Chapter 20 of 22 · 3994 words · ~20 min read

Part 20

--Has matado á la hembra--me dijo--y el macho no se irá.

Y efectivamente, no se fué y siguió dando vueltas á nuestro alrededor y quejándose. Jamás gemido alguno de sufrimiento me ha desgarrado el corazón como aquel reclamo desolado, lamentable reproche de aquel pobre animal perdido en el espacio.

Á veces, ante la amenaza de la escopeta que le seguía en su vuelo, parecía alejarse dispuesto á continuar solo su camino, pero no se decidía y volvía á buscar á su hembra.

--Déjala en el suelo--me dijo Karl--verás cómo se acerca.

Y se acercó, despreciando el peligro, enloquecido por su amor de animal por el otro que yo había matado.

Karl tiró, y pareció como si hubiesen cortado la cuerda á que el pájaro estaba suspendido. Vi una cosa negra que bajaba, oí en las cañas el ruido de un cuerpo que cae, y Pierrot lo atrapó.

Los metí, fríos ya, en el mismo zurrón... y aquel mismo día volví á París.

EL HOYO

_Muerte ocasionada por golpes y heridas._ Ésta era la base fundamental de la acusación que hacía comparecer ante el jurado al tapicero Leopoldo Renard.

En torno suyo se hallaban los principales testigos: la viuda de la víctima, la esposa del muerto Flamèche, y los llamados Luis Ladureau, oficial ebanista, y Juan Durden, plomero.

Cerca del acusado y vestida de negro, su mujer, una mujer pequeñita, fea, una mujer que parecía una mona vestida.

Y he aquí cómo Leopoldo Renard explicó el drama.

--«Santo Dios, fué una desgracia cuya primera víctima he sido yo, y en la que mi voluntad no tomó ninguna parte. Señor presidente, los hechos se comentan por sí mismos. Yo soy un hombre honrado, un trabajador que hace dieciséis años ejerce su oficio en la misma calle, conocido, querido, considerado y respetado por todo el mundo como han dicho mis vecinos y mi portera que no suele mostrarse amable. Me gusta trabajar, soy económico, y me gustan las gentes honradas y los placeres recatados. Y eso me ha perdido, tanto peor para mí; pero como mi voluntad no ha tomado ninguna parte en ello, sigo creyéndome merecedor al respeto, y yo mismo me respeto.

«En fin, desde hace cinco años, todos los domingos, mi esposa aquí presente y un servidor, vamos á pasar el día en Poissy. Así tomamos el aire sin contar con que nos gusta muchísimo pescar, ¡oh! nos gusta más pescar con caña que comer. Amelia me infundió esa afición, la muy...; le gusta más que á mí, la muy maldita, pues van ustedes á ver que por ella me ocurre lo que me ocurre.

«Yo soy fuerte y tranquilo por temperamento y ni por pienso conozco el mal; pero ella, ¡oh! ella, aunque no lo parece, porque es pequeñita y flaca, es más mala que la quina. Claro está que tiene cualidades, y cualidades que tienen su importancia para un comerciante. Pero su carácter... Pidan informes por el vecindario, ó á la misma portera que tan bien ha hablado de mí hace un momento, y ya verán, ya verán.

«Todos los días me hacía mil reproches por mi amabilidad: «No soy yo quien me dejaría tratar así; no soy yo quien se dejaría tratar asá». Y de haberla escuchado, señor presidente, lo menos hubiera andado á cachetes tres veces al mes».

La mujer le interrumpió diciendo: «Habla, habla, que al freír será el reir».

Él, volviéndose hacia ella, replicó candorosamente:

--«Puedo hacerte cargos puesto que no se trata de ti...».

Y volviéndose luego hacia el presidente, continuó:

«Bueno, adelante. He dicho que todos los sábados nos íbamos á Poissy para ponernos á pescar al romper el alba. Es una costumbre que, como se dice, para nosotros ha llegado á ser una segunda naturaleza. Tres años hará este verano que descubrí un sitio... ¡Vaya un sitio! Á la sombra y con ocho pies de agua, tal vez diez, en fin, un hoyo, uno de esos hoyos que son verdaderos nidos de peces, paraísos para un pescador. Y aquel hoyo, señor presidente, podía considerarlo como mío, pues yo había sido su Cristóbal Colón. En el país todo el mundo lo sabía y todo el mundo lo respetaba. «Es el sitio de Renard» decían, y nadie lo hubiera ocupado, ni el señor Plumeau, tan conocido, dicho sea sin ofenderle, por su costumbre de quitar los sitios á los demás.

