Chapter 12 of 22 · 3990 words · ~20 min read

Part 12

Todos los hombres sabían una anécdota que les hacía favor y todos habían intimidado, dominado y atado fuertemente, y en circunstancias sorprendentes y con serenidad y audacia verdaderamente admirables, á algún malhechor. Llegó el turno á un médico que pasaba los inviernos en el mediodía, y también quiso contar su aventura.

--Yo, dijo, nunca he tenido ocasión de poner á prueba mi valor en asuntos de esta índole, pero he conocido á una mujer, cliente mía, muerta ya, á quien ocurrió la cosa más rara del mundo y también la más misteriosa y enternecedora.

Era una rusa, la condesa María Baranow, una gran señora de exquisita belleza. Ya saben ustedes lo hermosas que las rusas son, ó por lo menos lo muy hermosas que nos parecen con su nariz fina, su boca delicada, sus ojos de color indefinible, azul gris, y su gracilidad fría y algo dura. Tienen algo infernal y seductor, á un tiempo altivo y amable, tierno y severo, que para un francés siempre resulta encantador. En el fondo, lo que nos hace ver tantas cosas en ellas, quizás sea tan sólo la diferencia de raza.

Su médico, que la veía amenazada de una grave enfermedad del pecho, quería decidirla á que viniese á pasar una temporada en Francia, pero ella se negaba con obstinación á salir de San Petersburgo. Por fin, el otoño último, el doctor, que la creía perdida, previno al marido quien, inmediatamente, la envió á pasar el invierno en Mentón.

La metió en el tren, en un vagón para ella sola, y sus servidores ocuparon otro. Estaba junto á la portezuela, algo triste, viendo como dejaba atrás aldeas y campos, sintiéndose muy aislada y abandonada en la vida, sin hijos, casi sin parientes y con un marido cuyo amor había muerto, que la enviaba así á un extremo del mundo, sin acompañarla, y del mismo modo que se envía al hospital á un criado enfermo.

Á cada estación, su criado Yván venía á enterarse de si su ama necesitaba algo. Era un criado ya viejo, ciegamente abnegado, y siempre dispuesto á cumplir las órdenes que le diesen.

Llegó la noche y el tren corría velozmente. Ella, excesivamente agitada, no podía dormir, y para distraerse pensó contar el dinero que á última hora, y en oro francés, le había dado su marido. Abrió el saquito donde lo llevaba, y sobre sus rodillas cayó un río del precioso metal.

De pronto una bocanada de aire frío le azotó el rostro, y muy sorprendida, levantó la cabeza. Acababan de abrir la portezuela. La condesa María, muy asustada, cubrió su dinero con un chal que precipitadamente se puso sobre las rodillas, y esperó. Pasaron unos segundos y un hombre apareció, un hombre con la cabeza descubierta, herido en una mano, jadeante, y correctamente vestido de etiqueta. Cerró la portezuela, se sentó, miró á su vecina con ojos brillantes, y luego, para restañar la sangre que de su muñeca manaba, la envolvió con un pañuelo.

La pobre mujer estuvo á punto de desmayarse de miedo. Seguramente, aquel hombre la habría visto contar su oro y había entrado para robarla y matarla.

Y él seguía mirándola con fijeza, casi sin aliento, descompuesto el rostro, disponiéndose sin duda á arrojarse sobre ella.

Bruscamente le dijo:

--Señora, no tenga usted miedo.

Ella no contestó, pues ni podía abrir la boca, y el corazón le latía con violencia y los oídos le zumbaban.

Entonces él repuso:

--Señora, no soy ningún malhechor...

Ella seguía callada, pero no pudiendo contener un movimiento brusco, juntó las rodillas y el oro cayó sobre la alfombra como el agua cae por un canalón.

El hombre, sorprendido, contempló aquella cascada de metal y se inclinó para recogerlo.

