Chapter 5 of 22 · 3989 words · ~20 min read

Part 5

«Y sonó en el preciso momento en que se partía la torta de Reyes. Todos los hombres se levantaron á un tiempo. Mi tío Francisco, que había bebido champaña, afirmó que iba á _matarle_, y lo dijo tan furiosamente que mi madre y mi tía se abrazaron á él para que no lo hiciese. Mi padre, aunque muy tranquilo y casi impotente--el pobre arrastraba una pierna que se había roto de una caída de caballo,--declaró que quería enterarse de lo que aquello era y que iría á verlo. Mis hermanos, que tenían dieciocho y veinte años, corrieron á buscar sus escopetas, y como no hacían el menor caso de mí, me armé con una carabina de salón y me dispuse á acompañar á los expedicionarios.

«Y nos pusimos en marcha. Mi padre y mi tío, con Bautista que llevaba una linterna, iban delante; mis hermanos, Jaime y Pablo les seguían, y yo, á pesar de las súplicas de mi madre y de mi tía, que con mis primas se habían quedado en la puerta, cerraba la comitiva.

«Hacía una hora que la nieve caía con fuerza y los árboles estaban completamente blancos. Los pinos se inclinaban cediendo al peso de su lívida vestidura, semejando blancas pirámides ó enormes pilones de azúcar, y á través de la cortina que los copos formaban, apenas se veían los arbustos. Tan espesa era la nieve, que á diez pasos no se veía nada, pero la linterna iluminaba una gran cantidad de espacio. Cuando empezamos á bajar por la escalera de caracol tallada en el muro, tuve miedo, mucho miedo. Me parecía que alguien venia detrás de mí, que iba á cogerme por los hombros y á levantarme en vilo, y tentado estuve de desandar lo andado, pero, como era preciso atravesar todo el jardín, no me atreví.

«Oí que abrían la puerta que dada al campo y que mi tío empezaba á jurar otra vez: 'Recorcho ¡No hay nadie! Si llego á distinguir su sombra, me parece que ese ma... no se escapará'.

«Ver la llanura, ó mejor dicho adivinarla, pues no se la veía, era cosa siniestra: únicamente se distinguía un inmenso velo de nieve, á derecha, á izquierda, por todas partes.

«Mi tío repuso: 'Allí está el perro que ladra: voy á enseñarle que tengo buena puntería, siempre será algo'.

«Pero mi padre, que era muy bueno, lo impidió diciéndole: 'Más vale que vayamos á buscarle, pues el pobre animal ladra porque tiene hambre. Y ladrando pide socorro: llama como llamaría un hombre en situación desesperada... Vamos'.

«Y echamos á andar á través de la sábana de nieve, especie de musgo blanco que llenaba la noche y el aire, que se agitaba, flotaba, caía, y al fundirse helaba la carne; helaba la carne como hubiera podido abrasarla, con dolor vivo y rápido producido por el contacto de los pequeños copos blancos.

«En aquella pasta blanca y fría nos hundíamos hasta la rodilla, y para andar era preciso que levantásemos mucho las piernas. Á medida que adelantábamos, los ladridos del perro iban siendo más claros y más fuertes. Mi tío gritó: 'Ahí está', y nos detuvimos para observarle, como debe hacerse frente á un enemigo que se encuentra en medio de la noche.

«Como iba detrás tuve que acercarme á los otros para verlo, y aquel perro grande, negro, perro mastín de largo pelo y cabeza de lobo, plantado sobre sus cuatro patas al extremo del círculo de luz que sobre la nieve dibujaba la linterna, ofrecía un aspecto horrible y fantástico á la vez. No se movió; se había callado, y nos miraba.

«Mi tío dijo: 'Es raro; ni avanza ni retrocede: ganas tengo de pegarle un tiro'.

«Mi padre replicó con firmeza: 'No, es preciso ir á buscarlo'.

«Entonces mi hermano Jaime añadió: 'Pero no está solo: á su lado hay algo'.

