Part 13
Nadie la creyó pensando que el desastre la había vuelto loca, pero, como todos la rodeaban y la escuchaban, refirió lo ocurrido desde la llegada de la carta hasta el último grito de los hombres que morían abrasados, sin olvidar un detalle.
Cuando hubo terminado sacó dos papeles del bolsillo, y para distinguirlos á los últimos resplandores del incendio, se puso las gafas. Y enseñando uno dijo: «Éste anuncia la muerte de Victor», y enseñando el otro y designando las ruinas con un movimiento de cabeza, añadió: «Aquí están sus nombres y las señas de sus familias para que se les escriba». Y muy tranquilamente tendió la hoja blanca al oficial, que la sujetaba por los hombros, y añadió:
--Escriba usted diciendo cómo se ha producido el incendio, y diga á sus padres que yo, Victoria Simón, la Salvaje, he prendido el fuego. No lo olvide.
El oficial dió órdenes en alemán. La cogieron, la colocaron contra los muros de la casa, todavía calientes, y á veinte metros de ella se alinearon varios hombres. Ella no se movió, había comprendido y esperaba.
Oyóse una orden á la que siguió una descarga, y un tiro retrasado sonó después.
La vieja no cayó; como si le hubiesen cortado las piernas, no hizo más que agacharse.
El oficial prusiano se acercó. Casi estaba partida en dos, y con su crispada mano agarraba una carta bañada con sangre.
Y mi amigo Serval añadió:
--Los alemanes, á guisa de represalias, destruyeron el castillo que me pertenece.
Yo pensé en las madres de los cuatro muchachos que allí habían muerto abrasados, y en el atroz heroísmo de la otra madre fusilada contra la pared...
Y recogí una piedrecita todavía ennegrecida por el fuego...
EL BARRILITO
Chicot, el hostelero de Epreville, detuvo su tílburi ante la alquería de la tía Magloria. Era un mocetón de cuarenta años, pelirrojo y gordo, que tenía fama de listo.
Ató el caballo á la valla y penetró en el patio. Poseía unas tierras que lindaban con las de la vieja, que hacía mucho tiempo deseaba comprarle, y aun cuando le había hecho proposiciones en veinte ocasiones distintas, Magloria se había negado obstinadamente á aceptarlas.
--Aquí he nacido y aquí quiero morir--decía.
La encontró sentada á su puerta y ocupada en mondar patatas. Tenía setenta y dos años, y aunque estaba muy flaca, muy arrugada y muy encorvada, se conservaba tan ágil como cuando era joven. Chicot le dió amistosamente unos golpecitos en la espalda, y se sentó á su lado.
--¡Hola, buenos días! ¿La salud es buena?
--Bastante regular, bastante regular ¿y tú Próspero?
--¡Eh! Algunos dolorcitos; sin eso, todo iría á pedir de boca.
--Pues ya es algo...
Y no dijo más. Chicot la estuvo mirando mientras trabajaba. Sus dedos retorcidos, nudosos y duros como las patas de un cangrejo, cogían cual pinzas los grisáceos tubérculos que estaban en una cesta, y los hacían girar rápidamente mondándolos con el viejo cuchillo que en la otra mano tenía; y cuando la patata á puro de pelada estaba amarilla, la metía en un cubo de agua. Tres gallinas, una tras otra, venían atrevidamente á picotear los despojos, llegando hasta la misma falda, y luego, con su botín en el pico, huían á todo correr.
Chicot parecía inquieto, ansioso, molesto, como quien tiene en la lengua algo que no quiere ó no se atreve á salir. Al fin se decidió y dijo:
--Oiga, tía Magloria...
--¿Qué quieres?
--¿Sigue decidida á no venderme esta finca?
--¡Vendértela! Eso no. No pienses en ello: he dicho que no, y siempre será lo mismo.
--El caso es que se me ha ocurrido una combinación que puede contentarnos y satisfacernos á los dos.
--¿Cuál?
--Pues ésta. Usted me la vende, y á pesar de vendérmela, la finca sigue siendo suya. ¿No comprende?
