Part 15
Salió de la habitación, entró en la cocina, sacó del armario un pan de seis libras del que cortó una rebanada con mucho cuidado, y recogiendo en la palma de la mano las migas que habían caído sobre la mesa, se las metió en la boca para que no se perdiese nada. Tomó luego un poco de manteca salada, la extendió sobre el pan con la punta de su cuchillo, y se puso á comer lentamente, como lo hacía todo.
Luego cruzó el patio, hizo callar al perro que ladraba de nuevo, y llegando al camino por un sendero, se alejó con dirección á Tourville.
Al quedarse sola, la mujer se puso á trabajar. Abrió un saco de harina y empezó á amasar la pasta para las tortas dándole vueltas y más vueltas hasta que la convirtió en una bola amarillenta que dejó á un lado, encima de la mesa.
Fué luego á buscar manzanas, y para no estropear el árbol se encaramó en una banqueta: escogió las frutas con cuidado para sólo arrancar las maduras, y fué colocándoselas en el delantal.
Desde el camino una voz le gritó:
--¡Eh!
Volvió la cabeza y vió á un vecino, el alcalde, que volvía de cuidar sus tierras, y le respondió:
--¿Qué se le ofrece?
--Y el padre ¿cómo está?
--Casi muerto. El sábado á las siete es el entierro porque las colzas dan prisa.
El vecino replicó:
--Entendido y buena suerte. Que lo pase usted bien.
Y correspondiendo á la fineza, la mujer gritó:
--Gracias; lo mismo digo.
Y continuó cogiendo manzanas.
Al entrar en la casa fué á ver á su padre creyendo que ya le encontraría muerto, pero desde la puerta oyó el monótono estertor, y juzgando inútil acercarse á la cama, empezó á preparar las tortas.
Una á una fué envolviendo las manzanas en una hoja de fina pasta, y las alineó al borde de la mesa. Cuando hubo hecho cuarenta y ocho bolas, descolgó las morcillas y luego empezó á preparar la cena. Colgó el puchero para hacer cocer patatas, y pensó que estaba de más encender el horno pues tenía todo el día siguiente para terminar los preparativos.
Su marido, cuando volvió á eso de las cinco, preguntó desde la puerta.
--¿Ha muerto?
--Todavía no. Sigue roncando.
Fueron á verle, y encontraron al viejo en el mismo estado que horas antes. Su ronca respiración, entonces regular como el movimiento de un reloj, ni se había apresurado ni disminuido. Se repetía por segundos, y sólo variaba de tono según el aire que había entrado en sus pulmones.
Su yerno le miró y dijo:
--Acabará sin darse cuenta de ello, como una vela...
Entraron en la cocina, y sin decir palabra se pusieron á comer. Cuando hubieron engullido la sopa comieron una tostada con manteca, y, lavados los platos, volvieron á la habitación del agonizante.
La mujer, que llevaba en la mano una lamparilla fumosa, la paseó por delante del rostro de su padre. Y seguramente, si no hubiese respirado, se le hubiera creído muerto.
La cama de los campesinos estaba oculta al otro extremo de la habitación, en una especie de nicho; y se acostaron sin hablar, apagaron la luz y cerraron los ojos. Y muy pronto dos ronquidos distintos, profundo uno y agudo otro, acompañaron el continuo estertor del moribundo.
Por el granero corrían las ratas.
Cuando el marido despertó, al despuntar el alba, su suegro vivía aún. Inquieto por la resistencia del viejo sacudió á su mujer y la dijo:
--Oye, Filomena, no quiere acabar. ¿Qué opinas?
Ella, que tenía fama de pensar con acierto, respondió:
--Es seguro que no concluirá el día. No hay que temer nada pues el alcalde no se opondrá á que se le entierre mañana, como no se opuso á que se enterrase al padre de los Renard que murió en tiempo de siembra.
La evidencia del razonamiento le convenció y se fué al campo.
Á medio día el viejo no había muerto aún, y los hombres que se había alquilado para la recolección de colzas, fueron en masa á contemplar al anciano que tan agarrado estaba á la vida. Y cuando cada uno hubo dado su parecer, volvieron á su trabajo.
