Chapter 18 of 22 · 3982 words · ~20 min read

Part 18

Y de cuando en cuando Berta fijaba en la esfera una mirada impaciente que parecía decir:

--Eso no anda de prisa.

Pronto le pareció oir que murmuraban á sus pies, y confusamente llegaron hasta ella, á través de la bóveda de la bodega, palabras pronunciadas en voz baja. Los prusianos empezaban á comprender la treta, y el sargento, subiendo la escalerilla, golpeó la trampa diciendo:

--Abrid.

Ella contestó imitando su acento:

--¿Qué quiere usted?

--Abra.

--Pues no abro.

El hombre se enfureció.

--Abra ó rompo la puerta.

Ella soltó una carcajada y dijo.

--Rompa, rompa si puede.

Con la culata de su fusil, el prusiano empezó á golpear la gruesa plancha de encina que se cerraba sobre su cabeza; pero fué inútil, hubiera resistido los golpes de una catapulta.

Bertina le oyó bajar y los soldados vinieron luego, uno tras otro, á ensayar su fuerza y á inspeccionar la cerradura; pero convencidos de la inutilidad de sus tentativas, bajaron todos á la bodega y se pusieron á hablar.

La joven les estuvo oyendo un rato; después abrió la puerta que daba al campo y escuchó atentamente.

Un ladrido lejano llegó á sus oídos. Silbó como hubiera podido hacerlo un cazador, y casi al mismo tiempo dos enormes perros surgieron de la sombra y corrieron hacia ella. Les sujetó cogiéndoles por el cuello y con todas las fuerzas de sus pulmones gritó:

--¡Eh! Padre.

Una voz, muy lejana todavía, respondió.

--¡Berta!

Ella esperó algunos segundos y repitió:

--¡Eh! Padre.

La misma voz, ya más próxima, contestó:

--¡Berta!

La joven dijo entonces:

--No pases por delante del tragaluz, hay prusianos en la bodega.

Bruscamente la gran silueta del hombre se dibujó á la izquierda, inmóvil entre dos árboles, y preguntó con inquietud:

--Prusianos en la bodega... ¿Y qué hacen allí?

Berta se puso á reir.

--Son los de ayer--dijo.--Se habían perdido en el bosque y yo les he metido en la bodega para que se refresquen.

Y refirió lo ocurrido y cómo los había asustado con los tiros de revólver y encerrado después.

El viejo, siempre grave, preguntó:

--Y ahora ¿qué vamos á hacer?

--Pues irás á buscar al señor Lavigne y á su tropa para que les haga prisioneros. Poco contento que se pondrá.

El viejo Pichón sonrió.

--Vaya si estará contento.

--Tienes sopa preparada--le dijo su hija.--Cómela pronto y vete.

El viejo se sentó á la mesa, y después de haber llenado dos platos para los perros, comió él.

Los prusianos, al oir hablar, habían callado.

El Zancudo se marchó un cuarto de hora después, y Berta, sentada junto á la lumbre, esperó.

Los prisioneros se agitaban de nuevo, y gritaban y llamaban dando furiosos culatazos á la inconmovible trampa.

Luego empezaron á disparar por el tragaluz, esperando sin duda que si algún destacamento alemán pasaba por allí cerca les oiría.

Berta no se movía; pero el ruido aquel la impacientaba y la irritaba. Furiosa cólera despertaba en ella, y para hacerles callar les hubiera asesinado.

Luego, como su impaciencia crecía por momentos, clavó los ojos en el reloj y se puso á contar los minutos.

Hacía hora y media que su padre se había marchado y ya debía estar en la ciudad. Le parecía que le estaba viendo. Le contaba la cosa al señor Lavigne, que palidecía de emoción y llamaba á su criada para que le diese el uniforme y las armas. Oía el tambor que redoblaba y veía las caras asustadas que se asomaban á las ventanas. Y los soldados ciudadanos salían de sus casas á medio vestir, y á paso de carga corrían hacia la morada del comandante.

Luego, la tropa, con el Zancudo al frente, se ponía en marcha y, por caminos cubiertos de nieve, llegaba al bosque.

