Part 8
Á pesar de que la desesperación me roía el alma, no pude contener una carcajada, y dejé á mi negro entregado á su nuevo comercio.
¿No valía más esto que hacer que se lo llevasen prisionero?
Y usted acaba de ver que ese buen mozo no perdió el tiempo.
Bézières, hoy, pertenece á Alemania. El fonducho de Tombouctou es un principio de desquite.
EN LOS CAMPOS
Las dos chozas se alzaban una junto á otra al pie de una colina situada muy cerca de la población de aguas. Y los dos campesinos, para mantener á los pequeños, trabajaban de firme la infecunda tierra. Cada matrimonio tenía cuatro, y los chiquillos jugaban ante las puertas vecinas desde por la mañana hasta por la noche. Los dos mayores tenían seis años, los dos pequeños poco más de quince meses, y tanto en un hogar como en el otro, los matrimonios y luego los nacimientos se habían producido casi simultáneamente.
Apenas si en el montón las dos madres podían distinguir sus productos, y los padres los confundían siempre. Los ocho nombres daban vueltas por su cabeza, se mezclaban, y cuando precisaba llamar á uno, con frecuencia nombraban á tres antes de dar con el verdadero.
La primera morada, más cercana á la estación termal de Rolleport, estaba ocupada por los Tuvache que tenían tres niñas y un niño, y la otra albergaba á los Vallín que tenían una niña y tres muchachos.
Y todos vivían penosamente, alimentándose con sopa, patatas y aire libre. Á las siete, por la mañana, á mediodía, y por la noche á las seis, las madres reunían á los rapaces para darles de comer, del mismo modo que las que guardan gansos reúnen á las bestias. Por orden de edad los niños se sentaban á una mesa de madera que cincuenta años de uso habían pulido, y la boca del más pequeño apenas llegaba á la altura del tablero. Ante ellos se colocaba un plato sopero, lleno de pan cocido en el agua que había servido para hervir media col, patatas y tres cebollas, y todos comían hasta matar el hambre. La madre se cuidaba del más pequeño. Los domingos, la carne del cocido era un plato exquisito para todos, y ese día el padre prolongaba la comida á puro de repetir: «Así comería yo todos los días».
En una tarde del mes de agosto, un cochecillo ligero se detuvo ante las dos chozas, y una mujer joven, que lo guiaba, dijo al caballero que estaba sentado á su lado:
--Mira, Enrique, mira cuantos niños. ¡Qué monos están revolcándose por el polvo!
El hombre, acostumbrado á esas admiraciones que para él eran un dolor y casi un reproche, no contestó.
Pero la dama repuso:
--Tengo que darles un beso. ¡Oh! ¡Cuánto me gustaría tener á uno, á ése, el más pequeño!
Y, saltando del cochecillo, cogió á uno de los de Tuvache. Y alzándole en brazos le besó con fuerza sus mejillas sucias, sus rubios y rizados cabellos apomazados con tierra, y sus manitas que se agitaban para librarse de tan importunas caricias.
Luego, volvió á subir al cochecillo y se alejó al trote largo. Pero, á la semana siguiente volvió, y sentándose en el suelo cogió al rapaz en brazos, le atracó de pasteles y bombones, y dió caramelos á los otros. Con ellos jugó como hubiera podido jugar una chiquilla, mientras su marido esperaba en el frágil cochecillo.
Volvió otra vez, entabló relaciones de amistad con los padres, y á partir de entonces allí la vieron todos los días, y todos los días les daba golosinas y dinero.
Eran los señores de Hubières.
Una mañana, al llegar, su marido se apeó con ella, y sin pararse á jugar con los chiquillos que ya la conocían perfectamente, penetró en la morada de los labradores.
Allí estaban haciendo astillas para cocer la sopa: se volvieron sorprendidos, les ofrecieron sillas, y esperaron. Entonces la joven, con voz entrecortada y temblorosa, dijo:
--Amigos míos, vengo á hablarles porque quisiera... quisiera llevarme conmigo á su... á su hijo menor...
Los campesinos, atolondrados y sin saber qué pensar, no respondieron.