Á las seis, cuando volvieron, el padre respiraba todavía; y el yerno se asustó.
--Y ¿qué hacemos ahora, Filomena, qué hacemos?--dijo.
Ella tampoco sabía qué pensar. Fueron á ver al alcalde, y éste prometió que cerraría los ojos y daría el permiso para que se le enterrase al día siguiente. También se comprometió, todo por complacer á Chicot, á conseguir que se firmase el acta de defunción con fecha anterior, y así, el hombre y la mujer se fueron tranquilos.
Se acostaron y durmieron como la víspera, uniendo sus ronquidos sonoros al estertor, más débil á cada momento, del anciano.
Cuando despertaron, vivía aún.
Entonces se miraron aterrados. De pie, junto al lecho del padre, le contemplaban con desconfianza, como si les estuviese gastando una broma pesada, engañándoles, contrariándoles por gusto, y casi le guardaban rencor por el tiempo que les hacía perder.
El yerno preguntó:
--Bueno, y ahora ¿qué hacemos?
Ella, que tampoco lo sabía, contestó:
--¡Es una contrariedad!
Y como no se podía avisar á los invitados que iban á llegar de un momento á otro, decidieron esperarles para referirles lo ocurrido.
Á eso de las siete aparecieron los primeros: las mujeres, vestidas de negro, con la cabeza cubierta con enorme capucha, y muy triste la cara; los hombres, cohibidos con sus chaquetas de paño, avanzaban dos á dos y hablaban de sus asuntos.
Chicot y su mujer les recibieron entre desolados y confundidos, y los dos á un tiempo abordaron al primer grupo y se pusieron á llorar. Explicaban su aventura y referían su situación, ofreciendo sillas, agitándose, excusándose y queriendo probar que otros hubieran hecho lo mismo en su caso, y hablaban tanto, que ni siquiera dejaban tiempo á los otros para que les contestasen.
Iban de uno á otro repitiendo:
--Nunca lo hubiéramos creído. ¡Mentira parece que dure tanto!
Los invitados, sin saber qué decir y contrariados como quien pierde una ceremonia esperada, se sentaban ó permanecían de pie sin acertar con lo que debían hacer. Algunos quisieron irse, pero Chicot les obligó á quedarse diciendo:
--De todos modos tomaremos algo. Teníamos comida preparada y hay que aprovecharla.
Al oir estas palabras todos los rostros se iluminaron. El patio se iba llenando, y los que habían llegado primero daban la noticia á los que venían después. Se hablaba bajo, pero la idea de tomar algo alegraba á todo el mundo.
Las mujeres entraron para ver al moribundo. Al llegar junto á la cama se persignaban, murmuraban una oración y luego salían. Los hombres, con menores deseos de contemplar el espectáculo, miraban por la ventana.
La mujer de Chicot explicaba la agonía.
--Hace dos días que está así, ni más mi menos. ¿Verdad que parece una bomba de agua?
Cuando todos hubieron visto el agonizante se pensó en la colación, pero como no cabían en la cocina, se sacó una mesa al patio. Las cuatro docenas de manzanas vestidas, dispuestas en dos grandes platos, y una pirámide enorme de morcillas, atraían todas las miradas, y pronto los brazos se extendieron con cierta precipitación que envolvía el temor de que no hubiese bastantes para todos. Pero aun quedaron cuatro.
Chicot, con la boca llena, dijo:
--Si el padre nos viese, sufriría lo indecible, pues le gustaban mucho.
Un campesino muy gordo y muy jovial contestó:
--Ya no comerá más. Á cada uno su turno.
Esta reflexión, lejos de entristecer á los invitados, pareció que les alegraba, pues les correspondía el turno y ellos eran los que comían.
La mujer de Chicot, desolada al pensar en el gasto, iba al cillero constantemente para buscar sidra; los jarros se sucedían á los jarros y todos se vaciaban.
De pronto, una campesina vieja que se había quedado junto al moribundo, retenida por el miedo de que aquello le sucediera pronto, apareció en la ventana y gritó con voz aguda.
--¡Ha muerto! ¡Ha muerto!
