Part 23
Cuando la enteré de que iban á comenzarse, «cuídame mucho», me escribió, «mi tocador Luis XV, mi mecedora japonesa, mi escritorio de ébano...». Y así iba, la condenada de ella, enumerándome los muebles y objetos de su uso particularísimo, como si se anticipara á satisfacer la ardiente curiosidad que yo sentí al entrar en la abandonada vivienda, ó supiera las extrañas impresiones que produce en un hombre enamorado la contemplación del aposento de la mujer amada, y se complaciera en obligarme á preguntar por el suyo, por si no se me había ocurrido á mí.
¡Con qué celo tan pegajoso y hasta impertinente cumplí su encargo! No me hartaba de resobar aquéllos tan varios como innumerables, lindos y _elocuentes_ trastos y cachivaches, en los cuales me era lícito poner las manos.
Solamente las mías se emplearon en acomodarlos en el gabinete de la nueva casa, elegido por Clara en presencia de un planito muy curioso que yo le tracé en una carta. No sé qué tal me porté en aquel empeño, pues á pesar de poner en él los cinco sentidos y tener en la memoria el orden de colocación anterior de las mismas cosas, todo era de temer en un hombre tan desmañado como yo; pero lo esencial era hacerlo al gusto de Clara; y lo que es eso, vive Dios que lo conseguí, con pruebas sobre el terreno.
Pues á pesar de todas éstas y otras minuciosidades íntimas, señal de la perfecta concordancia de nuestros amorosos ímpetus, nada la hablé del transcendental propósito formado por mí durante su ausencia; no porque me arrepintiera de haberle formado ni por temor de que no se aceptara, sino porque me complacía yo en saborear gota á gota todas las dulzuras de aquel trámite antes de pasar á otro nuevo.
En esto, me ofreció la fortuna otro testimonio de que no se cansaba de empujarme hacia arriba. El Ministro de la Gobernación, después de encarecerme mucho la necesidad de llevar al Congreso hombres notoriamente identificados con el nuevo orden de cosas; de prestigio revolucionario y mimados del aura popular, me brindó con un distrito, garantizándome el triunfo en él.
Confieso que me tentó mucho la oferta; pero no llegó á cegarme. Aunque tenía formado mi juicio sobre el caso, le consulté con Clara. Para ella vivía ya, con sus ojos miraba y con su entendimiento discurría, y nada podía ser de mi gusto si no se acomodaba rigorosamente al suyo.
En su opinión, la tribuna del Congreso era algo más seria que la de la plaza pública. Siendo yo diputado, estaba en la obligación, por mis antecedentes oratorios, de tomar parte muy activa en los debates políticos; y era muy probable que, por la extrañeza del lugar ó por la calidad y destreza de mis adversarios, y, sobre todo, por desconocimiento del asunto, hiciera allí un triste papel y me pisotearan los laureles ganados y la fama adquirida entre las turbas amotinadas, en los apasionados debates del _club_ y en los corrillos de las plazuelas. Más adelante, con algún conocimiento del teatro y mejor estudio del papel, era cuando debía yo aspirar al aplauso de que me hacían merecedor mis excepcionales dotes de tribuno.
Exactamente lo mismo que yo pensaba, y lo propio que me dijo Matica al otro día al saber de mi boca que no había querido aceptar la oferta del ministro. Verdad que se asombró de éste mi rasgo de cordura tan poco frecuente entre los castizos españoles, y, sobre todo, á mi edad y en circunstancias tan tentadoras como las que me rodeaban; pero más asombrado estaba yo, por conocer la fuerza del hechizo que á tan insólitas abnegaciones me conducía, sin amago de resistencia ni asomo de disgusto.
