Part 26
Á todo esto, el descontento público crecía y se revelaba muy acentuado en la prensa local, que yo cuidaba de leer con suma atención desde que me la habían llamado grandemente ciertas insinuaciones suyas. Ya no se andaban los periódicos, lo mismo los situacioneros que los otros, con paños calientes. Declaraban que jamás, ni aun durante las más inmorales administraciones, había habido en aquella capital un desgobierno más completo, una falta más absoluta de policía y de pública moralidad. Uno de ellos dijo textualmente, por remate de un artículo, verdadero memorial de agravios administrativos enderezado á mi «patriotismo sellado con sangre de los tiranos:--Cualquiera pensaría, al ver lo que aquí sucede, que las riendas de este gobierno están _en manos polacas_». Comprendí la alusión, y la sentí como un balazo en mitad del pecho. Llamé inmediatamente al secretario.
--¿Qué hay de cierto en todo cuanto aquí se dice?--le pregunté, mostrándole el periódico que tenía yo en la mano.
Tomóle él en las suyas con la mayor serenidad; y después de pasar la vista por el artículo, me le devolvió diciéndome:
--Absolutamente nada. Ganas de hacer ruido.
--¿Está usted seguro de lo que me afirma?
--Si no lo estuviera, no lo afirmara.
--Corriente,--díjele después de meditar un momento.
En cuanto me quedé solo mandé llamar al director del periódico. No tardó en venir. Me encerré con él y le supliqué que, como en el secreto de la confesión, me declarara los fundamentos de lo que se decía, y, sobre todo, de lo que se callaba en su periódico. Me espantó lo que supe entonces; y eso que el periodista me ocultó lo principal, por respeto á mi propia persona. Dile las gracias, prometiéndole que no le pesaría de haberme arrancado la venda de los ojos; y en cuanto se apartó de mí, llamé al jefe de la policía.
--Sé--le dije, mirándole indignado,--que tiene usted puestos á contribución á todos los criminales y á todos los viciosos de la ciudad.
Se quedó yerto, lívido como un cadáver. Tartamudeó algunas palabras, que no entendí, y añadíle estas otras:
--Elija usted entre ir á presidio ó declararme toda la verdad.
--Es cierto--me respondió entonces, animándose súbitamente;--pero entienda V. S. que, al obrar así, no hago más que cumplir las órdenes que se me han dado.
--¿Y quién se las ha dado á usted?
--El señor secretario.
--¿El de este gobierno?
--El mismo.
--¿Y adónde van á parar los fondos recaudados de esa manera por usted?
--Al señor secretario.
--¿Íntegros?
--Íntegros, menos la pequeñez con que remunera el trabajo de la recaudación.
--Y esa recaudación, ¿es de importancia?
--Bastante... Quizá más que el sueldo de V. S. ¡Como lo malo abunda, y todo lo malo paga!...
Me dió asco lo que me decía aquel hombre: impúsele silencio, y le mandé que saliera.
Volví á llamar al secretario. Entró, cerré la puerta y le dije en crudo cuanto acababa yo de saber por el jefe de la policía. Me oyó impávido y no negó los hechos. Me espanté; pero logré dominarme, porque era de necesidad, y añadí:
--Hay todavía otro punto delicado, que debe ser de la exclusiva incumbencia de usted. Se dice que no todos los expedientes que se tramitan en estas oficinas de mi cargo, se resuelven conforme á justicia, sino que se subastan los acuerdos...
--Pudiera escudarme--me respondió el tuno,--con la firma de usted que autoriza esas resoluciones; pero como de ese modo correspondería muy mal á la ciega confianza con que usted me entregó ese importantísimo negociado, desde luego echo sobre mí toda la responsabilidad _moral_ de esos delitos, que tampoco niego.
Y como leyera en mi actitud el efecto que estas palabras me causaron, añadió muy tranquilo:
--Lo que á mí me asombra, es que usted se asombre de todo esto.
Mi primer impulso fué buscar con los ojos una silla para partirle la cabeza.
--Pues ¿por quién me toma usted?--exclamé indignado, sin renunciar por entero á aquel propósito.
--Y después de todo--dijo con desdeñoso retintín,--yo poco más de nada me meto en el bolsillo.
--¿Adónde va á parar entonces el producto de esas infames exacciones?--pregunté más y más asombrado.
Aquí el hombre de los largos dientes se atrevió á enfilar la legaña de sus ojos con los airados míos; y metiéndose ambas manos en los correspondientes bolsillos del pantalón, me dijo, como si me dijera la cosa más natural del mundo:
--Á su casa de usted.
--¡Que jamás en oídos de hombre honrado suenen palabras como aquéllas!...