Berta, mirando al reloj, se decía: «Dentro de una hora pueden estar aquí».

Nerviosa impaciencia se había apoderado de ella, y los minutos le parecían interminables. ¡Cuán largo era el tiempo!

Al fin llegó la hora que ella había marcado para la llegada, y abrió otra vez la puerta para oirles venir. Distinguió una sombra que avanzaba cautelosamente, tuvo miedo, y gritó. Era su padre.

--Me envían--dijo éste--para saber si ocurre algo nuevo.

--No, nada.

Entonces dió un silbido estridente y prolongado, y no tardó en distinguirse una mancha obscura que avanzaba lentamente bajo los árboles: era la vanguardia, compuesta por diez hombres.

El Zancudo repetía á cada instante:

--No paséis por delante del tragaluz.

Y los que habían llegado primero enseñaban á los otros el tragaluz tan temido.

Al fin llegó el grueso de la tropa que en junto se componía de doscientos hombres, cada uno de lo cuales llevaba doscientos cartuchos.

Lavigne, agitado y nervioso, los dispuso de manera que cercasen la casa por todas partes, dejando un espacio libre ante el negro agujero practicado á ras del suelo, por donde entraba el aire en la cueva.

Luego entró en la morada, se informó de las fuerzas y disposiciones del enemigo, que tan mudo estaba, que se le hubiera creído desvanecido, desaparecido por el tragaluz.

Lavigne golpeó la trampa con el pie y gritó:

--Señor oficial prusiano...

El alemán no respondió, y el comandante reiteró:

--Señor oficial prusiano...

El mismo silencio. Por espacio de veinte minutos estuvo requiriendo al silencioso oficial para que se le rindiese con armas y municiones, garantizándole la vida á él y los suyos, y prometiéndole los honores militares; pero no logró ningún signo ni de aquiescencia ni de hostilidad. La situación era cada vez más difícil.

Los soldados ciudadanos zapateaban en la nieve, cruzábanse de brazos y pegábanse en los hombros para calentarse como lo hacen los cocheros, y todos se fijaban en el tragaluz con grandes y pueriles deseos de pasar por delante.

Uno de ellos, llamado Potdevin, que era muy ágil, se atrevió al fin, y tomando impulso pasó corriendo como un ciervo. Los prisioneros parecían muertos.

Una voz gritó:

--No hay nadie.

Y otro soldado cruzó el espacio libre, pasando por delante del peligroso agujero. Á partir de entonces aquello fué un juego. Á cada minuto un hombre se lanzaba, pasaba de un grupo á otro, como los chicos cuando juegan al marro, y con tal presteza movían los pies que la nieve saltaba por los aires. Para calentarse habían encendido grandes hogueras, y el perfil de los guardias nacionales se iluminaba cuando pasaban rápidamente del campo de la derecha al de la izquierda.

Alguien gritó:

--Á ti te toca, Maloison.

Maloison era un panadero tremendo, cuyo vientre enorme hacía reir á sus compañeros.

El pobre vacilaba, pero como se burlaron de él se decidió á ponerse en camino, marchando con paso gimnástico, regular y sacudido.

Todo el destacamento reía á carcajadas; y para animarle gritaban:

--Bravo, bravo, Maloison.

Habría recorrido las dos terceras partes del trayecto, cuando un fogonazo rojo salió por el tragaluz, se oyó una detonación, y el enorme panadero cayó de cara, dando un grito espantoso.

Nadie corrió á socorrerle, y se le vió que se arrastraba á gatas por la nieve, gimiendo y quejándose, y cuando hubo salido del mal paso se desmayó.

Había recibido un balazo en la parte alta del muslo, en lo blando.

Pasado el primer momento de sorpresa y de espanto, las risas sonaron de nuevo; pero el comandante Lavigne, que acababa de organizar su plan de ataque, apareció en el umbral de la casa del guarda. Con voz vibrante gritó:

--Á ver, que venga el plomero Planchut con sus obreros.

Tres hombres se acercaron.

--Arrancad los canalones de la casa.

Y un cuarto de hora después el comandante disponía de veinte metros de tubos y canalones de zinc.