«De manera que, seguro de mi sitio, allí iba como si me perteneciese en propiedad. En cuanto llegábamos montaba en el _Dalila_ con mi esposa.--El _Dalila_ es un barco que mandé construir en casa de Fournaise, un barco ligero y seguro.--Digo, pues, que montábamos en el _Dalila_ para cebar. Y dicho sea de paso, no hay quien cebe como yo, y eso lo saben todos los compañeros. Tal vez ustedes me preguntarán con qué cebo, pero yo no contestaré porque es mi secreto y además no tiene nada que ver con el accidente. Más de doscientas personas me lo han preguntado, y para hacerme hablar me han pagado copas, fritadas y hasta comidas, pero como si no... La única persona que lo sabe es mi mujer, que aun cuando es habladora no lo dirá; antes le cortan la lengua. ¿Verdad, Amelia?

El presidente le interrumpió para decir:

--«Á los hechos y lo más pronto posible».

El acusado respondió: «Á ellos voy, á ellos voy. Pues, el sábado 8 de julio, salimos en el tren de las cinco y veinte, y antes de comer, y como todos los sábados, nos fuimos á cebar. El tiempo prometía ser magnífico, y le dije á mi mujer: «Mañana, de rechupete». «Así parece» me contestó; y no hablamos más porque no acostumbramos á hablar nunca.

«Luego nos fuimos á comer. Yo estaba contento y tenía sed. Y en eso estriba la causa de todo, señor presidente. Yo le dije á mi mujer: «Amelia, como hace buen tiempo, creo que debería beber una botella de _gorro de dormir_». Es un vinillo blanco que hemos bautizado así, porque si se bebe mucho no deja dormir y reemplaza el gorro. ¿Comprenden ustedes?

«Ella me respondió: «Haz lo que quieras; pero te pondrás malo y mañana no habrá quién te levante». Eso era justo, lógico, prudente y perspicaz, lo confieso. Sin embargo no me pude contener y me bebí la botella. De ahí viene todo.

«Resultado, que no pude dormir hasta las dos de la mañana, y me quedé como un tronco, como duermo yo, que ni la trompeta del juicio final me despertaría.

«Para concluir, mi mujer, después de sacudirme mucho, logró que me vistiese á las seis. Me lavé la cara, y montamos en el _Dalila_. ¡Ya era tarde! Cuando llegué á mi hoyo, encontré á otro, cosa que en tres años, señor presidente, no había sucedido nunca. Me produjo el mismo efecto que si me hubiesen desvalijado á mis ojos, y no hice más que decir: «Cuerno, cuerno, recuerno...». Pero mi mujer empezó á molestarme. «Tómalo ahora, ahí lo tienes tu gorro de dormir. Borracho... ¿Estás contento, animal?».

«Yo no contestaba porque tenía razón, y á pesar de todo desembarqué en el mismo sitio para aprovechar las sobras. Además, tal vez aquel hombre no pescaría nada y se marcharía.

«Era flacucho, llevaba un traje de dril blanco, y á la cabeza un enorme sombrero de paja. Y también le acompañaba su mujer, una gorda que hacía ganchillo á su lado.

«Cuando vió que nos instalábamos cerca de ellos murmuró:

--«¿No hay otro sitio en el río?».

«Y mi mujer, que estaba rabiosa, contestó:

--«Las gentes que saben vivir, se informan de las costumbres de los países antes de ocupar los sitios reservados».

«Pero como á mí no me gustan los líos, le dije:

--«Calla, Amelia, calla; déjalos, y ya veremos».

«Atamos el _Dalila_ bajo los sauces, saltamos á tierra, y Amelia y yo nos pusimos á pescar á pocos pasos de los otros dos.

«Y ahora, señor presidente, preciso es que entre en detalles.

