Part 16
En primavera, por la mañana y á eso de las diez, cuando el sol hacía flotar sobre las tranquilas aguas la ligera neblina que sigue á la corriente, calentando sus espaldas de pescadores furiosos con el calor de la estación nueva, sucedía á veces que Morissot decía á su vecino: «¡Eh! ¡Qué hermosura!». Y Sauvage respondía: «No hay nada mejor». Y esto bastaba para que se comprendiesen y se estimasen.
En el otoño, al finalizar la tarde, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente lanzaba al agua dibujos de nubes escarlata, purpuraba el río, inflamaba el horizonte llenándole de manchas rojizas como el fuego y dorando los árboles amarillentos que parecían estremecerse con los calofríos del invierno, Sauvage miraba sonriendo á Morissot y le decía: «¡Qué espectáculo!». Y Morissot, maravillado, contestaba sin apartar los ojos del flotador: «Eso es mejor que el bulevar, ¿verdad?».
En cuanto se hubieron reconocido se estrecharon enérgicamente las manos, y muy emocionados al encontrarse en aquellas circunstancias, Sauvage, exhalando un suspiro murmuró: ¡Cuántos acontecimientos!». Y Morissot, muy triste, gimió: «¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día hermoso del año».
Con efecto, el cielo azul aparecía inundado de luz.
Soñadores y tristes echaron á andar uno junto á otro hasta que Morissot dijo: «¿Y la pesca? ¡Eh! ¡Qué hermoso recuerdo!».
Sauvage preguntó:
--¿Cuándo volveremos?
Entraron en un cafetín, tomaron un ajenjo, y echaron á andar de nuevo por las aceras.
Morissot se detuvo para decir:
--¿Otro ajenjo? y como Sauvage aceptase, entraron en una taberna.
De ella salieron aturdidos como quien tiene el vientre lleno de alcohol. El tiempo era bueno, y brisa agradable les acariciaba el rostro.
Sauvage, á quien el aire templado había concluido de embriagar, se detuvo.
--Si fuésemos...--dijo.
--¿Á dónde?
--Pues á pescar.
--Pero ¿dónde?
--Á nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes, y como yo conozco al coronel Dumoulin nos dejarán pasar sin ningún inconveniente.
--Vamos--contestó Morissot temblando de deseos: y se separaron para ir á buscar sus utensilios.
Una hora después andaban uno junto á otro por la carretera real y por ella llegaron al pueblo donde estaba el coronel, quien sonriendo al oir la petición, no tuvo ningún inconveniente en satisfacerla. Y en cuanto les hubieron dado un salvo conducto y el santo y seña, reanudaron la marcha.
No tardaron en llegar á las avanzadas, cruzaron Colombes, completamente abandonado, y se encontraron en los viñedos que llegaban hasta el Sena. Serían las once.
En frente, Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y de Sannois dominaban todo el país, y la llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus desnudos cerezos y sus tierras grises.
Sauvage señaló las altas colinas y murmuró:
--Los prusianos están allí.
Y ante el desierto paisaje, extraña inquietud paralizó á los dos amigos.
¡Los prusianos! Nunca los habían visto, por más que desde hacía un mes los sentían alrededor de París, arruinando á Francia, pillando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y cierto terror supersticioso se unió al odio que sentían para aquel pueblo desconocido y victorioso.
Haciendo un esfuerzo, Morissot consiguió articular:
--¡Si los encontrásemos!
Sauvage, con esa ironía parisiense que á pesar de todo aparece en todas las ocasiones, respondió:
--Pues les ofreceríamos una fritada.
Con todo, intimidados por el silencio, vacilaron antes de aventurarse por los campos.
Al fin Sauvage se decidió y dijo:
--Vamos, en marcha, pero con precaución.--Y por una viña bajaron casi á gatas, ocultándose tras las matas, con la mirada inquieta y alerta el oído.
Para llegar á la orilla del río sólo les faltaba cruzar un franja de tierra desnuda, y la cruzaron corriendo ocultándose en los secos cañaverales en cuanto hubieron llegado junto al agua.
Morrisot pegó el oído á tierra para escuchar si alguien andaba por aquellas cercanías y no oyó nada: estaban solos, perfectamente solos.
Se tranquilizaron y se pusieron á pescar.