Entonces, y con mil prudentes precauciones, hizo practicar un agujerito redondo al borde de la trampa, y organizando un conducto de agua desde la bomba del patio hasta de la abertura, dijo con satisfacción:

--Vamos á ofrecer un trago á los señores alemanes.

Estalló un grito frenético de admiración al que siguieron juramentos, chillidos de alegría y sonoras carcajadas. El comandante organizó dos pelotones de trabajo, que se habían de relevar de cinco en cinco minutos, y ordenó:

--¡Á la bomba!

El volante de hierro fué puesto en movimiento, y un ruido ligero se deslizó á lo largo de los tubos y bajó á la cueva cayendo de escalón en escalón con murmullo de cascada, de esas cascadas de rocas en las que se crían pececillos colorados.

Esperaron.

Pasó una hora, pasaron dos, tres...

El comandante se paseaba por la cocina, muy nervioso y agitado, pegando de tiempo en tiempo la oreja al suelo y procurando adivinar lo que el enemigo hacía y preguntándose si capitularía pronto.

Y el enemigo se movía, pues se le oía remover barricas, hablar y chapotear.

Á eso de las siete de la mañana, por el tragaluz salió una voz que dijo:

--Quiero hablar con el oficial francés.

Lavigne, desde la ventana y sin adelantar mucho la cabeza, respondió:

--¿Se rinde usted?

--Me rindo.

--En este caso, vengan los fusiles.

Por el agujero salió un arma, luego otra y otra hasta que la misma voz declaró:

--No hay más. Dense prisa que me ahogo.

Entonces él comandante ordenó:

--Basta.

Y el volante de la bomba quedó inmóvil.

Luego, después de haber llenado la cocina de soldados que esperaban arma en brazo, levantó lentamente la trampa de encina.

Y aparecieron cuatro cabezas, cuatro cabezas rubias, con largos cabellos pálidos, y uno tras otro, los seis alemanes salieron chorreando, tiritando, medio muertos de frío.

Los cogieron y los ataron, y como se temía una sorpresa, se pusieron en marcha inmediatamente, divididos en dos grupos, uno que llevaba á los prisioneros y otro que llevaba á Maloison en una camilla improvisada.

Entraron triunfalmente en Rethel, y Lavigne fué condecorado por haber capturado á una vanguardia prusiana, y al panadero gordo le concedieron la medalla militar por la herida recibida frente al enemigo.

EL PARADOR

Semejante á todos los mesones de madera plantados en los Altos Alpes, al pie de los ventisqueros, en esos callejones pedregosos y desnudos que cortan los blancos picachos de las montañas, el parador de Schwarenbach sirve de refugio á los viajeros que siguen el paso del Gemmi.

Está abierto durante seis meses y lo habita la familia de Juan Hauser; luego, en cuanto las nieves se amontonan, llenan el valle y hacen impracticable el descenso á Loëche, las mujeres, el padre y los tres hijos se van, dejando la casa al cuidado del viejo guía Gaspar Hari, que allí se queda con el joven Ulrico Kunsi, y Sam, un perrazo montañés.

Los dos hombres y el perro viven en aquella cárcel de nieve hasta que vuelve la primavera, no teniendo ante los ojos más que la inmensa y blanca pendiente de Balmhorn, con los picachos pálidos y brillantes que la rodean, y encerrados, bloqueados enterrados en la nieve que se alza en torno suyo, y rodea, oprime, aplasta la casuca, se amontona sobre el tejado, llega hasta las ventanas y tapia la puerta.

Es el día en que la familia Hauser regresa á Loëche, pues el invierno se acerca y el descenso empieza á ser peligroso.

Primero salen tres mulas, que los tres hijos llevan de la brida, y la madre, Juana Hauser, y su hija Luisa, montan en otra. Las tres primeras llevan el equipaje.

El padre sigue en compañía de los dos guardianes que han de escoltar á la familia hasta que empiece la bajada.

Contornean primero la ya helada laguna del fondo de la hoya formada por las rocas que están frente al parador; cruzan luego el valle, blanco como una sábana y completamente dominado por nevados picachos.