«Cinco minutos hacía que estábamos allí, cuando el flotador de mi vecino se hundió tres veces y sacó un animal grande como mi pantorrilla... un poco menos tal vez, pero no le faltaba mucho. Me palpitó el corazón y empecé á sudar. Mi mujer me dijo: «Borracho, ¿has visto eso?».

«En aquel momento, Bru, el tendero de ultramarinos de Poissy, que pasaba en barca, me gritó. «¡Eh! ¡Renard! ¿Le han quitado el sitio?». Y yo respondí. «Sí, amigo mío; en este mundo hay gentes tan poco delicadas que no respetan nada».

«El hombrecito del traje de dril no se daba por entendido, ni su mujer tampoco, una gorda... una vaca suiza...».

El presidente le interrumpió por segunda vez para decirle: «Mucho cuidado, que está usted insultando á la viuda del señor Flamèche, aquí presente».

Renard se excusó: «¡Oh! perdónenme; la pasión me ha arrebatado.

«Pues bien, aún no había pasado un cuarto de hora cuando el hombrecito del traje de dril sacó otro pez, y luego otro y otro.

«Yo casi lloraba de rabia y además sentía que mi mujer estaba hirviendo, pues me decía á cada momento: «Mira, mira como te está robando la pesca. Y tú no pescarás nada, ni una rana: sólo al pensarlo se me revuelve la sangre».

«Yo me decía para mis adentros: «Esperemos á que den las doce: ese bandido se irá á almorzar y yo entonces recobraré mi sitio». Porque yo, señor presidente, todos los domingos almorzaba á orillas del río.

«Pero, como no morena. Las doce dieron, y el hombrecito sacó un pollo asado que llevaba envuelto en un periódico, y mientras comía pescó uno gordo.

«Amelia y yo comimos también, pero sin apetito, y la comida nos parecía veneno.

«Para hacer la digestión cogí el periódico; todos los domingos leo el _Gil Blas_, á la sombra y junto al agua, pues es el día de Colombina, ya saben ustedes, Colombina, la que escribe artículos en el _Gil Blas_. Yo tenía costumbre de hacer rabiar á mi mujer diciéndola que conocía á esa Colombina, lo cual no es verdad porque no la conozco ni la he visto nunca, lo que no impide que escriba muy bien y que por ser mujer diga cosas muy bien dichas. Simpatizo con ella, y me gusta mucho su género.

«En fin, empecé á dar la tabarra á mi esposa, pero como ella se enfureció me callé.

«En aquel momento llegaron de la orilla opuesta los testigos que aquí están, Ladureau y Durdent; no nos conocíamos más que de vista.

«Á todo esto el hombrecito se había puesto á pescar otra vez, y su mujer le dijo: «El sitio es excelente: aquí vendremos siempre, Desiderio».

«Á mí se me heló la espalda, y mi mujer no hacía más que repetir: «Tú no eres un hombre, no lo eres, y tienes sangre de gallina en las venas».

«Yo contesté: «Antes que hacer una barbaridad prefiero marcharme».

«Y entonces murmuró estas palabras que me produjeron el mismo efecto que si me hubiesen metido un hierro candente en la nariz: «No eres hombre, pues te vas rindiendo la plaza. ¡Quita de ahí, calzones!».

«Aunque aquello me llegó al alma no me moví; pero el otro, en el mismo instante, sacó una brema como en la vida había visto otra.

«Y mi mujer empezó de nuevo á hablar alto como si pensase. Decía: «Esto es robar, pues nosotros cebamos el sitio: por lo menos tendrían que devolvernos el dinero gastado en cebo».

«Entonces, la gorda del hombrecito con traje de dril, replicó:

--«¿Se refiere usted á nosotros?».

--«Hay ladrones de pescado que se aprovechan del dinero gastado por otros».

--«¿Nos llama usted ladrones de pescado?».

«Y como las palabras se enredan siempre como las cerezas, también se enredaron entonces. ¡Diablo! ¡Las que soltaron aquel par de mujeres! Gritaban tanto, que los testigos que se encontraban en la orilla opuesta dijeron para bromear: «¡Eh! Un poco de silencio, que no dejarán pescar á los maridos».