La vieja dejó de mondar las patatas para fijar en el hostelero sus ojos vivísimos. Él añadió:
--Pues voy á explicarme. Yo le doy ciento cincuenta francos todos los meses. Comprenda bien; todos los meses yo le traigo aquí, con mi tílburi, treinta escudos de á veinte, y eso no cambia nada las cosas, nada; usted continúa en su casa sin ocuparse de mí y sin deberme nada absolutamente. Usted no hace más que tomar mi dinero. ¿Le conviene?
Chicot la miraba sonriendo, como si estuviese de muy buen humor.
La vieja, temiendo una encerrona, le miraba con desconfianza. Poco después le preguntó:
--Bueno, esto para mí, pero á ti, ¿te doy la finca?
--Eso no la preocupe--replicó el hostelero.--Usted continúa aquí mientras Dios le conceda vida, y aquí está usted en su casa. Únicamente me hará un papelito en casa del notario, para que á su muerte la alquería me pertenezca. Usted no tiene hijos, no tiene más que sobrinos á los que no profesa gran cariño. ¿Le conviene? Conserva usted la finca mientras viva, y yo le doy treinta escudos de á veinte cada mes. Todo es beneficio para usted.
La vieja quedó sorprendida, inquieta, pero tentada.
--No digo que no--replicó.--Pero quiero pensar eso con detenimiento. Vuelve la semana que viene, hablaremos, y te diré lo que habré pensado.
Chicot se fué, más contento que un rey que acabase de conquistar un imperio.
Y la vieja Magloria se quedó pensativa. Por espacio de cuatro días estuvo vacilante y febril. En todo aquello presentía algo malo para ella, pero los treinta escudos de á veinte, y por mes, ese hermoso dinero contante y sonante que vendría á meterse en el bolsillo de su delantal, y que le caería del cielo, sin hacer nada, la llenaban de deseos.
Entonces se fué á casa del notario y le contó lo que le sucedía. El notario la aconsejó que aceptase la proposición de Chicot, pero diciéndole que en vez de treinta escudos debía exigirle cincuenta, pues calculando por lo bajo, su finca valía sesenta mil francos.
--Y aun así, si usted vive quince años,--decía el notario--sólo dará cuarenta y cinco mil francos por ella.
La perspectiva de cincuenta escudos de á veinte y mensuales, estremeció á la pobre vieja, pero desconfiando siempre, temiendo mil cosas imprevistas y mil astucias ocultas, allí estuvo hasta la noche haciendo preguntas y no pudiendo decidirse á marcharse. Por fin, ordenó que preparasen la escritura y volvió á su casa más mareada que si hubiese bebido cuatro jarros de sidra nueva.
Cuando Chicot volvió por la contestación se hizo rogar mucho tiempo, diciendo que no quería, pero en realidad roída por el miedo de que el otro no quisiese dar las cincuenta monedas de á veinte. Pero como él insistía, enunció sus pretensiones.
Chicot se negó rotundamente.
Y entonces, para convencerle, ella se puso á hablar de la duración probable de su vida.
--Es seguro que no viviré más de cinco ó seis años. Ya tengo setenta y tres, y no estoy muy fuerte. Sin ir más lejos, la otra tarde creí que me moría. Parecía que me vaciaban el cuerpo y tuvieron que llevarme á la cama.
Pero Chicot no se dejaba coger.
--Vamos, vamos--decía.--Está usted más fuerte que el campanario de la iglesia y llegará á los ciento diez. Estoy convencido de que me enterrará.
Pasaron la tarde discutiendo, pero como la vieja no cedía, el hostelero se conformó, dando los cincuenta escudos de á veinte.
Y al día siguiente firmaron la escritura, y la vieja exigió diez escudos para mojar el convenio.