Una lluvia de sol cae sobre ese desierto blanco, resplandeciente y helado, iluminándolo con llama cegadora y fría; en ese océano de montañas la vida no aparece por ninguna parte; en la desmesurada soledad no se advierte el menor movimiento, y ningún ruido viene á turbar su profundo silencio.

Poco á poco, el guía joven, Ulrico Kunsi, un suizo enorme y largo de piernas, deja atrás al viejo Hauser y á Gaspar Hari para reunirse á las dos mujeres.

La más joven le ve acercarse y parece que le llama con sus ojos tristes. Es una campesina rubia, cuyas lechosas mejillas y pálidos cabellos parece que han perdido el color viviendo entre los hielos.

Cuando alcanza á la mula que las lleva, apoya la mano en la grupa y afloja el paso. La madre le dirige la palabra y enumera con infinitos detalles todas las recomendaciones necesarias para la invernada, pues el mozo no se ha quedado nunca allá arriba, en tanto que el viejo Hari ha pasado ya catorce inviernos.

Ulrico Kunsi escucha sin que al parecer comprenda, y no aparta los ojos de la joven un solo instante. De cuando en cuando contesta «Sí, señora», pero su pensamiento le lleva muy lejos, y su tranquilo rostro permanece impasible.

Así llegan hasta el lago Daube, cuya superficie helada y tersa se extiende hasta el fondo del valle. Á la derecha, Daubenhorn muestra sus negras rocas juntó á las enormes morenas del ventisquero de Lœmmerm que domina Wildstrubel.

Al acercarse á la garganta de Jemmi, donde empieza el descenso hacia Loëche, distinguen el inmenso horizonte de los Alpes del Valais, de los cuales les separa el profundo y anchuroso valle del Ródano.

Á lo lejos se ve un pueblo con blancas cimas, desiguales, aplastadas ó puntiagudas, y brillando todas al sol; luego Misehabel con sus dos cuernos, Wissehorn, mole enorme, Brunnegghorn, la alta y temible pirámide de Cervin, y la montaña del Diente Blanco, esa coqueta monstruosa.

Luego, por debajo de ellos, en un agujero inmenso, en el fondo de un abismo terrible, distinguen Loëche, cuyas casas semejan granos de arena lanzados en esa grieta enorme que acaba y cierra el Jemmi y que á lo lejos abre el Ródano.

Junto á un sendero que avanza serpenteando con innumerables vueltas y rodeos, fantástico y maravilloso, desde lo alto de la enhiesta montaña hasta la pequeña población que casi invisible se extiende á sus pies, detienen la mula y las mujeres echan pie á tierra.

Los dos viejos se han unido á ellas.

--¡Vaya!--dice Hauser--adiós y buena suerte. Hasta el año próximo.

El viejo Hari repite:

--Hasta el año próximo.

Y se besan. Luego, la esposa de Hauser le ofrece las mejillas y la joven hace lo mismo.

Cuando le toca el turno á Ulrico Kunsi, murmura al oído de Luisa: «No olvide á los que se quedan aquí arriba». Y ella contesta un «no» tan débil, que más que oirlo lo adivina.

--Adiós--repite Juan Hauser,--adiós y salud.

Y pasando delante de las mujeres empieza á bajar.

Pronto desaparecen tras una revuelta del camino, mientras los dos hombres se dirigen hacia el parador de Schwarenbach.

Andan lentamente, uno al lado del otro, y silenciosos. Ya no hay remedio: durante cuatro ó cinco meses estarán solos...

Gaspar Hari empieza á referir su vida en el otro invierno. Allí lo había pasado con Miguel Canol, ya demasiado viejo para arriesgarse á aquella larga soledad, pues un accidente puede ocurrir el día menos pensado. Y no se habían aburrido, ¡ca! no; todo consistía en tomar su partido desde el primer momento, y al fin se acaba por inventar distracciones, juegos y muchos pasatiempos.

Ulrico Kunsi le escucha con los ojos bajos, viendo con la imaginación á los que, siguiendo todos los repliegues de Jemmi, bajan hacia la población.

No tardan en distinguir el parador, apenas visible, y tan pequeño que semeja un puntito negro al pie de aquella gigantesca ola de nieve.

Cuando abren, Sam, el perrazo rizado, empieza á dar saltos en torno suyo.

--Vamos, hijo mío--dice Gaspar;--como nos hemos quedado sin mujeres, nosotros mismos tenemos que prepararnos la comida. Tú mondarás las patatas.

Y los dos, sentados en banquetas de madera, se ponen á preparar la sopa.

La mañana del día siguiente parece interminable á Ulrico. El viejo Hari fuma y luego escupe en el hogar, mientras el joven se asoma á la ventana para contemplar la resplandeciente montaña que se alza frente á la casa.

Por la tarde sale, recorre el trayecto hecho la víspera, y procura descubrir en el suelo las huellas de los cascos de la mula que llevó á las dos mujeres. Luego, cuando llega á la vertiente del Jemmi, se tiende boca abajo al borde del abismo y fija los ojos en Loëche.

La población, metida en aquel pozo de rocas no está invadida aún por la nieve por más que la tiene muy cerca, pero detenida por los pinares que protegen sus alrededores. Y sus bajas casitas, desde arriba parecen ladrillos colocados en una pradera.

La hija de Hauser está allí, en una de aquellas moradas grises. ¿En cuál? Ulrico Kunsi está demasiado lejos para distinguirla. ¡Cuánto le gustaría bajar, ahora que aún es posible!

Pero ya el sol ha desaparecido tras la cima de Wildstrubel, y el joven vuelve al parador. El viejo Hari sigue fumando. Al ver á su compañero le propone una partida de cartas, y se sientan frente á frente, uno á cada lado de la mesa.

Y durante largo rato juegan á ese juego sencillísimo que se llama brisca, y luego, cuando han cenado, se acuestan.

Los días que siguen se parecen al primero, claros y fríos, sin nevadas. El viejo Gaspar pasa sus tardes acechando las águilas y los raros pájaros que se aventuran por esos picos helados, mientras Ulrico va regularmente hasta la garganta del Jemmi para contemplar la aldea. Luego juegan á las cartas, á los dados, al dominó, y ganan y pierden insignificancias que únicamente sirven para dar interés á la partida.

Una mañana Hari se levanta y llama á su compañero. Una nube de blanca espuma, movible, espesa y ligera, cae sobre ellos, los rodea, y sin ruido les sumerge poco á poco dentro de tupido y pesado colchón. Y eso dura cuatro días y cuatro noches. Precisa libertar puertas y ventanas, practicar un paso y tallar escalones para poder encaramarse sobre el durísimo polvo al que doce horas de helada continua han hecho más consistente que el granito de las peñas.

En adelante viven como prisioneros sin aventurarse apenas á salir de su morada. Se han repartido la labor que ejecutan regularmente. Ulrico Kunsi se ha encargado del lavado, de todo lo que se relaciona con la limpieza, y él es también quien parte la leña mientras Gaspar Hari guisa y alimenta la lumbre. Sólo interminables partidas de cartas ó dados vienen á interrumpir su trabajo regular y monótono. Y no se pelean nunca pues los dos son de temperamento tranquilo y plácido, como tampoco nunca dan muestra de impaciencia ó mal humor, ni pronuncian palabras agrias, pues para pasar el invierno en el parador han hecho provisión abundante de resignación.

Á veces el viejo Gaspar coge la escopeta y sale en busca de gamuzas: de cuando en cuando mata alguna, y cuando esto ocurre, en el parador de Schwarenbach hay gran festín con carne fresca.

Una mañana, siguiendo su costumbre, sale. El termómetro marca dieciocho grados bajo cero; y como el sol no ha salido aún, el cazador espera sorprender á los bichos en las cercanías de Wildstrubel.

Ulrico se queda solo y no se levanta hasta las diez. Le gusta dormir, pero en presencia del viejo guía, siempre activo y madrugador, no se atreve á entregarse á su pasión favorita.

Almuerza lentamente con Sam, que también pasa sus días y sus noches durmiendo junto á la lumbre, y luego, sintiéndose triste, advierte su soledad y echa de menos la cotidiana partida de cartas que para él ha llegado á constituir necesidad invencible.

