Chapter 3 of 22 · 3953 words · ~20 min read

Part 3

--¡Ah! ¿Y dónde está?

--En la cuadra; esperando el momento oportuno para presentarse...

--Pero, ¿qué ha hecho?

--He aquí lo ocurrido...

El guarda vacilaba; su voz había cambiado, temblaba, y, repentinamente, profundas arrugas, arrugas de viejo, cruzaron su rostro.

Lentamente añadió:

--Al caso: este invierno me di cuenta de que alguien tendía lazos en el bosque, y aun cuando pasaba noches enteras acechando, no podía sorprender al cazador furtivo. Nada... cuando vigilaba por un lado los tendían en la parte opuesta, y el despecho me hacía adelgazar. Imposible resultaba sorprender al merodeador, y cualquiera hubiese podido creer que tenía conocimiento de mis intenciones y de mis acechanzas... Y así ocurrieron las cosas hasta que un día, al cepillar el pantalón de Mario, el pantalón que sólo se pone los domingos, encontré una moneda de dos francos en un bolsillo. ¿De dónde la había sacado? En ello estuve pensando por espacio de ocho días, hasta que observé que salía en el preciso momento en que yo volvía para descansar. Sin figurarme el objeto de sus escapatorias le aceché, y una noche, después de haberme acostado, me levanté y le seguí. En eso de seguir á un hombre no hay quien me iguale. ¡Y le sorprendí tendiendo lazos, á él, á mi sobrino Mario, tendiendo lazos en las tierras de usted! El corazón me dió un vuelco dentro del pecho, se me corrompió la sangre, y tan recio sacudí que por poco le mato. Sí, arreé de firme, y le prometí que cuando usted viniera, le aplicaría una nueva corrección en su presencia. Y eso es todo; el disgusto me hizo adelgazar, en fin, usted ya debe saber lo que acaban los disgustos... Pero dígame; ¿qué hubiera hecho en mi lugar? Ese muchacho no tiene padre ni madre y yo soy la única persona que queda de su sangre: le conservé á mi lado porque humanamente no le podía echar, ¿verdad? pero con todo, le tengo advertido que si vuelve á las andadas todo habrá concluido, hasta mi compasión. ¿He hecho bien?

--Ha hecho usted perfectamente, Cavalier; es usted un hombre honrado.

Se puso en pie para decirme:

--Gracias, muchas gracias. Ahora voy á buscarle, pues la corrección prometida no puede quedar en alto.

Como yo sabía que intentar disuadirle era perfectamente inútil, le dejé obrar á su antojo.

Cavalier fué á buscar al galopín y le trajo agarrándole de una oreja, y yo, sentado en una silla de paja, hacía esfuerzos para poner cara de juez.

Me pareció que Mario había crecido y que todavía era más feo, pero el aspecto seguía siendo el mismo, socarrón y malo, y sus manazas me parecieron monstruosas.

Su tío le empujó hacia mí y, con entonación militar, le dijo:

--Pide perdón al amo.

El chico no pronunció una palabra.

Entonces Cavalier le cogió por un brazo, le levantó en vilo, y empezó á darle nalgadas con tanta violencia que me puse en pie dispuesto á contenerle.

El rapaz decía á gritos:

--Basta..., basta; prometo...

Cavalier le dejó en el suelo, se apoyó con fuerza en sus hombros obligándole á que se arrodillase, y repitió:

--Pide perdón...

El muy sinvergüenza, con los ojos bajos, murmuró:

--Pido perdón.

Su tío le despidió dándole un soberano cachete que le hizo vacilar; salió corriendo á todo correr, y no volví á verle.

Pero Cavalier parecía aterrado.

--Es malo--murmuraba--es malo.

Y durante la comida no cesó de repetir:

--¡Oh! Eso me acaba la vida, mi amo; usted no puede comprender lo negro que tengo el corazón.

Yo procuraba consolarle, pero todo era en vano; y como quería salir á cazar en cuanto apuntase el día, no tardé en irme á dormir.

Cuando apagué la vela de un soplo, mi perro roncaba ya á los pies de mi cama...

