Part 2
Comprendiendo que mis nervios se habían excitado, resolví marcharme y tiré de la cadena. El barco se puso en movimiento; sentí luego resistencia inaudita, y por más que tiré, el ancla permaneció sujeta. Indudablemente estaba agarrada al fondo pues no pude levantarla. Volví á tirar, y todo fué inútil. Entonces, con mis remos hice girar la barca y la llevé río arriba, para que la posición del ancla cambiase, pero todo fué en vano pues seguía sujeta al fondo con resistencia tenaz. Me acometió un acceso de rabia y sacudí furiosamente la cadena. Nada... Desalentado, me senté, y con calma quise reflexionar en mi situación. No podía pensar en cortar la cadena ni en separarla de la embarcación pues estaba sujeta á un trozo de madera tan grueso como mi brazo, pero como la noche era deliciosa, pensé que no tardaría en encontrar á algún pescador que me prestase su ayuda. La contrariedad me devolvió la calma, y pude fumar mi pipa. Llevaba conmigo una calabacita de ron, bebí dos ó tres tragos, y la situación en que me encontraba me hizo reir. Hacía calor, y en último resultado podía pasar la noche al raso.
De pronto, contra uno de los lados de mi barca chocó algo que produjo un ruido seco, y helado sudor me inundó de pies á cabeza. Era indudable que el ruido había sido producido por una maderita que la corriente arrastraba, pero había sido suficiente para sobresaltarme, y de nuevo me sentí presa de extraña agitación nerviosa. Cogiendo la cadena hice un esfuerzo desesperado, pero como el ancla se mantuvo firme, tuve que sentarme.
Entretanto el río se había cubierto de blanca y espesa niebla que flotaba á ras del agua, y al ponerme en pie no vi ni el río ni mi barca, sólo distinguí las puntas de las cañas, y á lo lejos, la llanura bañada por la luz de la luna, luz pálida en la que se destacaban manchas negras que subían hasta el cielo, manchas formadas por los grupos de álamos. Yo estaba enterrado hasta la cintura en una sábana de algodón de blancura inmaculada, y á mi imaginación acudieron atropelladamente ideas fantásticas. Me figuraba que trataban de subir á mi barca, que no distinguía, y que el río, cubierto por la opaca niebla, debía estar lleno de seres extraños que nadaban á mi alrededor. Experimentaba espantoso malestar, un aro de hierro me oprimía las sienes, y los latidos de mi corazón casi me ahogaban. Perdí la cabeza y pensé alejarme á nado, pero esta idea me hizo temblar de espanto. Nadando á la ventura entre la espesa bruma me vi perdido, luchando con las hierbas y las cañas que no podría evitar, no viendo mi barca, no distinguiendo la orilla, muerto de miedo, y sintiendo que me tiraban de los pies para hundirme en el agua negra...
Y efectivamente, como me hubiera sido preciso remontar la corriente lo menos quinientos metros antes de encontrar sitio limpio de hierbas y de juncos, lo más probable era que, aunque nado como un pez, al no poder orientarme entre la niebla, me ahogase.
Hacía esfuerzos para razonar, tenía el firme propósito de ahuyentar el miedo, pero en mí había algo más que mi voluntad, y ese algo no estaba tranquilo. Me preguntaba qué podía temer; mi _yo_ valiente se burlaba de mi _yo_ cobarde, y nunca como ese día pude darme cuenta de la oposición de los dos seres que viven en nuestro interior, queriendo uno, resistiendo otro, y venciendo por turno los dos.
Y el miedo bestial, el miedo inexplicable, aumentaba por instantes y casi era terror. Permanecía inmóvil con los ojos muy abiertos y alerta el oído, y esperando... ¿Qué?... Ni yo mismo lo sabia, pero debía ser algo terrible. Y creo que si un pez cualquiera hubiese saltado del agua, como tan frecuentemente sucede, hubiera sido bastante para hacerme caer sin conocimiento.