Entonces ella, asustada, se levantó dejando caer toda su fortuna y corrió á la portezuela para arrojarse á la vía. Pero él comprendió lo que iba á hacer, y cogiéndola por las muñecas la obligó á sentarse. Con voz muy baja y muy precipitadamente le dijo: «Escúcheme señora, y no se asuste. Yo no soy ningún malhechor, y la prueba está en que voy á recoger ese dinero para devolvérselo. Pero, si usted no me ayuda á pasar la frontera, soy hombre perdido, hombre muerto. No puedo decirle más. Dentro de una hora llegaremos á la última estación, dentro de hora y media saldremos del Imperio, y si usted no me socorre, estoy perdido. Y sin embargo, señora, ni he robado, ni matado, ni hecho nada contrario al honor. Eso se lo juro, pero no puedo decirle más».

Y poniéndose de rodillas recogió el oro por debajo de los asientos, buscando hasta las monedas que habían rodado por los rincones, y cuando el saquito de cuero volvió á estar lleno, se lo entregó á su vecina sin decir palabra y volvió á sentarse al extremo opuesto del coche.

Ninguno de los dos se movía. Ella permanecía inmóvil y muda, desfallecida aún por el terror, pero tranquilizándose poco á poco. Él no hacía ni un gesto, ni un movimiento y permanecía rígido, con los ojos muy fijos, y tan pálido que parecía un cadáver. De cuando en cuando ella le miraba con mirada brusca que desviaba en seguida. Era un hombre de treinta años aproximadamente, muy hermoso, y por las apariencias parecía un perfecto caballero.

El tren corría dentro de las tinieblas, lanzando sus desgarradores silbidos en medio de la noche, aminorando á veces la marcha y corriendo luego con loca velocidad; mas de pronto fué disminuyendo la marcha, silbó varias veces, y se paró.

Yván apareció en la portezuela.

La condesa María, con voz temblosa, después de haber mirado fijamente á su compañero, dijo bruscamente á su servidor:

--Yván, volverás con el conde pues ya no te necesito.

El criado abrió enormemente los ojos, y como si no hubiese comprendido bien murmuró:

--Pero... barina...

--No, he cambiado de modo de pensar y no vendrás: quiero que te quedes en Rusia. Ahí tienes dinero para el regreso, pero déjame tu gorra y tu abrigo.

El viejo criado se descubrió y tendió su abrigo sin contestar, acostumbrado á obedecer á los mandatos repentinos y á los irresistibles caprichos de sus amos, pero al alejarse se le llenaron los ojos de lágrimas.

El tren se puso otra vez en marcha dirigiéndose velozmente hacia la frontera. Entonces, la condesa María dijo á su vecino:

--Esto es para usted, caballero: usted es mi criado Yván. Para hacer lo que hago sólo pongo una condición, y es que ni me hablará nunca, ni nunca me dirigirá la palabra para darme las gracias ni con otro motivo cualquiera.

El desconocido, sin pronunciar palabra, se inclinó.

Pronto se detuvieron de nuevo, y funcionarios vestidos de uniforme visitaron el tren. La condesa les presentó sus papeles, y señalando al hombre que estaba sentado en el fondo del coche dijo:

--Mi criado Yván; aquí está su pasaporte.

El tren se puso de nuevo en marcha, y toda la noche estuvieron frente á frente, mudos los dos.

Por la mañana, al pararse en una estación alemana, el desconocido se apeó, pero deteniéndose junto á la portezuela dijo:

--Perdóneme, señora, si rompo mi promesa, pero la he privado de su criado y es justo que le reemplace. ¿Necesita usted algo?

Ella, muy fríamente, respondió:

--Vaya usted á buscar á mi doncella.

Y él fué desapareciendo en seguida.

Cuando ella bajaba en alguna estación le veía contemplándola desde lejos; y así llegaron hasta Mentón.

II

El doctor calló un instante; luego repuso:

--Un día, cuando estaba en mi gabinete recibiendo á mis clientes, vi entrar á un joven alto que me dijo:

--Doctor, vengo á pedirle noticias de la condesa María Baranow. Aunque ella no me conoce soy amigo de su marido.

