Part 19
¿Qué diablos quería aquella mujer que yo la declarase?... ¿Y cómo no declarárselo, si lo que quería oir fuera algo que cruzó sólo como una chispa por mi mente en aquel peligroso trance, y que después, al contacto del brazo de Clara, al roce de su vestido, al fuego de sus ojos, en ocasión tan extraña, siendo yo su único amparo, su escudo y su guía, iba convirtiéndose por instantes en voraz incendio?
Dejéme caer del lado á que me inclinaba el deseo, y respondí sin tanteos ni remilgos:
--Pues considéreme usted, con respecto al señor don Augusto, en el más desfavorable de los supuestos; téngame hasta por inhumano y vengativo si le acomoda: ¿sería justo que á usted, tan joven, tan bella, tan afable y tan buena conmigo siempre y en todas partes, la hiriera el mismo golpe con que la ira popular castigase en otro supuestas ó comprobadas maldades? Y no siéndolo, ¿qué cosa más natural que hacer lo que hice para evitarlo?
De nuevo sentí, al decir esto, acentuada presión del brazo de Clara; y otro rayo de sus ojos hiriendo los míos, volvió á deslumbrarme. Todo pasó como una ráfaga, pero ráfaga cargada de eléctricos efluvios. En seguida me habló así mi original y peligrosa protegida:
--Verdaderamente le parecerá á usted pueril este empeño mío en momentos tan señalados, por la seriedad de las cosas que nos están ocurriendo; si es que no juzga que hasta el cariño de hija pospongo á mis vanidades de mujer. Todo es posible, y, sin embargo, nada sería menos cierto, puesto que si tanto me apuró el deseo de saber lo que al cabo he sabido, fué por convencerme de que pudo inspirar mi recuerdo tan noble empresa en beneficio de mi padre. Hombre, le hubiera defendido contra todos los que le ofendieran; débil mujer, me complazco en servirle con la fuerza de tan heroicos defensores como usted... ¿No es esto muy natural?
No me lo parecía mucho; pero como á Clara no se la podía medir con la misma vara que á las demás mujeres, acepté su teoría que, por de pronto, me apagó algo los fuegos de la imaginación.
Andábamos, á todo esto, entrando por la calle de la Visitación en la del Lobo; y cuando nos hallamos algunas varas dentro de ella, Pilita, que nos seguía los pasos, dijo al verla casi libre de transeuntes:
--¡Ay, qué miedo da andar por aquí!... Mala es la muchedumbre, ¡pero esta soledad!... ¡Si cualquier forajido nos observa... y nos detiene... y nos conoce!...
Manolo, que temblaba de miedo, fué del mismo parecer, y propuso que retrocediéramos. No lo consentí, aunque el hijo y la madre tenían mucha razón en temer aquella soledad en noche de tan gordas aventuras, y sin gobierno y sin ley en la villa. Recomendé el silencio y la serenidad, y continuamos marchando sin tropiezo hasta la Carrera de San Jerónimo. Pensaba yo salir á la calle de Alcalá por la de Cedaceros; pero observé que había en ésta gran vocerío patriótico y mucha gente detenida. Recordé al instante que allí había una casa de las denunciadas por la furia popular en la Puerta del Sol, y temblé, porque presumí lo que estaría pasando ó iría á pasar inmediatamente.
--¿Qué es eso?--preguntó Clara estremeciéndose.
--Poco más de nada--respondí.--Populacho que se divierte gritando. Vámonos por la calle del Turco, puesto que no hay paso por ésta.
Y así lo hicimos. Mientras bajábamos hacia el Congreso, me dijo Clara:
--¡No puedo pintarle á usted lo que siento delante de estas cosas!
--Me lo imagino,--respondí.
--No es fácil--añadió.--Es más que antipatía; es asco y pena, y es ira y es indignación, todo á la vez. Y no lo siento por lo que hoy me sucede: lo mismo lo sintiera si mi padre fuera el esparterista más estúpido. Es que me ataca á los nervios sin poderlo remediar, por feo y de mal gusto. Esta abigarrada mezcla de gentes dando gritos, desaliñada y sudando, me hace el efecto de una bestia revolcándose en basura y complaciéndose luego en restregarse contra las fachadas limpias y la ropa de los transeuntes.