Todos callaron y las mujeres se pusieron con presteza en pie para ir á verlo.
Efectivamente, había muerto. El estertor había cesado, y los hombres, algo molestos, se miraron. Aun no habían concluido las morcillas... ¡También había sido poco oportuno para escoger el momento!
Los Chicot, ya no lloraban, y ya que había lanzado el último suspiro, estaban tranquilos y repetían:
--Si nosotros sabíamos que no podía durar, pero si se hubiese decidido esta noche, no hubiera molestado inútilmente á tanta gente.
En fin, todo había concluido: se decidió que se le enterraría el lunes, y que con este motivo volverían á comer manzanas y morcillas.
Los invitados se fueron hablando del suceso, contentos á pesar de todo por haberlo presenciado, y también por haber tomado un refrigerio.
Y cuando el hombre y la mujer se quedaron solos, ella, con el rostro contraído, murmuró:
--¡Y tendré que hacer otras cuatro docenas de manzanas y que descolgar morcillas! ¡Si hubiese muerto esta noche!
Y el marido, más resignado, contestó:
--Eso no ocurre todos los días...
Á CABALLO
Los pobres vivían penosamente con el corto sueldo del marido. Dos niños habían nacido del matrimonio, y la estrechez se había convertido en una de esas miserias veladas, humildes, vergonzosas; miseria de familia noble que á pesar de todo quiere conservar la altura que á su rango corresponde.
Héctor de Gribelin se había educado en una provincia, en la casa paterna, y al lado de un viejo abate. No eran ricos, pero vivían salvando las apariencias, y cuando llegó á los veinte años se le buscaron los medios para que se crease una posición, y entró en el Ministerio de marina con mil quinientos francos de sueldo.
Había tropezado en este escollo como todos aquellos á quienes no se ha preparado para los rudos combates de la vida, como todos los que ven la existencia á través de nubes, que ignoran los medios y las resistencias; en quienes no se han desarrollado aptitudes especiales, facultades particulares, energías para la lucha, y á quienes no se han entregado armas ó útiles para defenderse.
Sus tres primeros años de empleado fueron horribles.
Había encontrado á algunos amigos de su familia, gente de ideas rancias y de escasa fortuna también, que vivían en calles nobles, las calles tristes del _faubourg_ Saint Germain, y con ellas se había formado un círculo de relaciones.
Extraños completamente á la vida moderna, humildes y orgullosos, aquellos aristócratas necesitados ocupaban los cuartos altos de las dormidas casas. Los inquilinos todos de aquellas moradas ostentaban títulos, pero el dinero era tan raro en el primer piso como en el sexto.
Los eternos prejuicios, la preocupación del rango y el cuidado de figurar, constituían la obsesión de aquellas familias, grandes en otros tiempos y arruinadas entonces por la inacción de los hombres. En esta sociedad, Héctor de Gribelin encontró á una joven tan noble y tan pobre como él, y con ella se casó.
Y en cuatro años tuvieron dos hijos.
Durante cuatro años, aquel hogar perseguido por la miseria no conoció más distracciones que el paseo por los Campos Elíseos los domingos y algunas noches de teatro, dos ó tres cada invierno, gracias á billetes de favor que un compañero de oficina ofrecía al jefe de la familia.
Pero, he aquí que al llegar la primavera el jefe confió un trabajo extraordinario á su empleado y éste recibió trescientos francos de gratificación.
Al llegar á su casa dijo á su mujer:
--Querida Enriqueta, tenemos que celebrar esto con una gira. Á los niños les sentará muy bien.
Y después de larga discusión se decidió que irían á almorzar al campo.
--Á fe mía--exclamaba Héctor--una vez es una vez. Tomaremos un coche para ti, los niños y la criada, y yo alquilaré un caballo en el picadero. Eso me sentará admirablemente.
Y durante la semana no se habló más que de la proyectada excursión.
Todas las noches, cuando volvía de la oficina, Héctor cogía á su hijo mayor, le montaba á horcajadas en sus piernas y, haciéndole saltar, le decía:
--Así galopará papá el domingo próximo en el paseo.