...Los furiosos ladridos de Block me despertaron á media noche, y al punto advertí que la habitación estaba llena de humo. Salté del lecho, encendí la luz, corrí á la puerta, y la abrí... Por el hueco entró un torbellino de llamas; la casa ardía.

Cerré sin pérdida de momento la gruesa hoja de encina, me puse los pantalones, bajé al perro por la ventana valiéndome de una cuerda que construí arrollando las sábanas; tiré luego mis ropas, la escopeta y el zurrón, y bajé como el perro había bajado.

Entonces, me puse á gritar con todas las fuerzas de mis pulmones:

--¡Cavalier! ¡Cavalier!

Pero el guarda no despertaba... El viejo gendarme dormía á puños cerrados.

Entretanto, por las ventanas de la planta baja pude notar que aquello parecía un horno ardiendo, y me convencí de que, para facilitar el incendio, habían llenado la cocina de paja.

¡Alguien había prendido fuego al Pabellón!

Y furiosamente grité de nuevo:

--¡Cavalier!

Pensando que tal vez el humo le asfixiaba, tuve una inspiración feliz; metí dos cartuchos en la escopeta, apunté á su ventana, y disparé.

Los seis cristales volaron hechos añicos, y el viejo, que había oído el tiro, se asomó en camisa, medio loco y cegado por el vivísimo resplandor que iluminaba la parte delantera de su morada.

Al verle, grité:

--La casa arde; salte por la ventana, pronto, pronto...

Las llamas, que asomando por las aberturas de la planta baja lamían el muro, no habían de tardar en encerrarle. Saltó, y como los gatos, cayó de pie.

Era tiempo. La techumbre de bálago crujió por encima de la escalera que servía de chimenea al fuego de abajo, y una llamarada roja, inmensa, se elevó por los aires ensanchándose como un penacho y sembrando una lluvia de chispas alrededor de la choza.

Segundos después el Pabellón era pasto de las llamas.

Cavalier, aterrado, me preguntó:

--Y ¿cómo ha prendido?

--Han pegado fuego á la cocina.

--¿Quién ha podido ser?

Yo, adivinando, respondí:

--Mario.

El viejo, comprendiendo, balbució:

--¡Virgen Santísima! Por eso no ha entrado...

Una idea terrible, espantosa, acudió á mi imaginación y grité:

--¿Y Celeste? ¿Y Celeste?

El viejo no contestó, pero la casa, hundiéndose en aquel momento, quedó convertida en inmenso brasero, brasero resplandeciente que cegaba, horno formidable en el cual la pobre mujer debía ser ya un carbón rojizo, un carbón de carne humana.

¡Y ni siquiera habíamos oído un grito!

Como el fuego se acercaba al cobertizo vecino, pensé en mi caballo, y el guarda corrió á libertarlo.

Apenas hubo abierto la puerta de la cuadra, cuando un cuerpo ligero y flexible le pasó por entre las piernas haciéndole caer de cara. Era Mario que huía á todo correr.

El viejo se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos. Intentó correr para alcanzar al miserable, pero comprendiendo que no lo conseguiría y enloquecido por irresistible furor, cediendo á uno de esos impulsos irreflexivos é instantáneos que no se pueden prever ni contener, se apoderó de mi escopeta, apuntó, y sin darme tiempo para que hiciese el menor movimiento, y sin haberse asegurado antes de si el arma estaba cargada, apretó él disparador.

Uno de los cartuchos que momentos antes había metido en la escopeta para anunciar el fuego, estaba intacto, y la carga, alcanzando al fugitivo por la espalda, hizo que cayese de cara completamente cubierto de sangre. Se puso á arañar la tierra, como si quisiese huir á cuatro patas, y al modo de las liebres heridas cuando ven que se acerca el cazador.

Corrí, y cuando llegué á su lado el muchacho agonizaba; y antes que el incendio se hubiese extinguido, murió sin decir una palabra.

Cavalier, en camisa é inmóvil, parecía una estatua. Y cuando las gentes de la aldea llegaron, tuvieron que llevarse á mi guarda que parecía loco.