¡Y yo que cuando tal oía iba hecho un Adán, por obra de mis patriotadas de la Puerta del Sol!
Conoció Clara, en mi silencio y en la mirada que á mí propio me eché, el apuro en que me hallaba; y me dijo, cargando, un poco más de lo corriente y usual, el peso de su lindo cuerpo sobre mí:
--No le pido á usted perdón ni me arrepiento de lo dicho; porque entre eso que brama y usted, aunque parezca que un mismo interés los une, hay enorme diferencia; como la hay entre el rebaño y el pastor, entre el látigo y la mano que le esgrime. Si fuera usted un patriotero vulgar, parte maciza de ese gran montón de inocentes y de malvados, le aconsejaría que se apartara de tan mala senda, y huyera de tan peligrosa compañía; pero yo sé cómo y por dónde ha ido usted á parar ahí; y el lance de esta noche, que confirma todos mis supuestos de algún tiempo acá, dice bien claro hasta dónde puede usted ir con sus propias fuerzas por ese camino, si no se amedrenta ni se encoge.
Luego Clara, la esquiva, la orgullosa y medio bravía Clara, «desde un tiempo acá» me había seguido de lejos en todas las etapas de mi breve y triunfal carrera. ¿Por qué? ¡Oh, incitantes dudas y sabrosas quimeras de la vanidad!... Y sin embargo, el hecho que las producía era evidente. ¿Qué mucho que lo que corazones bien aguerridos no hubieran podido resistir sin conmoverse, causara honda perturbación en las tranquilas é indefensas regiones de mi pecho?
Dióme aquel punto tema para seguir un largo diálogo entretejido de ingeniosas perífrasis, rebuscadas anfibologías y otros análogos tiquismiquis, recurso á que se apela siempre que en galantes empeños se quiere explorar el campo sin descubrir mucho el cuerpo, y le terminó Clara (que, por cierto, me ganó en la puja de sutilezas la partida) diciéndome:
--Ya usted ve cómo lo que le digo no es vana lisonja con que trato de pagarle este gran favor que todavía nos está haciendo. Creo que tiene usted alas con qué volar muy alto en el espacio que se abre ahora delante de usted, y le aconsejo que vuele. Para los hombres como usted, hay una brillante carrera en ese campo en que tanto abundan las nulidades, y tan necesarios son los ánimos esforzados y las almas generosas... Y no se queje usted de mi desinterés, cuando, sabiendo lo que usted vale, le empujo hacia el enemigo.
No pude responderla, porque nos abordó Pilita cuando esto pasaba y subíamos por la calle del Caballero de Gracia.
Pilita quería saber adónde íbamos y cuándo llegábamos, cosas que todavía no me había preguntado su hija, ni yo me había acordado de decírselas; y ponderaba mucho el miedo que la habían dado ciertas gentes desaforadas con que nos habíamos encontrado al atravesar la calle de Alcalá. Tampoco habíamos hablado de ellas Clara y yo: ni siquiera las vimos. En cambio, Manolo había visto y sentido por todos. ¡Cómo sudaba de congoja el infeliz, y qué amarillo y anheloso estaba!
Momentos después llegamos, sanos y salvos, al portal de mi posada.
--¡Respiren ustedes!--iba á decir triunfante á la familia entera, sin considerar que allí había, como en la mayor parte de los portales de Madrid de entonces, una hedionda letrina, que ya había hecho torcer el arrugado gesto de Pilita.
Subimos; y como yo supuse, la casa estaba completamente libre de huéspedes. Alegróse mucho de verme mi patrona. Díjele en pocas palabras de qué se trataba, aunque tuve buen cuidado de callarme el apellido de sus nuevos huéspedes; y acomodólos, como yo deseaba, en la salita, que tenía un gabinete contiguo á otro dormitorio con puerta al pasadizo.