«El caso es que ni el hombrecito del traje de dril ni yo nos habíamos movido, y estábamos allí mirando al agua como si no oyésemos nada.

«Y, ¡bendito sea Dios! oíamos, ya lo creo que oíamos: «Usted es una embustera.--Y usted una arrastrada.--Y usted una cualquier cosa.--Y usted una barrendera.--». Y arriba y abajo, en fin, que un marinero no hubiera dicho más.

«De pronto oí ruido detrás de mí y volví la cabeza. La gorda acometía á mi mujer sacudiéndola á sombrillazos. Pan, pan; Amelia recibió dos. Amelia se enrabió, y cuando se enrabia pega. Agarró á la gorda por el moño, y las bofetadas cayeron como llovidas del cielo.

Yo las hubiese dejado que se las compusiesen solas; pero el hombrecito del traje de dril se levantó prestamente y quiso lanzarse sobre mi mujer. ¡Ah! Eso no, hasta ahí podían llegar las bromas. Le salí al encuentro y le recibí con el puño. Y sacudí; uno en la nariz, otro en la tripa, y el hombrecito levantó los brazos, los pies, y cayó de espalda en el río, en el hoyo precisamente.

«Es seguro que hubiera intentado sacarle, señor presidente, pero para mayor colmo, á mi mujer le tocaban entonces las de perder, y aun cuando hubiera podido socorrerla después de haber evitado que el otro echase un trago, como no podía imaginar que llegase á ahogarse, me dije: «¡Bah! Así se refrescará».

«Corrí, pues, para separar á las dos mujeres, y recibí algunos cachetes, no pocos arañazos y más de una dentellada. ¡Diablo, qué par!

«En fin, que para separarlas empleé cinco minutos ó más.

«Me volví, y nada. El agua estaba tranquila como un lago. Del otro lado gritaban: «Sácalo, sácalo».

«Eso se dice fácilmente; pero yo no sé nadar y menos bucear.

«Por fin vino el encargado de la presa con dos señores que llevaban bicheros; pero ya había pasado un cuarto de hora bien largo.

«Y le encontraron en el fondo del hoyo, á ocho pies de profundidad como yo había dicho; sí señor, el hombrecito del traje de dril estaba allí.

«Esto es lo ocurrido, y por la salvación de mi alma juro haber dicho la verdad; soy inocente».

Y como los testigos habían declarado en el mismo sentido, el acusado fué absuelto.

EL INVÁLIDO

Lo que voy á referir me ocurrió en 1882.

Acababa de instalarme en un rincón del coche vacío y había cerrado la portezuela con la esperanza de quedarme solo, cuando se abrió bruscamente y oí una voz que decía:

--Cuidado, señor, cuidado: estamos en el cruce de líneas y el estribo está muy alto.

Otra voz respondió:

--No temas, Lorenzo, me sujeto bien.

Luego apareció una cabeza cubierta con un sombrero flexible, y dos manos que se agarraban con fuerza á las correas que colgaban á los lados de la portezuela, alzaron un cuerpo grande cuyos pies, al chocar con el estribo, produjeron un ruido de palo al golpear el suelo.

Ahora bien, cuando el hombre hubo metido el cuerpo en el coche, vi aparecer, bajo la tela del pantalón, los extremos pintados de negro de dos patas de palo.

Tras el viajero apareció otra cabeza que preguntó:

--¿El señor está bien?

--Sí, muchacho.

--Entonces, ahí van los paquetes y las muletas.

Y un criado, que por su aspecto parecía un soldado viejo, subió y dejó sobre el asiento varios paquetes perfectamente atados. Luego dijo:

--Eso es todo, señor: hay cinco. Los bombones, la muñeca, el tambor, el fusil, y el pastel.

--Muy bien, muchacho.

El criado colocó los paquetes en la redecilla y bajó diciendo:

--Buen viaje, señor.

--Gracias, Lorenzo; salud.

El hombre cerró la portezuela y yo me fijé en mi vecino.

Aunque sus cabellos eran casi blancos, no debía tener más de treinta y cinco años: estaba condecorado, su bigote era grande, y su corpazo acusaba una de esas obesidades de que adolecen los hombres activos y fuertes á quienes una desgracia inmoviliza.

