Chapter 20 of 29 · 3805 words · ~19 min read

Part 20

--¡Qué demonio le inspiró á usted la idea de venir á este estrelladero de balas?--le dije, casi pegándole.

--Déjeme usted hablar--me respondió sentándose en el primer peldaño de la escalera, y limpiándose el sudor de la calva con el pañuelo.--Déjeme hablar, que hablando se entiende la gente... Ayer no salí en todo el día de casa; y usted, que había quedado en volver, no pareció por ella. Como se anduvo á tiros todo el día y parte de la noche anterior, y usted estaba tan metido en los belenes revolucionarios, temimos que le hubiera sucedido algo... y no así como quiera, sino que á mí me aplanó la murria por entero; Carmen no probó bocado en todo el santo día, y Quica no cesó de mojar la pestaña. Con estos temores y el escozor de saber algo de lo que había pasado en Madrid, esta mañana, al ver que parecía la villa una balsa de aceite, aventuréme á asomar las narices á la calle con ánimo de ir explorando el terreno poco á poco y hasta donde se pudiera. Carmen no quería; Quica, que es más curiosa, me animaba; y como yo tengo más agallas de lo que parece, y de un tiempo acá, como sabe usted muy bien, tanto me da pepinos como calabazas, entre si salgo ó no salgo... salí. Por aquella parte no se movía una mosca... salvo unos tiritos que sonaban hacia la calle de Toledo; seguí andando, y tampoco; y andando, andando, aunque veía en esta calle y en la otra gentes muy afanadas en levantar adoquines, llegué sin tropiezo ni rodeo de importancia hasta la de Atocha... ¡No miento si aseguro que tiene encima una alfombra de cascotes de más de medio pie de espesor! Contemplando esto y las marcas de las balas en la fuente de la plaza de Antón Martín, me pasé un rato. Un transeunte de regular catadura me explicó lo que había sucedido allí... y también me aconsejó que no me detuviera mucho á la intemperie. Supuse que no lo diría solamente por el calor que hace; pero aunque también había por aquellas alturas mucho revoltijo de adoquines, noté que se podía ganar un poquito de camino más hacia adentro. «¡Pues vamos allá, qué calabaza»! me dije, «y veamos lo que pasa»; y entré por la calle del León, y seguí después la del Prado arriba, donde ya la cosa se iba formalizando y era el tránsito un poco más difícil. Pero pasé; y ya, puesto en la calle del Príncipe, dije: «vamos hasta la del Caballero de Gracia, y allí preguntaré por ese hombre en su misma posada». Costóme gran trabajo, y en más de un riesgo me vi, porque en tiempos de revolución no son confites todo lo que anda por el aire, ni todos los caminos están como la palma de la mano, ni todos los hombres tienen el don de gentes ni la más esmerada educación; pero llegué, y ¡calabaza! estaba el portal cerrado... como todos los que iba dejando atrás. «Pues no retrocedo», me dije, «porque á estas horas estarán tapadas todas las salidas, al paso que iban las barricadas y las cosas cuando yo las vi... Pues vamos por la Red de San Luis...». Verdad que estaba oyendo yo rato hacía tiros hacia la Puerta del Sol; pero también habían sonado algunos hacia la Cibeles... y yo por algún lado había de salir, ¡calabaza!... Y fuíme á lo desconocido, por si acaso era mejor que lo otro, que no era bueno, puesto que á poco me santiguan con un balazo al atravesar la calle de Alcalá. Ya en la Red, y obstruidas por barricadas las calles que en ella desembocan, tomé una carrerita en busca de la plazuela del Carmen... Pero cata que, mirando hacia esta barricada, los distingo á ustedes; y ¡calabaza! ¿qué había de hacer sino llegarme á darles un abrazo y pedirles un refugio?...

--¡Á buena parte ha venido usted á buscarle!--exclamó Matica, medio en serio y medio en broma.--¿Usted sabe que aquí no pasa un cuarto de hora sin que lluevan las balas á docenas?

--De manera--dijo don Serafín,--que como no me han dado á escoger...

--Debiera usted--añadí yo hondamente disgustado,--no haber hecho la locura de salir de su casa; y ya que salió, haberse vuelto á ella cuando pudo hacerlo. Usted no es un muchacho en quien puedan disculparse las calaveradas de esta especie... Tiene usted una hija...

--Mire usted, señor don Pedro--me respondió Balduque interrumpiéndome con muy mal gesto,--todo lo que puede sonar en esa cuerda, me lo estoy oyendo yo sin cesar... ¡Ojalá no sonara tanto! Ahora estamos aquí tratando de otra cosa muy distinta.

