Chapter 22 of 22 · 2663 words · ~13 min read

Part 22

El chubasco arreció inundando aceras y arroyo, y el señor Marín se vió precisado á meterse en un portal. Allí estaba ya un sacerdote, un sacerdote anciano con todo el pelo blanco. Antes de ser consejero de Estado, el señor Marín detestaba al clero, pero después del nombramiento empezó á tratarlo con consideración, muy especialmente desde que un cardenal le había consultado muy cortésmente con respecto á un asunto difícil. La lluvia era torrencial y obligó á los hombres á que se refugiasen en el cuarto del portero para evitar las salpicaduras, y el señor Marín, que, como siempre, sentía la comezón de hablar para decir lo que era, empezó la conversación:

--Muy mal tiempo, padre cura, muy mal tiempo.

El anciano sacerdote se inclinó:

--Sí, señor, muy desagradable, sobre todo cuando se viene á París por unos días.

--¡Ah! ¿Es usted provinciano?

--Sí, señor; estoy aquí de paso.

--Con efecto, es muy desagradable eso de tener lluvia cuando se viene á la capital por unos días. Nosotros, los funcionarios, los que pasamos aquí todo el año, no nos preocupamos.

El sacerdote no contestó. Miró á la calle, y viendo que llovía menos, tomó su partido, y levantándose la sotana como las mujeres se levantan las faldas para cruzar las calles, se dispuso á salir.

El señor Marín exclamó:

--Señor cura, se va usted á poner como una sopa. Espere un poco todavía que eso pasará.

El buen hombre se detuvo indeciso, y luego dijo:

--Es que tengo mucha prisa: tengo una cita urgente.

El señor Marín parecía desolado.

--Va usted á ponerse hecho una sopa. ¿Puedo preguntarle á qué barrio se dirige?

El cura vaciló un instante y contestó:

--Voy por el lado del Palais Royal.

--En este caso, señor cura, voy á ofrecerle, si me lo permite, la mitad de mi paraguas. Yo voy al consejo de Estado porque soy consejero de Estado.

El sacerdote levantó la cabeza, se fijó en su vecino y contestó:

--Muchísimas gracias, caballero, acepto muy reconocido.

Entonces el señor Marín le cogió por un brazo y se lo llevó. Le dirigía, le vigilaba y le aconsejaba.

--Cuidado, señor cura, con este arroyo. Sobre todo no se fíe de las calles de mucho movimiento, le salpicarán á usted desde la cabeza hasta los pies. Tenga cuidado con los paraguas de las gentes que pasan: para los ojos, nada más peligroso que las puntas de las varillas. Las mujeres, especialmente, son insoportables: no se fijan en nada y le plantan á uno en medio de la cara las puntas de sus sombrillas ó de sus paraguas. Y no se molestan por nadie: parece que el mundo es suyo. Reinan en la acera y en la calzada. Á mí me parece que la educación de la mujer está muy descuidada.

Y el señor Marín se puso á reir.

El cura no contestaba. Andaba un poco encorvado, y escogía los sitios para poner el pie á fin de no ensuciarse ni el calzado ni la sotana.

El señor Marín repuso:

--Sin duda usted habrá venido á París para distraerse.

--No, me trae un asunto.

--¡Ah! ¿Y es un asunto de importancia? ¿Me atreveré á preguntarle de qué se trata? Si puedo serle útil, me pongo incondicionalmente á su disposición.

El cura parecía inquieto, preocupado, y murmuró:

--¡Oh! Es un asuntito personal; un ligero desacuerdo con mi obispo... Eso no le interesa... Es un... un asunto... de orden interior... de... materia eclesiástica.

--Pues precisamente el Consejo de Estado resuelve estas cuestiones, y en este caso, use de mí.

--Sí, señor; yo voy al Consejo de Estado. Usted es muy bueno. Yo voy á ver á los señores Lerepère, Savon, y tal vez al señor Petitpas.

El señor Marín se paró en seco.

--Pero, señor cura, si son amigos míos, colegas excelentes, bellísimas personas. Voy á recomendarle á los tres, y bien calurosamente. Cuente conmigo.

