Part 9
Con esto quiero decir que no era sólo el atractivo del argumento ni el de la disposición material del espectáculo lo que me seducía y cautivaba; había en mí un instinto artístico, cierto gusto pasivo, algo como tentación de análisis, que me arrastraba á investigar el por qué y la calidad de las cosas. Evidente es que mis juicios, por mi inexperiencia y por mi ignorancia, no podían ser completos ni enteramente atinados; pero, al cabo, eran juicios, que me procuraban, sobre el placer de admirar lo desconocido, el más sabroso de cotejarlo á mi manera con los preceptos rudimentarios de unas leyes, que yo llamaba _mi parecer_.
El cual hizo á mi gusto esclavo de Julián Romea, desde la primera vez que con su asombrosa naturalidad (que después se ha llamado _realismo_) le vi interpretar una de las mejores obras de su repertorio, _El hombre de mundo_; movió mis manos para aplaudir al ya decrépito Guzmán, en _El enfermo de aprensión_; á su heredero único en los donaires de _gracioso_ del castizo teatro español, Mariano Fernández, y me infundió cierta repugnancia que jamás he podido vencer, á la híbrida Zarzuela, sostenida entonces, y casi creada, por Salas y Caltañazor, en el Circo de la Plaza del Rey; con lo cual podría ver cualquiera persona de buen gusto, que el mío no se manifestaba mal encaminado por lo que al teatro se refiere; y válgame esta confesión, si se tacha de presuntuosa, en gracia de la que también hago de que, en cambio, en el ramo de novelas entraba con todas, y no era yo otra cosa que un glotón insaciable, sin pizca de paladar: todas me sabían lo mismo; mejor dicho, todas me gustaban con tal que me interesasen de cualquier modo; y aun prefería las más farragosas y descomunales.
¡Teníamos que oir don Serafín y yo, durante los intermedios, haciendo comentarios sobre lo visto, y pronósticos sobre lo que nos faltaba que ver, mientras Quica lanzaba suspiros entrecortados, como los niños recordando una azotina! Y aún duraron los comentarios, y hasta con notas de las dos mujeres, mientras caminábamos hacia su casa, después de terminada la función con harta pesadumbre de todos. De aquella noche me pasé en claro la mayor parte, poseído, repleto de los lances de la tragedia, de los acordes de la música, de las luces de la araña, del rumor y apiñamiento del público, de Quica, de Carmen, de Balduque... todo lo sentía junto y revuelto en la cabeza, y me rechispeaba en los ojos, aunque estaba á obscuras, y en los oídos, aunque los tapara. ¡Memorable noche!
Durante los tres días que la siguieron, continuó don Serafín acompañándome por las calles de Madrid, en su tenaz propósito de que le conociera yo como la palma de la mano. No quedó rincón que no visitáramos, ni paseo, ni camino de ronda que no midiéramos con los pies. Era incansable el hombrecillo aquél; y yo me congratulaba de su empeño, por lo mucho que me entretenía. Al fin tuvo que tomar posesión de su destinillo transitorio, y ya no le veía sino muy de tarde en tarde.
Quedéme, durante el día, solo, como quien dice, y dime á observar con sosiego mucho de lo que me había ido mostrando bastante más de prisa mi complaciente amigo; y cuando se me pasó el atolondramiento de recién llegado á aquel populoso centro tan distinto de cuanto yo conocía, y logré separar las cosas de los ruidos y de los colores y del movimiento, porque al principio todo caía revuelto y en oleadas sobre mí por donde quiera que andaba, comencé á escribir largas cartas á mi padre, especie de crónica minuciosa de viajero impresionable y reparón; con la cual tarea, además de estar yo seguro de complacerle mucho, entretenía mis diurnos ocios y mis murrias, producto necesario del sospechoso aspecto que iba tomando el asunto que yo perseguía en la capital de las Españas.