--Es cosa perdida--contesté.--No volverá á Rusia.--El hombre rompió á sollozar, y levantándose se fué dando traspiés como si estuviese borracho.

Por la noche dije á la condesa que un extranjero había venido á informarse con respecto á su salud, y ella, muy emocionada, me contó la historia que acabo de referir, añadiendo:

--Á ese hombre á quien no conozco y que me sigue como si fuese mi sombra, le encuentro cada vez que salgo. Me mira de manera extraña, pero nunca me ha hablado.

Quedóse unos instantes pensativa y repuso:

--Apuesto á que está al pie de mi ventana.

Se levantó de la otomana, fué á separar los visillos, y me convencí de que, efectivamente, el hombre que había venido á encontrarme, estaba sentado en un banco del paseo y con los ojos fijos en el hotel. Nos vió, se levantó, y sin volver una sola vez la cabeza se alejó.

Á partir de entonces presencié un espectáculo sorprendente y doloroso: el amor mudo de aquellos dos seres que no se conocían.

Él la adoraba con el apasionamiento de la bestia salvaje y salvada que lleva su abnegación hasta la muerte. Todos los días venía á preguntarme: «¿Cómo está?», comprendiendo que yo lo había adivinado todo; y lloraba amargamente cuando la veía pasar, más pálida y débil cada día.

Ella me decía.

--No he hablado más que una vez con ese hombre extraño, y me parece que hace veinte años que le conozco.

Y cuando se encontraban, ella le devolvía el saludo con sonrisa grave y encantadora. Yo la veía dichosa; y ella, la pobre abandonada y perdida sin remisión, se sentía feliz viéndose amada con tanto respeto y constancia, con tan exagerada poesía y con abnegación capaz de cualquier cosa. Y sin embargo, fiel á su exaltada obstinación, se negaba desesperadamente á recibirle, á conocer su nombre, á hablarle. Y decía: «No, no; eso mataría nuestra amistad. Es preciso que sigamos siendo extraños».

Por su parte, él era una especie de Don Quijote pues no hacía nada para acercarse á ella. Quería cumplir hasta el fin la absurda promesa que de no hablarle nunca había hecho en el coche del tren.

Á menudo, en sus largas horas de extenuación, ella se levantaba de la otomana, separaba los visillos y miraba si seguía al pie de sus ventanas; y cuando le había visto, siempre inmóvil en el banco, volvía á reclinarse con una sonrisa en los labios.

Una mañana, á eso de las diez, murió. Cuando salía del hotel, él se me acercó con el semblante descompuesto: ya conocía la desgracia.

--Quisiera verla un instante, me dijo, y delante de usted.

Le cogí por un brazo y le hice entrar en la casa.

Cuando se encontró junto al lecho de la muerta, la tomó una mano que besó con beso interminable, y luego echó á correr como un insensato.

El doctor calló otra vez y añadió:

--Ciertamente, ésta es la aventura de ferrocarril más extraña que conozco. Verdad es que se debe añadir que los hombres tienen locuras extraordinarias.

Una mujer murmuró á media voz:

--Esos dos seres estaban menos locos de lo que ustedes se figuran... Eran... eran...

Pero lloraba tanto que no podía hablar, y como para calmarla se cambió de conversación, no supimos lo que había querido decir.

LA VIEJA SALVAJE

I

Quince años hacía que no había retornado á Virelogne, y volvía para cazar en casa de mi amigo Serval, quien al fin se había decidido á reconstruir su castillo, destruido por los prusianos.

Ese país me inspira gran cariño. En el mundo hay rincones deliciosos que ofrecen á los ojos cierto encanto sensual. Se les quiere con amor físico, y nosotros, aquéllos á quienes la tierra seduce, conservamos tiernos recuerdos de ciertas fuentes, ciertos bosques, determinados estanques y colinas que hemos visto con frecuencia y cuya contemplación nos ha enternecido como enternecen los acontecimientos dichosos. Y hasta ocurre á veces que los mismos pensamientos acuden á nuestra imaginación al llegar á un rincón del bosque ó al extremo de un sendero lleno de flores, que sólo hemos visto una vez, y que en nuestro corazón han quedado grabados como grabada queda la imagen de una mujer encontrada en una calle, en una mañana de primavera, y que vestida con traje claro y transparente, nos deja en el alma y en la carne un deseo no saciado é inolvidable: la sensación de la felicidad entrevista.

