Part 19
Dan las doce, y se estremece. Como se siente mal dispuesto, prepara agua para tomar una taza de café bien caliente antes de ponerse en marcha.
Cuando el reloj da la una, se pone en pie, despierta á Sam, abre la puerta y se aleja con dirección á Wildstrubel. Y durante seis horas sube, escalando rocas, empleando sus grapas, tallando hielo, avanzando siempre y subiendo á veces, atando á la cuerda al perro que no puede trepar una pendiente demasiado empinada. Á las seis llega á una de las cumbres donde el viejo Gaspar acostumbra á esperar á las gamuzas, y allí aguarda á que se levante el día.
Por encima de su cabeza el cielo empieza á palidecer, y de repente, extraño fulgor, nacido no se sabe dónde, ilumina bruscamente el vastísimo océano de cimas pálidas que á cien leguas se extiende en torno suyo. Cualquiera creería que la vaga claridad sale de la misma nieve y se esparce por el espacio. Poco á poco, los picachos lejanos, los más altos, se tiñen de color de rosa, color de carne, y el rojizo sol aparece tras los enormes gigantes de los Alpes berneses.
Ulrico Kunsi se pone en marcha. Anda como los cazadores, encorvado, examinando las huellas, y diciendo á su perro: «Busca, Sam, busca».
Baja la montaña registrando los abismos con los ojos, llamando á veces, dando gritos prolongados, pronto apagados en la muda inmensidad. Entonces, para escuchar, pega el oído al suelo, y, creyendo percibir una voz, empieza á correr, llama de nuevo, y como no le contestan, se sienta agotado y desesperado. Á las doce come un poco y hace comer á Sam, tan rendido como él mismo.
Luego continúa sus pesquisas.
La noche le sorprende y aún camina; ya ha recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como está demasiado lejos del parador para volver, y demasiado cansado para resistir mucho tiempo, practica un agujero en la nieve y allí se mete con su perro envolviéndose en una manta; y el hombre y la bestia se tienden uno junto á otro calentando mutuamente sus helados cuerpos.
Ulrico no duerme, se ve asaltado por visiones y presa de continuos calofríos. Cuando despierta está amaneciendo.
Sus piernas, por lo rígidas, parecen dos barras de hierro. Su angustia casi le obliga á chillar, y cuando cree percibir una voz, la emoción le paraliza.
Mas, piensa de repente que él también morirá de frío en aquella soledad, y el espanto de esa muerte aguijonea su energía y reanima su vigor.
Y se encamina hacia el parador, cayendo, levantándose, seguido á lo lejos por Sam que cojea y sólo se mantiene sobre tres patas.
No llegan á Schwarenbach hasta las cuatro de la tarde. La casa está vacía, y el joven enciende lumbre, come y se duerme, tan rendido, que no piensa nada.
Y duerme muchas horas, muchas, con sueño invencible y pesado. De pronto oye una voz, un grito, un nombre: «Ulrico» y sacudiendo su profundo letargo se pone en pie. ¿Habrá soñado? ¿Será una de esas llamadas que las almas inquietas oyen en sueños? No, pues vuelve á oírlo, vibrante esta vez, y penetra por sus oídos entrando en su carne hasta la punta de sus nerviosos dedos. Sí, es cierto, han gritado y llamado á Ulrico. Alguien está cerca de la casa, no puede dudarlo, y abriendo la puerta grita: «¿Eres tú, Gaspar?» y grita con toda la fuerza de sus pulmones.
Nadie contesta, ni un sonido, ni un murmullo, ni un gemido... nada. En el cielo, la noche: en la tierra, la nieve lívida.
Sopla un viento helado que corta las piedras y no deja nada vivo en aquellas alturas abandonadas. Y pasa á bocanadas bruscas más secas y mortíferas que el viento de fuego del desierto. Ulrico grita otra vez: «¡Gaspar!... ¡Gaspar!... ¡Gaspar!».