--Estas señoras y este caballero--dije á la patrona, de modo que no me oyera nadie sino los presentes,--para todos, menos para usted y para mí, en esta casa son una familia forastera que estará en Madrid muy pocos días; familia pudiente y recogida, que come en sus habitaciones y no sale de ellas para nada. ¿Lo entiende usted?... Pues no hay más que hablar.
Dióse por enterada la patrona, y yo quedé satisfecho; porque era muy leal y campechana la buena Micaela.
--Ahora--dije á las señoras,--den ustedes á su criado las menos órdenes posibles; y adviértanle que cuando vaya y venga, lo haga por caminos diferentes... por si acaso. Aunque nada temo, las precauciones no sobran. Esta cárcel no durará mucho: lo que se tarde en encauzar el torrente que brama ahora por esas calles. Un poco de paciencia, pues, y mucha confianza. Yo trataré de inspirársela, y cuidaré de tenerlas al corriente de lo que suceda. Con este fin, me vuelvo á la calle, donde puedo ser á ustedes más útil que aquí.
Y con esto y muy poco más, despedíme de todos, y muy particularmente de Clara, «hasta más tarde»; dije lo mismo á Micaela, para su gobierno, en el pasillo; mandé entrar en la sala al criado de Valenzuela, que, con un gran saco de noche, nos había seguido á cierta distancia; y lleno de la imagen y de las palabras de aquella singular criatura, bajé la escalera resuelto á enterarme de lo que pasaba en la calle de Cedaceros, síntoma terrible de lo que pudiera acontecer á la hora menos pensada en otras muchas calles, y estaría aconteciendo, seguramente, en la de las Rejas.
Dos horas hacía que había salido yo de mi forzado encierro al aire de la libertad. En tan breve tiempo, ¡cuántos y cuán graves sucesos! ¡Cuántas y cuán distintas emociones!
[Ilustración]
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XXV
La muchedumbre que yo había visto á la entrada de la calle de Cedaceros, se había ido extendiendo por la Carrera de San Jerónimo; y allí, frente á la iglesia de los Italianos, entre una masa de caras, atónitas unas, ferozmente alegres las más, ardía una enorme hoguera, cuyos rojizos resplandores alumbraban por igual los harapos y las costras de los holgazanes malvados, la atildada levita del indiferente curioso, y el casual, si no estudiado, desaliño de los patriotas vocingleros y de los asombrados como yo.
Desde el fondo de la otra calle, y en el mismo afanoso rebullir de un hormiguero en sus tareas, llegaban sin cesar hasta la hoguera hombres de aspecto patibulario, agitando en la punta de un sable, de una bayoneta ó de un garrote, una rica colgadura, una extraña prenda de vestir, un cuadro de gran valor, una bata de cachemira... un pañuelo; ó conduciendo al hombro ó arrastrando ó en la mano, un mueble de preciadas maderas, una alfombra, libros lujosísimos, candelabros, estuches y los más primorosos caprichos de arte. Un grito bestial anunciaba la llegada de cada objeto, y otro más nutrido y feroz llenaba la calle en cuanto caía en medio de las llamas. Así se alimentaban aquéllas que á mí me espantaron. Las ricas tapicerías, los artísticos tallados, las finísimas y exóticas pieles; el grabado de Alberto Durero y de Morghen; las agua-fuertes de Rembrandt; los cincelados de Benvenuto; la armadura florentina; el rarísimo _incunable_ y el lienzo en que palpitaban el genio y el pincel de Velázquez y Murillo, se confundían en breves instantes en un solo montón de ceniza. Y, entre tanto, en la morada de donde tantas riquezas salían se destrozaban á golpes las porcelanas sajonas, los vidrios de Murano, ánforas y barros etruscos... hasta los artesonados de los techos y las doradas molduras de las paredes. ¡Y todo este inicuo saqueo, todo este brutal destrozo, se hacía al grito de _¡mueran los ladrones!_ y en la casa de un hombre desligado muchos años hacía de todo linaje de políticas, pródigo de su dinero ganado en colosales empresas, cuya prosperidad refluía en la del Estado y en bien del pueblo trabajador!