Ella tomó aliento y continuó:
--Nosotros no tenemos hijos... Mi marido y yo estamos solos, y si ustedes quisieran... lo educaríamos.
La mujer, que empezaba á comprender, preguntó:
--¿Ustedes quieren quitarnos á Carlos? Pues eso si que no...
Entonces intervino el señor de Hubières.
--Mi mujer se ha explicado mal--dijo.--Nosotros querríamos adoptarlo, pero él vendría á verles. Si es bueno, como todo lo hace suponer, será nuestro heredero, y si por casualidad tuviésemos hijos, se repartiría nuestra fortuna con ellos. Pero, si no respondiese á nuestros deseos y cuidados, cuando llegase á su mayor edad le entregaríamos una suma de veinte mil francos que desde ahora depositaríamos en casa de mi notario. Y como también hemos pensado en ustedes, les daríamos, hasta su muerte, una renta de cien francos mensuales. ¿Han comprendido?
La mujer se levantó furiosa.
--Lo que ustedes quieren es que les vendamos á Carlos, ¿verdad? Pues no, y mil veces no. Ésas son cosas que no se proponen á una madre; no, no. Sería abominable.
El hombre, grave y pensativo, no decía nada, pero moviendo la cabeza continuamente, aprobaba las palabras de su mujer.
La señora de Hubières, desesperada, rompió á llorar, y dirigiéndose á su marido y con voz llena de sollozos, voz de niña á la que se satisfacen todos los deseos, dijo:
--¡No quieren, Enrique, no quieren!
Entonces hicieron la última tentativa.
--Pero, amigos míos, piensen ustedes en el porvenir del niño en su felicidad, en su...
La mujer, exasperada, le cortó la palabra:
--Todo está visto, oído y pensado. Vamos, largo de ahí y que no les vea nunca más... Pues ahí es nada, querer quitarnos á un hijo como ése.
Entonces, la señora de Hubières, al salir, vió que los pequeños eran dos, y á través de sus lágrimas, y con tenacidad de mujer voluntariosa y mimada que no está acostumbrada á esperar, preguntó:
--Pero el otro pequeño ¿no es de ustedes?
Tuvache respondió:
--No, es de los vecinos; si quieren hablar con ellos, hablen.
Y entró en su casa donde aún resonaba la voz de la indignada mujer.
Los Vallín estaban sentados á la mesa comiendo lentamente grandes rebanadas de pan que untaban con un poco de manteca, y el señor de Hubières renovó sus proposiciones, pero esta vez tomando más precauciones oratorias y empleando mayor astucia.
Los rurales movían la cabeza haciendo signos negativos, pero cuando se hubieron enterado de que tendrían cien francos mensuales, vacilaron y se miraron con fijeza.
Torturados y vacilantes guardaron silencio durante largo rato, hasta que al fin la mujer preguntó:
--¿Qué dices, hombre?
Y él contestó sentenciosamente:
--Que es para pensarlo.
Entonces, la señora de Hubières, que temblaba de angustia, les habló del porvenir del pequeño, de su felicidad, y del dinero que más tarde podría procurarles.
El labrador preguntó:
--Y esa renta de cien francos ¿nos será prometida ante notario?
El señor de Hubières respondió:
--Sí, y mañana mismo.
La mujer, que meditaba, objetó:
--Cien francos por mes no bastan para que nos privemos del pequeño; dentro de algunos años podrá trabajar, y es preciso que se nos den ciento veinte francos.
El señor de Hubières, que trepidaba de impaciencia, accedió en el acto; y como su mujer quería educar al niño, dió cien francos de regalo y se dispuso á redactar el escrito. El alcalde y un vecino sirvieron de testigos.
Y la señora de Hubières, radiante, satisfecha, se llevó al chiquillo que lloraba desesperadamente, como se hubiera llevado una figulina ardientemente deseada.
Los Tuvache, de pie junto á su puerta, mudos y severos, les vieron marchar y tal vez lamentaron su negativa.