El cura saludó, se deshizo en excusas y balbució mil acciones de gracias.

El señor Marín estaba encantado.

--¡Ah! Usted si que puede decir que tiene una suerte loca. Va usted á ver cómo, gracias á mí, su asunto se resolverá á pedir de boca.

Y llegaron al Consejo de Estado. El señor Marín hizo subir al sacerdote á su gabinete, le ofreció una silla, lo instaló ante la lumbre, y sentándose él á la mesa de trabajo, se puso á escribir:

«Mi querido colega: permítame que le recomiende muy calurosamente á un venerable eclesiástico, uno de los más dignos y merecedores de consideración, el Reverendo padre...»

Y preguntó:

--¿Su nombre?

--El padre Ceinture.

El señor Marín se puso de nuevo á escribir.

«El reverendo padre Ceinture que necesita de sus buenos oficios para un asuntito del que le hablará.

«Me felicito de esta circunstancia, mi querido colega, que me permite...»

Y seguían las fórmulas de rigor.

Cuando hubo escrito las tres cartas, se las entregó á su protegido que se fué después de haber hecho mil protestas de agradecimiento.

El señor Marín, concluido su trabajo, volvió á su casa, pasó el día tranquilamente, durmió en paz, despertó encantado, y pidió los periódicos.

El primero que abrió era un diario radical. Y leyó:

«Nuestro clero y nuestros funcionarios.

«Nunca acabaremos de denunciar las maldades del clero. Cierto sacerdote llamado Ceinture, convencido de haber conspirado contra el actual gobierno, acusado de actos indignos que ni siquiera mencionaremos, que además se cree es un ex-jesuíta metamorfoseado en sencillo sacerdote, destituido por un obispo por motivos que según se dice son escandalosos, y llamado á París para dar explicaciones con respecto á su conducta, ha encontrado un ardiente defensor en el llamado Marín, consejero de Estado, que no teme dar á ese malhechor cartas de recomendación muy calurosas para todos los funcionarios republicanos colegas suyos.

«Señalamos la incalificable conducta de ese consejero de Estado, llamando la atención al ministro...».

El señor Marín saltó de la cama, se vistió á escape, corrió, á casa de su colega Petitpas, quien le dijo:

--Al recomendarme á ese viejo conspirador, estaría usted loco...

Y el señor Marín, trastornado, balbució:

--No, pero vea usted... me engañó. Parece tan bueno... se ha burlado de mí, se ha burlado de mí indignamente. Se lo suplico, hágale condenar y muy severamente. Voy á escribir, dígame á quién tengo que escribir para que le condenen. Voy á encontrar al procurador general y al arzobispo de París, sí, al arzobispo...

Y sentándose á la mesa de Petitpas escribió:

«Monseñor: tengo el honor de poner en conocimiento de Vuestra Eminencia que acabo de ser víctima de las intrigas y mentiras de un sacerdote llamado Ceinture que ha sorprendido mi buena fe.

«Engañado por las protestas de este eclesiástico he podido...».

Y luego, cuando hubo firmado y cerrado la carta, se volvió y dijo:

--Ya lo ve usted, amigo mío: que eso le sirva de enseñanza, y no recomiende nunca á nadie.

UNA VENDETTA

La viuda de Paolo Saverini vivía sola con su hijo en una casita pobre de las fortificaciones de Bonifacio. La ciudad, construida en la falda de una montaña y á trechos casi suspendida sobre la mar, mira, por encima del estrecho erizado de escollos, á la costa más baja de Cerdeña. Á sus pies, y por el lado opuesto, casi la rodea completamente un corte del acantilado que semeja gigantesco corredor y le sirve de puerto llevando hasta las primeras casas, después de largo circuito entre dos abruptas murallas, las barcas pescadoras italianas ó sardas, y, cada quince días, al viejo vaporcito que hace el servicio de Ajaccio.

En la blanca montaña, el montón de casitas forma una mancha más blanca todavía. Parecen nidos de pájaros salvajes colgados sobre la roca que domina el paso dificilísimo por donde tan pocos buques se aventuran. El viento azota sin descanso la desnuda costa, y se mete en el estrecho cuyos lados roe. Las cintas de pálida espuma que aparecen en las negras puntas de innumerables rocas constantemente azotadas por las olas, semejan jirones de telas que flotan y palpitan en la superficie del agua.