¡Qué razón tenía Clara! Sólo una bestia, con horror ingénito á lo limpio y á lo hermoso, podía deleitarse en consumar tantas profanaciones á un tiempo.
Huí de aquel sitio, lleno el corazón de pena y hasta de remordimientos. Temí que estuviera aconteciendo lo mismo en la calle del Príncipe. Miré hacia ella al atravesar su desembocadura en la Carrera; pero, afortunadamente, nada vi que confirmara mis temores. En cambio, oí que en la de las Rejas, en la del Prado y en alguna otra más, ardían también hogueras alimentadas con el saqueo hecho por la fiera en las moradas de otros tantos personajes _caídos_.
Llegué á la redacción de _El Clarín_ no sé cómo ni por dónde, puesto que el miedo de volver á contemplar espectáculos que tanto me repugnaban, me hacía caminar muy de prisa y casi con los ojos cerrados.
Encontré á todos mis compañeros reunidos, y llevaba la palabra Redondo, que había sido puesto en libertad por algunos revolucionarios que abrieron las puertas de la cárcel á todos los presos políticos en cuanto se inició el movimiento. Abrazóme gozoso, y le abracé de muy buena gana, y todos los de la casa me abrazaron después. Pero bien sabe Dios que á ninguno estreché contra mi corazón con tanta fuerza como á Matica. Ya se sabía allí mi aventura de la Puerta del Sol. ¡Cómo me la aplaudieron y con qué calor me la admiraron! Ya se ve: era yo de la casa, y mi _gloria_ se reflejaba en ella. Redondo se asombró de que, por miramientos _mal entendidos_, hubiera empleado yo la fuerza de mi prestigio á favor de un hombre como Valenzuela; y yo me asombré de que Redondo no se avergonzara de lo que estaba pasando en las calles de Madrid. Sin embargo, tenía buen cuidado, á pesar de su fanatismo revolucionario, de llamar _bandidos y enemigos pagados_ de la revolución, á los ejecutores de aquellas _justicias_. «¡Esos monstruos no son el pueblo!» decía, y decía muy bien; pero aceptaba los hechos en odio á los _ajusticiados_, como un ejemplo necesario. ¡Quién era el guapo que podía traer á la razón á un hombre capaz de tales acomodamientos de juicio!
Matica, que me apoyaba en la porfía, dijo terminándola:
--Por de pronto, esos vandálicos sucesos han dado ya su resultado natural y lógico. El Gobierno, en vista de su gravedad, ha sacado fuerzas de flaqueza; las tropas han recuperado el Principal, y en la calle de las Rejas ha habido muertos y heridos. La guerra, pues, está declarada entre el poder y el pueblo; y usted, señor Redondo, y usted, señor Sánchez, vuelven á vivir de contrabando, y quizás todos nosotros, lo cual no acontecía dos horas hace.
Yo, que no sabía una palabra de estas cosas, me quedé yerto.
--Pues ¿dónde ha estado usted, alma de Dios?--me preguntó Matica que, por lo acontecido en la Puerta del Sol y por el tiempo transcurrido desde entonces, me juzgaba más enterado de los sucesos.
--Poniendo en lugar seguro á la familia Valenzuela,--respondí secamente y sin dar otros pormenores.
Sentóle muy mal esta respuesta á Redondo, en quien el fanatismo de secta se sobreponía, en ocasiones, á los impulsos de su buen corazón; pero Matica elogió el hecho como el más digno y generoso remate de mi hazaña de la Puerta del Sol; y este elogio, por ser de quien era, me supo muy bien.