Estos tranquilos y sazonados testimonios del interés con que ligaba Clara su atención á todos mis asuntos personalísimos, me enloquecían mucho más que sus apasionados abandonos; y como nada me quedaba ya que saborear en el trámite de las protestas mutuas y de las confianzas íntimas en que vivimos durante un mes, aventuré la declaración de mi arraigado propósito transcendental, en los términos menos prosaicos y ramplones que pude, de manera que resultaran, más bien que comienzo en seco de un nuevo capítulo, tintas vagas, palabras decorativas del fin del anterior. La necesidad me hizo conocer entonces que con una mujer de tan buen gusto como aquélla, aun ofreciéndola lo mismo que desea, puede perderse todo lo ganado en su estimación. Cuestión de estilo y de oportunidad. Á mí me salió tal cual la oferta.
No le dió la menor importancia; como no se le da á lo que se espera y se ve llegar á su debido tiempo. Así es que, para ella, este punto de nuestro amoroso empeño parecía un punto secundario: le trató con la mayor frescura.
--No hay que pensar en eso por ahora,--me dijo al último.
Y tras esto, me expuso las mismas razones que yo tuve, cuando se me metió entre los cascos el propósito, para aplazar su ejecución hasta más allá de mis deseos; y aun me añadió otras de puro respeto á la excepcional y medio luctuosa situación de su familia, que me parecieron muy cuerdas y atendibles. Por conclusión me dijo:
--Ó estas cosas políticas se encarrilan pronto, ó se van por la posta. De cualquier modo, el juicio, si no el cansancio, ha de imponerse á las malas pasiones; hará el olvido lo que no haga la justicia con los ausentes; y si éstos no vuelven todavía, para entonces habrá llegado la primavera, que es la estación de las flores, de los pájaros... y de los _nidos_.
Cómo pronunció esta palabra su boca y qué acento la dieron sus ojos, el demonio que lo pinte: yo me declaro incapaz de ello, no obstante la exactitud con que guardo en la memoria la eléctrica impresión que me produjo aquel conjunto diabólico de sonidos, de fulgores y de malicia. La eternidad me parecieron entonces los pocos meses que me separaban de aquella primavera africana, de tal modo prometida.
Al otro día escribí á mi padre, sometiendo á su parecer el punto, en abstracto, de mi _posible_ casamiento.
«Es el estado perfecto del hombre--me respondió á vuelta de correo,--al decir no sé si del Espíritu Santo ó de un Padre de la Iglesia; pero el dicho es de autoridad competente, y el hecho de notoria necesidad, así por la ley de Dios como por la de la Naturaleza.--Pláceme verte llevar los pensamientos por tan buen camino. Hombre eres ya dueño de ti mismo; á nadie sino á Dios debes lo que vales y lo que posees, puesto que hasta con réditos has devuelto á tus hermanos (y era la pura verdad) las sumas del vil metal que te anticiparon para emprender la carrera. En cuanto á mí, sin contar las prodigalidades de la misma especie con que á menudo me agasajas, aún me debes mucho menos; pues, siendo tu padre, tus prosperidades son las mías, tus virtudes refluyen sobre mí, y tus glorias resplandecen en mis honradas canas.
»Pero ¿tienes, por ventura, elección hecha ya? Porque asunto es ese que me tocas, que no suele ventilarse sino cuando el corazón se halla interesado en él. Ese es, hijo mío, el punto más delicado de la cuestión: el acierto en la elección de compañera. Háblame de esto».
Y le hablé largo y tendido, porque hablar de _ella_ y con _ella_, y pensar en _ella_, era mi incesante entretenimiento; y por lo mismo que él la había conocido descarnada y enfermiza, gasté un plieguecillo entero en pintársela tal como se había vuelto, y cerca de otros dos en ponderarle sus talentos y virtudes.
Contaba yo con que le había de alegrar la noticia, porque sabía hasta qué punto le tenía sorbido el seso la pomposidad de Valenzuela; pero con saberlo tanto, no pude imaginarme el grado de exaltación á que llegó su alegría al averiguar que estaba á pique de ser consuegro de tal hombre. Se conocía por lo irregular de la letra, de ordinario limpia y correcta, como la mejor bastarda de su tiempo, que le había temblado la mano al escribirme cuatro caras en folio, de ardorosos plácemes y de fervientes aleluyas, con maliciosas insinuaciones enderezadas á la probable quemazón de los Garcías. Por conclusión me preguntaba:
--«¿Y qué dice de esto mi buen amigo y, por la gracia de Dios y de tus altos merecimientos, mucho más que amigo dentro de poco, el excelente caballero don Augusto?».
