Chapter 22 of 29 · 3977 words · ~20 min read

Part 22

Acontecía todo esto el mismo día señalado para el viaje de Clara con su familia. La noche anterior habíamos hecho una escapadita, en hora conveniente, á la calle del Príncipe, para que Pilita y sus hijos prepararan los equipajes que habían de remitirse, como de la duquesa del Pico, al punto designado por ésta. Después volvimos felizmente á nuestro escondite, del cual, mejor que de su casa, podrían salir, sin riesgo de ser conocidas, para tomar el carruaje en que irían con la duquesa á esperar el coche-correo al camino de Francia. Todas estas precauciones se habían adoptado por mi consejo; y además proveí á las viajeras de los documentos y salvoconductos necesarios para que las acompañara por todas partes la protección _oficial_ del Ministro. Eso y más podía yo entonces, y ninguna ocasión mejor que aquélla para lucirlo. Estaba delante la duquesa, que por indicación de Pilita había ido unos instantes á ponerse de acuerdo con sus amigas, cuando yo entregaba á éstas los papeles, y las informaba de lo que valían. Pilita, no obstante su pueril egoísmo, me miró con el asombro pintado en la revocada faz; pero la duquesa, mujer de intriga, viuda pertinaz, solitaria é independiente, que no ignoraba la calidad de los vínculos que me unían á sus amigas, después de dedicar un gestecillo burlón al asombro de Pilita, miróme á mí, y en seguida á Clara, con una sonrisilla imperceptible; ¡pero tan maliciosa!... Clara la resistió bien; pero yo me puse más colorado que un tomate. Después de este suceso fué cuando acompañé á la familia Valenzuela á su casa. Los únicos instantes en que nos vimos un poco separados de Pilita y su hijo Clara y yo, los aprovechó ésta para decirme, con hechicera burla:

--Hay que convenir en que, ó miente la fama muy á menudo, ó los valientes, vistos de cerca, en el trato ordinario, tienen bien poco que admirar.

--¿Por qué me dice usted eso?--la pregunté siguiéndole el humor.

--Porque usted, tan sereno entre las balas, no resiste sin inmutarse la mirada de una mujer curiosa. ¡Cuánto más valiente soy yo que usted!

--El efecto de ciertas miradas--repliqué comprendiéndola,--no depende del temple de ellas mismas, sino de la importancia de lo que descubren. Por tanto, entre usted y yo no cabe comparación en el lance á que se refiere.

--Lo cual es lo mismo que suponer--repuso Clara,--que yo no tengo nada que ocultar á la curiosidad de la mirada que á usted le turbó tanto... Hay que hablar de esto, y muy á fondo...

Con harto pesar mío cortó aquí nuestro diálogo la intrusión impertinente de Pilita; diálogo que en toda la noche logramos reanudar, ni mucho menos á la mañana siguiente, por los tristes motivos consignados más atrás.

Con estos antecedentes, júzguese si podían ser más opuestas entre sí las dos fuerzas entre las cuales se agitaba mi espíritu en el momento de separarme de Matica cerca del portal de mi casa. De un lado, el recuerdo de Carmen, pobre, sola y desconsolada; de otro, el anhelo de saborear las confidencias íntimas, de descubrir los secretos del corazón de una hermosa mujer que tanto pesaba ya en el mío. ¡Singulares contrastes de la vida!

Faltaban apenas dos horas para la marcha de Clara, y la brevedad de este tiempo aguijoneaba mis vehementes deseos de pasarle todo á su lado. Después que ella se fuera, ¡qué triste y solitario quedaría todo en mi derredor! Casi me arrepentía de haberla aconsejado que se marchara. Cuando hay de por medio ciertos antojillos del corazón, ó de cosa que lo parezca, se hace uno un egoísta de todos los diablos.