Las pocas que pude articular en medio de la angustia que me ahogaba, las empleé para preguntar al infame, pero bajo, muy bajo, como si me acusara ante Dios de un ignorado crimen y temiera que me estuviera oyendo el juez, que podía enviarme al palo, ó el mundo, que me escupiera á la cara:
--Y... ¿qué manos lo reciben de la de usted?
--Las de su señora mamá política,--me respondió con entera desfachatez.
--¿Á ciencia y conciencia de _lo que es_?--pude preguntar todavía.
--_Naturalmente_,--contestó el cínico.
--Está bien--dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerme redondo allí, de indignación y de vergüenza.--Retírese usted.
De dos saltos atravesé el largo pasadizo que separaba de mi habitación el despacho donde esto ocurría. Llamé aparte á mi suegra, que estaba emperejilándose para salir con Clara, y la expuse, sin preámbulos ni miramientos, el caso que tan fuera de quicio me tenía. Oyóme la embadurnada vieja mirándome de hito en hito con las más vivas señales de curiosidad, y exclamó al cabo, lo mismo que si descargara su ánimo de un gran peso:
--¡Ave María Purísima!... Hijo, ¡qué susto me diste! ¡Si no creí, al verte tan erizado, que se quemaba la casa ó te habían dejado cesante!
--¿No había para matarla?
--Pero ¿es ó no cierto---preguntéla en el paroxismo de la ira,--que mi secretario hace eso en perfecto acuerdo con usted?
--Puede que sí... ó puede que no: como mejor te parezca--respondióme sin dejar de contonearse delante del espejo que había en la habitación.--Recuerdo que un día hablamos, de recién venidos aquí, sobre si el sueldo de gobernador era poco ó era mucho. Sostenía él lo primero, y yo le daba la razón; y hablando así, díjome que había ciertos _arbitrios lícitos_ de los cuales se podía echar mano muy honradamente; pero temía que tú te resistieras á ello, por escrúpulos de empleado novel... y que si nosotras le autorizábamos con nuestra aquiescencia, ¡y qué sé yo qué otras boberías!... Y á poco de esto, comenzó á traernos dinero... pero bastante, no te creas, y á menudo... Por cierto que gracias á ello, ¡que si no!... Ahora me dices que si ese dinero sale de aquí ó sale de allí... No sabía yo tanto; pero, después de todo, _¿qué más da?_
--¿Y Clara?--pregunté, recordando que era ocioso tratar asuntos serios con aquella insufrible mujer,--¿sabe lo mismo que usted de la calidad de ese dinero?
--Como que ella lo administra. Con una mano lo recibo, y con otra se lo doy... Pero ¿á qué vienen esos aspavientos, hombre?
Llamé á Clara. Vino en seguida; y, por verla, perdí la mitad de mis bríos. Siempre me sucedía eso. ¡Tan hermosa estaba! Hubiera dado la mitad de mi vida porque no fuera cierto lo que su madre aseguraba, y toda ella por infundir en su pecho algo de la honrada sensibilidad que agitaba el mío.
Expúsele mi queja con los mayores miramientos, y no mostró el más leve síntoma de apurarse por ella.
Tan inconcebible frialdad deshizo el encanto que su belleza me causaba, y prorrumpí en amargas declamaciones. Negóme muy serena que hubiera motivo para ellas. Había para volverse loco.
--¿Pues cuáles son motivos serios para ti?--la dije sin poder contenerme.--¡Vuestros festines, vuestras galas, todo el aparato de vuestra loca vanidad sostenido á expensas de todas las almas infames de la población! ¿Todavía te parece poco?
--No me he cansado--me dijo con terrible dureza,--en apurar tanto el origen de ese dinero.
--Pero te has guardado muy bien--repliqué,--de decirme que le recibías; señal de que no lo juzgabas lícito.
--Ó de que temía tus ridículos pujos de caballero andante... ¡Somos incompatibles en tantas cosas!
--Por fortuna para mí, en el modo de juzgar esa de que tratamos; por desgracia para todos, en la principal. ¡Lástima que ya no tenga en mi mano el remedio de lo uno como tengo el de lo otro!
No quiero recordar hasta qué extremos nos condujeron, una vez puesto el diálogo á esta altura, la terrible y desengañada frialdad de mi mujer y el apasionamiento de mi impresionable carácter. Fué un estampido que acabó en un instante con varias cosas á la vez: _los lunes del Gobernador_, las ostentosas exhibiciones públicas de mi familia... y la última esperanza de que entre Clara y yo pudiera haber ya otro vínculo de unión que el que, en un instante de vértigo mío, nos había amarrado para no soltarnos jamás, á no cortarle la guadaña de la muerte. Aquel tremendo altercado fué la piedra de toque en que apareció comprobada la falsa ley del corazón de Clara; el choque que derribó la bruñida losa y dejó á la vista los gusanos del sepulcro. No me asombró el descubrimiento, porque venían anunciándolo grandes señales de él; pero la consideración de lo que del hecho iba á seguirse, me aterró.
