Part 8
¿No habría en las afectuosas demostraciones de este hombre algún propósito de mala ley... egoísta siquiera?... ¿Y por qué no habían de bastar su carácter campechano, su genial impetuosidad, y mi desembozada y campesina sencillez para crear profundas simpatías entre ambos, durante tres días de viaje, dando tumbos sobre las mismas ruedas, dentro de un mismo cajón, sorbiendo polvo de una misma nube, contemplando las mismas arideces y despertándonos las mismas interjecciones y los propios trallazos del mismísimo mayoral?
Así pensaba yo mientras bajaba las escaleras de mi casa delante de don Serafín, que no cesaba de hablar; y como bastaba mirarle para creerle, y era yo mozo incapaz de inclinarme á lo malo en los dudosos juicios acerca de los hombres, y me acordaba de Carmen, retrato vivo de los corazones sin hiel, y de la historia narrada por el pobre cesante, sentíme algo avergonzado de las dudas con que por un instante le había agraviado, y me faltó muy poco para pedirle perdón por aquellos recelillos que jamás volvieron á asaltarme las mientes.
Mostréme de propio intento muy afable y cariñoso, y así, en regocijada plática, atravesando calles y enterándome del nombre y calidad de cada una de ellas, llegamos al número 42 de la del Olmo. Guiándome don Serafín, entramos en el portal, no muy ancho ni limpio, del cual arrancaba, á la derecha, la escalera que daba acceso á los cuartos con luz á la calle; á la izquierda estaba el tabuco del portero, sastre remendón de oficio, á juzgar por la obra que traía á la sazón entre manos. Entre la portería y la escalera había un pasadizo angosto, y por él salimos nosotros á un patio descubierto, pero más grande que el portal, verdadero fondo de un pozo, en cuyo brocal, á una altura de sesenta ó setenta pies, se quebraba un rayo de sol, dádiva de la madre naturaleza, que sólo servía de tortura á los habitantes de aquel agujero: en el frío invierno, porque le veían sin sentir su calor; en el sofocante estío, porque era un tizón más de la hoguera en que se abrasaban. Atravesando el patio, entramos en un portalillo lóbrego, en el que comenzaba una escalera angosta, sin más luz que la necesaria para no subir por ella á tientas.
--Perdone usted por lo poco--me dijo don Serafín,--que no es culpa mía, sino de los infames gobiernos que me ponen en tales estrecheces.
Y comenzamos á subir tramos y más tramos. En el cuarto piso, con cuyo techo andaba mi sombrero si toca ó llega, nos detuvimos. Tiró don Serafín de un cordelillo que colgaba de la pared; sonó dentro una campanilla; abrióse momentos después la puerta, y apareció Quica en el claro resultante, con pañuelo _á la cofia_ y amplio mandil de cocina. Fea estaba como un demonio, pero limpia como la plata. Despepitóse conmigo en saludos y reverencias; y por mi parte, creo que hasta le di un abrazo. Oyónos Carmen desde adentro, y salió á recibirnos... ¡Qué monísima estaba! Jurara yo que se le enrojecieron un poco las mejillas al encararse conmigo. Parece que la estoy viendo todavía con su cabellera abundosa, un poquito rizada naturalmente, los labios húmedos y rosados, los dientes como la más limpia porcelana, los ojos dulces y rasgados, la nariz un si es no es aguileña, en cada carrillo un hoyuelo, el cutis fino y transparente, y el cuello como de rosas y azucenas; después una pañoleta azul sobre el seno túrgido, y un vestidillo de percal, fresco y almidonado, cuyos pliegues descendían del esbelto talle hasta el suelo, formando cola por detrás, y no tan largos por delante que, al andar, los pisaran unos pies como dos almendras, prisioneros en sendos zapatitos bajos, sobre unas medias como los ampos de la nieve... Reiríanse de ello, si á leerlo acertaran, los libertinos al uso; pero la verdad es que sólo me atreví á tocar ligeramente con la mía, la suavísima y ebúrnea mano que me tendió, un poquillo ruborizada, la hija de don Serafín. Tal respeto me infundió la irradiación de su fragante y casta hermosura en aquella lóbrega mansión de la pobreza.