Subí. La hallé arreglando unos cachivaches de camino sobre el velador de la sala. Ya estaba vestida; pero sin arrequives ni perifollos: todo liso, entre-claro, y _á cuerpo_. ¡Qué cuerpo, señor! ¡Qué plenitud tan armónica! ¡Qué turgencia, qué frescura! El pelo, dispuesto ya para recibir el sombrero de camino, caía por los lados en tirabuzones, que se estremecían en cuanto rozaban la tersa y redonda superficie del cuello al menor movimiento de la cabeza; ¡y qué cabeza, con aquel peinado y sobre las curvas gallardas de aquellos hombros helénicos!

Pilita estaba encerrada en el gabinete con la doncella que había ido á ayudarlas en tan complicadas faenas; Manolo, en su cuarto, vistiéndose también: se oían desde la sala los hipidos con que destrozaba á Verdi.

Clara, pues, estaba sola en aquellos momentos.

Me quedé hecho una bestia contemplándola. Volvióse hacia mí, y me dijo afablemente, sin abandonar la obra en que se empleaban sus ebúrneas manos:

--Comenzaba á temer que tendría que despedirme de usted por el correo.

--¡No lo permitiera Dios!--respondí con el corazón en la lengua.

--Pues juzgue el más indolente: estoy ya con el pie en el estribo, y desde anoche no nos hemos visto hasta ahora... Esto, por sí solo, ya es algo... sin contar--y aquí hizo una breve pausa, como si exigiera toda su atención una lazadita que estaba dando á la cinta de un diminuto envoltorio que al fin guardó en un precioso saquito de mano,--sin contar... con que en nuestra última conversación quedó un grave asunto pendiente.

Esta tentadora alusión á un hecho que desde que había acontecido no se apartaba un instante de mi memoria, prodújome tales brincos en el corazón y tales porrazos en las sienes, que apenas acerté á exponer la razón de mi larga ausencia.

--En cuanto al asunto pendiente entre nosotros--añadí, temblándome un poquillo las piernas y la voz;--en cuanto á ese asunto...

Y me atajó Clara aquí, después de observar mi turbación con el rabillo del ojo, diciéndome:

--Pudiera usted desear que no se ventilara hasta mi vuelta... Hay gustos.

--¡No, Clara, no!--exclamé entonces sin poder refrenar la vehemencia de mi deseo.--No soy hombre de ese temple: no es posible que goce mi alma un instante de sosiego con el escozor de tal incertidumbre. ¡Juzgue usted si habré contado bien todas las horas del día, y qué esfuerzo no hubiera sido capaz de hacer para no gastar estos instantes fuera de casa!

Nunca tal aire de melodramática solemnidad había dado á mis palabras hablando con Clara, y eso que no era la primera vez que me valía de parecidos recodos para responderla; verdad que tampoco habían sido tan diáfanos nuestros «asuntos pendientes», ni me había puesto ella tan en el disparadero como entonces, ni estado tan cerca de apartarse de mí por larga temporada.

Como dió por terminada la sencilla faena que la entretenía, precisamente al pronunciar yo la última palabra, dejando el saquito y otras monerías colocadas sobre la mesa con el aseo y el primor con que saben hacer esas cosas las mujeres elegantes, vínose hacia mí; y mientras se movía y me miraba, y con el finísimo pañuelo de la mano se frotaba suavemente las dos, díjome, no en tono tan alto ni tan firme como de costumbre:

--¡Ea, pues! ánimo, y aprovechémoslos, por lo mismo que son tan breves, si el asunto le interesa á usted tanto como parece.

Yo estaba cerca del sofá; sentóse Clara en él, y maquinalmente me dejé caer á su lado.

---No olvide usted--me dijo,--que se trata de saber quién de los dos ha sido más valiente en cierto trance, y por qué lo ha sido. Va á ser esto, pues, una especie de duelo entre dos valientes: breve y sin cuartel. Verdad que á mí me falta, para entrar en él, la maestría que quizá le sobra á usted, porque esa se adquiere con la experiencia, y yo no la tengo; pero la supliré con mi carácter, que es firme y desengañado, y allá saldremos los dos con escasa diferencia.