En la vista declaré como testigo y conté detalladamente, sin quitar ni añadir ni una coma, todo lo que sabía. Cavalier salió absuelto, pero el mismo día desapareció y nunca más volvieron á verle en el lugar. Yo no sé lo que fué de él.

Y ésta es, señores, mi historia de caza.

EL PECIO

Ayer estábamos á 31 de diciembre.

Y acababa de almorzar con mi antiguo amigo Jorge Guerín, cuando el criado le entregó una carta cuyo sobre estaba casi completamente cubierto de sellos extranjeros.

Jorge me dijo:

--¿Permites?

--Faltaría más.

Y leyó ocho páginas escritas con letra grande, letra inglesa, que las cruzaban en todos sentidos. Y las leía lentamente, con la formal atención y con el interés con que se hacen las cosas que nos llegan al alma.

Cuando hubo terminado, dejó la carta encima de la chimenea y dijo:

--Ésa es una historia rara, una historia sentimental que nunca te he contado y cuyo protagonista fuí yo. ¡Rarísimo día de año nuevo el del año aquél! Y hace ya veinte años... pues entonces tenía treinta, y ya tengo cincuenta.

Era inspector de la compañía de seguros marítimos que hoy dirijo, y me disponía á pasar el día primero de enero en París, pues es cosa convenida que ese día ha de ser de gran fiesta para todos, cuando recibí una carta del director en la que me ordenaba saliese sin pérdida de momento para la isla de Ré, donde había naufragado un buque de Saint-Nazaire, de tres palos, que nosotros habíamos asegurado. Eran las ocho de la mañana; llegué á las oficinas de la compañía á las diez, con objeto de recibir instrucciones, y la misma noche tomaba el expreso que al día siguiente, 31 de diciembre, tenía que dejarme en la Rochela.

Dos horas faltaban para que saliese el _Juan Guitón_, el barco de Ré, y las aproveché para dar un paseo por la ciudad. Verdaderamente, La Rochela, con sus calles que se entrecruzan como un laberinto, y cuyas aceras se extienden por galerías sin fin, soportales bajos, aplastados y misteriosos, que parecen construidos para cobijar conspiradores y que ostentan el decorado antiguo y sorprendente de las guerras de otros tiempos, las guerras de religión, salvajes y heroicas, es una ciudad extraña y de mucho carácter. Es la verdadera ciudad hugonota, grave, discreta, sin arte soberbio y sin ninguno de los monumentos que magnifican á Rouen, pero notable por la severidad de su aspecto, algo socarrón eso sí, aspecto de ciudad que encierra batalladores tercos y obstinados, donde deben germinar fanatismos, la ciudad donde se exaltó la fe de los calvinistas y donde nació el complot de los cuatro sargentos.

Después de haber vagado un rato por esas extrañas callejuelas, subí al vaporcito negro y tripudo que había de llevarme á la isla de Ré. Y el vaporcito se puso en marcha dando resoplidos de cólera, pasó por entre las antiguas torres que guardan el puerto, cruzó la rada, salió del dique construido por Richelieu, dique cuyas enormes piedras se ven á flor de agua encerrando á la ciudad en inmenso collar, y, luego, torció hacia la derecha.

Era uno de esos días tristes que oprimen, aplastan la imaginación, comprimen el alma y extinguen en nosotros toda fuerza y toda energía. Día gris, día glacial que ensuciaba pesada niebla, húmeda como la lluvia y fría como el hielo, niebla que al entrar en la boca, al respirar, parecía que se mascaba barro de cloaca.

Bajo aquel techo de niebla opaca y siniestra, la mar poco profunda y arenosa de las ilimitadas playas se extendía sin una arruga, sin moverse y sin vida; mar de agua turbia y grasienta, de agua estancada. El _Juan Guitón_ pasaba por ella balanceándose para no perder la costumbre, y cortaba la lisa sábana dejando tras sí algunas olas, algunos chapaleteos y ondulaciones que se calmaban en seguida.