Frente á ellos, la isla Marante impedía que les viesen desde la orilla opuesta, y la casa del restaurant estaba cerrada y parecía abandonada desde hacía algunos años.
Sauvage cogió el primer pescado, Morissot el segundo, y á cada momento levantaban las cañas con un animalito plateado que daba coletazos, colgado al extremo del hilo: una verdadera pesca milagrosa.
Metían delicadamente los peces en una red de finas mallas que se hundía en el agua á sus pies, y deliciosa alegría les penetraba, esa alegría que se experimenta cuando se encuentra el goce de que por espacio de mucho tiempo se ha estado privado.
El sol les calentaba las espaldas y no oían nada, no pensaban nada, ni nada en el mundo les preocupaba: pescaban.
De pronto, ruido sordo que parecía venir de bajo tierra hizo temblar el suelo, y el ruido del cañón se volvió á oir.
Morissot volvió la cabeza, y á lo lejos y á la izquierda distinguió la gran silueta del Mont-Valérien que lucía en su frente una pluma blanca, penacho formado con el humo de la pólvora que acababa de vomitar.
Inmediatamente después una segunda columna de humo salió de la cumbre de la fortaleza y no tardó en oirse una nueva detonación.
Luego siguieron otras y otras y la montaña lanzaba su mortífero aliento despidiendo vapores lechosos que lentamente se iban elevando hacia el tranquilo cielo y formaban una nube encima de ella.
Sauvage se encogió de hombros, y dijo:
--Ya empiezan otra vez.
Morissot, que tenía clavados los ojos en la pluma de su flotador, se sintió poseído de repentina cólera contra los que de tal modo cañoneaban, y murmuró:
--¡Preciso es ser muy bruto para matarse así!
--Eso es ser peor que las bestias--dijo Sauvage.
Y Morissot, que acababa de coger un pez grande, añadió:
--Y siempre sucederá lo mismo mientras haya gobiernos.
--La República no hubiera declarado la guerra--interrumpió Sauvage.
--Con reyes se tiene la guerra fuera; con la República dentro--dijo Morissot sentenciosamente.
Y empezaron á discutir y á resolver los graves problemas políticos con el sano juicio de hombres de cortas luces, poniéndose de acuerdo para llegar á esta conclusión: que la humanidad no será nunca libre. Y el Mont-Valérien seguía vomitando hierro, derribando á cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, cortando ensueños, alegrías, felicidades esperadas y deseadas, y abriendo en el corazón de las mujeres, madres, esposas y amantes, heridas que nunca más se habrían de cerrar.
--Así es la vida--dijo Sauvage para concluir.
--Mejor sería decir: así es la muerte,--replicó Morissot.
Y los dos se estremecieron asustados al oir que alguien andaba detrás de ellos. Y al volver la cabeza vieron á cuatro hombres de pie, cuatro hombres grandes, armados y barbudos, vestidos como criados, llevando á la cabeza grandes gorras planas y separados lo preciso para poder mover libremente los fusiles.
Las cañas se les cayeron de las manos y echaron á correr río abajo.
No tardaron en ser alcanzados, y los otros, metiéndoles en una barca, les llevaron á la isla.
Detrás de la casa que habían creído abandonada vieron alineados á veinte soldados alemanes.
Una especie de gigante velludo que fumaba sentado á horcajadas en una silla, les preguntó en muy buen francés:
--Y bien, señores, ¿han pescado mucho?
Uno de los soldados dejó á los pies del oficial la red repleta de pescados. El prusiano sonrió.
--Ya veo que la cosa no iba mal--repuso--pero aquí no se trata de eso. Óiganme y no se azoren. Para mí, ustedes son dos espías que me acechaban. Les cojo y les fusilo, pues lo de la pesca era una combinación para disimular sus proyectos. Han caído en mis manos, y como estamos en guerra, tanto peor para ustedes. Con todo, como para llegar hasta aquí les habrán dado el santo y seña, si me lo comunican les perdonaré.
Los dos amigos, lívidos y temblando nerviosamente, callaron.
El oficial añadió:
--Nadie lo sabrá nunca y les dejaré marchar tranquilamente. El secreto quedará entre nosotros, pero si callan, les mato. Escojan.
Los dos permanecieron inmóviles y sin abrir la boca.