Los campos de Virelogne, sembrados de bosquecillos, con riachuelos que semejaban arterias por las que circulase la sangre de la tierra, me gustaban todos. Y en ellos se pescaban cangrejos, truchas y anguilas. ¡Oh, suprema felicidad! En algunos se podía uno bañar, y á veces, entre las altas hierbas que crecían á orillas de esas minúsculas corrientes, se encontraban chochas. ¡Miel sobre hojuelas!

Ligero como una cabra, corría casi tanto como mis dos perros pachones. Serval, á cien metros de distancia, cruzaba el prado que estaba á mi derecha, y yo, al dar la vuelta á los matorrales que limitaban la finca de Sandres, distinguí una choza en ruinas.

De pronto la recordé tal y como la había visto la última vez, en 1869, muy limpia, adornada con parras y con infinidad de polluelos que se agitaban delante la puerta. ¿Puede darse nada más siniestro y triste que una casa muerta con su esqueleto desnudo y en pie?

Y recordé también á la buena mujer que en un día de fatiga me ofreció un vaso de vino, y que Serval, aquel día, me había referido la historia de sus habitantes. El padre, un viejo cazador furtivo, había sido muerto por los gendarmes. El hijo, á quien en otros tiempos había conocido, era un muchacho alto y delgado que tenía fama de ser un gran destructor de caza. Y los llamaban los Salvajes.

¿Se trataba de un nombre ó de un apodo?

Llamé á Serval, que se acercó andando con paso de ave zancuda, y le pregunté:

--¿Qué ha sido de esa gente?

Y me refirió lo que sigue:

II

Cuando se declaró la guerra, el hijo Salvaje, que tenía entonces treinta y tres años, se alistó dejando á su madre sola en la choza. Y nadie compadeció á la pobre vieja porque se sabía que tenía dinero.

De manera que se quedó sola en esta casucha aislada, lejos de la ciudad, y junto al bosque. Por lo demás, la vieja aquella no conocía el miedo, era de la misma raza que los hombres de su familia, y con ella no se podía jugar. No se reía casi nunca, tal vez porque las mujeres del campo rien poco. ¡Eso es cosa de hombres! Las mujeres tienen alma triste y limitada como limitada y triste es su vida. Los hombres se acostumbran algo á la alegría en la taberna, pero sus compañeras siempre están serias y nunca abandonan la severidad. ¡Los músculos de su rostro no conocen los movimientos de la risa!

La vieja Salvaje continuó viviendo en su choza como había vivido de ordinario, y cuando llegó la época de las nieves venía una vez por semana á la aldea para hacer sus provisiones de pan y carne; luego, se encerraba de nuevo en su morada. Cuando se hablaba de lobos, salía al campo armada con la escopeta de su hijo, escopeta que el uso había enmohecido y que tenía la culata gastada por el roce de las manos; daba gusto verla, algo encorvada, andando á zancadas por la nieve, con el cañón del arma sobresaliendo por encima de la negra cofia que aprisionaba sus blancos cabellos que nadie había visto.

Llegaron los prusianos que fueron distribuidos entre los habitantes según la fortuna ó los recursos de cada uno de ellos, y á la vieja, que tenía fama de rica, le correspondieron cuatro.

Eran cuatro mocetones con carne blanca, barba rubia, ojos azules, que á pesar de las fatigas experimentadas seguían estando gordos, y que, aun en país conquistado, se portaban como buenos muchachos. Encontrándose solos en casa de aquella anciana la colmaron de atenciones, y en lo posible, le evitaron fatigas y gastos. Por la mañana, los cuatro se lavaban en el pozo, frotando y escamondando con el agua cruda de las nieves sus blancas carnes de hombres del norte, mientras la vieja Salvaje iba y venía preparando la comida. Luego limpiaban la cocina, los cristales, cortaban leña, mondaban patatas, lavaban ropa, y en la casa trabajaban como podían trabajar cuatro hijos buenos alrededor de su madre.