Y entablé conversación con el capitán, un hombrecillo casi sin piernas, rechoncho como su barco y balanceándose como su barco también, pues quería que me diese detalles del siniestro de que por mí mismo iba á darme cuenta. Un buque de tres palos, el _María José_, en una noche de huracán, había embarrancado en las arenas de la isla de Ré.

Según escribía el armador, la tempestad había arrojado muy lejos al barco y había sido imposible ponerle á flote. Y de prisa, á escape, había precisado trasbordar la carga. Yo tenía que hacer una información y comprobar el estado del pecio, apreciando cuál debía ser su valor antes del naufragio y averiguar si se habían intentado todos los recursos para salvarle. Iba como agente de la compañía, para declarar luego contradictoriamente si se necesitaba, pues el director, al recibir mi informe, tenía que adoptar las medidas que estimase convenientes para poner á cubierto nuestros intereses.

El capitán del _Juan Guitón_ conocía bien el asunto, pues con su barco había tomado parte activa en las tentativas de salvamento.

Me refirió el siniestro, y me convencí de que en él no había habido nada extraordinario. El _María José_, empujado por furioso vendaval y perdido en la noche, navegando por un mar de espuma--un mar de sopas de leche, como decía el capitán,--había ido á encallar en los inmensos bancos de arena que, en las horas de marea baja, convierten las costas de aquella región en Saharas ilimitados.

Mientras hablábamos, yo miraba á mi alrededor y delante de mí, pues como entre el Océano y el pesado cielo quedaba un espacio libre, podía verse de lejos. Estábamos cerca de tierra y pregunté:

--¿Es la isla de Ré?

--Sí, señor.

Y de pronto, el capitán, extendiendo el brazo derecho, y señalando un punto casi imperceptible que á lo lejos se distinguía en alta mar, me dijo:

--Ahí tiene usted el navío.

--¿El _María José_?

--Sí.

Quedé estupefacto. Era un puntito negro, casi invisible, y yo le hubiera creído un escollo colocado á tres kilómetros, cuando menos, de la costa.

Y repliqué.

--Pero capitán, en el sitio que me indica, lo menos debe haber cien brazas de agua.

Él se puso á reir.

--¡Cien brazas!--me contestó:--amigo mío, le aseguro que no hay ni dos.

Era bordelés y siguió hablando:

--Son las nueve y cuarenta minutos y estamos en marea alta. Dé un paseo por la playa con las manos metidas en los bolsillos; almuerce luego tranquilamente en el hotel del Delfín, y yo le prometo á las dos y cincuenta, á las tres lo más tarde, podrá llegar hasta el pecio á pie enjuto; allí podrá permanecer una hora y tres cuartos, dos horas lo más, pero no se descuide pues se vería preso. Cuanto más lejos se va la mar, más de prisa vuelve. Esta costa, por lo llana parece un plato, pero créame, emprenda el camino de regreso á las cuatro y cincuenta, y á las siete tomará de nuevo el _Juan Guitón_ que esta misma noche le dejará en La Rochela.

Di las gracias al capitán y me senté en un banco de proa para contemplar la pequeña ciudad de San Martín, que se acercaba rápidamente.

Se parece á todos los puertos en miniatura que sirven de capital á las pequeñas islas sembradas á lo largo de los continentes, y es una aldea grande, una aldea de pescadores que tiene un pie en el agua y otro en tierra, una de esas aldeas que viven de pescado y pollos, legumbres y mariscos, rábanos y almejas. La isla es baja, poco cultivada, y sin embargo me pareció muy poblada: pero no penetré en el interior.

Después de haber almorzado, franqueé un pequeño promontorio, y como la mar se alejaba rápidamente, crucé la arena dirigiéndome hacia una especie de roca negra que á lo lejos y en el agua se distinguía.