Y vea usted: ¡tanto alarde de valentía, ella que no los necesitaba de ordinario, precisamente cuando lo inseguro de su voz, la palidez de su rostro y otras señales bien ostensibles, declaraban á gritos que estaba muerta de miedo! Y ¡cosa más extraña aún!: yo que lo conocía, en lugar de envalentonarme con ella, más me encogía y me apocaba, y más fuerte y desordenado era el latir de mi corazón.

--Á usted le toca empezar--añadió Clara tras una ligera pausa;--y sea breve y conciso, si no quiere que nos interrumpan á lo mejor.

¡Dios mío, qué trance aquél! Yo me acordaba de todos los amantes imberbes de las tertulias graves y de los bailes por lo fino; yo me veía como los había visto á ellos tantas veces, atarugados, lacrimosos y sentimentales, haciendo, con hiperbólicos rodeos, una declaración rimbombante y mimosona, á una mujer que les apagaba los imaginados fuegos con una burlona sonrisa, cuando no con una carcajada. Y me acordaba de ellos, porque ni estaba yo menos conmovido, ni menos atarugado. Por otra parte, pensaba que aquel trance no había sido buscado por mí; y que, aun sin esto, yo tenía algunos títulos en qué fundar, cuando menos, la esperanza de que no se rieran de mis cuitas; cierto derecho á decir lo que sentía, y pruebas notorias de que lo sentía de veras. Pero si yo no era un amante imberbe, soñador ni ridículo, Clara, cuya actitud podía engañarme, estaba á cien leguas del tipo común de las mujeres, por su temperamento, por su carácter y hasta por su inteligencia. La proporción resultaba, y el riesgo, por ende, existía. Y con estas cavilaciones que me acometían con la velocidad y hasta con la luz deslumbradora del rayo, esquivaba el tema del asunto y me escondía detrás de una metáfora, ó me escapaba por una callejuela de vulgaridades. Pero los ojos de Clara me perseguían implacables; y aguijándome con la mirada, tornábanme dócil y manso al redil. En una de estas escaramuzas me amarró diciéndome:

--Porque usted se puso colorado y yo no, al mirarnos á los dos unos mismos ojos, me tuve por más valiente que usted; y usted me negó esta ventaja que yo creo llevarle, so pretexto de que á usted no le ruborizó la mirada por ser mirada, sino por lo que descubría. Es decir, que en demostrando yo que había en mí tanto que descubrir como en usted, queda probado que soy mucho más valiente, puesto que resistí la mirada sin inmutarme. Esta es la cuestión: ver lo que hay oculto en usted, y ver lo que hay oculto en mí. Ahora vengan esos secretos de usted, y en seguida aparecerán los míos.

No había escape. Era preciso resolverse, y me resolví; se necesitaba valor, y le tuve. Pero me faltó el método, y hasta el estilo. ¡Tiene tres perendengues esto de declarar cosas tan serias á una mujer de talento! En tomar bien el asunto consiste todo; porque el trance está tan cerca de lo serio como de lo ridículo, y á mí todas las tentativas se me inclinaban á este lado. Cuando los gladiadores romanos estudiaban tanto el modo de caer con gracia sobre la arena del Circo, por algo lo hacían.

--Clara--dije al fin, sudando de congoja,--le juro á usted que no es valor lo que me falta para declarar todo lo que siento: es que no hallo modo que me satisfaga, sin temor de que la pintura no sea digna del asunto, ni de usted que me la inspira.

Sonrióse ella y atajóme diciéndome:

--Voy á ayudarle á usted á salir del apuro... ¡y, por Dios, no se ría de mí si me equivoco en mis presunciones! Hace algún tiempo (no mucho) que en el corazón de usted ocupo yo un sitio algo mayor del que ordinariamente se otorga á una amiga. ¿Es cierto?

--No... porque le ocupa usted todo, le llena todo,--exclamé con vehemencia tal, que me valió el dulcísimo castigo de que sellara mi boca la tibia, fragante y suave mano de aquella sin igual mujer.

--Es decir--continuó ésta, bajando la voz y retirando su mano de mis labios convulsos,--hablando en castellano corriente, llamando á las cosas por su nombre, que usted... me quiere un poco...