Era por entonces ésta, en lo que atañe á sus condiciones exteriores, bien diferente de lo que es hoy; y la altísima idea que yo tenía de las grandezas de una corte, por razón de la misma pobreza y angostura del pueblo en que yo había vivido siempre, hacía que saltaran á mis ojos, en doble tamaño del verdadero, las muchísimas deformidades y miserias de que adolecía la famosa villa del oso y del madroño, al paso que se me antojaban bastante menos que sorprendentes sus decantadas maravillas. Por cierto que si la generación que ha venido después y se ha formado en el Madrid de ahora, ó le ha conocido siquiera de vista, echara la suya sobre aquéllos mis bocetos del Madrid de entonces, fieles copias de la verdad, no obstante lo fuerte y recargado de algunos de sus trazos ó perfiles de escasa monta, tomáralos por invención de mi fantasía, costándole mucho trabajo creer que en un lapso de tiempo, relativamente tan corto, pudiera obrarse el casi milagro de haberse convertido en lo que es actualmente, aquel lugarón desmantelado, viejo, sucio y árido, que parecía no tener enmienda ni compostura por ninguna parte. De lo que hablé mucho, muchísimo, á mi padre, fué del ferrocarril de Aranjuez. No había en España más que él, y otro de Barcelona á Mataró.
Digo que así me entretenía y pasaba las horas, hasta que llegaban las de la noche y me iba al teatro, después de un buen rato de tertulia en el café con mis amigos, ó á algún baile público, sin privarme por eso del café ni del teatro; pues la noche, que no se entendía allí como en mi tierra, daba para todo... y mucho más. ¡Gran vida!
Pero ¿había ido yo á Madrid para eso? ¿Podía, en conciencia, entregarme á aquellos lujos y crearme tantas necesidades mientras no adquiriera con mi propio esfuerzo los medios suficientes para satisfacerlas? Pero ¿tenía yo la culpa de que el señor don Augusto no me abriera las puertas de su despacho? ¿No había llamado también á las de su casa, y hasta penetrado en ella inútilmente? ¿Había de tomarlas por asalto y exigir mi credencial á bofetones?
¡Ah, si este medio hubiera valido!...
[Ilustración]
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XIV
Al fin, logré romper el cerco misterioso, no sé si á la undécima ó á la duodécima tentativa, y penetrar en el encantado recinto. Allí estaba el santón pomposo, repantigado en alto y bien mullido sillón, sobre peluda alcatifa, algo raída á trechos y no del todo limpia, entre cónicos cestos de papeles rotos, medio embutido en la panza de un escritorio negro, cerca de una chimenea, negra también, debajo de un retrato de la soberana, y con un puro de á tercia entre los labios.
Soltó unos papelotes que examinaba cuando yo entré; y tomando con la zurda el cigarro que chupaba, díjome, sin hacer caso de las palabras de cortesía que, pálido y temblando, le dirigí:
--Ya sé que anda usted por aquí á menudo. ¿Qué se le ocurre?
--¡Buenas y gordas!--dije para mí, sintiendo á modo de un escalofrío en todo el cuerpo; y respondí en voz alta y tartamudeando:
--Pensé que Vuecencia (no me apeó el tratamiento) recordaría lo que tuvo á bien ofrec... prop... digo, indicarme en mi lugar... Por eso vine desde allá hace tres semanas...
--Creo recordar, en efecto, que, deseando usted un destinillo, le prometí hacer algo en su favor.
--Eso es,--respondí, con el alma á los pies.
--Pues estoy en ello, señor Sánchez, estoy en ello--añadió serio y aparatoso, y dejando caer sus palabras como si me las diera de limosna;--pero no puedo en estos días... ¡no puedo!... ¡no puedo!... Veremos si un poco más adelante... Vuélvase usted por ahí á menudo para recordármelo...
En esto, cogió otra vez los papelotes, llevó de nuevo el cigarro á la boca; y viendo que yo permanecía enfrente de él atusando la felpa del sombrero,
--¡Vuélvase, vuélvase!--me dijo casi en el mismo tono con que se echa un perro á la calle.
