Part 21
Y como se tocaba el capítulo de servicios prestados á la revolución, salieron á docenas, por otros tantos agujeros, los acreedores de la pobre señora. Quién se alababa de haber hecho trizas hasta cuatro _cajones_ de la policía; quién, de tener despellejados los dedos de arrancar adoquines para hacer barricadas; quién, de haber roto con sus propias manos, en el palacio de la calle de las Rejas, dos candeleros, cinco cortinones y un reló de música; quién, de haber abofeteado en la Puerta del Sol á un empleado «de los ladrones caídos, que huía á esconderse, avergonzado de la luz de la libertad...». Salió también, y por el foro, para mayor estruendo, un oficialete del ejército, que, conmovido y tartajoso, dijo unas cosas que nadie entendió; pero tomóle bajo su amparo un padre grave de los del capítulo del escenario, que era buen orador y no mal médico, y díjonos que aquel valiente quería decirnos, y no podía porque le embargaba patriótica emoción, que hallándose en un puesto confiado á su lealtad y vigilancia por la ominosa tiranía derrocada, se había pasado con todas las fuerzas de su mando á la revolución, porque «antes que todo, y antes que soldado, era liberal». Pensé yo que, después de contarnos esto el orador, nos pediría un piquete para fusilar á aquel modelo de pundonorosos capitanes; pero nos pidió que le otorgáramos todo nuestro amor y todo nuestro entusiasmo, porque soldados como él eran los que necesitaba la causa del pueblo... En fin, con decir que hasta Bujes, que asomó la gaita por un proscenio bajo, hizo un discurso á mazo y escoplo, como pudiera hacer una carreta, narrando los hechos heroicos consumados por él y los ciudadanos de su calle, «para romper las cadenas con que los oprimía el déspota», está dicho todo.
Aquello era una jaula de mentecatos, una puja indecente de merecimientos que, ó eran ridículos, ó afrentaban la causa en cuyo nombre se exponían; y todo iba á cuento, á vueltas de tanto cacareo de abnegación y de sacrificios, de reclamar un mendrugo de los que habían de repartirse tan pronto como llegara de Zaragoza el presidente del nuevo festín. El asco y la ira me espoleaban; la lengua me hervía en la boca, y al fin pedí la palabra. Los que se sentaban delante de mí, sin duda para verme y oirme mejor, brindáronme con un hueco que hicieron entre todos; aceptéle, y avancé hasta la barandilla que nos separaba del patio de las lunetas.
Ya he dicho que poseía yo, amén de una voz de gran potencia, una verbosidad extraordinaria, y ciertas naturales dotes de tribuno, no muy comunes. Además, en aquel momento debía ofrecer mi persona el aire pintoresco de un _condottiere_, ó de un bandido de teatro. Llevaba toda la barba, que me había dejado crecer durante mi reclusión; holgado cuello de camisa con corbata suelta al desgaire; descomunal cuchillo de monte á la cintura, oculto á medias por la entreabierta tuina de dril, de color ceniza, y sobre cuyas bocamangas brillaban los dobles galones de comandante de barricada; tenía en la diestra un enorme chambergo gris con escarapela, y aún ostentaba mi rostro las huellas del sol abrasador de aquellos días de encarnizada lucha. Con tales dotes, señas y arrequives, á poco esfuerzo que yo hiciera, el éxito no podía ser dudoso en medio de aquel singularísimo concurso.
Sin más que exhibirme ante él, cierto rumorcillo que recorrió la sala al instante, como brisa de verano en espeso robledal, me hizo creer que comenzaba yo á ser objeto de la pública curiosidad, excitada por la delación de alguien que me conocía allí. Esto ya era otra garantía del buen éxito de mi empresa. Á lanzar iba la primera palabra, cuando el presidente, pluma en mano, me interrumpió diciéndome:
--Sírvase declarar su nombre el ciudadano que va á hablar.
Á lo cual respondí yo, con voz sonora y ademán altivo:
--¡Pedro Sánchez!
No bien lo dije, cuando el rumor de la sala se trocó instantáneamente en bramidos de entusiasmo y en estruendo de palmadas. La batalla estaba ganada; el campo era mío. Podía cortar, herir y machacar donde quisiera.
Y así lo hice.