El prusiano, sin perder la tranquilidad, extendió la mano hacia el río y agregó:
--Piensen que dentro de cinco minutos estarán en el fondo del agua. Dentro de cinco minutos... ¿Tienen ustedes familia?
En el Mont-Valérien, el cañoneo continuaba.
Los dos pescadores seguían silenciosos. El alemán dió órdenes en su idioma; cambió luego su silla de sitio para no estar demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres se colocaron á veinte pasos de distancia con el fusil en la mano.
El oficial gritó:
--Les concedo un minuto; ni un segundo más.
Luego se levantó, acercóse á los franceses, cogió á Morissot por un brazo, y llevándosele á parte, le dijo con voz muy baja:
--Pronto, el santo y seña. Su compañero no sabrá nada y yo fingiré que me enternezco.
Morissot no contestó.
Entonces el prusiano se dirigió á Sauvage y le hizo la misma pregunta.
Sauvage permaneció callado también.
Los dos amigos se encontraron uno junto á otro.
El oficial dió órdenes y los soldados levantaron las armas.
Entonces los ojos de Morissot se fijaron casualmente en la red llena de pescados que sobre la hierba estaba á pocos pasos.
Un rayo de sol hacía brillar las escamas que aun se agitaban, y se sintió desfallecer. Á pesar de sus esfuerzos, sus ojos se llenaron de lágrimas y sólo pudo balbucir:
--Adiós, amigo Sauvage.
--Adiós, amigo Morissot,--contestó el otro.
Y sacudidos de pies á cabeza por invencibles temblores se estrecharon la mano.
El oficial grito: «¡Fuego!».
Y doce disparos que semejaron una sola detonación, rompieron el silencio que reinaba en la isla.
Sauvage cayó de cara. Morissot, que era mucho más alto, osciló, giró sobre sus talones y se desplomó sobre su compañero, con los ojos abiertos como si mirase al cielo, mientras de su agujereado pecho salían chorros de sangre.
El alemán dió nuevas órdenes y sus hombres se dispersaron para volver al poco rato trayendo cuerdas y piedras que ataron á los pies de los muertos. Luego los llevaron hasta la orilla.
Dos soldados cogieron á Morissot, uno por la cabeza, otro por los pies, y otros dos hicieron lo mismo con Sauvage. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados lejos, describieron una curva, y se hundieron de pie en el río.
El agua se agitó, burbujeó, se calmó luego, mientras pequeñas ondas se acercaban á las orillas.
En el río flotaba un poco de sangre.
El oficial, siempre sereno, dijo á media voz:
--Ahora les toca el turno á los peces.
Luego se encaminó hacia la casa, y al fijarse en la red que contenía los pescados la examinó, sonrió y gritó: «¡Wilhem!».
Un soldado que llevaba delantal blanco acudió al llamamiento, y el prusiano, dándole la pesca de los dos fusilados, le dijo:
--Fríeme en seguida esos animalitos, ahora que están vivos. Será un plato delicioso.
Y encendiendo la pipa se puso á fumar tranquilamente.
EL LADRÓN
--Les digo que no me creerán.
--De todos modos, cuente.
--No tengo ningún inconveniente, pero ante todo necesito afirmarle que mi historia, por inverosímil que pueda parecerles, es rigurosamente exacta. Á los únicos á quienes no podría sorprender es á los pintores, á los pintores viejos especialmente, á los que conocieron la época aquella en que la broma era una obsesión aún en las circunstancias más graves.
Y el viejo artista se sentó á horcajadas en una silla.
Estábamos en el comedor de una fonda de Barbizón, y mi interlocutor repuso:
«Aquella noche habíamos comido en casa del pobre Soireul, muerto hoy, que era el más loco de todos nosotros. No éramos más que tres: Soireul, yo, y, si no recuerdo mal, Poittevin, pero en absoluto no me atrevo á afirmar que fuese él. Claro está que me refiero al pintor de marinas, Eugenio de Poittevin, muerto también, y no al paisajista que aún vive y derrocha talento.