Por de pronto, volvíme á mi despacho, y di á elegir á mi secretario entre presentar su dimisión ó comparecer ante los tribunales de justicia.
--Por cierto que iría bien acompañado,--me dijo con marcada intención y cínica sonrisa.
--¡No importa!--le respondí, comprendiéndole,--porque estoy resuelto á todo; á todo, menos á ser pantalla de ladrones...
Optó por la dimisión, y me alegré de ello. Horas después quedaba también sin destino el polizonte.
Desde el día siguiente, limpias las oficinas de tunantes y la casa de escándalos de lujo, consagréme con todas mis fuerzas á enderezar el torcido rumbo de mi descuidada administración, y á hacer algunas economías. No tenía en mi casa con quien hablar, es cierto, y la comida me amargaba y mis sueños eran horribles pesadillas; pero la opinión pública coronaba con aplausos mis esfuerzos de voluntad, que producían milagros de acierto, y yo sentía, en medio de las penas que me abrumaban, la dulce satisfacción que trae consigo el cumplimiento de los deberes.
Entre tanto, el Gobierno de la nación andaba tan desatinado como lo había estado el mío, y la obra de la revolución de julio comenzaba á tambalearse. Socavaban sus fundamentos todo linaje de torpezas, ambiciones y asechanzas; y eran ya infinitos los desencantados españoles que aplaudían al satírico _Padre Cobos_, ariete formidable con que la batía sin tregua ni descanso el partido de la reacción, que había de recoger su herencia.
La famosa sonrisa de O'Donnell iba acentuándose por momentos; tomábanla ya las gentes liberales como disfraz de sazonados planes _liberticidas_, y todo el mundo se preguntaba en qué pararía, y cuándo, su no menos famoso abrazo al general Espartero, en el balcón de la calle de la Victoria, recién llegados á Madrid ambos personajes.
Las dudas se aclararon muy pronto: el abrazo aquél acabó en una zancadilla que derribó á Espartero de la noche á la mañana, y en un chaparrón de soldados bien _instruidos_ que en pocas horas _reorganizaron_ la Milicia ciudadana, disolviendo á tiros sus batallones, donde éstos se resistían á dejarse desarmar por la buena.
Volvióse el Duque de la Victoria á llorar un nuevo desencanto en su retiro de Logroño, haciéndole coro los incorregibles progresistas; y con todo ello y lo que se traslucía en la nueva situación creada, dejé yo mi gobierno antes que me separaran de él, y tornéme á Madrid pobre, triste y con la carga de una familia insoportable, que pagaba en esquivo apartamiento y en odio mortal el dinero y la sangre que me consumía.
[Ilustración]
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XXXII
Para que todo fuera tenebroso en torno mío en aquella fatal ocasión, Valenzuela era uno de los pocos emigrados polacos que no debían pensar en volver á España por entonces, puesto que entraba en las miras políticas del nuevo Gobierno alardear de incompatible con hombres tan mal afamados como mi suegro.
No me cabía, pues, la esperanza de que acudiera á tomar la parte que le correspondía de la carga que yo aguantaba solo. Le escribí acerca de esto, muy claro y muy breve. Me respondió con gemidos y con tristes elegías, como siempre, á la amada patria, al corazón ulcerado, á las virtudes escarnecidas... á todo; pero sin enviar un cuarto ni decirme de dónde había de sacar los muchos que consumían la fatua de su mujer y el estúpido de su hijo.
Yo entré en Madrid, de vuelta de mi desventurado gobierno, con un puñado de pesetas y un cúmulo de obligaciones ineludibles por todo el resto de mi vida; ¡y estaba en los comienzos de ella! ¡Me espantaba asomar los ojos á este abismo de tinieblas!
Pero ¿adónde los volvía, si la misma resonancia de los hechos que me habían alzado tan alto en la pasada situación, me cerraba todas las puertas en la que mandaba entonces?
Fuíme á ver á Redondo, y logré que me colocara en la redacción de _El Clarín de la Patria_, que había vuelto á ser periódico de radical oposición. Con este amparo tenía ya para no morirme de hambre, y aun me bastara para vivir hecho un duque si hubiera continuado soltero; mas para sostener el peso de todas mis cargas, ¿qué valía? Entonces fué cuando escribí á Valenzuela. Su respuesta evasiva me puso en la necesidad de tomar una resolución heroica. La casa que habitábamos, aunque no tan costosa como la que yo mismo ayudé á desalojar en la calle del Príncipe, rentaba una enormidad, relativamente al estado de mis recursos pecuniarios. Había que buscar otra muy barata, pero de las más baratas, en cualquier rincón de Madrid: esto era de necesidad, de imprescindible necesidad. Casi desnudo y á media ración, se podía vivir; pero no á la intemperie; y estar abocado á ello era habitar en casona grande sin tener con qué pagarla, como me acontecía á mí. Con un poco de paciencia, no tardé en encontrar lo que me convenía, en una encrucijada, á espaldas de la calle de Leganitos: cuarto tercero, largo y angosto, portal obscuro con carbonero, taberna al lado y hojalatero enfrente. Era lo menos malo que pareció en todo Madrid por la renta que yo podía pagar. ¡Soberbio alcázar para alojar la vanidad de Pilita y la indómita altivez de Clara!... Pues le tragarían por malas ó por buenas. Eso, por de pronto; después... Dios diría.