Se enjugó la frente, respiró con fuerza, y mirándome á la cara me dijo:

--¿Le molesta el humo del tabaco, caballero?

--No, señor.

Aquellos ojos, aquella voz y aquella cara, yo los había visto antes. Pero ¿dónde y cuándo? Seguro estaba de que había visto á aquel caballero y de que había hablado con él y le había estrechado la mano. Y hacía tiempo, mucho tiempo; el recuerdo se perdía en esas brumas en las que la imaginación busca á tientas las cosas y las persigue, como á fantasmas fugitivos, sin poderlas coger.

Él también me miraba con la tenacidad y la fijeza del hombre que recuerda algo vago é indefinido.

Nuestros ojos, molestos por el obstinado contacto de las miradas, se apartaron; pero al cabo de algunos segundos, atraídos nuevamente por la voluntad obscura y tenaz de la memoria que trabaja, se encontraron otra vez. Yo, entonces, dije:

--Caballero, me parece que en vez de mirarnos de soslayo durante una hora, sería mejor que buscásemos juntos dónde y cómo nos hemos conocido.

Mi vecino contestó con mucha amabilidad:

--Tiene usted muchísima razón, caballero.

Y le dije mi nombre.

--Me llamo Enrique Bonclair, magistrado...

Vaciló unos segundos, y luego, con esa vaguedad en la mirada y en la voz que siempre acompaña á las grandes tensiones del espíritu, contestó:

--¡Ah! Perfectamente. En otro tiempo, antes de la guerra, hace unos doce años, le encontré varias veces en casa de Poincel.

--Sí, señor... ¿Es usted el teniente Revalière?

--Sí, y fuí el capitán del mismo nombre hasta el día en que perdí los pies... los dos á un tiempo, que me llevó una bala de cañón.

Y, entonces que nos conocíamos, nos miramos de nuevo.

Yo recordaba perfectísimamente haber visto á aquel buen mozo delgado que dirigía cotillones con ímpetu tan ágil y gracioso que le había merecido el apodo de «la Tromba». Pero, tras su imagen, evocada con toda claridad, flotaba aún algo confuso, una historia que había sabido y olvidado, una de esas historias á las que se presta atención benevolente pero corta, y que sólo dejan en la memoria huellas casi imperceptibles.

En todo aquello andaba de por medio el amor. Sentía en mi memoria una particularísima sensación, pero nada más una sensación semejante al humo. Y sin embargo, poco á poco las sombras se aclararon y una figura de muchacha joven se apareció á mis ojos. Luego su nombre estalló en mi cerebro como un petardo: la señorita de Mandal. Y lo recordé todo, todo. Era, con efecto, una historia de amor, pero vulgarísima. Aquella muchacha estaba enamorada del oficial, y cuando les conocí se hablaba de boda como de cosa próxima. Él, por su parte, parecía muy enamorado y muy dichoso.

Fijé los ojos en la redecilla donde estaban los paquetes traídos por el criado de mi vecino, paquetes que temblaban á cada sacudida del tren, y volví á oir la voz del sirviente como si acabase de hablar.

--Eso es todo, señor: hay cinco. Los bombones, la muñeca, el fusil, el tambor y el pastel.

Entonces, en un segundo compuse una novela que, por lo demás, se parecía á cuantas había leído y en las cuales, unas veces el hombre, otras la mujer, se casan con el prometido después de la catástrofe, sea corporal, sea financiera. De manera que, aquel oficial mutilado, había encontrado, terminada la guerra, á su joven prometida; y ésta, en cumplimiento de su compromiso, le había aceptado por esposo.

Yo juzgaba aquello muy hermoso, pero sencillo, como se juzgan sencillas todas las abnegaciones que cuentan los libros y las comedias. Siempre parece en esos ejemplos de magnanimidad, cuando se lee ó cuando se escucha, que uno mismo se hubiera sacrificado con satisfacción y entusiasmo, con arranque magnífico. Y al día siguiente, cuando un amigo desgraciado viene á pedirnos prestado algún dinero, lo recibimos de mal humor.