En virtud de lo cual, hice una reverencia y salí, temblándome las piernas y viendo chiribitas delante de los ojos.
¡Qué hombre, Dios mío! Bien que no me cumpliera lo que me había ofrecido; pero ¿por qué me trataba con aquella frialdad y aquel desdén? ¡Ni siquiera las buenas palabras y la afabilidad de otras veces! ¿Le cogería en mal cuarto de hora? ¿Le abrumaría el peso de los negocios? ¿Le habrían incomodado mis asedios? ¡Pero si él me los aconsejó en mi lugar... y acababa de aconsejármelos de nuevo; y por eso precisamente había ido yo á Madrid, y desvalijado á mi padre y á mis hermanas, y estaba gastando lo que no me pertenecía! ¿Cómo me callé como un idiota, cuando pude haberle confundido respondiéndole esto y lo otro y lo de más allá! Pero bien mirado, mejor era así, porque si se sulfuraba de veras y me cerraba las puertas y renegaba de mí... Después de todo, estaba al comienzo de la empresa; y con un poco de tacto, mucha paciencia, otra visita á Clara que, al cabo, era lo más atento de la familia... Y con esto, y mucha fuerza de voluntad y el apego que iba tomando á la corte, consoléme; y tan pronto como llegué á la posada, escribí á mi padre diciéndole que el asunto marchaba bien, aunque despacio; que el señor don Augusto acababa de repetirme, después de colmarme de atenciones (como me colmaba toda su familia, cada vez que la visitaba), que no me olvidaba un momento, y que pronto me daría pruebas de ello...
Verdad que aquel día andaba yo un poco preocupado con una empresa que debía acometer por la noche; la cual empresa consistía en bailar por primera vez en Capellanes, considerándome ya muy apto para ello, no sólo por el propio convencimiento, sino por el dictamen de mis amigos y compañeros de hospedaje, uno de los cuales, al son de la flauta que tocaba otro, me había dado las necesarias lecciones prácticas de baile en la salita de la posada, que estaba siempre á disposición de los huéspedes y de los amigos de los huéspedes, que eran muchos, aunque ninguno de ellos valía á mis ojos lo que Matica.
Este endiablado extremeño me sorbió los sesos desde el día en que le conocí. Me daban miedo su frialdad de espíritu, su imperturbable continente, lo crudo de sus ideas políticas, su fe sospechosa, las liviandades de su obscena musa, y su lengua acerada y mordicante; pero me arrastraban cautivo los donaires de su conversación, su altísimo ingenio, su frase castiza y pintoresca, su elocución fácil y sobria, la originalidad de sus juicios, el vigor artístico con que los imponía y acreditaba, y, sobre todo, la agudeza, fluidez y gallardía de sus versos incomparables. Hasta su cuerpecillo delicado, por lo armónico de sus partes y el aseo y buen gusto con que le ataviaba, me atraía.
¿Cómo, cuándo y de qué nació la estimación en que me tuvo desde que nos tratamos superficialmente en la posada, y la cordial y bien notoria amistad en que esta estimación se convirtió después? ¿Conoció la admiración que yo sentía por él y halagó esto su vanidad? No es creíble en un mozo de tan superior entendimiento. La razón del cariño subsiguiente, ya es más obvia: hice de él, poco á poco, mi guía y mi consejero en todo lo intelectual y recreativo; y como no pecaba yo de impertinente ni dejaba de sacar fruto de las lecciones recibidas, Matica se complacía en dármelas á cada instante; de la cual manera nació en nosotros el mutuo y arraigado afecto que á menudo se ve entre un maestro entusiasta por la profesión, y un discípulo dócil y muy aprovechado, sin que la intensidad de este afecto altere las distancias ni confunda las jerarquías.