«En efecto, detrás del perro había algo, un bulto gris, que no se podía distinguir lo que era. Tomando las necesarias precauciones volvimos á ponernos en marcha.

«Al ver que nos acercábamos, el perro se sentó sobre el cuarto trasero. Y no parecía malo, y cualquiera le hubiese creído contento por haber logrado atraer gente.

«Mi padre fué recto á él, le acarició, y el perro le lamió las manos; y entonces se vió que estaba atado á la rueda de un cochecito, de una especie de coche de juguete completamente envuelto con tres ó cuatro mantas de lana. Se levantaron con cuidado las ropas, y cuando Bautista acercó la linterna al cochecillo que parecía un enorme nido con ruedas, distinguimos á un niño que dormía en el fondo.

«La cosa nos sorprendió de tal manera, que no pudimos articular una palabra. Mi padre fué el primero que recobró la sangre fría, y como era hombre de gran corazón y de alma algo exaltada, extendió la mano sobre el pequeñuelo y dijo: '¡Pobre abandonado, tú serás de los nuestros!'. Y ordenó á mi hermano Jaime que hiciese rodar con cuidado el cochecillo.

«Mi padre, pensando alto, añadió:

'Algún hijo del amor cuya pobre madre habrá venido esta noche á llamar á mi puerta, esta noche de Epifanía, en recuerdo del Niño-Dios'.

«Se detuvo de nuevo, y dirigiéndose hacia los cuatro puntos del horizonte gritó cuatro veces con todas sus fuerzas: '¡Le hemos recogido!'. Luego, apoyándose en el hombro de su hermano murmuró: '¿Y si hubieses tirado apuntando al perro, Francisco?'.

«Mi tío no contestó, pero hizo la señal de la cruz, pues á pesar de sus fanfarronadas era muy católico.

«El perro, al que habían desatado, nos seguía.

«Y lo verdaderamente encantador fué la llegada á casa. Trabajo costó subir el cochecillo por la escalera, pero al fin se consiguió y se le hizo llegar hasta el vestíbulo.

«¡Qué contenta se puso mi madre! Y mis primas, la menor tenía seis años, parecían polluelos alrededor de un nido. Al fin se sacó al niño del coche, y se vió que era una niña que lo más tendría seis semanas, y entre los pañales se encontraron diez mil francos en oro, sí, diez mil francos, que papá colocó para hacerle una dote. No era hija de pobres... tal vez de algún noble y de una burguesita de la ciudad,... tal vez... hicimos mil suposiciones pero nunca llegamos á saber nada, nada... Ni siquiera el perro fué reconocido por nadie; era extraño en el país. Pero, en todo caso, él ó la que había venido á llamar tres veces á nuestra puerta, conocía perfectamente á mis padres.

«He ahí cómo la señorita Perla entró, á la edad de seis semanas, en la casa Chantal.

«Por lo demás, fué mucho más tarde cuando la llamaron señorita Perla, pues al bautizarla se le pusieron los nombres: 'María, Simona, Clara', y Clara tenía que servirle de apellido.

«Te aseguro que la entrada en el comedor, con aquel rorro despierto que miraba á su alrededor y fijaba en las personas y las luces sus ojos azules, fué cosa digna de ser vista.

«Nos sentamos otra vez á la mesa y se distribuyó la torta. Yo fuí el rey, y como usted, hace un momento, elegí por reina á la señorita Perla que ese día, estaba muy distante de comprender el gran honor que se la dispensaba.

«En fin, la niña fué adoptada y educada en la familia. Creció, pasaron los años, era amable, cariñosa, obediente, y como todo el mundo la quería, si mi madre no lo hubiese impedido, la hubieran mimado de modo abominable.

«Mi madre era mujer de orden y de jerarquía. Trataba á Clarita como á sus propios hijos, pero con todo, quería que la distancia que nos separaba estuviese bien señalada y la situación bien establecida.

