Chapter 21 of 22 · 3907 words · ~20 min read

Part 21

Detrás del hombre su mujer sonreía, radiante, linda todavía, saludando al oficial mutilado con su enguantada mano. Á su lado, una niñita saltaba de contento, y dos muchachos miraban con ojos ávidos el tambor y el fusil que de la redecilla del coche pasaban á las manos de su padre.

Cuando el inválido estuvo en el andén, todos los pequeños le besaron. Y luego se pusieron en marcha, y la niña se apoyó en el barnizado travesaño de una muleta como hubiera podido agarrarse, andando á su lado, á la mano de su mejor amigo.

MINUÉ

Las grandes desgracias no me entristecen, dijo Juan Bridelle, viejo solterón que tenía fama de escéptico. He visto la guerra muy de cerca y pasaba por encima de los cadáveres sin apiadarme. Las grandes brutalidades de la Naturaleza ó de los hombres pueden provocar de nuestra parte gritos de horror ó de indignación; pero no nos pellizcan el alma ni nos hacen sentir ese estremecimiento que nos procura la vista de ciertas insignificancias lastimosas.

Ciertamente, el dolor más acerbo que se puede experimentar es, para una madre, la pérdida de un hijo, y para un hombre, la pérdida de una madre. Eso es violento, terrible, eso trastorna y destroza; pero de esas catástrofes se cura como se cura de las heridas graves. Ahora bien, ciertos encuentros, ciertas cosas apenas entrevistas, casi adivinadas, ciertos pesares secretos, ciertas perfidias del destino que agitan todo un mundo doloroso de pensamientos y que de pronto abren ante nosotros la puerta misteriosa de los sufrimientos morales complicados, incurables, tanto más profundos cuanto que parecen benignos, tanto más agudos cuanto que son insignificantes, nos dejan en el alma como un rastro de tristeza, un amargor, una sensación de sequedad que nos cuesta mucho desterrar.

Por mi parte, tengo siempre ante mis ojos dos ó tres cosas que seguramente otros no hubieran observado y que en mí penetraron como punzadas penetrantes, agudas é incurables.

Ustedes tal vez no comprenderán la emoción que en mí ha quedado de esas rápidas impresiones. No referiré más que una, historia vieja, pero que en mí vive como si hubiese ocurrido ayer, y bien puede ser que únicamente mi imaginación sea la única causante de mi enternecimiento.

Tengo cincuenta años; en aquel entonces era joven y estudiaba Derecho. Era algo triste, algo soñador, estaba impregnado de cierta filosofía melancólica, y no me gustaban ni los cafés ruidosos, ni los compañeros alegres, ni las mujeres estúpidas. Me levantaba temprano, y una de las voluptuosidades que más gratas me eran, consistía en pasear solo, á las ocho de la mañana, por el jardín del Luxemburgo.

Ustedes no lo han conocido como entonces estaba. Parecía un jardín olvidado, del otro siglo, un jardín bonito como la dulce sonrisa de una anciana. Tupidas vallas separaban los senderos estrechos y regulares, senderos tranquilos entre dos muros de follaje cuidadosamente cortado. Las tijeras del jardinero igualaban constantemente las hojas y las ramas, y de trecho en trecho se encontraban macizos de flores y arbolillos alineados como colegiales de paseo, grupos de rosales magníficos ó regimientos de árboles frutales.

Un rincón encantador del bosquete estaba habitado por las abejas, y sus casas de paja, convenientemente espaciadas, abrían al sol sus puertas grandes como dedales. Y á lo largo de esos senderos se encontraba á las doradas moscas zumbadoras, dueñas verdaderas de aquel lugar pacífico, verdaderas moradoras de aquellas avenidas que semejaban corredores.

Iba casi todas las mañanas, me sentaba en un banco, y leía. Á veces colocaba el libro sobre mis rodillas para soñar, para oir como París vivía á mi alrededor y gozar del reposo infinito que disfrutaba en aquellas alamedas á lo antiguo.

