Chapter 14 of 22 · 3988 words · ~20 min read

Part 14

Una jofaina estaba preparada también, y el cura y Caniveau, esos dos colosos, volvieron á Belhomme, mientras el maestro daba golpecitos en el lado sano á fin de que el otro se vaciase completamente.

El mismo Cesáreo Horlaville, con el látigo en la mano, había entrado para presenciar la operación.

Y de pronto advirtieron un puntito negro, no más grande que una semilla de cebolla, en el fondo de la jofaina. Y sin embargo se movía. ¡Era una pulga! Primero se oyeron gritos de asombro y luego sonoras carcajadas... ¡Una pulga! Valiente cosa... Caniveau se daba tremendas manotadas en los muslos, el cochero hacía chasquear el látigo, el cura reventaba, abriendo las quijadas como cuando los asnos rebuznan, el maestro como cuando se estornuda, y las mujeres daban gritos de alegría muy parecidos al cacareo de las gallinas.

Belhomme, sentado en la mesa y con la jofaina en las rodillas, contemplaba atentamente, y con justa cólera, al menudo bicho que se agitaba en la gota de agua.

Y diciendo: «Maldita seas», la escupió.

El cochero, loco de alegría, no hacía más que repetir «Era una pulga, una pulga... maldita pulga».

Y luego, cuando se hubo calmado un poco, exclamó: «Vamos, en marcha, que ya hemos perdido bastante tiempo».

Y los viajeros, sin dejar de reir, se dirigieron hacia la diligencia.

Belhomme, que había llegado el último, dijo que no continuaba el viaje y que se volvía á Criquetot porque ya no tenía nada que hacer en el Havre.

El cochero repuso:--Haz lo que quieras pero paga tu asiento.

--Como no he pasado de la mitad del camino, no debo más que la mitad.

--Lo debes todo por que lo tomaste hasta el Havre.

Y empezó una discusión que no tardó en convertirse en furiosa querella. Belhomme juraba que no daría más que un franco, y Cesáreo Horlaville afirmaba que cobraría dos.

Y frente á frente, y con los ojos clavados en los ojos, gritaban á más y mejor.

Caniveau se apeó.

--Ante todo, debes dos francos al cura, ¿oyes? y luego una ronda para todos, lo que asciende á dos francos setenta y cinco, y además darás un franco á Cesáreo. ¿Hace, descarado?

El cochero, encantado de que Belhomme se viese obligado á desembolsar tres francos setenta y cinco, contestó: «Aceptado».

--Entonces paga.

--No pagaré: el cura no es médico...

--Si no pagas, te meto en el coche de Cesáreo y con nosotros vienes hasta el Havre.

Y el coloso, cogiendo á Belhomme por la cintura, le levantó, como hubiera podido levantar á un niño.

El otro se convenció de que era preciso ceder y, sacando la bolsa, pagó.

La diligencia se puso de nuevo en marcha dirigiéndose al Havre mientras Belhomme volvía á Criquetot; y los viajeros, que parecían haber enmudecido, contemplaban en la blanca carretera la blusa azul del labrador que sobre sus largas piernas se balanceaba.

EL COLLAR

Era una de esas muchachas encantadoras que, como por error del destino, había nacido en el seno de una familia de empleados. No tenía dote ni esperanzas de tenerla, y por lo mismo no podía brillar, darse á conocer, hacer que la comprendiesen y la quisiesen, ni casarse con un hombre rico y distinguido. Y así fué que aceptó por marido á un modesto empleado en el ministerio de Instrucción pública.

No pudiendo ser elegante tuvo que conformarse con ser sencilla, pero fué desgraciada, pues las mujeres no pertenecen á ninguna casta ni á ninguna raza, y su gracia y sus encantos les sirven de timbres de nacimiento y de familia. La finura nativa, el instinto de elegancia y la flexibilidad de la inteligencia, constituyen su jerarquía, y estas condiciones colocan en la misma línea á las mujeres del pueblo y á las grandes señoras.

Sintiéndose capaz para todas las delicadezas y todos los lujos, sufría incesantemente, y todo la hacía sufrir: la pobreza de su casa, la miserable desnudez de las paredes, la sillas viejas y las raídas cortinas. Todas estas cosas, por las que cualquiera otra mujer de su clase ni siquiera se hubiese preocupado, la torturaban y la indignaban. La presencia de la bretona que le servía de criada despertaba en ella pesares desolados y sueños extraños, y soñaba con las mudas antesalas cubiertas con ricos tapices de oriente y alumbradas por grandes lámparas de bronce, y con que veía durmiendo en amplias butacas á dos lacayos con calzón corto. Pensaba en vastos salones vestidos con sedas antiguas, adornados con muebles de estilo sobre los que se pareciesen inestimables figulinas; y en saloncitos coquetones discretamente perfumados y expresamente arreglados para conversar con amigos íntimos, hombres conocidos y diputados, esos hombres cuyas atenciones envidian y desean todas las mujeres.

Cuando á la hora de comer se sentaba á la redonda mesa cubierta con manteles que servían tres días, y veía en frente á su marido, quien al destapar la sopera decía satisfecho: «¡Ah! ¡El rico cocido! No hay nada mejor...», soñaba con las comidas servidas en relucientes vajillas de plata, en comedores con las paredes cubiertas con tapices llenos de personajes antiguos y extraños pájaros que revoloteaban por bosques de hadas; y soñaba también con manjares exquisitos servidos en fuentes maravillosas, con las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, teniendo delante la rosada carne de una trucha y las blancas pechugas de gallina.

Pero no tenía trajes, no tenía joyas, no tenía nada; y lo peor era que sólo la interesaban estas cosas ¡tanto se creía nacida para ellas! ¡La hubiera complacido sobremanera gustar, ser envidiada y que su presencia fuese siempre deseada!...

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio á la cual no quería visitar porque luego sufría mucho; y pasaba días enteros llorando amargamente de pena, de desesperación y de angustia.

Ahora bien, una tarde, su marido volvió de la oficina radiante y satisfecho, y le entregó un sobre bastante grande.

--Toma,--la dijo.--Ahí dentro hay algo para ti.

Rasgado el sobre, de él sacó una tarjeta impresa que decía:

«El ministro de Instrucción pública y su esposa, ruegan á los señores Loisel que les concedan el honor de pasar con ellos, en el hotel del Ministerio, la velada del lunes 18 de enero».

En vez de verla contenta, como su marido esperaba, arrojó con despecho la invitación sobre la mesa y murmuró:

--¿Y qué quieres que haga con esto?

--Querida mía, yo me figuraba que te alegrarías. No sales casi nunca, y ésta es una ocasión única. Mucho me ha costado conseguir esta invitación, pues son muchos los que quieren y no pueden ir á esta fiesta. Se invita á contados empleados, y en el Ministerio estará todo el mundo oficial.

Ella le miraba descompuesta, y no pudiendo contener su impaciencia exclamó:

--¿Y qué quieres que me ponga? No tengo nada...

El infeliz, que ni siquiera había pensado en semejante cosa, balbució:

--Pues... el traje que llevas para ir al teatro... Me parece que está muy bien...

Y viendo llorar á su mujer se calló, estupefacto y sin saber lo que le pasaba. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió murmurar:

--Pero ¿qué tienes? ¿qué te pasa?

Ella, dominando su pena y enjugándose las mejillas que las lágrimas habían humedecido, respondió con voz tranquila:

--Nada, pero como no tengo traje, no puedo ir á esa fiesta. Más vale ceder la tarjeta á un compañero cuya mujer esté mejor vestida que yo.

El pobre estaba desolado.

--Veamos, veamos, Matilde: ¿cuánto puede costar un traje elegante y adecuado para la circunstancia, un traje que pueda servirte en otras ocasiones?

Quedóse reflexionando durante unos segundos, haciendo cuentas y cálculos, pensando en la cantidad que podía pedir sin provocar una negativa inmediata y una exclamación de desagrado, y al fin, vacilando, respondió:

--Exactamente no puedo decirlo, pero creo que con cuatrocientos francos me podría arreglar.

Él palideció un poco, pues precisamente tenía guardada esa suma para comprarse una escopeta y salir los domingos con sus amigos á cazar alondras en los llanos de Nanterre.

Con todo, la dijo:

--Bueno, pues te doy los cuatrocientos francos y sólo te recomiendo que el traje sea hermoso.

Se acercaba el día de la fiesta, y la esposa de Loisel parecía triste, inquieta y ansiosa. Y como su traje estaba dispuesto, su marido preguntó:

--¿Te ocurre algo? Desde hace tres días no pareces la misma.

--Me contraría no tener ni una joya, ni una piedra que ponerme: contestó Matilde.--Pareceré una miserable, y creo que sería preferible no ir á la fiesta.

--Ponte flores naturales. En esta estación no hay nada más elegante, y por diez francos podrás encontrar dos ó tres rosas magníficas.

Matilde no estaba convencida ni mucho menos.

--No... nada más humillante que parecer pobre entre mujeres ricas--replicó; y seguramente se disponía á completar su pensamiento, cuando su marido la interrumpió para decir:

--¡Qué tonta eres! Vete á casa de tu amiga, la señora de Forestier, y pídele que te preste algunas joyas. Sois bastante amigas para que te niegue este favor.

Matilde, sin poder contener un grito de alegría, dijo:

--Es cierto; ni siquiera se me había ocurrido.

Y al día siguiente se dirigió á casa de su amiga y le contó sus cuitas.

La señora de Forestier, en vez de contestar, abrió su armario de luna, sacó un cofrecito bastante grande, y colocándole delante de su amiga, la dijo:

--Escoge.

Matilde pasó revista á las pulseras, á un collar de perlas, á una cruz veneciana, de oro y pedrería, de un trabajo admirable, y poniéndose los aderezos ante el espejo, y sin poder decidirse á quitárselos, preguntaba:

--¿No tienes más?

--Sí, sí, busca. Yo no sé lo que puede gustarte.

Y siguió buscando hasta encontrar, en un estuche de raso negro, un soberbio collar de brillantes. Su corazón empezó á latir con inmoderado deseo, y al tomarlo, sus manos temblaron. Se lo colocó alrededor de su cuello y se extasió ante sí misma.

Luego, vacilante y llena de angustia, preguntó:

--¿Puedes prestarme esto, nada más que esto?

--Pues ya lo creo.

Matilde se arrojó en brazos de su amiga, la besó con arrebato, y luego se fué con su tesoro.

Llegó por fin el día de la fiesta y el triunfo de Matilde fué grande, inmenso. Entre todas, era la más linda, la más elegante, la más graciosa, y, loca de alegría, no dejaba de sonreír un momento. Todos los hombres la miraban, todos preguntaban quién era, querían serle presentados, y no tan sólo los altos funcionarios quisieron bailar con ella, sino que llamó la atención al mismo ministro.

Y ella bailaba con embriaguez, con arrebato, trastornada por el gozo que sentía y sin pensar en otra cosa que en el triunfo de su belleza, en la gloria de su éxito, y sintiéndose rodeada por una especie de nube de felicidad formada con todos los homenajes, todas las admiraciones y todos los deseos despertados con aquella victoria tan completa y agradable para una mujer.

Abandonó los salones á las cuatro de la mañana. Su marido había estado durmiéndose en un saloncito, con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían de lo lindo.

Colocó sobre sus hombros el abrigo que para la salida había llevado, modesto abrigo propio de su clase y cuya pobreza se daba de bofetadas con la elegancia de su traje de baile, y como ella lo sabía, para que las otras mujeres que se cubrían con ricas pieles no se fijasen en ella, quiso huir.

Loisel la retenía diciéndole:

--Espera, hija mía, espera que vas á enfriarte. Voy á llamar un coche.

Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle no encontraron ni un mal coche de punto, y echaron á andar dando voces á cuantos cocheros pasaban á lo lejos.

Desesperados y tiritando llegaron hasta el Sena. Por fin, en los muelles encontraron un carricoche viejo, uno de esos vehículos noctámbulos que en París únicamente se ven por la noche como si su miseria les avergonzase durante el día.