Sin embargo, haciendo un violento esfuerzo logré sujetar mi extraviada razón. Tomé de nuevo la calabaza y bebí un trago largo; luego se me ocurrió gritar, y con todas las fuerzas de mis pulmones grité sucesivamente hacia los cuatro puntos del horizonte. Cuando se me hubo secado y paralizado la garganta escuché... Á lo lejos, un perro aullaba.
Bebí más, y me tendí á lo largo en el fondo de mi barca. Y en esa posición permanecí una hora, tal vez dos, sin dormir, con los ojos muy abiertos, y viendo cosas extrañas á mi alrededor. Á pesar de que lo deseaba ardientemente no me atrevía á levantarme; lo retardaba por minutos, y aunque me decía «arriba», tenía miedo de moverme. Por fin, y tomando infinitas precauciones como si mi vida hubiera dependido del ruido que pudiese hacer, me incorporé y miré á mi alrededor.
Y á mi vista se ofreció el espectáculo más asombroso, más maravilloso que se puede imaginar: una de esas fantasmagorías del país de las hadas, una de esas visiones que nos cuentan los viajeros que vienen de tejerías lejanas tierras y que escuchamos sin creer.
La niebla que dos horas antes flotaba á ras del agua se había retirado y recogido en las orillas, y dejando el río completamente libre había formado á cada lado una colina inmensa, de seis ó siete metros de altura, que á la luz de la luna brillaba con el soberbio resplandor de la nieve. Y estaba dispuesta de tal modo, que sólo se veía un río de fuego entre las dos montañas blancas, mientras en lo alto, por encima de mi cabeza y derramando su luz, la luna resplandecía en medio del azulado y lechoso cielo.
Todas las bestias del agua habían despertado: las ranas cantaban furiosamente, y á cada momento, unas veces á la derecha, á la izquierda otras, oía la nota corta, monótona y triste, que á las estrellas lanza la cobriza voz de los sapos. Y, cosa extraña, ya no tenía miedo, pues contemplando aquel paisaje extraordinario nada me podía asombrar.
No sé el tiempo que aquello pudo durar, pues acabé por dormirme, y cuando abrí de nuevo los ojos la luna se había puesto y el cielo estaba cubierto de nubes. El agua chapaleteaba lúgubremente; silbaba el viento, hacía frío, y la obscuridad era profunda.
Bebí el ron que me quedaba, y temblando escuché el susurro de las cañas y el siniestro ruido del río. Y entonces hice esfuerzos para ver, pero no pude distinguir mi barca, ni siquiera mis manos por más que las acerqué á mis ojos.
Poco á poco la negrura disminuyó; me pareció que una sombra pasaba cerca de mí, y grité. Una voz respondió: era un pescador que acudiendo á mi llamamiento se acercó y le conté mis cuitas. Ató su barca á la mía y juntos tiramos de la cadena. El ancla no se movió. Apuntaba el día, día sombrío, glacial, lluvioso, gris, un día de ésos que traen consigo tristezas y desdichas. Distinguimos otra barca: llamamos, y el hombre que la montaba unió sus esfuerzos á los nuestros: entonces, y poquito á poco, el ancla cedió. Y subió muy despacio, muy despacio, y cargada con peso considerable. Al fin distinguimos una masa negra y la metimos en mi barca.
Era el cadáver de una mujer vieja que tenía atada al cuello una piedra enorme.
EL REGRESO
Con sus olas continuas y monótonas, la mar azota la costa. Impulsadas por el viento, y semejando pájaros, blancas nubecillas pasan rápidamente á través del inmenso cielo azul, y la aldea, situada en el pliegue de un valle que llega hasta el océano, se calienta al sol.
Á la entrada, y al borde del camino, se alza la casa de los Martín Levesque. Es una morada de pescador con los muros de arcilla y el tejado de bálago que ostenta un penacho de azules lirios. Un huerto del tamaño de un pañuelo en el que crecen cebollas, coles y perejil, se extiende ante la puerta; y, á lo largo del camino, lo cierra tosca valla.