No entré en el asunto por los caminos trillados y las puertas conocidas del vulgo; le asalté á exabrupto seco y á apóstrofe limpio. Me encaré osadamente con todos y cada uno de los que habían hablado antes que yo; clavé en la picota de mi indignación y de mis burlas, según los casos, el hueso de sus peroraciones de hojarasca; _traje al debate_ los rumores públicos; expuse las alarmas de los hombres cuerdos enfrente de aquellos temerarios desvaríos, y afirmé que, después de lo que había presenciado allí, aún me parecían pálidos los colores con que lo pintaban los que temían que el fruto de tanta sangre y tanto sacrificio, pereciera en manos de mentecatos y de charlatanes. Como los preopinantes contaban sin duda con el apoyo de mis fuerzas cuando me vieron levantarme para hablar, mis palabras causaban en ellos marcado asombro, y aun estupor; pero como los que no habían soltado prenda alguna eran muchos más, y muchísimos más todavía los que se hallaban allí en busca de jaleo y de emociones fuertes, y todas estas dos grandes porciones acogían cada fin de mis hinchados y resonantes períodos con gritos de entusiasmo y recio palmoteo, algunos de los apostrofados, especialmente el hombre de los pelos de punta y de la barba lacia, me acribillaban á menudo con preguntas sueltas ó frases mal intencionadas, que yo recogía en el aire con mucho gusto, porque en este tiroteo me ayudaba con todas sus fuerzas el público, que siempre está de parte del que habla más recio y pega con mayor saña. Á veces me llamaba al orden el presidente, y aun se ponía del lado de mis contrincantes, cuya causa, hasta cierto punto, era la suya, como lo es de todo padre sin carácter la de un hijo mal educado; pero yo hacía con el presidente lo mismo que con sus presididos; y entonces los aplausos de la multitud eran mucho más recios, porque si gusta como dos ver apalear á los iguales, cuando se prende á la justicia el goce es mucho mayor.
Este duelo á estocadas duraba ya demasiado, porque el efecto estaba producido, y ciertas impresiones no pueden sostenerse en el ánimo por mucho tiempo: érame preciso concluir, y concluir bien, y en una pieza, para que el éxito fuera completo. Así traté de hacerlo. Un breve resumen de cargos, bien nutridito de color; una invocación á las víctimas de la cruenta lucha; un atrevido alarde de mi derecho para hablar así en medio de aquellas bizantinas porfías; y en seguida este parrafejo atronador, _progresista_ y amenazante:
--La revolución tiene un programa bien definido, por cuyo triunfo se ensangrentaron las calles de Madrid; ese programa debe cumplirse... ese programa se cumplirá, aunque para conseguirlo haya que ensangrentarlas otra vez, luchando á muerte contra los nuevos enemigos de la libertad. ¿Sabéis quiénes son estos enemigos? Los charlatanes que la comprometen; los mentecatos que la ponen en ridículo, y los ambiciosos que la deshonran.
Este remate, dicho con fiera voz y adornado de tres brazadas marciales y una gallarda sacudida de pelo con la erguida cabeza, produjo la tempestad de vítores y aplausos más ruidosa que se hubo formado jamás en el recinto de aquel viejo templo, levantado al arte que de esas tempestades se alimenta.
En medio del estruendo de ella salí, sin detenerme siquiera á echar una mirada de triunfo sobre aquel campo cubierto de cadáveres.
Por la noche, y al día siguiente, todos los periódicos daban minuciosos detalles del suceso; algunos reproducían párrafos enteros de mi discurso. Unos me apoyaban, otros me combatían; pero todos iban unánimes en declarar que mi oración patriótica era digna de los mejores tiempos de la tribuna romana.
No hizo más ruido que el mío el discurso con que, muy poco después, en un _meeting_ del teatro de Oriente, se encaramó Castelar en la región de las celebridades tribunicias desde la obscuridad del vulgo de los mortales.
El _Círculo_ no volvió á reunirse más; se declaró disuelto, y la Junta, agradecida, me dió una silla en sus consejos.
Pero esto, por más que halagara mi amor propio, no bastaba á conjurar los serios conflictos de que estábamos amenazados á cada instante. Afortunadamente llegó Espartero á Madrid; y entre formar para recibirle á su llegada; y formar para desfilar ante él, al otro día, en la Puerta del Sol, con nuestras banderas de percalina y nuestro abigarrado equipaje; y formar después en las barricadas cuando dedicó á muchas de ellas una cortés visita, se adormecieron las malas pasiones durante media semana; y para cuando quisieron despertar, ya estaba decretado el despejo de las calles, y la vuelta á sus ordinarias ocupaciones de tantos miles de patriotas que hormigueaban, cargados de armas y municiones, entre los amontonados adoquines.