--¡No!--la interrumpí, borracho de dulces emociones,--¡sino con toda mi alma, con toda mi vida, con todo el fervor de un corazón que siente esas cosas por primera vez!

--Sea así--repuso Clara,--y tanto mejor. Ya sabemos qué secretos eran los que intentaba descubrir en usted la mirada de mi amiga. Réstanos saber ahora si yo tenía otros idénticos que ocultar de ella... Apurado es el trance para mí; pero no he de tomarlo por pretexto para faltar á la palabra empeñada.

En este instante era yo todo ojos y oídos y nervios y ansiedad; todo menos un hombre en su cabal razón; y ¡qué demonio! el caso lo pedía. ¡Y precisamente fué este instante el escogido por el estúpido Manolo para acercarse á preguntar á su hermana si con el traje claro de camino _jugaría_ mejor la corbata de piqué _á lunares marrón_, que la de _granadina crema_! Apartóse Clara repentinamente de mí en cuanto oyó los pasos de su hermano; y no sé qué sequedad le respondí cuando se llegó á saludarme. Clara, que estaba tan impaciente y tan contrariada como yo, despidióle lo antes y lo menos mal que pudo; pero apenas había salido de la sala, cuando apareció Pilita en ella, incrustada en revoques y postizos, juguetona, dengosa, impertinente, como niño mal educado que se sale con la suya.

Desde aquel momento todo fué ruido y movimiento allí. La doncella que entraba y salía, recogiendo cosas que había de llevarse después que se marcharan sus amos; la patrona que ayudaba á la doncella; el criado que servía á Manolo y dejaba sobre una silla el rollo de mantas, bastones y paraguas; las mil advertencias de Pilita á sus sirvientes, para entonces y para después; su incesante asedio á Clara para que concluyera de arreglarse; sus llamadas á Manolo para que hiciera lo mismo; la entrada de Manolo; sus cien preguntas impertinentes; sus cánticos inaguantables á la sordina; la lluvia de cumplidos falsos de él y de su madre conmigo: «la pena que sentían al separarse de un amigo tan excelente; que mejor haría en irme con ellos...» en fin, no se los podía aguantar en una situación de ánimo como la mía; sobre todo, desde que Clara, complaciendo á su madre, había entrado en el gabinete y me faltó el dulce recreo de sus furtivas miradas y el espectáculo de su presencia. Duró este barullo cerca de una hora, y terminó con otro mucho más estrepitoso, armado tan pronto como se supo que el coche esperaba en la calle.

¡El coche en la calle ya; Clara lejos de mí, y el _punto_ sin resolver!

¡Cómo pintar la comezón, la impaciencia que me consumía y me llevaba de un lado para otro, pulverizando entre mis dedos las puntas de los bigotes, á fuerza de retorcerlos maquinalmente?

En tanto, Pilita y Manolo no cesaban de gritar ni de moverse.

--¡Acaba, hija mía!... ¡Clara, por Dios!... ¡que aguarda el coche!... ¡que nos espera Chuncha!... ¡que se hace tarde!... Pero ¿no vienes?... Pero ¿no acabas?...

Y vino al fin Clara. Traía sobre sus hombros una manteleta ó chal, ó no sé qué, pues nunca fuí gran inteligente en el ramo de indumentaria femenil; pero ello era cosa muy elegante y suelta, y entonaba muy bien con el resto del traje; y cubríala parte de la frente el mal recogido y tenue velo de gasa azul de su sombrero de paja, bajo cuyas dos aletas laterales, sujetas con ancha cinta anudada sobre la garganta, asomaban, trémulos y desmayados, los negros tirabuzones. Calzábase uno de los guantes con la otra mano, desnuda todavía. Pilita, al verla, argadillo y carraca á la vez, por lo que se movía y alborotaba, tocábalo todo, dejábalo después, empujaba á su hijo, cargábale con algo, descargábale de ello en seguida, endosábaselo á Clara; y que «vamos», y que «no olvidéis alguna cosa», y que «por aquí» y que «por allá». Nadie se movía con arte. Vino el criado y cargó con lo más voluminoso... ¡Y llegó el momento de salir!