La casa de la viuda Saverini, enclavada en el mismo borde del acantilado, abre sus tres ventanas á este horizonte desolado y salvaje.

Y allí vivía sola con su hijo Antonio y su perra «Semillante», animal grande, delgado, de pelo largo y rudo, de la raza de los mastines y que servía al joven para cazar.

Una noche, después de una disputa, Antonio Saverini fué muerto traidoramente de una puñalada que le dió Nicolás Ravolati, el cual, la misma noche, se fué á Cerdeña.

Cuando la madre recibió el cuerpo de su hijo, que unos paseantes le llevaron, no lloró; pero permaneció largo rato inmóvil contemplándole, y extendiendo luego su rugosa mano sobre el cadáver, le juró la vendetta. Ni siquiera quiso que la hiciesen compañía, y se encerró junto al cuerpo con la perra, que aullaba. Y el animal aquel aullaba continuamente, de pie, al lado de la cama, la cabeza vuelta hacia su amo y la cola metida entre las patas. No se movía, como no se movía tampoco la madre, que, inclinada sobre el cuerpo de su hijo, lloraba silenciosamente.

El joven, tendido boca arriba, con la chaqueta de paño agujereada y desgarrada en el pecho, parecía dormir; pero tenía sangre en todas partes: en el chaleco, en el pantalón, en la cara y en las manos. Y gotas de sangre coaguladas se veían en su barba y en sus cabellos.

Su anciana madre empezó á hablarle, y al ruido de su voz la perra calló.

--Hijo mío, mi pobre hijo mío, tu madre te vengará.

Duerme, duerme, que serás vengado. Es tu madre quien te lo promete, ¿me oyes? Y tu madre cumple siempre sus promesas, ya lo sabes.

Y lentamente se inclinó sobre él, pegando sus labios fríos sobre los labios muertos.

Semillante empezó nuevamente á gemir, y sus gemidos eran monótonos, desgarradores, horribles.

Y allí estuvieron las dos, la mujer y la bestia, hasta que amaneció.

Antonio Saverini fué enterrado al día siguiente, y pronto nadie habló más de él en Bonifacio.

No había dejado hermanos ni parientes próximos, y no había ningún hombre para que persiguiese la vendetta. Únicamente pensaba en ella la madre, la vieja.

Desde por la mañana hasta por la noche veía un punto blanco al otro lado de la costa. Era una aldea sarda, Longosardo, donde se refugian los bandidos corsos cuando se les persigue muy de cerca. Casi ellos solos pueblan la aldea, y frente á las costas de su patria esperan el momento propicio para volver. Y en esa aldea, ella lo sabía, se había refugiado Nicolás Ravolati.

Completamente sola pasaba los días sentada á su ventana, mirando á lo lejos y pensando en su venganza. ¿Cómo se las compondría sin tener á nadie, enferma y tan cerca de la muerte? Pero había prometido, había jurado sobre el cadáver, y ni podía olvidar ni podía esperar. ¿Qué haría? Pasaba las noches sin dormir y no lograba momento de reposo ni de tranquilidad: buscaba con obstinación. La perra dormitaba á sus pies, y á veces levantaba la cabeza y aullaba. Desde que su amo había muerto, aullaba así con frecuencia, como si le llamase, como si su alma de bestia hubiese guardado también ese recuerdo que nunca se borra.

Ahora bien, una noche, como Semillante se pusiese á gemir, á la madre se le ocurrió una idea salvaje, vindicativa y feroz. Estuvo meditando hasta por la mañana, y al amanecer se levantó y se fué á la iglesia. Rezó, prosternada en el suelo, abatida ante Dios, suplicándole que la ayudase, la sostuviese y diese á su cansado cuerpo las fuerzas que necesitaba para vengar á su hijo.

Luego volvió á su casa. En el patio tenía un barril viejo y roto que servía para recoger el agua que caía por los canalones: lo tumbó, lo vació, lo sujetó al suelo con piedras, y encadenando á Semillante á aquella perrera entró en su casa.