Pasamos inmediatamente á lo que llamaban sala Carmen y su padre, reducidísima estancia que casi se llenaba con un menguado sofá, cuatro sillas de Vitoria y una consola de nogal, y recibía la luz por una ventana que daba al patio. Esta salita, un gabinete contiguo, dos alcobas en el corredor, enfrente de la puerta de la escalera, y la cocina y el comedor al otro extremo, componían toda la casa. Pero ¡qué limpio, oreado y hasta fragante estaba cuanto de ella vi! Sobre el sofá de la sala había, colgado en la pared, un cuadrito con la estampa de la Virgen del Carmen; en la consola un vaso de porcelana con musgo y siemprevivas, y encima, en la pared se entiende, un espejillo de dos pies en cuadro; delante del sofá un felpudo nuevo, y otro debajo de la ventana, junto á una silla de labor y un canastillo con obra de costura; pobre defensa contra el frío de las baldosas del suelo que, más que fregadas, parecían bruñidas. Unas cortinillas blancas, de muselina rameada, en las vidrieras, completaban el _lujo_ visible de aquella humilde vivienda que, sin exagerar, cabía toda en el ostentoso salón de la familia Valenzuela.
Mientras nos sentábamos don Serafín y yo en el sofá, Carmen lo hizo en la sillita que estaba debajo de la ventana, muy cerca de él; y sin dejar de mirarme á menudo con su cara dulce y placentera, ni de tomar parte en el interrogatorio de lugares comunes con que nos acribillábamos los tres, cogió del canastillo una prenda á medio hacer, que era un enorme chaleco, y comenzó á coserla por donde sin duda lo había dejado para salir á recibirme á mí. Lo de ser tan grande el chaleco, siendo tan exiguo el tórax de don Serafín, ya me llamó un poquito la atención; pero me la llamó mucho más el hecho de que, al tomarle Carmen en sus manos, quedaron al descubierto, sobre el canastillo, otras dos piezas preparadas, que me parecieron chalecos también.
--¡Cáspita!--dije á don Serafín, señalándolos con el bastón:--veo que se pertrecha usted de firme para el invierno.
Cruzóse cierta sonrisa triste entre Carmen y su padre, y me respondió éste:
--Si hubiera de romperlos yo, con más gusto trabajaría en ellos la pobre Carmen. ¿No es verdad, hija mía?
Comprendí por estas palabras y aquella sonrisa que había cometido una imprudencia al decir lo que dije, y añadí para enmendarla:
--Perdónenme la franqueza, si con ella me he metido donde no me llamaban.
--¡Perdonarle! ¿Y de qué, calabaza?--saltó don Serafín muy asombrado.--¿De haber descubierto que Carmen me ayuda con su trabajo á levantar las cargas domésticas en mis largas cesantías? Ya ve usted cómo ella lo oculta... ¿y por qué lo había de ocultar? ¿Es un pecado trabajar honradamente para comer? Pecado fuera quitarlo de la boca para emplearlo en moños, ó morirse de hambre por no confesar la pobreza, que no viene de despilfarros viciosos, sino de maldades de pícaros ministros... Que me diga usted que es duro, eso es ya diferente; porque duro, muy duro es, y hasta frío como un puñal, para mí que lo veo, el que un ángel de Dios como ese le quite al sueño muchas horas para... ¡calabaza! pero que diga ella si yo le he impuesto, ni siquiera aconsejado, el sacrificio, y si le consiento tan pronto como me emplean y da el sueldo para todo. Allá con su madrina, la señora del comerciante de ultramarinos que me recoge los muebles y me busca casa cuando es necesario, lo arreglaron durante una de mis cesantías. Desde entonces, un sastre de rumbo le proporciona cuanta obra se le pide, y de la menos penosa, como esos chalecos que usted ve... Ayer los trajo Quica en cuanto acabaron de arreglar la casa: ya está el uno temblando... También hay quien proporciona ropa blanca; en fin, se hace á todo; y cuando hay apuros, ayuda Quica, que cose como unas perlas. Estas faenas dice Carmen que la entretienen mucho, y que sin ellas no sabría qué hacerse en una casa que tan poco entretenimiento da por sí sola, como la nuestra... Y el caso es que yo he llegado á creerlo, porque en cuanto se halla ociosa, se le hacen las horas siglos... y no me extraña, que en las jaulas á obscuras, sin sol y sin cielo, como ésta y cuantas habitamos aquí en tiempos de estrechez y penuria, están de más los ojos y el entendimiento, si no se emplean de puertas adentro.