Y espera. ¡En la montaña todo permanece mudo! Entonces el espanto le sacude hasta los huesos. De un salto se mete en el parador, cierra la puerta y corre los cerrojos; tiritando se desploma en una silla, seguro de que su compañero le ha llamado en el momento de exhalar el último suspiro.
De esto está seguro, como se está seguro de que se vive ó de que se come pan. El viejo Gaspar Hari ha agonizado durante dos días y tres noches en alguna parte, en una sima, en uno de esos barrancos inmaculados y profundos cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de los subterráneos. Ha estado agonizando durante dos días y tres noches, y al morir, hace un momento, pensaba en su compañero; y su alma, al verse libre, ha volado hasta el albergue donde dormía Ulrico y le ha llamado haciendo uso de esa virtud misteriosa y terrible, que las almas de los muertos tienen para atormentar á los vivos. Y el alma sin voz, había llamado á la suya: le había dado su último adiós, tal vez un reproche, ó acaso le había maldecido por no haberle buscado bastante.
Y Ulrico la siente allí, muy cerca, detrás de la pared, detrás de la puerta que acaba de cerrar. El alma de Gaspar vaga como pájaro nocturno que con sus plumas roza una ventana iluminada, y el joven, aterrorizado, está á punto de lanzar alaridos. Quiere huir y no se atreve á salir, no se atreve ni se atreverá nunca, pues el fantasma estará allí, noche y día, dando vueltas alrededor del parador, mientras el cuerpo del viejo guía no se encuentre y reciba sepultura cristiana en la bendita tierra de un cementerio.
Cuando sale el sol, Kunsi recobra un poco su perdida seguridad y prepara su comida, hace la sopa para el perro, y luego se sienta, inmóvil, torturado, pensando en el viejo, echado sobre la nieve.
Pero, en cuanto la noche cubre de nuevo la montaña, le asalta el mismo terror. Y empieza á dar vueltas por la cocina apenas alumbrada por la llama de un velón, y la recorre á largos pasos, andando de un extremo á otro, escuchando, escuchando siempre si el horrible grito de la noche anterior no rasgará el pesado silencio que reina fuera. El miserable se siente solo, solo como ningún hombre se ha sentido, solo en la desierta inmensidad de nieve, solo á dos mil metros sobre la tierra habitada, por encima de las casas humanas, por encima de la vida que se agita, bulle y palpita, solo bajo el helado cielo. Deseos locos de escapar, no importa adónde y no importa cómo, se apoderan de él, deseos de llegar á Loëche precipitándose al abismo; pero ni siquiera se atreve á abrir la puerta, pues está seguro de que el otro, el muerto, le cerrará el paso para no quedarse solo allá arriba.
Á media noche, cansado de andar y abrumado por la angustia y el miedo, se queda dormido en la silla, pues teme á la cama como se teme un lugar de apariciones.
Y repentinamente el estridente alarido de la otra noche le desgarra los oídos, alarido tan penetrante que Ulrico extiende los brazos para rechazar al espectro, y cae de espaldas.
Sam, á quien el ruido despierta, ladra como ladran los perros aterrados, dando aullidos, y empieza á dar vueltas buscando de dónde viene el peligro. Al llegar junto á la puerta olfatea con fuerza, con el pelo erizado, la cola recta y gruñendo.
Kunsi, medio loco, se pone en pie, y cogiendo la silla grita: «No entres, no entres ó te mato». El perro, excitado con esta amenaza, ladra con furia al invisible enemigo que la voz de su amo desafía.
Sam se calma poco á poco y vuelve á echarse junto al hogar, pero sigue inquieto, con la cabeza levantada, con los ojos brillantes, y gruñe y enseña los dientes.
Ulrico, á su vez, consigue dominarse; pero como se siente próximo á desfallecer de terror, abre un armario, saca una botella de aguardiente, y bebe varias copas. Sus ideas empiezan á confundirse, se afirma su valor, y por sus venas circula fiebre ardorosa.