El resultado de la conversación que se siguió á las palabras de mi amigo, que tan triste impresión me causaron, fué el amargo convencimiento de que mi situación era mucho más grave que cuando me hallaba oculto en casa de don Serafín Balduque. Entonces sólo se trataba del autor de un escrito satírico; últimamente, era yo el caudillo aclamado por las turbas en el momento de empezar éstas á cometer las horribles fechorías que habían sacado de su inacción al débil y desalentado Gobierno. Si el paisanaje no triunfaba, vendrían, con la velocidad y el alcance del rayo, las duras represalias, las sangrientas venganzas, los tremendos castigos; y no habría cuartel ni miramientos ni caridad con los hombres señalados, como yo, por el ruido de una popularidad que en aquellos instantes era una infalible sentencia de afrentosa muerte en un patíbulo, ó detrás de las tapias de un cementerio. Esto acontecería tan pronto como el Gobierno alcanzara en Madrid la más pequeña ventaja sobre la revolución, y se extendiera la noticia del suceso por las provincias, donde ganaría con ello el necesario prestigio para acabar de afirmarse. Y, entre tanto, el paisanaje carecía en Madrid de una inteligente dirección que le organizase y le hiciera capaz, cuando menos, de oponer una seria resistencia al empuje de las tropas, embravecidas ya con el espectáculo de la sangre vertida en los primeros encuentros. Urgía, pues, organizar al pueblo, y ayudarle en su empresa con alma y vida. No entendía yo jota de lo primero, y Dios me es testigo del horror que me inspiraba la fratricida guerra de las calles; pero la resolución que me negaba mi falta de fe política, me la dió la necesidad con largas creces; y á lo segundo me brindé con ciega abnegación, jurando llegar en la contienda tan lejos como el más guapo.
Muchas veces me he preguntado después acá: ¿influiría algo en aquel arrebato mío, en momentos tan peligrosos, la excitación de Clara á que siguiera yo el camino de las aventuras de la revolución, seguro de llegar muy lejos si no me amedrentaba ni encogía? Lo que tomé por un recurso de la necesidad, ¿no pudo ser el fruto de la semilla arrojada en mi corazón por las palabras de aquella mujer, á quien no podía olvidar un momento desde que me había separado de ella?
De dudar es el caso; pero ello fué que, cinco horas después, á la madrugada del 19 de julio, me batía como un desesperado en la calle de Jacometrezo contra las avanzadas de Palacio; que rechazadas éstas por nosotros hasta la plaza de Santo Domingo, continuaba batiéndome allí, sin saber todavía por qué no me asustaban las balas que oía por primera vez; cómo resistía, sin desplomarme, los rayos del sol que caían sobre mi cabeza descubierta cual chorros de cristal fundido; cómo miraba sin espanto á los infelices que mordían el polvo á mi lado, y entregaban á Dios el alma entre borbotones de sangre y quejidos de agonía, ni qué espíritu diabólico se había apoderado de mí para hacerme ver en cada soldado un enemigo mortal de quien era preciso deshacerse con el plomo de mi certero fusil; que seguí tan tenaz en la encarnizada lucha, que se necesitó todo el prestigio popular que había ganado en Vicálvaro el coronel Garrigó, cayendo herido á la boca de los cañones del Gobierno, para que, viniendo de intercesor, cesara aquélla cerca del mediodía, sin lo cual, ¡Dios sabe lo que hubiera sido de mí!; que una hora después me hallaba disputando á la Guardia civil la Plaza Mayor, y que, tras una lucha bárbara por ambas partes, fuí uno de los doce locos que avanzamos á cuerpo descubierto por el boquete de la calle de Ciudad-Rodrigo hasta la verja de la estatua ecuestre del centro; dando con esta locura tal ejemplo á los demás, que hicimos retirarse á los soldados por la calle de Postas, y quedó la plaza por nosotros. Sobre regueros de sangre entramos en los desalojados soportales, y, sin embargo, yo hubiera sido capaz de celebrar el triunfo empapando mis labios en ella. ¡Tan embrutecido, tan borracho me tenían el tufillo de la pólvora y el ardor de la refriega!