La verdad es que ni siquiera había pensado en preguntárselo. Era asunto de la exclusiva dirección de Clara, y á su cargo corría el cumplimiento de todos esos preliminares íntimos. Yo, hasta entonces, no era _oficialmente_ en la familia más que un amigo de la mayor confianza. De las _cosas_ de Pilita y de las miradas de la duquesa, deducía yo que ambas estaban en el secreto de mis intenciones; y estándolo ellas, lo estaría también Valenzuela; pero como el parecer de estas gentes me tenía sin cuidado, mientras el de Clara se conformase al mío, ateníame á él sin pensar en otra cosa ni dárseme una higa por toda la casta de los restantes Valenzuelas.
Andando los días, y ya muy cerca de los últimos del invierno; regularizada la marcha de la cosa política; fríos los rencores populares, y cuando la familia Valenzuela, tras unos meses de recogimiento y de vida modesta y sosegada, salía á la calle á pie sin excitar la curiosidad sospechosa de las gentes que la conocían; cuando, merced á esta conducta prudente y á ciertas voces que yo había sabido propagar á tiempo, comenzaba el público impresionable á convencerse de que la fama había calumniado en más de la mitad de sus vociferaciones al fugitivo manchego, y se trocaban las maldiciones al padre en muestras de compasión á su familia, me dijo Clara:
--Ahora es la ocasión de hacer _eso_.
_Eso_ era, según lo tratado en otras conversaciones, llenar el requisito, _pro fórmula_, de pedir _oficialmente_ su mano.
Aquel mismo día escribí con la mía temblorosa, no por el miedo á una repulsa contra lo que estaba bien garantido, sino por lo que el acto me aproximaba á la _primavera_, una carta al desterrado personaje, con todas las finezas, declaraciones y salvedades de rigorosa necesidad en trances de tal naturaleza. Vestíme en seguida con algún esmero mayor que el de costumbre; y depositando con mi propia mano la carta en el correo, fuíme á ver solemnemente á Pilita.
Cumplí como un bravo mi cometido, y me asombré como nunca de la insubstancialidad de aquella mujer, que ni siquiera supo disimular la poca gracia que le hacía el ingreso de un hombre de tan poca _sociedad_ como yo, en una familia tan coruscante como la suya. Así traduje sus gestos empalagosos, y los cuatro siseos y la media docena escasa de monosílabos con que respondió, con la cabeza entornada y los ojos fruncidos, á mi demanda cortés. Llamó á Clara; enteróla solemnemente de mis pretensiones, como si las dos no las conocieran tan bien como yo; y á pique nos vimos todos, por la simplicidad de la madre y el malicioso mirar de la hija al encararse conmigo, de que tocara en lo bufo aquella singular escena dirigida por la cómica gravedad de Pilita.
La contestación de Valenzuela llegó á vuelta de correo. ¡Tenía que ver! De todo me hablaba en ella: de la revolución; de sus injusticias con los hombres necesarios, íntegros y abnegados como él; del día no lejano de las grandes reparaciones; del «pan del ostracismo»; de la nostalgia de la patria querida y de la familia adorada; de la política de Espartero y del abrazo de O'Donnell...
Al fin respondía á mi instancia, otorgándome el solicitado consentimiento, ya que en ello se cifraba la felicidad de su hija; rogábame que continuara yo siendo el amparo de _toda_ su familia mientras él se viera obligado, por la maldad de los hombres, á gemir, _pobre_ y calumniado, en lejana tierra extranjera; y para compartir conmigo el peso de la carga que echaba sobre mis hombros, anticipábame gustosísimo... su paternal bendición.
Con esto quedó definitivamente rematado el asunto aquella misma noche, y acordada la boda para los primeros días de mayo; pero sin ruido ni ostentación, en la intimidad del hogar, como si nada extraordinario aconteciera. Ni aconsejada por mí hubiera la necesidad dispuesto estas cosas más al gusto de mis deseos.
Y para que todo anduviera á la medida de ellos en tan venturosos instantes, al otro día votaron las Cortes una pensión á la huérfana de don Serafín Balduque, «veterano servidor de la patria, perseguido durante su larga carrera por los rencores y las injusticias de los tiranos, y muerto heroicamente en lo alto de una barricada, proclamando á gritos la santa causa de la libertad y de la justicia». Este fué el tema, suministrado por mí, de acuerdo con el ministro, del discurso con que ganó el pleito el diputado de mejores pulmones que hallamos en la mayoría. Así es que se votó la proposición de ley sin el más leve tropiezo.
Aquel mismo día era el elegido por mí para dar, en confianza, parte de mi casamiento á los amigos de mi mayor intimidad. Pensaba comenzar por Carmen. ¡Qué ocasión tan oportuna para llevarle la noticia del acuerdo tomado por las Cortes! ¡Dos alegrías á un tiempo para la pobrecita! Bien las necesitaba; pues aunque ya se sonreía algunas veces hablando conmigo, señal era, más que de estar libre de la carga de pesadumbres, de irse acostumbrando á ella. Fuíme á su casa.
Temiendo que se malograra el intento de la pensión, nunca la había dicho una palabra acerca de ella. La noticia, pues, tenía que causarle una gratísima sorpresa. Gozándome yo en considerarlo, díjele por entrar:
--Hoy es día de grandes acontecimientos, Carmen.
Y en seguida la hablé del que más la interesaba. No me habían engañado mis presunciones: la noticia le produjo una verdadera alegría; yo la sentí mayor al observarlo. Quica, que se hallaba presente, la abrazó, haciendo pucheros y sorbiendo lágrimas. Después me preguntó Carmen:
--Y ¿por qué el Congreso se ha acordado de mí?
--Porque... porque Dios lo ha querido,--respondí yo.
--Cierto--me replicó ella;--pero de alguien se habrá valido acá abajo...
--Se supone; pero ¿qué más da eso?
--¡Mucho!--me contestó resuelta; y añadió, mirándome con una valentía inusitada en ella:--¿Por qué he de privarme del gusto de saber que es usted quien me ha hecho tan grande beneficio?
--Porque no es eso enteramente la verdad--repuse.--Cierto que yo recomendé el asunto al diputado que le trató en las Cortes, y que antes obtuve el beneplácito del ministro, y que... Pero, al fin y al cabo, ese recurso fué uno entre los muchos propuestos por varios amigos míos y de usted, animados de las mismas intenciones que yo. Luego no es á mí sólo á quien tiene usted que agradecer esa verdadera reparación de agravios debida por el Estado á un servidor tan antiguo, benemérito y mal recompensado como el pobre don Serafín.
Como observé que la entretenía mucho hablar de estas cosas, seguí la conversación hasta agotar la materia. Entonces, contando con que iba á procurarle una nueva satisfacción,
--Vaya--le dije,--la segunda noticia del día.
Y en seguida la di, en crudo, la de mi casamiento. Le causó el mismo efecto que el estallido inesperado de una bomba: un sacudimiento convulsivo de pies á cabeza; palidez repentina del semblante; la vista, entre asombrada y de espanto. Entendí que la acometía algún acceso mortal, y miré á Quica alarmado. Estaba peor que su ama: boca, narices, ojos... todas y cada una de las partes de su cara se habían inflado de repente, y se movían, y se juntaban, y volvían á separarse, contraíanse y se alzaban, como vejiga á medio henchir entre manos infantiles; hasta que, al empuje de dos sollozos histéricos, brotaron arroyos de los ojuelos fruncidos, y fué un charco de lágrimas toda la faz.