En él fueron hasta su casa. Vivían en la calle de los Mártires, y subieron la escalera tristemente. Para ella todo había terminado, y él, él pensaba que tenía que estar en la oficina á las diez.

Ante el espejo, Matilde se quitó el abrigo que la envolvía, para verse todavía una vez, y un grito de angustia se ahogó en su garganta.

No llevaba el collar.

Su marido, ya casi desnudo, preguntó.

--¿Qué tienes?

Ella, medio loca, se volvió hacia él.

--Que... que... que no tengo el collar de la señora de Forestier.

Completamente trastornado el marido se puso en pie.

--¡Qué dices!--exclamó.--¡No, no es posible!

Y buscaron por los pliegues del traje, por los del abrigo, por los bolsillos, por todas partes, sin poderlo encontrar.

Entonces él murmuró:

--¿Estás segura de que al salir del baile lo llevabas?

--Sí, lo he tocado en el vestíbulo del ministerio.

--Pero si lo hubieses perdido por la calle, lo hubiéramos oído caer. Se te habrá caído en el coche.

--Es probable. ¿Sabes el número?

--No. Y tú, ¿no lo has mirado?

--Tampoco.

Y se miraron aterrados. Al fin Loisel se vistió y dijo:

--Voy á recorrer el camino que hemos hecho á pie á ver si lo encuentro.

Y salió. Ella se quedó vestida con el traje de baile, sin fuerzas para acostarse, abatida en una silla, sin lumbre y sin poder pensar.

Su marido volvió á las siete sin haber encontrado nada.

Fué á la Prefectura de policía, á los periódicos para prometer importante recompensa, á las compañías de carruajes, á todas partes donde podía llevarle un reflejo de esperanza.

Ella, ante el espantoso desastre, estuvo esperando todo el día en el mismo estado de abatimiento.

Por la noche, Loisel volvió pálido y descompuesto sin haber encontrado nada.

--Es preciso--dijo--que escribas á tu amiga diciéndole que has roto el broche del collar y que lo haces componer. Eso nos dará tiempo.

Y le dictó la carta.

Al cabo de una semana perdieron las esperanzas, y Loisel, que había envejecido lo indecible, dijo:

--Es preciso que pensemos en comprar otro collar.

Y á partir del día siguiente, con el estuche que lo había guardado, se dirigieron á casa del joyero cuyo nombre estaba impreso en el raso. Éste consultó sus libros y dijo:

--Señora, no fuí yo quien vendió el collar: sólo vendí el estuche.

Entonces empezaron á recorrer joyerías, buscando un collar igual al otro, consultando sus recuerdos, y enfermos los dos de pesar y de angustia.

En una tienda del Palais-Royal encontraron un rosario de brillantes que les pareció exactamente igual al que buscaban, y aun cuando valía cuarenta mil francos, después de mucho regatear lograron que se lo dejasen en treinta y seis mil.

Suplicaron al joyero que no lo vendiese antes de tres días, y pusieron por condición que, si el primero se encontraba, se lo devolverían por treinta y cuatro mil francos.

Loisel poseía dieciocho mil francos que sus padres le habían dejado, y tomó prestado lo que faltaba.

Y fué pidiendo mil francos á uno, quinientos á otro, cinco luises por aquí, tres por allí, firmó letras, contrajo compromisos ruinosos, trató con usureros y con toda clase de prestamistas, y comprometió el fin de su existencia arriesgando su firma sin saber siquiera si podría hacerle honor; y asustado por las angustias del porvenir, por la negra miseria que le amenazaba, la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fué á buscar el collar nuevo dejando en el mostrador del joyero treinta y seis billetes de mil francos.

Cuando Matilde llevó el collar á su amiga, la señora de Forestier la recibió muy fríamente.

--Debías habérmelo devuelto antes--la dijo,--pues lo hubiese podido necesitar.

Y no abrió el estuche, que era lo que Matilde temía. Si hubiese advertido la substitución ¿qué hubiera dicho? ¿que hubiera pensado? ¿La hubiera confundido con una ladrona?

La mujer de Loisel conoció la horrible vida de los necesitados. Por lo demás, tomó heroicamente la determinación que era preciso tomar. Se tenía que pagar y se pagaría. Y se despidió á la criada, se dejó el cuarto que tenían y se fueron á vivir á una buhardilla.

Y ella supo lo que era trabajar y conoció las odiosas tareas de la cocina. Ella lavó los platos, dejando las uñas en los grasientos cacharros y en las cacerolas; ella lavó la ropa sucia, los trapos y las camisas que tendía en una cuerda; ella bajó la basura todas las mañanas y subió el agua deteniéndose á cada piso para tomar aliento; y vestida como una mujer de pueblo, fué á la frutería, á la tienda de ultramarinos, á la carnicería, con la cesta al brazo, regateando, y defendiendo su dinero céntimo á céntimo.

Todos los meses tenían que pagar letras y renovar otras para ir ganando tiempo.

Por las tardes, al salir de su oficina, su marido llevaba los libros á un comerciante y, muy frecuentemente, por la noche copiaba escrituras á veinticinco céntimos la página.

Y esta vida duró diez años, terminados los cuales lo habían restituido todo, con los intereses usurarios y la acumulación de los intereses compuestos.

La mujer de Loisel parecía vieja. Pero era la mujer fuerte, dura y ruda de los hogares pobres. Mal peinada, y con la modesta falda recogida, hablaba recio y fregaba el pavimento con jabón y un estropajo; pero á veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba junto á la ventana y pensaba en el baile aquél donde había triunfado por su hermosura y tan festejada se había visto.

¿Qué hubiera sucedido si no hubiese perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Qué singular y cambiadiza es la vida! ¡Cuán poca cosa se necesita para perderse ó salvarse!

Ahora bien, un domingo que había ido á pasear por los Campos Elíseos para distraerse un poco de los quehaceres de la semana, vió á una señora que llevaba á un niño de la mano. Era su amiga, la señora de Forestier, siempre joven, siempre hermosa, siempre seductora.

La mujer de Loisel se emocionó. ¿Le hablaría? Sí, le hablaría, y ahora que lo había pagado todo le contaría lo ocurrido. ¿Por qué no había de hacerlo?

Y se acercó.

--Buenos días, Juana.

La otra, sin reconocerla, se extrañó de que aquella mujer tan modesta le hablase con tanta familiaridad, y balbució:

--Señora... no sé... pero sin duda se equivoca.

--No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga no pudo contener un grito.

--¡Oh! Mi pobre Matilde... ¡Cuán cambiada estás!

--Sí, he pasado una época terrible, y desde que no te he visto he sufrido muchísimo... he pasado muchas miserias... y todo por ti.

--¡Por mí! ¿cómo es eso?

--Tú recordaras el collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio...

--Si, pero ¿qué?

--Pues bien, lo perdí,

--¿Cómo pudiste perderlo si me lo devolviste?

--Te devolví otro igual, y hemos tardado diez años en pagarlo. Como comprenderás, no era cosa fácil para nosotros, que no teníamos nada... En fin, ya pasó, y cree que estoy contentísima.

La señora de Forestier se había parado.

--¿Dices que compraste un collar de brillantes para reemplazar el mío?

--Sí, y no lo notaste porque las piedras eran exactamente iguales.

Y al hablar así sonreía con satisfacción inocente, y orgullosa.

La señora de Forestier, muy emocionada, la tomó las manos y murmuró:

--¡Oh! Mi pobre Matilde, mi pobre Matilde... Pero... mi collar era falso, y cuando más, valía quinientos francos...

EL VIEJO

Templado sol de otoño, filtrándose por las grandes hayas que se alzaban junto á la cuneta, bañaba el patio de la alquería. Bajo el césped roído por las vacas, la tierra, impregnada aún de la reciente lluvia, se hundía bajo el peso de los pies con ruido de agua; y los árboles, cargados de manzanas sembraban sus frutos de color verde pálido sobre el verde obscuro de la hierba.

Cuatro terneras, atadas en línea, pacían y mugían volviendo la cabeza hacia la casa, y las aves, dando una nota de color, escarbaban el suelo, agitaban las alas, cacareaban, mientras los dos gallos cantaban sin cesar, buscaban gusanos para sus gallinas, y las llamaban cloqueando vivamente.

La valla se abrió, y un hombre que tendría cuarenta años pero que por lo menos aparentaba sesenta, arrugado, torcido, andando lentamente con paso que sus grandes zuecos llenos de paja hacían más pesado todavía, entró en el patio. Sus brazos, exageradamente largos, colgaban á ambos lados de su cuerpo, y cuando se fué acercando á la casa, un perrillo amarillento que estaba atado al tronco de un peral enorme, junto á un tonel que le servía de perrera, meneó la cola y se puso á ladrar dando muestras de alegría. El hombre gritó:

--¡Calla Finot!

Y el perro calló.

Una campesina salió de la casa. Su cuerpo huesoso, ancho y aplastado, se dibujaba bajo la chambra de lana que la ceñía el talle. Una falda gris muy corta le llegaba hasta la mitad de las piernas, que cubrían medias azules, y también llevaba grandes zuecos llenos de paja. Una cofia entonces amarillenta pero que en otros tiempos había sido blanca, cubría algunos cabellos pegados al cráneo, y su rostro moreno, enjuto, feo y desdentado, mostraba esa fisonomía salvaje y brutal que con frecuencia caracteriza á la gente del campo.

El hombre preguntó:

--¿Cómo va?

La mujer respondió:

--El cura dice que está agonizando y que no pasará la noche.

Y los dos entraron en la casa.

Después de haber cruzado la cocina entraron en la habitación, pequeña y obscura, iluminada por la luz que entraba por un ventanillo ante el cual colgaba un harapo de percal normando. Las grandes vigas del techo, ennegrecidas por el tiempo y por el humo, cruzaban la habitación de parte á parte, sosteniendo el delgado pavimento del granero por el que corrían, día y noche, verdaderas manadas de ratas.

El piso, desigual y húmedo, parecía grasiento, y en el fondo, la cama formaba una mancha vagamente blanca. Ruido ligero, ronco, una respiración dura, que silbaba como un estertor y producía un gorgoteo semejante al del agua en una bomba rota, salía de aquel lecho tenebroso donde agonizaba un viejo, el padre de la campesina.

El hombre y la mujer se acercaron y miraron al moribundo con mirada plácida y resignada.

El yerno dijo:

--Por esta vez, todo ha concluido; ni siquiera llegará á la noche.

La mujer contestó:

--Así ronca desde mediodía.

Y luego se callaron. El padre tenía los ojos cerrados, el rostro de color de tierra, y estaba tan flaco que parecía de madera. La entreabierta boca daba paso al aliento desigual y duro, y á cada aspiración, la sábana, de tela gris, se alzaba sobre su pecho.

El yerno, después de un largo silencio, dijo:

--No hay más que dejarle acabar, pues no podemos hacer nada. De todos modos, es una contrariedad pues el tiempo es bueno y mañana convendría cortar las colzas.

Su mujer se inquietó al oir esto, y, después de haber reflexionado unos instantes, murmuró:

--Ya que se tiene que morir, no le enterraremos hasta el sábado y mañana podrás dedicarte á las colzas.

--Sí, pero mañana será preciso que invite para el entierro, y para ir de Tourville á Manechot necesito cinco ó seis horas.

La mujer se quedó pensativa por espacio de dos ó tres minutos y luego dijo:

--No son más que las tres y podrías empezar esta tarde á recorrer la parte de Tourville. Como apenas tiene para unas horas, puedes decir que ha muerto.

Quedóse el hombre algo perplejo pesando las consecuencias y las ventajas de la idea. Al fin dijo:

--Bueno, pues voy.

Se disponía á marcharse, pero después de un instante de vacilación volvió para añadir:

--Puesto que no tienes nada que hacer, prepáralo todo y haz cuatro docenas de morcillas para los que vengan al entierro. Preciso será darles algo. El horno lo encenderás con la leña que hay en el cobertizo. Está seca.