Por la amarillenta llanura, elástica como la carne y que, bajo la presión de mis pies parecía sudar, andaba de prisa. Por donde pasaba, momentos antes estaba la mar, y entonces la veía á lo lejos, huyendo á ojos vistas, y me era imposible distinguir la línea que separaba la arena del Océano. Creía estar presenciando una fiesta de hadas gigantesca y sobrenatural. Minutos antes, el Atlántico se extendía ante mí, y en un abrir y cerrar de ojos había desaparecido, como por escotillón, y me encontraba en medio de un desierto de arena. En mí no quedaba más que la sensación y el olor del agua salada; sentía olor de algas, olor de olas, el rudo y agradable olor de las costas. Andaba de prisa, no tenía frío, y contemplaba el tumbado pecio que de lejos semejaba una ballena dormida.

Sí, semejaba una ballena dormida surgiendo de la inmensa extensión, plana y amarillenta, y sus proporciones me sorprendieron. Al fin, y después de andar una hora, llegué hasta él. Yacía tumbado sobre un costado, destrozado, hundido, mostrando sus huesos rotos como las costillas de una bestia, sus huesos de madera embreada, huesos que clavos enormes agujereaban. La arena, entrando por las resquebrajaduras, lo había invadido ya, y ya no tenía que abandonarlo. Parecía haber echado raíces en él: la proa entraba profundamente en la playa suave y pérfida, y la popa, mirando al cielo, parecía gritar con desesperado llamamiento las dos palabras blancas, _María José_, que resaltaban en la negra mura.

Escalé el cadáver del navío por la parte más baja y después de haber pasado por el puente penetré en el interior. La luz se filtraba por las hundidas costillas y tristemente iluminaba aquellas raras y sombrías cuevas en las que nada quedaba en pie. Y en el suelo de aquel subterráneo de tablas no había más que arena.

Para tomar las notas con respecto al estado del buque me había sentado en un barril vacío y roto, y para escribir aprovechaba la luz que penetraba por una ancha abertura que me permitía distinguir la ilimitada extensión de la playa. Por momentos sentía correr por mi piel un estremecimiento extraño de frío y de soledad, y á veces dejaba de escribir para escuchar los misteriosos ruidos del pecio: ruidos de cangrejos que con sus fuertes patas arañaban el casco; ruidos producidos por las mil diminutas bestias de la mar, y también el ruido regular y continuo de los moluscos que sin cesar roen, con chirrido de barrena, las viejas maderas que poco á poco devoran.

Y, repentinamente, oí voces humanas muy cerca de mí. Me puse en pie de un salto, como si á mis ojos se hubiese presentado una aparición, y por espacio de un segundo creí que dos ahogados iban á levantarse para contarme su espantosa muerte. En menos tiempo del que empleo para decirlo, subí al puente, y en la proa del buque me encontré frente á un señor muy alto al que rodeaban tres muchachas; mejor dicho, frente á un inglés que acompañaba á tres mises. Seguro estoy de que sintieron más miedo que yo había sentido. Ahí es nada; un ser que surge rápidamente del seno de un buque de tres palos abandonado... La muchacha más joven echó á correr, y las otras dos se apoderaron de los brazos de su padre: éste, abrió la boca y fué el único signo que dió de su emoción.

Pasados algunos segundos habló:

--¡Aho! Señor caballero, ¿es usted la propietaria de esta embarcación?

--Sí, señor.

--¿Es que la podré visitar?

--Sí, señor.

Y pronunció en inglés una frase muy larga de la que sólo comprendí la palabra _gracious_, varias veces repetida.

Como buscaban un sitio para subir, les indiqué el mejor y les ofrecí la mano. El padre subió, y luego ayudamos á las tres jóvenes, que ya se habían tranquilizado. Eran encantadoras, sobre todo la mayor, una rubiecita de dieciocho años, fresca como una flor y lindísima. Verdaderamente, las inglesas bonitas parecen frutas de mar. ¡Cualquiera hubiera creído que aquélla acababa de salir de la arena cuyo color habían conservado sus cabellos! Y además, con su frescura exquisita, hacen pensar en los delicados colores de las rojas almejas y en las nacaradas perlas, raras, misteriosas y nacidas en las ignoradas profundidades del Océano.