Pasaron tres años. La buena mujer disfrutaba de salud excelentísima, no pasaban días para ella y Chicot se desesperaba. Le parecía que pagaba la renta desde hacía más de medio siglo, y que al equivocarse en sus cálculos se había arruinado. De tiempo en tiempo iba á verla como en julio se va á los campos para ver si el trigo está maduro y á punto de siega, y ella le recibía con la malicia retratada en los ojos. Cualquiera hubiese creído que estaba orgullosa de la partida que le estaba jugando, y él se alejaba en su tílburi murmurando con rabia:
--Vieja maldita, no reventarás nunca...
Y no sabía qué hacer: al verla le entraban ganas de estrangularla. La odiaba con odio feroz, terrible: odio de labrador robado.
Entonces empezó á pensar y á buscar medios para que aquello terminase.
Un día volvió frotándose las manos, como la primera vez que le había propuesto el negocio.
Después de haber hablado un rato le dijo:
--¿Por qué, cuando pasa por Épreville, no viene á comer á casa? La gente lo ha observado y murmura diciendo que ya no somos amigos. Eso me molesta, y ya sabe usted que en mi casa no ha de pagar pues no soy hombre que repara en una comida. Venga cuantas veces quiera con la seguridad de que me dará un alegrón.
Magloria no se lo hizo repetir, y dos días después, al ir al mercado, metió su carricoche, que guiaba su criado Celestino, en el cobertizo de Chicot, el caballo en la cuadra, y reclamó la comida prometida.
El hostelero, radiante, la trató como á una gran señora sirviéndole pollo, pierna de carnero, y tocino con coles; pero ella, sobria como pocas, apenas comió pues desde su infancia siempre había vivido con una sopa y una rebanada de pan con manteca.
Chicot harto contrariado insistió, pero tampoco bebía y hasta se negó á tomar café.
Entonces Chicot, no sabiendo ya qué intentar, le dijo:
--Una copita no se negará á tomarla...
--Á eso no se niega nadie...
--Rosalía--gritó Chicot con toda fuerza de sus pulmones.--Trae una botella del bueno, del superior...
Y la criada apareció trayendo una botella larga que adornaba una etiqueta verde. Una vez llenas dos copitas, el hostelero dijo:
--Pruebe esto, pruébelo, que no hay mejor.
Y la vieja empezó á beber á sorbitos para que el goce durase más. Cuando hubo apurado la copita, se relamió, diciendo luego:
--Efectivamente, es cosa buena.
Aún no había concluido de hablar cuando Chicot ya había llenado otra vez las copas. Ella quiso negarse, pero ya era tarde, y la segunda copita fué saboreada con la misma lentitud que la primera. Chicot quiso hacerle tomar la tercera, y para insistir dijo:
--Parece leche, y sin molestia ni riesgo, se pueden tomar diez ó doce. Eso pasa como si fuese agua con azúcar. Y no hace daño ni al vientre ni á la cabeza; parece que se evapora en la lengua. No hay nada mejor para la salud.
Como la vieja tenía ganas de beber, cedió, pero no quiso más que media copita.
Y Chicot, en un arranque de generosidad, exclamó:
--Puesto que le gusta, y para demostrarle que somos buenos amigos, voy á regalarle un barrilito.
La buena mujer lo aceptó y se fué un tanto trastornada.
Al día siguiente, el hostelero entró en casa de la tía Magloria y del fondo de su carricoche sacó un barrilito que rodeaban aros de hierro; quiso que probasen el contenido para demostrar que era lo mismo que habían bebido la víspera. Cuando hubieron tomado tres copitas cada uno, se fué diciendo:
--Cuando se acabe, no se acabará, puesto que yo tengo; y pida sin miedo de molestar. Se lo ofrezco con gusto, y quiero que acepte. Está dicho.
Y se alejó en su tílburi.
Cuatro días después volvió y encontró á la vieja, sentada á su puerta, y cortando el pan para la sopa.
Se acercó, la saludó y la habló, echándose casi encima de ella para sentir su aliento. Y como reconoció el olor á alcohol, su rostro se iluminó.
--¿Me ofrece usted una copita?--dijo.
Y tomaron dos ó tres.