Recorría sin descanso la habitación, con los ojos siempre fijos en la costa de Cerdeña. Allí, allí estaba el asesino.

La perra ladró día y noche. Por la mañana, la vieja le llevó un cubo de agua, nada más; ni sopa ni pan.

Pasó el día; Semillante dormía extenuada. Á la mañana siguiente tenía los ojos brillantes, el pelo erizado, y tiraba furiosamente de la cadena.

La vieja tampoco la dió de comer. La bestia, furiosa ladraba con voz ronca. Y pasó la noche...

Al día siguiente la vieja Saverini fué á casa del vecino y le pidió dos haces de paja. Cogió la ropa vieja que en otros tiempos había llevado su marido y la rellenó para simular un cuerpo humano.

Hundió un palo en el suelo frente á la perrera de Semillante, y allí ató el maniquí que parecía sostenerse en pie: luego fabricó la cabeza con un paquete de trapos sucios.

La perra miraba sorprendida á aquel hombre de paja, y aunque medio muerta de hambre, callaba. Entró en la casa, encendió lumbre en el patio, cerca del tonel de la perra, y se puso á asar una morcilla. Semillante, enloquecida, saltaba, espumajeaba, con los ojos fijos en la morcilla cuyo humo le entraba en el vientre.

Luego, con la morcilla, la vieja hizo una corbata para el hombre de paja: la ató muy bien alrededor de su cuello, como si quisiera metérsela dentro, y cuando hubo terminado soltó á la perra.

De un salto formidable la bestia alcanzó el cuello del maniquí y empezó á desgarrar. Bajaba con un pedazo de su presa en la boca, se lanzaba de nuevo, hundía los colmillos en las cuerdas, arrancaba algunas partículas de alimento, bajaba, y volvía á saltar encarnizándose. Arrancó la cara al maniquí, á dentelladas, y le dejó el cuello hecho jirones.

La vieja, inmóvil y muda, contemplaba con satisfacción visible. Luego encadenó otra vez á la perra, la tuvo ayunando dos días, y el extraño ejercicio volvió á empezar.

Por espacio de tres meses la estuvo acostumbrando á esta especie de lucha para conquistar la comida á dentelladas. Y ya no tenía á la perra atada, y sólo con un gesto hacía que se lanzara sobre el maniquí.

La había enseñado á devorar y desgarrar sin poner morcilla en la garganta. Pero en seguida, y como recompensa, le daba la morcilla asada por ella.

En cuanto distinguía al hombre, Semillante se estremecía, clavaba los ojos en su ama, y cuando ésta levantaba el dedo y le decía «Va», se lanzaba como una loba.

* * * * *

Cuando juzgó que ya era tiempo, un domingo por la mañana la vieja Saverini confesó y comulgó con extático fervor: luego se vistió un traje de hombre, traje que le daba aspecto de pobre harapiento, y se arregló con un pescador sardo para que la llevase con su perra al otro lado del estrecho.

En un saco de tela llevaba un gran pedazo de morcilla, y Semillante hacía dos días que ayunaba. La vieja, para excitarla, la hacía olfatear á cada momento el oloroso manjar.

Entraron en Longosardo. La corsa andaba cojeando. Entró en casa de un panadero y preguntó las señas de Nicolás Ravolati. Éste ejercía su antiguo oficio y trabajaba en el fondo de su tienda. Estaba solo.

La vieja abrió la puerta y le llamó:

--¡Eh! Nicolás.

Éste se volvió, y entonces, soltando la perra, gritó:

--Va, va, devora, devora.

El animal, enloquecido, le saltó á la garganta. El hombre extendió los brazos, y rodó por el suelo. Durante algunos segundos se revolcó por el pavimento agitando los pies: luego quedó inmóvil mientras Semillante le arrancaba á jirones la carne del cuello. Dos vecinos, que estaban sentados á sus puertas, recordaron haber visto salir á un pobre viejo con un perro negro que comía, sin dejar de andar, algo que su dueño le daba.

La vieja volvió á su casa la misma noche. Y durmió bien.

FIN

IMPRESO POR PHILIPPE RENOUARD

19, rue des Saints-Pères PARÍS