«Así que, en cuanto la niña pudo comprender, se le hizo conocer su historia, y lograron que en su espíritu penetrase, suave y tiernamente, la convicción de que era una hija adoptiva de los Chantal, una criatura recogida, en una palabra, una extraña.

«Clara, con extraordinaria inteligencia y con sorprendente instinto, se dió cuenta de la situación, y supo colocarse en el lugar que le correspondía con tanto tacto, gracia y gentileza, que muchas veces hacía llorar á mi padre.

«Hasta mi misma madre, emocionada por el apasionado reconocimiento y la abnegación algo temerosa de aquella linda criatura, empezó á llamarla 'hija mía'. Y á veces, cuando la niña había hecho algo bueno ó delicado, mi madre se colocaba las gafas sobre la frente, en ella signo evidente de emoción, y repetía: '¡Pero esta criatura es una perla, una verdadera perla!'. Y ese nombre fué el que quedó á la pequeña Clara, que para nosotros se convirtió en 'la señorita Perla'».

IV

El señor Chantal se calló. Estaba sentado en un ángulo del billar, caídas las piernas, con una bola en la mano izquierda, y arrugando con la derecha el paño que servía para borrar los tantos que se marcaban en la pizarra, y que nosotros habíamos bautizado con el nombre de «el paño de la tiza». Algo colorado, con voz sorda, y metido de lleno en el campo de sus recuerdos, hablaba para sí recorriendo despacio los caminos de las cosas pasadas y de los antiguos recuerdos que en su imaginación despertaban como, al pasear por el jardín de la casa solariega donde se ha crecido, cada árbol, cada sendero, cada planta, los puntiagudos arbustos, el laurel que tan bien huele, y los tejos cuyo rojo grano se aplasta entre los dedos, hacen surgir, á cada paso, un hecho de nuestra vida pasada, uno de esos hechos insignificantes, deliciosos, que componen el fondo mismo, la trama de la existencia.

Yo, apoyado de espalda á la pared, y teniendo en la mano el taco inútil, le escuchaba atentamente.

Pasado un minuto repuso: «¡Canastos! ¡Y á los dieciocho años era guapa!... Y graciosa... y perfecta... ¡Ah!... Bonita, buena, y encantadora muchacha... Tenía unos ojos así, ojos grandes, azules, transparentes y claros, ojos como no he visto nunca...».

Se calló y yo pregunté: «¿Y por qué no se ha casado?».

Él contestó, pero no á mí, contestó á esta palabra «casado».

--«Por qué, por qué... Pues porque no ha querido... no ha querido. Y eso que tenía treinta mil francos de dote y la pidieron varias veces... pero no quiso... En esa época estaba muy triste. Entonces fué cuando me casé con mi prima, la pequeña Carlota, mi mujer, con quien tuve relaciones durante seis años».

Miré al señor Chantal y me pareció que penetraba en su alma, que penetraba en uno de esos dramas crueles y humildes de los corazones honrados, corazones rectos, sin reproche, uno de esos corazones cerrados é inexplorados que nadie conoce, ni siquiera aquellos que son sus víctimas mudas y resignadas.

Y, empujado por irresistible curiosidad, pregunté:

--¿Era usted quien debía casarse con ella, señor Chantal?

Se estremeció, me miró con fijeza, y dijo:

--¿Yo? ¿Casarme?... ¿Con quién?

--Con la señorita Perla.

--Y ¿por qué?

--Pues porque la quería mucho más que á su prima.

Me miró con ojos extraviados, redondos, llenos de espanto, y al fin balbució:

--¿Que yo la quería?... ¿yo?... ¡Cómo!... ¿Quién te ha dicho semejante cosa?

--¡Diablo! preciso es ser ciego para no verlo... y por esta misma causa tardó usted tanto en casarse con su prima que estuvo seis años esperándole.