Hablaba algo mejor que su padre y nos servía de intérprete. Y fué preciso que relatase el naufragio con todos los detalles que inventé, y creo que lo narré tan bien como hubiera podido hacerlo de haber presenciado la catástrofe. Luego toda la familia entró en el interior del pecio. Cuando hubieron penetrado en la sombría galería, de sus gargantas se escaparon gritos de asombro y de admiración, y repentinamente, el padre y las tres hijas sacaron los álbumes, antes ocultos bajo los impermeables, y empezaron á tomar apuntes de aquel lugar tristísimo y extraño.

En un tablón se habían sentado unos junto á otros, y los cuatro álbumes, abiertos sobre las ocho rodillas, se llenaban de negras líneas que reproducían el abierto casco del _María José_.

Yo continuaba inspeccionando el esqueleto del navío, y de tiempo en tiempo, la mayor de las inglesitas me dirigía la palabra.

Ella me dijo que pasaban el invierno en Biarritz y que habían venido á la isla de Ré sin más objeto que contemplar de cerca el buque naufragado. No tenían nada absolutamente de la tiesura inglesa; eran gentes sencillas y buenas, algo chifladas, y pertenecían á la familia de esos eternos errantes con que Inglaterra cubre el mundo. El padre, alto y enjuto, tenía la piel roja y blancas patillas encuadraban su cara; parecía un sándwich vivo, una lonja de jamón cortada en forma de cabeza humana y metida entre dos almohaditas de pelos blancos: y las muchachas, excepción hecha de la mayor, que también era la más amable, eran altas y delgadas.

Tenía un modo tan gracioso de hablar, contar, reir, comprender y no comprender, levantar los ojos para interrogarme, unos ojos azules como el agua profunda, de cesar de dibujar para adivinar y de tomar nuevamente el lápiz diciendo _yes_ ó _non_, que viéndola y escuchándola hubiera pasado horas enteras.

De pronto murmuró:

--Me parece que el barco ha hecho una pequeña movimienta.

Agucé el oído, y no tardé en percibir un ruido ligero continuo y extraño. ¿Qué podría ser? Me levanté para mirar por la abertura y no fuí dueño de contener un grito... ¡La mar había llegado hasta nosotros y casi nos rodeaba!

Aun cuando no perdimos momento para subir al puente, cuando llegamos ya era tarde. El agua nos cercaba y con increíble velocidad corría hacia la costa. No, no corría, resbalaba, se agrandaba, se extendía cual mancha desmesurada. Y aunque sólo algunos centímetros de agua cubrían la arena, ya no se distinguía la línea de la imperceptible marea.

El inglés quiso saltar pero yo le contuve: la huida resultaba imposible á causa de los profundos pozos que al ir habíamos tenido que salvar, y era seguro que, con el agua, hubiéramos caído en uno de ellos.

Durante algunos minutos, horrible angustia nos oprimió el corazón, pero luego la inglesita sonrió y dijo:

--Los náufragos somos nosotros.

Quise reir pero no pude: el miedo me dominaba, miedo cobarde, horrible, bajo y rastrero como la marea. Repentinamente se presentaron á mi imaginación todos los peligros que corríamos y tuve deseos locos de gritar pidiendo socorro; pero, ¿quién me oiría?

Las dos inglesitas más jóvenes se apretaban contra su padre cuyos consternados ojos se fijaban en la mar que nos cercaba.

Y la noche se nos venía encima con la misma rapidez que la marea subía, una noche pesada, húmeda, helada.

Y dije:

--Lo único que podemos hacer es quedarnos en el barco.

Á lo que el inglés respondió:

--¡Oh, yes!

Allí permanecimos un cuarto de hora, media hora, no puedo precisar cuánto tiempo, contemplando el agua amarillenta que parecía huir y jugar en la reconquistada inmensidad de arena.

Como una de las jovencitas empezase á sentir frío pensamos ponernos á cubierto de la brisa, ligera pero helada, entrando en el interior del buque. Miré por una escotilla y vi que el _María José_ estaba lleno de agua, de manera que no tuvimos más recurso que acurrucarnos junto á la mura de proa, única cosa que podía protegernos un poco.