Debía yo á Matica, entre otras atenciones delicadas, la de no traer á cuento jamás, en nuestras particulares conversaciones, las verdes crudezas de su especial humorismo; no sé si porque conocía mi repugnancia instintiva á ese género de desnudeces, ó por no desprestigiar delante del discípulo su autoridad de maestro. Inclínome á lo primero, porque se aviene mejor con una cualidad, especie de pudor artístico, que brillaba en Matica como una de las mayores contradicciones aparentes de su carácter. Es, pues, de saberse, que aquel empecatado mozo que en la intimidad de sus amigos, de sobremesa ó en la de un café, despellejaba con una frase la honra mejor acorazada, ó enrojecía á la misma desvergüenza con una copla indecente, no podía sufrir una palabra mal sonante en medio de la calle, ni un pasaje de sospechosa pulcritud en un periódico ó en un libro ó en el teatro; detestaba la zarzuela, y no había que mentarle los bailes públicos. Llamo yo á esta cualidad «aparente contradicción» de su carácter, porque cabe en lo humano, y hasta es usual y corriente, tener el sentimiento de lo bello, admirar el orden y todas las virtudes fuera de casa, y pecar del vicio contrario dentro de la propia. Juraría que en los mejores códigos del mundo han andado algunas manos así.
He vuelto á sacar á colación á Matica, porque desde la hora y punto en que las despabiladeras de mi protector me demostraron bien claramente que mi pleito, aun ganándole yo al fin, había de durar mucho, me propuse sacar el mejor partido posible, en bien de mis gustos é inclinaciones, del terreno en que me hallaba y de los recursos que tenía á mi disposición. El principal de éstos era, á mi entender, Matica; y á él acudí tan pronto como hube satisfecho mi brutal antojo de estrenarme en Capellanes como danzante. Sucedió lo que yo esperaba: cogí un hartazgo de restregones y zancadas, y una ronquera al salir á la calle con la camisa pegada al cuerpo, los huesos macerados y las narices atascadas de polvo y de pelusa, y en ocho días no quise ni que me hablaran de semejante barbaridad. En descargo de mi conciencia, declaro que nunca fuí gran devoto de ese pasatiempo, más propio de salvajes que de hombres cultos que se estiman en algo.
Ya he dicho que mi pasión dominante fué el teatro desde que le hube gustado por vez primera; pero aún lo fué en más alto grado en cuanto logré satisfacerla en compañía de Matica, el cual tenía entrada libre y asiento gratis en los principales coliseos de Madrid, por sus intimidades con poetas, actores, empresarios y periodistas, y era tan aficionado como yo á esta clase de entretenimientos. Digo que experimentaba en tales ocasiones y al lado del agudo extremeño nuevo y más sabroso placer, porque sus advertencias y juicios, lo mismo sobre las obras que sobre sus intérpretes y accesorios escénicos, iban perfeccionando poco á poco mis rudimentarias y naturales aptitudes, depurando mi gusto, educando mi sentimiento y poniendo á su alcance y al de mi percepción las bellezas y los secretos del arte; comparaba pasajes con pasajes, obras con obras, autores con autores, comediantes con comediantes, géneros con géneros, estilos con estilos, y épocas con épocas; y de este modo iba haciéndome insensiblemente explorador y casi ciudadano de una región totalmente ignorada de mí hasta que la columbré por casualidad desde una galería del teatro de Variedades, y sin idea alguna de su extensión y riqueza hasta que el experto guía me puso dentro de sus linderos. Vi varias comedias del teatro antiguo, y leí muchas más, y hasta hube á las manos, siempre por mediación de Matica, los inapreciables _Orígenes_, de Böhol de Faber, en una hermosa edición de Hamburgo; con lo cual, los nombres de Naharro, Lope de Rueda, Juan del Encina, etc., me fueron tan queridos y familiares como los de Lope de Vega, Tirso, Moreto, Rojas y Calderón. No estaba tan boyante el teatro Español como en aquel siglo de colosales ingenios, en las humildes calendas á que me refiero; mas no por ello me merecían menos respeto y admiración los escasos poetas que sostenían la patria escena con sus creaciones. ¡Cuán exiguo era el número de éstos, y qué escaso el positivo valor de la mayor parte de las obras!
Lo que más abundaba eran las traducciones y arreglos del francés; y como la zarzuela comenzaba á estar de moda, á perjeñar libretos de zarzuela se daban, no solamente los escritores que no valían para otra cosa, sino muchos de los que preferían á los lauros de Talía, el lucro positivo con que les brindaba la musa cascabelera de la Plaza del Rey.
Volviendo á lo interrumpido, digo que también me hablaba Matica, en ocasión oportuna, de las damas y caballeros que ocupaban las principales localidades. De muchas y de muchos sabía curiosísimas historias y anécdotas muy interesantes; y como el Madrid de entonces era pequeño, y relativamente exigua su _buena sociedad_, y á ésta pertenecían las gentes que eran «ornamento de los teatros», y este ornamento no pasaba de ser un simple trasiego de un mismo público á diferente vasija, resultaba que con verme siempre entre las mismas personas y conocer las respectivas historias, parecíame estar viviendo en familia, lo cual doblaba á mis ojos el interés del espectáculo.
Que en muchos de ellos tropecé con la familia Valenzuela, no necesito decirlo. ¡Y de qué buena gana le hubiera dicho á Matica alguna vez: «Cuénteme usted algo de esas gentes!» pero el temor de que el desenfadado cronista confirmara mis recelos, y con ello deshiciera el castillo de mis esperanzas, me contenía. Lo extraño es que no se le ocurriera á él ese algo sin que se lo apuntara yo. ¿Me juzgaba, por lo que me había oído hablar de esa familia, recién llegado yo á Madrid, más ligado á ella de lo que en rigor estaba, y me guardaba la consideración de no desollarla viva delante de mí?... porque era imposible que aquellas gentes, siquiera Pilita y Manolo, no tuvieran flaco en que cebarse la acerada lengua de mi amigo.
Como el buen mozo del teatro de Variedades no solía faltar nunca entre los más asiduos concurrentes al palco de esta familia, pregunté una noche á Matica:
--¿Quién es ése?
--Ése es Barrientos,--me respondió.
--Y ¿quién es Barrientos?--insistí.
--Pues Barrientos,--insistió él también.
--Ya me entero.
--Pues no se dan otras señas, sin ofensa del que pregunta, del sol, de la lluvia, del aire; y ese mozo es aquí como el aire, como la lluvia, como el sol; porque es Barrientos, nombre que tiene usted obligación de conocer, llevando dos meses de residencia en Madrid.
--Pero ¿es pariente de esa familia, ó amigo ó qué?... porque le veo muy á menudo con ella.
--Barrientos es un personaje que «revienta de buen mozo», concepto que se lee en su frontispicio resplandeciente, tan pronto como se le mira; pertenece en cuerpo y alma á esa región de preferencia que se llama _gran mundo_; y tal es la fama de sus galantes proezas en él, que no hay familia en Madrid, con derecho á llamarse distinguida, si le falta, especialmente en público, la intimidad de Barrientos, el cual explota á maravilla las ventajas de tan alta preeminencia. Además, monta bien á caballo, y cuenta, según la fama, algunos triunfos de mérito en otros tantos _lances de honor_; tiene todas las grandes cruces, un cargo de lustre en Palacio, y, sobre todo, mucho dinero. Un dato que puede ahorrarle á usted una pregunta: á veces juega por tabla; quiero decir que no siempre que toma una posición, es para quedarse en ella, sino para batir otra con mayor comodidad.
Dime por enterado, y no pregunté más á mi amigo.