--Pero hay que pensar en todo... ¿Sabe usted cuándo acabará esto, y cómo acabará... y cómo acabaremos nosotros, y los que con nosotros se hallan en esta ratonera?...

--Si me echara yo á pensar todas esas cosas... y si no cavilara tanto en otras muchas, seguro que no me hallara aquí en este momento...

Cuando así hablaba don Serafín, oyéronse los tiros que volvían á cruzarse entre el Principal y la barricada. Salí á ella, recomendando mucho á Balduque que no se moviera de allí. Muy poco después volvía al portal con un hombre que acababa de recibir una herida en un brazo. Teníamos allí á prevención algunas hilas, aglutinantes, etc... y en el entresuelo de la misma casa catres y colchones para lances más graves. El herido arrimó el fusil á la pared; sentóse, y llegó Matica, que aseguraba recordar algo de lo que había oído explicar en San Carlos; y reconociendo la lesión, dijo que se curaba con dos cuartos de ungüento.

Mientras esto sucedía, Balduque, con el sombrero en la coronilla; las manos tan pronto en los bolsillos del pantalón como rascando la cabeza ó sobando los bigotes á contrapelo; los ojos errabundos, y moviéndose todo de un lado para otro, revelaba hallarse bajo el imperio de una excitación nerviosa que me alarmaba. Encargué mucho al herido que cuidara de él mientras yo volvía; y salí de nuevo á la barricada, porque el fuego no cesaba un punto... Por salir cayó en mis brazos un combatiente, con un balazo en el pecho. Ayudóme otro hombre á sostenerle, y entre los dos le condujimos hasta el entresuelo.

--Esto es más grave--dije á Matica al llegar al portal; y á don Serafín porque no se quedara solo:--Suba usted también para ayudarnos en lo que pueda.

Y subió con los demás, y nos ayudó á descubrir la herida, que parecía cosa muy seria. Temblábanle las manos al cesante y hablaba sólo palabras incoherentes. La triste obra en que todos estábamos empeñados, llegó á ocupar toda mi atención. De pronto noté la falta de Balduque en el grupo que componíamos los demás alrededor del nuevo herido. Alcé la cabeza, y tampoco estaba en el entresuelo; corrí á la escalera, y vi con espanto que, con un fusil entre las manos, se lanzaba del portal á la calle.

Bajé de dos brincos, y salí tras él, en medio del tiroteo que no cesaba.

--¿Adonde va usted, desdichado?--gritéle.

--¡Á ganar con mis puños lo que se me debe en justicia!... ¡Á enviar al Gobierno con una bala el memorial de mis agravios!...

Y esto lo voceaba encaramándose ya en lo alto del parapeto, echándose á la cara el fusil, ¡que ni siquiera estaba cargado!

--¡Viva la justicia!--gritó allí como un desesperado.

Y un instante después, ¡aciago instante! cuando tocaba yo los faldones de su levita con mis manos, se desplomaba entre ellas con la inerte pesadez de un moribundo.

En presencia de aquella tremenda desgracia, sin valor para resistir el vocerío de los pensamientos que diabólicamente eslabonados me asaltaron la cabeza, desde el fondo de mi corazón pedí al cielo otra bala para mí; pero no hubo una, entre tantas como silbaban á mi lado, que anidar quisiera en un pecho tan lleno de pesadumbre.

Todos cuantos recursos terapéuticos nos había proporcionado la previsión de Matica, que no eran muchos, se emplearon inmediatamente en el empeño de volver á la vida á aquel pobre hombre que parecía un cadáver. Hasta se puso de nuestro lado, ¡bien tarde ya! la feliz casualidad de haberse suspendido en aquel instante las hostilidades entre el paisanaje y las tropas, quitándonos con ello el único cuidado que pudiera separarnos del moribundo.

--No se cansen ustedes--nos dijo éste, con voz apenas perceptible, vidriosa la mirada, lívido el semblante, jadeante el pecho y ensangrentada la boca:--tengo la muerte allá dentro... y hará su oficio muy pronto... Yo la busqué con una locura... hija de muchos pensamientos ¡muy tristes! ¡muy negros!... Sé que debí vencerlos, porque hombres hay más desgraciados que yo, y no los tienen; pero no pude... No es culpa mía... y por eso me absolverá la misericordia de Dios, cuando á su tribunal me acerque... ¡Hija mía!... ¡Ésta sí que es pena sin consuelo para mí!... ¡Sola!... ¡sola en este mundo sin justicia!... Y sola, porque yo no pensé bastante en ello... al arriesgar hoy mi vida entre las balas... con el deseo de ganar á tiros lo que se me debe en buena ley... Esto no sé si me lo perdonará Dios, aunque disculpa y razón tiene en las flaquezas humanas... Usted que la conoce... mi buen amigo, no la desampare de todo... Y usted, señor Mata, haga por conocerla... ¡Verá usted cómo la juzga digna de su amparo!... ¡Que tenga siquiera una sombra!... algo á que arrimarse para llorar, más que la triste Quica... ¡pobre Quica! ¡Desventurada Carmen!... ¡Dios mío!...