--Pero esta vida de encierro y de trabajo--interrumpí yo mirando á Carmen con honda pesadumbre,--no es para continuada mucho tiempo, porque el cuerpo no es de bronce.
--Sana es como unos corales--respondió Balduque,--y ya verá usted cómo hasta la engordan estas faenas... ¡La Providencia de Dios!
--Pero--insistí,--la procurará usted en tales casos algunas distracciones...
--Eso sí--respondió su padre:--de movimiento, siempre que tenemos una hora de sobra en día de trabajo; en los festivos, de sol á sol, como quien dice: por la mañana, después de oir misa tempranito, entre calles; por la tarde no nos cabe en Madrid, y nos vamos los tres al Príncipe Pío, ó al Retiro, hacia el cerrillo de San Blas, ó á Chamberí... en fin, adonde haya más luz que ver y más aire que respirar... Solemos permitirnos también, en estas ocasiones, la calaveradilla, á la vuelta, de un café por barba, y alicuando alicuando, es decir, de mes á mes, si hay cunquibus, el escándalo de unas delanteritas de grada por la noche en el teatro donde trabajen Romea ó Arjona... porque ha de saber usted que ésta mi hija, en materia de funciones dramáticas, ó las quiere buenas ó no quiere nada, en lo cual va con mi gusto, y también con el de Quica, que, por gustarle todo, se acomoda perfectamente al nuestro. Es raro, calabaza, lo que le pasa á esta mujer en el teatro: todo cuanto ocurre de telón adentro, le causa las mismas impresiones; todo la hace llorar; que muera en el drama hasta el apuntador, ó que á los personajes les toque la lotería, y Mariano Fernández haga desternillarse de risa á los espectadores, la cara de Quica no se limpia de goteras.
Reíase Carmen como una chiquilla al oir á su padre, y continuó éste:
--Ya comprenderá usted que me refiero, en este cuadro de vida que le trazo, á los tiempos calamitosos de mis cesantías, pues tantas han sido y tan periódicas, que me han permitido establecer un plan de existencia inalterable durante ellas... Porque mientras estoy empleado, le aseguro á usted, calabaza, que vivimos como príncipes: tenemos casa con vistas á la calle, tomamos el sol cuando nos da la gana, y vamos al teatro, si le hay en la población, todos los domingos; porque entonces Carmen no cose más que para nosotros; yo tengo horas cómodas de oficina, y ahorro una buena parte del sueldo... Conque ya ve usted, mi buen amigo, cómo, por fas ó por nefas, no somos tan dignos de compasión como á primera vista parece... hasta tenemos nuestro correspondiente vicio.
--En efecto--dije siguiéndole el humor á don Serafín,--tienen ustedes el vicio de la luz y del aire libre.
--Y el del teatro,--añadió Carmen con cierta sonrisilla entre picaresca y codiciosa.
--¿Le gusta á usted mucho?--la pregunté, comprendiendo su intención.
--¡Muchísimo!--respondió.--Si fuera rica, no perdería noche. Ya ve usted si soy viciosa.
--Ese no es vicio, Carmen: antes es afición que enaltece.
--¿Lo cree usted así?
--Sin la menor duda. El teatro es escuela de moral y buenas costumbres,--exclamé con gran aplomo, lo mismo que si hubiera visto un teatro en todos los días de mi vida, y no hubiera tomado la máxima del periódico de mi padre, que la repetía á menudo, aunque con minuciosas salvedades.
Rodando la conversación sobre este tema, asaltóme el deseo (puesto que me sobraban medios de realizarle, y realizándole satisfacía yo la curiosidad que comenzaba á sentir) de ofrecer á aquella singular familia un extraordinario esparcimiento de los que tanto apetecía Carmen. Busqué el modo que me pareció más prudente para decirlo sin ofensa de ninguna fibra sensible, y logré que conviniéramos don Serafín y yo, con visible regocijo de Carmen, en que iríamos todos juntos al teatro en la noche del día siguiente, con dos condiciones que impuso Balduque: primera, que, por entenderlo mejor que yo, recién llegado á Madrid, habíamos de ir á las localidades que él eligiera (sin duda para serme menos gravoso el obsequio); segunda, que había de aceptar yo la recíproca cuando llegara el caso.
¡Si me hubiera sido tan fácil reponer á don Serafín en su destino como proporcionar á su hija tres horas de descanso y de recreo!... Y bien sabe Dios que, al asaltarme entonces el enojoso recuerdo de mi malograda visita al influyente Valenzuela, no fué por lo que me interesaba personalmente.
Algo hablamos de él allí, y de mis cordialísimos propósitos de recomendarle la reposición del mísero cesante; algo también de los primeros pasos dados por éste, sin éxito alguno, en el terreno de sus particulares conexiones; y mucho más de ciertas generalidades que me entretuvieron grandemente, por ser Carmen quien hizo el mayor gasto en la conversación.
Llegó la hora de despedirme de ella, y salí con don Serafín á la calle. Recorrimos otras muchas, siempre bajo la dirección de mi amigo, que se complacía en no llevarme dos veces por una misma; y en la de la Magdalena nos detuvimos delante de una fachada medio cubierta de carteles.
--Éste es el teatro de Variedades--me dijo Balduque.--Veamos qué función habrá en él mañana... La misma de esta noche, _Adriana_: ¡soberbio! Verá usted qué Teodora Lamadrid y qué Joaquín Arjona. Es cosa de partírsele á uno el alma, según dicen los que han visto la tragedia... Tomando de víspera la localidad, cuesta una friolerilla de surplús; pero tiene uno la seguridad de no quedarse sin asiento, y la ventaja de escogerle á su gusto.
Entramos en el vestíbulo, y pasando á la contaduría del teatro, pidió y escogió don Serafín cuatro delanteras de grada, que importaban menos de treinta reales, que me apresuré á pagar con sumo gusto.
--Ahora, á brujulear otra vez,--me dijo el cesante mientras salíamos á la calle y me guardaba yo los cartoncitos que, según me informó don Serafín, y no me pesó de ello, pues jamás las había visto más gordas, acreditaban mi derecho á entrar en el teatro y á sentarme en la localidad pagada.
--Mañana cuidaré yo de ir á recogerle á usted á su casa; pues si se lanza solo en busca de la mía, se expone á extraviarse.
Y brujuleando estuvimos, viendo yo nuevos barrios y nuevas calles, hasta que anocheció, y se despidió don Serafín á la puerta de mi casa.
Aquella noche, ó porque estuvieran más insinuantes mis paisanos, ó porque me hallara yo mejor dispuesto para todo, no solamente los acompañé al café después de comer, sino á los recién inaugurados salones de _Capellanes_, de donde no salimos hasta muy cerquita de la media noche.
No eran entonces aquellos famosos bailes lo que han llegado á ser después acá los de su misma categoría; pero así y todo, es fácil calcular cuál sería el estupor que me produjo la inesperada contemplación de aquel mar de frenéticos, corriendo entrelazados alrededor del deslumbrante salón, al compás de una música encaramada allá arriba, entre gritos, porrazos y estridentes algarabías, teniendo presente que jamás había visto yo otros bailes que los aldeanos de mi tierra, al son del encascabelado pandero; bailes en que el demonio tiene poquísimo ó nada que hacer, porque es imposible que, con toda su infernal astucia, logre extraer un adarme de malicia de aquel piafar inocente, ni de aquellas respetuosas y acompasadas mudanzas, sin asomo de contacto entre ambos sexos.
Muy á menudo me asaltaban, sin saber por qué, el recuerdo de mi padre y el de la linda costurera de la calle del Olmo, y hasta observé que coincidían estos asaltos con los instantes en que más infernal y libidinoso me parecía el cuadro; y notaba en mí, al propio tiempo, un instintivo é inconsciente empeño de ahuyentar aquellas consoladoras, pero severas imágenes de la honradez y del pudor, como se oculta, por un movimiento maquinal, la cadena del reló en cuanto se oye gritar ¡ladrones! Pero lo cierto es que aunque me sucedían estas cosas y me pasé la noche sin tomar parte más que con la vista en el jolgorio, no me parecieron largas las horas.
Volviendo hacia mi casa con dos de mis compañeros y paisanos, pues los restantes por allá se quedaron todavía, lamentábame yo de la corrupción de los tiempos y de la perversión de las costumbres, en vista de lo visto.
--Cuando se observa de lejos, como usted lo ha observado esta noche--me respondió uno;--pero desde _adentro_ parece muy distinto.
--Lo cierto es--concluí con la mayor ingenuidad,--que si he de sacar partido de _estas cosas_, necesito aprender á bailar.
Por conclusión, y después de acostarme, me di un hartazgo de novela de Paul de Kock. Me leí _Zizina_ de punta á cabo.
[Ilustración]
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XIII
Mi segunda visita á mi protector no alcanzó mejor éxito que la primera. Había salido de su despacho, y el desabrido portero no supo ó no quiso decirme adónde, ni si volvería ni cuándo; de volver á su casa, no me había quedado gana maldita, y para esperarle en los pasadizos del Ministerio y echarle el alto de sopetón, no servía yo, corto y apocado aldeano lleno de desconfianzas y miramientos. Dolíame perder un día más, y aquello no me gustaba; pero como no era mía la culpa ni el remedio estaba en mis fuerzas, tornéme á la posada y arremetí con las novelas, las cuales no dejé de la mano hasta la hora de comer.
Después llegó don Serafín vestido de día de fiesta; y según lo convenido, me acompañó á su casa, donde ya nos esperaban Carmen y Quica: aquélla poniéndose los guantes, y ésta, á su lado, abanicándose maquinalmente, tiesa, muy tiesa, como clavada en el suelo, la boca fruncida, la mirada de asombro, y algo conmovida, cual si su espíritu estuviera meciéndose ya entre las emociones que barruntaba. Con su actitud jeremiaca y sus atavíos estrepitosos, estaba horrible; lo mismo que un muñeco de esos que asustan á los niños alzándose de un brinco dentro de una caja, en cuanto salta la tapadera. Á Carmen le sucedía entonces lo que á todas las chicas guapas _per sé_: cuanto más se acicalan y se atusan y se prensan, más se desfiguran. Valía mucho menos vestida de señorita pobre, que de simple costurera. Sin embargo, estaba muy linda, porque lo mucho da para todo.
Renuncio á pintar las impresiones de asombro, de gusto y de curiosidad que me causó el teatro, lleno de luz, de caras, de vestidos y de rumores, desde que penetré en él hasta que, á fuerza de propósito, logré, á media función, orientarme en la forma, usos y procedimientos de aquella maravillosa región en que me encontraba por primera vez en mi vida; porque si doy en aficionarme á este género de pinturas, va á ser el cuento de nunca acabar, hallándome, como entonces me hallaba, en un mundo enteramente nuevo para mí, y en la edad en que con mayor actividad se piensa y se siente. Digo que logré orientarme allí á fuerza de empeñarme en ello, porque careciendo yo de virtud bastante para confesar que nunca me había visto en otra, observaba hasta el menor de los detalles, para deducir yo solo la ley por que se regía el mecanismo del escenario, y la relación establecida entre este mundo ficticio y las gentes de telón afuera.
Recorriendo con la vista las localidades del teatro, repletas de elegantes damas, de caballeros presumidos y de vulgo sencillote y embelesado, topé con la familia Valenzuela, acomodada en uno de los palcos de preferencia: Clara ceñuda é impasible, como siempre; Pilita con la espalda vuelta al escenario, el fastidio pintado en su faz, y zarandeando el abanico: lo mismo que en su casa; Manolo, en el fondo del palco, muy bien vestido, pero muy mal sentado. Don Augusto no pareció por allí en toda la noche; pero, en cambio, entraban y salían, durante los entreactos, jovenzuelos del pelaje de Manolo, á hacer reverencia y cortesía á las señoras, quienes, especialmente Pilita, se mostraban con ellos bastante más atentas y risueñas que se habían mostrado conmigo. Entró también á lo último, y allí se quedó como si fuera de la familia, un señor entrejoven, de gran estampa, muy planchado y reluciente, guapote, y, al parecer, muy pagado de su marcialidad y elegante apostura. Pensé yo si sería el ministro, porque de aquel corte me los imaginaba á todos los del oficio.
Observé que casi todas las damas de copete y la mayor parte de los caballeros _distinguidos_, veían con la misma indiferencia que la familia Valenzuela lo que ocurría en el escenario, y que cuanto más nutrido era el aplauso que arrancaba al sencillote público un arrebato apasionado de Teodora Lamadrid, más se acentuaba el desdén en las gentes principales. Andando el tiempo me persuadí de que la moda impone á sus esclavos exigencias verdaderamente inconcebibles.
¡Qué contraste formaba aquella estudiada frialdad con las profundísimas emociones que estábamos experimentando nosotros! Quica era un goterial de lágrimas y un incesante puchero. Don Serafín, electrizado y nervioso, no cabía en su asiento, y se revolvía como si le punzasen agujas las asentaderas; sacaba el busto fuera de la barandilla, estiraba el pescuezo, y con los ojos fijos en el actor, hacía embudos con los labios mientras éste hablaba: remedábale todos los gestos, marcaba las cadencias con la cabeza, y parecía trazar en el aire, con la mano derecha, todos los signos ortográficos del diálogo. Carmen, en las situaciones de apuro, volvía hacia mí sus grandes ojos algo empañados, y yo la respondía con una sonrisa contrahecha, inútil disfraz del nudo que me ponía en la garganta la extremada tensión de mi espíritu, partícipe verdadero de todos los fingidos infortunios de la heroína del drama que se representaba.
Para mí, aficionado hasta la pasión á las ficciones novelescas, aquello que estaba presenciando era la realidad de un suceso. En el libro hallaba el relato sobre el cual tenía yo que construir con la imaginación cuanto no podía darme el libro; allí estaba todo hecho, vivo, real y tangible: el hombre en cuerpo y alma, con sus vicios y sus virtudes; un cómodo rinconcito del mundo, donde se exponían á la contemplación de los curiosos las batallas de la vida humana, sus grandezas, sus caídas, lo noble y lo bajo, lo serio y lo cómico. Aquella noche me tocaba padecer; otra noche, ó en otro teatro, me tocaría reir. ¡Admirable espectáculo!... Y el gozar de él á menudo no era dificultoso para un hombre solo que, como yo, tuviera el bolsillo bien repleto y pocas necesidades de otra especie.
Expongo estas reflexiones en el mismo orden en que me las iba haciendo yo insensiblemente, y á medida que las peripecias del espectáculo me cautivaban; las cuales reflexiones fueron germen de otras muchas del propio género á que me entregué después de salir del teatro, y base de muy largos y detenidos razonamientos, cuyo resultado fué el engolosinarme de tal manera á este deleitoso pasatiempo, que en menos de quince días conseguí (si vale la frase) tomar la embocadura á los diversos géneros dramáticos que se cultivaban en los pocos teatros que entonces existían en Madrid, y familiarizarme con los nombres y aptitudes artísticas de los respectivos actores.