Y el chiquillo se pasaba los días montado en las sillas, arrastrándolas por las habitaciones, y gritando:
--Papá... tatá...
La criada miraba con asombro á su amo pensando que seguiría el coche á caballo, y durante las comidas oía hablar de equitación, enterándose de las hazañas por él realizadas en otros tiempos en casa de su padre. ¡Oh! Se había educado en buena escuela, y una vez que le hubiese sentado los pantalones al bruto no temía nada.
Y frotándose las manos repetía constantemente á su mujer:
--Si me diesen un animal algo difícil, estaría contentísimo. Ya verás cómo monto, y si quieres, volveremos por los Campos Elíseos, á la hora del regreso del Bosque. Como estaremos muy bien, no me disgustaría que encontrásemos á alguien del ministerio. No se necesita más para hacerse respetar por los jefes.
El día convenido, carruaje y caballo llegaron á un tiempo ante la puerta. Héctor bajó en seguida para examinar su montura. Se había hecho coser trabillas á su pantalón, y manejaba un látigo que había comprado la víspera.
Levantó y palpó las cuatro patas del bruto, le tocó el cuello, los riñones, le abrió la boca para examinar sus dientes, y como toda la familia había bajado, les dió una lección teórico práctica con respecto al caballo en general, y en particular con respecto al que iba á montar, calificándole de excelente.
Cuando todo el mundo se hubo colocado en el carruaje, Héctor inspeccionó la cincha, y apoyándose en un estribo se plantó en la silla.
El animal, al sentir la carga caracoleó, y á punto estuvo de tirar al jinete.
Éste, muy emocionado, intentaba calmarle.
--Vamos, hop, vamos, hop...
Y cuando le hubo tranquilizado preguntó:
--¿Todo está dispuesto?
Cuatro voces á un tiempo respondieron.
--Sí.
--Pues en marcha.
Y la cabalgata se alejó.
Todas las miradas estaban fijas en Héctor que montaba á la inglesa exagerando los movimientos. Apenas caía en la silla que se alzaba como si fuese á volar por el espacio, y á veces parecía que se iba á agarrar á las crines; y tenía los ojos fijos, el rostro crispado y las mejillas pálidas.
Su mujer, que tenía sobre las rodillas á uno de los niños, y la criada que llevaba el otro, repetían sin cesar:
--Mira á papá, mira á papá.
Y los pequeños, embriagados por el movimiento, la alegría y el aire libre, daban gritos agudísimos. El caballo, asustado con los clamores, acabó por galopar, y el jinete, haciendo esfuerzos para contenerle, perdió el sombrero. Preciso fué que el cochero se apease del pescante para recogerlo, y cuando Héctor lo hubo recobrado le gritó á su mujer:
--No permitas que los chicos griten así. Este animal acabará por desbocarse.
Almorzaron en el césped, en lo más agreste del bosque del Vesinet, y con las provisiones que habían llevado en cestos.
Por más que el cochero cuidaba de los caballos, Héctor se levantó muchas veces para ver si al suyo le faltaba algo, y le daba palmaditas en el cuello ofreciéndole pan, galletas y azúcar en la palma de la mano.
--Es un excelente trotón--dijo.--En los primeros momentos me ha sacudido un poco, pero no he tardado en recobrar mis facultades. Ha visto que yo era el más fuerte, y no hay cuidado de que se mueva.
Como se había dicho, volvieron por los Campos Elíseos.
Los coches hormigueaban en la vasta avenida, y por los lados los paseantes estaban en número tan grande que semejaban dos largas cintas negras tendidas desde el Arco de Triunfo hasta la plaza de la Concordia. Un diluvio de sol caía sobre la muchedumbre haciendo centellear el charol de los carruajes, el acero de los arneses y el níquel de las portezuelas.
Locura de movimiento y embriaguez de vida parecía agitar á aquella masa formada por seres humanos, coches y caballos... Y el Obelisco, á lo lejos, se erguía como enorme columna de oro.
El caballo que Héctor montaba, pareció lleno de nuevo ardor, y en cuanto hubo pasado el Arco de Triunfo partió al trote largo, á pesar de las tentativas que para contenerle hacía su jinete, y dirigiéndose hacia la cuadra.