Tomóle aquí un desmayo... y no volvió de él. ¡Me pareció un sueño aquel tan inesperado, tan rápido y tan tremendo infortunio! Maldije otra vez á la revolución, y me maldije á mí mismo, y maldije la brutal empresa en que yo estaba empeñado desde la víspera; causa quizá de la muerte de aquel desdichado, del desamparo de la pobre huérfana y de las acerbas lágrimas que vertería en su dolor sin consuelo...

El mismo Matica, tan frío y sereno de ordinario, permanecía pálido y mudo delante de aquel cadáver...

* * * * * * *

Apenas me di cuenta de los restantes sucesos del día, no obstante la activa parte que tomé en ellos por razón del cargo que desempeñaba allí. Sé que la suspensión de hostilidades lograda por negociaciones entre el Gobierno y una Junta de armamento y defensa, formada aquella misma madrugada por hombres notables del partido progresista, bajo la presidencia del general San Miguel, duró sólo algunas horas; que á media tarde se reprodujo con mayor saña la refriega en todos los barrios de la villa; que me batí de nuevo hasta el anochecer; y que entonces, nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra San Miguel, hizo saber éste, _urbi et orbi_, que había sido llamado Espartero para formar ministerio y arreglar la cosa política tal cual se quería en el Manifiesto de los generales pronunciados; con lo cual abrazáronse tropas y paisanos, y, con gran regocijo de todos, acabóse aquella bárbara matanza; pero quedando el pueblo armado en sus barricadas, «por si acaso...». Lleváronse los heridos á los hospitales de sangre, y los muertos al campo santo. ¡Pobre Balduque! Si se supo en qué lugar del mundo reposaban tus honrados huesos, á mi previsión fué debido, al celo de Matica y á la fidelidad de dos hombres que no se separaron de tu cadáver hasta dejar señalada con una cruz la tierra que le cubrió.

No pude hacer más por ti en aquel instante.

Para lo que hubo que hacer tan pronto como fué posible el tránsito por las calles, no hallé fuerzas en mi espíritu. Matica, que le tenía más sereno y no estaba ligado á la pobre huérfana por los afectuosos vínculos que yo, se aventuró, en obsequio mío, á darle la noticia del mejor modo que pudo... Nunca quise oir á mi amigo el relato de aquella dolorosa entrevista. No sé aún lo que pasó en ella, aunque sé que fué terrible.

Cuando, al otro día, acudí yo á ver á Carmen, las fuentes de su corazón se habían secado. No quiso que la hablara una palabra del suceso. Pálida, recogida en su dolor, muerta en su rostro la sonrisa, estaba como tanteando los bríos de su alma para afrontar con ellos los azares en la triste soledad de su vida.

[Ilustración]

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XXVI

Pero si las propias amarguras se dulcifican con las drogas de la providente necesidad, y los dolores más vivos del alma se mitigan y hasta se borran con el roce de los tiempos en su marcha fatal é inalterable, ¿qué mucho que las tristezas engendradas por ajenos males se desvanezcan con los vientos de la imaginación y las locuras de la vanidad?

No olvidaba yo un punto á la desvalida huérfana de Balduque, ni se apartaba de mi memoria la trágica é inopinada muerte de este pobre hombre; pero no me creía tan obligado á llorarla como en el portal de la calle de la Montera, cuando, por ejemplo, Clara, después de devorar los relatos que la prensa hacía de los sangrientos lances, tan pronto como se le permitió hablar de ellos á su gusto, relatos henchidos de mi nombre y de mis proezas, me decía arrugando el periódico sobre su falda y volviendo hacia mí sus negros ojos:

--¡Hubiera yo querido ver eso!

Y yo, al oirlo, ¡Dios me lo perdone! hubiérame arriesgado á repetirlo, por solo el gusto de que lo viera.

Pilita, mujer fútil, alma insubstancial, sin otra aspiración ni otro anhelo que ser un figurón decorativo del _gran mundo_, y encerrarse en su tocador atestado de pringues y menjurges, no podía resistir la vida en aquella humilde posada, ni aun considerando el por qué de estar en ella.