Para impresión de alegría, me pareció demasiado todo aquello. Volví á mirar á Carmen, y ya la hallé más serena.
--Esa boba--me dijo, con voz insegura,--todo lo convierte en llanto: el mismo efecto le causa lo alegre que lo triste.
Á pique estuve de decirla: «no, pues en usted tampoco varían gran cosa esas señales». Y como á las rarezas de Quica se agarró con notoria terquedad para tema de nuestra escasa conversación, y ni siquiera se le ocurrió preguntarme con quién me casaba, no traté de volver el diálogo hacia ese lado; y me despedí bien pronto, un poquillo resentido de que con tal indiferencia se recibiera en aquella casa la noticia de un acontecimiento que tanto me interesaba á mí.
La tal noticia estaba de malas aquel día. Después de dársela á Carmen, se la di á Matica; y también se quedó hecho una estatua al saber con quién me casaba. Cierto que para explicar la sorpresa y el pasmo de este amigo existía el antecedente de los horrores que me había contado de toda la casta de mi novia; pero así y todo, para un hombre de las malicias, del talento y de los recursos de Matica, aun en trances más apurados que el en que yo le puse con la noticia, era demasiado pasmo el suyo.
--¡Ah! si conocieras á Clara más de cerca, ¡de qué diverso modo procederías!--pensaba yo caminando hacia su casa.
Y con esto me tranquilizaba.
Con Redondo, en cuyo periódico escribía yo artículos de política muy á menudo, reñí de veras; porque su odio de sectario á los enemigos de la libertad, y en especial á Valenzuela, se extendía implacable hasta más allá de la cuarta generación de los odiados y de cuanto les perteneciera. Me dijo muchas barbaridades en respuesta á la noticia que le di _en confianza_.
El ministro se hizo cruces; pero éste, lo mismo que los amigos á quienes fuí dando _en secreto_ la noticia, hallaban la justificación del caso en los novelescos sucesos de marras, bien conocidos en Madrid, y en la afamada, excepcional belleza de la heroína.
Á este solo dato se agarraron los estudiantes mis paisanos (con quienes no vivía yo desde que era alto funcionario de la nación) para colmarme de enhorabuenas. Uno de ellos la conocía de vista, y se la dió en el acto á conocer á los demás en un retrato que les hizo en cuatro frases _al fuego_ y media docena de expresivos trazos en el aire, con las dos manos á la vez. Todos se declararon _polacos_ de la hija de Valenzuela. Esto ocurría de sobremesa, y hasta la patrona se llegó á brindar por su hermosa pupila. Pagaba yo el agasajo, y duró el jolgorio largas horas. Un teólogo recién llegado del seminario de Toledo, donde estudiaba (hoy ejemplar sacerdote y elocuentísimo orador sagrado), al son de la bandurria, que tañía admirablemente, improvisó unas _aleluyas epitalámicas_, en montañés _callealtero_, que fueron el más sabroso y regocijado remate que podía darse á una fiesta como aquélla. Juráronme todos guardar _el secreto_ de la noticia; y _chacun par son côté_, como dijo uno de los presentes, al separarnos, y lo dice todavía en casos parecidos; mozo entonces aspirante á boticario en una farmacia de la calle del Príncipe; dirimidor más tarde de pleitos internacionales en Marruecos; hoy casi viejo notario de la villa cercana, y padre venturoso de no sé cuántos «lactantes».