«Decir que habíamos comido en casa de Soireul significa que todos estábamos borrachos: el único que se encontraba en su sano juicio era Poittevin, que aunque estaba á media vela, todavía podía razonar con claridad. Entonces éramos jóvenes. En el saloncito contiguo al estudio nos habíamos tendido sobre las alfombras y hablábamos de cosas extravagantes. Soireul, tendido boca arriba y con las piernas puestas sobre una silla, hablaba de batallas, discurría sobre los uniformes del Imperio, y, levantándose repentinamente, sacó de un armario un uniforme de húsar y se lo puso. Luego obligó á Poittevin á que se vistiese de granadero, y como éste se resistiese, le sujetamos entre todos, y después de haberle desnudado le metimos dentro de un uniforme inmenso.
«Yo me disfracé de coracero, y Soireul nos hizo ejecutar movimientos complicadísimos. De pronto exclamó: «Ya que esta noche somos soldados, bebamos como tales».
«Se preparó un ponche, y la llama del ron se elevó por encima de la enorme taza. Y cantábamos canciones antiguas, esas canciones que en otros tiempos entonaban las tropas del primer emperador.
«De pronto, Poittevin, que á pesar de todo seguía siendo dueño de sí mismo, nos obligó á callar, y después de algunos segundos de silencio dijo en voz baja: «Estoy seguro de que en el estudio hay alguien». Soireul se incorporó como pudo y exclamó: «¡Un ladrón! ¡Qué suerte!». Luego se puso á cantar la Marsellesa, y precipitándose hacia una panoplia nos equipó conforme correspondía á nuestros uniformes. Á mí me correspondió una especie de mosquete y un sable: á Poittevin un fusil enorme con su correspondiente bayoneta, y Soireul, no encontrando lo que necesitaba, se armó con una pistola de arzón que se colgó al cinto y con un hacha de abordaje que blandió en la diestra. Abrió luego con sigilo la puerta del estudio, y todo el ejército penetró en el territorio sospechoso.
«Cuando llegamos al centro del estudio, completamente lleno de lienzos enormes, muebles y objetos extraños, Soireul nos dijo: «Yo me nombro general, y vamos á reunimos en consejo de guerra. Tú, los coraceros, cortarás la retirada al enemigo, ó lo que es lo mismo, darás doble vuelta á la llave de la puerta. Tú, los granaderos, me servirás de escolta.
«Ejecuté la orden recibida y luego me reuní al grueso del ejército que operaba un reconocimiento.
«En el preciso momento en que iba á alcanzarlo, espantoso ruido se oyó detrás de un biombo. Y allí me precipité con la bujía en la mano. Poittevin acababa de atravesar con su bayoneta el pecho de un maniquí cuya cabeza Soireul deshacía á hachazos. Reconocido el error, el general dijo: «Seamos prudentes» y se reanudaron las operaciones.
«Lo menos durante veinte minutos estuvimos registrando todos los rincones del estudio, sin obtener ningún resultado, cuando Poittevin tuvo la idea de abrir un armario inmenso. Era obscuro y profundo; yo avancé el brazo que sostenía la luz. Retrocedí estupefacto: allí dentro había un hombre, y el hombre aquel me había mirado.
«Inmediatamente cerré el armario con llave y nuevamente nos reunimos en consejo.
«Las opiniones fueron distintas. Soireul quería quemar al ladrón; Poittevin propuso rendirlo por hambre, y yo inicié la idea de volar con pólvora el armario.
«La opinión de Poittevin prevaleció, y mientras montaba la guardia, fuimos á buscar el ponche que había sobrado y nuestras pipas. Luego nos instalamos frente al armario y bebimos á la salud del prisionero.
«Media hora después Soireul dijo: «Creo que me gustaría verle de cerca... ¿si nos apoderásemos de él por la fuerza?»
«Yo grité «bravo» y, tomando las armas, abrimos el armario. Soireul, armado con su pistola, que estaba descargada, se precipitó el primero, y todos le seguimos.
«Se trabó una lucha espantosa, y después de cinco minutos de inverosímil pelea en la obscuridad, sacamos á la luz á algo así como un bandido viejo, de pelo blanco, sórdido y harapiento.
«Le atamos de pies y manos, y le sentamos en una butaca. Á todo esto el ladrón no había pronunciado una palabra.
«Entonces Soireul, que tenía la borrachera solemne, se volvió hacia nosotros y nos dijo:
«--Ahora, juzguemos á ese miserable.