Pasábase el día entre bostezos, suspiros y pueriles impaciencias, insensible, extraña á todo, menos á su antojo de volver á su casa, que, por un milagro de Dios, se había librado del saqueo á que estuvo sentenciada. Ni cogía un libro ni una labor entre las manos, para hacer más llevaderas las horas; oía bostezando el relato de los más terribles sucesos de las recientes jornadas; y por no pensar en nada, ni siquiera pensaba en el aún dudoso paradero de su marido.

--Pero si todo esto ha concluido ya--me dijo un día, medio escondida detrás de su abanico,--¿por qué no nos volvemos á nuestra querida casa?

--Porque no es tiempo todavía, señora--respondí;--deje usted que llegue Espartero, y entonces nos iremos.

--Y ¿qué tengo yo con ese buen hombre?

No podía meter en la cabeza de Pilita una idea tan trivial como la relación que había entre su seguridad personal y la llegada de Espartero á Madrid.

Más atrás dije que al cesar por completo las hostilidades entre la tropa y el pueblo armado, éste se quedó arma al brazo en las calles «por si acaso»; es decir, en garantía del cumplimiento de la oferta, hecha por el trono, de que vendría el famoso general, á la sazón en Zaragoza. Por de pronto, se convocó al Ayuntamiento y á la Diputación disueltos en 1843; y estas liberales corporaciones, apenas reunidas, y la Junta de armamento, que, _auctoritate qua fungor_, se despachaba en todo con humos de gobierno provisional, comenzaron á funcionar en sus respectivas esferas.

Tratóse de organizar la Milicia ciudadana, y fuimos declarados milicianos _natos_ cuantos estábamos en las barricadas. Como jefe de una de ellas, tenía yo un par de galones como dos soles en cada bocamanga; y con éstos y mis proezas, sabidas de memoria hasta por los chicuelos, dióseme el mismo grado en un batallón; es decir, que se me aclamó comandante de él. Asignáronse, al mismo tiempo, cinco reales diarios á cada sirviente de barricada, contando con que había en ellas mucho pobre, y con que la cosa podía durar; y hete aquí que cada vecino se dió á construir su barricadita particular á la puerta de la casa, y á colocar en ella al hijo, y al amigo, y al aficionado, con sus fusiles de verdad y su trompetita correspondiente, y hasta con su letrerito indispensable en lo más alto, de: _Pena de muerte al ladrón_; con lo cual Madrid, en un par de días, fué una verdadera red de barricadas, cuya malla más grande apenas dejaba el espacio necesario para pasearse el centinela, arma al brazo; conversar en pintorescos grupos los demás héroes de servicio, y comer el rancho marcial _coram pópulo_... ¡Toma! y que fueron estos intrusos los primeros en lucir el chambergo gris con cinta verde, y la blusa y los calzones de dril; prendas que se adoptaron, con mediana suerte, como distintivo de héroe de barricada; y los que discurrieron adornarlas con arcos de fresco ramaje, inscripciones épicas y retratos de generales y otros hombres del partido revolucionario, tan pronto como el vecindario dió en recorrer las calles, como un inmenso hormiguero, por los portillos abiertos en las aceras. Y como en estas exhibiciones se ponían muy huecos y marciales, llevábanse la admiración y el respeto de las gentes, mientras el puñado de bolonios que habíamos cargado con la farda en los tres días de balazos, tal vez pasábamos allí por patrioteros del día siguiente.

Entre tanto, Espartero no llegaba, y nadie sabía decirnos por qué; y entre el escrúpulo de Gobierno que teníamos, la Junta y el Ayuntamiento, reinaba la más encantadora discordancia de pareceres; de esta discordancia nacían la debilidad y el desprestigio de los discordes; y las barricadas, llenas de gentes de todas procedencias y de toda clase de aspiraciones, hacían lo que les daba la gana. En los barrios del Sur, donde imperaban los _Miguelones_ y los _Puchetas_, se fusilaba al _sursumcorda_ sin formación de proceso.

Así murió el famoso don Francisco Chico. Un día se presentó la turba multa en su casa; le arrancó de la cama en que yacía postrado; le sentó medio desnudo en unas angarillas; cogió después al portero que le servía; echóle á andar junto á su amo; y en ruidosa procesión, calle de Toledo abajo, llegó todo junto, entre oleadas de curiosos y de furias, hasta el último tercio de ella; y allí, á las diez de la mañana, arrimados los reos á una pared, con angarillas y todo... ¡cataplum! Ésta era ya la tercera justicia que hacían aquellas bondadosísimas gentes. Bajó San Miguel allá; echóles un trepe rudo entre algunos piropos indispensables, y le prometieron la enmienda; pero no se enmendaron cosa mayor.