Pero allá en el fondo de sus pensamientos, la pobre vieja no olvidaba ni un momento á su hijo, el laruguirucho y delgado, el de ojos negros y bigote espeso, y preguntaba diariamente á los soldados instalados en su hogar:

--¿Saben dónde se encuentra el regimiento de línea número veintitrés? Mi hijo está en él...

Ellos contestaban que no sabían nada absolutamente. Y comprendiendo sus pesares y sus inquietudes, ellos, que habían dejado también á sus madres, la rodeaban de mil cuidados. Ella quería á sus cuatro enemigos porque la gente del campo no siente los odios patrióticos, pues eso es pertenencia de las clases superiores. Los humildes, los que pagan más por ser los más pobres y aquellos á quienes cada carga nueva abruma, aquellos á quienes se mata á centenares y forman la verdadera carne de cañón por ser los más numerosos, los que sufren horriblemente á causa de las miserias de la guerra, no comprenden el ardor bélico, ni el honor excitable, ni esas pretendidas combinaciones políticas que en seis meses agotan á dos naciones, la vencedora y la vencida.

En el lugar, al ocuparse de los alemanes que vivían con la vieja Salvaje, se decía:

--Esos cuatro están como en su casa.

Ahora bien, una mañana que la vieja estaba sola, distinguió á lo lejos y en la llanura, á un hombre que se dirigía hacia su casa. No tardó en reconocerle: era el cartero del lugar quien le entregó un papel doblado. Sacó de su estuche las antiparras que utilizaba para coser, y leyó:

«Señora: la presente la escribo para comunicarle una triste noticia. Su hijo Víctor fué muerto ayer por una bala de cañón que materialmente le partió en dos pedazos. Yo estaba muy cerca, puesto que estaba á su lado en la compañía, y precisamente me estaba diciendo que, si ocurría una desgracia, la avisase en seguida.

«De su bolsillo cogí el reloj para llevárselo cuando la le guerra termine.

«La saluda amistosamente,

CESÁREO RIVOT, «Soldado de 2ª clase del 23 de línea».

La carta traía fecha de hacia tres semanas.

La vieja no lloró, quedóse inmóvil y tan emocionada que ni siquiera sufría. La infeliz pensaba: «Ahora han muerto á Víctor». Luego, poco á poco las lágrimas acudieron á sus ojos, y su corazón se inundó de dolor. Una á una las ideas fueron acudiendo á su imaginación, ideas espantosas, torturadoras. ¡Ya no abrazaría ni besaría á su hijo nunca más, nunca más! Los gendarmes habían matado al padre; los prusianos habían matado al hijo... Una bala de cañón le había partido en dos pedazos... Y creía ver la cosa, la cosa horrible... la cabeza cayendo, cayendo con los ojos abiertos, mientras mordía una de las guías del bigote como solía hacer cuando se encolerizaba.

Y, ¿qué habrían hecho con el cuerpo?

¡Si por lo menos le hubiesen traído al hijo como le habían traído al padre, con la frente taladrada por un balazo!

Ruido de voces vino á interrumpirla en sus reflexiones. Eran los prusianos que volvían de la aldea. Metióse rápidamente la carta en el bolsillo y los recibió con tranquilidad, como tenía por costumbre, pues le habían dado tiempo para secarse los ojos.

Los cuatro venían riendo, encantados, pues traían un conejo soberbio, que sin duda habían robado, y hacían señas á la vieja indicándole que iban á comer cosa buena.

Inmediatamente se puso á trabajar para preparar el almuerzo, pero cuando fué preciso matar el conejo le fallaron las fuerzas y el valor. Y sin embargo, había matado muchos... Uno de los soldados acabó con él de un soberano puñetazo en la nuca, y una vez muerto el animalillo sacó de la piel el rojo cuerpo: pero la vista de la sangre, sangre templada que le cubría las manos y que sentía enfriarse y coagularse, la hacía temblar de pies á cabeza... Y constantemente veía ante sus ojos á su hijo, partido en dos y ensangrentado, como aquel animal todavía palpitante.