El hombre está en la mar, pescando, y la mujer, frente á la morada, repara las mallas de una red enorme que, extendida contra la pared, semeja inmensa tela de araña. Sentada en una silla de paja á la entrada del huerto, una muchachita de catorce años se inclina hacia atrás y arregla ropa blanca, ropa blanca de pobres, remendada y zurcida ya. Otra chiquilla, un año más joven, mece en sus brazos á un niño pequeño, tan pequeño que ni siquiera se mueve ni habla. Y dos pequeñuelos de dos ó tres años, sentados en el suelo y frente á frente, construyen jardines con sus torpes manos y se tiran á la cara puñados de polvo.
Nadie habla. Únicamente el pequeñuelo á quien quieren dormir llora sin descanso, con gritos agrios y cascados. Junto á la ventana, un gato duerme y los abiertos girasoles que se abren al pie del muro, forman un macizo de flores sobre el cual, zumbando, revolotea un mundo de moscas.
De pronto, la muchacha que cose á la entrada grita:
--¡Mamá!
Y la madre responde:
--¿Qué quieres?
--¡Ahí está otra vez!
Desde por la mañana están muy inquietas porque un hombre vaga alrededor de la casa: un hombre viejo que parece pobre, muy pobre. Le han visto por primera vez al acompañar á su padre á la mar, y estaba sentado frente á la puerta, en la cuneta. Luego, al volver de la playa, le han encontrado en el mismo sitio y siempre mirando á la casa.
Parece enfermo y muy miserable. Por espacio de una hora no se ha movido, pero al ver que se le observaba como se observa á un malhechor, se ha levantado y se ha ido renqueando.
Pero no han tardado en verle aparecer de nuevo, andando con paso lento y cansado, y se ha vuelto á sentar algo más lejos, pero como si quisiese acecharlas.
La madre y las chiquillas tienen miedo. Sobre todo la madre, pues como es temerosa por temperamento, se preocupa porque su marido no ha de volver hasta que caiga el día.
Su marido se llama Levesque; á ella la llamaban Martín, y les han bautizado con los nombres de Martín Levesque. Veamos por qué: en primeras nupcias ella se había casado con un marino llamado Martín, un marino que todos los años iba á Terranova á la pesca del bacalao, y á los dos años de matrimonio tenían una hija y esperaban otro retoño cuando el barco en que iba el marido, _Las dos hermanas_, de Dieppe, desapareció.
Y nunca más se volvieron á tener noticias del barco ni de ninguno de los que le tripulaban, y así fué que cuerpos y bienes se dieron por perdidos.
La Martín esperó á su marido durante diez años y tuvo mucho que sufrir para educar á sus hijos: más tarde, como era laboriosa y muy buena mujer, un pescador del país, Levesque, viudo con hijo, la pidió en matrimonio. Y se casaron, y en tres años tuvieron dos hijos más.
Vivían penosa y laboriosamente. El pan estaba caro y la carne apenas se conocía en su casa, y aunque á veces, durante la época de las borrascas, se atrasaban con el panadero, como los pequeños tenían salud se daban por satisfechos. Y la gente decía:
--Los Martín Levesque son muy buenas personas. La Martín trabaja por cuatro, y Levesque, en su oficio, no tiene rival.
La chiquilla, que está sentada junto al vallado, dice:
--Cualquiera se figuraría que nos conoce. Tal vez sea un pobre de Epreville ó de Auzeboc.
Pero la madre tiene buen ojo y no se engaña: no, seguramente no es del país.
Como permanece inmóvil como un poste y fija obstinadamente los ojos en la morada de los Martín Levesque, la Martín se enfurece, y valiente á puro de estar transida de miedo, coge una badila y sale á la puerta.
--¿Qué estáis haciendo ahí?--grita dirigiéndose al vagabundo.
Y él responde con voz ronca:
--Tomo el fresco: ¿os hago algún daño?
--¿Por qué estáis espiando frente á mi casa?--replica la Martín.
Y el hombre contesta:
--No hago daño á nadie. ¿Está prohibido sentarse en la cuneta?
La Martín, no sabiendo qué decir, se mete otra vez en su casa.
Y el tiempo pasa despacio, muy despacio, y á eso de mediodía el hombre desaparece. Pero á las cinco vuelve á pasar, y ya no le ven más en toda la tarde.