«Yo estaba tan ebrio que la idea me pareció excelentísima.
«Poittevin se encargó de la defensa y yo de sostener la acusación. Fué condenado á muerte por unanimidad, excepción hecha del voto de su defensor.
«Vamos á ejecutarlo» dijo Soireul. Pero inmediatamente, un escrúpulo se apoderó de él. «Este hombre--dijo--no puede morir privado de los socorros de la religión. Creo que deberíamos ir á buscar á un sacerdote».
Yo objeté que era muy tarde; mas como Soireul me propuso para que ejerciese las funciones eclesiásticas, exhorté al criminal para que se confesase conmigo.
«El hombre, que desde hacía cinco minutos nos miraba con espanto preguntándose sin duda con qué clase de seres se las tenía que haber, articuló con voz ronca y quemada por el alcohol: «Sin duda, ustedes bromean». Pero Soireul le obligó á que se arrodillase, y por si sus padres habían olvidado bautizarle, le vertió una copa de ron sobre el cráneo.
«Luego dijo:
«--Confiésate, porque tu última hora ha sonado.
«Aterrorizado, el granuja se puso á pedir socorro dando tales gritos, que fué preciso amordazarle para que no despertase á todos los vecinos. Entonces se tiró al suelo y se arrastró derribando muebles, rompiendo lienzos y retorciéndose como un condenado. Impacientado, Soireul exclamó: «Vamos, acabemos». Y apuntando al miserable que yacía tendido en el suelo, apretó el disparador de su pistola. Cayó el gatillo produciendo un ruido lijero y seco: yo, arrastrado por el ejemplo tiré á mi vez, y mi fusil, que era de piedra, lanzó una chispa que me sorprendió muchísimo.
«Poittevin, pronunció muy gravemente estas palabras:
«--¿Tenemos derecho para matar á ese hombre?»
«Estupefacto, Soireul respondió:
«--¿Y cómo no hemos de tenerlo puesto que le hemos condenado?»
«Pero Poittevin repuso:
--«No se fusila á los paisanos. Este hombre debe ser entregado al verdugo. Vamos á llevarle á la cárcel».
«El argumento nos pareció concluyente: recogimos al hombre, pero como no podía andar le atamos á una tabla y yo le llevé con Poittevin. Soireul, armado hasta los dientes, cerraba la marcha.
«Á la puerta de la comisaría nos detuvo un agente, y el comisario, al que hicieron bajar, nos reconoció; mas como diariamente era testigo de nuestros calaveradas y de nuestras inverosímiles invenciones, se puso á reir y se negó á aceptar al prisionero.
«Soireul insistió, pero entonces el comisario nos invitó severamente á que volviésemos á casa sin hacer el menor ruido.
«La tropa se puso en marcha y volvimos al estudio. Yo pregunté: «¿Y qué hacemos con el ladrón?»
«Poittevin, repentinamente enternecido, afirmó que el pobre hombre debía estar muy cansado. Efectivamente: amordazado y perfectamente atado á la tabla, parecía un muerto.
«Yo me sentí poseído de piedad violenta, y, arrancándole la mordaza, le pregunté: «¡Eh! pobre viejo ¿cómo va?»
«El infeliz gimió: «Diablo, que para broma ya basta». Entonces, Soireul, con paternal ternura rompió sus ligaduras, le obligó á que se sentase, le tuteó, y para reconfortarle nos pusimos á preparar un nuevo ponche. El ladrón, sentado en su butaca, nos contemplaba impasible; y cuando la bebida estuvo á punto, le ofrecimos un vaso y brindamos.
«El prisionero bebió por un regimiento, pero, cuando el alba apuntó, se puso en pie y dijo con mucha calma: «Me veo precisado á dejaros, pero tengo que irme á casa».
«Aquello nos entristeció: quisimos retenerle, mas él se negó á estar más tiempo con nosotros.
«Le estrechamos la mano, y Soireul alumbró el vestíbulo y le dijo: «Cuidado con el escalón del portal».
En torno del narrador se reía francamente. Éste se levantó, encendió la pipa, y mirándonos con fijeza, dijo:
«Y lo más gracioso de mi historia es que es verdadera».
TONICO
I
Á diez leguas á la redonda se conocía al tío Tonico, Tonico el gordo, Tonico-mi-triple, á Antonio Macheblé, Brulote de apodo, el tabernero de Tournevent.