Á pocos más que á éstos y á aquellos amigos y compañeros confié el secreto de mis acordadas bodas. Con las mismas _precauciones_ las había anunciado mi padre en la Montaña. Escribíame el santo varón lamentándose de no poder asistir personalmente á ellas, por lo avanzado de su edad y lo penoso del camino; y yo, que no se lo había propuesto, no por olvido ni por falta de ganas de verle á mi lado, sino por muy fundados recelos de otra especie, sospechaba que me lo decía por tirarme de la lengua. Busqué con discreción el parecer de Clara, y conocí, por los síntomas, que era opuesto al mío. Me causó honda pena el descubrimiento. Cierto que tampoco su padre asistiría y que el acto había de celebrarse con la mayor reserva posible; pero yo no hablaba de Valenzuela con su hija con el despego y la frialdad que Clara al mencionar entre dientes al pobre hidalgo que se desvivía por ella. «Cuestión de temperamento; resabios de la corte»,--decíame á mí propio.
Y así daba á las cosas que no me agradaban de pronto (y que no dejaban de abundar en aquella casa), el aspecto que más convenía á la ceguedad de mi pasión.
Entre tanto, los días iban pasando, y yo contemplaba, mudo y electrizado, cómo en el gabinete más espacioso de la casa se renovaba todo su contenido, y se entretejían y barajaban muebles y cachivaches que yo llamaría, si se me permitiera, _masculinos_ y _femeninos_, con algún otro, más importante, del género _común de dos_; pasaba diaria revista á los regalos que hacían á Clara sus amigos y los míos; le enseñaba los recibidos por mí, que no eran muchos, y nos regalábamos mutuamente tal cual alhaja y muchas miradas y muchas promesas, cada cual en su estilo: yo siempre verboso y apasionado; ella serena y fría, pero dando las lumbres á tiempo como los pedernales...
Y así fué acabándose abril muy poco á poco; y empezó mayo con sus flores y sus pájaros... y sus _nidos_. Y un día me dijo Clara:
--Éste es el _nuestro_,--mostrándome hasta el fondo del recién preparado gabinete, verdadero nido de amores, entre bóvedas de misterioso ramaje.
Y aquella misma noche troqué por el dulce calor de sus blandos algodones, las yermas soledades y el frío de mis playas de soltero.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIX
* * * * *
Entre otras mil razones, porque el destino que desempeño aquí le tengo á la puerta de casa, como quien dice; es cómodo, sin responsabilidad alguna para mí...
--También es obscuro.
--Otra razón más en su favor: nadie repara en él, ni en mí, ni en ustedes...
--¡Sí, á fuerza de escondernos, de encerrarnos, como si hubiéramos robado la tienda de la esquina!... ¡Hijo, que también se cansa una de tan largo cautiverio, y desea aire libre y movimiento... y sociedad!
--Pues á ese recogimiento deben ustedes la tranquilidad con que viven á estas horas. Déjenle de repente, y aparezca mi mujer en primera fila ostentando los relumbrones del cargo de su marido, y se excitará la curiosidad pública; y unos dirán que blanco, y otros que negro; y lo olvidado reaparecerá...
--¡En provincias?... ¡Inocente!
--En provincias, señora, se toman esas cosas más por lo serio que en Madrid... Además, yo no entiendo jota del papel que entonces me correspondería desempeñar; me falta la experiencia; soy un recién llegado al campo de la política... y luego es oficio caro: exige una ostentación que no cabe en el sueldo que dan por ejercerle...
--¡Hijo! ¿También eres de los que suman y restan los dineros?
--Señora, yo no sé que los dineros tengan la propiedad de estirarse á capricho de la necesidad; y no teniéndola, no conozco otro modo de vivir sin trampas y con sosiego.
--¡Bah! déjate de boberías y de ranciedades de antaño, y aprovecha esa ocasión de dar á tu mujer el brillo que merece. «¡La señora del gobernador civil de una provincia de primer orden!» Compárame esto con «la mujer de un empleado del ministerio de la Gobernación»; y si no salta á tus ojos la diferencia, te digo que no tienes sangre.
--Pues precisamente porque la tengo y veo esa diferencia, pienso como pienso.
--¡Y dígote! Una capital de puerto de mar; y el verano asomando, ¡con unos calores que nos matarán en este Madrid de fuego! Hasta por la salud, hombre, hasta por la salud nos conviene ese cambio de destino.