Soltó la bola que tenía en la mano izquierda, se cubrió la cara con el paño de la tiza, y apoyando los codos en la mesa se puso á sollozar. Y lloraba con desolación ridícula, como llora una esponja que se oprime con fuerza, por los ojos, la nariz y la boca; todo á un tiempo. Tosía, escupía, se sonaba con el paño de la tiza y se secaba con él los ojos, y luego las lágrimas volvían á correr por todas las arrugas de su rostro, y á las lágrimas acompañaban unos ronquidos que recordaban los gargarismos.

Yo, entre asustado y avergonzado, no sabía qué decir, qué hacer ni qué intentar.

De pronto, la voz de la señora Chantal resonó en la escalera: «¿Acabáis pronto de fumar?».

Abrí la puerta y grité: «Sí, señora; en seguida bajamos».

Luego me precipité hacia su marido y cogiéndole por los brazos le sacudí con fuerza: «Señor Chantal, mi amigo Chantal, escúcheme--le dije:--su mujer nos llama, tranquilícese pronto, que es preciso bajar».

El tartajeó: «Sí, sí,... ya voy... pobre, pobre muchacha... diga que ya voy».

Y empezó á enjuagarse concienzudamente la cara con el paño que, desde hacía dos ó tres años, borraba los tantos que en la pizarra se marcaban, y apareció mitad blanco y mitad rojo, la frente, la nariz, las mejillas manchadas con tiza, y los ojos todavía llenos de lágrimas.

Le cogí las manos y le llevé hasta su habitación diciéndole con voz baja: «Le ruego que me perdone, amigo Chantal, por haberle entristecido, pero yo no sabía,... yo no sabía, comprende usted...».

Abrazándome, murmuró: «Sí,... sí,... hay momentos muy difíciles...».

Luego hundió la cabeza en la palangana, y aunque cuando la sacó no me pareció del todo presentable, se me ocurrió una idea hábil. Como su inquietud crecía al mirarse al espejo, le dije: «Diremos que se le ha metido un grano de polvo en el ojo, y así podrá llorar cuanto quiera delante de todo el mundo».

Con efecto, bajó frotándose los ojos con el pañuelo, y todo el mundo se alarmó: no hubo quien no intentase buscar el grano de polvo que, como es natural, nadie pudo encontrar, y se contaron casos parecidos en los cuales había sido necesaria la intervención del médico.

Yo me había sentado junto á la señorita Perla y la miraba atormentado por tan ardiente curiosidad que casi se convertía en sufrimiento. Efectivamente, debía haber sido muy linda, con ojos dulces, tranquilos y tan grandes que parecía no se habían de cerrar nunca. El traje era algo ridículo, verdadero traje de solterona, y no le hacía ningún favor.

Y me parecía que veía en ella, como hacía un momento había visto en el alma del señor Chantal, y que en su alma leía desde el principio hasta el fin toda la historia de su vida, la historia de su vida humilde y llena de abnegación; pero á mis labios acudía la necesidad de interrogarla, de saber sí ella también había querido, si, como él, había sufrido ese interminable sufrimiento secreto, agudo, que no se ve, que no se manifiesta, que no se adivina pero que se siente durante la noche y en la soledad de la negra habitación. Yo la miraba, veía que su corazón latía con fuerza, y me preguntaba si aquel rostro cándido, durante las noches se habría apoyado con fuerza en la almohada y gemido y sollozado, y si su cuerpo, con ardorosa fiebre, se habría sacudido con violentas sacudidas.

Y con voz muy baja, como hacen los niños cuando rompen un juguete para ver lo que hay dentro, le dije: «Si hubiese visto llorar al señor Chantal hace un momento, le hubiera compadecido».

Se estremeció: «¡Cómo! ¿Lloraba?».

--Sí, y lloraba mucho.

--Y ¿por qué?

Estaba emocionadísima y yo continué:

--Por usted.

--¿Por mí?

--Sí. Me contaba lo mucho que en otros tiempos la había querido, y el trabajo que le había costado decidiese á casarse con la que hoy es su mujer en vez de casarse con usted...».