Por el lugar se dijo pronto que la vieja Magloria se emborrachaba sola. Unas veces la encontraban tendida en la cocina, otras en el patio, algunas en los caminos de las cercanías, y era preciso llevarla á su casa inerte como un cadáver.
Chicot dejó de ir á su casa y cuando alguien le hablaba de la tía Magloria, decía tristemente:
--¿No es una vergüenza que á su edad haya adquirido tan mala costumbre? Y cuando se es viejo, no hay nada que hacer. Eso tarde ó temprano acabará mal.
Y acabó mal, con efecto, pues al invierno siguiente, allá, muy cerca de Navidad, cayó borracha perdida en la nieve, y murió.
Y Chicot, al tomar posesión de la alquería, murmuraba:
--Si esa mujer no se hubiese emborrachado, lo menos hubiera vivido diez años más.
EL BICHO DE BELHOMME
La diligencia del Havre se disponía á salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio, cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban á que les llamasen por su nombre.
Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en otros tiempo, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y sostenían, diforme y abultado, algo que parecía el vientre de bestia diforme. Tres pencos blancos, que á primera vista llamaban la atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.
Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecito ventrudo y sin embargo flexible y ágil, á causa de la constante costumbre de encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro por el uso y tal vez el abuso del alcohol, y brillantes los ojos que parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la posada se secaba los labios con el reverso de la mano.
Grandes cestos redondos, llenos de aves asustadas, esperaban ante las inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno á uno, los colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado, colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una lista que leyó en voz alta:
--¡Señor cura de Gorgeville!
El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la diligencia.
--¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?
Un hombre alto y delgado, vestido con negra levita que le llegaba hasta las rodillas, avanzó tímidamente y y á su vez desapareció por la abierta portezuela.
--¡Poiret: dos asientos!
Vino Poiret, alto y delgado, encorvado por el arado, enjuto por la abstinencia y con la piel seca por falta de lavarla. Su mujer le seguía, una mujer pequeñita y flaca que parecía una ternera cansada, y que, con las dos manos, sostenía un inmenso paraguas verde.
--¡Rabot, dos asientos!
Rabot, que era perplejo por temperamento, preguntó, «¿Es á mí á quien se llama?»
El cochero, al que de apodo llamaban «el descarado», iba á contestar una atrocidad, cuando Rabot se lanzó hacia la portezuela empujando por delante á su mujer, una mocetona cuadrada cuyo redondo vientre parecía un barril y cuyas manazas recordaban las palas de las lavanderas.
Y Rabot se metió en la diligencia como las ratas entran en sus agujeros.
--¡Caniveau!
Un labrador gordo y pesado como un buey, hizo crujir los resortes y se metió en el amarillento carruaje.
--¡Belhomme!
Y éste, alto y delgado, se acercó con el cuello torcido, doliente el rostro, y con un pañuelo aplicado al oído como si violento dolor de muelas le atormentase.
Todos, por encima de las antiguas y singulares vestiduras de paño negro ó verdoso, vestiduras de etiqueta que lucían por las calles del Havre, llevaban largas blusas azules; y en la cabeza ostentaban gorras de seda, altas como torres, que, en el campo normando, suponen elegancia suprema.
Cesáreo Horlaville cerró la portezuela y, encaramándose luego en el pescante, hizo chasquear el látigo.
Los tres caballos parecieron despertar. Agitando el cuello hicieron oir el vago murmullo de los cascabeles. Con toda la fuerza de sus pulmones, el cochero empezó á gritar al tiempo que azotaba fuertemente á las bestias que se agitaron, hicieron un esfuerzo, y arrancaron al trote corto, arrastrando á la diligencia que los baches sacudían, armando sorprendente ruido de hierro viejo y cristales mientras en el interior, los viajeros alineados en las dos filas de asientos, se veían zarandeados de lo lindo.
En un principio, y por respeto al cura, todos callaban, pero como él era de temperamento expansivo y familiar, fué el primero en romper el silencio.
--Y bien, amigo Caniveau,--dijo.--¿Las cosas marchan bien?