Yo, que, por mi calidad de jefe, me hallaba en frecuente trato con la Junta, sabía muy bien hasta qué punto la alarmaban éstos y parecidos alardes de indisciplina y de rebelión, en circunstancias tan graves, y el aprieto en que la ponían otros desmanes que, sin ser tan públicos ni tan ruidosos, no eran menos temibles. Uno de estos peligros, en opinión de la Junta, y aun del público rumor, era cierto _Círculo_ patriótico, que celebraba de día sus sesiones públicas en un teatro; _club_ nacido con el buen fin de ayudar en su difícil empresa á la Junta en aquel peligroso interregno; pero descarrilado bien pronto por la ambición y la pedantería. Tanto se contaba de lo mucho que se charlaba allí, y tal importancia se daba á las peloteras que se armaban de vez en cuando, y tan curioso y divertido lo pintaban cuantos lo habían visto, que un día quise verlo yo también.

Presidía la junta ó mesa, ó como se llame, en medio del escenario, un famoso conde muy progresista, y el público llenaba palcos y sillones. Yo me acomodé, no sin dificultades, en una de las galerías bajas, muy cerca del proscenio. Cuando entré, había allí un zipizape de todos los demonios: la campanilla se desbadajaba sonando, y el público rugía porque sí y porque no y porque qué sé yo; y un ciudadano anguloso, de barba lacia y mirar sombrío, con poco pelo y ese muy erizado, el cual ciudadano lo había revuelto todo, protestaba contra las imposiciones de la presidencia y contra la presidencia misma y contra todas las presidencias del mundo; porque--decía,--«yo soy tan liberal, que no quiero presidentes de nada ni en ninguna parte, puesto que donde hay presidencia hay tiranía».

La palabreja arrancó aplausos; calmóse el alboroto, y aprovechó la tregua el orador para concluir pidiendo, _exigiendo_, de los tutores de la revolución triunfante, que cuando entrara en Madrid el general Espartero, fuera delante de él desde la Puerta de Alcalá, en la punta de una lanza, la cabeza de... (y nombró la persona). Así descansó el energúmeno y se quedó tan fresco.

Alzóse otro orador cerca de mí, porque le tocaba hacerlo en riguroso turno. Era grandote y algo chato, aparatoso de traje, pródigo de tirillas y pechera, y muy holgado de mangas. Echando más de medio cuerpo fuera de la barandilla, precedido de un brazo descomunal, comenzó en voz áspera un preludio majestuoso con los sobados temas de «las conquistas del _nuestro_ glorioso alzamiento»; «la generosa sangre de _nuestras_ venas, derramada por la causa de la libertad»; «la tiranía derrocada por _nuestro_ heroico esfuerzo», y otros tales; dijo que «la revolución no podía, sin deshonrarse, faltar á sus generosos fines delante de la Europa civilizada que _nos_ estaba contemplando con asombro»; y cuando yo pensé que todo aquel campaneo resonante iba con los retóricos de la casa, salta y añade que con ocasión de haber ido él á visitar el día anterior unas fincas de su propiedad (después supe que nunca tuvo el preopinante otras fincas que unos granos de mala traza en el cerviguillo) al inmediato pueblo de Jetafe, había visto, con honda pena de su corazón, con vergüenza de sus sentimientos liberales, que aquel ayuntamiento, «hechura de la ominosa situación derribada», aún estaba sin disolver, «por intrigas de la mano oculta de la reacción, para mengua y baldón de la causa de la libertad».

Tomóse en cuenta, entre aplausos, la denuncia; y apoyó el tema un ciudadano de mal pelaje, desde un palco segundo, con el ejemplo de una gran señora perteneciente al «lujo inmoral de un _latro-manate_», descubierta por él la pasada noche después de cuarenta y ocho horas de pesquisas, cerca de Aranjuez, y traída á Madrid aquella misma mañana, «á la _inominia_ pública, entre un piquete de veinte caballos, á son de clarín». Verdad que al llegar supo que la dama arrestada no era la prenda del _manate_, sino otra señora muy honrada que nada tenía que ver con él. Pero para el caso daba lo mismo; el esfuerzo estaba visto, y la voluntad probada. Eso y mucho más era él capaz de hacer por la causa de la libertad, por la cual se había batido en la calle de la Paloma, y velaría á pie firme mientras dormían los que debieran defenderla.