Repentinamente, otra suposición menos poética pero más realista, susbtituyó á la primera. Quizá se había casado antes de la guerra, antes del horrible accidente, y ella, desolada y resignada, se había visto precisada á recibir, cuidar, consolar y sostener al marido que, habiéndose ido fuerte y hermoso, volvía con los pies segados, espantosamente mutilado, triste jirón condenado á la inmovilidad y á la desgraciada obesidad.

¿Sería un ser dichoso ó un torturado? Un deseo, ligero en un principio, luego creciente y más tarde irresistible, me acometió: hubiera querido conocer su historia, por lo menos los puntos principales que me permitiesen adivinar lo que él no pudiese ó no que quisiese decirme.

Hablaba con él pensando en esto. Habíamos cambiado algunas frases harto vulgares, y yo, con los ojos fijos en la redecilla, pensaba: «Tiene tres hijos: los bombones son para su mujer; la muñeca para la nena, el tambor y el fusil para los niños, y el pastel para él».

De pronto, le pregunté:

--¿Es usted padre, caballero?

--No, señor--me contestó.

Quedé confundido como si acabase de cometer una inconveniencia grave, y repuse:

--Le ruego que me dispense, pero así lo había creído al oir á su criado qué le hablaba de juguetes. Muchas veces se oye sin escuchar, y á pesar de uno mismo se deducen conclusiones.

Él sonrió, y después murmuró:

--No, señor, no. Ni siquiera me he casado. Me quedé en los preliminares.

Entonces fingí un asombro grande, como si recordase de pronto.

--Sí, señor... si mi memoria no me engaña, cuando yo le conocí, tenía usted relaciones con la señorita de Mandal.

--Precisamente, caballero, no se equivoca.

Entonces tuve la audacia de añadir:

--Hasta creo haber oído decir que la señorita de Mandal se había casado con... con...

Con mucha tranquilidad pronunció este nombre:

--Con el señor de Fleurel.

--Eso mismo: recuerdo que oí hablar de esa boda á propósito de su herida.

Yo le miraba á la cara y vi que enrojeció.

Su rostro lleno, mofletudo, que la afluencia constante de sangre purpuraba, se encendió más aún.

Y con viveza, con el repentino ardimiento del hombre que lucha por una causa perdida de antemano perdida en el cerebro y en el corazón, pero que quiere ganar ante la opinión, dijo:

--Caballero, hacen mal pronunciando mi nombre junto con el de la señora de Fleurel. Cuando volví, sin pies, de la guerra, nunca hubiera consentido en hacerla mi mujer. ¿Acaso era posible? Cuando una mujer se casa, caballero, no es para hacer ostentación de generosidad; es para vivir todos los días, todas las horas, todos los minutos y todos los segundos al lado de un hombre; y si ese hombre es deforme como yo, la mujer que con él se case se condena á un sufrimiento que debe durar hasta la muerte. Sí, yo comprendo y admiro todos los sacrificios, todas las abnegaciones, cuando tienen un límite; pero no admito que una mujer renuncie á toda una vida que se promete dichosa, á todos los goces y á todos sus sueños para satisfacer la admiración de la galería. Cuando oigo en el pavimiento de mi habitación el ruido de mis patas de palo y el de mis muletas, ruido que hago á cada paso que doy, me desespero hasta el extremo que estrangularía á mi criado. ¿Cree usted que se puede aceptar de una mujer que tolere lo que uno mismo no soporta? Además ¿puede alguien imaginarse que mis muñones sean bonitos?...

Y calló. ¿Qué contestarle? Tenía razón. ¿Podía despreciarla á ella, motejarla y quitarla la razón? No, y sin embargo, el desenlace conforme á la regla, á la verdad y á la verosimilitud, no satisfacía mi apetito poético. Aquellos muñones heroicos exigían un sacrificio que faltaba, y experimenté una decepción.

Entonces le pregunté:

--¿La señora de Fleurel tiene hijos?

--Sí, uña niña y dos niños. Para ellos son estos juguetes. Tanto su marido como ella son muy buenos para conmigo.

El tren subía la cuesta de Saint Germain. Pasó por los túneles, entró en la estación, y paró.

Yo iba á ofrecer mi brazo al inválido para ayudarle á bajar, cuando por la portezuela abierta dos manos se tendieron hacia él.

--Hola, mi querido Revalière.

--Hola, Fleurel...