Entonces sale al encuentro de su compañero que debe volver á las cuatro.

La nieve ha nivelado el profundo valle llenando las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas, formando entre los altos picachos una extensión inmensa y regular, cegadora y helada.

Desde hace tres semanas Ulrico no ha ido á contemplar la población desde el borde del abismo, y quiere ir antes de trepar por las vertientes que conducen á Wildstrubel. También Loëche se encuentra cubierto de nieve, y bajo el pálido manto apenas se distinguen las casas.

Luego, torciendo á la derecha, se interna en el ventisquero de Lœmmern. Anda con el paso largo de los montañeses, hundiendo su férreo bastón en la nieve casi tan dura como las piedras. Y con su mirada penetrante busca á lo lejos el puntito negro y movible que ha de encontrar en la sábana inmensa.

Cuando llega al borde del ventisquero se detiene, preguntándose si el viejo habrá tomado por otro camino, y luego bordea las morenas con paso rápido é inquieto.

La tarde cae; la nieve toma tintes rosados, y un vientencillo seco y helado corre con bruscas intermitencias por aquella superficie de cristal. Ulrico da un grito de llamada, agudo y prolongado, y su voz se pierde en el silencio de muerte que reina en las montañas, y va lejos, muy lejos, corriendo por las capas inmóviles y profundas de espuma glacial, como grito de pájaro por las olas del mar; luego se extingue... y nadie le contesta.

Prosigue la marcha. El sol se ha puesto á lo lejos, tras las cimas que los reflejos del cielo arrebolan todavía, pero las profundidades del valle van tomando marcado tinte gris. Y el joven, sin saber por qué, siente miedo. Le parece que el silencio, el frío, la soledad, y la muerte invernal de los montes penetra en él y va á detener y helar su sangre, agarrotar sus miembros y convertirle en ser inmóvil y helado. Y echa á correr dirigiéndose al parador. Piensa que el viejo habrá llegado durante su ausencia; que habrá tomado otro camino, y que estará sentado junto á la lumbre y con una gamuza muerta á sus pies.

No tarda en distinguir el parador. Por la chimenea no sale humo, y Ulrico, corriendo á todo correr, llega y abre la puerta. Sam sale á recibirle y acariciarle, mas el viejo Gaspar no ha vuelto aún.

Asustado, Kunsi empieza á dar vueltas como si fuese á encontrar á su compañero oculto en un rincón. Luego enciende lumbre y hace la sopa, en espera que el anciano vuelva de un momento á otro.

De tiempo en tiempo sale á ver si le distingue á lo lejos. Llega la noche, la noche de las montañas, pálida, lívida, que allá en el horizonte ilumina el arco finísimo de la luna, próximo á desaparecer tras los picachos.

Luego el joven entra, se sienta, se calienta las manos y los pies, y piensa en mil accidentes posibles.

Gaspar ha podido romperse una pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso y dislocarse el tobillo, y estará tendido en la nieve, aterido, dolorido, angustiado, perdido, pidiendo tal vez socorro á gritos, llamando con todas las fuerzas de sus pulmones en el silencio de la noche.

Pero ¿dónde? ¡La montaña es tan grande, tan escarpada, tan vasta y tan peligrosa! Sobretodo en esa estación, que para encontrar á un hombre en aquellas inmensidades, lo menos se necesitaban ocho días y veinte guías para que las recorriesen en todas direcciones.

Con todo, Ulrico Kunsi se decide á salir con Sam si el viejo Gaspar no ha vuelto á la una.

Y empieza sus preparativos.

Mete en un saco víveres suficientes para dos días, toma sus grapas de acero, se arrolla al cuerpo una cuerda larga, delgada y fuerte, y examina atentamente su bastón de hierro y el hacha que sirve para tallar escalones en el hielo. Luego espera. La lumbre arde en la chimenea, el perro ronca iluminado por las llamas, y el reloj late como un corazón, regularmente, en su sonora caja de madera.

Espera, con el oído atento, procurando descubrir hasta los ruidos más lejanos y estremeciéndose cuando el ligero viento roza las paredes.