No se volvió á oir hablar del pequeño Juan Vallín. Los padres iban todos los meses á casa del notario á cobrar los ciento veinte francos, y estaban enfadados con los Tuvache porque la madre los agobiaba con ignominias repitiendo á su puerta que preciso era que fuesen seres desnaturalizados para haber vendido á su hijo, y que aquello era un horror, una porquería y un ejemplo de corrupción.
Y á veces cogía en brazos á su hijo Carlos, y zarandeándole y como si pudiese comprenderla, gritaba:
--Yo no te he vendido, hijo mío, yo no te he vendido, pues aunque no soy rica no vendo á mis hijos.
Y por espacio de años y más años, casi diariamente, se repitieron las alusiones groseras, pronunciadas ante la puerta, á fin de que entrasen en la casa vecina. Y la tía Tuvache, por no haber querido vender á su hijo, llegó á creerse superior á todas las mujeres de la comarca. Los que hablaban de ella decían:
--La cosa era capaz de tentar á un santo, pero dió pruebas de ser buena madre.
Se la ponía como ejemplo, y Carlos, que ya tenía dieciocho años, oyendo sin cesar lo que se repetía, llegó también á creerse superior á sus compañeros porque no le habían vendido.
Los Vallín, gracias á la pensión, vivían holgadamente. Y el furor de los Tuvache procedía de esto.
Murió su hijo mayor, el segundo se marchó al servicio militar, y Carlos se quedó con su anciano padre para trabajar penosamente y poder dar de comer á su madre y á las dos hermanas que tenía.
Tendría veintiún años cuando ante las dos chozas se detuvo un coche magnífico, y un señor joven, con reloj y cadena de oro, se apeó dando la mano á una señora anciana que tenía el pelo completamente blanco. Y la anciana le dijo:
--Allí es, hijo mío, la segunda casa.
Y entraron en la morada de los Vallín.
La madre lavaba sus delantales; y el padre, enfermo, dormitaba junto á puerta. Los dos viejos levantaron la cabeza, y el joven dijo:
--Buenos días papá; buenos días mamá.
Se levantaron asustados. La buena mujer dejó caer el jabón en el agua y balbució:
--¿Eres tú, hijo mío? ¿Eres tú?
Él la estrechó entre sus brazos y besándola en las mejillas repetía:--Buenos días, mamá.
Entretanto, el viejo, con la tranquilidad que nunca perdía y como si le hubiese visto un mes antes, decía:
--¿Ya estás de vuelta Juan?
Y, después de los transportes naturales, quisieron pasear al hijo por todo el pueblo para que lo viesen. Y lo llevaron á casa del alcalde, á casa del cura, á casa del maestro, y á casa del secretario.
Carlos le contemplaba desde la puerta de su choza.
Por la noche, mientras cenaban, dijo á sus padres.
--Precisa haber sido imbéciles para haber dejado que se llevasen al chico de los Vallín.
Su madre replicó con firmeza:
--Nosotros no quisimos vender á nuestro hijo.
El padre callaba.
Pero el joven replicó:
--Pues ahí es nada, verse sacrificado de este modo.
Enfurecido, el viejo Tuvache rugió:
--¿Vas á reprocharnos que te hayamos conservado á nuestro lado?
Y el mozo, brutalmente, contestó:
--Sí, os lo reprocho, porque sois unos majaderos. Padres como vosotros sólo sirven para hacer la desgracia de sus hijos. Mereceríais que os dejase.
La pobre mujer lloraba á lágrima viva. Gemía tragando cucharadas de sopa, y entre sollozo y sollozo, balbucía:
--Sí, mataros para criar á los hijos.
Y el mozo añadió con rudeza:
--Mejor quisiera no haber nacido que ser lo que soy. Cuando hace poco he visto al otro, la sangre se me ha revuelto y he pensado: Eso sería yo.
Y se puso en pie.
--Claramente veo que lo mejor que puedo hacer es marcharme, por que os reprocharía constantemente lo que conmigo habéis hecho y os daría constantes disgustos. No, eso no os lo perdonaré nunca.
Los viejos, llorando y aterrorizados, se abrazaron.
Y él replicó:
--No, sería demasiado duro. Más vale que me vaya á buscármelas por otras partes.
Y abrió la puerta. Se oyó ruido de voces: eran los Vallín qué celebraban el regreso de su hijo.