Tan borracho, que sin dar descanso á mi cuerpo ni otro alimento que un pedazo de pan y dos sorbos de vino, por la tarde me batía contra el coronel Gándara en la calle de Atocha... Recuerdo el extraño efecto que, no obstante mi insana obcecación, me causó la vista de aquel hombre, de gallardo continente, con su hermosa barba negra, vestido de paisano, hasta con sombrero de copa, á caballo, al frente de algunos soldados, en medio de la calle, batiéndose contra un enemigo invisible que le hostilizaba por ventanas y buhardillas. Era gran amigo del personaje con las riquezas de cuya morada se había alimentado la hoguera de la Carrera de San Jerónimo. Presenció este injusto y bárbaro atropello; y tal como se hallaba, después de acudir al ministerio de la Guerra, montó á caballo. El impulso fué noble y generoso. Desde entonces, hasta que le vi en la calle de Atocha, no se había apeado; y sabía yo que al aventar á balazos por la mañana aquella hoguera después de haber aventado otra parecida en la calle de las Rejas, algo más que pavesas se habían llevado sus proyectiles por delante.
Pero no obstante el tributo rendido por mi imaginación novelesca á estos rasgos de paladín legendario, yo tiraba á matar cuando le tuve enfrente con los suyos, porque á matar venían ellos.
Los últimos tiros de este empeño resonaron pavorosamente en medio del silencio y la soledad de la noche; y mientras desfilaban las tropas de Gándara hacia la calle de Carretas, después de haber depositado algunos cadáveres de infelices soldados en las bóvedas de San Sebastián, yo, por otras calles, deslizábame en busca de mi casa para reponer un poco las quebrantadas fuerzas y dar á Clara un testimonio de que no había olvidado mi compromiso de velar por ella.
Estaban tiznadas mis manos, y había sangre en ellas, y sangre también y polvo en mis vestidos; y debía tener yo todo el aspecto de un bandolero, cuando aparecí delante de la familia Valenzuela, y sin cumplidos ni ceremonias, rendido por la fatiga y las emociones, me dejé caer en el sofá, con espanto de Pilita, asombro de Manolo y no sé si admiración de Clara, que en un buen rato no apartó de mí sus ojos fulgurantes. Huyendo de su invencible firmeza los míos, los fijé en el espejo que tenía enfrente; y entonces vi que mi cara no estaba más limpia ni mejor aliñada que el resto de mi cuerpo. Eramos Clara y yo, en aquel instante, tal para cual: yo un acabado modelo de matón de barricada, y ella la viva encarnación del genio inspirador de hazañas como las mías.
Referí, á sus instancias, todo lo que había visto y sabía, y lo que podía referirse de cuanto yo había hecho; infundí en Pilita, pues Clara no parecía preocuparse con ello, grandes esperanzas de que en breve acabaría su cárcel; y aunque nada me quedaba que hacer allí, y el cuerpo me reclamaba alimento y descanso, dejábame con gusto vencer de la fuerza fascinadora con que los ojos y las palabras de Clara me retenían á su lado.
Al otro día ¡nunca él amaneciera! era yo aclamado jefe de una barricada que en la calle de la Montera habíamos levantado muy temprano, bajo los fuegos incesantes de las tropas del Principal. Por una serie de casualidades que no hay para qué referir, Matica estaba á mi lado, tan sereno y mordaz enfrente del enemigo, como en el blando sillón del teatro ó en la banqueta del café. El aspecto que ofrecía Madrid en aquella mañana era verdaderamente aterrador. Ni una puerta abierta, ni un transeunte en las calles, ni otros ruidos que el de las descargas de fusilería acá y allá, y algún grito de los combatientes, cuando no el ¡ay! lastimero del moribundo. Un sol africano, abrasador, digna luz de tal cuadro, le iluminaba.
Pues en estas circunstancias, cuando el reló del Buen Suceso acababa de dar las once, apareció entre nosotros, deslizándose calle abajo, por la acera de San Luis, muy pegadito á las casas, el sempiterno cesante don Serafín Balduque. Movidos instantáneamente de un mismo impulso Matica y yo, nos lanzamos sobre él y le metimos en el portal contiguo á la barricada. ¡Le hubiera sopapeado entonces de buena gana por imprudente y mentecato!