Yo no sabía qué hacer. Miré á Clara, que estaba inalterable, y parecióme que me decía algo con los ojos; algo que se ajustaba perfectamente á mis deseos... ó que quise entender así. Lo cierto es que al ver que ella no se movía, híceme yo también el roncero.

--Vayan saliendo todos--dijo entonces,--que yo cuidaré de que nada se nos olvide.

Así hizo salir de la sala á su madre y á Manolo... Pero quedábase la doncella á su lado.

--Baje usted esto al coche--díjole en cuanto reparó en ella, entregándole... el _cabás_ que ya tenía en la mano.

Nos quedamos solos, solos un instante, en un rinconcito de la sala. Después de convencerse de ello con una rápida mirada en su derredor, me tendió su mano desnuda; y al rumor de las voces de los que se alejaban por el tortuoso pasadizo, díjome, con el doble anhelo del interés y de la prisa:

--Me voy con la pena de no dejar á Madrid asegurado de ciertos peligros. Estas cosas no están bien afirmadas todavía. Puede reproducirse en las calles, á la hora menos pensada, algo como lo pasado. ¡Dios no lo permita!... ¡Pero si aconteciera!...

--¡Qué?--la interrumpí, admirado de tan extraño temor en aquel momento.

--Que basta ya de pruebas temerarias...

Creí comprenderla, y la dije, oprimiendo su mano palpitante entre las mías nerviosas:

--Antes, casi empujándome hacia esas aventuras; y ahora queriendo apartarme de ellas. ¿Por qué es eso, Clara? ¿Vale hoy mi vida más que valía ayer?

--Para mí, ¡sí!--respondió con la bravura de una pasión indómita;--¡porque _ya es mía_!... Por eso _no quiero_ que se exponga... por eso _exijo_... ¡que no la _pierdas_!

¡Esto, todo esto cayó sobre mí, como si lo trajeran de repente los efluvios de una tempestad; y estalló en mis oídos y repercutió en mi corazón comprimido y en mi cerebro trastornado!... Y yo no hallé palabras con qué traducir mis ideas en tumulto, ni voz con qué formar las palabras; la luz de los ojos de aquella mujer irresistible me envolvía en su centelleo fascinador; veía el agitado ondular de su seno, y su boca estaba cerca de la mía... y aún nos acercamos más, porque un mismo impulso nos movió á los dos; y entonces mis labios, que no acertaban á modular una sílaba, sellaron en los suyos con fuego la respuesta.

Apartóse de mí con la fuerza y la velocidad del rayo; salió de la sala, y salí yo detrás, ciego, enloquecido...

¡Ay! ¡Aquella hermosa estatua; lo que yo creí, en un tiempo, frío y duro mármol, abrasaba!

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVIII

Aquí comienza una nueva fase de mi vida, ó como ahora se dice, una nueva dirección en la órbita de mis pensamientos. Hasta aquí había sido yo dócil masa, ave sin rumbo, nave sin brújula; las olas y el viento me conducían, y la mano de la ciega casualidad me formaba á su antojo. Desde aquí, el pájaro no vuela al azar; la nave sigue su derrotero inalterable, y la masa tiene un molde á que se ajusta y acomoda. Se acabó el aventurero que vive de entusiasmos y borra sus impresiones de ayer con otras más recientes; que acopia sin codicia y esparce sin duelo, porque es errante peregrino, guíale la buena fortuna y aún no columbra el fin de la jornada. Ya es el hombre advertido y cauto, que se detiene y descansa, y reflexiona y consulta sus fuerzas, pues sabe adónde va.