Se sentó á la mesa con sus prusianos, mas no pudo comer nada. Ellos devoraron el conejo sin ocuparse de la vieja, y ésta les miraba de soslayo, sin hablar, madurando una idea, y con tanta impasibilidad que no pudieron advertir nada.

Repentinamente preguntó: «Pronto hará un mes que estamos juntos y no conozco más que sus nombres de pila. ¿Y sus apellidos?». Difícilmente comprendieron lo que ella quería, mas al fin terminaron por decir como se llamaban. Pero eso no bastó: preciso fué que escribiesen sus nombres, en un papel y, con los nombres, las señas de sus familias. Atentamente se fijó en aquella letra desconocida y, doblando luego el papel se lo metió en el bolsillo en que guardaba la carta anunciadora de la muerte de su hijo.

Cuando la comida hubo terminado, la vieja dijo á sus huéspedes:

--Voy á trabajar para ustedes.

Y empezó á subir haces de heno al granero donde dormían.

Este trabajo les extrañó, pero como ella les explicara que lo hacía para que tuviesen menos frío, la ayudaron. Y amontonaron haces hasta el techo de bálago, construyéndose una especie de habitación, caliente y perfumada, en la que durmieron maravillosamente.

Por la noche, viendo que la vieja Salvaje tampoco comía, uno de ellos se inquietó. Ella afirmó que le dolía el estómago, encendió luego buena lumbre para calentarse, y los cuatro alemanes subieron á su morada por la escalera de mano que utilizaban todas las noches.

En cuanto se hubo cerrado la trampa, la vieja retiró la escalera, abrió luego, sin hacer ruido, la puerta que daba al campo y entró haces de paja hasta llenar completamente la cocina. Andaba descalza por la nieve y con tanto cuidado que no se la oía, y de cuando en cuando interrumpía su tarea para escuchar los sonoros y desiguales ronquidos de los cuatro soldados.

Cuando juzgó que los preparativos eran suficientes arrojó uno de los haces en el hogar, y cuando estuvo encendido, lo esparció sobre los otros y volvió á salir.

Segundos después, violenta claridad iluminó el interior de la choza que no tardó en convertirse en gigantesco brasero, en horrible horno ardiente cuyos resplandores salían por la estrecha ventana, derramando sobre la nieve sus esplendentes rayos.

Un grito espantoso resonó en la parte alta de la casa, grito que se convirtió en rugidos humanos, en desgarradoras llamadas de angustia y horror. La trampa se hundió y un torbellino de llamas se elevó hacia el granero, prendió en el techo de bálago, subió al cielo como inmensa llama de antorcha, y la choza entera ardió.

En el interior no se oía más que la crepitación del incendio, los crujidos de los muros, y el ruido de las vigas al hundirse. El techo se desplomó, y el esqueleto ardiente de la morada lanzó al aire, en medio de una nube de humo, inmenso penacho de chispas.

El campo, blanco é iluminado por el incendio, semejaba una inmensa sábana de plata teñida de rojo, y el imponente silencio fué roto por el sonido de una campana que empezó á doblar á lo lejos.

La vieja Salvaje seguía de pie, ante su morada destruida, armada con su fusil, el de su hijo, por temor á que escapase alguno de los hombres.

Cuando vió que todo había terminado, arrojó el arma al brasero. Una detonación resonó.

Llegaron gentes, labradores y prusianos, y encontraron á la mujer, tranquila y satisfecha, sentada junto al tronco de un árbol.

Un oficial alemán, que hablaba francés como si hubiese nacido en Francia, le preguntó:

--¿Dónde están los soldados?

--¡Ahí dentro!

La gente se agrupó en torno suyo, y el prusiano volvió á preguntar:

--¿Cómo ha prendido el fuego?

Y ella contestó:

--Yo he incendiado la casa.