Recorriendo las calles se valía éste del mismo procedimiento para lo que llamaba yo _desasnarme_, y él _ponerme al uso_. Delante de las librerías hablábamos de los libros de recreo, y especialmente de la novela, que entonces estaba menos que en pañales en la patria del _Quijote_. Me indicaba las menos malas entre el inmenso fárrago de las traducidas, y las rarísimas buenas de las españolas, y hasta me largaba substanciosos párrafos sobre la historia y vicisitudes de este ramo de la literatura nacional, y me exponía sus caracteres propios, sus peculiarísimas condiciones, y los puntos en que debía diferenciarse una novela de costumbres españolas de las que con tal rótulo se exponían en los escaparates, escritas á destajo en perverso castellano, y vaciadas en moldes extranjeros, por _literatos_ salidos de pronto del mostrador de una botica, y hasta de los talleres de los sastres. Pero en este particular, aunque me lo callaba muy bien, rara vez íbamos de acuerdo el maestro y el discípulo, no porque no reputara yo por muy cuerdos sus dictámenes, sino porque en lo referente á novelas, y como ya lo tengo advertido, contra lo que el buen sentido propio y el parecer de Matica me aconsejaban, entraba con todas; y cuanto más farragosa y más _novelón_ era la obra, más me seducía. En la comedia, en cualquier otro libro de imaginación, saboreaba la frase y el estilo, los donaires y las filigranas; pero en las novelas, siempre los argumentos... ¡Ah, los argumentos!... Las sorpresas, lo desconocido... lo inesperado, las _anagnórisis_, que dijo el pedante: ¡sobre todo, las _anagnórisis_! Andar tres docenas de personajes, blancos unos, negros otros, éste banquero, mendigo aquél, duquesa aquélla, menestrala la otra; aquí un niño sin madre, allá un padre sin mujer, y media carta resobada, y el relato de un incendio, con un cadáver calcinado y un pastor que lo vió y se quedó mudo de repente, y es el único personaje que podía delatar al criminal, que es un caballero tétrico é intratable que vive en una quinta solitaria... ¡y el diluvio de cosas!; andar, digo, deslizándose todo ello, sombrío y altisonante al mismo tiempo, por las encrucijadas misteriosas del asunto, dejando un cabo suelto en cada bardal, quiero decir, capítulo; y cuando ya nadie se entiende allí, y la novela es un montón de acontecimientos y una maraña de personajes, y están las pasiones para reventar, las víctimas extenuadas de hambre, rotas y descalzas y á las puertas de la cárcel, y los pícaros con el fruto de su rapiña asegurado, y el pastor haciendo contorsiones delante del juez conmovido, para romper á hablar, porque de pronto se descubrió un medallón ó una cicatriz en el pecho del niño desvalido, ó una marca con corona en el pañuelo de la menestrala, los rencores se calman, el acero se cae de las manos; el hombre malo prorrumpe: ¡hijo mío!; el hijo: ¡padre!; la duquesa: ¡hija!; la menestrala: ¡madre mía!, confundiéndose todos en un cuádruple abrazo, mientras el pastor exclama con un bramido formidable: ¡bendita sea la providencia de Dios!, y el juez, soltando la vara, repite, mirando al cielo: ¡bendita sea! ¿Hay nada más dramático y conmovedor? Todos estos lances me ponían á mí carne de gallina, me oprimían el corazón y la garganta, y arrancaban mudas lágrimas de mis ojos.
Pues no digamos nada de las de intriga caballeresca, y las románticas de amor fino, como una que todavía recuerdo, en un tomo colosal, si no eran dos, obra de la triste imaginación de un poeta muy sonado en aquellos tiempos, no sé si por lo resonante de su firma ó por lo mucho que gemía en verso y en prosa en _Liceos_ y en periódicos. Titulábase la novela _La enferma del corazón_; y á pique me puso su lectura de padecer yo la misma enfermedad que la heroína. De _El judío errante_, _Los misterios de París_, _Los tres mosqueteros_ con todas sus consecuencias, _El hijo del diablo_, _El conde de Montecristo_, y otras que por entonces imperaban en el gusto público, no necesito decir hasta qué extremo me emborrachaban.