Porque no podía resultar otra cosa de aquella despedida, de la ardorosa correspondencia que la siguió y de las reflexiones que me hice. Un solo camino vi que me llevara por donde tantos y tan imperiosos afanes hallaran el apetecido término; juzguéle llano y expedito, y propúseme lanzarme á él. Entonces ó nunca. Clara parecía haber hallado en mí el único hombre capaz de conmover su alma bravía; yo estaba loco por Clara; ella era hermosa, terriblemente hermosa; yo, amén de romántico admirador de lo excepcional y de lo dificultoso, gozaba á la sazón de los mimos de la fortuna, y podía, con esta prosa vil, alimentar el idilio de mis amores con algo más que pan y cebolla. Repito que entonces ó nunca. Opté por lo primero; y desde aquel instante remaché, con un propósito firme, las cadenas con que me sentía ligado á Clara desde nuestra separación. Á la fuerza de su atracción obedecen ya todos mis pensamientos, en su derredor giran, hacia ella van, de ella vienen, de su calor se nutren y con su luz se iluminan...

Sin embargo, la pasión no me quitó conocimiento, quizá porque la memoria es la potencia del alma más al abrigo de las tempestades del corazón; y en mi memoria estaban impresas, una por una, todas las palabras de la historia que me había contado Matica de la hija del desbravador andaluz y de su aprovechado marido. Pero ¿y qué? Suponiendo que aquella historia fuera la pura verdad, ¿tenía algo que ver la hija con las debilidades de los padres? Y aunque lo tuviera: la que más limpia se juzgase de esas máculas, ¿se atrevería á gritarlo muy recio en la Puerta del Sol, sin miedo de que le sellara la boca algún inesperado testimonio de lo contrario?

Á un razonamiento semejante sometí los fresquísimos recuerdos de las causas en que se fundaba el odio popular á Valenzuela. Esto, por lo que respecta al _posse_ del asunto. Por lo que hace al _cuándo_, ya me parecieron más atendibles aquellos precedentes, por lo mal que se acomodaban con mis flamantes títulos de revolucionario de nota. La soldadura de ambos apellidos no podía lograrse en aquellos días, sin un estruendo que despertara los adormecidos odios y expusiera á muy rudas y peligrosas pruebas el temple de mi buena fortuna. Cierto que, mirando el asunto por la cara buena, para lavar originarios pecados de polaquería, ningún Jordán como yo en aquel entonces; pero en la duda sobre la eficacia del lavatorio, ¿cuánto mejor era poner la confianza en la voluble condición del populacho y aguardar á que el río de sus iras se encauzara y tornara á correr manso y tranquilo, como correría en breve si el empuje de alguna imprudencia ó de alguna debilidad del Gobierno imperante no le embravecía de nuevo?

No se diga tan mal de mi cordura, cuando á tales reflexiones me entregaba en medio de la amorosa fiebre que me consumía... Verdad que más cuerdo hubiera sido no ponerme en ocasión de entregarme á ellas, y mucho más cuerdo todavía someter la enfermedad determinante de la ocasión á un tratamiento racional, antes de declararme vencido por ella; mas para todo esto era preciso que Clara hubiera sido una mujer como todas las demás, y yo un «apreciable joven» que andaba á caza de gangas; en el cual caso ni hubiera acontecido lo que aconteció, ni me hubiera sobrevenido la fiebre, ni yo hubiera tenido que pensar en el modo de curarme de ella.

El trance mío era un trance verdaderamente excepcional: excepcional por la rapidez y extrañeza de los sucesos que me habían colocado en él; por la índole singularísima de Clara; por la misma frescura y virginidad de mi pasión, y excepcionalmente tenía que resolverse, y no por los trámites usuales en todos los _compromisos_ que llegan por sus pasos contados y se acomodan á la estrechez de las argucias retóricas, ó pueden reducirse á fríos cálculos de aritmética.

Apuntaban ya las primeras destemplanzas del invierno, cuando volvió á Madrid la familia Valenzuela; pero no á la calle del Príncipe, sino á otra bastante más retirada. Había aconsejado yo este cambio de domicilio en mi constante propósito de alejar del olfato populachero todo rastro que pudiera inspirar malas tentaciones, á la hora menos pensada. Yo mismo busqué la nueva habitación por encargo de Clara; y, por su encargo también, dirigí los mecánicos trabajos de la mudanza.