Cuando al caer el día Levesque vuelve y le cuentan lo ocurrido, dice:
--Debe de ser algún fisgón ó algún desocupado.
Y duerme tranquilo mientras su mujer piensa en el vagabundo que la miraba de tan extraña manera.
Amanece un día desagradable, con mucho viento, y el marinero, viendo que no puede hacerse á la mar, ayuda á su mujer á componer las redes.
Á eso de las nueve, la hija mayor, una Martín, que ha ido á la tahona á buscar pan, entra corriendo, y con el rostro descompuesto.
--¡Ahí está, ahí está!--grita.
La madre se emociona mucho y, con las mejillas pálidas, dice á su marido:
--Ve á hablarle, Levesque, y convéncele para que no nos aceche, que eso me revuelve toda.
Y Levesque, un hombre de mar como un castillo, con tez rojiza y barba espesa, ojos azules que taladran dos puntitos negros y que lleva siempre al cuello un pañuelo de lana para resguardarse del viento y de la lluvia de alta mar, sale lentamente y se dirige al vagabundo.
Los dos hombres hablan.
La madre y los chicos, entre ansiosos y angustiados, les contemplan desde lejos.
De pronto, el desconocido se pone en pie y con Levesque se encamina hacia la casa.
La Martín retrocede asustada, pero su marido le dice:
--Dale un pedazo de pan y un vaso de sidra. Hace tres días que no ha comido.
Y entran seguidos de la mujer y de los niños. El vagabundo se sienta y come, y como todos le miran fijamente baja la cabeza.
La madre, en pie, no aparta de él los ojos: las dos mayores, las Martín, apoyadas de espalda contra la puerta, en él clavan sus ojos ávidos; y los más pequeños, que están sentados en las cenizas del hogar, dejan de jugar con el negro puchero para contemplar también al extraño.
Levesque se sienta y le pregunta:
--¿De manera que viene de muy lejos?
--Vengo de Cette.
--¿Á pie?
--Sí, á pie. Cuando no se tienen posibles, es preciso...
--Y ¿á dónde va?...
--Aquí.
--¿Conoce á alguien?
--Tal vez.
Y se callan. El vagabundo, aunque hambriento, come despacio y bebe un sorbo de sidra después de cada pedazo de pan. Su rostro está arrugado, gastado, lleno de hoyos por todas partes, y parece haber sufrido mucho.
Bruscamente Levesque le pregunta:
--¿Cómo se llama?
--Me llamo Martín.
Extraño estremecimiento agita á la madre. Avanza un paso como si quisiese ver más de cerca al vagabundo, y se para frente á él con los brazos caídos y la boca abierta. Nadie dice palabra, hasta que Levesque añade:
--¿Es usted de aquí?
--Sí, de aquí soy.
Y al levantar la cabeza, su mirada se encuentra con la de la mujer, y mirándose están por espacio de unos segundos.
Con voz baja, cambiada y temblorosa, ella dice:
--¿Eres tú mi marido?
Y él articula lentamente:
--Yo soy.
Y sin moverse continúa comiéndose el pan.
Más sorprendido que emocionado, Levesque exclama:
--¿Tú eres Martín?
El otro contesta sencillamente:
--Sí, yo soy.
Entonces el segundo marido pregunta:
--¿De dónde vienes?
--De África. Naufragamos en un banco y sólo nos salvamos tres. Picard, Vatinel y yo. Luego nos cogieron los salvajes que nos han retenido doce años. Picard y Vatinel han muerto: á mí me libertó un viajero inglés, me dejó en Cette, y aquí estoy.
La Martín, cubriéndose la cara con el delantal, llora en silencio.
Levesque dice:
--Y ¿qué vamos á hacer?
Martín pregunta:
--¿Eres tú su marido?
--Sí, yo soy.
Y se miran y callan.
Martín se fija en los niños que forman círculo á su alrededor, y señalando con un movimiento de cabeza á las dos mayores exclama:
--¡Son las mías!
Á lo que Levesque responde:
--Las tuyas son.
Y no se mueve, ni siquiera las besa. Únicamente dice:
--¡Qué crecidas están!