¡Cuánto susto costó separarlos de aquel peligroso juego á que se habían ido acostumbrando! Gracias á que hubo otro juego con que engañarlos, por de pronto: el de la Milicia Nacional, en la que, si no eran tan bravucones, tendrían mejor disciplina y serían soldados más de verdad; esclavitud á que se acomodan siempre con grandísimo gusto los hombres libres, enemigos jurados de todo linaje de opresiones y de tiranías.
Acabóse, pues, la guerra de las calles con la instalación de un Gobierno regular; y comenzó otra, si no tan ruidosa, mucho más tenaz, en los ministerios. La guerra de los destinos. No hablo de ella, porque de la noche á la mañana me dieron uno de los mejores en Gobernación. Cerca andaban de mí, aunque no tan altos, mis compañeros de redacción, menos Redondo, que no quiso ser más que comandante de un batallón de Nacionales. ¡Hasta el portero y los repartidores de _El Clarín_ se colocaron!
Estos compañeros, Matica y demás amigos, estaban asombrados del ruido que yo hacía y de lo alto que volaba; yo no, porque había ido persuadiéndome, poco á poco, de que eso y mucho más merecían los hombres de mi importancia. Tampoco Clara se asombraba de ello, porque lo esperaba. Eso me dijo después de leer un rimero de periódicos, adquiridos no sé cómo, que hablaban de mi discurso; y cuando tuvo noticia de mi entrada en la Junta, y cuando me dieron el destino en Gobernación. Nada le asombraba en mí; pero yo estaba asombrado de que de todo me creyera capaz una mujer como ella, y de que lejos de aburrirse en mi pobre posada, nunca me manifestara el menor deseo de abandonarla. En cambio, Pilita y Manolo, la una hecha ya un esqueleto y el otro una momia, sólo daban señales de vida para preguntarme cuándo saldrían de allí; y yo no me atrevía á decirles «ahora», porque aunque las calles comenzaban á verse expeditas, y las gentes apaciguadas y en orden, el odio á Valenzuela estaba tan fresco en el corazón del populacho, como el primer día; y era muy arriesgado ponerle delante de los ojos cosa tan allegada al aborrecido personaje, como su propia familia.
Un feliz incidente vino á resolver esta dificultad, que ya comenzaba á apurarme un poco. La duquesa del Pico, sorprendida en Madrid por los acontecimientos, y en comunicación con Pilita desde que ésta le descubrió su escondrijo tan pronto como se deshizo la primera barricada, se disponía á pasar el resto del verano en una de las más tranquilas provincias del Norte, en la cual poseía una elegante y bien provista casa de campo. «Acompañadme vosotros»--decía á Pilita en el mismo perfumado billete en que la noticiaba aquélla su resolución,--«y todos saldremos ganando en ello, cuando nos veamos juntos y libres y bien oreados en aquel apacible retiro, á dos pasos de la frontera».
Pilita me enseñó esta carta, y Clara me pidió mi parecer. Sin vacilar respondí que aceptaran lo propuesto por la duquesa. Nada más cuerdo ni conveniente en aquellas circunstancias, ni punto de refugio mejor situado para esperar el fin del fin de la política borrasca con entera tranquilidad.
--¿Está usted seguro de que no le engaña su buen _deseo_ de que salgamos de Madrid?--me preguntó Clara subrayando, con toda la fuerza de su vigorosa pronunciación, aquella palabra.
--Mi _deseo_ no puede engañarme--respondí dando igual arrastre á la misma palabra, por si acaso tenía la de Clara doble intención;--porque no es el deseo lo que me dicta el consejo, sino la triste necesidad, que no tiene entrañas.
--Pues cuando quieras, mamá,--dijo Clara á Pilita después de pagarme la galantería con un amago de sonrisa y un chispazo de sus terribles ojos negros.
Y Pilita, nerviosa, desconcertada de alegría, tras de abrazar á Manolo, que de gusto hizo dos piruetas y entonó con voz cascajosa un trocito del _Matre infelice_, de _El Trovador_, ópera recién estrenada en el Teatro Real, respondió al billete de su amiga; y tal arte se dió su actividad, que antes de una hora quedaba acordado el viaje para tres días después en el coche-correo, el cual esperarían fuera de Madrid para exponerse menos á ser conocidas del populacho.
--Está en Bruselas... ¡y en grande!--me dijo Pilita después de enterarme de todo lo referente al viaje.
--¿Quién?--pregunté yo.
--Valenzuela. Lo hemos sabido por buen conducto. Y también él sabe de nosotros... y de usted; y le está muy agradecido, porque no ignora lo que usted ha hecho por su familia.
--Pues dele usted memorias,--dije á aquella pobre mentecata, sin que su hija me lo oyera.