Al día siguiente apenas come, limitándose á tomar alcohol, y por espacio de varios días vive borracho como un bruto. Cada vez que el recuerdo de Gaspar Hari acude á su imaginación se pone á beber hasta que la embriaguez le derriba al suelo. Y allí se queda, boca abajo, borracho perdido, los miembros rotos y la frente apoyada en el pavimento. Pero apenas ha digerido el líquido ardoroso y enloquecedor, el grito penetrante de «Ulrico» le despierta cual bala que le hubiese taladrado el cráneo. Y se levanta tambaleándose, extendiendo las manos para no caer, y llamando á Sam en su auxilio. Y el perro, que parece tan loco como su amo, se precipita á la puerta, la araña con las patas y la roe con sus dientes, mientras el joven, con el cuello inclinado y en alto la cabeza, traga, como si bebiese agua después de larga caminata, el aguardiente que ha de dormir sus pensamientos, sus recuerdos, y su espantoso terror.
En tres semanas agota sus provisiones de alcohol, pero, la continua borrachera no hace más que adormecer, con sueño letárgico, su espanto, que ahora crece tanto más terrible y furioso cuanto que no lo puede calmar. La idea fija, exasperada con un mes de embriaguez, y creciente en la absoluta soledad, se hunde en su cerebro como una barrena. Y recorre la morada como fiera enjaulada pegando el oído á la puerta para averiguar si el otro está allí, y le desafía á través de la pared.
Cuando, rendido por la fatiga, se duerme, la voz le despierta y le obliga á ponerse en pie.
Al fin, una noche, como hacen los cobardes cuando se ven reducidos al último extremo, se precipita á la puerta y la abre de par en par para ver al que le llama y obligarle á que calle.
El aire frío que le azota el rostro helándole los huesos le hace cerrar y atrancar la puerta sin notar que Sam se queda fuera. Luego, temblando, echa leña al fuego y se sienta para calentarse; pero de pronto se estremece: alguien gime y araña la pared.
Desesperado grita: «Vete» y una queja, prolongada y dolorida, le responde.
Entonces el terror le hace perder la poca razón que le queda, y repite «Vete, vete...» dando vueltas y buscando un rincón donde esconderse.
El otro, gimiendo siempre, da vueltas en torno de la casa y se frota contra las paredes. Ulrico se abalanza al aparador lleno de vajilla y provisiones, y levantándolo con fuerza sobrehumana lo arrastra hasta la puerta para formar una barricada. Allí amontona cuanto le queda: muebles, colchones, esteras, sillas, y tapa la ventana como se hace cuando se está sitiado por el enemigo.
Pero el de fuera exhala lúgubres gemidos, á los que el joven responde con gemidos idénticos.
Y pasan días y noches sin que ni uno ni otro dejen de quejarse. Uno dando vueltas alrededor de la casa, arañando los muros como si quisiese derribarlos, y el otro dentro, siguiendo sus movimientos, encorvado, con el oído pegado á la pared y respondiendo á sus llamadas con gritos espantosos.
Una noche Ulrico no oye nada y se sienta tan rendido por la fatiga, que no tarda en dormirse como un tronco.
Despierta sin acordarse de nada, sin pensamiento alguno, como si durante el sueño le hubiesen vaciado la cabeza... Tiene hambre y se pone á comer.
* * * * *
El invierno ha terminado. El paso del Jemmi vuelve á ser practicable, y la familia Hauser se pone en marcha para dirigirse al parador.
En cuanto llegan arriba de la cuesta las mujeres montan en su mula y hablan de los dos hombres que pronto han de ver.
Y les extraña que ninguno de ellos haya bajado unos días antes, tan pronto como los caminos dejaron de ser peligrosos, para darles noticias de su larga invernada.