Pero, pronto advertí que no era solo en frecuentar aquellos lugares en cuanto sus puertas se abrían, y sucedía á veces que, al rodear un macizo, me encontraba frente á frente con un anciano.

Llevaba zapatos con hebilla de plata, casaca de color de tabaco de España, unos encajes á guisa de corbata, y un sombrero gris inverosímil, un sombrero de anchas alas y largo pelo que hacía pensar en el diluvio.

Era delgado, muy delgado, anguloso, arrugado, y siempre sonreía. Sus ojos, vivos, palpitaban, se agitaban bajo un continuo movimiento de los párpados, y constantemente llevaba en la mano un magnífico bastón con puño de oro que para él debía ser espléndido recuerdo.

Aquel buen hombre, en un principio me asombró; luego me interesó sobremanera. Y le acechaba á través de los muros de hojas, y le seguía desde lejos deteniéndome á la revuelta de los bosquetes para que no me viese.

Y he aquí que una mañana, creyéndose perfectamente solo, empezó á moverse de modo singular: primero unos pasitos, luego una reverencia, más tarde movía una pierna, giraba galantemente sobre sus talones, y daba saltitos graciosísimos, sonriendo como si estuviese en público, arqueando los brazos, doblando su cuerpo de fantoche, haciendo, dirigidos al vacío, saludos enternecedores y ridículos. ¡Bailaba!

El asombro me petrificó, y me pregunté cuál de los dos estaba loco: él ó yo.

Pero de pronto se detuvo, avanzó como avanzan los actores en el escenario, se inclinó profundamente con sonrisas graciosas, y con su temblorosa mano envió besos á las hileras de cortados árboles.

Y continuó muy gravemente su paseo.

* * * * *

Á partir de aquel día no le perdí de vista, y todas las mañanas se entregaba á su inverosímil ejercicio.

Me entraron deseos locos de hablarle. Me arriesgué, y después de saludarle le dije:

--Magnífico día, caballero, ¿verdad?

--Espléndido, sí señor, un día de otros tiempos--contestó inclinándose.

Ocho días después conocía su historia. En tiempo del rey Luis XV había sido maestro de baile en la Ópera, y su hermoso bastón era un regalo del conde de Clermont. Y, cuando se le hablaba de baile, no callaba nunca.

Ahora bien, un día me hizo sus confidencias.

--Me casé con la Castris, caballero. Si usted quiere se la presentaré, pero ella no viene hasta más tarde. Este jardín que usted ve, es el único goce de nuestra vida: es lo único que nos queda de aquellos tiempos. Si no lo tuviésemos, creo que no podríamos vivir. ¿Verdad que es vetusto y distinguido? Aquí creo respirar el mismo aire que respiraba en mi juventud. Mi mujer y yo pasamos aquí todas las tardes; pero yo vengo también por la mañana pues me levanto temprano.

En cuanto hube almorzado volví al Luxemburgo y no tardé en distinguir á mi amigo que daba el brazo ceremoniosamente á una vieja pequeñita, vestida de negro, á la que fuí presentado. Era la Castris, la gran bailarina amada por príncipes, amada por reyes, amada por todo aquel siglo galante, y que parecía haber dejado en el mundo un perfume de amor.

Nos sentamos en un banco. Estábamos en mayo, y por las limpias alamedas revoloteaba el perfume de las flores: y el sol, filtrándose por entre las hojas, sembraba en el suelo grandes gotas de luz. El negro traje de la Castris parecía enteramente mojado de claridad.

El jardín estaba vacío, y á lo lejos se oía rodar á los coches de punto.

--¿Quiere usted explicarme--dije al viejo bailarín--lo que era el minué?

Se estremeció.

--El minué, caballero es el rey de los bailes y el baile de los reyes; ¿me comprende usted? Por esto, desde que no hay reyes, no hay minué.

Y empezó, con estilo pomposo, un elogio ditirámbico, del que no comprendí nada absolutamente. Quise que me explicase los pasos, los movimientos y las actitudes, y nervioso y desolado por su impotencia, se desesperaba.