Su pálido rostro se alargó un poco; sus ojos siempre abiertos, sus ojos tranquilos, se cerraron de pronto y tan rápidamente que parecieron cerrarse para siempre, y resbalando de la silla al suelo, cayó suavemente, lentamente, como hubiera podido caer una cinta de seda...

Y grité: «¡Socorro! La señorita Perla se ha puesto mala».

La señora Chantal y sus hijas se precipitaron hacia ella, y mientras buscaban agua, una toalla y vinagre, cogí el sombrero y me marché.

Y me marché corriendo, con el corazón oprimido y lleno de remordimientos y de pesar. Pero, con todo, estaba contento, pues me parecía haber hecho una cosa laudable y necesaria.

Y me preguntaba: «¿He hecho bien? ¿He hecho mal?». Los pobres conservaban eso en su alma como queda el plomo en una herida cerrada. ¿No serán más dichosos ahora? Es ya demasiado tarde para que la tortura empiece de nuevo, y aún es tiempo para que la recuerden con ternura.

Y tal vez una de las noches de la próxima primavera, turbados por un rayo de luna que iluminará la hierba, se estrecharán la mano en recuerdo de tanto sufrimiento, de ese sufrimiento ahogado y cruel: y tal vez también ese corto apretón de manos hará que por sus venas pase algo de ese estremecimiento que no han conocido, y comunicará en un segundo á esos muertos resucitados, la rápida y divina sensación de esa embriaguez, de esa locura que proporciona á los enamorados, con un sólo estremecimiento, mayor felicidad de la que los otros hombres pueden recoger en toda su vida.

LA LOCA

Oigan, dijo Mathieu de Eudolín, las chochas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.

Ustedes conocen la finca que tengo, en los alrededores de Cormeil, y saben que cuando los prusianos vinieron, vivía en ella.

Tenía entonces por vecina á una especie de loca á quien los repetidos golpes de la desgracia habían extraviado la razón, En otros tiempos, y en un mes, había perdido á su padre, á su marido y á un hijo pequeño.

Cuando la muerte entra en una casa, casi siempre vuelve al poco tiempo, como si conociese la puerta.

La pobre mujer, abrumada por el pesar, se metió en la cama y estuvo delirando por espacio de seis semanas. Luego, una especie de tranquila lasitud sucedió á esta violenta crisis, y quedó sin movimiento, comiendo apenas, y sólo moviendo los ojos. Cada vez que intentaban hacerla levantar, chillaba como si fuesen á matarla, y por esto la dejaban en la cama sacándola de entre las sábanas nada más que el tiempo preciso para lavarla y sacudir el colchón.

Á su lado estaba una criada vieja que de tiempo en tiempo le daba de beber y la obligaba á comer un poco de carne fría. ¿Qué pasaba en el interior de aquella alma desesperada? Nadie lo supo nunca porque no habló más. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Soñaba tristemente sin que sus recuerdos se precisasen ó su aniquilado pensamiento se había quedado inmóvil como el agua estancada?

Por espacio de quince años permaneció inerte y encerrada en sí misma.

Vino la guerra, y, en los primeros días de diciembre, los prusianos llegaron á Cormeil.

Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Hasta la piedras se helaban, y yo estaba en una butaca, inmovilizado por la gota, cuando á mis oídos llegó el pesado ritmo de sus pasos. Desde mi ventana les vi pasar.

El desfile era interminable, y con ese movimiento de polichinelas que les es peculiar, todos parecían iguales. Los jefes distribuyeron á sus hombres entre los habitantes, y á mí me correspondieron diecisiete. Á mi vecina, á la loca, le correspondieron doce, y entre ellos un comandante, verdadero soldado violento y cazurro.

Durante los primeros días no ocurrió nada de particular. Al oficial de al lado le habían dicho que el ama estaba enferma y él no se preocupó lo más mínimo; pero esa mujer á quien nunca veía llegó á irritarle, y tomó informes con respecto á su enfermedad: entonces le dijeron que la señora estaba en la cama, desde hacía quince años, á consecuencia de un gran pesar. Sin duda no lo creyó, imaginando que la desgraciada no abandonaba la cama por orgullo, para no ver á los prusianos, para no hablarles ni tratarse con ellos.