Levesque repite:
--¿Qué vamos á hacer?
Martín, perplejo, tampoco lo sabe. Al fin murmura:
--Yo haré lo que quieras, pues no pretendo causarte perjuicio. Con todo, es enojoso por la casa. Yo tengo dos hijos, tú tienes tres; pues á cada uno los suyos. Ahora bien, la madre ¿á quién pertenece? Yo aceptaré lo que decidas, pero la casa es mía pues mi padre me la dejó, porque nací en ella, y hay papeles en casa del notario.
La Martín sigue llorando y cubriéndose la cara con el delantal. Las dos mayores se han levantado, y con inquietud se fijan en su padre.
Éste acaba de comer y pregunta:
--¿Qué vamos á hacer?
Levesque tiene una idea.
--Es preciso ir á casa del cura. Él decidirá.
Martín se levanta, y su mujer, apoyando la frente en su hombro, murmura:
--¡Martín, mi pobre Martín!
Y Martín, emocionado, besa con respeto su blanca cofia. Los pequeños que están sentados en la chimenea, al ver que su madre llora, lloran también, y el que aún va en brazos, berrea de lo lindo.
Levesque espera de pie.
--Vamos,--dice--es preciso arreglar esto.
Martín se separa de su mujer, y ésta, dirigiéndose á las mayores, las dice:
--Besad á vuestro padre.
Las dos se acercan juntas, secos los ojos, y algo temerosas. Y después que él las ha besado en las mejillas, los dos hombres salen.
Al pasar por delante del café del Comercio, Levesque dice:
--Si tomásemos una copa...
--Me parece bien.
Y entran y se sientan.
--¡Eh! ¡Chicot! Dos copas de lo bueno, que Martín ha vuelto, Martín, el de mi mujer, ya sabes, Martín, el de _Las dos hermanas_...
Y el tabernero, ventrudo, sanguíneo, hinchado, lleno de grasa, se acerca con tres vasos en la mano, una botella en la otra, y muy tranquilamente pregunta:
--¿Eres tú Martín?
Y Martín contesta:
--Yo soy.
EL GUARDA
Después de comer se referían aventuras y accidentes de caza.
Un antiguo amigo nuestro, el señor Bonface, gran bebedor de vino, hombre robusto y alegre, ingenioso como pocos, de buen sentido y filosofía irónica y resignada, se distinguía siempre por sus bromas mordaces y nunca por sus tristezas. Y de pronto dijo:
--Yo sé una historia de caza, ó mejor dicho, un drama de caza bastante extraordinario. No se parece á ninguno de los ya contados, y yo mismo no me he atrevido nunca á contarlo por temor á que no interesase. Y todo, porque no es simpático; ¿comprenden ustedes? Quiero decir que carece de ese interés que apasiona, encanta ó emociona agradablemente.
Pero en fin, vamos al caso.
Entonces tenía treinta y cinco años, y mi mayor encanto era la caza. Bastante lejos, en los alrededores de Junquières, poseía unas tierras en cuyos bosques de pinos abundaban las liebres y los conejos. Y en ellas pasaba cuatro ó cinco días al año, yo solo, pues lo primitivo de la instalación no me permitía invitar á ningún amigo.
Un gendarme retirado, hombre honradísimo, violento, severo, terrible para los cazadores furtivos y que no conocía el miedo, me servía de guarda. Vivía solo, lejos de la aldea, en una casita pequeña, más bien una choza, que se componía de dos habitaciones en la planta baja, la cocina y el cillero, y otras dos arriba. Una de ellas, especie de jaula únicamente lo bastante grande para contener una cama, un armario y una silla, me estaba reservada.
La otra la ocupaba Cavalier, pero al decir que vivía solo he dicho mal: con él vivía un sobrino suyo, un ganapán de catorce años que iba á la compra á la aldea, distante tres kilómetros de allí, y que ayudaba al viejo en sus cotidianas tareas.
Aquel muchacho alto, delgado y un poco encorvado, tenía el pelo rubio tan claro que parecía bozo, y tenía tan poco que parecía calvo. Y sus pies eran enormes, y sus manos gigantescas, manos de coloso.
Bizcaba un poco, y al hablar no miraba nunca, causándome, en la raza humana, el efecto que las bestias pestíferas causan entre los animales. Aquel galopín era una garduña ó una zorra.
Hasta dormía en una especie de agujero que allá en lo alto de la escalera conducía á las dos habitaciones.
Pero, durante mis cortas estadas en el Pabellón,--yo llamaba Pabellón á aquella cabaña,--Mario cedía su nicho á una vieja mujer de Ecorcheville, llamada Celeste, que venía á guisar porque las comidas de Cavalier no me satisfacían.
Y ahora que conocen ustedes el local y los personajes, vamos á la aventura:
Estábamos á 15 de octubre del año de 1854;--recuerdo esta fecha y nunca la podré olvidar,--y salí de Rouen á caballo, seguido por mi perro Block.
Llevaba á la grupa mi saco de viaje, terciada la escopeta, y heroicamente aguantaba el terrible frío de un día triste, de un día de viento que hacía rodar negras nubes por el obscuro cielo.
Subiendo la cuesta de Cantelou, contemplé el vasto valle del Sena que con repliegues de serpiente el río cruza hasta donde alcanza la vista: á la derecha, la mirada se detenía en los bosques, y á la izquierda, Rouen alzaba hacia el plomizo cielo sus negruzcos campanarios. Atravesé luego el bosque de Roumare, y continué andando, al paso unas veces, al trote otras, hasta que á eso de las cinco llegué al Pabellón donde Celeste y Cavalier me estaban aguardando.
Diez años hacía que en la misma época me presentaba de igual manera, y diez años hacía que las mismas bocas me saludaban con las mismas palabras.
--Buenas tardes, nuestro amo; ¿es buena su salud?
Cavalier apenas había cambiado: resistía al tiempo como los árboles viejos, pero Celeste, especialmente desde hacía cuatro años, estaba desconocida.
Parecía haberse partido en dos, y aunque se conservaba activa como siempre, se doblaba tanto al andar, que el cuerpo y las piernas formaban un ángulo recto.
La pobre vieja, abnegada como pocas, se emocionaba al verme, y al despedirse de mí me decía:
--Preciso es pensar que tal vez no volveremos á vernos, mi amo:
Y la desolada y temerosa despedida de la pobre sirvienta, su desesperada resignación ante la inevitable muerte, seguramente próxima para ella, me llegaba al corazón y me entristecía de manera extraña.
Eché pie á tierra, y mientras Cavalier, cuya mano había estrechado, conducía mi caballo al cobertizo que hacía las veces de cuadra, seguí á Celeste y entré en la cocina que también servía de comedor.
Poco después el guarda se reunió á nosotros y desde el primer momento vi que no tenía el aspecto de costumbre. Parecía preocupado, contrariado, inquieto.
Y le dije:
--Bien. Cavalier, ¿va todo á pedir de boca?
El buen hombre murmuró:
--Sí y no. Algo hay que me tiene contrariado...
--Y ¿qué es? Cuénteme eso, amigo mío.
Pero movió la cabeza y se limitó á decir:
--No, todavía no. Ahora que acaba de llegar no quiero molestarle con mis preocupaciones.
Yo insistí, pero él se negó á decirme lo que ocurría hasta después de comer; por más que sólo al verle la cara, comprendía que el asunto era grave.
No sabiendo qué decir, le pregunté:
--Y este año, ¿hay caza?
--¡Oh! Mucha; tan abundante, que encontrará cuanta quiera. Á Dios gracias, he tenido buen ojo.
Y pronunció estas palabras con tanta gravedad, con gravedad tan desolada, que casi rayaba en lo cómico. Sus grandes bigotes grises parecía que iban á desprenderse de sus labios.
Repentinamente me di cuenta de que aún no había visto á su sobrino.
--¿Y Mario? ¿Dónde está? ¿Por qué no viene á saludarme?
El guarda pareció sobresaltarse, y mirándome fijamente á la cara, dijo:
--Pues bien, prefiero decirle en seguida lo que ocurre; prefiero decírselo, pues lo que me preocupa se relaciona con él.