Al fin, distinguen el parador, todavía cubierto de nieve. La puerta y la ventana están cerradas, pero por la chimenea sale humo, cosa que tranquiliza al viejo Hauser Mas, al acercarse, distinguen un esqueleto de animal despedazado por las águilas, un gran esqueleto tendido frente la puerta.
Todos lo examinan: «Debe ser Sam» dicen, y llaman. «Eh, Gaspar». Desde el interior responde un grito, un grito agudo que parece exhalado por una bestia. Y el viejo Hauser repite: «Eh, Gaspar», y otro grito semejante al primero, se hace oir.
Entonces los tres hombres, el padre y los dos hijos, procuran abrir la puerta. Ésta resiste; cogen en el establo una viga larga, y como ariete la lanzan con toda su fuerza. La madera cruje, cede, las planchas vuelan en mil pedazos, y espantoso ruido sacude la casa. Detrás del aparador hecho añicos distinguen á un hombre de pie, á un hombre con cabellos que le caen por encima de los hombros y una barba que le llega al pecho, que les mira con ojos muy brillantes, y que cubre su cuerpo con jirones...
No le reconocen; pero Luisa Hauser exclama: «Es Ulrico, mamá». Y la madre, aunque la sorprenden los blancos cabellos, se convence de que es Ulrico.
Éste deja que se acerquen, que le toquen; pero no contesta á ninguna de las preguntas que le hacen. Y le llevan á Loëche donde los médicos declaran que ha perdido la razón.
Nadie ha sabido nunca lo que fué de su compañero.
Y la pobre Luisa Hauser, este verano ha estado á punto de morir de una enfermedad de tristeza y languidez que se atribuye al frío y á las nieves de la montaña.
AMOR TRES PÁGINAS DEL LIBRO DE UN CAZADOR
...Acabo de leer un drama de amor en la sección de noticias de un periódico. Él la ha matado y se ha matado después; luego, la quería. ¿Qué importa Él ó Ella? Su amor es lo único que me interesa; y no me interesa porque me enternezca, me asombre, me conmueva ó me haga soñar, sino porque me recuerda un suceso de mi juventud, un extraño recuerdo de caza en que se me apareció el Amor como á los primeros cristianos se les apareció la cruz en medio del cielo.
Yo he nacido con todos los instintos y todos los sentidos del hombre primitivo, templados por razonamientos y emociones de civilizado. La caza me gusta con delirio, y la bestia sangrienta, la sangre en las plumas y la sangre en mis manos, me crispa el corazón hasta el extremo de hacerme desfallecer.
Aquel año, á fines de otoño, los fríos hicieron bruscamente su aparición, y uno de mis primos, Karl de Rauville, me invitó á que fuese con él á matar patos.
Mi primo, un mocetón de cuarenta años, rubio, muy fuerte y muy barbudo, gentilhombre de campo, un bruto amable, de carácter alegre y dotado de ingenio natural merced al cual la medianía resulta agradable, vivía en una especie de castillo-granja enclavado en extenso valle que un río partía en dos. Espesos bosques poblaban las colinas que se alzaban á derecha é izquierda, viejos bosques señoriales con árboles magníficos y cuya caza menor, sobre todo las aves, era la más extraordinaria de esa parte de Francia. Algunas veces, en ellos se mataban águilas, y las aves de paso, que casi nunca vienen á los lugares poblados, se detenían casi infaliblemente en sus ramas seculares como si conocieran ó reconociesen algún rinconcito del antiguo bosque allí olvidado para que les sirviese de abrigo en su corta y nocturna etapa.
En el valle se criaban extensos herbajes, regados por infinidad de arroyuelos y separados por setos; más lejos, el río, canalizado hasta allí, se derramaba formando vasto pantano. Y aquel pantano, la región de caza más hermosa que he visto en mi vida, acaparaba toda la atención de mi primo que lo cuidaba como si fuese un parque. Á través de los inmensos cañaverales que le cubrían y le daban vida, ruido y movimiento, había practicado estrechas avenidas por las que, barcas de fondo plano, conducidas y dirigidas con ayuda de pértigas, pasaban mudas sobre esas aguas muertas, rozando los juncos, haciendo huir los peces á través de las hierbas y zambullirse á las pollas de agua, cuyas negras y puntiagudas cabezas desaparecían bruscamente.
El agua me inspira desordenada pasión: la mar, aunque demasiado grande, inquieta é imposible de poseer; los hermosos ríos, aunque pasan, huyen y se van; y, sobre todo, los pantanos, en los que palpita toda la desconocida existencia de los animales acuáticos. El pantano es un mundo entero dentro de la tierra, un mundo distinto, con su vida propia, sus habitantes sedentarios, sus viajeros de paso, sus voces, sus ruidos y, sobretodo, su misterio. No hay nada que á veces turbe, inquiete y asuste más que un pantano. ¿Por qué el miedo se cierne sobre esas tierras bajas cubiertas de agua? ¿Se debe á los vagos rumores de las cañas, á los extraños fuegos fatuos, al silencio profundo que los envuelve en las tranquilas noches, ó á las caprichosas nieblas que por los juncos van como arrastrando trajes de muertas, ó bien al imperceptible chapoteo, ligero, suave, más terrorífico á veces que el cañón de los hombres ó el rayo del cielo, que hace semejar los pantanos á países de ensueño, á temibles países que ocultan enigmas desconocidos y peligrosos?
No. Otra cosa se desprende, otro misterio más profundo y más grave flota en las espesas nieblas. ¡El misterio de la creación tal vez! Porque, ¿no fué en el agua estancada y fangosa, en la pesada humedad de las tierras mojadas bajo el calor del sol donde se agitó, vibró y se abrió á la luz el primer germen de vida?
* * * * *
Llegué á casa de mi primo por la noche, y hacía un frío capaz de helar las piedras.
Durante la comida, en el salón en que muebles, paredes y techo estaban cubiertos de pájaros disecados, con las alas extendidas ó posados en ramas sujetas con clavos, gavilanes, garzas, búhos, buitres, halcones, chotacabras, cernícalos y terzuelos, mi primo, semejante él mismo á extraño animal de país frío, vestido con una zamarra de piel de foca, me contaba las disposiciones que había tomado para esa misma noche.
Teníamos que salir á las tres y media de la madrugada á fin de llegar una hora más tarde al sitio escogido para el acecho, en donde habían construido una choza con pedazos de hielo, para resguardarnos un poco del viento helado y terrible que precede al día, ese viento que como sierra rasga la carne, la corta como afilada hoja, la pincha con alfileres envenenados, la retuerce como las tenazas, y la quema como el fuego.
Mi primo se frotaba las manos y decía:
--Nunca he visto una helada como ésta. Á las seis teníamos ya doce grados bajo cero.
Inmediatamente después de comer me tendí en la cama y me dormí al calor de la hermosa lumbre que ardía en la chimenea.
Á las tres en punto me despertaron, me puse una piel de carnero y encontré á mi primo Karl envuelto en una de oso. Después de habernos tragado dos tazas de café hirviendo seguidas de dos copitas de coñac, nos fuimos con un guarda y nuestros perros, Buzo y Pierrot.
En cuanto hubimos andado un poco sentí que se me helaban los huesos. Era una noche de ésas en que la tierra parece muerta de frío, en que el aire helado hace tanto daño que parece que se toca: no se mueve, y muerde, pincha, mata árboles, plantas é insectos, y hasta los mismos pajaritos que desde las ramas caen al suelo, quedan duros, como si el frío les hubiese petrificado.
La luna, en cuarto menguante, se inclinaba á un lado, muy pálida, y tan débil que ni siquiera se podía marchar, y permanecía en el espacio rígida también y paralizada por los rigores del cielo. Difundía por el mundo su luz triste y seca, esa claridad moribunda y macilenta que derrama cada mes cuando llega al fin de su carrera.