Y repentinamente, volviéndose hacia su anciana compañera, siempre silenciosa y grave, le dijo:

--Elisa ¿quieres?--serás muy amable,--¿quieres que enseñemos á este caballero lo que era?

Ella dirigió, una mirada inquieta á su alrededor, se levantó sin decir palabra y fué á colocarse delante de él.

Y entonces presencié una cosa inolvidable.

Iban y venían con melindres infantiles; sonreían, se balanceaban, sé inclinaban, daban saltitos cual viejas muñecas que antiguo mecanismo hubiese hecho bailar, mecanismo algo estropeado que construyera en otros tiempos un obrero hábil á la manera de su época.

Y yo les contemplaba con el corazón turbado por sensaciones extraordinarias, llena el alma de indecible melancolía. Me parecía estar viendo una aparición lamentable y cómica, la sombra pasada de moda de un siglo, y tenía ganas de reir y necesidad de llorar.

Terminadas las figuras de la danza, se detuvieron, y por espacio de un minuto siguieron de pie, uno frente á otro, haciendo muecas sorprendentes, y después, sollozando, se besaron.

* * * * *

Tres días después me fuí á provincias y no los volví á ver más. Cuando regresé á París, dos años más tarde, el viejo jardín había desaparecido. ¿Qué ha sido de ellos sin aquel jardín querido de otros tiempos, con sus jardinillos laberínticos, con su suave olor de tiempo viejo y sus graciosas alamedas?

¿Habrán muerto? ¿Vagarán por las modernas calles como desterrados sin esperanza? ¿Bailarán, espectros grotescos, un minué fantástico, entre los cipreses de un cementerio, á lo largo de los senderos bordeados de tumbas, á la luz de la luna?

Su recuerdo me atormenta, me obsesiona, me tortura, está conmigo como una herida. ¿Por qué? No lo sé.

Y ustedes, sin duda, encontrarán esto ridículo...

EL LOBO

He aquí lo que el anciano marqués de Arville nos contó en casa del barón de Ravels al terminar la comida de San Humberto.

Se había corrido un ciervo, y el marqués era el único de los invitados que no había tomado parte en la persecución, pues él no cazaba nunca.

Durante la gran comida no se había hablado de otra cosa que de matanzas de animales. Las mismas mujeres escuchaban con interés los relatos sanguinarios y con frecuencia inverosímiles, y los oradores imitaban los ataques y los combates de hombres contra fieras, levantaban los brazos y referían con voz trueno.

El señor de Arville hablaba bien, con cierta poesía algo rimbombante pero llena de efecto. Muy á menudo había tenido que repetir esta historia, pues la contaba corrientemente, sin vacilar en las palabras hábilmente escogidas para dar más fuerza á las imágenes.

--Señores, yo no he cazado nunca, ni mi padre tampoco, ni tampoco mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que cazó más que todos ustedes. Murió en 1764, y ahora diré cómo.

Se llamaba Juan, estaba casado, era padre del niño que fué mi tatarabuelo, y vivía con su hermano menor, Francisco de Arville, en nuestro castillo de Lorena, en pleno bosque.

Por amor á la caza, Francisco de Arville se había quedado soltero.

Los dos cazaban de un cabo del año al otro, sin descanso y sin cansarse. No gustaban de otra cosa, no comprendían otra cosa, y sólo hablaban de caza y vivían para la caza.

Esta pasión terrible, inexorable, había sentado sus reales en sus corazones.

En ella ardían, les había invadido por completo y en ellos no cabía otra cosa.

Habían prohibido terminantemente que cuando cazaban se les molestase fuese por lo que fuese. Mi tatarabuelo nació mientras su padre perseguía á una zorra, y Juan de Arville no interrumpió su carrera; pero juró: «¡Ira de Dios! Ese granuja hubiera podido esperar hasta que la caza terminase...».

Su hermano Francisco era todavía más apasionado que él. En cuanto se levantaba iba á ver á los perros, luego á los caballos, y hasta el momento de salir á montería, tiraba á los pájaros en los alrededores del castillo.

En el lugar les llamaban señor marqués, y señor de Arville, pues los nobles de entonces no hacían como la nobleza de poco más ó menos que hoy quiere establecer jerarquía descendente en los títulos, pues el hijo de un marqués no era conde, ni el hijo de un conde era barón, como tampoco es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero, las mezquinas vanidades de hoy en día encuentran provecho arreglándose de ese modo.

Pero volvamos á mis antepasados.

Según parece, eran desmesuradamente grandes, huesudos, velludos, violentos y vigorosos. El más joven, aún más alto que el mayor, tenía la voz tan fuerte que, si se cree en una leyenda que le llenaba de orgullo, cuando gritaba se agitaban todas las hojas del bosque.

Y cuando los dos montaban á caballo para ir á cazar, ver á aquellos gigantes, debía ser un espectáculo soberbio.

Ahora bien, á mediados del invierno del año de 1764, los fríos fueron excesivos y los lobos estaban furiosos.

Atacaban á los campesinos que se retrasaban, vagaban por los alrededores de las casas, aullaban desde que se ponía el sol hasta que amanecía, y despoblaban los establos.

No tardó en hablarse de un lobo colosal, de pelo gris casi blanco, que se había comido dos niños, devorado el brazo de una mujer, extrangulado á todos los mastines de la comarca, y que saltaba los vallados para olfatear las puertas. Todos los vecinos afirmaban haber sentido sus resoplidos que hacían oscilar las llamas de los hogares, y pronto el pánico se extendió por toda la provincia. En cuanto anochecía nadie se atrevía á salir, y las tinieblas parecían atormentadas por la imagen de ese animal...

Los hermanos Arville resolvieron encontrarlo y matarlo, y organizaron grandes partidas de caza á las que invitaron á todos los gentileshombres de la comarca.

Todo fué en vano. Se batían los bosques, se registraban las breñas, pero nunca daban con él. Mataban lobos, muchos lobos, pero no aquél. Y todas las noches que seguían á las batidas, el animal, como si quisiese vengarse, atacaba al ganado siempre lejos del lugar en que se le había buscado.

Una noche entró en el establo de cerdos del castillo de Arville y se comió los dos mejor criados.

Los hermanos montaron en cólera considerando este ataque como una bravata monstruosa, una injuria directa, un reto. Cogieron los perros más acostumbrados á perseguir bestias peligrosas y salieron al campo con el corazón rebosando furor.

Desde que amaneció hasta que el sol desapareció tras los árboles desnudos, batieron bosques y malezas sin encontrar nada.

Furiosos y desolados volvían al paso de sus caballos por un camino bordeado de malezas, y se asombraban viendo su ciencia burlada por aquel lobo y sintiendo una especie de misterioso temor.

El mayor decía:

--Este animal no es como los demás. Se diría que piensa como un hombre.

El menor contestaba:

--Tal vez tendremos que hacer bendecir las balas por nuestro primo el obispo ó rogar á cualquier sacerdote que pronuncie las palabras necesarias.

Callaron luego, y á poco Juan repuso:

--Mira que rojo está el sol. El lobo hará algo malo esta noche.

Apenas había concluído de hablar, cuando su caballo se encabritó y el de Francisco empezó á cocear. Espeso matorral cubierto de hojas muertas se abrió ante ellos, y una bestia colosal, completamente gris, surgió y echó á correr á través del bosque.

Los dos lanzaron una especie de rugido de alegría, é inclinándose sobre los pesados caballos, los echaron hacia adelante con todas las fuerzas de su cuerpo, y corrían tan desesperadamente, excitándoles, enloqueciéndoles con la voz, el gesto y las espuelas, que los fuertes jinetes parecían llevar sus pesados corceles entre las piernas y sostenerlos en el aire.

Corrían rozando el vientre con el suelo; cortando arbustos, subiendo cuestas, saltando barrancos y tocando la trompa á plenos pulmones para llamar á sus gentes y á sus perros.

Y he aquí que, de pronto, en aquella carrera desenfrenada y loca, el mayor dió con la frente en una rama enorme que le partió el cráneo, y cayó muerto al suelo mientras su caballo se desbocaba y desaparecía entre las sombras que envolvían los bosques.

El menor Arville paró en seco, echó pie á tierra, cogió en brazos á su hermano y vió que por la herida salían los sesos mezclados con sangre.

Entonces se sentó junto al cuerpo, apoyó en sus rodillas aquella cabeza desfigurada y sangrienta, y contemplando el rostro inmóvil de su hermano esperó. Poco á poco extraño miedo, miedo como nunca había sentido, se apoderó de él. Era miedo á las sombras, miedo á la soledad, miedo al bosque desierto y miedo también al lobo fantástico que para vengarse de ellos acababa de matar á su hermano.

Las tinieblas eran más densas por momentos y el agudo frío hacía rugir los árboles. Francisco se levantó temblando, incapaz de permanecer allí más tiempo y sintiéndose próximo á desfallecer. No se oía nada; ni los ladridos de los perros, ni el sonido de las trompas, todo permanecía mudo en el invisible horizonte, y lo sombrío de la noche helada tenía algo horrible y extraño.

Con sus manos de coloso cogió el cuerpo de su hermano Juan, lo levantó y lo atravesó en la silla para llevarlo al castillo; luego echó á andar despacio, turbados sus pensamientos como si estuviese ebrio, perseguido por visiones horribles y extraordinarias.

Y bruscamente, en el sendero que la noche invadía, una forma grande pasó. Era la bestia. Una sacudida de espanto hizo temblar al cazador: algo frío como una gota de agua le corrió por la espalda, y como monje perseguido por el diablo, hizo la señal de la cruz, medio loco por la brusca reaparición de la fiera. Pero sus ojos se fijaron en el cuerpo inerte tendido ante él, y repentinamente pasó del temor á la cólera y se estremeció con rabia desordenada.

Hundió las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó en persecución del lobo.

Le seguía por los tallares, por los barrancos, por los oquedales, cruzando bosques que no conocía pero con los ojos siempre fijos en la mancha blancuzca que huia á través de las tinieblas que envolvían la tierra.

También su caballo parecía sentirse animado por fuerza y ardimiento desconocidos. Galopaba con el cuello estirado, en derechura; y la cabeza y los pies del muerto, atravesado en la silla como estaba, chocaban con los árboles y con las rocas. Los espinos le arrancaban los cabellos, los troncos quedaban salpicados de sangre, y sus espuelas arrancaban las cortezas...

Bestia perseguida y jinete salieron del bosque y entraron en un valle: la luna apareció entonces iluminando una extensión pedregosa, cerrada por rocas enormes y sin salida posible. El lobo, no pudiendo seguir adelante, se volvió.

Un alarido de gozo, que los ecos repitieron como el fragor de un trueno, salió de labios de Francisco, y éste saltó del caballo cuchillo en mano.

La fiera le aguardaba con el pelo erizado y arqueado el lomo: sus ojos brillaban como dos estrellas; pero antes de librar le batalla, el fuerte cazador cogió á su hermano, le sentó en una roca, y sosteniendo con piedras su cabeza, que ya no era más que una mancha de sangre, le gritó al oído como si hubiese hablado á un sordo: «Mira, Juan, mira esto».

Luego se arrojó sobre el monstruo. Se sentía con fuerzas bastantes para derribar una montaña, para machacar piedras con sus manos. La bestia quiso morder, procurando cogerle por el vientre, pero él la tenía por el cuello, sin utilizar siquiera su arma, y la estrangulaba suavemente, escuchando como el aliento se detenía en su garganta y como se paralizaban los latidos de su corazón. Y reía y gozaba lo indecible estrechando más y más su formidable apretón, y en un delirio de alegría gritaba: «Mira, Juan, mira». La resistencia cesó, y el cuerpo del lobo quedó lacio. Estaba muerto.

Entonces Francisco lo levantó en alto y lo arrojó á los pies de su hermano repitiendo con voz llena de lágrimas: «Toma, Juan, toma, ahí lo tienes».

Después, colocando en la silla á los dos cadáveres, se puso nuevamente en marcha.

Y entró en el castillo riendo y llorando como Gargantúa cuando nació Pantagruel, dando gritos de triunfo y trepidando de alegría al referir la muerte del animal, y gimiendo y arrancándose la barba al relatar la de su hermano.

Y con frecuencia, más tarde, cuando hablaba de ese día, murmuraba con los ojos llenos de lágrimas: «Si por lo menos Juan me hubiese visto estrangular al otro, estoy seguro de que hubiera muerto contento».

Y la viuda de mi antepasado inspiró á su hijo huérfano el horror á la caza que trasmitiéndose de padres á hijos, ha llegado hasta á mí.

El marqués de Arville calló, y alguien dijo:

--Esa historia es una leyenda ¿verdad?

El narrador agregó:

--Juro que desde el principio hasta el fin es verdadera.

Y entonces, una mujer, con vocecita dulce y suave, dijo:

--Lo mismo da; pero sentir semejantes pasiones es muy hermoso.

EL PROTECTOR

¡Jamás se hubiera atrevido á soñar tan alta fortuna! Hijo de un alguacil de provincia, Juan Marín había venido al barrio latino á estudiar Derecho como tantos otros. En las diferentes cervecerías que sucesivamente había frecuentado, se había hecho amigo de varios estudiantes que hablaban de política bebiendo cerveza, y cayó en éxtasis de admiración ante uno de ellos, siguiéndole de café en café y hasta pagando las bebidas cuando tenía dinero.

Luego se hizo abogado y defendió pleitos y causas que perdió siempre. Ahora bien, una mañana, leyó que uno de sus antiguos amigos del barrio acababa de ser elegido diputado.

Volvió á ser su perro fiel, el amigo que hace las cosas engorrosas, los recados, que se envía á buscar cuando se le necesita y al que no se le guarda ninguna consideración. Pero, ocurrió que por una de esas aventuras parlamentarias, el diputado se convirtió en Ministro, y seis meses después Juan Marín era nombrado consejero de Estado.

La primera crisis de orgullo estuvo á punto de hacerle perder la cabeza: iba por las calles por el placer de exhibirse, como si sólo viéndole se hubiese podido adivinar su posición, y siempre encontraba medio para decir á los comerciantes, en cuyas tiendas entraba, á los vendedores de periódicos y aun á los cocheros de punto, y á propósito de las cosas más insignificantes «Yo, que soy consejero de Estado».

Luego experimentó, naturalmente, como consecuencia de su dignidad y por necesidad profesional, por deber de hombre generoso y de influencia, imperiosa necesidad de proteger. Por cualquier motivo y con inagotable generosidad, ofrecía su apoyo á todo el mundo.

Cuando, al pasear por los bulevares, se encontraba con alguna cara conocida, se acercaba satisfecho, le estrechaba las manos, preguntaba por la salud, y sin esperar siquiera que le contestasen, añadía:

--Ya sabe usted que yo soy consejero de Estado y que me tiene enteramente á su disposición. Si puedo serle útil en algo, use de mi con toda libertad. Cuando se ocupa una posición como la mía se tiene el brazo largo.

Y entonces entraba en el café con el amigo que había encontrado para pedir tinta, pluma y una hoja de papel,--«una sola, mozo; es para dar una carta de recomendación».

Y cartas de recomendación escribía diez, veinte, cincuenta todos los días. Las escribía en el café Americano, en casa de Bignon, Tortoni, en la Maison Dorée, en el café Riche, en Helder, en el café Inglés, en el Napolitano, en todas partes. Escribía á todos los funcionarios de la República, desde los jueces de paz hasta á los Ministros, y era dichoso, completamente dichoso.

Una mañana, al salir de su casa para dirigirse al Consejo de Estado, empezó á llover, y á punto estuvo de tomar un coche, pero no lo tomó y se fué á pie por las calles.