El enorme campesino, que se sentía unido al eclesiástico por cierta simpatía de porte, barriga y gordura, contestó sonriendo:
--Así así, señor cura; ¿y usted?
--¡Oh! Yo, siempre igual.
--¿Y usted, Poiret?
--Todo iría á pedir de boca si no fuesen las colzas que este año no producirán casi nada; y como únicamente se encuentra beneficio en eso...
--Qué quiere usted, los tiempos son duros.
--Vaya si lo son,--afirmó con voz de gendarme la mujer de Rabot.
Como vivía en una aldea vecina, el cura no la conocía más que de nombre.
--¿Es usted la Blondel?--preguntó el sacerdote.
--Yo soy, para servir á usted.
Rabot, tímido y satisfecho, saludó sonriendo, inclinando exageradamente la cabeza hacia delante como si quisiese decir: «Y yo soy Rabot, el que se casó con la Blondel».
De pronto, Belhomme, que seguía con el pañuelo aplicado á la oreja, empezó á gemir de modo lamentable. Y golpeando el suelo de la diligencia con el pie, decía _ñau, ñau_, expresando así su espantoso sufrimiento.
--¿Le duelen á usted las muelas?--preguntó el cura.
El labrador, dejando de quejarse un instante, respondió:
--No, señor cura; no son las muelas, es el oído, en el fondo del oído...
--¿Y qué es lo que tiene en el oído? ¿un tumor?
--No sé si es un tumor, pero sé que es un bicho, un bicho muy grande que se me metió dentro cuando dormía en el granero...
--¡Un bicho! ¿Está usted seguro?
--¿Si estoy seguro? Como del Paraíso, señor cura, pues me roe el fondo del oído. Y se me comerá la cabeza, se me comerá la cabeza... ¡Ah!... _ñau, ñau_.--Y empezó de nuevo á patear.
Todos escuchaban profundamente interesados.
Y cada uno daba su opinión. Poiret pretendía que debía ser una araña, el maestro una oruga, pues en el Orne, en Champemuret donde había estado seis años, ocurrió un caso parecido, y la oruga, que había entrado por el oído, salió por la nariz, pero el hombre se quedó sordo porque el bicho le taladró el tímpano.
--Eso debe ser un gusano,--afirmó el cura.
Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado el codo en la portezuela, pues era el último que había subido, seguía gimiendo:
--¡Oh! _ñau, ñau, ñau_... yo juraría que es una hormiga, una hormiga muy grande... me muerde horriblemente. Mire usted, señor cura... ¡Oh! _ñau, ñau, ñau_... es tremendo...
--¿Ha visto al médico?--preguntó Ganiveau.
--No.
--¿Y por qué?
El temor al médico pareció curar á Belhomme quien, sin quitarse el pañuelo de la oreja, se irguió.
--¡Por qué, por qué! ¿Crees que tengo el dinero para dárselo á ese gandul? Hubiera venido una vez, dos, tres, cuatro, cinco... y hubiera tenido que darle dos escudos de á veinte, lo menos dos escudos de á veinte; y dime ¿qué me hubiera hecho ese gandul, qué me hubiera hecho?... ¿Lo sabes?
Caniveau se reía.
--No, no lo sé, pero ¿á donde vas así?
--Al Havre, á ver á Chambrelán.
--¿Qué Chambrelán?
--El curandero.
--¿El curandero?
--Sí, el curandero que sanó á mi padre.
--¿Á tu padre?
--Sí, hace mucho tiempo.
--¿Y qué tenía tu padre?
--Pues un aire en la espalda que no le dejaba moverse.
--Y ¿qué le hizo Chambrelán?
--Pues le amasó la espalda con las dos manos como quien amasa pan, y todo pasó en dos horas.
Belhomme creía que Chambrelán había pronunciado algunas palabras extrañas, pero delante del cura no se atrevió á decirlo.
Riendo, Caniveau repuso:
--Lo que tienes en el oído debe ser un conejo que ha tomado ese agujero por su madriguera. Espera, voy á hacerle salir.