En estas disposiciones de ánimo me volví á casa, resuelto á acometer el asunto por derecho. Apenas recordaba ya el sonido de la voz de mis mujeres. ¡Tanto hacía que no se cruzaba entre nosotros una palabra! ¡Y qué hermoso tema el elegido por mí para reanudar nuestras interrumpidas comunicaciones orales!... Pues me atreví á soltarle hallándome enfrente de las dos. Hizo el efecto que era de esperar: el de la caída de una bomba con espoleta, especialmente en mi suegra, que no sabía disimular como su hija. Ésta palideció al verme tan entero y resuelto, y se fué encrespando poco á poco, como león embravecido que se dispone á dar el salto sobre su retador. En cuanto á Pilita, me llamó bárbaro, salvaje, estúpido; y se mesó los postizos, y lloró y me amenazó con contárselo al capitán general, y al comisario de policía, y á la Reina si era necesario. Y ya, preso por mil, eché el resto declarando que los muebles que no cupieran en la nueva casa, se venderían para invertir su producto en algo más útil y de más imperiosa necesidad. La fiera actitud de Clara se resolvió entonces en un ademán despreciativo, que me hirió como la frase más punzante.
Por acudir al golpe, y no por responder á las sandeces de la madre, dije á ésta:
--¿Conoce usted el modo de adquirir lo que nos falta para seguir viviendo como hasta aquí? ¿Espera usted que se nos dé de balde todo lo que necesitamos? Supongo que no. Y en tal caso, ¿qué recurso nos queda sino el de elegir entre... robarlo, ó vivir como los pobres? Y en esta elección, ¿quién es capaz de dudar un instante?
Pilita, que me oía con la jeta fruncida, torció el acorazado busto y respondió, mirándome de medio perfil:
--Un hombre que se atreve á decir eso en una situación como la nuestra, no debiera haber soñado jamás en ser marido de una dama como tu mujer.
--Es la única verdad que ha salido de sus labios de usted desde que la conozco, señora--repliquéla al punto;--y aun esa la ha dicho usted por equivocación... De todas maneras, hace usted muy mal en tomar ese camino, donde me es muy fácil cortarle la retirada.
Aquí echó Clara el montante de su fiera altivez. Enderezóme dos frases aceradas que produjeron otras mías no más suaves; sobrevino Pilita con nuevos dicterios; respondíla al caso; y el lance iba tomando visos de gresca de vecindad, cuando el fámulo acudió presuroso para anunciarnos la llegada de Barrientos. Me alegré infinito. Salí por la puerta excusada, por no topar con él, y después á la calle en busca de aire y de luz y de ruidos que no se parecieran á los ruidos, á la luz y al aire de mi casa.
¡Inexplicables aberraciones del moral organismo humano! Yo, que salía tan repleto de desventuras que llorar, comencé á preocuparme de repente con la noticia que me trajo tres días antes una carta de mi padre, de haberle dado los Garcías no sé qué cencerrada en celebración de mi caída; y pasé largas horas saboreando el imaginado deleite de andar otra vez á tiros en las barricadas para reconquistar el perdido imperio; no por la mina que necesitaba, sino por verme en situación de castigar el descomedimiento de los Garcías, castigo que mi padre aguardaba, de un momento á otro, de su «querido consuegro, el excelso don Augusto», á quien ya veía en el poder.
La historia de todos los grandes berrinches y desconsuelos humanos está llena de estas puerilidades; es decir, como la mía... y como la de mi padre también.
Cuando mis distraídos pensamientos volvieron á hundirse en la negra realidad de mi situación, las carnes me temblaban acordándome de la pasada refriega doméstica, porque iba, camino de mi casa, decidido á tocar otra vez, para dejarle resuelto, el prosaico tema que la había producido. ¡Gran sorpresa fué la mía cuando, no bien me dejé caer, desfallecido de cuerpo y con la más negra melancolía en el alma, en un sillón de mi apartado dormitorio, llegóseme Pilita, blanda como una seda, tímida, humilde y respetuosa! Sentóse á mi lado, y me habló así, después de unas cuantas salvedades y excusas, no muy bien concertadas ni del todo pertinentes, señal de lo aturdida y recelosa que andaba: