cuánto hubiera dado mi padre, y cuánto hubiera dado yo por estar á la sazón en buenas amistades con los Garcías, para saber inmediatamente de su boca á qué habían venido al lugar aquellos personajes!
Afortunadamente no se pasaron muchas horas sin que lo supieran hasta los sordos; porque á los hombres vanos, como el susodicho García, no se les pudren en el cuerpo las noticias de tal calibre. Piensan que publicándolas crecen ellos muchos codos en la consideración del vulgo; y por eso se supo antes del mediodía que el acompañado del señor de Calderetas era un personaje de Madrid que quería comprar la casona solitaria, para componerla y habitarla después con su familia durante los veranos.
Y el dicho se confirmó; porque, transcurridas dos semanas, vinieron gentes extrañas, y con la del pueblo que á ello se prestó, comenzaron á remendar lo ruinoso, á afirmar lo débil, á revocar por aquí y á tillar por allá, con tal apresuramiento, que antes de mediar julio parecía nueva la casa, y hasta contenía los necesarios muebles para ser habitada inmediatamente.
El efecto que aquella noticia y estos acontecimientos causaron en el lugar, parecería increíble en estos tiempos en que tan acostumbrados están los montañeses de la costa á rozarse en callejas y desfiladeros con gentonas veraniegas, de altísimo y hasta egregio copete. Pero todos mis convecinos echaron la impresión á buena parte: sólo mi padre y yo la recibimos como una pesadumbre, porque, bien examinado el asunto y vista la intervención de los Garcías en él, perdimos las pocas esperanzas que teníamos de arrancarles la administración de los consabidos bienes.
Antes de acabarse el mes de julio, nueva y más honda impresión en todo el lugar, con la llegada de los señores, á la casa restaurada, en entoldado carro del país, con otros tres que le seguían cargados de sirvientes y equipajes.
En los ocho primeros días no se vivió de traza en la aldea, ocupado hasta el más perezoso y esquivo en averiguar lo que se hacía y se guisaba en el remozado palación, cuyos dueños se dejaban ver muy poco y á lo lejos, y se reducían al personaje ya mencionado, y á una jovenzuela, su hija, algo desmedrada y enclenque; á la cual, según rumores, se le habían prescrito, por la ciencia de curar, los aires de la costa cantábrica, precisamente de la costa cantábrica; mucha aldea, mucho ejercicio, poca sociedad y bastante agua ferruginosa.
Entre tanto, hubo en mi casa largas y calurosas porfías entre mi padre y yo, sobre si debíamos ó no debíamos ir á ofrecer nuestros respetos y servicios á aquellos señores. La voluntad, bien sabe Dios que era inmejorable; pero temiéndonos un recibimiento frío y desdeñoso, el condenado puntillo montañés se sublevaba y no sabíamos en qué acertar. Al fin, mi padre, invocando su lema sempiterno de «nobleza obliga», disipóme las no muy arraigadas repugnancias que yo sentía; resolvióse él también, y allá nos fuimos una mañana, muy planchados, eso sí, y con lo mejor del baúl á cuestas; pero harto recelosos, y hasta conmovidos, por no habernos visto jamás en otra.
Á la puerta del estragal nos encontramos con el alcalde que salía, como Pedro de su casa, muy orondo y satisfecho; y aun se infló mucho más cuando nos vió llegar bajo la mal disimulada impresión de timidez y recelo ya mencionados. Verdaderamente nos contristó mucho aquel encuentro, no tanto por lo que contribuyó á encrespar la vanidad del García, cuanto por lo que en presencia de éste nos apocaba á nosotros.
Subimos, y un criado con más que ribetes de grosero, nos introdujo en la sala, en la cual se presentó, antes de media hora, el señorón de Madrid, de bata chinesca, gorro por el estilo y pantuflas coloradas. Era hombre de buena edad, frescachón, patilludo, protuberante de estómago y rollizo y blanco de manos y pescuezo. Saludámosle muy reverentes; correspondió fino y suelto á nuestras reverencias y sombreradas; sentóse á nuestro lado, y dióse comienzo á la visita en los términos que sabrá cualquiera de corrido, por ser los mismos, los mismísimos que ahora se usan, y se usarán probablemente en todos los casos parecidos á aquél; pues en este particular no han adelantado las gentes un solo paso.
En un dos por tres nos dijo el personaje:
--El país me encanta. Jamás le había visto hasta que vine á Santander _con Su Majestad_. (Estas palabras las recalcó mucho). Necesitaba yo un rincón tranquilo, de aires puros é inmediato al mar; hablóme mi amigo el señor de Calderetas de este pueblo y de esta casa; la vimos, compréla al punto... y aquí me tienen ustedes á su disposición. (Aquí nos descoyuntamos á reverencias mi padre y yo). Pero, amigos, no quiero ocultarles que si lo de los aires puros y los campos risueños y los bosques frondosos y el mar sin límites me enamora, como á buen manchego que soy, lo de la soledad y el reposo ha resultado mucho más de lo imaginado, y hasta de lo que se puede resistir. Verdaderamente es esto insoportable para un hombre que lleva veinte años metido en el hervor de la vida madrileña, entre los combates de la política y las agitaciones del gran mundo. Así es que devoro los periódicos que recibo cada tres días, y los libros que conmigo traje; cuento desde el balcón los árboles del monte, y de noche las estrellitas del cielo, y aún me sobran horas que no sé en qué invertir.
Compadecimos de veras al ostentoso y contrariado manchego, y le deseamos días más llevaderos, hasta por la honrilla del lugar, único alivio que podíamos ofrecerle; y con poco más que esto y menos de otro tanto que él nos dijo, nos levantamos para despedirnos.
Levantóse también el personaje, y apretando una mano de mi padre, y otra mía con las suyas, nos rogó que le visitáramos á menudo, porque en ello recibiría gran merced.
Á lo cual mi padre, como si le hubieran pisado el dedo malo, respondió sin poder contenerse:
--Gran honor sería para nosotros esa merced que usted recibiera con nuestra humilde presencia en esta casa; pero como ya hay quien se nos ha anticipado, y no nos gusta molestar...
--¡Anticipado!--exclamó el señorón algo sorprendido.--Como no sea el alcalde, única persona del pueblo que nos ha visitado antes que ustedes... Por cierto que, sin ofensa de su señoría, paréceme un tantico entrometido, y un si es no es impertinente.
Miróme aquí mi padre, cargada su faz de mal disimulado júbilo, y replicó al instante:
--Ya ve usted... la falta de cuna, de educación...
Y sin considerar que acaso dijera de nosotros cosa semejante al otro día, prometímosle acompañarle á menudo, y nos retiramos, sospechando yo, y en ello no me equivocaba, que el personaje de Madrid había pescado en el dicho de mi padre la mala ley que éste y el alcalde se tenían.
Á todo esto no habíamos visto á la joven delicada de salud, aunque oportunamente preguntamos muy finos por ella á su padre; el cual se limitó á respondernos que se encontraba mejor desde que había llegado á la Montaña, y bastante menos aburrida que él; pero al salir del estragal á la corralada, la vimos que llegaba envuelta en una bata blanca, con el pelo negro y abundante, desmadejado sobre los hombros y la espalda, y defendiendo del sol la cabeza con una sombrilla, blanca también, de largo y torneado palo. Descubrímonos al pasar junto á ella; respondiónos, creo que sin mirarnos, con una ligera inflexión de pescuezo, y entró en su casa mientras nosotros salíamos á la calle.
Parecióme esbelta y de no vulgar continente; descolorida en extremo, dura de faz y más que medianamente descarnada. En nada de esto se fijó mi padre, puesto que lo que me dijo, tan pronto como pusimos los pies en la calleja, revelaba que no había pensado en otra cosa desde que se despidió del personaje; y lo que me dijo fué:
--Ya lo has oído, Pedro: vino «con su Majestad»; vive hace veinte años en Madrid «entre las batallas de la política y las agitaciones del gran mundo»; le ha gustado la Montaña; necesitaba aires puros y proximidad al mar, y ha comprado esta casa, ¡la que nos parecía invendible!... ¡la del Infantado!... ¡y sin regatearla! y en ella nos ofrece sus servicios, y solicita nuestro trato, y, por añadidura, le desagrada el del alcalde...
--Bien, ¿y qué?--respondí yo.
--Pues nada, si te parece--repuso mi padre dando un fuerte golpe en un canto del suelo con el regatón de su vieja caña de Indias con puño de plata y borlas de seda negra:--un personaje de tales requilorios, que se hace servir, casi de espolique, por un señor como el que le acompañó á este pueblo el primer día que vino á él... ¡digo si será pájaro de cuenta!
--Por tal le tuve desde que le conocimos; y por eso no me sorprende ahora, como le sorprende á usted...
--Hombre, tanto como sorprenderme, tampoco á mí, si bien se apura el caso; pero, vistas las condiciones extraordinarias del caballero, eso de no tragar al alcalde, al paso que á ti y á mí nos ruega que le visitemos á menudo, me parece, Pedro, me parece...
--Es verdad--dije, adivinando la intención de mi padre.--Pero, á todo esto--añadí, mientras caminábamos muy ufanos hacia nuestra casa,--¿quién será?
--Por lo que rezan los sobres de la correspondencia, que llega á montones para él á la cartería, el «Excelentísimo Señor Don Augusto Valenzuela».
--Ya lo sé--añadí.--Pero quiero yo decir qué pito tocará ese hombre en el mundo.
--Hijo--respondióme mi padre humillando la cabeza,--sobre ese particular nada puedo yo decirte en este momento; pero--añadió, irguiéndose con la fuerza de un profundísimo convencimiento,--¡pito muy principal debe de ser!
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V
No se le cocía el pan á mi padre hasta hablar otra vez con aquel caballero tan atento y campechano que le había pedido á él, pobre y obscuro fidalguete de lugar, la merced de sus visitas. Así fué que le hicimos la segunda sin cumplirse dos días desde que tan satisfechos salimos de la primera.
Acababan de llegar, padre é hija, de la playa, donde habían pasado lo mejor de la tarde jugueteando con las olas, echando firmas en el arenal y acopiando cascaritas y pedrezuelas. Descansaban ambos de la fatigosa tarea cuando llegamos nosotros: el padre muy repantigado en un sillón, dándose aire con un periódico, y la hija arrimada á una mesa, sobre la cual clasificaba, por especies y tamaños, el pintoresco botín de su campaña.
--¡Muy señores míos!--exclamó al vernos el personaje, sin dejar de abanicarse, con grandes extremos de alegría, de seguro falsa. Pero falsa ó verdadera, nos animó muchísimo, lo cual nos hacía buena falta; pues al notar, cuando entramos, la desmadejada actitud del uno, y tan absorta, lacia y taciturna á la otra, entendimos que más ganosos estarían de quietud y de silencio, que de la insulsa conversación de dos extraños impertinentes.
--¡Vean, vean, amigos!--añadió el Excelentísimo, señalando hacia la mesa, después de los obligados cumplimientos de una y otra parte;--¡vean si esta tarde se ha perdido el tiempo!
Vimos, en efecto, como era nuestro deber, lo señalado; y en cumplimiento de otro no menos ineludible, en nuestro concepto, hartámonos de ponderar la riqueza del acopio; y ya, puestos á ponderar, ponderamos la playa también que lo daba, y hasta lo divertido y lo saludable y aun lo instructivo que era correr por ella y atropar _litos_ y _concharras_; de modo que llegamos á convenir sin dificultad los cuatro, en que era una ganga tener á las puertas del hogar una playa así, con unas olas tan bonitas, un rumor tan agradable y unas brisas tan higiénicas.
Por remate de estas cosas y otras no menos divertidas, nos dijo el señor de Valenzuela que aquel día era uno de los más agradables que había pasado en la Montaña, puesto que, para que nada le faltara, había tenido carta de _Pilita_, de la cual no había sabido cosa alguna en toda la semana. Á lo que observó tímidamente mi padre:
--Pues creí que no tenía usted más hijos que esta señorita.