Entonces Carlos golpeó la tierra con el píe, y dirigiéndose á sus padres, gritó:
--¡Miserables!
Y se perdió entre las sombras de la noche.
LA AVENTURA DE WALTER SCHNAFFS
Desde que había entrado en Francia con el ejército invasor, Walter Schnaffs se creía el más desgraciado de los hombres. Era gordo, andaba con suma dificultad, se ahogaba, y sufría horriblemente, pues sus pies eran planos y grasientos. Además era pacífico por temperamento: ni magnánimo ni sanguinario, padre de cuatro hijos que adoraba, y estaba casado con una rubia joven y bonita á la que echaba muy de menos. Le gustaba levantarse tarde y acostarse temprano, comer despacio cosas buenas, y atiborrarse de cerveza en las cervecerías. También pensaba que todo lo que es agradable en la existencia desaparece con la vida, y en el fondo de su corazón alimentaba un odio espantoso, instintivo y al mismo tiempo razonado, contra los cañones, los fusiles, las pistolas y los sables, y muy especialmente contra las bayonetas, pues se sentía incapaz para manejar velozmente esa arma y defender con ella su abultado vientre.
Y cuando la noche llegaba y se acostaba sobre el duro suelo, envuelto en la manta, y junto á sus compañeros que roncaban, pensaba tristemente en los suyos, que se habían quedado allá lejos, y en los peligros de que estaba sembrado su camino: «Si le matasen ¿qué sería de los pequeños? ¿Quién les daría de comer y quién les educaría?». No eran ricos, había contraído algunas deudas para dejarles dinero al marcharse y, al pensar en todas estas cosas, Walter Schnaffs lloraba muchas veces.
Al empezar las batallas, una debilidad tan grande se señoreaba de sus piernas, que de no haber pensado que el ejército entero pasaría por encima de su cuerpo, se hubiera dejado caer. Y el silbido de las balas tenía el don de erizarle el pelo.
Así vivía desde hacía algunos meses, lleno de terror y de angustia.
El cuerpo de ejército á que pertenecía avanzaba por tierra normanda, y un día le enviaron á hacer un reconocimiento con un débil destacamento que sólo tenía que explorar una parte del territorio y replegarse en seguida. En el campo todo parecía tranquilo y nada hacía prever una resistencia preparada.
Ahora bien, tranquilamente bajaban los prusianos por un valle, cuando, derribando á unos veinte hombres, les contuvo violento tiroteo; una tropa de guerrilleros surgió repentinamente de un bosquecillo y hacia ellos se dirigió con las bayonetas caladas.
En un principio, Walter Schnaffs quedó inmóvil y tan atolondrado y sorprendido, que ni siquiera pensó huir. Luego se apoderó de él furioso deseo de ponerse en salvo; pero pensó que, comparado con los delgados franceses que se acercaban saltando como un rebaño de cabras, él corría como una tortuga. Entonces, distinguiendo á pocos pasos un foso lleno de maleza y cubierto de hojas secas, saltó á pies juntillas, sin pensar en la profundidad, que podría tener, como se salta á un río desde un puente.
Como una flecha pasó á través de las agudas aliagas y de una espesa capa de espinos que le desgarraron el rostro y las manos, y, pesadamente, cayó sentado en un lecho de piedras.
Levantó los ojos, y, por el agujero que al pasar había hecho, vió el cielo. Aquel agujero revelador podía denunciarle, y á gatas se arrastró con precaución por el fondo de aquella cueva con techo de ramas enlazadas, y andando lo más de prisa posible para alejarse del lugar del combate. Luego se detuvo, se sentó, y, como una liebre, se acurrucó junto á un montón de hojas secas.
Por espacio de media hora oyó tiros, gritos y quejas. Luego, los clamores de la lucha fueron debilitándose hasta cesar, y todo quedó silencioso y tranquilo.
Repentinamente, algo se agitó á su lado. Se llevó un susto espantoso, pero vió que era un pajarito que, posado en una rama, agitaba las hojas muertas. Y durante una hora, el corazón de Walter Schnaffs latió apresuradamente.