El coche se había quedado atrás, muy lejos, y al llegar frente al gran Palacio, el animal, que vió campo abierto, torció á la derecha y se puso á galopar.
Una mujer vieja que llevaba un gran delantal cruzaba el arroyo tranquilamente y cortaba el paso á Héctor cuyo caballo avanzaba á galope tendido. Viéndose impotente para dominar al bruto, empezó á gritar con todas sus fuerzas.
--¡He! ¡He!
La mujer debía ser sorda pues continuó andando tranquilamente hasta el momento en que, al chocar con el pecho del caballo que avanzaba con velocidad de locomotora, rodó á diez metros, cayendo con la falda al aire después de haber dado tres volteretas.
Muchas voces gritaron:
--¡Detenedle!
Héctor, enloquecido, se agarraba á las crines gritando:
--¡Socorro! ¡Socorro!
Una sacudida terrible le hizo pasar como una bala por encima de las orejas de su corcel, y cayó en los brazos de un agente que había salido á su encuentro.
En un segundo se formó á su alrededor un grupo que gesticulaba y vociferaba furiosamente. Especialmente un señor viejo, un señor que llevaba una condecoración redonda y grande y largos bigotes blancos, parecía exasperado. No hacía más que repetir:
--¡Ira de Dios! cuando se es torpe hasta ese extremo se queda uno en casa, y cuando no se sabe montar, no se sale á matar gente de este modo.
Cuatro hombres, aparecieron, llevando á la vieja; y la vieja con su rostro amarillento, la cofia de través y llena de polvo, parecía muerta.
--Que lleven á esta mujer á una farmacia,--ordenó el señor viejo--y nosotros vamos á la comisaría de policía.
Héctor se puso en marcha entre dos agentes. Otro llevaba su caballo de la brida y un grupo inmenso les seguía, cuando apareció el coche con la familia del infortunado jinete. Su mujer corrió hacia él, la criada perdió la cabeza, y los chiquillos empezaron á llorar. Héctor les explicó que volvía al punto, pues aunque había derribado á una mujer, la cosa no tenía importancia.
En la comisaría la explicación fué corta. Dió su nombre, Héctor de Gribelin, empleado en el Ministerio de Marina, y esperaron noticias de la atropellada. Un agente las trajo. Había recobrado el conocimiento pero se quejaba de terribles dolores internos. Era una mujer de setenta y cinco años, de apellido Simón, que ejercía el oficio de asistenta.
Cuando supo que no estaba muerta, Héctor recobró la esperanza y prometió pagar los gastos que su curación exigiese. Luego corrió á casa del farmacéutico.
La muchedumbre se agrupaba á la puerta, y la buena mujer, sentada en una butaca, con las manos inertes y embrutecido el rostro, gemía desesperadamente. Dos médicos la examinaban. No tenía ningún hueso roto, pero temían una complicación interna.
Héctor le preguntó:
--¿Sufre usted mucho?
--¡Oh! Sí.
--¿Dónde?
--Algo así como si tuviese fuego en el pecho.
Un médico se acercó.
--¿Es usted el autor del accidente?
--Sí, señor.
--Convendría enviar á esta mujer á una casa de salud. Sé de una donde podría estar por seis francos diarios. ¿Quiere usted que me encargue de todo?
Héctor, encantado, le dió las gracias, y algo más tranquilo se dirigió á su casa.
Su mujer le esperaba llorando á lágrima viva, pero él la tranquilizó diciendo:
--No es nada; esa pobre mujer está mejor y dentro de tres días estará completamente restablecida. La he enviado á una casa de salud; no es nada.
¡No es nada!
Al día siguiente, al salir la oficina, fué á verla y la encontró tomando una taza de caldo. Parecía satisfecha y contenta, y Héctor le preguntó:
--¿Cómo está?
--¡Oh! mi buen señor, nada bien: estoy como ayer y parezco aniquilada. No hay mejoría, no hay mejoría...
El médico dijo que era preciso esperar pues podía presentarse cualquier complicación.
Esperó tres días y volvió á verla. La mujer tenía la piel fresca, los ojos claros, pero en cuanto vió á Héctor se puso á gemir.
--¡Oh! mi pobre señor, no puedo moverme, no puedo. Así estaré hasta el fin de mi vida.
Héctor se estremeció y dirigió mil preguntas al médico, que levantó los brazos al cielo.
--Qué quiere usted que le diga,--contestó.--Yo no puedo decir más que cuando se la quiere levantar chilla como una condenada. Ni siquiera se puede cambiar de sitio su butaca sin que grite desesperadamente. Yo tengo que creer lo que me dice, pues no estoy en su pellejo, y mientras no la vea andar no puedo suponer que miente.
La vieja escuchaba sin moverse y mirándoles maliciosamente.
Y así pasaron ocho días, y luego quince, y un mes sin que la vieja se levantase de la butaca. Comía todo el día, engordaba, charlaba alegremente con los otros enfermos, y parecía acostumbrarse á la inmovilidad como si la hubiese ganado sobradamente con sus cincuenta años de subir y bajar escaleras, revolver colchones, subir carbón y agua, barrer suelos y cepillar alfombras.
Héctor, desesperado, iba á verla todos los días y siempre la encontraba lo mismo, tranquila y serena, y diciendo:
--No puedo moverme, mi pobre señor, no puedo.
Y todas las noches, devorada por la angustia, la mujer de Héctor le preguntaba:
--¿Y la vieja Simón?
Y él, con desesperado abatimiento, respondía:
--Lo mismo, siempre lo mismo.
Despidieron á la criada, pues no podían sostenerla, se hicieron mayores economías, y la gratificación anual desapareció.
Entonces Héctor reunió á cuatro médicos eminentes para que reconociesen á la vieja. Ella, mirándoles con malicia, se dejó examinar y palpar cuanto quisieron.
--Es preciso hacerla andar,--dijo uno.
Á lo que ella exclamó:
--No puedo, señores, no puedo.
Entonces la cogieron, la levantaron, y la arrastraron algunos metros; pero se les escapó de las manos y se desplomó en el suelo dando gritos espantosos hasta que la volvieron á llevar á su asiento tomando infinitas precauciones.
Y dictaminaron muy discretamente; mas, declararon que estaba imposibilitada para trabajar.
Cuando Héctor dió esta noticia á su mujer, ella se dejó caer en una butaca murmurando:
--Más valdría que la tuviésemos aquí: nos costaría menos.
Él dió un salto.
--¡Tenerla aquí!--exclamó.--¿Eso piensas?
Pero ella, resignada á todo, y con los ojos llenos de lágrimas, respondió:
--Qué quieres, amigo mío, yo no tengo la culpa...
DOS AMIGOS
París estaba bloqueado, hambriento, agonizante. En los tejados se veían contados gorriones y las cloacas quedaban despobladas. Se comía cualquier cosa.
El señor Morissot, relojero de oficio y soldado de ocasión, paseaba tristemente en una clara mañana de enero por uno de los bulevares exteriores con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y la tripa vacía, cuando se detuvo ante un compañero en quien reconoció á un amigo. Era el señor Sauvage con quien había trabado amistad á orillas del río.
Antes de la guerra, Morissot salía todos los domingos al despuntar el alba con la caña de bambú al hombro y la caja de hoja de lata á la espalda: tomaba el ferrocarril de Argenteuil, se apeaba en Colombes, y á pie iba hasta la isla Marante. Apenas llegaba á ese lugar de sus sueños se ponía á pescar, y pescando estaba hasta la noche.
Todos los domingos se encontraba con un hombrecito regordete y jovial, el señor Sauvage, que tenía tienda de mercería en la calle de Notre Dame de Lorette, y que, como él, era un fanático de la pesca. Con frecuencia pasaban tardes enteras sentados uno junto á otro, con la caña en la mano y los pies colgando por encima de la corriente, y así habían llegado á ser buenos amigos.
Ciertos días no hablaban; otros sí, pero aun sin pronunciar palabra se entendían admirablemente, pues tenían gustos iguales y sensaciones idénticas.