--Pilita es mamá,--dijo aquí la aludida, tomando parte por vez primera en la conversación.
--Pilita es mi señora,--confirmó casi al mismo tiempo el personaje.
--Vamos--se atrevió á añadir mi padre,--se ha quedado en Madrid.
--No, señor--repuso el otro:--está en Vichy con Manolo, nuestro hijo. Tiene esa costumbre hace mucho tiempo, y no puede prescindir de tomar aquellas salutíferas aguas.
--Quiere decir, que nos honrará con su presencia cuando termine su temporada.
--Escasamente--respondió el Excelentísimo.--Desde Vichy irá á Biarritz á pasar el resto del verano con su pariente y amiga, la duquesa del Pico... Es su costumbre. Nos reuniremos en Madrid ya bien entrado el otoño... á la apertura de los salones.
Confieso que antes que en lo, para mí, insólito de aquel modo de vivir _en familia_, me fijé en lo dispendioso que era y en el caudal que necesitaba poseer el personaje, en cuya casa me hallaba, para atender á tantas necesidades con la abundancia que éstas exigían. Á mi padre le sucedió lo mismo, según me confesó después.
Poco á poco se fué reduciendo el tema de la conversación; llegóse á la política, manjar muy del gusto de mi padre; y mientras los dos se entretenían en saborearle, afirmando y exponiendo dogmáticamente el uno y asintiendo á puño cerrado el otro, parecióme á mí que debía acercarme á la mesa donde continuaba la joven arreglando su tesoro de _pitas_, cáscaras y caracolillos, y así lo hice, bien sabe Dios con cuánta desconfianza y cortedad.
Para entonces había tenido yo ocasión de observarla detenidamente, muy de cerca; y por venir ella de su expedición harto desencajada y porosa, en las mejores condiciones para no equivocarme en mi juicio. Así, pues, afirmo que, más que delgada, era flaca, bastante angulosa por ende; obra, si vale la comparación, más de azuela y garlopa que de torno. Era, no obstante, armónico y agradable el conjunto de todas sus partes. Su rostro, en el cual brillaban como dos centellas los ojos negros rasgados, bajo unas cejas negrísimas también, de las cuales parecían la sombra unas ojeras cárdenas, y casi relucían, por lo limpio del esmalte, dos filas de menudos dientes entre unos labios finos con un ligerísimo matiz de rosa pálida, hubiera sido hasta hermoso, algo más lleno y menos descolorido; pero de los que se imponen, no de los que atraen y enamoran. Faltaba á sus ojos la dulzura, que es el mayor encanto de la belleza; antes eran de mirar duro y osado, y muy poco codiciosos de lo que tenían delante, y á menudo se reflejaba en ellos un espíritu desabrido é indómito. Echábase de menos también en aquella cara seca el ambiente de la sonrisa, compañera inseparable de la dulzura de los ojos. La sonrisa de Clara (así se llamaba la joven) era un acto mecánico de su voluntad, una mueca, una simple contracción de los músculos faciales. Acompañábala ordinariamente una palabra dura, en un timbre de voz áspero y varonil, y esta condición hacía doblemente desagradable la sonrisa, las pocas veces que ésta se dejaba ver en la faz de Clara.
En fin, que me pareció la hija del Excelentísimo señor don Augusto Valenzuela, considerada en conjunto y en detalle, una mujer desenfadada, imperiosa y tesonuda, especie de alma de acero encerrada en un estuche de alambre, condición siempre temible, aun cuando en ese temple excepcional tengan mucha parte los golpes de la experiencia en las batallas de una larga vida mundana; pero de incalculable poder cuando le da formado ya la naturaleza en una joven casi niña. Quizá era éste el verdadero atractivo de Clara, no para mí, bien lo sabe Dios, sino para los hombres que pudieran tratarla con la experiencia que yo también adquirí después en las borrascas de la vida.
Por entonces, si se me hubiera obligado á hacer su retrato, hubiérame limitado á decir que la hija del personaje de Madrid _no me gustaba_, sintiendo instintivamente lo que hoy trato de explicar en este breve análisis de su carácter.