Había hecho célebre á la aldea hundida en un pliegue del valle que bajaba hasta la mar, pobre aldea compuesta de diez casas normandas rodeadas de fosos y de árboles.
Y las casitas estaban allí amontonadas, ocultas casi entre hierbas y juncos, detrás de la curva que había sido causa de que á aquel lugar se le llamase Tournevent. No parecía sino que, como los pájaros, habían ido á buscar asilo en aquel hoyo para resguardarse de las borrascas y del viento fuerte y salado que todo lo destruye y quema cual si fuese fuego.
Pero, la aldea entera parecía pertenecer en propiedad á Antonio Macheblé, por mal nombre el Brulote, al que también llamaban Tonico y Tonico-mi-triple, á consecuencia de una frase que empleaba constantemente.
--Mi triple es el primero de Francia.
Su triple era su aguardiente, claro está.
Veinte años hacía que envenenaba á la comarca con su triple, pues cada vez que le preguntaban:
--¿Y qué vamos á beber tío Tonico?
Contestaba invariablemente:
--Un brulote, sobrino; eso calienta la tripa y aclara la cabeza: para el cuerpo no hay nada mejor.
También tenía costumbre de llamar á todo el mundo _sobrino_, por más que jamás hubiese tenido hermanos ni hermanas casados.
Y todo el mundo conocía á Tonico el Brulote, el hombre más gordo del cantón y tal vez de todo el distrito. Su casita parecía ridículamente pequeña y estrecha para contenerle, y cuando se le veía de pie ante su puerta, donde pasaba días enteros, la gente se preguntaba cómo se las componía para entrar en ella. Y en ella entraba cada vez que se presentaba un consumidor, pues Tonico-mi-triple estaba invitado por derecho propio á tomar su copita por cuenta de cuantos entraban á beber en su casa.
La muestra de su establecimiento decía: «La reunión de los amigos», y, efectivamente, lo era, pues el tío Tonico tenía amistad con todos los habitantes de la comarca. Para verle y reirse oyéndole, iban desde Fecamp y Montivilliers, pues aquel hombre gordo era capaz de hacer reir hasta á las mismas piedras. Tenía un modo tan especial de bromear con la gente sin ofenderla nunca, de guiñar los ojos para expresar lo que no decía, y de darse palmadas de los muslos, que en sus accesos de alegría obligaba á todo el mundo á reirse. Y además, sólo verle beber era curiosísimo. Bebía cuanto le ofrecían y bebía de todo con risible alegría en sus ojos cargados de malicia, alegría causada por la doble satisfacción de regalarse gratis, y además, amontonar cuartitos.
Los burlones del país le preguntaban:
--Tío Tonico ¿por qué no se bebe la mar?
Á lo que él respondía muy seriamente:
--Porque hay dos cosas que se oponen: primera, que es salada, y segunda porque tendría que embotellarla pues mi abdomen no me permite doblarme lo suficiente para beber en esa taza.
Pero lo mejor era ver cómo se peleaba con su mujer. Era una comedia tan extraordinaria, que se hubiera pagado con gusto para presenciarla. Treinta años hacía que estaban casados y se peleaban todos los días, pero, con la diferencia que, mientras ella lo tomaba en serio, Tonico lo tomaba á broma. Ella era una campesina enorme que andaba con movimientos de pájaro zancudo y levantaba la cabeza como un gato montés furioso. Pasaba el tiempo criando gallinas en un patio situado detrás de la taberna, y tenía fama por el modo que tenía de cebar las aves.
Cuando en Fecamp se daba una comida en casa de gente de la alta, para que la comida se celebrase preciso era que en ella se sirviese á un pensionista de la tía Tonica.
Pero, había nacido de mal humor y nunca estaba contenta. Furiosa contra el mundo entero, al primero que guardaba rencor era á su marido; y le guardaba rencor por su alegría, por su fama, por su salud, y por su habilidad para tratar á la gente. Le trataba de sinvergüenza porque ganaba dinero sin trabajar, porque comía y bebía como diez, y no pasaba día sin que dijese:
--Un hombre así ¿no estaría mejor en la pocilga con los cerdos? Sólo al ver su grasa se revuelve el estómago.