Esto acontecía al empezar la tercera semana de agosto. Para entonces, ya estaba mi padre impuesto de todas mis aventuras y prosperidades, porque había cuidado yo de hacer llegar á sus manos resmas de papeles que las puntualizaban bien, y cartas en que le decía lo que no podían narrarle aquéllos, como mis servicios prestados á la familia de su excelso amigo; cosa que hinchó de honrada satisfacción al pobre viejo, cuya admiración al runflante manchego no había mermado un punto con las atrocidades que de él se escribían, porque las reputaba calumnias miserables de la envidia.
Lamentábase mi padre de que tantas cosazas hechas por mí, tanto renombre y tanta gloria alcanzados en tan poco tiempo, fueran en pro y á beneficio de una causa tan del gusto de los enemigos de Dios; porque este escrúpulo le impedía abrir toda su alma al torrente de emociones que arrebataba al verse padre de semejante hijo; pero vime en seguida encumbrado en la alteza del destino que me dieron; halléme con influjo y mangoneo en región tan importante; y yo, que sabía cuáles eran los platos más del gusto de mi padre, escribíle al punto diciéndole: «ya no debe haber Garcías en ese pueblo, ni otro señor árbitro de sus destinos que usted... Corte, pues, y raje á su gusto, que aquí estoy yo, por ahora, que soy el dictador de la provincia entera».
¡Desde que nació, no se había visto en otra el buen hidalgo! Ya podía toser fuerte en su lugar; esgrimir la escoba sobre el suelo en que imperaban los Garcías; hartarse de barrer Garcías, y alzar diez codos por encima de su estirpe aborrecida los venerables monigotes de su escudo nobiliario. Y no se descuidó en hacerlo. Ni el alguacil quedó en pie á los primeros escobazos. Toda la administración municipal se vistió de ropa nueva, al gusto de mi padre, que se quedó sin cargo alguno porque no dijeran de él que le movían vulgares é insanas ambiciones.
--«¡Qué bien se está aquí ahora!»--me escribía después de darme cuenta de la limpieza que había hecho en el lugar.--«Parece que se ha ensanchado el territorio y que se respira en él mucho mejor... Por lo demás--concluía la carta,--las revoluciones son como otras muchas cosas: fuera de su quicio, corrompen; bien regidas, son hasta útiles. Cierto que yo, en principio, jamás podré ser revolucionario; pero, por lo que respecta á esta última revolución, tanto me he acostumbrado á considerarla como obra de tus manos, que, hoy por hoy, aunque como revolución la deteste, como cosa tuya la miro con cierto amor... y no me estorba».
[Ilustración]
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XXVII
En este cielo alegre y sonrosado en que de tal modo despilfarraba sus luces la estrella de mi fortuna, había una nube negra que á veces la empañaba y muy á menudo me entristecía. Esta nube era el recuerdo de la pobre Carmen, sola y cargada de penas y de luto.
Visitábala yo con la posible frecuencia; pero no podía arrancarla, por más esfuerzos que hacía, de las cadenas de aquel dolor mudo que se había apoderado de ella. Las grandes pesadumbres ofrecen también su deleite en el recuerdo mismo de los sucesos que las producen. Guarda la memoria los minuciosos trámites de la muerte que nos llevó del mundo á un ser querido: allí están grabados todos, uno por uno, desde la insignificante dolencia que le postró en el lecho, hasta el último ruido del estertor de su agonía, con los más nimios pormenores de las largas noches de vela; del rumor de los pasos del médico; del eco de sus palabras, unas veces produciendo esperanzas, otras matando las concebidas; del color de las coberturas del lecho; de la mortecina luz de la escondida lámpara; de nuestras propias cavilaciones; de nuestros sobresaltos... de todo; y de todo ello se habla después, porque esas conversaciones parecen una continuación de lo pasado sin el abismo de la muerte... Pero en la memoria de la infeliz Carmen no quedaba nada de eso. Su padre, alejado de casa, lleno de vida; después un extraño, turbado y conmovido, que la hace un triste relato de fieras matanzas en la calle, y que, en vez de traerle lo que ella espera con mortales ansias, le da la horrenda noticia de que un balazo casual lo tendió sin vida sobre las duras piedras. ¡Ni siquiera el consuelo de besar su frío cadáver! ¡Cómo no apartar los ojos del libro en que se grabaron tales recuerdos? ¡Cómo llorar cuando el horror obstruye las fuentes del sentimiento?
Así me explicaba yo, por conjeturas, la extraña actitud de Carmen; y digo que por conjeturas, porque la desdichada persistía en su evidente propósito de no hablar conmigo de su padre.
Era esto una grandísima contrariedad para mí, porque me alejaba del único camino por donde yo podía llegar á conocer las verdaderas necesidades de aquella casa, y tratar del modo de acudir á ellas; á lo cual me obligaban tanto mi palabra empeñada á Balduque en los últimos instantes de su vida, como los impulsos de mi corazón, lleno de afecto sincero y de gratitud hacia aquellas infelices mujeres. No pudiendo acercarme al asunto por derecho, buscábale por apartada callejuela; pero siempre me salía Carmen al encuentro para cerrarme el paso.
Una vez me dijo, atareada como siempre en sus labores de costura, respondiendo con ello á unas mal disimuladas indirectas mías:
--Nunca el trabajo ha sido más abundante ni me ha entretenido tanto como ahora: hasta nos sobra el dinero. ¡Cuando no nos hace falta! ¡Vea usted qué oportunidad!
Aquel mismo día me dijo, lacónica y tristemente, al despedirme de ella:
--Mañana son los funerales.
Díjome también la hora y en qué templo, y fuíme. Busqué á Matica; prestóse gustoso á acompañarme á aquel acto; invitamos á otros amigos, unos porque conocieron vivo á Balduque, y todos porque tenían noticia de su trágica muerte; y de este modo, el humilde túmulo alzado en el centro de la iglesia, mientras las preces del coro y del altar se elevaban al Dios de las Misericordias, no se vió solo entre cuatro blandones funerarios.
En un momento en que cesaron los cánticos, oí sollozos detrás de mí. Volví la cara y vi á lo lejos, en la penumbra de una capilla, dos mujeres arrodilladas y cubiertas de luto. La una era Quica, y presumí que la otra, cuyo rostro ocultaba el profuso velo de su manto, sería Carmen.
Á la salida las esperamos Matica y yo á la puerta y las acompañamos á casa. Durante el camino noté en la triste huérfana señales de una emoción de que no la había visto poseída desde la muerte de su padre. Comenzaba, sin duda, á ceder el obstáculo á los embates del contenido torrente... ¡Pobre criatura!... No bien llegó á su casa, dejóse caer en una silla; los sollozos la ahogaban; sus ojos se humedecían, y al fin, convertidos en arroyos de lágrimas, dieron salida al dolor acumulado en su pecho durante tantos días. La dejamos llorar, porque llorar en aquel trance era suavizar las penas y tornar á la vida.
Después de llorar mucho, como si me viera por primera vez desde el acontecimiento que ocasionaba sus lágrimas, comenzó á evocar todos aquellos recuerdos de su padre que tuvieran alguna conexión conmigo: sobre todo, los de nuestro viaje desde la Montaña y los del tiempo en que hicimos juntos vida de familia. Hasta los más insignificantes pormenores de estos sucesos conservaba en la memoria. Y aunque los evocaba con el triste consuelo que siente el desterrado al pensar en la patria y en los seres que no ha de ver más, al fin hablaba de cosas que facilitaban el camino á mis propósitos. Siguiéndole con tino, llegamos á tratar de ellos franca y abiertamente. Entonces me aseguró, sin el menor síntoma de que me ocultaba la verdad, que le sobraba con el recurso de su trabajo para atender á todas sus necesidades.
--Pero puede usted enfermar--la dijimos,--ó verse sin su fiel compañera, á la hora menos pensada.
--¡No lo permita Dios!--repuso Carmen;--pero si tal sucediera, entonces sería ocasión de utilizar el apoyo que tan de corazón me ofrecen ustedes. Por ahora, con que no me olviden; con que de tarde en cuando vengan á despejar un poco mis tristezas, harán mucho más de lo que yo merezco.
--Convenido--repliqué, afectando un tono de broma que no sé si pegaba bien allí;--pero á condición de que no me ha de ocultar usted el primer apuro en que se vea.
--¡Cómo he de olvidar yo--respondióme conmovida y con el alma palpitando en el dulce mirar de sus ojos,--que es usted el único amparo que me queda en el mundo?
Poco después salíamos mi amigo y yo de aquella triste casa, tristes también los dos. De camino tratamos, y no por primera vez, del modo de conseguir que luciera en beneficio material de la huérfana la heroica muerte de su padre en lo más alto de una barricada.
--Imperdonable sería en nosotros, y sobre todo en usted que tanto puede y vale ahora, que por falta de protección se desgraciara tan angelical criatura.
¡Y eso que sólo la conocía por lo poco que había visto, y los vagos informes que le había dado yo!