Karl y yo andábamos encorvados, con las manos en los bolsillos y con la escopeta debajo del brazo. Nuestras botas, que estaban envueltas en lana á fin de poder andar por el helado río sin resbalar, no hacían ningún ruido, y yo me fijaba en el humo blanco que producía el aliento de nuestro perros.
No tardamos en llegar á orillas del pantano y nos internamos en ese monte bajo, siguiendo una de las avenidas de cañas que lo cruzan. Nuestros codos, al rozar las hojas, tan largas que parecían cintas, dejaban tras nosotros un ligero ruido; y yo sentí como nunca había sentido la poderosa y singular emoción que en mí despiertan los pantanos. Y aquél estaba muerto, muerto de frío, pues andábamos á pie firme por en medio de su pueblo de juncos secos.
En la revuelta de una de aquellas avenidas distinguí la choza de hielo que se había construido para que nos abrigásemos, y en ella entré, pues aún teníamos que esperar casi una hora para que los pájaros errantes empezasen á despertar, y me envolví como pude en la manta con objeto de calentarme.
Echado boca arriba me puse á contemplar la deformada luna, que parecía doble á través de las paredes vagamente transparentes de aquella guarida polar.
Pero el helado frío del pantano, el frío de la choza y el que parecía caer del cielo, me penetraron de tal modo que empecé á toser.
Mi primo Karl se alarmó y dijo:
--Si matamos poco, tanto peor, pero como no quiero que te enfríes, encenderemos lumbre.
Y dió órdenes al guarda para que cortase cañas.
En medio de la choza, cuyo techo taladramos para que saliese el humo, encendimos una hoguera, y cuando las llamas empezaron á enroscarse, las paredes de cristal se pusieron á sudar. Karl, que se había quedado fuera, me llamó.
--Ven á ver--me dijo.
Y cuando hube salido me quedé turulato de asombro. Nuestra cabaña, en forma de cono, semejaba un diamante monstruoso con el corazón de fuego que hubiese surgido de pronto del agua helada del pantano. Y dentro se veían sombras fantásticas, las de nuestros perros que se calentaban.
Un grito extraño, un grito errante pasó por encima de nuestras cabezas: el resplandor de nuestra hoguera despertaba á los pájaros salvajes.
Nada me conmueve tanto como ese primer clamor de vida, que no se ve y cruza el obscuro cielo, tan de prisa, tan lejano, antes de que aparezca el primer albor de los días de invierno. Se me antoja que, á esa hora glacial del alba, el grito que con el ave se aleja es un suspiro del alma del mundo.
Karl dijo:
--Apagad el fuego: ya amanece.
En efecto, el cielo empezaba á palidecer y las bandadas de patos arrastraban por el firmamento sus rápidas y fugitivas manchas.
Vivísimo resplandor rasgó las tinieblas: Karl acababa de tirar y los dos perros corrieron.
Á partir de entonces y de minuto en minuto, unas veces él y otras yo, disparábamos con presteza en cuanto por encima de las cañas aparecían las volantes sombras. Y Pierrot y Buzo, cansados y gozosos, nos traían las ensangrentadas aves, cuyos abiertos ojos parecía que nos miraban.
Se había levantado el día, un día claro y azul; el sol asomaba por el fondo del valle, y pensábamos marcharnos, cuando dos grandes pájaros, recto el cuello y tendidas las alas, pasaron rápidamente por encima de nuestras cabezas. Tiré, y uno de ellos cayó á mis pies. Era una cerceta, cuyo vientre parecía de plata. Entonces, en lo alto, un pájaro chilló, y chilló como si se quejase, pero con queja corta, repetida y desgarradora; y el pájaro vivo empezó á dar vueltas por encima de nuestras cabezas, en el azul del cielo, mirando á su compañera muerta que yo tenía entre mis manos.
Karl, de rodillas, encarada la escopeta y la mirada ardiente, la acechaba esperando que estuviese bastante cerca.