Llegó la noche, inundando el valle con sus sombras, y el soldado empezó á pensar. ¿Qué haría? ¿ Qué sería de él? ¿Se reuniría á su ejército? Pero ¿cómo y por dónde? Preciso sería reanudar la vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que llevaba desde que la guerra había empezado... ¡No! No se sentía con tanto valor, y ya no tenía la energía necesaria para soportar las marchas y afrontar los constantes peligros.
Pero ¿qué hacer? No podía quedarse en aquel foso y ocultarse en él hasta que terminasen las hostilidades. Claro que no: si no se hubiese necesitado comer, la perspectiva de permanecer allí no le hubiera aterrado; pero era preciso comer, y comer todos los días.
Y se encontraba allí solo, armado, en territorio enemigo, y lejos de los que hubieran podido defenderle. Y continuados escalofríos recorrían su cuerpo...
De pronto, pensó: «¡Si hubiese caído prisionero!». Y su corazón latió con violencia con el deseo inmoderado y furioso de ser prisionero de los franceses. ¡Prisionero! Estaría salvado, alimentado, á cubierto y al abrigo de las balas y de los sables, sin temores posibles, y en una cárcel sólida y bien guardada. ¡Prisionero! ¡Qué sueño!
Inmediatamente tomó esta resolución.
--Voy á constituirme prisionero.
Y se levantó resuelto á ejecutar su proyecto sin pérdida de momento. Pero, quedóse inmóvil y asaltado por mil reflexiones enojosas y por mil terrores nuevos.
¿Á dónde iría á constituirse prisionero? ¿Cómo? ¿Hacia qué lado? Espantosas imágenes, imágenes de muerte, se presentaron á sus ojos.
Aventurándose por el campo con su casco puntiagudo, iba á correr grandes peligros.
¿Y si encontraba á labradores? Al ver á un prusiano perdido, á un prusiano sin defensa, le matarían como á un perro rabioso. Le matarían con sus azadones, sus palas, sus picos y sus guadañas. Y le convertirían en papilla con el encarnizamiento de los vencidos exasperados.
¿Y si tropezaba con guerrilleros? Esos guerrilleros sin ley ni disciplina, le fusilarían para pasar un rato, para divertirse un poco viéndole la cara. Y ya se veía de espalda contra una pared frente á doce fusiles cuyos ojos redondos y negros parecían mirarle.
¿Y si se encontraba con el ejército francés? Los hombres de la vanguardia le tomarían por un explorador, por un atrevido, y la emprenderían á tiros con él. Y ya oía las irregulares detonaciones de los soldados ocultos entre la maleza, mientras él, de pie en medio del campo, caía agujereado como una espumadera por las balas que sentía penetrar en su carne.
Y desesperado volvió á sentarse. Su situación le parecía espantosa, y cuando llegó la noche, la noche negra y muda, no se atrevió ni á moverse.
Los ruidos de las tinieblas, ruidos desconocidos y ligeros, le hacían temblar: y un conejo, al meterse en su conejera, estuvo á punto de hacer perder el sentido á Walter Schnaffs. Los silbidos de las lechuzas le desgarraban el alma, y se sentía acometido por miedos repentinos, dolorosos como heridas. Procurando ver á través de las sombras, arqueaba las cejas abriendo desmesuradamente los ojos, y á cada instante creía que andaban á su lado.
Después de interminables horas y de angustias de condenado, distinguió, á través del techo de ramas, que cenicienta claridad empezaba á inundar el cielo. Entonces la tranquilidad se apoderó de él, su corazón latió normalmente, sus ojos se cerraron, y se durmió.
Al despertar le pareció que el sol estaba en la mitad de su carrera; debían ser las doce. Ni el más ligero ruido turbaba la paz de los campos, y Walter Schnaffs se dió cuenta de que tenía un hambre atroz.
Bostezaba; la boca se le hacía agua pensando en el chorizo, el rico chorizo de los soldados, y el estómago le dolió.
Se levantó, dió algunos pasos, sintió que sus piernas apenas podían sostenerle, y volvió á sentarse para reflexionar. Por espacio de dos ó tres horas estuvo pesando el pro y el contra de las cosas, cambiando á cada instante de resolución, combatido, desgraciado, víctima de ideas contrarias.