Y Caniveau, colocándose las manos junto á la boca á manera de bocina, empezó á imitar los ladridos de los perros de caza. Y al oírle, todos soltaron el trapo á reir, hasta el maestro que nunca se reía.
Pero como Belhomme parecía enfadarse y tomar á mal la broma, el cura, dirigiéndose á la mujer de Rabot, cambió la conversación.
--¿Tienen ustedes mucha familia?--preguntó.
--¡Oh! Sí, señor cura, y se sufre mucho para criarla.
Rabot inclinó la cabeza como queriendo decir: «¡Oh! sí, y se sufre mucho para criarla».
--¿Cuántos hijos?
--Dieciséis, señor cura, dieciséis...
Rabot se puso á reir y saludó. Tenía dieciséis hijos, y ¡qué diablo! estaba orgulloso.
Pero Belhomme renovó sus gemidos.
--¡Oh! _ñau, ñau_...! ¡cómo muerde, cómo muerde!...
La diligencia se detuvo ante el café de Polito y el cura dijo: «Si se echase un poco de agua en la oreja, tal vez se le haría salir. ¿Quiere que probemos?».
--¡Ya lo creo que quiero!
Y todos bajaron para asistir á la operación.
El sacerdote pidió una jofaina, una toalla y un vaso de agua, y recomendó al maestro que mantuviese inclinada la cabeza del paciente, y que cuando el líquido hubiese penetrado en el orificio, la volviese bruscamente.
Pero Caniveau, que miraba la oreja de Belhomme para ver si á simple vista distinguía el bicho, exclamó:
--¡Demonio, vaya una pasta! Hay que destapar esto pues con tanta confitura el conejo no puede salir. Se le pegarían las patas.
El cura examinó á su vez el conducto y le encontró demasiado estrecho y demasiado obstruido para que el bicho saliese. Entonces el maestro, con una cañita y un poco de algodón en rama despejó el camino y, en medio de la ansiedad general, el sacerdote vertió medio vaso de agua que corrió por la cara, pelo y cuello de Belhomme. El maestro hizo girar rápidamente la cabeza, como si hubiese querido destornillarla, y en la blanca vasija cayeron algunas gotas. Todos los viajeros se precipitaron, mas no había salido ningún bicho.
Con todo Belhomme declaró: «Ya no siento nada», y el cura dijo solemnemente: «¡Claro está! ¡Cómo que se habrá ahogado!» Y con general contento volvieron á meterse en la diligencia.
Mas apenas se habían vuelto á poner en marcha cuando Belhomme dió un grito terrible. El bicho había despertado y le mordía furiosamente, afirmando que se le había metido en la cabeza y le estaba devorando los sesos. Chillaba tanto y hacía contorsiones tan raras, que la mujer de Poiret, creyéndole poseído por el diablo, empezó á llorar y á hacer la señal de la cruz. El dolor del enfermo se calmó un poco y contó que el bicho se paseaba por el interior del oído. Con el dedo imitaba sus movimientos y parecía que le veía y le seguía con la mirada. «Ahora sube, ahora sube... _ñau, ñau_... ¡qué horror!».
Caniveau se impacientaba: «El agua enfurece al bicho ése, prueba de que está acostumbrado al vino».
Y como todos rieron, repuso: «Cuando lleguemos al café de Bourbeaux, date un poco de aguardiente triple y te juro que no se moverá más».
Pero el dolor era tan fuerte que Belhomme no podía soportarlo y empezó á chillar como si le arrancasen el alma. El cura se vió obligado á sostenerle la cabeza, y rogaron á Cesáreo Horlaville que se detuviese en cuanto encontrase una casa.
Así lo hizo frente á una alquería que se alzaba junto al camino, y allí transportaron á Belhomme al que extendieron sobre la mesa de la cocina para reanudar la operación. Caniveau insistía aconsejando se mezclase aguardiente al agua á fin dé dormir al bicho matándolo tal vez, pero el cura prefirió el vinagre.
Está vez vertieron el líquido gota á gota, con objeto de que penetrase hasta el fondo, y luego le dejaron algunos minutos en el órgano habitado.