Exigió que le recibiese y le hicieron entrar en su habitación. Una vez en ella dijo con brusquedad:

--Señora, yo le suplico que se levante y baje á fin de que la veamos.

La enferma fijó en él sus ojos vagos, sus ojos vacíos, y no contestó.

Él repuso:

--Yo no he de tolerar la menor insolencia. Si no se levanta usted de grado, no me faltarán medios para obligarla á que pasee sola.

Y ella no se movió ni hizo un gesto siquiera... ¡parecía que no le había visto!

El oficial, tomando aquel tranquilo silencio por una prueba de supremo desdén, añadió:

--Si mañana no baja...

Y se marchó.

* * * * *

Al día siguiente, la vieja criada, medio loca, quiso vestirla, pero la enferma, resistiéndose, empezó á chillar. El oficial subió en seguida y la criada, arrodillándose á sus pies, exclamó:

--No quiere, no quiere... perdónela... ¡es tan desgraciada!

El soldado parecía indeciso y á pesar de su rabia no se atrevía á que sus hombres la sacasen por la fuerza de la cama... pero de pronto se puso á reir y dió órdenes en alemán.

Y no tardó en verse salir á un destacamento que sostenía un colchón como quien lleva á un herido. Y en el lecho que no habían tocado, la loca, siempre silenciosa y tranquila, permanecía indiferente á cuanto ocurría. Para ella lo importante era que la dejasen acostada. Detrás iba un hombre llevando un lío de ropa de mujer.

El oficial, frotándose las manos, dijo:

--Aunque no quiere vestirse, daremos un paseíto...

Y el cortejo se alejó con dirección al bosque de Suranville.

Dos horas después, los soldados volvieron solos.

Y nadie volvió á ver á la loca... ¿Qué habían hecho con ella? ¿Á dónde la habían llevado? Nunca se supo.

Nevaba noche y día, y praderas y bosques se envolvían con un sudario de musgo helado. Y los lobos venían á aullar hasta á nuestras puertas...

La idea de aquella pobre mujer perdida era una obsesión para mí; y para tener noticias suyas llegué á hacer diligencias cerca de las autoridades alemanas. Por poco me fusilan.

Volvió la primavera; se alejó el ejército de ocupación, y la casa de mi vecina seguía cerrada. Por los senderos de su jardín la hierba crecía.

Durante el invierno, la vieja criada había muerto, y aunque nadie se ocupaba ya de la aventura, yo pensaba en ella sin cesar.

¿Qué habían hecho con aquella pobre mujer? ¿Habría huido corriendo á través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte y metido en un hospital al no poder obtener de ella ninguna noticia? Nada podía desvanecer mis dudas, pero poco á poco el tiempo se encargó de desvanecer mi malestar.

Ahora bien, al otoño siguiente había chochas en gran abundancia, y como la gota me dejaba algunos momentos de reposo, me atreví á ir hasta el bosque. Había matado ya cuatro ó cinco pájaros de los del pico largo, cuando tumbé uno que desapareció en un foso lleno de ramas. Bajé para recogerlo, y lo encontré junto á una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca acudió á mi mente y me oprimió el corazón. Durante aquel año siniestro, muchos otros habrían tal vez muerto en aquel bosque, pero no sé por qué tenía la seguridad de que acababa de encontrar la cabeza de la miserable maníaca.

Y repentinamente lo comprendí y lo adiviné todo. Tendida en su colchón la habían abandonado en el bosque desierto y frío, y fiel á su idea fija había muerto sepultada en la nieve sin mover ni un brazo.

Los lobos la habían devorado después.

Y con la lana de su desgarrado colchón, los pájaros habían construido sus nidos.

Recogí y conservé los tristes restos; y desdé entonces hago votos para que nuestros hijos no sepan ni vean nunca lo que es la guerra.

PIERROT

La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza, y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas.