Part 4
Las tinieblas nos envolvían, y, muy apretados unos contra otros, permanecimos rodeados de sombras y de agua... No hablábamos: estábamos inmóviles, agazapados y mudos como bestias refugiadas en un foso durante la tormenta. Y sin embargo, á pesar de todo, á pesar de la noche y del terrible peligro que por momentos aumentaba, empecé á sentirme dichoso, dichoso con el frío y el peligro, dichoso con las horas de sombra y angustia que habíamos de pasar en aquel cascarón, dichoso pasándolas cerca de aquella joven encantadora.
Y yo me preguntaba las causas de aquella sensación de bienestar que me penetraba.
¿Por qué? ¿Quién lo sabe? ¿Por qué estaba allí? ¿Quién? ¿Ella? ¿Una inglesita desconocida? Yo no la había visto nunca, no la quería, y me sentía enternecido, conquistado. Hubiera querido salvarla, sacrificarme, y cometer por ella mil locuras... ¡Cosa extraña! ¿Por qué puede alterarnos tanto la presencia de un ser? ¿Nos envuelve y domina el poderío de su gracia? ¿Nos embriaga la seducción de la hermosura como podría embriagarnos el vino?
¡Más razonable es creer en un resorte del amor, del amor misterioso que sin cesar procura que los seres se unan, que ejerce su poder y los penetra de emoción en cuanto los coloca frente á frente, de emoción confusa y grande, profunda; sí, más razonable es creer en un resorte parecido al agua que moja la tierra para que crezcan flores!
El silencio del cielo y de las tinieblas era espantoso, pues á nuestro alrededor oíamos vagamente el ruido del agua al crecer y el chapaleteo de la corriente al chocar contra el barco.
Oí sollozar... la más joven de las inglesitas lloraba, y para consolarla su padre la habló en su idioma. No los entendí, pero adiviné que la tranquilizaba.
Entonces pregunté á mi vecina:
--¿Y usted no tiene frío?
--¡Oh, sí, tengo mucho!...
La ofrecí mi abrigo y tuve que formalizarme para que lo aceptase.
Poco á poco la fuerza del viento aumentó haciéndose más sensible el chapaleteo del agua contra los flancos del buque. Me levanté, y una ráfaga me azotó el rostro. ¡El viento se desataba!
El inglés lo advirtió casi al mismo tiempo que yo, y dijo:
--Malo, malo para nosotros es...
Ciertamente que era malo... como que suponía la muerte segura, la muerte que habían de traer las olas, fuertes ó débiles, si atacaban al pecio, tan desbaratado ya, que una sacudida había de bastar para destruirlo totalmente.
Yo temblaba, la inglesita también, y los faros que brillaban en la costa, faros blancos, amarillos y rojos, semejaban ojos enormes, ojos de gigantes que nos estuviesen mirando cual si acechasen el momento de nuestra desaparición. Uno había que me irritaba lo indecible: cada treinta segundos se apagaba para volverse á encender en seguida, y era un ojo, un ojo verdadero cuyo párpado velaba por instantes su mirada de fuego.
De tiempo en tiempo el inglés encendía un fósforo, consultaba su reloj, y se lo metía otra vez en el bolsillo. De pronto, tendiéndome la mano por encima de las cabezas de sus hijas, me dijo:
--Caballero, le deseo un buen año...
Eran las doce. Estreché la mano que me tendía, él pronunció una frase en inglés, y las jovencitas se pusieron á cantar el _God save the Queen_ que se perdió en el espacio.
En un principio sentí furiosas ganas de reir, pero luego extraña y potente emoción embargó mi alma.
El canto de los náufragos tenía algo siniestro y soberbio, canto de condenados, algo comparable á una plegaria, y también algo más grande, algo parecido al antiguo _Ave, Cæsar, morituri te salulant_.
Cuando hubieron terminado supliqué á mi vecina que cantase una balada, una leyenda, lo que quisiese, algo que nos hiciese olvidar nuestra angustia. Y accedió gustosa, y su voz joven y clara se perdió en la noche. Cantaba algo triste, muy triste sin duda, pues las notas eran largas, salían lentamente de su boca, y parecía que iban á hundirse en las olas después de haberlas rozado.
Yo pensaba únicamente en su voz aun cuando la mar sacudía furiosamente el pecio... y pensaba también en las sirenas. Si una barca hubiese pasado cerca de nosotros ¿qué hubieran pensado los marineros? ¡Mi atormentado espíritu se perdía en el sueño!... ¡Una sirena! ¿No era una sirena aquella hija de la mar que me había retenido en el carcomido buque y que conmigo iba á hundirse en las olas?...
Á todo esto, el _María José_ se apoyó sobre el flanco derecho y los cinco rodamos por el puente. La inglesita había caído encima de mí y yo la estrechaba entre mis brazos, y, enloquecido, sin darme cuenta de lo que hacía, y creyendo llegado mi última hora, besaba sus sienes y sus cabellos... Luego, aunque el barco quedó inmóvil, no nos atrevíamos á movernos.
El padre gritó «Kate». La que yo tenía entre mis brazos contestó «yes», y quiso desprenderse. Y en aquel instante, hubiera querido que el barco, partiéndose en dos, me hubiese sepultado con ella en la mar.
El inglés repuso:
--Un báscula pequeña; no ser nada; yo tenga conservadas mis hijas...
¡No viendo á la mayor la había creído perdida!
Me incorporé tomando infinitas precauciones y muy cerca de nosotros, en la mar, distinguí una lucecita. Grité y me contestaron. Era una barca que nos buscaba pues el dueño de la fonda había adivinado nuestra imprudencia.
Estábamos salvados... y yo me desesperaba... Nos recogieron y nos llevaron á San Martín.
Y el inglés, frotándose las manos, murmuraba:
--Buen cena, buen cena.
Efectivamente, cenamos, y cenamos bien, pero yo, pensando en las horas pasadas en el _María José_, estuve triste. ¡Las prefería!...
Al día siguiente, después de muchos apretones de manos y promesas de escribirnos, nos separamos. Ellos volvieron á Biarritz, y yo... yo estuve á punto de seguirles.
Estaba loco, y poco faltó para que pidiese la mano de aquella joven; es indudable que si hubiésemos pasado ocho días juntos me hubiera casado con ella. ¡Qué débil y qué incomprensible es el hombre!
Pasaron dos años sin que oyese hablar de ellas, y poco más tarde recibí una carta de Nueva York. Me decía que se había casado, y desde entonces, con motivo del primero de enero, nos escribimos todos los años. Me cuenta detalladamente su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, y nunca me dice nada de su marido. ¿Por qué?... Yo, yo le hablo siempre del _María José_. Tal vez, y sin tal vez, es la única mujer que he querido... ¿Quién sabe? Las circunstancias gobiernan, y á fin de cuentas todo pasa... Ahora debe ser vieja, y si la encontrase no la reconocería... ¡Ah! la de otros tiempos, la del pecio, ¡qué criatura! Me dice que sus cabellos son blancos, y eso me aflige muchísimo... ¡Sus cabellos rubios como el oro son blancos ya!... No, la mía no existe... ¡Dios mío, que triste es eso!...
LA SEÑORITA PERLA
I
Extraña en verdad fué la idea que aquel día tuve de elegir por reina á la señorita Perla.
Todos los años voy á celebrar la fiesta de Reyes á casa de mi antiguo amigo Chantal, á donde ya mi padre, que era compañero suyo, me llevaba cuando era niño. Y yo observo fielmente esta costumbre, y sin duda alguna la observaré mientras viva y quede un Chantal en el mundo.
Por lo demás, la vida de los Chantal es rarísima, y viven en París como podrían vivir en Grasse, Yvetot ó Pont-à-Mousson.
Cerca del Observatorio poseen una casita rodeada de jardín, y en ella viven como en un rincón de provincia. De París, del verdadero París, ni conocen nada ni sospechan nada; están tan lejos, tan lejos... Sin embargo, de cuando en cuando hacen un viaje larguísimo... y la señora Chantal, como en la familia se dice, va á hacer grandes provisiones. Y veamos cómo se hacen esas grandes provisiones.
La señorita Perla, que tiene las llaves de los armarios de la cocina,--pues los armarios de la ropa blanca los administra por sí misma la dueña de la casa--la señorita Perla, digo, avisa que se está acabando el azúcar, que no quedan conservas, y que en la caja del café sólo se encuentran algunos granos.
Puesta en guardia contra el hambre, la señora Chantal pasa revista á los restos y toma notas en su cuaderno. Luego, cuando ha escrito muchos números, se entrega á largos cálculos y en seguida á interminables discusiones con la señorita Perla. Sin embargo, concluyen poniéndose de acuerdo y fijan las cantidades que de cada cosa necesitan para que duren tres meses: azúcar, arroz, ciruelas, café, confituras, latas de guisantes, judías, langosta, pescados ahumados, salazones, etc., etc.
Se fija luego el día para hacer las compras, y se van en simón, un simón con galería, á casa de un gran tendero de ultramarinos que vive al otro lado de los puentes, allá en los barrios nuevos.
La señora Chantal y la señorita Perla hacen ese viaje juntas, misteriosamente, y vuelven á la hora de comer, extenuadas, emocionadas y bien sacudidas en el simón cuyo techo, lleno de paquetes y de cucuruchos, recuerda los carros de mudanzas.
Para los Chantal, toda la parte de París situada al otro lado del Sena, compone los barrios nuevos, barrios habitados por gente especialísima que pasa los días en continua disipación, las noches juergueándose, y que tira el dinero á puñados por la ventana. Sin embargo, de tiempo en tiempo llevan á las niñas al teatro, á la Ópera Cómica ó á la Comedia Francesa, pero únicamente cuando el periódico que lee el señor Chantal recomienda la obra.
Ahora las muchachas deben tener diecinueve y diecisiete años y son hermosotas, grandes, frescas, y muy bien educadas, tanto, que pasan inadvertidas como dos lindas muñecas. Jamás se me ocurriría la idea de fijarme ó de hacer la corte á las señoritas Chantal; apenas me atrevo á dirigirles la palabra, tan inmaculadas me parecen, y hasta al saludarlas temo ser inconveniente.
En cuanto al padre, es un hombre encantador, muy instruido, muy abierto, muy cordial, pero que todo lo sacrifica al reposo, á la tranquilidad, y que para vivir á gusto ha contribuido no poco á momificar así á su familia. Lee mucho, habla gustoso, y se enternece fácilmente. La ausencia de trato, de tacto, de codos y de tropiezos, ha hecho muy sensible y delicada su epidermis moral. La cosa más insignificante le conmueve, le agita y le hace sufrir.
Y con todo, los Chantal tienen algunas relaciones, pero muy restringidas y escogidas con gran cuidado entre el vecindario. También cambian dos ó tres visitas al año con parientes que viven lejos de su casa.
Yo voy á comer con ellos el 15 de agosto y el día de Reyes, y esto forma parte de mis deberes como deber es para los católicos comulgar en Pascua.
El 15 de agosto convidan á algunos amigos, pero el día de Reyes soy el único extraño que se sienta á su mesa.
II
Este año, como los otros, fuí á comer con los Chantal para celebrar la Epifanía.
Según costumbre, abracé al señor Chantal, besé la mano á su esposa y á la señorita Perla, y me incliné profundamente ante las señoritas Luisa y Paulina. Me preguntaron mil cosas relativas á los acontecimientos del bulevar, á la política y á lo que de público se decía con respecto á los asuntos de Marruecos y sobre nuestros representantes. La señora Chantal, mujer gorda cuyas ideas se me antojaban cuadradas como las piedras de sillería, tiene costumbre, para cerrar las discusiones políticas, de pronunciar las siguientes palabras: «Todo esto es mala simiente para más adelante». ¿Por qué he imaginado siempre que las ideas de la señora Chantal han de ser cuadradas? No lo sé, pero cuanto dice me parece de esa forma; un cuadrado, un cuadrado grande con cuatro ángulos simétricos. Hay personas cuyas ideas se me antojan redondas y rodando como aros. En cuanto empiezan una frase con respecto á cualquier cosa, las palabras ruedan y salen diez, veinte, cincuenta ideas redondas, grandes y pequeñas, que veo correr una tras otra hasta que se pierden allá en el horizonte. Otras tienen ideas puntiagudas... Pero en fin, todo eso importa poco.
Nos sentamos á la mesa como siempre, y la comida acabó sin que se dijese nada digno de ser retenido.
Al llegar los postres, trajeron la torta de reyes; ahora bien, el señor Chantal era rey todos los años. Yo no sé si era una casualidad repetida ó una convención de familia, pero el haba tradicional se encontraba siempre en la parte de torta que le correspondía, y siempre proclamaba reina á su esposa. Por esto mi estupefacción fué inmensa cuando sentí en mi boca la presencia de algo muy duro que estuvo á punto de romperme una muela. Saqué suavemente el objeto y pude ver una muñequita de porcelana no más grande que una habichuela. La sorpresa me hizo exclamar «¡Ah!». Me miraron, y Chantal, palmoteando, se puso á gritar: «Es Gastón. Es Gastón. ¡Viva el rey! ¡Viva el rey!».
Y todos repitieron á coro: «¡Viva el rey!». Enrojecí hasta la raíz del pelo, como frecuentemente se pone uno colorado, sin saber por qué; y sosteniendo entre los dedos aquel granito de loza bajé los ojos, hice esfuerzos para reir, y no sabía qué hacer ni qué decir cuando Chantal exclamó: «Ahora, es preciso elegir una reina».
Quedé aterrado. En un segundo, mil ideas y mil suposiciones cruzaron por mi imaginación pues no sabía si querían que designase á una de las señoritas Chantal. ¿Sería un medio para obligarme á decir cuál de las dos prefería? ¿Sería un empujoncito ligero é insensible dado por los padres hacia una boda posible? La idea de la boda vaga incesantemente por todas las casas donde hay hijas mayores, y toma todas las formas, se encubre con todos los disfraces, y emplea todos los medios. Miedo atroz á comprometerme se apoderó de mí, y al mismo tiempo, ante la actitud obstinadamente correcta y cerrada de las señoritas Luisa y Paulina, sentí que en mí hacía presa extremada timidez. Elegir á una en perjuicio de otra, me pareció tan difícil como elegir entre dos gotas de agua; y además, el temor de aventurarme en un asunto que á pesar mío, suavemente, por procedimientos sencillos, discretos y tranquilos, como aquella insignificante realeza, podía llevarme al matrimonio, me turbaba horriblemente.
Pero de pronto se me ocurrió una idea luminosa, y ofrecí la muñeca simbólica á la señorita Perla. En un principio todos parecieron sorprendidos, pero sin duda apreciaron mi delicadeza y mi discreción pues aplaudieron luego con furia y se pusieron á gritar: «¡Viva la reina! ¡Viva la reina!».
En cuanto á ella, la pobre solterona, había perdido toda compostura; temblaba, estaba asustada y balbucía: «Pero no... pero no... yo no, se lo suplico... yo no...».
Entonces y por primera vez en mi vida, miré fijamente á la señorita Perla y me pregunté lo que era en realidad.
Estaba acostumbrada á verla en aquella casa como se ve á las butacas con tapices antiguos en las que uno se sienta desde la infancia sin haberse fijado nunca en ellas. Un día, no se sabe por qué, porque un rayo de sol viene á dar en el objeto, se exclama: «Toma, ese mueble es muy curioso», y se descubre que la madera está tallada por un artista, y que la tela es de gran valor. Yo nunca me había fijado en la señorita Perla.
Formaba parte de la familia Chantal, eso era todo, pero ¿cómo? ¿á titulo de qué? Era una muchacha alta y delgada que hacía esfuerzos para pasar inadvertida, pero que no era insignificante. Se la trataba afablemente, mejor que á una ama de llaves, y no tan bien como á una parienta. Y entonces comprendí una serie de cosas que hasta entonces no me habían preocupado. La señora Chantal la llamaba «Perla»; sus hijas, «señorita Perla»; y Chantal, quizá con mayor respeto que todos los demás, la llamaba únicamente «señorita».
Y la miré atentamente. ¿Qué edad podía tener? ¿Cuarenta años? Sí, cuarenta años. No era vieja, pero hacía esfuerzos para parecerlo, y esta particularidad me llamó inmediatamente la atención. Se peinaba, se vestía y se arreglaba ridículamente, y á pesar de todo no era ridícula; ¡tan poderosa era su gracia sencilla y natural, gracia velada y cuidadosamente ocultada! ¡Extraña criatura! ¿Por qué no la había observado con mayor atención? Se peinaba de modo grotesco, con rizos á la antigua usanza y completamente pasados de moda, y bajo aquel extraño tocado se veía una frente serena, cruzada por dos profundas arrugas, dos arrugas de interminables tristezas, y luego unos ojos azules, grandes y dulces, tímidos, temerosos y humildes, ojos hermosísimos que reflejaban todas las inocencias, ojos llenos de asombros de niña, de sensaciones jóvenes y también de pesares que por ellos habían pasado enterneciéndolos pero sin turbarlos.
El rostro fino y discreto, uno de esos rostros que se han extinguido sin que los hayan usado ni marchitado las fatigas ó las grandes emociones de la vida.
¡Linda boca! ¡Hermosos dientes! Pero... cualquiera hubiese dicho que no se atrevía á sonreír.
Y sin saber por qué la comparé á la señora Chantal. Sí, la señorita Perla era mucho mejor, cien veces mejor, más fina, más noble, más altiva...
Mis observaciones me dejaban turulato; se destapó el champaña, yo tendí mi copa á la reina, y bebí á su salud después de haberle dedicado un cumplido. Claramente me di cuenta de que deseaba taparse la cara con la servilleta; y cuando humedeció sus labios en el espumoso vino, todos se pusieron á gritar: «¡La reina bebe! ¡La reina bebe!». Ella se puso colorada como una amapola y se atragantó. Todo el mundo reía, pero me convencí de que en la casa la querían mucho.
III
Terminada la comida, Chantal me cogió por un brazo. Era la hora del cigarro, hora sagrada. Cuando estaba solo se iba á fumar á la calle, pero cuando tenía invitados, se subía al billar y se jugaba una partida fumando. Aquella tarde, como era día de Reyes, se había encendido la chimenea de la sala de billar; y mi antiguo amigo, después de coger su taco, un taco muy fino que frotó cuidadosamente con blanca tiza, dijo:
--Para ti, muchacho.
Á pesar de mis veinticinco años, como me conocía desde niño me tuteaba.
Empezó la partida: hice algunas carambolas, marré otras, pero como el recuerdo de la señorita Perla no dejaba de dar vueltas por mi imaginación, pregunté:
--Dígame, señor Chantal; la señorita Perla ¿es parienta suya?
Muy asombrado, dejó de jugar y me miró fijamente.
--¡Cómo! ¿Tú no sabes?... ¿No conoces la historia de la señorita Perla?
--No.
--¿Tu padre no te la contó nunca?
--No.
--Pues es raro, vaya si es raro, porque se trata de una aventura en toda regla.
Y se calló para decir momentos después:
--¡Y si supieses lo extraño que es que me preguntes eso hoy, en día de Reyes!
--¿Por qué?
--Por qué, por qué... Escucha. Hace cuarenta y un años, cuarenta y un años hoy mismo, día de la Epifanía, y vivíamos en Roüy-le-Tors, en las fortificaciones... pero ante todo y para que comprendas bien, tengo que explicarte cómo era la casa. Roüy se alza en una colina, mejor dicho, en un altozano desde el que se domina gran extensión de prados, y allí teníamos nosotros una casa con un pensil. La casa estaba en la población, en la calle, pero desde el jardín se dominaba toda la llanura. Y ese jardín tenía una puerta de salida que daba al campo, al extremo de una escalera secreta practicada en el espesor del muro, una escalera como se encuentran tantas en las novelas. Por delante de esta puerta pasaba un camino, y en la puerta había una campana, porque los campesinos, para evitarse un rodeo, nos traían las provisiones por allí.
«Te das cuenta del lugar ¿no es eso? Pues bien, ese año, cuando llegó el día de Reyes, hacía una semana que no había cesado de nevar. Parecía el fin del mundo. Cuando íbamos á las fortificaciones para contemplar la llanura, aquella inmensa extensión blanca, blanca y helada que brillaba como si le hubiesen dado una mano de barniz, nos metía el frío en el alma. Se hubiera dicho que Dios empaquetaba la tierra para enviarla al granero de los viejos mundos, y te aseguro que aquello era muy triste.
«Vivíamos en familia y éramos muchos: mi padre, mi madre, mi tío y mi tía, mis dos hermanos y mis cuatro primas, lindas muchachas, de las cuales, la más pequeña es mi mujer. De tanta gente sólo vivimos tres, mí mujer, mi cuñada que vive en Marsella, y yo. ¡Canastos! ¡qué pronto se acaba una familia! Sólo al pensarlo me pongo á temblar. Entonces tenía quince años, ahora... ahora tengo cincuenta y seis.
«En fin, íbamos á celebrar la fiesta de Reyes, y todos estábamos contentos, muy contentos. En el salón esperábamos la comida, cuando mi hermano mayor, Jaime, dijo: 'Desde hace diez minutos, un perro está ladrando en la llanura: debe ser un animal perdido...'.
«Y no había concluido de hablar cuando sonó la campana del jardín. La campana sonaba como las de las iglesias y hacía pensar en los muertos. Todos nos estremecimos. Mi padre llamó al criado y le ordenó que fuese á ver quién era, y esperamos guardando profundo silencio: pensábamos en la nieve que cubría la tierra. Volvió el hombre asegurando que no había visto á nadie, mas el perro seguía ladrando y sus aullidos nos indicaban que no había cambiado de sitio.
«Nos sentamos á la mesa, pero los más jóvenes especialmente estábamos un poco emocionados. Al servir el asado la campana sonó tres veces seguidas y sus toques fueron largos y vibraron de tal manera que todos nos quedamos sin aliento. Con el tenedor en la mano nos miramos sin atrevernos á hablar, escuchando atentamente, y dominados por una especie de miedo que tenía mucho de sobrenatural.
«Mi madre fué la primera que abrió la boca para decir: 'Es raro que hayan tardado tanto en llamar de nuevo: Bautista, no vaya solo, uno de estos señores le acompañará'.
«Mi tío Francisco se puso en pie. Era un hércules, muy orgulloso de su fuerza y que no temía á nada ni á nadie. Mi padre le dijo: 'Toma una escopeta; no se sabe lo que puede ser'.
«Pero mi tío no hizo caso, cogió un bastón, y salió con el criado.
«Los demás nos quedamos temblando de terror y de angustia sin atrevernos á comer ni á hablar. Mi padre intentó tranquilizarnos: 'Veréis, nos dijo, como será algún mendigo ó algún caminante que se habrá perdido. Después de haber llamado una vez, y viendo que no le abrían en seguida, habrá intentado encontrar su camino, y al no conseguirlo, habrá vuelto á nuestra puerta'.
«Nos pareció que la ausencia de mi tío duraba una hora; cuando volvió estaba furioso y juraba: 'Nada, ¡recontra! es un guasón. Nada más que ese maldito perro ladrando á cien metros de la tapia. Si hubiese cogido la escopeta, creo que le hubiera matado para hacerle callar'.
«Se reanudó la comida pero todo el mundo era presa de viva ansiedad, pues se comprendía que algo había de ocurrir aún y que la campana sonaría de nuevo.