Al fin dió con una que se le antojó lógica y práctica; la de acechar el paso de un aldeano que fuese solo, sin armas y sin útiles de trabajo que fuesen peligrosos, y salir á su encuentro poniendo su suerte en sus manos y haciéndole comprender que se rendía.
Entonces se quitó el casco cuyo pico le podía traicionar y con infinitas precauciones sacó la cabeza por el agujero.
No se veía á nadie... Á lo lejos, á la izquierda, se alzaba una aldea que enviaba al cielo el humo de sus cocinas. Y á la derecha se distinguían los árboles de una avenida y un castillo con dos torreones...
Sufriendo horriblemente, aguardó hasta la noche, sin ver más que el vuelo de los cuervos y sin oir otra cosa que las quejas sordas de sus entrañas.
Las sombras se cayeron sobre el valle.
Se tendió en el fondo de su retiro, y allí durmió con sueño febril, presa de horribles pesadillas, con sueño de hombre hambriento.
La aurora se extendió de nuevo sobre su cabeza: se puso á observar, y el campo se ofreció á su vista tan solitario como la víspera. Entonces un miedo espantoso se apoderó de Walter Schnaffs, el miedo á morir de hambre. Y se veía tendido en su hoyo, boca arriba y con los ojos cerrados. Luego, bichos pequeños, bichos de todas clases se acercaban á su cadáver y empezaban á comérselo, atacándole por todas partes á la vez y deslizándose por debajo de sus vestidos para morderle en la piel fría. Y un cuervo enorme, con su afilado pico, le arrancaba los ojos.
Imaginando que la debilidad le haría perder el sentido y que no podría moverse, se volvió loco, y ya se disponía á correr hacia la aldea, dispuesto á afrontarlo todo, cuando distinguió á tres labradores que con las palas al hombro se dirigían al campo... y se metió en su escondrijo.
Pero, en cuanto la noche obscureció la llanura, salió lentamente del foso, y encorvado y lleno de miedo, palpitándole fuertemente el corazón, se puso en camino dirigiéndose hacia el castillo, que prefería á la aldea, pues ésta se le antojaba una madriguera de tigres.
Las ventanas bajas brillaban; una estaba abierta, y de ella salía fuerte olor á carne asada, olor que, penetrando bruscamente por las narices de Walter SchnafFs, le llegó hasta el vientre, crispándole, atrayéndole irresistiblemente, y llenándole el corazón de desesperada audacia.
Y sin reflexionar y sin quitarse el casco, hizo su aparición en el marco de la ventana.
Alrededor de una gran mesa comían ocho criados, y de pronto una jovencita dejó caer el vaso que tenía en la mano, se quedó con la boca abierta, y con los ojos fijos en la ventana. ¡Todas las miradas siguieron la suya!
¡Y vieron al enemigo!
¡Santo Dios! ¡Los prusianos atacaban el castillo!
Primero se oyó un grito, un grito compacto que se componía de ocho, un grito de espanto, horrible, y luego una huida tumultuosa, una fuga hacia la puerta del fondo. Las sillas caían; los hombres derribaban á las mujeres y pasaban por encima de ellas, y en dos segundos no quedó nadie en la habitación, nada más que la mesa cubierta de alimentos que Walter Schnaffs, de pie junto á la ventana, contemplaba estupefacto.
Después de unos segundos de vacilación se metió dentro de un salto y avanzó hacia los platos. Su hambre, exasperada, le hacía temblar febrilmente; pero cierto terror le retenía y le paralizaba. Escuchó. La casa entera parecía en revolución, y las puertas se cerraban y pasos rápidos cruzaban el piso superior en todas direcciones. El prusiano, inquieto, prestaba oído atento á todos esos rumores confusos: luego oyó ruidos sordos, como si cuerpos pesados cayesen en la blanda tierra, al pie del muro, cuerpos humanos saltando desde el primer piso...
Luego cesó el movimiento y la agitación, y el gran castillo quedó silencioso como una tumba.